EL ITINERARIO DE NUESTRA LIBERTAD (03)

BATALLA DEL CERRO DE PASCO(02)

A las seis de la mañana del 6 de diciembre de 1820, cuando el claro reverbero de la nieve hacia hermoso el día naciente, una argentina trompeta hizo sonar la estridencia de diana en todos los confines de la Villa. En su aposento particular, el General Álvarez de Arenales procedía alistarse para el gran día. Sus grandes ojos negros llameaban en las órbitas con un extraño brillo de decisión y odio contenido. El ceño continuamente fruncido señalaba el timbre de su adustez, agravado por una profunda cicatriz obtenida en Chacabuco. En las comisuras de los labios, sendas y profundas arrugas. La barbilla fuerte y poderosa, digno reflejo de su carácter. Su rostro enérgico tallado toscamente por el sello de la sequedad castrense que muchos achacaban de soberbia, estaba sereno. Todos sus pensamientos se concentraban en la batalla que libraría en unas horas contra los realistas. Prácticamente, en sus manos residía la responsabilidad del futuro de la empresa libertaria. Él muy bien lo sabía.

Comenzó a vestirse con movimientos rápidos y enérgicos. Después del ceñido pantalón de paño blanco y medias de lana gruesa, se calzó las botas granaderas a las que añadió sendas espuelas de plata. Luego de la blanca camisa y el correaje de cuero negro, la encarnada pelliza granadera con vivos azules y abundante pasamanería dorada. Ató a su cintura el sable curvo que el Ejercito Argentino había puesto en sus manos y de cuya cazoleta colgaba la correa para poder ligarla en la mano durante la lid. En el Perú, este sable no había sido usado en Ica, Huancavelica, Huamanga,  Huancayo, Jauja ni Tarma. Sólo pequeñas escaramuzas sin importancia se habían producido en esos lugares. Ahora sí estaba seguro que lo utilizaría.

Cuando hubo terminado de vestirse, se acercó al espejo y peinó sus cabellos entrecanos hacia delante, tratando de cubrir la zona frontal de su incipiente calvicie. Se puso una bufanda de vicuña y luego un capote de amplio vuelo. Entregó a su ordenanza el sombrero de general y se puso un chambergo de amplias alas para protegerse de la nieve. Cuando salió de su aposento, una enérgica voz de atención, puso en alerta a toda la tropa.

La nieve seguía cayendo implacable desde el día anterior.

En el patio, en enormes peroles hervía el vivificante puchero matinal de carne seca y chuño negro. Las buenas mujeres pasqueñas habían horneado sabrosísimos bollos de trigo para servirlos con chocolate. Jefes, oficiales y soldados, vestidos con capas y ponchos pluviales fueron a degustar el alimento preparado con dedicación y cariño.

Después del desayuno, el Estado Mayor se reunió en la habitación particular del General Arenales para recibir las órdenes finales.

– Señores –habló enérgico- Hasta ahora nuestras armas no han encontrado digno rivales para batirse. La refriega de Chancaillo en Ica, no tiene importancia. En Huancavelica, no encontramos a ningún realista. Lo de Huamanga y Huanta lo mismo que en Huancayo, Jauja y Tarma, ha sido fácil, demasiado fácil diría yo. ¡Ahora las cosa han cambiado!… ¡Tenemos que apoderarnos de la ciudad minera del Cerro de Pasco, a cualquier precio!. Para ello tenemos que librar una batalla con los realistas que se han apoderado de ella ¡Hay que recuperarla!!… ¡¡Su ubicación estratégica y su importancia económica lo exigen!!

– ¡¿Cuáles son las previsiones que debemos adoptar, mi General?. –pregunto el jefe del Estado Mayor.

– ¡Tenemos que actuar con mucho cuidado!. Ellos deben conocer el terreno como la palma de su mano y pueden sorprendernos con una celada en cualquier momento. ¡Mucha atención a lo que se hace!. –Hubo una pausa en la que se extendió sobre la mesa, un mapa trazado por el capitán Althaus, luego continuó- ¡¡Comandante Santiago Aldunate!!.

– ¡A la orden mi General!.

– ¡Usted conformará el ala derecha con 340 hombres del Batallón Nº 2. Su misión es flanquear la izquierda enemiga aprovechando las alturas. Su acción debe ser rápida y enérgica porque la línea trazada diagonalmente del sudoeste a noroeste deja un gran espacio en la retaguardia realista.

– ¡Así es mi General!.

– Si logramos introducirnos en ese espacio con la rapidez requerida les originaremos una confusión notable que más tarde podemos utilizar con mucho acierto.

– ¡Así lo haremos, mi General!.

– Bien, muy bien. ¡Sargento Mayor, Ramón Antonio Deheza!!.

– ¡A la orden, mi General!..

– ¡Usted, con 340 hombres del Batallón No 11 y dos piezas de artillería, conformara nuestra ala izquierda. Su misión principal es marchar de frente por el camino que cruza la ciudad de un extremo a otro. Creo que se llama la Chancayana…

–  ¡Así es, mi General!.

– ¡Cuando haya avanzado lo suficiente, deriva velozmente y ataca a la derecha enemiga que se halla en las orillas de la laguna de la Esperanza…

– ¡Bien, mi General!.

– Conocemos de su pericia y valor, mayor Deheza. Esperamos que vuelva a realizar la proeza de la toma de la plaza de Talcahuano…

– ¡¡Así lo haré, mi General!.

– Muy bien, mayor –quedo mirándolo con paternal admiración y luego dirigiéndose a su segundo en el mando, le dijo -¡Usted Teniente Coronel Manuel Rojas, en su condición de Jefe de Estado Mayor, irá al centro, entre las alas derecha e izquierda!.

– ¡¿Con qué personal contaré, mi General?!.

– Con el resto de personal de los Batallones 2 y 11

– ¿Nuestra misión General?

– Ustedes marcharan siempre al centro de las dos alas, como a unas dos cuadras de la retaguardia, observando todos los movimientos de sus compañeros y prestos a brindar protección a cualquiera de ellos en caso necesario…

– ¡Así se hará, mi General!.

– Bien… !Capitán Juan Lavalle!.

– ¡A la orden, mi General!. -El capitán con grado de sargento mayor, don Juan Lavalle, se cuadró militarmente.

– Usted se hará cargo del comando de nuestro escuadrón de caballería!

– Bien, mi General.

– Deberá actuar rápida y frontalmente en el momento necesario; es decir, cuando la infantería y la artillería hayan ablandado al enemigo…

– Así lo haré, mi General.

– Eso es todo. – Bien sabían estos ilustres jefes y oficiales el peso y el significado de las palabras del caudillo Arenales.

A las siete de la mañana sonó el clarín de avance. El cura venido de Ninagaga, oraba emocionado rodeado de las mujeres del pueblo. Todavía nevaba copiosamente cuando los centauros de la libertad partieron en pos de la gloria.

La marcha se hacía lentamente debido a la dificultad de la nieve acumulada. Se trataba de evitar cualquier emboscada que pudiera producirse aprovechando de la nieve y la fragosidad del terreno.

El General Álvarez de Arenales, en mérito al reconocimiento que había practicado la tarde anterior, calculaba que el enemigo se aprovecharía de la posición que ofrece la alta cuesta por su posición dominante y, abrazando con sus fuegos desde la altura, conseguirían quizá un triunfo. Podían aniquilarlos a mansalva parapetados en los crestones y en los peñascos de los que esta erizada la montaña. Suponía, en fin, que entre tantas ventajas que le ofrecía aquel paisaje, aprovecharía para dejar fuera de combate a la caballería patriota que había sido el terror de los españoles con su movilidad e intrepidez. Felizmente, no fue así. Contra todos los cálculos de Arenales, contra las reglas de la estrategia, O´Reilly había desechado tan positivas ventajas, mostrando solamente que estaba resuelto a jugar el éxito de la campaña en un combate. Esto justificaba su presencia en el Cerro de Pasco.

Al no presentarse el enemigo por ninguna parte, Arenales se alarmó. Si O´Reilly no había utilizado las ventajas que le ofrecía aquel terreno, seguramente –pensaba- tendría otras de mejor disposición. El avance de las fuerzas patriotas se hacía por aquel páramo blanco, en forma cautelosa. Entretanto, no se descubría ni un solo realista en los alrededores.

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