El maestro Ángel Ramos Picón.

ÁNGEL RAMOS PICÓN

Este insigne maestro, cuya labor fue brillante e inolvidable, prestó sus servicios en los principales pueblos de nuestro departamento, especialmente en el Cerro de Pasco, donde dejó una numerosa promoción de distinguidos hombres que siempre reconocieron su capacidad y su magisterio.

Nacido en Huallanca, inició su carrera docente en su pueblo natal para luego trasladarse a Yanahuanca, en plena flor de su juventud y donde contrae matrimonio con la dama yanahuanquina, doña Marcela Reyna, con la que tuvo 6 hijos. De Yanahuanca, en donde no sólo prestó sus servicios en el aspecto docente, sino también al frente de la Alcaldía y otros puestos de gran importancia, se trasladó al Cerro de Pasco, para desempeñarse como maestro, con excelentes resultados.

Durante la ocupación chilena de nuestra ciudad -1881- los invasores asaltan su casa y tras apoderarse de sus pertenencias, le prenden fuego y la convierten en cenizas. Lo dejan a él y a su familia, en el más completo desamparo.

Repuesto de la dolorosa experiencia sufrida con los chilenos, su permanencia en el Cerro de Pasco, fue fructífera. Se desempeñó en varios cargos públicos con gran acierto, y como maestro en nuestra escuela municipal, desarrolló una proficua labor en la formación de las grandes personalidades. Sus más brillantes alumnos fueron: Gamaniel Blanco Murillo, recordado mártir cerreño y Eulogio Fernandini, acaudalado minero que a su retorno de Alemania, donde se graduó de ingeniero, le pidió que fuera su concejero y guía.

Este egregio maestro huallanquino, distinguido con menciones honoríficas por los Concejos Municipales de Yanacancha y el Cerro de Pasco, fue hijo de don Pedro Picón Ramos, pero él en reconoci­mien­to a la abnegación y sacrificio de sus señora madre que le educó y formó, alteró su nombre y por propia decisión invirtió el orden de sus apellidos.

Cumplidos los setenta años en nuestra ciudad, con más de cuarenta  de servicios profesionales, se retira a su tierra natal donde, al poco tiempo, fallece.

Temporada de bicicletas

HILDA MARTEL - 1950

A propósito de la fotografía en la que vemos a la señorita Hilda Martel en la última cuadra de la calle Parra, frente a la Comisaría Policial que otrora fuera Fundición de Barras de Plata de las cajas Reales de Pasco, al promediarse el año de1955, hemos recordado la Temporada de Bicicletas en el Cerro de Pasco.

Su apogeo abarcaba los meses de mayo, junio, julio y primeros días de agosto de cada año, cuando los muchachos y chicas aprovechaban de los días soleados y salían a pasear en grupo por las afueras de la ciudad. El circuito preferido era el que rodeaba a la laguna de Patarcocha de lavar, la más grande. Allí se daban cita grupos de amigos –hombres y mujeres- que en fraternales competencias gozaban de aquellos días soleados después de tantas tormentas de lluvia, nieve y granizo. Los más audaces se arriesgaban a bajar a La Esperanza, Ayapoto, Cabracancha, Buenos Aires, Paragsha, barrios un tanto alejados del centro; pocos se animaban a incursionar por La Quinua o Huariaca, porque la bajada era relativamente fácil, el problema se presentaba al retorno. La gradiente era muy pronunciada por lo que se necesitaba de buenas piernas y excelente resistencia física.

Recuerdo  que los domingos a mi barrio llegaba un tropel de “niñitos bien”, aquellos “hijitos de papá” a los que conocíamos con el mote de “los futres” porque venían muy elegantes con el fin de enamorar a nuestras chicas. Nosotros les hacíamos la vida imposible. Inclusive las viejas celosas soltaban a sus perros para ahuyentarlos pero nada, no se daban por enterados.  Finalmente, muchos de aquellos “pijes” se llevaron a las más guapas. ¡Cosas de la juventud!. El caso es que por aquellos días, las agencias que alquilaban bicicletas Monark, Raleich, eran las de Chirinos, Lasteros, Mucha y otros.

Fuera del deporte y el goce juvenil, había personas que se desplazaban en bicicleta desde pueblos aledaños hacia nuestra ciudad, tal el caso de Juan Matías, un extraordinario deportista que además era excelente fotógrafo. Él se trasladaba desde Vicco a la ciudad cerreña, cuantas veces fuera necesario. Estaba tan preparado que, cada año, en la carrera anual de bicicletas, se llevaba el primer premio. Era un campeón. Por aquellos días, la Liga de Ciclismo local realizaba continuas competencias con atractivos premios, por eso hubo  buen número de ciclistas. Recordamos Chirinos, Lasteros, “Pallangana” Núñez, a Raúl Rey, Augusto Vargas Ramos, a Zózimo Angulo y muchos otros de gran ejecutoria en nuestros escenarios locales.

El que más publicidad atrajo por su resistencia y calidad fue, Raúl Salvatierra. Excelente deportista que batió el record mundial de permanencia en bicicleta al promediar ciento cinco horas (105 horas) continuas, registradas por el mismo presidente del comité departamental de deportes, doctor Hipólito Verástegui Cornejo y reconocidas por las autoridades nacionales e internacionales.

Ciclistas listos para la partida en la  Gran Carrera en homenaje a la Ciudad Opulenta (10 de noviembre de 1920). La carrera cubriría la ruta que partiendo de la Plazuela de Las Culebras, llegaría al la Plaza Centenario (ida y vuelta), donde se coronaría al campeón. En aquellos tiempos había un entusiasmo ejemplar entre la juventud.
Ciclistas listos para la partida en la Gran Carrera en homenaje a la Ciudad Opulenta (10 de noviembre de 1920). La carrera cubriría la ruta que partiendo de la Plazuela de Las Culebras, llegaría al la Plaza Centenario (ida y vuelta), donde se coronaría al campeón. En aquellos tiempos había un entusiasmo ejemplar entre la juventud.

LA VIVIENDA CERREÑA (Tercera parte)

"Otra

La cantidad de habitaciones de la casa dependía del número de miembros y de la solvencia económica de la familia. Desde las enormes casonas solariegas construidas a la europea de los ricos mineros, hasta  las humildes rancherías de los peones.

Escasas ventanas pequeñas con guarniciones de hierro forjado a mano, custodian la estancia. Ventanas de la sala, de la cocina, de los dormitorios, del comedor. No necesitaban ser muy grandes ya que había que tomar en cuenta el agresivo frío ambiental. En los meses de sol, la pródiga luz se colaba por ellas iluminando el interior con cálidas tonalidades. En el invier­no, ampos de nieve alumbraban el ambiente. Afuera, las paredes estaban  enjalbegadas de cal y  negrísimo zócalo de brea.

Las recias puertas de pino que, nunca-pase lo que pase con el ambiente climático caprichoso, se doblaran-  daban acceso a la cálida intimidad. Dividida en tres partes con una hoja corrida de arriba hacia abajo, la una y, dividida en dos mitades la otra: superior e inferior; sólo la de arriba  permanece abierta para dar paso a la luz y al aire. La mampara de amplios ventanales impide el libre tránsito del aire frío a la vez que tamiza la luz que ilumina los interiores.

El apacible interior tiene varios compartimientos. El primero es la sala acogedora con un enorme sofá, dos sillones y una docena de sillas de Viena. Frente a la puerta, el hogar, guarnecido por espetones de bronce, montones de betuminoso carbón y grandes leños recién rajados que alimentarán el fuego reconfortante en las reuniones familiares. A un costado, un lustroso armario con incrustaciones de vistosos maderos.

En las paredes, recargados de retratos de augustas parejas ancestra­les.  Más allá un portarretratos de láminas de totora en cuyos intersticios se colocan las fotografías de los seres queridos; un largo rabo de buey o caballo en el que se han colocado peines, peinetas y asentadores familiares.

Presidiendo la sala, el gran espejo biselado de los abuelos, enmarcado en pan de oro; frente al espejo el sonoro reloj de enorme esfera y números romanos, señalando imperturbable, año tras año, la marcha del tiempo con el  tic tac martillado por incansable péndulo. Sobre el sofá, deso­cupado y tierno, el gato familiar.

Al fondo, adosado a la pared, el finísimo piano STEINWAY. No se podía concebir una casa “decente” sin su piano.  “Sociedades dramáticas y filarmónicas se formaron en el Cerro de Pasco como expresión del tono europeo de la cultura, y el piano, a pesar de que debía ser transportado penosamente a lomo de mula desde Lima, distante a 213 kilómetros y aun desde más lejos antes de 1893, cumplió puntualmente su función en la educación de las hijas y en la distinción de las viviendas de la élite”  (CONTRERAS, 1990:38). En las veladas amicales o familiares, las notas de este instrumento se hacía escuchar en el ámbito casero. Tampoco faltaba, a la pared, colgada con hermosas cintas, la guitarra española.

En el comedor, la enorme mesa familiar rodeada de sillas. La cocina de cuatro hornillas hecha de ladrillos refractarios cubierta con gruesa plancha de hierro que siempre mantenía la cálida vigencia del calor. Sobre la cocina, robustas ollas con los guisos, locros, picantes, frituras y dulces.

Esta es la habitación más cálida y confortable de la casa, siempre ocupada por la familia que en amena charla, atienden los quehaceres hogareños. En lugar preferencial, la vitrina  de vidrios limpísimos en la que se puede ver la vajilla de losa de hermosos colores. Adosados a la pared, de extremo a extremo, los poyos sobre los que se colocan peludos pellejos para descansar. Además de asientos, estos poyos desempeñan la función de criaderos de cuyes que deambulan por toda la cocina con sus traviesos ojitos de pedrería; nada dejan éstos sobre el piso cuando la matrona pelaba papas, verduras, cebollas, frutas, etc.  A determinada hora, abundante alcacer alimentan a estos animalitos que serían sacrificados al llegar algún acontecimiento familiar importante­. Igual suerte correrían gallinas, patos, conejos y cerdos que se crían en el corral. Lo que nunca falta en un hogar cerreño, son los perros; engreídos guardianes de la propiedad.  “Las casas no están edificadas en absoluto en el acostumbrado estilo español o sudamericano las que, con sus espaciosos y cómodos patios, hubieran quitado mucho espacio al terreno de la plata. El patio es estrecho, limitado y sucio puesto que las lluvias y la nieve son acontecimientos de todos los días, los cuartos son bajos pero calientes con estufas o chimeneas. Las habitaciones se acomodan donde quiera que uno esté en el Perú, al clima” (Friedrich Gestaecker, 1861).

En el dormitorio, la cama de hierro con perillas de bronce, atravesada por recios tablones de pino sosteniendo mullido colchón de lana; sobre él,  las sábanas de bayeta blanca orilladas de seda y rodapiés de blondas. Encima las frazadas atigradas y un edredón bordado por las hacendosas manos de mamá. Sobre los veladores, el correspondiente candela­bro. En un rincón, los baúles donde se guardan prendas de ropa escogida. Al lado del añoso arcón de cuero repujado donde se atesoran  los más íntimos recuerdos de la familia: cartas atadas con lazos de seda, retra­tos, monedas, medallas. Debajo de la cama, la bacinica que permitirá inhibirse de salir al baño en las frías noches tormentosas. El robusto ropero familiar y a la cabecera un crucifijo que vela el sueño de la pareja.

Los pisos de las habitaciones interiores, los balaustres de los balcones, zócalos, recuadros, vigas, vanos, molduras, alféizares, recuadro, marcos y entarimados están trabajados en fino pino blanco o pino Oregón que por su finura y resistencia son preferidos por los alarifes cerreños. El patio interior contiguo a las habitaciones de la casa, está pavimentado con lajas de Quilcaymachay. En un extremo discreto del corral, la letrina, un cuartito de madera sobre el silo correspondiente.

Casa donde finalmente fue a refugiarse el otrora poderoso Club Alfonso Ugarte de Auxilios Mutuos. La “Compañía” ofreció a sus últimos socios que usarían este alojamiento en tanto ellos construían un edificio tan grande como el que había tenido la institución. En el lapso de espera, uno a uno los socios fueron muriendo y ya no quedó nadie para hacer cumplir la promesa. Finalmente el local quedó en manos del guardián. El que se ve es un pasaje entre las calles Lima y plaza Chaupimarca.
Casa donde finalmente fue a refugiarse el otrora poderoso Club Alfonso Ugarte de Auxilios Mutuos. La “Compañía” ofreció a sus últimos socios que usarían este alojamiento en tanto ellos construían un edificio tan grande como el que había tenido la institución. En el lapso de espera, uno a uno los socios fueron muriendo y ya no quedó nadie para hacer cumplir la promesa. Finalmente el local quedó en manos del guardián. El que se ve es un pasaje entre las calles Lima y plaza Chaupimarca.

LA VIVIENDA CERREÑA (Segunda parte)

Una vivienda antigua superviviente a pesar de las explosiones mineras diarias. Amplio portalón que da acceso a las instalaciones interiores a través de un zaguán. Dos puertas laterales en el primer piso. En el segundo, donde están instalados los tres dormitorios, tienen el adorno de un amplio balcón. El techo era de paja en un comienzo, como los europeos usaban en su tierra. El riesgo de incendios por las descargas eléctricas determinó que se cambiara por la calamina. Aquí no pudo ser implantada las “tejas” porque los cambios bruscos de elevadas temperaturas del sol en el día a las noches heladas de muchos grados bajo cero, las destruyeron.
Una vivienda antigua superviviente a pesar de las explosiones mineras diarias. Amplio portalón que da acceso a las instalaciones interiores a través de un zaguán. Dos puertas laterales en el primer piso. En el segundo, donde están instalados los tres dormitorios, tienen el adorno de un amplio balcón. El techo era de paja en un comienzo, como los europeos usaban en su tierra. El riesgo de incendios por las descargas eléctricas determinó que se cambiara por la calamina. Aquí no pudo ser implantada las “tejas” porque los cambios bruscos de elevadas temperaturas del sol en el día a las noches heladas de muchos grados bajo cero, las destruyeron.

Otros viajeros importantes también nos dejaron sendas impresiones de las viviendas cerreñas: “Los edificios son los menos malos de todas aquellas poblaciones que hay en las pampas y punas de Bombón, con motivo de vivir allí varios mineros, comerciantes y rescatadores de plata; su planta es de tierra y canto, techadas con maderas e “ichu”; su figura cuadrilonga o cuadrada de un solo piso, rarísima vez blanqueada por fuera” (Hipólito Ruiz, 1778).

“El lugar está construido en la forma más irregular, con casas de un solo piso, techos de paja, sin ventanas, excepto de papel grueso, no hay chimenea aunque dicen que nieva por fuerza once meses del año y esporádicamente el mes restante (…) no hay un solo hogar en ninguna casa, de modo que usan braseros (estufas) en los que colocan carbón de turba, lo cual origina un aire tan peligroso que obliga a dejar las puertas abiertas para evitar perecer sofocados; muchos mueren de esa forma cada año” (Visitante inglés en 1825).

“En el Cerro, había hermosas casas de ladrillo entre las rústicas viviendas de los demás (gente acomodada). Siempre había poca luz del sol y en el mejor de los casos dos ventanitas cerradas con marco de madera. Había curiosamente, lujo (vajillas por ejemplo) en medio de un terrible atraso. Los extranjeros suelen vivir mejor” (Edward Poeppig en 1831).

Ya se habló, aunque brevemente, de las casas espléndidas de los ricos, es decir, de los opulentos mineros, comerciantes, hacendados etc. y de los miserables aposentos de los japiris. A continuación, nos referiremos a una casa de la gente que conformaba, digamos la clase media popular cerreña.

Abiertas las zanjas previamente trazadas de acuerdo a las particulares necesidades de cada dueño, se levantaban las bases de piedra y,  sobre ellas, las paredes que por lo regular tenían entre una vara y una vara y media de espesor. Fornidos tablones de pino con abrazaderas y seguros de metal llamados “galeras” moldeaban la pared hecha de barro previamente cernido y apisonado con una mezcla de abundante ichu para asegurar la cohesión interna.

Atacadas las galeras, se apisonaba el barro con un mazo gigantesco que con mucha dificultad podía levantar un hombre y se amarraban y se entretejían las esquinas a fin de asegurar la resistencia. A medida que se levantaba la pared, se iban colocando los dinteles, antepechos, umbrales, marcos y contramarcos de puertas y ventanas que recién se abrían al secarse los muros. Listas las paredes, se entrecruzaban los tijerales y crucetas con los entrepaños, para amarrarlos a la cumbrera.

Toda esta carpintería estaba trabajada en madera resistente sobre la que se tejía el techo de paja en ángulo más o menos agudo a dos vertientes, para que la lluvia, el granizo, la cellisca y, la nieve, circularan rápidamente sin encharcarse en la superficie. En la parte central del montante  se colocaba la Cruz de la Pasión, la que protegía a sus ocupantes y que con reverencia era colocada en la fiesta de “Zafa-Casa”.

El que las casas estuvieran techadas de paja fue la razón para que durante las tormentas atmosféricas se produjeran fatales incendios debido a las descargas eléctri­cas. “Los techos están cubiertos con paja por lo que hay muchos incendios en el pueblo” (Archibald Smith, 1835). Sólo a comienzos del siglo XX, con la creación de la Compañía de Bomberos y la colocación de pararrayos, amenguó este peligro.

Las casonas de las familias pudientes y visibles, lucían sólidos balcones de pino Oregón o pino blanco traído de Canadá. Estos balcones con amplios corredores  de cobertura de vidrios  protegían a la casa del frío ambiente exterior y, no obstante las lluvias y los  severos soles esteparios que recibían, jamás se deformaron.

“Las viviendas mejores están bien instaladas y protegidas del frío por buenas chimeneas inglesas; pero el que no permanece todo el día en la habitación con calefacción, dedicándose a las listas de jornales o a los libros de contabilidad, difícilmente se acostumbrará al hielo  tajante del aire y a lo desconsolado de los alrededores” (…) Los alquileres de las viviendas son también tan altos como no se encontrará en otra parte” (Juan Jacobo Von Tschudi, 1838)

Aquí nunca pudo utilizarse la teja, porque el cambio brusco de temperatura, de muchos grados bajo cero a los implacables soles del día, hacían añicos la fragilidad roja.

Sobre el segundo piso, entre el cielo raso y el techo de paja: la troje. Aquí se guardaban papas, ocas, mashuas, ollucos, ­trigo, cebada, chuño, caya, moray, mote y demás alimentos. En los montantes de madera, el colgajo de huayuncas de maíz, cueros de cerdo, carne seca y aperos y utensilios de trabajo. El clima extremadamente frío y seco conservaba los alimentos en buenas condiciones.

Otra vivienda antigua a la que han suprimido los balcones quedando solo el del centro, en el segundo piso. El amplio portalón, el zaguán que conducía a los patios interiores. Al extremo una vivienda de ladrillos con instalaciones “modernas”.
Otra vivienda antigua a la que han suprimido los balcones quedando solo el del centro, en el segundo piso. El amplio portalón, el zaguán que conducía a los patios interiores. Al extremo una vivienda de ladrillos con instalaciones “modernas”.

LA VIVIENDA CERREÑA (Primera parte)

Este edificio erigido en 1890 pertenece al consorcio comercial Azalia Nation y Compañía. Es una típica vivienda – comercio como hubo muchas en la ciudad. En la amplitud del primer piso se realizaban los trámites comerciales y, toda la parte alta,  constituía la vivienda de los dueños. Nótese que cubriendo toda la extensión del segundo piso hay un enorme balcón cerrado de pino blanco con vidrios para dejar pasar solamente la luz, más no el frío que es terrible en todas las épocas del año. Una visible claraboya para iluminar los interiores y su correspondiente pararrayos. Este aditamento fue muy apreciado porque neutralizaba los ímpetus incendiarios de las tormentas eléctricas que en la ciudad eran continuas y muy peligrosas. Las calles estaban empedradas con sus correspondientes sequias por donde discurrían las aguas pluviales.
Este edificio erigido en 1890 pertenece al consorcio comercial Azalia Nation y Compañía. Es una típica vivienda – comercio como hubo muchas en la ciudad. En la amplitud del primer piso se realizaban los trámites comerciales y, toda la parte alta, constituía la vivienda de los dueños. Nótese que cubriendo toda la extensión del segundo piso hay un enorme balcón cerrado de pino blanco con vidrios para dejar pasar solamente la luz, más no el frío que es terrible en todas las épocas del año. Una visible claraboya para iluminar los interiores y su correspondiente pararrayos. Este aditamento fue muy apreciado porque neutralizaba los ímpetus incendiarios de las tormentas eléctricas que en la ciudad eran continuas y muy peligrosas. Las calles estaban empedradas con sus correspondientes sequias por donde discurrían las aguas pluviales.

Cuando se descubre el asombroso afloramiento de plata de San Esteban de Yauricocha, oleadas cada vez más numerosas de aventureros se afincan en sus predios. Todos llegan en pos de sus fabulosos filones. Aquí nadie vino a fundar una ciudad -ya lo dijimos- sino a llenarse las faltriqueras de plata para marcharse en cuanto hubieran saciado su ambición; por eso es que no se tomaron en  cuenta las consabidas cuadraturas conque los españoles trazaban las calles de las ciudades que fundaban. “Aquí fueron las vetas argentíferas las que determinaron la ubicación de las casas, que en todo caso, fueron vivienda y fortaleza”  (GERSTAEKER: 1973:69)

En derredor de la bocamina se erigía una muralla inexpugnable para asegurar la propiedad. Dentro, la precaria vivienda del dueño, la cuadra para los peones, un depósito para guardar los avíos y herramientas mineras: una segura habitación destinada a la custodia de las barras de plata y el azogue bajo el hermetismo de siete llaves; a un costado, la cuadra para las mulas.

 “Desde que los españoles explotaron ávidamente nuestras minas, esa avidez no tuvo parangón con ninguna preocupación humana referente a la condición de vida de los hombres que explotaban dichas minas. Tugurios rurales, viejas chozas indígenas, fueron la característica urbanística que enmarcó la mina peruana” dice don Mario Samamé.

A fines del siglo XVI y comienzos del XVII, estas construcciones fueron muy rudimentarias, pero a medida que se comprobaba que los filones eran inagotables, fueron construyéndose más sólidas y cómodas porque ya la familia entera venían a aposentarse en ellas.  En todo caso se cumplía con las tres principales exigencias que una vivienda debe tener. La protección hacia arriba contra la lluvia y el sol mediante la techumbre; hacia los lados contra el viento y el frío mediante las paredes; hacia abajo contra la humedad y el frío del suelo mediante el piso. Es a partir del siglo XVIII -época boyante de la minería cerreña- cuando las construcciones se hacen más cuidadosamente, de tal suerte que algunas de ellas, pervivieron por muchos años.

Antes de seguir adelante, es necesario aclarar que desde el siglo XVIII, claramente se advirtió la presencia de tres clases sociales claramente definidas. “De un lado, una pequeña minoría étnica blanca que gobernaba la estructura social, (…) una mayoría indígena subordinada y (…)un grupo mestizo más numeroso que se limitó a combinar algo de ambos mun­dos (CONTRERAS:1990:13)

El primer grupo conformado por los que “usaron indumentaria europea, que se expendía en los bazares principales de la ciudad o era confeccionada sobre base de telas importadas por sastres frecuentemente franceses establecidos en la ciudad“, tuvieron viviendas cómodas y confortables para resistir el frío y las inclemencias atmosféricas que eran muy terribles en aquellas épocas.

El segundo grupo –el mayúsculo- conformado por los braceros que trabajaban el fondo del socavón, tuvieron habitaciones miserables y casi desamparadas. “Siglos más tarde, la explotación de los asentamientos  mineros estuvo enmarcada por el CAMPAMENTO donde moraron los mineros en casi tan precarias condiciones como las de la colonia. Sólo con muy escasas excepciones, algunos yacimientos se vieron favorecidos, en el mejor de los casos, con casas de alguna mejorada estructura, pero siempre se carácter provisional”

.

“A pesar de las ingentes riquezas obtenidas no hubo programas de viviendas sólidas y dignas para el esforzado trabajador peruano”, remarca don Mario Samamé Boggio y, continua, “Haciendo una síntesis de esta situación minera se podría afirmar que ella ha creado desde simples asentamientos humanos hasta conspicuas ciudades. Se tendría así: campamentos, pueblos, centros industriales y ciudades. Con la salvedad de toda generalización se podría también afirmar que en el virreinato se crearon ciudades y asientos mineros en forma de pueblos y, en la república, particularmente en el siglo XIX y primera mitad del siglo XX, campamentos y centros industriales”.

Los viajeros extranjeros que llegaron a nuestra ciudad, encontraron claramente la diferencia entre las casas de unos y otros: “las viviendas mejores están bien instaladas y protegidas del frío por chimeneas inglesas” (Tschudi: 1966:261).

Ernest Middendorf, al arribar a nuestra ciudad, dice: “Un paisano y acaudalado minero, el señor Steel, quien se había enterado de nuestra llegada, vino a buscarme y cordialmente me invitó a alojarme en su casa. Después de haber conocido de este modo el Cerro de Pasco por su lado malo (había estado alojado en un mal hotel) llegué a conocerlo también por el lado positivo, pues la casa a la que me llevaron era de buena construcción e instalada como una residencia elegante de Lima, con alfombras, muebles finos, espejos, candelabros y vajilla de plata, en la que nos sirvieron una bien preparada comida, acompañada de excelentes vinos. Después de haber reposado algo, hicimos un paseo por la ciudad en compañía del dueño de casa. En la parte central de las casas son de dos pisos y algunas bastante bien construidas; se ven muchas tiendas bien surtidas de toda clase de mercadería. En la medida que uno se aleja del centro, las casas son cada vez más pequeñas y parecen chozas. Allí es donde viven los indios mineros, aglomerados casi siempre en estrechas habitaciones. (MIDDENDORF, Ernest (1973:11/112).

Esta es otra muestra de la vivienda – comercio que predominó a fines del siglo XIX en el Cerro de Pasco. En la plaza del comercio que más tarde va a cambiar de nombre por el de centenario, está la que vemos. Pertenece al croata Pehovaz, con las mismas características del anterior edificio. Al costado derecho de este edificio se ve el consulado austro húngaro con su escudo correspondiente en el frontis. Es a partir de 1890 cuando comienzan a proliferar estas construcciones de los europeos, austriacos, húngaros, croatas, franceses, italianos, ingleses, mismos que han desparecido por el implacable “Tajo Abierto” de la minería. Al centro de esta plaza se erigió en 1929 el monumento a la Columna Pasco. Hoy en día en lugar de estas viviendas añosas, hay un enorme hueco.
Esta es otra muestra de la vivienda – comercio que predominó a fines del siglo XIX en el Cerro de Pasco. En la plaza del comercio que más tarde va a cambiar de nombre por el de centenario, está la que vemos. Pertenece al croata Pehovaz, con las mismas características del anterior edificio. Al costado derecho de este edificio se ve el consulado austro húngaro con su escudo correspondiente en el frontis. Es a partir de 1890 cuando comienzan a proliferar estas construcciones de los europeos, austriacos, húngaros, croatas, franceses, italianos, ingleses, mismos que han desparecido por el implacable “Tajo Abierto” de la minería. Al centro de esta plaza se erigió en 1929 el monumento a la Columna Pasco. Hoy en día en lugar de estas viviendas añosas, hay un enorme hueco.

EL ITINERARIO DE NUESTRA LIBERTAD (08)

Monumento al general Juan Antonio Álvarez de Arenales que comandó la Batalla del Cerro de Pasco, el 6 de diciembre de 1820. En los frisos de las bases, escenas de aquel memorable momento de nuestra historia. Este monumento se ha erigido frente a la iglesia de Yanacancha recordándonos la importancia de aquel acontecimiento histórico.
Monumento al general Juan Antonio Álvarez de Arenales que comandó la Batalla del Cerro de Pasco, el 6 de diciembre de 1820. En los frisos de las bases, escenas de aquel memorable momento de nuestra historia. Este monumento se ha erigido frente a la iglesia de Yanacancha recordándonos la importancia de aquel acontecimiento histórico.

El trece de diciembre de 1820, cuando el ejército patriota estaba formado en el cuartel general de Retes, se presentó el general don José de San Martín, acompañado de sus edecanes, y luego de los saludos del caso y el toque de silencio en memoria de los caídos en el Cerro de Pasco, en términos breves pero muy emotivos dirigió sus palabras de bienvenida a la división de la sierra, expresándole que quedaba satisfecho y orgulloso de su comportamiento y que cada cual hubiera cumplido con su deber. Luego el general Las Heras, secundo la enhorabuena en escogidas palabras y dirigiéndose al Batallón No 11, cuerpo que había sido creado por él hacia ocho años, le felicitó y exhortó a que siguiese por la senda del triunfo. Los jefes, oficiales y soldados que sabían que el general San Martín podía ser pródigo en todo menos en ascensos y recompensas, se emocionaron cuando se hizo leer el parte del día, suyo texto es el siguiente:

“La División Libertadora de la Sierra, ha llenado el voto de los pueblos que la esperaban; los peligros y las dificultades han conspirado contra ellos a porfía, pero no han hecho más que exaltar el mérito del que ha dirigido y la constancia de los que han obedecido sus ordenes; para premiar a unos y a otros, se abrirá una medalla que represente las armas del Perú por el anverso, y por el reverso tendrá la inscripción: “A LOS VENCEDORES DE PASCO”. El general y los jefes la traerán de oro, y los oficiales de plata, pendiente de una cinta blanca y encarnada; y los sargentos, cabos y soldados, usarán, al costado izquierdo del pecho, un escudo bordado sobre fondo encarnado con la leyenda: “ YO SOY DE LOS VENCEDORES DE PASCO”. Cuartel General Libertador de Retes –13 de diciembre de 1820-.”

 

Luego de esta sorpresiva premiación, se leyó un interesante cuadro de ascensos con el que la patria recompensaba a los inmortales héroes de la más importante batalla inicial de la independencia.

Por aquellos días, el encargado por Arenales del gobierno de la provincia de Tarma, don Toribio Oyarzabal –invicto montonero cerreño-, hace llegar al Subdelegado Político Militar del Cerro de Pasco, don  Anacleto Benavides, una nota a fin de que ordene la realización de la Jura de la Independencia de Huánuco, con los términos siguientes: “ Habiendo recaído en mí el mando de la Provincia por ausencia del señor Gobernador Intendente que marchó al Partido de Jauja con la expedición que dispuso, he resuelto en vista del poder del Ilustre Cabildo de la ciudad de Huánuco conferido a los parlamentarios que vinieron hasta ese punto a conferenciar con el Señor General del Ejército de la Patria, que inmediatamente procedan en vista de sincero sentimiento a nombrar un Gobernante a pluralidad de todos en concurrencia de todo el vecindario honrado, y luego a jurar la Independencia con las solemnidades correspondientes y fecho dar cuenta a este Gobierno con testimonio de las diligencias de lo actuado, a este efecto dirigirá usted inmediatamente con una persona de su confianza el adjunto pliego a la citada corporación”

 

“Dios guarde a usted por muchos años. Tarma a diciembre 20 de 1820”.

                                   (fdo) Toribio Oyarzabal

Al: Señor Subdelegado Político y Militar del Cerro, don Anacleto Benavides. 

EL ITINERARIO DE NUESTRA LIBERTAD (07)

Alvarez de Arenales

Aquella mañana del 7 de diciembre de 1820 amaneció radiante. Los últimos vestigios de nieve que alfombrara de albura el campo de batalla donde los patriotas se cubrieran de gloria, había desaparecido. Un rutilante sol  brillaba omnipotente, allá arriba, bajo un sobrecogedor imponente fondo azul. Gentes de toda condición, venidas de los pueblos aledaños, entremezcladas con los lugareños, iban tomando sus ubicaciones dentro de los linderos de la plaza Chaupimarca. El día anterior, el general Arenales había hecho publicar una convocatoria a un Cabildo Abierto para perpetuar en un acto simbólico el trascendental triunfo que las fuerzas patriotas de América acababan de obtener en un extremo de la minera ciudad. A un costado de la iglesia San Miguel, donde hasta el día anterior había permanecido la horca en la que habían ajusticiado a muchos facinerosos, se levantaba majestuoso un entarimado adornado con banderines, quitasueños y cadenetas. En la parte central: el altar. A un costado la bandera nacional recientemente creada por el general don José de San Martín, en Pisco el 21 de octubre del mismo año, dividida por líneas diagonales en cuatro campos, blancos los de los extremos superior e inferior, y rojos los laterales con una corona de laurel ovalada al centro y, dentro de ella, un sol saliendo por detrás de las sierras escarpadas que se elevan sobre un mar tranquilo. A un lado, la bandera chilena. En la parte baja del estrado, se exhibían los trofeos de armas arrancados a los realistas: tres banderas y dos estandartes; la espada del prófugo general O´Reilly; armamento completo de dos batallones de infantería y un escuadrón de carabineros, dos cañones, la caja militar y el parque de repuesto.

A las diez de la mañana hicieron su aparición por las calles adyacentes los bravos soldados de la libertad: argentinos, chilenos, paraguayos y peruanos. Cientos de hombres, mujeres y niños, los aplaudían vitoreándolos. Inmediatamente después, irrumpió un grupo de cerreños notables presididos por don Ramón de Arias, Primer Alcalde Republicano y Juez Mayor de la Patria; don Francisco Quirós, notable político cerreño, nombrado Gobernador General; Don Miguel Francisco Maíz y Arcas, Comandante General de Armas; don Anacleto Benavides, Sub delegado Político Militar en el territorio de su Jurisdicción; el doctor don Dionisio Vizcarra, Director General de Minas; Manuel de Arias, delegado minero que al año siguiente firmaría el acta de independencia del Perú, el 28 de julio de 1821 en la ciudad de Lima, en representación del Cerro de Pasco. A continuación el Estado Mayor de los libertadores. El general Álvarez de Arenales con uniforme de gala; detrás el Jefe del Estado Mayor, Teniente Coronel Manuel Rojas, flanqueado por los comandantes Ramón Antonio Deheza y Santiago Aldunate. Los  capitanes Federico Brandsen, José Vilela Castillo y Rufino Guido. A un costado, al mando del grupo de granaderos a caballo, el comandante Juan Lavalle. Detrás de los heroicos soldados, venía un grupo de hombres demacrados y escuálidos pero con la mirada alta y orgullosa. Eran los bravos sobrevivientes huanuqueños de la valerosa revolución de Crespo y Castillo que, cumpliendo sentencia del Tribunal de Lima, venían trabajando bajo rigor, a ración de pan y agua, y sin sueldo, en las galerías mineras del Rey que regentaban los españoles. Allí estaban los Alcaldes, Mariano Silvestre, del pueblo de Panao; Honorato Callán,  de Pillao; Patricio Martínez, de Acomayo; José Calixto, de Santa María del Valle; Gregorio Evaristo, de Huacar; Francisco Antonio, de Acobamba; Mariano Camacho de Cayna; Manuel Beraún, con alias “Saguaccay” de Huallayco; Juan de Dios Esteban, Alcalde de Campo de Pachas; Lucas Ruiz, de Rondos; Marcos Sánchez, de Punchauca, Pablo de la Cruz Vilca, de Chupán; Antonio Ambrosio, de Chavinillo;  del mismo pueblo los ediles, Julián Ortega, Manuel Concha y Nicolás Charín. De Huánuco José Huanca, Pablo Usuriaga, Antonio Mallqui, Julián Gaspar, Ascencio Briceño, Manuel Roque, Santos Trujillo, Pedro Cabello, Francisco Cabello, Hipólito Gómez, Santos Tello, Víctorio Soto. Por disposición especial del general Álvarez de Arenales fueron puestos en libertad en medio de conmovedores aplausos del pueblo cerreño.

Una vez que hubieron tomado sus emplazamientos en el estrado, el cura huanuqueño, párroco de Yanahuanca, reverendo padre, Manuel Sáenz, celebró la misa de campaña escuchada con emoción patriótica. En su corta elocución, se refirió al significado que el acto encerraba  para la historia de América y pidió que se orase por los patriotas muertos el día anterior, especialmente por el valeroso joven teniente de granaderos, el mendocino Juan Moreno, caído en la primera carga patriótica, con el corazón atravesado por una bala. El padre Sáenz inicialmente había sido un piadoso y esforzado arriero que llegó a hacerse muy conocido en Huánuco y gran parte de la quebrada de Chaupihuaranga. Al entrar de cura, en sus viajes misionales, observó de cerca la manera cómo los españoles trataban a los nativos. Para ellos todo lo mejor, dejando lo peor para los naturales. En sus conversaciones con el padre Villavicencio, llegó a la conclusión de que era necesaria la insurrección. En sus viajes ya se convirtió en agente propagandístico de la sublevación, llevando consigo proclamas, pasquines décimas y demás propaganda especialmente en los pueblos de Tápuc, Chacayán y Yanahuanca en donde formó partidas de cívicos que estaban dispuestos a luchar por la libertad y, cuando se efectuó la insurrección de Huánuco y Panataguas, él estuvo con los insurrectos alentándolos en condición de Capellán. Preso y herido fue severamente castigado. Cumplida su condena se hizo cargo de la parroquia de San Pedro de Yanahuanca en cuya condición había celebrado la santa misa de independencia. Para terminar el acto litúrgico, el padre Sáenz bendijo el Estandarte de Guerra del Batallón CONCORDIA DE PASCO, formado por patriotas cerreños que en el futuro velarían por el mantenimiento de la libertad conseguida. Luego el General Juan Antonio Álvarez de Arenales, invitó a Don Ramón de Arias -elegido Alcalde Mayor y Juez de la Patria- a que declarara la independencia del Cerro de Pasco. El instante era solemne. Un silencio sobrecogedor se hizo en todos los ámbitos de la vieja e histórica plaza Chaupimarca. El primer alcalde republicano cerreño, tomo la mano derecha, la primera bandera peruana y en la izquierda un crucifijo de plata. Se acercó al borde mismo del estrado, miró a todos los rincones de la plaza  y con voz potente y emocionada, pronuncio estas históricas palabras:

-“Cerreños: Juráis por Dios y la señal de la Santa Cruz, el ser independientes de la corona y el gobierno del Rey de España y ser fieles a la patria?”

Mil voces quebradas por la emoción, respondieron al unísono:

-¡¡¡Sí, Juramos!!!!!

En ese momento, los noveles soldados del Batallón Concordia de Pasco, efectuaron disparos de fusilería en homenaje al histórico momento.

Lo que ocurrió después, fue indescriptible. La emoción se apodero de todos los hombres, mujeres y niños que enmarcaban la plaza. Se gritaban vivas a la patria, a San Martín, a Arenales. Muchos lloraban, otros cantaban, pero todos emocionados se abrazaban. Los imbatibles soldados patriotas venidos de todos los confines de América, rompieron filas y se confundieron  en emocionados abrazos con los cerreños que los vitoreaban. Entre tanto, todos rubricaban el acta que había levantado del momento supremo, el escribano del Cabildo de Huánuco, Don Asencio Talancha. El Cerro de Pasco era el primer pueblo del Perú que juraba la independencia después de la triunfal Batalla de Pasco, que constituyó la primera y más importante victoria de las armas patriotas en una batalla franca y abierta por la libertad.

En el cielo, el sol brillaba majestuoso, omnipotente como nunca; aquélla mañana del domingo 7 de diciembre de 1820.

EL ITINERARIO DE NUESTRA LIBERTAD (06)

Cabildo Abierto

Por la tarde, convocados por el comando patriota se reunieron en Cabildo Abierto los hombres y mujeres del pueblo cerreño. El Acta correspondiente dice:

“En el Cerro de Pasco, a los seis días del mes de diciembre de mil ochocientos veinte, glorioso día que el dios de la victoria ha coronado la acción patriótica de nuestro Ejército, en la batalla contra las fuerzas realistas habida esta mañana y, por disposición de Su Señoría, el General Juan Antonio Álvarez de Arenales, Comandante Supremo de nuestras fuerzas en este lugar, se han reunido en Cabildo Abierto, todas las autoridades y ciudadanos del asiento mineral, en el que expresados el parecer de cada quien, se nominó por aclamación unánime a los siguientes ciudadanos en los cargos administrativos correspondientes:

 

            A Don Ramón de Arias, en el cargo de Alcalde Mayor y Juez de la Patria que, en su condición de primer ciudadano de esta repartición territorial histórica, deberá tomar el Juramento de Independencia del régimen español a toda la ciudadanía convocada para el caso, el día de mañana, siete de diciembre.

 

            A Don Francisco Quirós, distinguido soldado que esta mañana ha luchado por la libertad de la Patria, en el cargo de Gobernador General que lo será de esta ciudad y todo su territorio, para la administración de justicia en lo correspondiente a lo político – militar.

 

            A Don Miguel Francisco Maíz y Arcas, en el cargo de Comandante General de Armas del Cerro de Pasco, con mando sobre soldados y patriotas auxiliares en territorio de su jurisdicción.

 

            A Don Anacleto Benavides, en el cargo de Sub delegado Político Militar en el territorio de su Jurisdicción.

 

Al Doctor don Dionisio Vizcarra, en el cargo de Director General de Minas de Pasco.

 

Provistos que fueron los principales cargos públicos en el que cada uno de los concurrentes prestó su opinión, voto en público que no tuvo ninguna discrepancia de un sólo individuo, se procedió a recibir la juramentación oficial en nombre de la Santa Cruz, los Evangelios y la Bandera Nacional, de todos los nombrados.

 

Viendo Su Señoría, el referido Señor General, la apoteósica y uniforme elección que se ha hecho, manifestó su contento y complacencia. Reiteró su agradecimiento que desde su llegada le había prestado la ciudadanía por la justa causa de la Patria.

Extendió su convocatoria para mañana siete de diciembre en que se Jurará la Independencia y se formalizará los nombramientos producidos esta tarde con una solemne misa cantada en acción de gracias al Todopoderoso en la explanada de la Plaza Mayor de Chaupimarca. Finalmente,todos los vecinos suscribientes de la Justicia de la causa de la Patria, expresaron abrazarla franca y gustosamente, renunciando todo derecho de la Nación Española y que desde luego están prontos a prestar el juramento mañana, de seguir las Banderas de la Patria, lo que ejecutarían el día de mañana siete de diciembre. (Firmas)

Por ante mí, Secretario del Cabildo,

Finalizada la ceremonia cívica, todos los habitantes acompañaron los restos de los soldados caídos en combate para ser sepultados. Conducidos en hombros por sus compañeros de armas, setenta y siete cadáveres, envueltos en sus pellizas guerreras fueron llevados allá, a tambor batiente. En las iglesias de Chaupimarca y Yanacancha, las campanas doblaban lúgubres. Llegados al campo santo, tras el fúnebre y taladrante toque de silencio ejecutado por un trompeta argentino, fueron sepultados en tierra minera. Patriotas y realistas,  bajaron juntos a las entrañas cerreñas.

Entre tanto, en el Hospital de Campaña, fueron atendidos los soldados heridos de Argentina, Chile, Paraguay, Colombia y El Perú, mismos que en hermoso gesto de confraternidad se ayudaron mutuamente, tanto como a los soldados realistas. Hubo cuatro oficiales y 58 soldados realistas muertos. Un oficial y 14 soldados patriotas muertos. Cinco oficiales y 23 soldados patriotas heridos. Tres oficiales y 18 soldados realistas  heridos. El herido de más gravedad fue el capitán de primera Pedro López, natural de Córdoba, Argentina, por un cañonazo en la pierna que le tuvo que ser amputada. El teniente chileno de segunda, Darío Plaza, con una grave herida por un sablazo terrible que estuvo a punto de seccionarle el brazo. La herida más curiosa fue la que sufrió el ayudante en Jefe Manuel Saavedra. Mostraba una seria contusión en el muslo derecho. Este oficial llevaba como recuerdo de la Casa de la Moneda de Pasco, una regular cantidad de monedas de plata a donde fue a parar la bala destinada a su cuerpo quedando achatada entre las monedas; pasado el combate fue a conocer el efecto que le había causado por el dolor que sentía. Allí quedaba una marca cárdena en la parte contundida. Esta bala la luce como un milagro del día.

Después de cuatro días volvió el infatigable teniente paraguayo Vicente Suárez con el último y más importante trofeo de la batalla del seis. Traía prisionero al Brigadier irlandés, Diego O´Reilly alcanzado en linderos de la hacienda Lauricocha a veinte leguas del Cerro de Pasco, cuando estaba próximo a tomar el camino de la cordillera de Cajatambo, que de salvarlo, le hubiera sido muy fácil huir a la capital. Aquella misma tarde también regresaba triunfante el grupo de guerrilleros persecutores de las familias españolas tránsfugas que, en cuanto comenzara la guerra, partieran en caravana transportando enormes cajones con plata labrada de alto valor, zurrones con monedas de plata, candelabros, crucifijos, adornos y joyas de alto valor. Todo fue incautado para la causa patriota. A su regreso convergieron con otra comitiva que portaba dinero y armamento, vituallas y ayuda militar que el Virrey enviaba a O´Reilly. Todo fue confiscado. El botín fue muy apreciado por la superioridad. Igualmente, algunos guerrilleros, en trabajo encubierto en la ciudad, habían detenido a los delincuentes que aprovechando los momentos más arduos de la contienda bélica a las afueras de la ciudad, se habían dedicado a saquear los comercios y casas más opulentas.

Por orden superior, el ejército triunfante quedó en el Cerro de Pasco seis días más durante los cuales, los heridos –especialmente el general Arenales- se repusieron de los graves daños sufridos; el resto de la tropa, descansó reponiendo las fuerzas perdidas. En todo ese tiempo recibieron continuos homenajes del pueblo. Los campesinos les facilitaron todo lo necesario para su manutención. Cuando se averiguó porque el pueblo tenía gran predisposición para apoyar la causa libertaria, cayeron en la cuenta que todo se debía a la regia campaña propagandística que desde años atrás había circulado en la ciudad minera, aumentada por la que el General don José de San Martín realizó en su oportunidad. Muchos emisarios secretos, principalmente muleros, habían convencido a los hombres y repartido infinidad de proclamas impresas en castellano y quechua que avivaron los sentimientos independentistas; tan así es que, los que habían conseguido uno o más de estos papeles, los guardaban con una fe reverente y entusiasta como valiosa adquisición, y se servían de ellos como un pasaporte o un titulo que se los enseñaban a los patriotas para comprobar su amor y adhesión a la causa de la independencia. Los jefes, oficiales y soldados, se enteraron que en el Cerro de Pasco se había luchado activamente en 1742, 1780, 1810 contra la infamia del yugo español. Y si bien es cierto que la opresión era celosamente impuesta, no es menos cierto que el pueblo había sabido complotar para derrotar a los realistas. En 1811 se había convulsionado cuando los españoles apresaron aquellos abnegados patriotas que, a riesgo de sus vidas, repartían las consignas y proclamas escritas a mano. Ellos fueron, Mariano Cárdenas y Manuel Rivera. Al mercedario Mariano Aspiazu, jefe de éstos, no fue habido. Se les condenó a trabajos forzados, pagando de esta manera, la osadía de desafiar al poder español justo en el lugar de su sustento económico, en donde, desde 1780, se venía luchando abiertamente por la independencia.

Por ese tiempo regresó del cuartel general, el ayudante don Florentino Arenales que condujera el parte de la victoria de Pasco; él informó que mientras la división Arenales había efectuado su recorrido por Ica, Huancavelica, Huamanga, Tarma y el Cerro de Pasco, el general San Martín embarcaba en Pisco con el resto de la expedición; luego de una visita al Callao, descendiendo a la costa norte de Lima, había vuelto a desembarcar en el puerto de Huacho a principios de noviembre.

EL ITINERARIO DE NUESTRA LIBERTAD (05)

SOLDADO DE LA INDEPENDENCIA

En cumplimiento de las órdenes, el teniente Suárez y diez jinetes salieron en persecución de los prófugos a los que dio alcance a cinco leguas del camino que une el Cerro de Pasco con Yanahuanca. Tanto los fugitivos cuanto los cazadores llevaban una marcha lenta. Cuando los realistas estuvieron a dos cuadras de distancia de sus perseguidores, hicieron alto, volvieron la cara el enemigo y se desplegaron para batalla, en cuatro grupos de dieciséis hombres cada uno, perfectamente uniformados, armados de tercerola y sable. Al ver esta actitud amenazante, Suárez consultó el ánimo de sus granaderos preguntándoles por la decisión a adoptar. Los granaderos enardecidos de coraje respondieron: “Al ataque mi teniente”. Pero en ese momento observa que el comandante realista Andrés Santa Cruz, enfundando su sable y avanzando unos pasos hacia él, dice en voz alta:

– ¡Señor, oficial!.. ¿Quiere usted guardar su espada y que hablemos cuatro palabras?.

– ¡No tengo inconveniente, señor!. Respondió Suárez haciendo lo que Santa Cruz le pedía y batiendo las palmas de sus manos para darle pruebas de no tener armas en ellas, marchó al encuentro del jefe realista

– ¡A la orden, señor!

– ¡Dígame, oficial: ¿Quién es el jefe de la caballería patriota?. –preguntó Santa Cruz.

– ¡El mayor Juan Lavalle, mi comandante!.

– ¿Dónde está él, ahora?.

– ¡Viene detrás de nosotros, Señor!.

– ¡Bien está!. Haga usted el favor de enviar un mensajero a darle alcance, informándole que deseo hablar urgentemente con él.

– ¡Así lo haré, mi comandante!.

– ¡Muy bien!. Entonces, nosotros esperaremos aquí.

El mayor Juan Lavalle, que realmente continuaba la marcha en protección de Suárez, luego que recibió el mensaje, dispuso que la escuadra siguiera su marcha hasta reunirse a la vanguardia, y acompañado de su ayudante y dos ordenanzas, marcho al trote al lugar de la cita. Llegado al sitio, luego de los saludos de cortesía, los dos jefes se apartaron a un lado para hablar solos. La conferencia dura más de una hora, al final de la cual, el escuadrón realista “Dragones de Carabaillo”, se entrego prisionero desde sus jefes hasta el último clarín, con todas sus armas, estandartes, municiones y cuanto tenían.

Gran conmoción experimentó el pueblo cerreño al ver a 130 hombres con sus oficiales, llegando a la ciudad prisioneros de sólo once jinetes en medio de los vítores de los soldados triunfadores. Arenales recibió con mucha consideración a los españoles que se habían rendido. Aclamaciones, vivas, fanfarrias en el campamento patriota. Había hecho una gran adquisición.

Con la viva y profunda emoción que estos hechos le causaron, el general Arenales cursó una nota al General San Martín solicitando la premiación de los vencedores del Cerro de Pasco.

“Por orden general del Ejército Libertador que en copia incluyo a V.S. se servirá ver el premio que el Excelentísimo Señor Capitán General y en Jefe de dicho Ejército ha dispuesto a favor de los defensores de la patria que asistieron y pelearon contra el enemigo en la gloriosa acción de 6 del corriente mes en el Cerro de Yauricocha, debiendo ser comprendidos también en esta gracia, los individuos milicianos (guerrilleros) que acompañaron a las tropas a mi mando. Lo comunico a V.S. para que se sirva hacérselo saber y que disfruten del honor de dicho premio, debiendo arreglarse a la razón o lista que con la debida escrupulosidad deben dar los oficiales de dichos milicianos”. Dios Guarde a V.S. muchos años. (Firmado) Juan Antonio Álvarez de Arenales.

Momentos más tarde, jefes, oficiales y soldados, se reunieron para recibir el masivo homenaje de los cerreños que informaron al general Arenales que el ultimo de los realistas en retirarse había sido el brigadier O´Reilly acompañado de una reducida escolta y que por lo tanto no debía estar muy lejos.

– Muy bien, dijo Arenales. Tenemos que apresar al general prófugo. Usted, teniente Suárez, que hoy ha tenido un gran desempeño al apresar a todo el regimiento realista y es el mejor jinete con que contamos, mañana muy temprano partirá en busca del general O´Reilly al que deberá traerlo vivo; para ello, lleve un piquete de granaderos y los voluntarios que quieran ayudarnos en esta misión.

– ¡Bien, mi general –respondió el aludido- ¡Así lo haré!.

– ¡Usted!, Mayor Juan Lavalle, convóqueme al pueblo para un Cabildo Abierto para esta tarde… ¡Disponga también del entierro de los caídos en combate!.

–          Bien, mi general.

Tal como lo ordenó, se hizo.

Los trofeos que las armas de la patria recogieron ese día memorable, fueron: tres banderas, dos estandartes, la espada del general O´Reilly, el armamento de dos batallones de infantería, el de un escuadrón de carabineros, dos piezas de artillería, la caja militar y el parque de repuesto. La pérdida de fuerzas que ambas partes sufrieron, fue la siguiente:

Jefes Oficiales Tropa

Patriotas

MuertosHeridos —- 0105 1413

 

Total 06 37

Realistas

MuertosHeridos

Prisioneros

—-

04

0403

36

5818

386

  Total 04 43 462

 

         El siete de diciembre, escoltado por un piquete de granaderos a caballo y un grupo de montoneros conocedores de la ruta, partió el teniente Suárez a cumplir su misión.

EL ITINERARIO DE NUESTRA LIBERTAD (04)

Batalla de Pasco 2

Por fin, a las nueve de la mañana, coronaron los cerros de Uliachín por la parte posterior. Abajo, delante de ellos, todo cubierto de blanco: el Cerro de Pasco. Lo primero que les impresionó fue que estuviera edificado como al desgaire, sin orden ni cuadraturas; con una calle larguísima que comenzaba a las faldas de aquellos cerros y luego de cruzar la ciudad, terminaba al otro extremo. Más callejas caprichosas y accidentadas cruzando toda la población cerreña que estaba plagada de bocaminas. Dos lagunas colmadas de un color verde azulado a la derecha: Patarcocha que en aquel tiempo era una sola; y  en una hondonada de la izquierda con sus bordes pantanosos: La Esperanza. Las tres lagunas unidas entre sí por un amplio riachuelo comunicante. Para unir las partes de la población,  un puente, de piedras en arco. En realidad –pensaba Arenales- no era una ciudad digna que tanto aportaba al sostenimiento del Perú.

Pero… ¿Y las tropas enemigas?… ¿Dónde estaban?… ¡¡Esto es el colmo!!… Los realistas sabían de la llegada del ejercito patriota… ¡¡¡¿Cómo es que no lo esperaban?!!!.

Seguramente O´Reilly pensaba causar fuerte impresión en el ánimo de los soldados patriotas con aquel desplante. Encolerizado por la arrogancia, Arenales ordenó disparar un cañonazo sobre la ciudad, como una imprecación y un desafió… ¿Qué se habían creído?!!!.

Sólo así, después del estruendoso estrépito, viendo los perfiles de los soldados patriotas recortarse en el horizonte, O´Reilly hizo salir a sus batallones a tambor batiente, con parsimonia y lentitud exasperantes, como si fueran los perdonavidas que por compromiso se iban a enfrentar a un ejército inferior. Entonces los patriotas, indignados ante tamaño desaire, comenzaron a insultarles a grito pelado desde las cumbres, recordándoles que ellos le habían dado la libertad a Chile y que en esa oportunidad también los vencerían. Ardían en deseos de darles su merecido a tan arrogantes “chapetones”.

Después de tanta ostentosa parsimonia, el jefe de las fuerzas realistas, ordenó su cuadro de combate, disponiendo definitivamente la ubicación de sus soldados y armamentos.

Colocó en el ala derecha a su ponderado Batallón Victoria de Talavera, dividido en tres líneas e integrado por mil hombres para sostener el paso de la calle Chancayana (actualmente Lima). Estos hombres se parapetaron a lo largo del riachuelo que comunicaba la laguna de Patarcocha con la de la Esperanza. De esta manera trataban de hacer inexpugnable la ciudad. Sobre el promontorio central colocaron dos piezas de artillería para contener todo intento de penetrar en la ciudad. En el ala izquierda, bordeando la laguna de Patarcocha, situó al Batallón Concordia que estaría respaldado por la artillería  del morro e impediría por todos los medios, la entrada de los patriotas en el pueblo. O´Reilly completó su formación colocando en el extremo derecho a su caballería de 200 jinetes con el fin de arrasar con el enemigo una vez que hubiera sido ablandado por la infantería y artillería realistas. En realidad, con esta formación creía asegurar la inviolabilidad del objetivo: El Cerro de Pasco.

Viendo Arenales que la posición enemiga era esencialmente defensiva, de acuerdo con los jefes de su Estado Mayor, dispuso su plan de ataque.

Se acordó que bajando las columnas hasta el inicio de la explanada de la ciudad, la Nº 11 atacase el riachuelo de la calle principal (Lima), desprendiendo una compañía que por una maniobra rápida cortase la línea enemiga por el centro, aprovechándose para ello de la ribera de la laguna; que mientras esta compañía llamara la atención por el centro, el resto del batallón emprendiese una carga sobre los Talaveras pasando por el foso a toda costa. Lo que convenía era un ataque impetuoso. Que el batallón No 2 siguiera su obra sin flanquear la izquierda enemiga pero con toda celeridad imaginable consultando la simultaneidad del ataque. Que la reserva prestase más atención a la carga que se encomendaba al ala izquierda por cuanto ella venia a ser punto cardinal. Que el batallón de granaderos a caballo, estando a la expectativa del momento propicio, cayese sobre la caballería enemiga e hiciese cuanto fuera posible por vencerla en una acción que iba ser la decisiva de la campaña. Esto quedó resuelto en la Junta de Guerra.

En ese momento había dejado de nevar y como un milagro maravilloso, comenzó a asomar tímidamente el sol.

Cuando los patriotas se aprestaban a iniciar el movimiento, advirtieron conmovidos, que gran cantidad de hombres y mujeres coronaba las cimas de los cerros aledaños al escenario de combate. Eran los habitantes que con el fin de evitar ser pasto de la guerra, habían huido hacia las cumbres. Todas estas personas, con sus gritos estentóreos alentaban a las fuerzas patriotas. Los jinetes montoneros, conformando la reserva, estaban a la expectativa para entrar en combate.

Era impresionante el aspecto que ofrecía escenario en el que debían enfrentarse dos fuerzas guerreras experimentadas. Una blancura total contrastaba con el azul del cielo cerreño donde el sol asomaba para presenciar la magnitud de aquella epopeya. En el rápido transcurso de unos segundos Arenales pensó que si por acuerdo de las fuerzas americanas, la única bandera que debía flamear sería la chilena que había propiciado el viaje y la peruana por ser dueña del escenario. La gloriosa bandera argentina estaría representada por el majestuoso azul celeste de su cielo brillante, las nieves perpetuas que habían caído toda la noche anterior y, ese sol rutilante que alegraba el cielo. Cuando las fuerzas estuvieron preparadas, la voz enérgica y brillante del General Juan Antonio Álvarez de Arenales, estremeció los siglos:

¡¡¡Adelante!!!.

Como impelidos por una fuerza suprema salieron los patriotas del 11 sobre el portachuelo de la Chancayana. Advertido el enemigo de las intenciones de los atacantes efectúa una cerrada descarga. En ese momento se escucha la vigorosa voz de mando del mayor Deheza:

– ¡¡¡Capitán, Medina… Sobre el centro del portachuelo!!!.

Decidido el capitán dispone en guerrilla a sus hombres que aprovechan las casas,  cortaduras de la calle Lima y, orillas de Patarcocha, para avanzar en reducto enemigo. En  un incesante silbido de balas enemigas, dificultad de nieve y barro,  progresan decididos, pero al llegar al borde del riachuelo, vacilan un tanto. Al advertirlo, el mayor Deheza, con perspicacia de guerrero experimentado, pica espuelas y con el brioso caballo chileno que monta, sin hacer caso de las balas, los conmina a que avancen. Al verlo –valiente y decidido- la espada al aire, exponiéndose a los proyectiles enemigos, los soldados lo imitan e inician un ataque enérgico, rápido y determinante. Al ver el ataque los realistas efectúan cerradas descargas de fusilería sobre el abigarrado grupo de valientes.

Delante de este ágil grupo de patriotas, va un hombre extremadamente joven que al coronar un pequeño promontorio recibe una cerrada descarga en el pecho que le hace trizas el corazón. Impulsado por la sacudida brutal del impacto arroja muy lejos de sí  el fusil de correaje blanco y cae de espaldas para encajonarse en una pequeña depresión que, a manera de ataúd forrado con nieve espesa y blanquísima, cobija el cuerpo del joven infante. Los ojos fríos, fijos en el cielo azulenco, queda eternamente inmóvil. Ha muerto heroicamente el Teniente de granaderos: Juan Moreno. Tenía veinte prometedores años juveniles.

Enardecidos, los colosos de la libertad siguen atacando el fortín. Con gritos fieros y estentóreos, denuestos y maldiciones, siguen la afilada punta de sus bayonetas. Atacan la ciudadela que parece inexpugnable. Aprovechando la ventaja de sus parapetos, los españoles realizan nueva descarga con la que rueda un grupo de patriotas más, y cuando se aprestan a recargar sus fusiles, los libertadores les caen como tromba con las bayonetas caladas, destrozándoles salvajemente.

El capitán Medina con veinte cazadores ha logrado introducirse en uno de los flancos de los Talaveras que sorprendidos por la velocidad de la maniobra patriota, se agrupan de a cuatro, para seguir combatiendo. Nerviosos hacen escuchar sus bravatas que nada conseguirían frente a ellos que son vencedores de Napoleón el Grande… De nada les sirvieron estas fanfarronadas. Rápidos y brillantes los patriotas deshicieron las filas realistas que ya sin concierto ni comando, sólo atinaron a esconderse en los corrales y casas de la población.

Mientras tanto, sable en mano, infatigable, fiero, sobre su moro chileno, cuya estampa guerrera contrasta con la nieve blanquísima, el general Juan Antonio Álvarez de Arenales, anima a sus tropas con gritos determinantes y enérgicos. Va de un lado a otro sin importarle las balas silbantes.

Se está efectuando ya una de las postreras cargas patriotas cuando el pequeño corneta del regimiento, el entrerriano Juan Pinto, se traba en fiero combate con un oficial abanderado de los Talaveras. La lucha es breve y salvaje pero al final el realista cae sin vida. La bandera ha sido arrebatada por el corneta en una triunfal acción que le mereció el ascenso.

El Batallón Nº 11 triunfa en su misión de atravesar el portachuelo de la avenida principal bajo el fuego implacable de la artillería española. El Batallón No 2 rodeando la laguna de Patarcocha por la derecha, consigue ponerse frente al Batallón realista Concordia al que abruma con sus fuegos y en medio del humo reinante, se le va a la carga. Como los realistas no esperaban esta embestida tan impetuosa se desorganizaron inmediatamente y no les quedó otra salida que la fuga en busca del amparo de las casas de la ciudad minera.

En todo este tiempo, los hombres -palidez mortal y ardor insoportable que les desgarra el pecho- tratan de tomar algo del oxígeno que se ha diluido en las inmensidades de la alta  planicie; las sienes martillantes y el corazón desbocado de angustia, cubiertos de sudoraciones frías y agobiantes, vomitan perdiendo todo el impulso para seguir en batalla. Otros cayeron sin conocimiento. Otro tanto ocurrió con las bestias en combate. Con los belfos sangrantes y los ojos saltándoles de las cuencas, se tiraban en estertores lastimosos y crueles, víctimas de la “beta”. Claro, se estaban peleando en la cima del mundo, a 4,500 metros sobre el nivel del mar. En la ciudad más alta del mundo.

En un aciago momento, al tratar de superar un promontorio, el caballo del general Arenales resbaló al pisar una piedra aguda que lo encabritó. Por más que puso toda su sapiencia no logró sofrenar al animal que en sus descontrolados movimientos fue a chocar la pierna del general sobre una roca filuda que lo lastimó severamente. Sin embargo, luego de tranquilizar a su equino, Arenales siguió tan campante. Sólo al terminar el combate y desmontar, repararon que la herida con golpe, era terrible.

Desde entonces todo fue persecución implacable, toma de prisioneros y acopio de trofeos de las filas enemigas. Las hurras y los cantos de triunfo de los cientos de hombres y mujeres cerreños, encendían el ánimo de los gloriosos combatientes patriotas.

El mayor Lavalle, que desde su puesto de reserva había observado que el enemigo se retiraba del campo de batalla con su formación intacta, sin entrar en combate, decidió atacarlo para tomar la parte que le correspondía del triunfo. Ardía en deseos de hacerlo, pero las infanterías trabadas en feroz combate se lo impedían. Tuvo que esperar a que las fuerzas patriotas desalojaran al enemigo para tomar parte en la batalla. Había recibido una orden terminante de perseguir al enemigo que se retiraba. En el acto pico espuelas cumpliendo la orden pero observó que los realistas se habían enfangado hasta las monturas al salir de la senda por donde trataban de escapar. Cuando lograron vencer aquel fangal, sólo pudieron avanzar dos cuadras porque encontraron una dificultad mucho más grave e incomparablemente mayor que cualquier otra: el “soroche” para los hombres y la “beta” para los caballos. Cuanto más aceleraban el paso, más se le fatigaban; los soldados, pálidos y jadeantes, iban quedando uno aquí, el otro allá. Así las cosas no le quedó otra alternativa que escoger a los diez hombres mejor montados y despacharlos bajo el comando del Teniente paraguayo Vicente Suárez para cortar la retirada del escuadrón realista que estaba sufriendo el mismo inconveniente.