LA MUJER CERREÑA EN LA HISTORIA (01)

Una de las más saltantes características de nuestra historia es que, en su contexto, se ha excluido a la mujer no obstante el importantísimo rol que le ha tocado jugar en su entramado. Como los hombres mantenían vigentes los relatos de los acontecimientos importantes, se dedicaban a privilegiar batallas, resoluciones de estado, ordenanzas, en los que ellos jugaban papel importante; en contadísimas ocasiones se refirieron al ámbito doméstico de la vida cotidiana, femenino por excelencia. Creo que todavía esa actitud discriminatoria está vigente. Sin embargo, a medida que transcurre el tiempo habrá de equilibrarse la historia -estamos seguros- haciendo justicia al papel protagónico que ellas jugaron en la forja de nuestra grandeza.

En nuestra tierra, numerosos documentos demuestran que las mujeres, a la par que los hombres, participaron en la valiente contienda contra los opresores. María Valdizán, la más paradigmática de todas. Degollada cobardemente por orden de sanguinario Carratalá en momentos en que la lucha por nuestra  independencia era más sangrienta y decisiva. Esta inmortal cerreña puso sus inagotables caudales al servicio de la patria en sus momentos decisivos. Aportó generosamente para la manutención de nuestros heroicos montoneros y, lo más importante, sirvió de informante y nexo entre los patriotas que se encontraban diseminados en territorio pasqueño. Ya desde los tiempos de Abascal, destacó Brígada Ochoa de Silva, en Lima. Fue condecorada por San Martín. También estuvieron: Juana Noin, en el Cuzco; Magdalena Centeno, en Arequipa; y Juana Toribia Ara, en Tacna. En tiempos de la independencia, María Parado de Bellido fue fusilada en Ayacucho por no denunciar a los patriotas que conocía. Por las mismas razones encontraron la muerte, Emeteria Ríos de Palomo, en Canta; Paula Huamán, en Tarma y Eufrasia Ramos, en Jauja. En Concepción, la humilde Bonifacia Pando, fue condenada a sufrir 200 azotes junto al ajusticiado cadáver de su esposo, el patriota Paulino Monje. Como  ellas, fueron las mujeres del pueblo cerreño quienes al lado de los hombres, se levantaron indignadas en 1780 para protestar contra el abusivo cobro de impuestos, ordenado por Areche.

En la revolución de los plateros cerreños de 1812, sobresale nítidamente, Ramona López, viuda del minero José Vigil. En su chingana se reunían los revolucionarios mineros porque era foco difusor de las inquietudes independentistas. Lo importante: además de chingana era  copioso depósito de armas. Muerto su marido –viejo y laborioso minero- se unió al revolucionario Manuel Queipo con el que, perseguida y despojada de sus pertenencias, huye a Huánuco donde trabaja decididamente por el éxito de la revolución de Huánuco y Panataguas liderada por Crespo y Castillo y Duran Martel.

Pero fue en la Guerra con Chile (1879) donde corporativamente demostró su valía. Conformó una numerosa agrupación que trabajó para reunir fondos pecuniarios en favor de nuestro contingente de sangre. Viajó a las minas más apartadas para visitar a todos los mineros, sin olvidar a nadie; se entrevistó con los comerciantes de la localidad y lugares aledaños; entrevistó a las más connotadas como a las más humildes familias. De todos recibió el generoso aporte de su contribución que permitió vestir, armar, alimentar y preparar a los voluntarios cerreños de la Columna Pasco.

Ellas fueron: Carolina Pellegrini de Trujillo, Margarita H. de Lequerica; Carlina y Úrsula Parra; María Ballón; Clara M. de Languasco, Celia Proaño de Mier; Eusebia L. de Lagravere; Josefa Navarro; Beatriz F. de Salazar; Agustina P. Vda. De Alcántara; María del Pilar Q. de Proaño; Antonia G. de Gallo;  Carmen C. de Álvarez; Julia L. de Schuermann; Rosa l, de Salcedo, Dolores T. de Languasco, Isabel y Clotilde Minaya; Luisa Pérez; Gavina N. de Morales; Manuela N. de Jinez; Gabriela M. de Alcántara, Rosalía V de Gallo; Rosario Torres; Asunción H. de Ortiz; Josefina B. de Faget; Juana C. de Cabanillas; Vicenta Soberón; Sofía N. del Campo; Josefa A. de Sierra; Francisca B. de Garreta; Casimira B. de Arrieta; Matea P. de Giurcovich; Manuela C. de Malpartida; Casimira N. de Mier; Dolores J. de Arias; Vicenta E. de Alania; Melchora B. de Cossío;  Luisa B. de Myers; Paulina Tamariz; Manuela M. de Noria; Benita O. de Ravazzo; Josefa R. de Carles; Francisca Woolcott; Guillerma N. de Úngaro, Ángela A. Vda. De Puntriano; Gregoria R. de Oneglio; Narcisa Murgado; Clara Petris; Patrocinia Balbín; Beatriz Lugo; María C. de Mudago; Josefa Román; Angelina Casanova; Luisa P. de Albertini; Magdalena Uribe y Silveria Galarza.

Desde los primeros instantes en que se inicia la beligerancia, se suman los nombres de Manuela de la V. de la Torre, Isidora M. de Iglesias, Francisca I. de Aldecoa, Antonieta L. de Maggela, Atalia J. de Cecchi, Jesús C. de Martinench, Andrea G. de Franco, Catalina P. de Fromont, Emilia R. de Távori, Biviana N. de Alvarado, Beatriz J. de Callirgos, Encarnación V. De Loayza, Carmen L. de Gordillo, Jacinta G. del Valle, Candelaria G. De Mazzini,  María Luis A. de Flores, Luisa Romero, María R. de Dellepiani, Guadalupe V. de Clotet. Al lado de ellas cerraron filas las humildes mujeres del pueblo aportando con lo que pudieron. Se cortaron sus  cabellos para venderlos a los franceses que confeccionaban pelucas, peluquines y adornos muy utilizados en aquellos tiempos. El dinero de la venta contribuyó a la reunión de fondos para tan noble fin. Todas estas inolvidables mujeres sufrieron en carne propia la desgracia de perder a sus seres queridos en las fronteras del sur. Ninguno de los soldados volvió.

No solo la juventud fue a luchar en defensa de nuestra nación, un segundo contingente formado por niños y ancianos murió en defensa de Lima en las batallas de San Juan y Miraflores. Dos años más tarde -1881- tuvo que sufrir los embates de la ocupación chilena cuando ya no quedaba hombres en el Cerro de Pasco. Las mujeres fueron pasto del abuso encarnizado de la soldadesca chilena.

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