Nuestros Escritores: Daniel Florencio Casquero

PICPISH.

Un diminuto individuo que parecía sufrir de enanismo era Anselmo Cajachagua, un “timbrero” del  “pique” de las lumbreras de Colquijirca.

Era el tipo más procaz que pudo crear la ignorancia atrevida, hasta el extremo de no temer a Dios ni al diablo, ni andarse en figurillas en tratándose de replicar con insolencia las órdenes de sus superiores.

La grosería a flor de labios, en un condimento de ajos y cebollas, sapos y culebras, lagartos y tortugas, el estar al lado de Cajachagua era pasar un rato sucio pero ameno, para hombres solos.

A Anselmo Cajachagua le pusieron un apodo, en un instante de inspiración inventiva, que era la exacta graficación de su físico y de su índole. Le decían “Picpish”. Y es que su rostro hacía evocar la cabeza de un gorrioncillo andino que existe en las punas serranas, y porque sus carrillos cetrinos eran fuelles vibrantes de un agudo silbar permanente.

Este silbido vibrátil llenaba todas las oscuras galerías de la mina que –no hay por qué dudar- hasta la propia roca subterránea lo conocía. De un modular agudo se escuchaba a distancias prolongadas y por el que sus compañeros de labores, sin todavía verlo, sabían que era él quien se acercaba. Era un silbido ancestral, nativo y en el que ponía tal pasión donde sus huaynitos era un trinar armonioso de  vernacularidad.

Pero de “Picpish” emanaba una virtud: era trabajador como un combo y aguantador como un yunque majado por los brazos proletarios. Ágil en sus movimientos, no había actividad minera que él no hubiera realizado. Había sido enmaderador, carrilano, perforista, barrenero, shutero y otras técnicas obreras. Ahora trabajaba de timbrero en el pique principal.

“Picpish” nació, se crió y creció en el rudo ambiente del campamento minero, y lo saturaba la efervescencia animal de los seres elementales y primitivos. No sabía leer ni escribir, pero poseedor de una intuición superada, podía discurrir ventajosamente sobre el trajinar cotidiano de la gleba minera. Estaba bien informado de todo y de todos y era una enciclopedia de chismografía proletaria, pero sin llegar a la doblez ni a la hipocresía.

Tenía dos amigos del alma y de la “conchudez”: “Shucuy Cara” y “Calducho”, dos astrosos y majados tareadores con los que formaba un trío de jocundidad y jaranas cholas.

Nicanor Huamán, alias “Shucuy Cara” era carne pujante de cinismo y frescura. Impermeable para el insulto o la broma pesada, podrían sacarle la madre y a él no le importaba. Hablaba rápidamente el quechua y su parla, en ese idioma, era un florilegio de cundería, que para quien entendía su jerigonza, pese a lo que pesare, tenía que reír a mandíbula batiente.

En cambio Dorio Portales, el “Calducho”, era un tipo apático, casi cetrino. Atildado y con una seriedad de aristócrata (como que era blancón) tenía un  bigotillo mosca sobre el labio superior y un “pucho” permanente prendido en los labios, como si fuera un quiste de papel, cuyo hilillo de humo lo hacía lagrimear y pestañear permanentemente. De índole callada, cuando alguien le dirigía la palabra, respondía con un rezongo breve y gutural.

Nadie sabe qué unió a los tres amigos del trato. Muy poco empinaban el codo pero eran concurrentes obligados de toda jarana que la cholería obrera organizaba y se ganaba los convites y las comilonas a punto de ocurrencias y desgaires atrevidos y vulgares, pero no por ello menos graciosos.

…………………………………………

Llegué a Colquijirca como cualquier otro proletario en busca del magro jornal cotidiano. Alcancé un puesto que es un privilegio para el minero: llegué a ser bodeguero.

Conocí a “Picpish” y de inmediato lo catalogué en su exacta dimensión, y en dándome cuenta de su malcriadez innata no le permití confianzas, manteniendo siempre distancia de por medio.

Anselmo Cajachagua, como timbrero, tenía que cumplir mandados. La distancia desde el pique hasta la bodega del nivel Cero medía de unos treinta a treinta y cinco metros. Por esa vecindad, yo lo escuchaba silbar o despotricar las ocho horas jornaleras, y al compás de sus silbidos se oían sus pisadas macizas mientras cargaba o descargaba carros metaleros de la jaula del pique. Con el tiempo me acostumbre a su resoplar tronante y tanto silbaba y silbaba que me aprendí de memoria los huaynos que eran su “fuerte”.

Encomendarle un recado a “Picpish” era merecer una réplica lisurera trabajosamente contenida. Su respeto a las gentes era sui géneris.

— “Picpish” lleva esta orden a la principal…

— Ya mi señorito “cuchicapador”…

O esta otra

— Te llama desde el nivel 200, el caporal Rojas…

— Indio pendejo,… no anda sin estar jodiendo. ¿No es así patroncito…? Vamos a subir a ese cabro de su madre… De él, no de usted.

— Moderación de por medio, “Picpish”… ¿Ya?.

— Ya, ya. No se haga… No es para calentarse…

Y así seguía el desglosar monocorde de los días. Ya nadie se escandalizaba ni extrañaba del proceder de Cajachagua. Su grosería obscena había encallecido nuestros oídos, y su labia sucia nos parecía natural.

………………………………………………..

La cosa sucedió un día… El golpetear de la labor cotidiana se encontraba a “full” en todas las galerías mineras. Ya eran avanzadas las tres horas de la tarde. De pronto un timbrazo del teléfono instalado en la bodega me sacó de mi abstracción aritmética. Contesté el fono.

— ¡Aloooo ¡.¿El bodeguero Eusebio?…

— A sus órdenes…

— Habla el jefe del Almacén. Envíeme una relación de las existencias de explosivos, de guías de 3,5 y 8 pies y de municiones, inmediatamente con el timbrero…

— Está bien, señor.- En la mina hay que decir “señor” a los superiores, así fueran éstos cualesquier quídam con cabeza humana.

Tomé la relación y encomendé a “Picpish” que la subiera. Cajachagua hizo uno de sus comentarios con sabor a cloaca y se aprestó a obedecer… Fue la hora crucial de su existencia. Se marcaba el hito del trastrocamiento de su personalidad, y empezaba el vía crucis de sus padecer físico…

A los ascensores que bajan a las profundidades de las minas se les llaman “jaulas”. En éstas hay unas barras que sirven de crucetas, a manera de puertas, las mismas que giran en unos goznes cuando se levantan para dejar paso o se vuelven a colocar horizontalmente; se “abren” para proceder al transporte de carros metaleros o para subir y bajar a los trabajadores mineros.

“Picpish” debía levantar esa barra para entrar en la jaula, a fin de subir los papeles pedidos de la superficie. ¡En mala hora cogió la barra!…. Por la parte superior del pique sentimos que tiraban pedrones, chocando con los cuadros del maderamen. Acostumbrado el timbrero a estas eventualidades, le restó importancia en la presunción que caerían de largo; pero desgraciadamente, no fue así. Cajachagua acababa de colocar horizontalmente la barra que tenía empuñada, cuando en una fracción de tiempo que no le permitió zafar la mano, rebotó un pedrón sobre el dorso de aquella, sirviendo de barra a manera de yunque.

La escena fue inenarrable. “Picpish” lanzó un grito horroroso y animal que todavía siento vibrar en mi memoria pese al tiempo transcurrido. La mano de “Picpish” se convirtió en un surtidero de sangre venosa y aunque aquél en un gesto instintivo de protección escondió la mano en su sobaco izquierdo, la sangre manaba profusamente.

— ¡Papacito!…¡Ya me jodí la mano! – Gritó el infeliz minero.

Me acogotó la anonadación. No supe qué hacer ni qué decir. Quedé como atontado mientras que el infeliz timbrero gemía y gemía presa de pavor. Cuando reaccioné tomé a Cajachagua del brazo sano y conmovido por una conmiseración hasta la piedad, lo conduje hasta la bodega sosteniéndole el brazo en alto. El herido iba casi a rastras como si estuviera beodo. Su rostro estaba blanco de palidez. De sus ojos fluían las lágrimas, mientras convulsivamente balbucían incoherencias.

Prestos, con mi ayudante, improvisamos un torniquete en el puño del infeliz para evitar que continuara la hemorragia y después de envolverle la mano con papel de dinamita, con el mismo ayudante lo envié al Hospital de Emergencia de la Compañía Minera, donde se constató que el pedrón le había destrozado los huesos de la mano.

…………………………………………………….

¿Cuánto tiempo estuvo en el Hospital?. Ni lo supo ni se dio cuenta de nada… Los días y las semanas flojearon su discurrir cotidiano con lentitud de aburrimiento.

Seis meses duró el atroz martirologio de Anselmo Cajachagua, alias “Picpish”. Seis meses donde el hombre supo lo que es llorar su fracaso y su debilidad humanas. Fueron seis meses que troquelaban el avatar de un nuevo ser de lo que fuera el “Picpish” disparatero y silbador…

Y no se sabría decir si por virtud del reposo forzado o por qué, se olvidó de sí mismo; la índole del “Picpish” cambió diametralmente: ya nada quedaba de su procacidad e insolencia. Se convirtió en un ser callado y reconcentrado, envuelto en una introversión humilde y serena.

Después “Picpish” volvió a la mina, en labores más suaves. Le arreglaron la mano pero quedó inutilizada para siempre puesto que no podía mover los dedos.

Ya no era el dechado de insolencias y lisura. Tampoco volvió a ser el pájaro silbador cuyos huaynitos, de alegría sincopada, conocían hasta las rocas mineras de los socavones.

Se convirtió en un ser taciturno y triste y así lo dejé donde lo había conocido: en las labores mineras de Colquijirca.

Me llevó la vida y el destino a otras regiones, y ahora, pese que han pasado años con sus días en cadena, siempre lo recuerdo con nostalgia dolorida de colega proletario…

Cerro, mayo de 1968.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s