Estampas Cerreñas (11)

Grupo de amigas cerreñas debajo del monumento de la Columna Pasco –mediados de 1950-  entre las que están las hermanas Martel: Lola (Segunda) e Hilda (Cuarta). Era el año en el que nuestra ciudad recién se estaba reponiendo del impacto traumático del ajusticiamiento del Prefecto Tovar. Aquella década, por implacable persecución de sus gentes, nuestro pueblo sufrió la aberrante marginación del gobierno del malhadado Manuel Apolinario Odría. Este autócrata, mientras desempeñaba la función de Ministro del Interior, envió como prefecto del novísimo departamento de Pasco a Francisco Tovar Belmont que hizo todo cuanto estuvo en sus manos para mancillar a nuestro pueblo.  Clausuró los periódicos y enmudeció a las radio emisoras locales. Su despotismo fue tanto que enervó a los trabajadores mineros y sus esposas que concluyeron ajusticiándolo enceguecidos por el odio que él mismo había creado.

Aquel martes 17 de febrero de 1948, cuando las madrugadoras colas reptaban ateridas para lograr su ración diaria de pan, arribó una caravana de jeeps y camiones porta tropa repleta de soldados, en medio de un temporal de truenos inclementes que rasgaban los cielos. Tras varias vueltas por céntricas calles con fines  intimidatorios, fueron a instalarse en la Plaza Mayor. En ese momento, un presagio de muerte se apoderó de cariacontecidos hombres y mujeres. Las viejas se santiguaron, agoreras. Tenían razón. A partir de entonces el terror se acantonaba en casas, talleres y oficinas de la ciudad minera. Una maldición que todavía no termina.

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