Nuestros escritores: LA SERENATA

Don Carlos Malpartida, “Athos”, es un extraordinario y jovial escritor que con un gracejo y naturalidad nos ha regalado durante los primeros años del siglo pasado con impactantes escenas de la vida minera; de sus fiestas, sus amoríos, sus pendencias, sus juglares, sus valientes, sus mujeres guapas; de todo tipo de personajes que quedan en el recuerdo de todos los cerreños de otrora. A lo largo de nuestro blog, difundiremos sus hermosas creaciones con especial afecto. Son crónicas llenas de sabor minero que nos pinta el paisaje humano de una época que se fue. En su homenaje vamos a presentar algunas de sus más celebradas creaciones con las que, estamos seguros, no sólo se divertirán sino que también evocarán las costumbres de nuestros viejos paisanos. Escondido bajo el seudónimo de uno de los célebres mosqueteros, fue derramando en las páginas de los diarios de ayer, extraordinarias escenas de la vida juguetona y bohemia de los hombres de antes. Combinando sus agotadoras labores de minero, alternaba con estas pinceladas de humor y cariño, el quehacer bohemio de entonces.

Por  Carlos Malpartida (Athos)

La noche está sombría. Negros y densos nubarrones se ciernen sobre la ciudad, precursores de la tempestad. Terminan de dar las 11 en la antigua torre del hospital de la provincia de Pasco, allá por los años de 1897. La campanilla de su prisión de piedra da al viento sus notas monótonas que rasgan el silencio de la noche. Ha llovido toda la tarde; aún se siente el ruido del agua que se escurre de los techos encharcando las aceras de las calles tan solitarias a esa hora. La ciudad está dormida a pesar de no ser muy tarde; nadie camina por sus desiertas calles, ningún ser viviente se atreve a aventurarse por aquella lobreguez; de trecho en trecho y a distancia de 100 metros se nota un macilento farol alimentado con kerosene, cuyos empañados vidrios por los vapores de la noche, apenas despiden un rayo de luz, iluminado un pequeño espacio haciendo aún más densa la oscuridad que su claridad no alcanza a reflejar.

Nos encontramos en la calle “Siete Estufas” y en el recodo que hacen los edificios mal alineados, se distingue un grupo de sombras; sin duda es noche de  leyendas; de  aparecidos o tal vez  de meras imágenes de fantasía.

Las sombras caminan, se mueven, procurando hacer el menor ruido posible; parecen aventurarse escapados del célebre cuadro “La ronda nocturna” de Rembrandt, y si nos acercamos a ellos veremos que es un grupo de personas vivientes, cubiertas con finos y sendos ponchos de vicuña, chambergos de anchas alas que cubren sus rostros de sombra haciendo imposible distinguirlos. Se nota que llevan algo debajo de los ponchos. ¿Pretenden acaso subvertir el orden público?…  ¿Se empaparán de nuevo las calles de la ciudad con sangre hermana, como en aquellos nefastos días de la coalición?. ¿Estará por ventura allí Montero Vargas, Benjamín y Luis E. Malpartida, Salomón Neyra, Manuel Arias y otros muchos que tomaron parte de la revolución?. Felizmente puede que no; las intenciones del grupo son más pacíficas, se detiene ante una ventana de reja y momentos después se escuchan los gemidos de las violas que van bordoneando el compás de un yaraví de amores y quejas; los violines desgranan sus notas como el ave en su jaula entona sus trinos, el clarinete modula suave y armoniosamente las cadencias de un yaraví; las voces se elevan al cielo con un ritmo de amargura, se eleva a Dios porque de Él viene todo lo bello y todo lo bueno y a Él vuelve. Hay en su encanto tal melancolía y resuena tan triste cada nota que el barrio parece impregnarse todo de emoción. La hermosa durmiente despierta de su rendido sueño y abrigada en chal de vicuña se dirige a la ventana, atisba por los intersticios de los cristales; vano intento, es tan oscura la noche, que es imposible distinguir los objetos a dos pasos de distancia. Es enternecido escuchar el yaraví y van corriendo lágrimas por sus mejillas; no, ella no es ingrata, no es cruel, como dicen los versos; también ama y quisiera, con un signo, con una seña imperceptible para los demás, corresponder al gallardo mancebo que aquella hora y ante su reja va a ofrendarle su trova de amor. Cesa la música y el encanto va disipándose poco a poco.

Los nocturnos trovadores con las mismas precauciones de silencio y misterio, se alejan a repetir ante otra reja su encanto de pasión. Son las tres de la madrugada, un fuerte viento ha barrido las nubes aclarando en algo el firmamento. El frío es intenso, el hielo va cayendo, no obstante combatirlo con sendos copones de pisco que se van echando entre pecho y espalda; el grupo opta por retirarse, se disuelve, desapareciendo cual vanas sombras en la oscuridad de la noche.

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