EL ITINERARIO DE NUESTRA LIBERTAD (02)

La llegada de la expedición libertadora a la Villa de Pasco, su plan de campaña y  el informe del benemérito guerrillero cerreño, Camilo Mier.

Era cercano al mediodía del 5 de diciembre de 1820, cuando las campanas de la Iglesia de la Villa de Pasco, repicaban a rebato. Las gentes del pueblo, sin amilanarse por la espesa nieve que cae, se han arremolinado en el ámbito de la plaza principal; abrigados con gruesos ponchos y sombreros de lana, contemplan emocionados, la llegada de los legendarios guerreros de la libertad. Los únicos que no están presentes son los miembros de las Cajas Reales y otros funcionarios españoles; tampoco don Bernardo Valdizán, proveedor de mulas a los mineros españoles. Su hija, María Valdizán –preclara heroína de nuestra libertad- ataviada con gruesa ropa de abrigo, sí está presente: quiere dar la bienvenida a los luchadores por la libertad. La nivosa mañana ha sido cortada por el piafar de las caballerías, las sonoras y enérgicas voces de mando, el sonido vivamente perceptible de las espuelas, el choque de las lanzas, de los sables, de los metálicos arneses.

-¡¡Bienvenido a la Villa de Pasco, señor!!–el Alcalde Mayor, el benemérito don Pedro José Castillo, seguido de los notables del pueblo, y un jefe guerrillero se han acercado ante el jefe del Ejercito Patriota, que acaba de desmontar. –Nos honramos con recibir a  usted y a los hombres que lo acompañan, mi general!!.

         – ¡Gracias, señor Alcalderesponde enérgico y firme el general Álvarez de Arenales quitándose la encarnada capa pluvial empapada de nieve para entregársela a su ordenanza- ¿Está todo previsto como lo pedimos con nuestro mensajero?…

– ¡Así es excelencia!… ¡Ya hemos dispuesto todo lo pertinente al alojamiento y  alimentación!.

– ¡Gracias señor Alcalde! Como comprenderá, el viaje ha sido penoso y largo. Venimos desde el Valle del Mantaro y necesito alimentación y adecuado alojamiento para mis hombres.

– ¡Ya mis alguaciles están mostrando a sus oficiales las cuadras donde debe alojarse la tropa, y para usted, hemos designado una casa particular que será su aposento especial!.

– ¡Gracias, muchas gracias, señor Alcalde!.

– Con todo nuestro respeto invito a su Excelencia nos honre asistiendo al almuerzo de bienvenida que le hemos preparado…

– ¡Estaré honrado!.

– Aguardaremos a usted y oficialidad a la una de la tarde en que se servirá  en la sala del Cabildo. La tropa recibirá su alimento en el amplio patio interior.

–          ¡Allí estaremos, gracias!.

Reunidos fraternalmente en la sala consistorial de la Villa de Pasco, los notables del pueblo y los oficiales, degustaron de un sustanciosos caldo de cabeza de carnero, robustas papas y abundante ají; luego, un apetitoso picante de cuyes que todos apuraron con excelente apetito. A la vista de unas gigantescas ranas con papas, el jefe de Estado mayor, Teniente Coronel Manuel Rojas, comentó a los oídos del General Álvarez de Arenales.

– Pero… ¿Pueden comer estos sapos horribles?

– Está escrito en la Biblia, que todo lo que vive y se mueve nos sirva de alimento…¿Por qué no estas deliciosas ranas?.

         – ¡Pero su aspecto es horrible!!.

         – ¡Así es!… pero nos las comeremos… ¡Usted primero!…

Después del reconfortante almuerzo que finalizó con un delicioso dulce de caya, el General Arenales con su Estado Mayor y el montonero cerreño, Camilo Mier, pasaron a la habitación del jefe para cambiar impresiones.

– ¡A las órdenes, mi General!. –el montonero cerreño, con abrigadas ropas de lana, botas ganaderas y sable toledano en la mano, se cuadró militarmente frente al Jefe Superior –Soy Camilo Mier, jefe de las guerrillas del Cerro de Pasco  y representante de todos los patriotas que luchan en esta zona. -Allí estaba el primero de los patriotas cerreños que conjuntamente con otros, conformaba la Partida de Guerrilleros de Pasco; nieto de notables mineros españoles e hijo del Alférez, José Antonio Mier, de la Compañía del Ejército del Rey, “Dragones de la Frontera”. Iniciada la lucha libertaria, el ejército español, sin miramientos de ninguna clase, se había apoderado de las minas de sus abuelos y de todas sus pertenencias, dejándolos en la inopia. Este fue el poderoso motivo por el que decidiera formar la inicial “Partida de Guerrillas” que luchó contra los realistas desde mucho antes de la llegada de Arenales.

– ¿Cuáles son los informes que tiene que alcanzarme?.

– En primer lugar, mi General, le damos la más efusiva bienvenida a nombre de todos los patriotas que luchamos en esta región…

– ¡Gracias, Comandante!…

– Nuestros cuadros están resguardando los pueblos de la zona y sus pertenencias. Cuando los realistas salen a efectuar sus malones para recolectar alimentos, principalmente ganado, que en la zona abunda, aprovechamos para sorprenderlos y causarles bajas. Custodiamos todos los caminos y cuando entran en nuestro territorio, programamos rápidos ataques a sus fuerzas. De esta manera los tenemos en jaque, impidiendo que efectúen  sus abusos y depredaciones.

– Bien, muy bien, Comandante… ¿Cómo están constituidos los cuadros guerrilleros en la región?.

– En Yanahuanca, hay un fuerte cuadro bajo el mando del coronel Mariano Fano; en Paucartambo hay otro, bajo el mando del comandante José Maria Fresco; aquí en Pasco, el mayor Balaguer y yo… también tenemos nuestros grupos en varios lugares de la zona en condición de patrullas volantes…

– Bien está… ¿Se han cumplido con mis otras disposiciones?.

– Sí, mi general. Al pie de la letra. Los pasquines revolucionarios se han repartido en toda la sierra como se viene haciendo desde finales del siglo pasado. Todos los pueblos sintieron un alivio y una alegría indescriptible al enterarse de que el Ejército Libertador, llegaba. Todos están deseosos de ver derrotados a los realistas.

– ¡Buen trabajo, comandante!… ¿Y qué me dice del jefe Irlandés que manda las fuerzas españolas?

– El general O´Reilly con su división de tropas no se han movido del Cerro de Pasco, no obstante que nosotros hemos hecho llegar a sus oídos, que usted llegaba con el ejército patriota.

– ¡Aja! –pronuncio Álvarez de Arenales pensativo.

– Todos los “chapetones” del Cerro están ayudando a los realistas; los están alimentando y los han alojado en la enorme casona del viejo Olaechea. No hay duda. Están decididos a quedarse.

– Así es. Ahora lo veo muy claramente, O´Reilly está cumpliendo a plenitud las órdenes que le ha dado el Virrey. Quiere mantenerse en propiedad de la ciudad minera impidiendo el paso para unirnos con el General San Martín que, de acuerdo con el plan de operaciones, ya debe hallarse en la costa norte de Lima.

– En estas circunstancias… ¿Qué determinación habrá de adoptar, mi general?. –interrogo ansioso Camilo Mier.

– ¡¡ No nos queda otro camino que el combatir!! –resolvió rápidamente Arenales.

– ¡¡ ¿Aquí, mi General?.

– No, iremos al Cerro de Pasco y, combatiremos en ese lugar. En cuanto a ustedes, comandante, me es satisfactorio decirles que han cumplido con la misión que se les ha encomendado; por esta razón déjennos el campo libre para que sean nuestras armas las que se enfrenten a los realistas… Ustedes deberán estar a la expectativa para caer sobre los grupos enemigos que crean conveniente y en el momento preciso, tratando eso sí, de no duplicar funciones de guerra con el ejército regular.

– ¡Bien, mi General!. ¡Si ése es su deseo; así se obrará!.

– El tiempo está amenazante. Tendremos una fuerte desventaja –intervino el jefe del Estado Mayor.

– ¡Ellos también tendrán la misma dificultad. Claro que están más acostumbrados que nosotros, pero igual, tenemos que enfrentarles.

– Entonces, es imperativo el detallado estudio del terreno que seguramente ellos conocen como la palma de su mano –dijo categórico el ingeniero, capitán Althaus.

– ¡Eso, sí!… ¡eso sí!… pero tenemos que efectuarlo inmediatamente. Para realizar la exploración me acompañarán el teniente coronel Manuel Rojas, el mayor Juan Lavalle; el capitán Althaus, en su calidad de ingeniero; el comandante Camilo Mier, como guía, ya que siendo oriundo del lugar lo conoce a la perfección; y un escuadroncillo de granaderos.

– ¡A las ordenes mi general! –respondieron al unísono los aludidos.

– ¡¡Arrópense adecuadamente!!… ¡¡la lluvia está a llegar!!.

A las tres de la tarde, cuando los relámpagos fulguraban el ambiente de incontenible lluvia, partieron a estudiar el terreno. Nada les arredró. Comandados por el general Arenales, recorrieron palmo a palmo todo el tramo que media entre la Villa de Pasco y la ciudad minera del Cerro de Pasco. Nada se dejó al azar. Tomaron nota de toda la planicie,  depresiones, farallones, elevaciones, cortaduras; roquedales que pudieran servir para tender una celada; de todo aquello que pudiera ser utilizado en el combate. Ya cerrada la noche, retornaron empapados, pero imbuidos de seguridad y confianza para el combate del día siguiente.

Aquella noche, cuando los truenos y relámpagos dejaron de estremecer los cielos, la lluvia dio paso a una silenciosa nieve que toda la noche estuvo cayendo. El níveo silencio de su blancura, acunó el sueño de los libertadores.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s