Saludo a mi tierra

Panorama parcial de la ciudad minera del Cerro de Pasco, visto desde el mirador de Huancapucro, tradicional capilla de nuestro pueblo. Al otro lado está el gigantesco “Tajo Abierto” y la nueva ciudad en San Juan Pampa.

Comienza su historia el 9 de octubre de 1567 con el primer denuncio de sus minas. Este fue el primer robo de los españoles a los caciques yauricochas, sus legítimos dueños. Para ello intervinieron autoridades reales y una cáfila de aventureros que se conchabaron con caciques traidores de latitudes adyacentes.

Consumada su infamia, los españoles fueron a tomar posesión de “sus tierras”. Esperaban encontrar un territorio propicio no obstante las fragosidades de las alturas, pero no. Se dieron con un territorio abrupto plagado de lagunas de emergentes islotes que los naturales conocían con el nombre de YAURICOCHA: “La laguna de los metales”. Como es natural, había que desecarla. No les fue difícil. La elevación en la que se encontraban permitiría dirigirlas a las partes bajas. Así lo hicieron. Al desaguarlas por impulsivas acequias hacia las partes bajas, queda al descubierto un sedimento blanquísimo de plata pura que por siglos había permanecido bajo las aguas. La plata a flor de tierra, en una orgiástica abundancia, estaba pródigamente diseminada por aquellas soledades blancas. Un 26 de diciembre, día de San Esteban, santo francés, los notarios asentaban en los libros de las Cajas Reales de Lima, el nacimiento de este argentífero depósito con el nombre de San Esteban de Yauricocha y que, pasados los años, por estar cerca a la Villa de Pasco, adoptó el nombre de Cerro de Pasco.

La plata está visiblemente abundante en vetas inmensas. La noticia se expande por todos los confines del territorio. Vienen los aventureros a afincarse en sus predios. Con el correr del tiempo, fue recibiendo muchas denominaciones. Pedro Cieza de León y Miguel de Estete la denominaron CERRO MINERAL DE BOMBÓN. En la década comprendida entre 1620 y 1630, la minería hispanoamericana decae notablemente. Las minas de Nueva España (México) y las de Potosí declinan ostensible¬mente debido a la decreciente ley de minerales, la mayor profundidad en la que se hallaban las vetas, la mala administración de los braceros, y las dificultades en la provisión de mercurio. A esto hay que agregar que en 1625 se produce la inundación de las minas de Potosí, agravándose el mal cuando en 1626, un aluvión las hace desaparecer, en gran parte, cobrando la espantosa cifra de cuatro mil muertos. Entonces los envíos correspondientes al QUINTO REAL son de tal magnitud que al Cerro de Pasco se le denomina NUEVO POTOSÍ y acorde con esta importancia, establecen en la ciudad las CAJAS REALES, or¬ganismo encargado de la administración de los bienes materiales y tesoros que se percibían en sus minas. Haciendo honor a su nombre, el Nuevo Potosí resarce la economía colonial de la Corona Española que estaba a punto de colapsar y en mérito a esta contribución se le otorga el título de CIUDAD REAL DE MINAS. Co¬rría el año de 1639.

Cuando los españoles encontraban una veta, la cercaban de inmediato para hacerla inexpugnable. Al centro abrían la bocamina y en parte preferencial la residencia del dueño; muy junto, la bodega donde guardaban bajo siete llaves el mineral que sacaban, los insumos y las herramientas laboreras. Las barracas para los obreros y las cuadras para las mulas completaban el núcleo minero. Otro español -minero también- hacía lo propio en sus dominios adyacentes, teniendo mucho cuidado de dejar entre sus propiedades, una calleja para el libre tránsito de hombres y acémilas.

Tierra frígida, trepada en la montaña, accesible sólo por inverosímiles caminos recorridos por jadeantes mulas cargadas de plata en la época colonial de la ambición; cruzada por zigzagueantes rúas que van al norte, giran al sur, trepan caprichosas elevaciones, descienden raudas, se estrechan en tortuosos pasajes y se encuentran agotadas en callejones sin salida. Calles sin orientación ni concierto, sin las clásicas cuadraturas hispánicas; frías, indecisas, rebeldes y desconcertantes, por donde trajinaron los aventureros de allende los mares. Calles de sangre y reyertas con balcones añosos y misteriosos, de expeditivos romances y oscuros conciliábulos; fruto de la improvisación y la ligereza; nacidas siguiendo la accidentada superficie de su suelo. Con una personalidad única, inconfundible, que no se repite en otro rincón de la tierra. En diversas épocas, esta belleza montaraz se ha plasmado en cuadros de Leoncé Angrand, Rugendas, José Sabogal, Julia Codesido, Camilo Blas, Camilo Brent, Teodoro Núñez Ureta, Carlos Palma Tapia. Aquí nadie vino a fundar una ciudad. Nadie. Lo único que importó –entonces como ahora- fue explotar sus riquezas. Desde entonces, nada ha cambiado. De sus minas han salido interminables caudales que sirvieron para construir, hospitales, cuarteles, fábricas, catedrales, avenidas, paseos, parques, puentes, en otros lugares del Perú… Con sus riquezas se han comprado barcos, aviones, cañones, tanques, misiles, fusiles, balas…. De sus minas siguen saliendo los fondos para solventar los gastos de tanta transacción inmoralmente negra de la que se apoderan delincuentes de cuello y corbata encaramados en los gobiernos de turno. De sus minas han salido los fondos para aliñar otras ciudades que no han dado ni siquiera el 10% de lo que el Cerro de Pasco le ha dado al Perú. De sus entrañas han salido y siguen saliendo los caudales para edificar confortables palacetes en otras ciudades como Huancayo, Tarma, Huánuco, Jauja y especialmente Lima. Las casas sólidas y hermosas que tuvo el Cerro de Pasco, fueron reducidas a escombros por las máquinas, los explosivos, la dinamita, el anfo. ¡Qué diferencia con Potosí, Guanajuato, Charcas, Zacatecas, Pachuca, Real del Monte!…Mientras que en aquellos lugares –mineros también- se elevan majestuosas cúpulas de catedrales y monasterios, aulas de universidades, esplendor de teatros, boato de casonas solariegas, inacabable dimensión de haciendas y cortijos: aquí, los edificios precariamente construidos, agonizan desde su nacimiento y cuando los ricos se marchan definitivamente –los de antes y los de ahora- cargando hasta el último centavo de sus caudales, sólo escombros e ingratitud dejan en pago de tanta benevolencia. Ninguno de los ingratos –propios o extraños- han legado nada para esta tierra generosa. ¡Y han sacado tanto! Así ha nacido esta tierra frígida, sobre un basamento de plata anonadante, de refulgentes vetas de oro tumultuoso, de zinc finísimo y abundante; de pesado, sólido y variado plomo; de rojísimas camadas de cobre avasallante; espectacular afloramiento de estaño, bismuto, antimonio, cadmio, tungsteno, molibdeno, cinabrio, indio, vanadio; luminosa florescencia de cuarzos amatistas, glaucos, cerúleos, zarcos. ¡Cerro de Pasco, arca maravillosa de subterráneos tesoros!

Aquí es muy difícil que crezcan flores hermosas, adorno de vegetación. Aquí reverberan en las entrañas de la tierra, otro tipo de flores hermosas y eternas. Sobre un níveo basamento de cuarzo blanco estibina, semejante a nieve recién caída, emergen numerosos cristales piramidales de irisadas conformaciones: rojos, verdes, amarillos, azules, que refractaban colores amatistas, glaucos, cerúleos, zarcos… Estas son las flores del Cerro de Pasco. Lindas. Eternas. No aquellas que crecen superficialmente a flor de tierra y se tronchan rápidamente, no, no. Éstas son esencia viviente de sus entrañas; flores que jamás se marchitan. Tienen aroma de eternidad. Duran lo que dura la vida. Siempre brillantes, siempre vivas, como el alma del pueblo cerreño.

Mi pueblo heroico y diligente no deja de trabajar. Aquí, cerca de Dios, llueve o truene de día o de noche, la producción no se detiene. Las trombas de lluvia podrán correr como ríos desbocados por las calles; la nieve hará desaparecer campamentos, chozas, , barrios enteros, los soles esteparios, quemantes y agresivos cayendo a plomo podrán convertir en surtidores de polvo a nuestra calles; los vientos arrasaran los techos; los puquiales se secarán en alternancia de hielo y calor, pero el venero inagotable y maravilloso de sus mina jamás dejará de producir. (…) a cualquier hora se oirá el bronco bramido de excavadoras, perforadoras, cargadores frontales llenando interminable fila de camiones gigantescos con toneladas de oro, plata, cobre, zinc, plomo (…) Aquí se trabaja las veinticuatro horas del día, sin tregua, sin descanso, sin deserciones ni claudicaciones de ninguna clase. Nuestros hombres están trabajando en el fondo de los socavones o en centro mismo de ese enorme cráter llamado “Tajo Abierto”, cuando a la una de la mañana –por ejemplo- los termómetros tiemblan de pasmo o quinces o dieciséis grados bajo cero. (…) ¡¿Qué nos han dado en cambio?! ¡Nada! Absolutamente nada. Seguimos viviendo desde hace cuatro siglos y medio entre el oprobio y el abandono.

Anuncios

One thought on “Saludo a mi tierra

  1. Lo que acabo de leer es un espectáculo, pasado en la pantalla imaginaria, que para los que vivimos en esas alturas es exacta. Es un llamado a la conciencia, que reflexionemos.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s