LA VIVIENDA CERREÑA (Tercera parte)

"Otra

La cantidad de habitaciones de la casa dependía del número de miembros y de la solvencia económica de la familia. Desde las enormes casonas solariegas construidas a la europea de los ricos mineros, hasta  las humildes rancherías de los peones.

Escasas ventanas pequeñas con guarniciones de hierro forjado a mano, custodian la estancia. Ventanas de la sala, de la cocina, de los dormitorios, del comedor. No necesitaban ser muy grandes ya que había que tomar en cuenta el agresivo frío ambiental. En los meses de sol, la pródiga luz se colaba por ellas iluminando el interior con cálidas tonalidades. En el invier­no, ampos de nieve alumbraban el ambiente. Afuera, las paredes estaban  enjalbegadas de cal y  negrísimo zócalo de brea.

Las recias puertas de pino que, nunca-pase lo que pase con el ambiente climático caprichoso, se doblaran-  daban acceso a la cálida intimidad. Dividida en tres partes con una hoja corrida de arriba hacia abajo, la una y, dividida en dos mitades la otra: superior e inferior; sólo la de arriba  permanece abierta para dar paso a la luz y al aire. La mampara de amplios ventanales impide el libre tránsito del aire frío a la vez que tamiza la luz que ilumina los interiores.

El apacible interior tiene varios compartimientos. El primero es la sala acogedora con un enorme sofá, dos sillones y una docena de sillas de Viena. Frente a la puerta, el hogar, guarnecido por espetones de bronce, montones de betuminoso carbón y grandes leños recién rajados que alimentarán el fuego reconfortante en las reuniones familiares. A un costado, un lustroso armario con incrustaciones de vistosos maderos.

En las paredes, recargados de retratos de augustas parejas ancestra­les.  Más allá un portarretratos de láminas de totora en cuyos intersticios se colocan las fotografías de los seres queridos; un largo rabo de buey o caballo en el que se han colocado peines, peinetas y asentadores familiares.

Presidiendo la sala, el gran espejo biselado de los abuelos, enmarcado en pan de oro; frente al espejo el sonoro reloj de enorme esfera y números romanos, señalando imperturbable, año tras año, la marcha del tiempo con el  tic tac martillado por incansable péndulo. Sobre el sofá, deso­cupado y tierno, el gato familiar.

Al fondo, adosado a la pared, el finísimo piano STEINWAY. No se podía concebir una casa “decente” sin su piano.  “Sociedades dramáticas y filarmónicas se formaron en el Cerro de Pasco como expresión del tono europeo de la cultura, y el piano, a pesar de que debía ser transportado penosamente a lomo de mula desde Lima, distante a 213 kilómetros y aun desde más lejos antes de 1893, cumplió puntualmente su función en la educación de las hijas y en la distinción de las viviendas de la élite”  (CONTRERAS, 1990:38). En las veladas amicales o familiares, las notas de este instrumento se hacía escuchar en el ámbito casero. Tampoco faltaba, a la pared, colgada con hermosas cintas, la guitarra española.

En el comedor, la enorme mesa familiar rodeada de sillas. La cocina de cuatro hornillas hecha de ladrillos refractarios cubierta con gruesa plancha de hierro que siempre mantenía la cálida vigencia del calor. Sobre la cocina, robustas ollas con los guisos, locros, picantes, frituras y dulces.

Esta es la habitación más cálida y confortable de la casa, siempre ocupada por la familia que en amena charla, atienden los quehaceres hogareños. En lugar preferencial, la vitrina  de vidrios limpísimos en la que se puede ver la vajilla de losa de hermosos colores. Adosados a la pared, de extremo a extremo, los poyos sobre los que se colocan peludos pellejos para descansar. Además de asientos, estos poyos desempeñan la función de criaderos de cuyes que deambulan por toda la cocina con sus traviesos ojitos de pedrería; nada dejan éstos sobre el piso cuando la matrona pelaba papas, verduras, cebollas, frutas, etc.  A determinada hora, abundante alcacer alimentan a estos animalitos que serían sacrificados al llegar algún acontecimiento familiar importante­. Igual suerte correrían gallinas, patos, conejos y cerdos que se crían en el corral. Lo que nunca falta en un hogar cerreño, son los perros; engreídos guardianes de la propiedad.  “Las casas no están edificadas en absoluto en el acostumbrado estilo español o sudamericano las que, con sus espaciosos y cómodos patios, hubieran quitado mucho espacio al terreno de la plata. El patio es estrecho, limitado y sucio puesto que las lluvias y la nieve son acontecimientos de todos los días, los cuartos son bajos pero calientes con estufas o chimeneas. Las habitaciones se acomodan donde quiera que uno esté en el Perú, al clima” (Friedrich Gestaecker, 1861).

En el dormitorio, la cama de hierro con perillas de bronce, atravesada por recios tablones de pino sosteniendo mullido colchón de lana; sobre él,  las sábanas de bayeta blanca orilladas de seda y rodapiés de blondas. Encima las frazadas atigradas y un edredón bordado por las hacendosas manos de mamá. Sobre los veladores, el correspondiente candela­bro. En un rincón, los baúles donde se guardan prendas de ropa escogida. Al lado del añoso arcón de cuero repujado donde se atesoran  los más íntimos recuerdos de la familia: cartas atadas con lazos de seda, retra­tos, monedas, medallas. Debajo de la cama, la bacinica que permitirá inhibirse de salir al baño en las frías noches tormentosas. El robusto ropero familiar y a la cabecera un crucifijo que vela el sueño de la pareja.

Los pisos de las habitaciones interiores, los balaustres de los balcones, zócalos, recuadros, vigas, vanos, molduras, alféizares, recuadro, marcos y entarimados están trabajados en fino pino blanco o pino Oregón que por su finura y resistencia son preferidos por los alarifes cerreños. El patio interior contiguo a las habitaciones de la casa, está pavimentado con lajas de Quilcaymachay. En un extremo discreto del corral, la letrina, un cuartito de madera sobre el silo correspondiente.

Casa donde finalmente fue a refugiarse el otrora poderoso Club Alfonso Ugarte de Auxilios Mutuos. La “Compañía” ofreció a sus últimos socios que usarían este alojamiento en tanto ellos construían un edificio tan grande como el que había tenido la institución. En el lapso de espera, uno a uno los socios fueron muriendo y ya no quedó nadie para hacer cumplir la promesa. Finalmente el local quedó en manos del guardián. El que se ve es un pasaje entre las calles Lima y plaza Chaupimarca.
Casa donde finalmente fue a refugiarse el otrora poderoso Club Alfonso Ugarte de Auxilios Mutuos. La “Compañía” ofreció a sus últimos socios que usarían este alojamiento en tanto ellos construían un edificio tan grande como el que había tenido la institución. En el lapso de espera, uno a uno los socios fueron muriendo y ya no quedó nadie para hacer cumplir la promesa. Finalmente el local quedó en manos del guardián. El que se ve es un pasaje entre las calles Lima y plaza Chaupimarca.
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