El ferrocarril del Cerro de Pasco

Personal de mecánicos ferroviarios de la CERRO DE PASCO RAILWAY COMPANY en la explanada de la Casa Redonda, a comienzos del siglo pasado. Estos hombres estaban encargados de mantener en perfectas condiciones de funcionamiento el ferrocarril del Cerro de Pasco al Callao. La razón de su actividad era la de transportar los minerales de la minas cerreñas al puerto del Callao para su envío al exterior. Este servicio, como lo propugna el FADIP con Humberto Romero a la cabeza, debe continuar. El Cerro de Pasco tiene una sólida tradición ferroviaria que debe continuar. Lean a continuación una crónica de mis tiempos infantiles escrito con mucho amor en homenaje a mi abuelo y mi padre que están entre los trabajadores que se ve en la fotografía.

El primer tramo de mi vida ha estado muy ligado a los trenes.  La ubicación de mi barrio me permitía percibir con claridad los ruidos que producían las maniobras ferroviarias. Desde las primeras horas, las estridencias de idas y venidas, silbatos, gritos de brequeros, campanas, escapes estrepitosos de vapor, arranques, aceleraciones y frenadas intempestivas, saturaban el ambiente. Por la noche, como un sortilegio extraordinario, tras la llegada del tren de Lima, todo quedaba en silencio. Mi barrio, entonces, dormía. Para mí y para todos los muchachos, la partida y llegada del tren de pasajeros era un espectáculo especial y fascinante.

Diariamente, a las cinco de la mañana, estábamos en pie. Mi abuelo para ir al trabajo, yo para curiosear en la Estación ubicada en un altozano, a doscientos metros. Mi abuelo y mi padre trabajaban en la Casa Redonda, taller donde reparaban y adecuaban locomotoras, coches, vagones, cabusses, furgones, furgonetas y otros elementos.

 

En la vía, listo para partir, el convoy del ferrocarril, enorme y rugiente. Delante, la locomotora con el maquinista y el fogonero encargado de alimentar los calderos; en tierra, los brequeros, guardafrenos o guardavías; en los coches, los conductores, elegantemente vestidos de verde con gorras del mismo color y viseras de cuero, encargados del control del boletaje. Detrás, dos bodegas de carga, repletas de encomiendas, cajas, cajones, comestibles, gallinas en cestos especiales, cargas de papa, verduras y otros elementos. Después, el cabusse -oficina rodante- donde viajaba el postrén, encargado de la clasificación de la correspondencia. Enganchado a éste iban cuatro coches de segunda, cada uno con sólidos asientos de madera sobre base metálica. Los interesados debían colocar encima una frazada o pellejo para hacerlos cómodos. El pasaje estaba constituido por obreros, campesinos, comerciantes de baratijas, aventureros que, apretujados, se distribuían lo mejor que podían en el ambiente abrigado. Luego estaban los dos coches de primera, en último lugar, para evitar los ruidos y humos de la locomotora.  A la entrada de cada uno, una estufa siempre encendida para abrigar la estancia. Luego, espaciosos butacones, cómodos y forrados en cuero negro y una mesita practicable que, llegado el momento, era instalada por el mozo. En la parte superior, unos portaequipajes. Entre coche y coche de primera, la enorme cocina donde se preparaba los alimentos para los viajeros. En ese pequeño reducto campeaba la maestría del cocinero Antonio Lam, chino hacendoso que durante toda su existencia sirvió en el ferrocarril, acompañado de pinches, auxiliares y seis mozos, elegantes y serviciales.

Faltando cinco para las seis, una campanilla vibraba el primer anuncio que, dos minutos más tarde, proclamaría el segundo y, a las seis en punto, con una puntualidad cronométrica, la última campanilla que, coincidía con el pito que desde la lumbrera de Lourdes anunciaba que era las seis. En ese momento se oía la sonora voz del cochero gritando: ¡!!!!Vamonoooooooos!!!  y con un resoplar extraordinario partía el ferrocarril con destino a Lima. ¡Qué emoción! Tanto para los que se iban como para los que los despedían, era un momento muy especial. ¡No hay nada más triste que una despedida!. Por eso a medida que el tren iba tomando viada desde las ventanas todavía pavonadas se hacían  adioses con manos y pañuelos; desde los muros, el pueblo hacía lo propio. Quién sabe si detrás de aquella partida se desprendía alguna lágrima. Estoy seguro que sí,  porque –repito- no hay nada más triste que una despedida. Las gentes que veían pasar el ferrocarril en todo el tramo inicial,  hacían adiós con las manos deseando felicidad en el viaje. ¡Cómo se prenden en las retinas estos momentos y, aunque pasen los años, no se pueden olvidar!.

Pasada la cervecería, los mozos, elegantemente vestidos se acercaban a los pasajeros de primera para recibir sus órdenes. La mayoría solicitaba un desayuno completo. El mozo instalaba la mesilla con aditamentos metálicos, la cubría con un mantel, ponía las servilletas y cubiertos para colocar los platos con los “Completos”, denominación que se daba al menú mañanero consistente en jugo de naranja, café con leche, tostadas y bolillas de mantequilla para quienes quisieren untarlas y, un plato tendido, grande con un bistec enorme, cubierto, con dos huevos fritos. Los líquidos jamás se derramaban por la estabilidad de los vagones. Todo lo que se servía en el coche era de primera calidad. Un poco más tarde -terminado el desayuno- un mozo pasaba ofreciendo revistas, periódicos o algún juego de naipes o ajedrez, para quienes quisieren entretenerse.

En segunda tenían su propio servicio, atendido por vivanderas que ofrecían café con emparedados de mortadela, queso, mantequilla o, panes. Otras ofertaban tamales, humitas o, simplemente, café. Era un desayuno proletario.

Por lo demás, los muchachos que nos quedábamos en la ciudad, contemplábamos el ir y venir de gigantescas plataformas transportando desmedidos lingotes de zinc, unidos con sunchos poderosos; barras de cobre y de plomo, adecuadamente superpuestos y, muestras minerales en sacos pequeños pero muy pesados y  una rila interminable de vagones repletos de mineral sacado de las minas por el castillo de Lourdes. Increíblemente, estos descomunales elementos eran movidos por una locomotora muy pequeña, como  de juguete, pero muy poderosa a las que llamábamos “Cucaracha”. Esta diminuta máquina que cumplía el papel de los remolcadores en los puertos del mar estaba conducida, por el pequeño maquinista: “Panchito” Venegas, tan pequeño como hecho exprofesamente para conducir la diminuta locomotora. Acomodados los vagones por la “Cucaracha” en un apartadero, llegaba el tren de patio y los colocaba en desplazamientos ad hoc para que el ferrocarril grande los enganche y pueda arrastrarlos. Al final se constituía una interminable la fila de vagones y plataformas.

Cuando pasaban las locomotoras, algunas risueñas chicas de mi barrio, arrebatadas y locas de contento iban tras ellas con unos baldecitos en la mano izquierda y un gancho fabricado de suncho llamado “Cashpi”, en la derecha. Separaban el cocke –residuos de carbón en ignición todavía ardiente- que serviría para el fuego de la cocina. Por otra parte, nosotros los chicos, esperábamos el pase de la locomotora, para ver cómo habían quedado las chapas y clavos colocados previamente en la juntura de los rieles. Éstos quedaban convertidos en finas láminas que utilizábamos como juguetes.

El arribo del tren de Goyllar, era otra de las maravillas que nos sugestionaba. Entre las cinco y seis de la tarde, tres veces por semana, llegaba de aquel centro hullero arrastrando vagones de carga con carbón para los trabajos de fundiciones y talleres del Cerro de Pasco y un convoy de coches con  carga y pasajeros de toda la quebrada de Chaupihuaranga. Transportaban papas, verduras, harinas y otros productos de la región que se vendían en el mercado cerreño; sobre todo el sabroso pan de Chacayán, único en su especie por su sabor inolvidable y particular. Desde que su silbido se escuchaba en Garga, la gente compradora, ya atiborraba la estación de La Esperanza. En ese momento veíamos con admiración, el mágico desplazamiento del brequero Barzola, notable defensa del “Club Sport Unión Railway”. Sobre los coches del ferrocarril en marcha, como sobre una pista de atletismo, corría como una exhalación y al llegar al final de cada coche hacía girar las ruedas del breque, es decir, de los frenos, atenuando la velocidad que la locomotora había impreso a los coches. Locos de emoción los muchachos conteníamos el aliento viendo la espectacular maniobra que no hemos olvidado con el tiempo.  Pero tampoco hemos olvidado aquella tarde fatal en la que por razones que no alcanzamos a explicar, Barzola no combinó bien sus movimientos y al llegar a la curva de la Docena cayó aparatosamente entre dos coches en medio de aterrorizados gritos de la gente. Perdió ambos pies seccionados por la ringla de coches del convoy. Tardó muchos años para recuperarse. Una vez sano, le colocaron dos piernas ortopédicas con las que aprendió a convivir y a dominar a la perfección. Ya viejo nos contaba que aquel día cumplía años y se había tomado un par de tragos. “Yo que nunca chupaba, ese día me tomé dos copas de pisco y, me jodí”; además  narraba muchas historias muy interesantes de su vida ferroviaria y con su voz cascada y varonil, nos cantaba sus añejos tangos que tanto quería. ¿Dónde estará este viejo maravilloso, amigo de mi padre?

Otra desgracia que recordamos en el barrio es la muerte del “Sordo” Cueva. Este era un viejo cumplido y ejemplar en el trabajo. Había sido brillante defensa del Railway pero trabajando en la aguzadora fue perdiendo poco a poco el oído hasta quedar más sordo que una tapia. Por esta razón lo derivaron a la casa Redonda. Aquella tarde había cumplido su tarea y contento como unas pascuas iba a su hogar, pero en lugar de hacerlo por el camino correspondiente, decidió “cortar” siguiendo la línea férrea que se desplazaba por un estrecho callejón. Esa determinación fue fatal. Cuando apareció el raudo tren de Goyllar, él no lo escuchó. Las gentes que estaban en la parte alta del tramo al ver la inminencia de la desgracia le hacían señas desesperadas, pero él, en la creencia que lo estaban saludando contestaba alegremente con las manos en alto. Los gritos de las gentes eran desesperados, pero él no podía escucharlos. Cuando el maquinista vio al hombre en el trayecto puso los frenos con toda sus fuerzas,  pero éstos no respondieron. En medio de espantoso chirrido y reventazón de chispas fue despedazado el cuerpo. Los gritos de terror de los testigos fueron impresionantes.

La llegada del tren de pasajeros constituía el otro acontecimiento especial. A partir de las siete de la noche, lloviere o tronare, las abrigadas gentes llegaban por todas los caminos al iluminado andén de la Estación. A lo largo de la pista final, ojos expectantes y manos aferradas a la alambrada del cerco, esperaban el acontecimiento en medio de un cuchicheo vivaz. Las voces en sordina intercambiaban chismes del día con un entusiasmo notable. No debían hablar muy fuerte para poder oír el silbido agudo que desde kilómetros antes de la Railway, anunciaba la llegada del convoy precedido por la potente locomotora. Oído por  entre el barullo de la gente lanzaban el grito de: ¡Ya viene! concitando la admiración general. Habían alcanzado a oír el prolongado silbido desde Garga, curva rocosa donde habían establecido el “polvorín” de la Compañía, caverna en cuyo interior, estaban almacenadas toneladas de dinamita, mechas y espoletas, alambres y fulminantes para el diario trabajo minero. Entonces, todos se acomodaban para ver la llegada del tren de pasajeros. ¡Qué espectáculo aquel!

Cuando aparecía entre el chillido de frenos y breques, con su secuela de chispas como fuegos de artificio, un ¡!!!Ahhhhhh!!, unánime uniformaba a los curiosos. Desde las ventanas iluminadas, los que estaban llegando, trataban de ubicar a parientes o amigos que les esperaban; igualmente, desde el muro, muchos trataban de descubrir la presencia de sus seres queridos haciendo saludos con las manos.

Delante llegaban dos o tres coches de carga conduciendo todo tipo de productos para los consulados y tiendas comerciales de la ciudad; comestibles, conservas, licores, herramientas, ropa, muebles, adornos, numerosos utensilios para el trabajo minero; toneles de cerveza, de pisco puro, jaulas, cajones, cajas de dulces, damajuanas, pescado fresco del Callao entre numerosos trozos de hielo repletando enormes cestas.etc. Detrás el cabusse con el Postrén, y la correspondencia ya clasificada para cada una de las estaciones del tránsito, inclusive hasta Huánuco e intermedios. Cartas, paquetes y despachos etiquetados en bolsos de lona con filos de cuero y cerraduras metálicas con remaches de plomo para no ser violentados. Estas valijas eran dejadas en cada estación. Para este ejercicio disponían de escasos minutos que administraban admirablemente los empleados. Los siguientes cuatro coches eran de segunda, repletos de personas de toda condición, comerciantes, campesinos, mujeres con sus hijos, obreros, soldados, ambulantes, “canillitas” y, una que otra prostituta. Una mezcolanza de personas, mascotas, carga y fuerte olor a carbón quemado. Los últimos dos coches eran de primera, como lo dijimos, con amplios ventanales y asientos acomodados a distancias amplias que permitía estirar las piernas y viajar placenteramente; ventanales amplios y limpios para contemplar un hermoso paisaje, árido, pero pintoresco.

Cuando llegaba algún personaje importante, una comisión de recepción se ubicaba en el andén; generalmente el alcalde y funcionarios citadinos, en compañía de sus esposas. Una o dos de ellas portaban flores para la bienvenida. Una banda de músicos a la entrada del andén animaba la espera y, llegado el visitante, tras la marcha de banderas, los saludos y discursos del caso, interpretaba una marcha militar con la que los visitantes eran subidos a los carros que los esperaban. El pueblo, hospitalario y cooperante, aplaudía con afecto a los que llegaban. Esto ocurría muy de tarde en tarde.

Asegurados todos los frenos y soltados todos los vapores de la locomotora, se desenganchaban los coches y, recién en ese momento, se podía acceder a ellos. Los primeros en subir, ágiles como monitos equilibristas, eran los chicos encargados de transportar petacas, maletas, bolsa,  baúles y demás cargamento. Los más experimentados, generalmente mayores, tenían acceso a los coches de primera; los otros, a segunda.  Éstos, dotados de una rapidísima evaluación, cogían los cargamentos de los pasajeros y tras un rápido tira y afloje, acordaban el precio del servicio. Inmediatamente, el cargador, avanzando por entre una multitud bullente, llevaba a su contratante a la salida de la Estación en donde se podían de acuerdo a qué hotel llevarlos. Otros, embarcaban a asorochados pasajeros que tenían que ir a Huánuco, en uno de los dos carros. “Biñi” Bazán o al “Vente Conmigo” de Nájera. En cuanto se “llenaba” el pasaje los carros partían rumbo a Huánuco o intermedios. En estos carros también despachaban correo y periódicos además de otros encargos. El caso es que los muchachos ya habían ganado su “día”.

Los pasajeros que quedaban en el Cerro, debían a partir a pie desde La Esperanza hasta los hoteles del centro, teniendo que subir una empinada cuesta llamada Santa Rosa, en medio de un frío extraordinario que a esa hora se había acentuado. El que más pronto se llenaba de pasajeros, era el “Venecia”, del chino Lam; luego venían, El “Fort”,  el Champa (Así apellidaba el dueño). “América”,  “Universo”,  “Central”, “Bolívar”, “Royal”,  “Arequipa”, etc.

Por otro lado, abiertas las puertas del andén, con una rapidez extraordinaria, el distribuidor entrega su cuota personal a cada uno de los canillitas. Éstos, ni bien recibían su paquete, partían como una exhalación a su meta preestablecida. En el trayecto sus voces brillantes reverberaban anunciando su mercancía.

— “El Comercio”, “La Prensa”, “La Crónica”, “La Tribuna”, “Pan”, “La Revista Semanal”, “El Hombre   de la Calle”.

Tras superar la Calle del Marqués con sus fondas chinas y peluquerías japonesas, llegaban a Chaupimarca en una carrera vertiginosa y de allí de desplazaban por arterias laterales. Unos, por Grau y la plazuela del estanco hasta la Plaza centenario, atiborrada de comercios donde la venta era espléndida; otros, por la calle Parra visitaban al Teléfono Público, restaurantes, sastrerías, relojerías y comisaría; un tercer grupo, por la calle Dos de Mayo, el Trocadero, Edificio Proaño, Fernandini y la Plazuela Ijurra. En cada uno de estos lugares la venta era pródiga. Cooperante, el público tenía a la mano el “sencillo” para no demorar a los canillitas. Cada uno de estos voceadores tenía su predio estipulado y ningún otro podía invadirlo porque aquí primaba la lealtad, tanto en los compradores como en los vendedores.

Hasta las nueve de la noche, corros de amigos, vocingleros y animados han estado aguardando el paso de los canillitas con los periódicos del día. Hasta ese momento se había ignorado lo que había acontecido en el Perú y el mundo.

Como tras la compra, los ciudadanos marchaban a sus casas y los canillitas partían a la suya, el centro de la ciudad quedaba completamente silencioso y desierto. Hasta ese momento había vivido su día mi vieja ciudad minera. ¡Ojalá que vuelva el ferrocarril para que los niños de hoy puedan gozar de la experiencia maravillosa de contemplarlo!

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