Patar, cacique de los Yauricochas

Fray Sancho, beatífico fraile franciscano que nos visitaba a comienzos del siglo XVII-  estaba decidido a redactar un memorial que denunciara ante el rey de España todos los abusos que cometían sus súbditos en estas tierras. Reunió todos los documentos que habían circulado por sus manos durante el ejercicio de sus actividades pero  también creyó que era imprescindible reunir los testimonios de los nativos, es decir, de las víctimas. Debía haber un mínimo de equidad en los argumentos de su alegato. Por sus averiguaciones se enteró que Patar, el célebre cacique de los yauricochas, huido de las furias españolas, se encontraba asilado en alguna de las estancias de los alrededores del Cerro. En compañía de sus informantes trataron de dar con él. Fueron a buscarlo a una estancia de las elevaciones de Ninagaga, que como un otero, permitía columbrar toda aquella soledad plagada de rocas. Hubo de ascender por una falda abrupta, cubierta de piedras, entre amarillentos pajonales. Allí estaba la choza del viejo  Patar, rodeado de un amplio corral de pircas,  con un hato de llamas. Los esperaba con una amistosa sonrisa velada por el verde de la coca; cubierto con un raído poncho, manguillas para los antebrazos, calzones amplios de negro cordellate, medias de lana y un gastado shucuy de cuero de llama; su viejo sombrero de lana cubriéndole la hirsuta cabellera y sus sarmentosos dedos sosteniendo su “huallqui” con coca. Quien lo viera por primera vez, jamás imaginaría que estaba ante un hombre extraordinario, depositario de la historia de su pueblo, jefe de los Yauricochas, tribu de ganaderos, salineros y mineros proverbiales; orfebres de óptimas conquistas en el arte de trabajar primorosas obras de oro y plata. Estaba de pie, nimbado por su prestigio de eternidad.

Era el más emblemático luchador contra los invasores que arguyendo ser dueños legítimos de las tierras que acababan de registrar como suyas, trataban con extrema  crueldad a los indios, sus legítimos dueños. A partir de aquellos tiempos,  surgirían dos tipos antagónicos de caciques que con el transcurrir del tiempo se hicieron tradicionales. Los leales y nobles con sus compañeros de raza y, los otros, los venales, traidores que buscando su bienestar personal, se plegaban incondicionalmente al servicio de los invasores. Hasta ahora, como rémora maldita, quedan tipos de esta calaña.

Desde su llegada, los extranjeros se valieron de los caciques como intermediarios para el cumplimiento de sus órdenes abominables. Alababan a los que les servían incondicionalmente, pero torturaban y mataban a los que se les oponían abogando por sus hermanos de raza. Esto fue lo que le sucedió a  Julio Cayán Chire, cacique principal de los Tinyahuarcos. Por negarse a enrolar a niños en la cadena de trabajo minero, lo sometieron a pública tortura y a la más humillante afrenta de aquellos tiempos: le cortaron el cabello, paseándolo  semidesnudo desde Tinyahuarco hasta San Esteban de Yauricocha, donde lo mataron. Al cacique de los Pumpush, don Diego Tirasina, también lo ejecutaron, por haber dejado que los jóvenes se escaparan a las alturas, huyendo de los horrores de las minas. A don Cristóbal de León, cacique de los yanamates, lo afrentaron y humillaron azotándole completamente desnudo en la plaza de su pueblo, por no haber cumplido con la cuota de obreros que debían llevar a la mina. Cuando los españoles quisieron hacer lo propio con el Apu Patar, cacique de los Yauricochas, los hombres y mujeres de la tribu, lo hicieron escapar a las alturas de Ninagaga, donde lo asilaron. Había permanecido mudo cuando los españoles lo torturaron. No quiso señalar el lugar donde estaba ubicada la mina principal de plata. No se lo perdonaron nunca. Los leales miembros de su tribu, desde entonces, lo llevan de un sitio a otro, para extraviar a los españoles y sus soplones. Este encuentro con el fraile ha sido provocado por él mismo. Por las revelaciones que había recibido de sus ancestros a través de la coca, sabía que el fraile era un hombre digno de confianza, muy diferente a la banda de explotadores que acababan de sentar sus reales en su tierra. Aceptó hablar con él y revelarle toda la historia de sus gentes y sus tierras.

Comenzó revelándole que los yauricochas descubrieron los metales que con los años, llegaron a transformar con sorprendente habilidad. Aprendieron a reconocerlos en sus yacimientos, extraerlos, fundirlos y moldearlos. Primordialmente utilizaron el oro, la plata, el cobre y algunas aleaciones, para  manufacturar objetos ceremoniales y utensilios de uso común. Además de mineros, los yauricochas eran excelentes ganaderos y saladeros. Especialmente fueron grandes orfebres de incomparable habilidad para trabajar los metales. De los agrestes roquedales circundantes sacaban las pepitas de oro que convertían en cintajos que, tras cuidadosos repujados, embutidos y soldados,  transformaban en finas esculturas. Eran inspirados artistas naturales. Las hermosas esculturas metálicas llevadas a Cajamarca para el rescate del inca,  confirmaba que la región andina era el primer centro metalúrgico de América. ¡Qué duda cabe!. La admiración con que los cronistas describieron el acontecimiento los había leído detenidamente.

El foco principal de este núcleo era la hoya metalífera de los yauricochas. Ellos fabricaban artísticos y majestuosos objetos de arte en oro, plata y cobre; incluso, platino. Efectuaban diversas aleaciones entre las que destacaban los bronces, tanto de estaño como de arsénico; el plomo y mercurio también los conocían pero raramente utilizaron. Estos minerales fueron trabajados por procedimientos mecánicos, utilizando herramientas de piedra. Martillos de tamaños y formas diversas; yunques de piedras, cuya diferencia de aspereza y grano, la aprovecharon a modo de lima; tenazas, moldes y demás instrumentos para trabajo de vaciado, filigrana, perforación y engaste. Con el fin de evitar las huellas del martillo y del yunque, usaban tejidos de lana que por su elasticidad natural, obligaban al metal a extenderse junto con ellos, bajo el impacto de los golpes. De esta forma el martillado, corte y repujado, constituyeron las formas primitivas del trabajo en metal. Luego vendrían los cortes en tiras, incisión, dorado y unión y soldadura en frío. En el desarrollo de la tecnología metalúrgica y la orfebrería primaron los valores estéticos, simbólicos y religiosos más que los funcionales. Buscaron fusionar en una sola pieza conceptos tan dispares como la musicalidad, el colorido, la suntuosidad, el respeto, la jerarquía y el impacto visual. La técnica del martillado y laminado con una destreza sin igual, tanto en el manejo de las herramientas como en las aleaciones. Debían, primero, elegir la aleación adecuada –el cobre utilizaron mucho para estos menesteres- mediante el cual podía ser trabajado o forjado, ya fuera en frío o en caliente. Los yauricochas suponían que la plata era la representación de la luna, esposa del sol y pronto se dieron cuenta que el oro –representación del sol- era completamente incorruptible e inatacable por otras fuerzas que se encuentran libres en la naturaleza. Lo hallaban puro o asociado a la plata, su compañera, mezclada con grava, arena, arcilla o cuarzo;  en formas de pepitas o en granos, escamas, polvos o incrustaciones. Admirados de su calidad repararon también que es muy dúctil y muy maleable. Así llegaron a formar delgadísimas láminas con las que fabricaron hermosísimas esculturas que representaban seres vivos, animales y plantas varias. Ellos también, como sus antepasados que plasmaban su admiración en pinturas rupestres, hacían animales y hombres del tamaño natural, propiciando la mágica intervención de sus dioses en la caza y la ganadería. Para la confección de sus ídolos, utilizaron también una gran variedad de piedras preciosas que incrustaban con técnicas muy especiales. Ágatas, amatistas, alabastros, calcedonias, citrinos, cinabrio, copiaditas, turquesas, ónices, cuarzos de varios colores, granates, piropos, malaquitas, ópalos, sílex, lapislázuli, etc.

Pedro Cieza de León (1549), admirado ponderaba la abundancia argentífera del lugar que más tarde sería el Cerro de Pasco. Decía: “Hay tanto oro y plata para sacar por siempre jamás; porque en todas partes que busquen y caven, hallarán abundante oro y plata”.  Él había visto, deslumbrado, la abundancia argentífera que se hallaba a flor de tierra y que los nativos la trabajaban a cielo abierto; había admirado la maestría alcanzada al atarear con gran habilidad el oro, la plata, el cobre y aleaciones con los que fabricaban esculturas extraordinarias, adornos, vajilla y objetos de culto para sus dioses. Acababa de verlo. “…y lo que más se nota es que tienen pocas herramientas y aparejos para hacer lo que hacen, y con mucha facilidad lo dan hecho con gran primor. En tiempo que se ganó este reino por los españoles se vieron piezas hechas de oro y plata, soldado lo uno con lo otro, de tal manera que parecía que había nacido así. Viéronse cosas más extrañas de argentería, de figuras y otras cosas mayores que no cuento porque son numerosas; baste que afirmo haber visto con dos pedazos de plata  y otras dos o tres piedras, hacer vajillas, y tan bien labradas, y llenos de bernegales, fuentes y candelabros de follaje y labores que tuvieron bien que hacer tan bueno con todos los aderezos y herramientas que tienen; y cuando labran no hacen más que un hornillo de barro donde ponen el carbón, y con unos cañutos soplan en lugar de fuelles. Sin las cosas de plata, muchos hacen estampas, brazaletes, ajorcas, vasos, cordones y otras cosas de oro; y muchachos que apenas saben hablar, entienden en hacer estas cosas. Son muy precoces. Poco es ahora lo que labran en comparación con las grandes y ricas piezas que hacían en tiempo de los incas; pues la chaquira tan menuda y pareja la hacen, por lo cual digo que hay grandes plateros en este reino”. 

 

Lo más extraordinario fue que, en pago del rescate del inca Atahualpa, nuestros orfebres enviaron a Cajamarca, incalculable joyas trabajadas por ellos. Esculturas maravillosas de oro y plata que llenó de admiración a los españoles. Es tema que veremos en su oportunidad.

(FUENTE: “Nieve Escarlata”)

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