Un incomparable maestro de la guitarra

Cuando lo conocí, quedé impresionado por su sencillez y simpatía. Su nombre completo era, Carlos Reyes Ramos. Lo había visto arbitrar un partido de fútbol de la Liga y quedé con la idea de que era árbitro, pero no; después supe que ése era un viejo entretenimiento que tenía. Su afición principal era otra: Era un guitarrista excepcional. Muchos como yo, de primera impresión, viéndolo moreno y arbitrando fútbol, supusimos que ése era su mundo exclusivo. Qué equivocados estábamos. Había que hablar con él para llegar a conocerlo plenamente. Su plática, sencilla y amical, sin ningún tipo de afectación,  dejaba traslucir una sólida preparación humanística. Fue don Félix Llanos quien nos lo presentó. Desde el comienzo simpatizamos mutuamente. Mucho me impresionó sus comentarios acerca de mi programa ANTOLOGÍA que propalaba diariamente a partir de la once de la noche irradiando poemas con el fondo musical de obras clásicas de los grandes maestros. Él comprendía que era la única manera de hacer asequible al pueblo las creaciones de la poesía universal. Dotarla de un ambiente demasiado académico y serio, habría logrado ahuyentar a la audiencia que siempre fue numerosa. Por estos acertados comentarios pude calibrar su preparación cultural, sólida y amena. Es más. Algunas noches, en el ámbito de su estrecho alojamiento hotelero, tuvimos hermosas pláticas musicales. Con un calor inusitado me habló del catalán Francisco Tárrega y el accidente que de niño le marcó la vida. Se lastimó la vista. Pero eso no fue obstáculo para que alcanzara la fama de gran guitarrista. También me habló de Fernando Sor, también catalán, al que conocieron como “el Beethoven de la guitarra”. De ambos me regaló con sendas piezas deslumbrantes. En otra oportunidad me habló de Andrés Segovia Torres y Narcisco Yepes, ambos cumbres mundiales de la guitarra. Sus interpretaciones tenían un encanto especial que no olvidaré. Algunas veces me invitaba a recitar a Lorca, Rafael de León, Ochaíta, etc. Eran reuniones maravillosas que se dilataban hasta las primeras horas del día siguiente. Estoy seguro que los oyentes de entonces no lo habrán olvidado. En una oportunidad me alcanzó unas acertadas creaciones poéticas suyas que con mucho gusto las publiqué en nuestra revista EL PUEBLO que gozaba de gran popularidad. Posteriormente aparecieron publicadas también en el periódico LA ANTORCHA.

Recuerdo claramente que una noche de sábado, cuando transmitían un  programa evangélico con sus animadores propios, me encontré con Carlitos y nos pusimos a conversar. Él siempre traía noticias recientes de los grandes movimientos culturales que se desarrollaban en Lima. Conciertos, presentaciones teatrales, ballet, ópera, zarzuela, etc. y me regalaba con programas de sus conciertos personales en algunas instituciones culturales que lo habían contratado. Como es fácil colegir, la conversación además de nutrida y amena, era muy extensa. Ya habíamos caminado bastante tiempo y nos moríamos de frío cuando decidimos entrar en un restaurante a beber un café caliente que mucho lo necesitábamos. Entramos en el HOTEL BOLÍVAR donde había un saloncito dotado de una abrigadora estufa siempre fogosa. Aquella noche llegamos tarde. La mesa cercana al calefactor estaba ocupada por un nutrido grupo de profesores de la Universidad, con su Rector, Oscar Recoba Chévez, un gran amigo que al vernos entrar tuvo la amabilidad de invitarnos a sentarnos a su mesa, pero debido a sus compañeros apristas, me negué muy cortésmente a hacerlo. Le dije que quería dilucidar un tema muy importante con mi amigo y que después aceptaría su invitación. Creo que no es demás decir que yo desempeñaba el cargo de Presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad y todos aquellos profesores creían que yo era comunista por no haberme alineado con ellos. Falso. Yo mantenía mi independencia absoluta. Bueno el caso es que, aceptadas las disculpas, el Rector siguió con sus amigos y yo con el mío. Al poco rato ya estábamos enfrascados en una amena conversación cuando oímos escandalosas aclamaciones, gran salva de aplausos y comentarios de admiración a grandes voces. El chofer de la Universidad acababa de entregarle un hermoso estuche de guitarra al Rector. Éste en medio del clamoreo general, aplausos y silbatinas de aprobación, abrió el estuche y sacó una hermosa guitarra FALCÓN de concierto. ¡Qué bello instrumento!. Los ojos de Carlitos brillaban al contemplar la joya. Yo quedé mudo de asombro, mucho más cuando escuché decir al Rector.

— ¡Esta es la joya más hermosa que tengo en la vida y acabo de comprarla en Lima. Me ha costado dieciocho mil soles, pero bien merece el precio. Es una magnífica guitarra de la que nunca me desharé. Solamente la quebraría en mil pedazos si encontrará que alguien la tocara mejor que yo. Pero eso, como ustedes saben, es imposible. Así que para inaugurarla, voy a interpretarles un valse que está  de moda en todo el Perú. ¡Víbora!.

Las aclamaciones y vivas no se hicieron esperar y al instante hizo la introducción pertinente del vals anunciado. Con mucho acierto y entusiasmo se echó a cantar y, mientras lo hacía, yo quedé amoscado por su soberbia y falta de humildad.

Cuando hubo terminado y los aplausos no se acallaban, me acerqué a su mesa y le dije:

— Dijo usted, señor Rector, que nadie toca mejor que usted?

— Dije –me rectificó- que yo haría añicos esta guitarra si encontrara a otro que    tocara mejor que yo”.

— Entonces, ¿Puede prestármela un momento?.

— ¡¿Toca usted, caballerito?!

— No, pero…!Carlos! –llamé a mi amigo que no quiso acercarse en un primer momento porque no le había pedido anuencia para hacer lo que tenía que hacer, pero cuando vio la guitarra en mis manos, se acercó, tomó una silla, la cogió, la templó brevemente y ante la admiración extraordinaria ejecutó “Los sitios de Zaragoza” poniendo al descubierto toda la gama de su arte maravilloso e inconmensurable, especialmente cuando simula el redoble de tambores y la marcha militar de inigualable contornos épicos. Cuando terminó, eran unánimes las aclamaciones en pie de los circunstantes de ésa y las otras mesas. Me entregó la guitarra que a mi vez se la devolví al Rector y tras una venia respetuosa, nos retiramos. Estábamos por sentarnos cuando escuchamos un estrépito impresionante. Al dar vuelta, vimos estupefactos que el Rector  sostenía en sus manos sólo el mástil de la bella guitarra y el resto, convertido en astillas, pendía de las cuerdas. La había hecho trizas en la columna de la sala sin que nadie hiciera nada por detenerlo.

— ¡Gracias, maestro!. ¡Acaba de darme una hermosa lección de humildad!. ¡¡¡Usted sí es un guitarrista!!!- le dijo a Carlitos estrechándolo en un abrazo largo y emocionado. Yo sentí en el alma el triste final de la guitarra. Más edificante hubiera sido que se la regalara. Habría sido un premio excepcional.

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2 thoughts on “Un incomparable maestro de la guitarra

  1. Fantastico trabajo Cesar! Felicitaciones !
    Gracias por revivir los momentos tan felices de nuestra infancia en el 492 de Patarcocha, la escuela donde empezamos a abrir nuestras inquietudes intelectuales. Muchas veces llegue a casa con las rodillas del pantalon augereados por los resbalones en la shulula que tanto nos gustaba. Las escapadas de clase para explorar el cerro Uliachin.Los juegos de pelotaris del profesor “Auricuy” Casas, el “gato” Galarza, Mayta fue maestro de mi hermano Manuel.

    El articulo sobre Aurelio Malpartida es tambien muy interesante, ellos eran nuestros vecinos en el Cerro, y tambien la mama Zoila era pariente de mi padre Florencio.
    Hasta siempre querido amigo. Que el Divino Creador que te colme de bendiciones para que continues ese maravilloso trabajo de transmitir nuestra historia Cerrena a alas nuevas generaciones. Abrazos! Juan

    1. Juanito:
      Gracias por tus palabras. Continuaré escribiéndote. Aurelio estuvo con nosotros y pasamos momentos muy gratos. Acompáñame en mi página para seguir recordando inolvidables momentos de nuestra infancia. Chau hermano.
      César

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