Carta a mi amigo Juan (3)

Doctor: Juan Clímaco Rodríguez Munguía.  Ed.

Professor Emeritus

University of Massachusetts Lowell

Querido Juan:

Acabo de recibir tu nota tan hermosa y me ha emocionado que podamos comunicarnos por internet. Aquí los amigos se van a alegrar al saber de ti. Con ese entusiasmo, te sigo escribiendo:

En la foto que tienes a la vista, podrás ver cómo está el interior de nuestra querida escuela. Las paredes, columnas, balaustres, escaleras, puertas y ventanas están ya muy deterioradas tras 76 años de servicios.

En los últimos tiempos lo han convertido en escenario deportivo. A la derecha, las puertas que conducen al salón de actos donde desfilaron gran cantidad de niños aficionados que más tarde triunfaron en escenario limeños. En nuestro tiempo –debes recordarlo muy bien- las paredes, ahora de color uniforme, lucían cuadros descriptivos de nuestras lecciones educativas: Historia, Botánica, Zoología, Anatomía, etc. Aquellos tiempos nos agenciábamos de pinceles, brocas y sobre todo, pinturas. Recuerdo que la más utilizada era de la marca “Sapolín” que tardaba una enormidad en secar. Había que tener mucho cuidado. Pintábamos guardillas utilizando las muestras de la revista Selecciones ¿Recuerdas?. En cada uno de los salones figuraba en sitio preferencial los nombres del profesor y los alumnos que habían pintado las diversas escenas educativas. ¡Cuánto trabajo nos costó!. Al finalizar la tarea, sentimos una alegría indescriptible. Habíamos dejado nuestro trabajo y nuestros nombres.

Transcurrido el tiempo, con la esperanza de que estudiara en el mismo lugar, llevé a mi hijo para que viera lo que habíamos pintado. Quedé mudo de estupefacción y dolor. Sobre aquellos cuadros que tanto nos había costado colorear, habían aplicado una mano de pintura de color. ¡Qué pena!. ¡Podían haberlos resanado!.Hoy sabrían los nombres de entusiastas niños de ayer, prestigiosos  hombres de hoy. Bueno, en todo caso, basta es que penetres en este patio y, algo como un sortilegio dormido de años, te estremece el corazón. Es que hay algo asombroso en nuestro patio, aulas, escaleras y pasadizos que te vuelven a esa edad maravillosa que dejamos hace muchos años. ¡Yo creo que uno nunca deja de ser niño!.

Nuestro patio, ahora aplanado con cemento, fue en nuestro tiempo, un hermoso jardín que debidamente parcelado, servía para que cada sección se desviviera por mantenerlo hermoso y lleno de flores. ¡Imagínate!, ¡Flores en nuestra tierra con todo ese frío y altitud!. Al centro había una gruta donde estaba  la Virgen María con el niño Jesús en  brazos. Cada una de las secciones hacía derroche de inventiva y cuidado para mantener el jardín en buenas condiciones. ¡Qué hermoso se veía!. A veces, cuando salíamos de nuestros salones, nos estremecíamos de pena al verlo cubierto de nieve. Sin embargo, por esos extraños milagros que a diario ocurren, en poco tiempo estaban floreciendo nuevamente.

Ah, quiero contarte algo especial. Hace algún tiempo hicimos correr una citación para reunirnos en los salones del club. El día fijado, se produjo un milagro. Estábamos nuevamente juntos los “chiuches” de nuestra promoción –lógicamente con la sentida ausencia de ustedes que están tan lejos- los abrazos y las bromas menudearon. Algunos habíamos cambiado algo exteriormente, calvos o canosos y algo avejentados, pero con el corazón siempre pujante y joven. Hicimos cariñosos balances de nuestras ausencias, aventuras, fracasos y otras remembranzas. En medio de ese fraternal compartir comenzamos –por turno- a recordar canciones de nuestro tiempo. Uno daba la voz y luego todos lo seguíamos. ¿Qué alegría!. Pasado un buen rato, alguien, casi con timidez, empezó a interpretar “Hogar de mis recuerdos” ¿La recuerdas?. ¿No?. Entonces te invito a que retornemos a  nuestra querida escuelita, aquella nivosa tarde en la que la interpretamos por primera vez.

Todos no hallábamos ateridos en la intimidad de nuestro salón cuando nuestra linda maestra -todos estábamos enamorados de ella- hizo que el “sobón” Ángeles copiara las letras de HOGAR DE MIS RECUERDOS, en la pizarra; nos enseñó la música y todos entonamos emocionados aquella hermosa canción..

Hogar de mis recuerdos

A ti volver anhelo

No hay sitio bajo el cielo

Más dulce que mi hogar  

 

Ahora, transcurrido el tiempo, como si las vivencias agolpadas en un recodo del corazón comenzaran a surgir, todos cantábamos con unción casi religiosa. Volvimos, por la magia de la evocación, a correr desaforados por los lejanos espacios de nieve; hacíamos muñecos gigantescos,  nos enfrentábamos en guerras sin cuartel a punta de bolas de nieve; resbalábamos, olvidándonos del mundo, por esas faldas pronunciadas en la vorágine  de un griterío que hace mucho tiempo no escuchábamos. Volvimos a nuestra lejana infancia. Éramos nuevamente felices, extrañamente felices. Éramos niños.

Posara yo en palacios

Corriendo el mundo entero

A todos yo prefiero

Mi hogar mi dulce hogar.

Estábamos -magia de la evocación- en nuestra tierra bendita, ahora, tan dolorosamente lejana. Nos encontrábamos entre bullangueras polvaredas, disputando partidos en los que nos “jugábamos la vida”. Chalacas, huashas, caracoles, cabecitas, cabreos. Voces agudas que nos apremiaban a soltar la pelota en el pase necesario y oportuno. Gritos desaforados para celebrar el gol. ¡Cuánto, cuánto de nuestra vida, quedaba atrás, en el recuerdo!. Éramos hermanos. Nada nos diferenciaba. Unos eran hijos de jefes, otros de mineros, de herreros, de guachimanes, de borrachos consuetudinarios, de policías; no importaba. Éramos hermanos.

Allí la luz del cielo

Desciende más serena

De mil delicias llena

La dicha de mi hogar

 

En alas de la fantasía, llevados por la hermosa melodía, volvíamos a nuestra tierra. Recorríamos esas estrechas y laberínticas callecitas que luego de subir una pendiente empinada, giraba a la izquierda, luego a la derecha y terminaba en una gran pared. Corríamos seguidos de escandalosos ladridos de perros sorprendidos por “Sal si Puedes”, “El callejón de Olaechea”, por Tambo Colorado donde estaban aposentadas las “Mujeres Malas”. El malogrado “Chancho Guerra” nos detenía con un grito: ¡“No, Cojú, ahí puedes encontrar a tu papá, Vámonos”!. Salíamos como alma que lleva el diablo. Cambiamos de rumbos y subimos por el “Callejón del Chivato”, llegamos a “Rómpete el alma” con sus peligrosos resbaladeros que, en tiempo de lluvia, nadie transitaba. Corríamos desaforados, sin sentir cansancio, pletóricos de entusiasmo, exultantes. Todos esos escenarios de nuestra vida han desaparecido tragados por la ambición de los extranjeros. Los niños de ahora, ya no encontrarán nuestras huellas. ¡Lástima!

 

Mas quiero que placeres

Que brinda tierra extraña

Volver a la cabaña

De mi tranquilo hogar.

Cada uno de nosotros tiene un recuerdo de aquellos plácidos aposentos de nuestra niñez. Cuando llegábamos cansados y con la ropa empapada de lluvia, mamá nos la quitaba poniéndonos la chompita vieja “de entro e´ casa” y nos preparaba, cariñosa, una taza de borrajas, escorsonera, wila-wila y eucalipto en agua hirviente, para prevenir la tos. ¿Recuerdas?. ¿Habrá algo más hermoso que aquel rincón tan lindo de nuestro hogar?.

Allí mis pajarillos

Me alegran con sus cantos

Allí con mil encantos

Está la dulce paz.

Cuando llegamos a esta altura de la canción, nuestras voces se quebraron. Estábamos llorando. No me avergüenza decirlo, hermano; pero fue una comunión espiritual tan hermosa que terminamos en un nudo de amor fraternal. ¡Qué bellos recuerdos se agolparon en nuestra mente.!. Después, como despojándonos de imposibles esperanzas de retorno a nuestro hogar querido, nos retiramos. Perdóname, hermano, en la próxima entrega, ya no estaré tan triste

César

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2 thoughts on “Carta a mi amigo Juan (3)

  1. Prof.Cesar:
    Creeme que a mi tambien me robò lagrimas el relato que usted hace de la infancia vivida,anos que se fueron para no volver y dèjame decirle profesor que cuando uno a cruzado la frontera te viene muchos momentos de nostalgia por ese dulce hogar,por tu linda tierra que te viò nacer por tu patria querida,pero a la misma vez sientes el orgullo que donde quieras que te encuentres ahi late tu corazòn de PERUANO y PASQUENO demostrando lo que ese dulce y càlido hogar nos ha ensenado.

    Con mucho afecto.
    SUMACKILLA DEL PERU
    Irma Celis.
    Itali

    Disculpe error de teclado,por el idioma no tengo algunas letras.

    1. Querida Irma:
      Sé que a tí que estás tan lejos te dolerá el corazón al rememorar pasaje de nuestra tierra querida. La edad también es una distancia inseparable. Gracias por tus palabras. Yo seguiré escribiendo pasajes de nuestra tierra porque de esa manera no acercamos a ella con cariño. Un abrazo para tí en la bella y lejana Italia. Chau

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