EL ITINERARIO DE NUESTRA LIBERTAD (06)

Cabildo Abierto

Por la tarde, convocados por el comando patriota se reunieron en Cabildo Abierto los hombres y mujeres del pueblo cerreño. El Acta correspondiente dice:

“En el Cerro de Pasco, a los seis días del mes de diciembre de mil ochocientos veinte, glorioso día que el dios de la victoria ha coronado la acción patriótica de nuestro Ejército, en la batalla contra las fuerzas realistas habida esta mañana y, por disposición de Su Señoría, el General Juan Antonio Álvarez de Arenales, Comandante Supremo de nuestras fuerzas en este lugar, se han reunido en Cabildo Abierto, todas las autoridades y ciudadanos del asiento mineral, en el que expresados el parecer de cada quien, se nominó por aclamación unánime a los siguientes ciudadanos en los cargos administrativos correspondientes:

 

            A Don Ramón de Arias, en el cargo de Alcalde Mayor y Juez de la Patria que, en su condición de primer ciudadano de esta repartición territorial histórica, deberá tomar el Juramento de Independencia del régimen español a toda la ciudadanía convocada para el caso, el día de mañana, siete de diciembre.

 

            A Don Francisco Quirós, distinguido soldado que esta mañana ha luchado por la libertad de la Patria, en el cargo de Gobernador General que lo será de esta ciudad y todo su territorio, para la administración de justicia en lo correspondiente a lo político – militar.

 

            A Don Miguel Francisco Maíz y Arcas, en el cargo de Comandante General de Armas del Cerro de Pasco, con mando sobre soldados y patriotas auxiliares en territorio de su jurisdicción.

 

            A Don Anacleto Benavides, en el cargo de Sub delegado Político Militar en el territorio de su Jurisdicción.

 

Al Doctor don Dionisio Vizcarra, en el cargo de Director General de Minas de Pasco.

 

Provistos que fueron los principales cargos públicos en el que cada uno de los concurrentes prestó su opinión, voto en público que no tuvo ninguna discrepancia de un sólo individuo, se procedió a recibir la juramentación oficial en nombre de la Santa Cruz, los Evangelios y la Bandera Nacional, de todos los nombrados.

 

Viendo Su Señoría, el referido Señor General, la apoteósica y uniforme elección que se ha hecho, manifestó su contento y complacencia. Reiteró su agradecimiento que desde su llegada le había prestado la ciudadanía por la justa causa de la Patria.

Extendió su convocatoria para mañana siete de diciembre en que se Jurará la Independencia y se formalizará los nombramientos producidos esta tarde con una solemne misa cantada en acción de gracias al Todopoderoso en la explanada de la Plaza Mayor de Chaupimarca. Finalmente,todos los vecinos suscribientes de la Justicia de la causa de la Patria, expresaron abrazarla franca y gustosamente, renunciando todo derecho de la Nación Española y que desde luego están prontos a prestar el juramento mañana, de seguir las Banderas de la Patria, lo que ejecutarían el día de mañana siete de diciembre. (Firmas)

Por ante mí, Secretario del Cabildo,

Finalizada la ceremonia cívica, todos los habitantes acompañaron los restos de los soldados caídos en combate para ser sepultados. Conducidos en hombros por sus compañeros de armas, setenta y siete cadáveres, envueltos en sus pellizas guerreras fueron llevados allá, a tambor batiente. En las iglesias de Chaupimarca y Yanacancha, las campanas doblaban lúgubres. Llegados al campo santo, tras el fúnebre y taladrante toque de silencio ejecutado por un trompeta argentino, fueron sepultados en tierra minera. Patriotas y realistas,  bajaron juntos a las entrañas cerreñas.

Entre tanto, en el Hospital de Campaña, fueron atendidos los soldados heridos de Argentina, Chile, Paraguay, Colombia y El Perú, mismos que en hermoso gesto de confraternidad se ayudaron mutuamente, tanto como a los soldados realistas. Hubo cuatro oficiales y 58 soldados realistas muertos. Un oficial y 14 soldados patriotas muertos. Cinco oficiales y 23 soldados patriotas heridos. Tres oficiales y 18 soldados realistas  heridos. El herido de más gravedad fue el capitán de primera Pedro López, natural de Córdoba, Argentina, por un cañonazo en la pierna que le tuvo que ser amputada. El teniente chileno de segunda, Darío Plaza, con una grave herida por un sablazo terrible que estuvo a punto de seccionarle el brazo. La herida más curiosa fue la que sufrió el ayudante en Jefe Manuel Saavedra. Mostraba una seria contusión en el muslo derecho. Este oficial llevaba como recuerdo de la Casa de la Moneda de Pasco, una regular cantidad de monedas de plata a donde fue a parar la bala destinada a su cuerpo quedando achatada entre las monedas; pasado el combate fue a conocer el efecto que le había causado por el dolor que sentía. Allí quedaba una marca cárdena en la parte contundida. Esta bala la luce como un milagro del día.

Después de cuatro días volvió el infatigable teniente paraguayo Vicente Suárez con el último y más importante trofeo de la batalla del seis. Traía prisionero al Brigadier irlandés, Diego O´Reilly alcanzado en linderos de la hacienda Lauricocha a veinte leguas del Cerro de Pasco, cuando estaba próximo a tomar el camino de la cordillera de Cajatambo, que de salvarlo, le hubiera sido muy fácil huir a la capital. Aquella misma tarde también regresaba triunfante el grupo de guerrilleros persecutores de las familias españolas tránsfugas que, en cuanto comenzara la guerra, partieran en caravana transportando enormes cajones con plata labrada de alto valor, zurrones con monedas de plata, candelabros, crucifijos, adornos y joyas de alto valor. Todo fue incautado para la causa patriota. A su regreso convergieron con otra comitiva que portaba dinero y armamento, vituallas y ayuda militar que el Virrey enviaba a O´Reilly. Todo fue confiscado. El botín fue muy apreciado por la superioridad. Igualmente, algunos guerrilleros, en trabajo encubierto en la ciudad, habían detenido a los delincuentes que aprovechando los momentos más arduos de la contienda bélica a las afueras de la ciudad, se habían dedicado a saquear los comercios y casas más opulentas.

Por orden superior, el ejército triunfante quedó en el Cerro de Pasco seis días más durante los cuales, los heridos –especialmente el general Arenales- se repusieron de los graves daños sufridos; el resto de la tropa, descansó reponiendo las fuerzas perdidas. En todo ese tiempo recibieron continuos homenajes del pueblo. Los campesinos les facilitaron todo lo necesario para su manutención. Cuando se averiguó porque el pueblo tenía gran predisposición para apoyar la causa libertaria, cayeron en la cuenta que todo se debía a la regia campaña propagandística que desde años atrás había circulado en la ciudad minera, aumentada por la que el General don José de San Martín realizó en su oportunidad. Muchos emisarios secretos, principalmente muleros, habían convencido a los hombres y repartido infinidad de proclamas impresas en castellano y quechua que avivaron los sentimientos independentistas; tan así es que, los que habían conseguido uno o más de estos papeles, los guardaban con una fe reverente y entusiasta como valiosa adquisición, y se servían de ellos como un pasaporte o un titulo que se los enseñaban a los patriotas para comprobar su amor y adhesión a la causa de la independencia. Los jefes, oficiales y soldados, se enteraron que en el Cerro de Pasco se había luchado activamente en 1742, 1780, 1810 contra la infamia del yugo español. Y si bien es cierto que la opresión era celosamente impuesta, no es menos cierto que el pueblo había sabido complotar para derrotar a los realistas. En 1811 se había convulsionado cuando los españoles apresaron aquellos abnegados patriotas que, a riesgo de sus vidas, repartían las consignas y proclamas escritas a mano. Ellos fueron, Mariano Cárdenas y Manuel Rivera. Al mercedario Mariano Aspiazu, jefe de éstos, no fue habido. Se les condenó a trabajos forzados, pagando de esta manera, la osadía de desafiar al poder español justo en el lugar de su sustento económico, en donde, desde 1780, se venía luchando abiertamente por la independencia.

Por ese tiempo regresó del cuartel general, el ayudante don Florentino Arenales que condujera el parte de la victoria de Pasco; él informó que mientras la división Arenales había efectuado su recorrido por Ica, Huancavelica, Huamanga, Tarma y el Cerro de Pasco, el general San Martín embarcaba en Pisco con el resto de la expedición; luego de una visita al Callao, descendiendo a la costa norte de Lima, había vuelto a desembarcar en el puerto de Huacho a principios de noviembre.

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EL ITINERARIO DE NUESTRA LIBERTAD (05)

SOLDADO DE LA INDEPENDENCIA

En cumplimiento de las órdenes, el teniente Suárez y diez jinetes salieron en persecución de los prófugos a los que dio alcance a cinco leguas del camino que une el Cerro de Pasco con Yanahuanca. Tanto los fugitivos cuanto los cazadores llevaban una marcha lenta. Cuando los realistas estuvieron a dos cuadras de distancia de sus perseguidores, hicieron alto, volvieron la cara el enemigo y se desplegaron para batalla, en cuatro grupos de dieciséis hombres cada uno, perfectamente uniformados, armados de tercerola y sable. Al ver esta actitud amenazante, Suárez consultó el ánimo de sus granaderos preguntándoles por la decisión a adoptar. Los granaderos enardecidos de coraje respondieron: “Al ataque mi teniente”. Pero en ese momento observa que el comandante realista Andrés Santa Cruz, enfundando su sable y avanzando unos pasos hacia él, dice en voz alta:

– ¡Señor, oficial!.. ¿Quiere usted guardar su espada y que hablemos cuatro palabras?.

– ¡No tengo inconveniente, señor!. Respondió Suárez haciendo lo que Santa Cruz le pedía y batiendo las palmas de sus manos para darle pruebas de no tener armas en ellas, marchó al encuentro del jefe realista

– ¡A la orden, señor!

– ¡Dígame, oficial: ¿Quién es el jefe de la caballería patriota?. –preguntó Santa Cruz.

– ¡El mayor Juan Lavalle, mi comandante!.

– ¿Dónde está él, ahora?.

– ¡Viene detrás de nosotros, Señor!.

– ¡Bien está!. Haga usted el favor de enviar un mensajero a darle alcance, informándole que deseo hablar urgentemente con él.

– ¡Así lo haré, mi comandante!.

– ¡Muy bien!. Entonces, nosotros esperaremos aquí.

El mayor Juan Lavalle, que realmente continuaba la marcha en protección de Suárez, luego que recibió el mensaje, dispuso que la escuadra siguiera su marcha hasta reunirse a la vanguardia, y acompañado de su ayudante y dos ordenanzas, marcho al trote al lugar de la cita. Llegado al sitio, luego de los saludos de cortesía, los dos jefes se apartaron a un lado para hablar solos. La conferencia dura más de una hora, al final de la cual, el escuadrón realista “Dragones de Carabaillo”, se entrego prisionero desde sus jefes hasta el último clarín, con todas sus armas, estandartes, municiones y cuanto tenían.

Gran conmoción experimentó el pueblo cerreño al ver a 130 hombres con sus oficiales, llegando a la ciudad prisioneros de sólo once jinetes en medio de los vítores de los soldados triunfadores. Arenales recibió con mucha consideración a los españoles que se habían rendido. Aclamaciones, vivas, fanfarrias en el campamento patriota. Había hecho una gran adquisición.

Con la viva y profunda emoción que estos hechos le causaron, el general Arenales cursó una nota al General San Martín solicitando la premiación de los vencedores del Cerro de Pasco.

“Por orden general del Ejército Libertador que en copia incluyo a V.S. se servirá ver el premio que el Excelentísimo Señor Capitán General y en Jefe de dicho Ejército ha dispuesto a favor de los defensores de la patria que asistieron y pelearon contra el enemigo en la gloriosa acción de 6 del corriente mes en el Cerro de Yauricocha, debiendo ser comprendidos también en esta gracia, los individuos milicianos (guerrilleros) que acompañaron a las tropas a mi mando. Lo comunico a V.S. para que se sirva hacérselo saber y que disfruten del honor de dicho premio, debiendo arreglarse a la razón o lista que con la debida escrupulosidad deben dar los oficiales de dichos milicianos”. Dios Guarde a V.S. muchos años. (Firmado) Juan Antonio Álvarez de Arenales.

Momentos más tarde, jefes, oficiales y soldados, se reunieron para recibir el masivo homenaje de los cerreños que informaron al general Arenales que el ultimo de los realistas en retirarse había sido el brigadier O´Reilly acompañado de una reducida escolta y que por lo tanto no debía estar muy lejos.

– Muy bien, dijo Arenales. Tenemos que apresar al general prófugo. Usted, teniente Suárez, que hoy ha tenido un gran desempeño al apresar a todo el regimiento realista y es el mejor jinete con que contamos, mañana muy temprano partirá en busca del general O´Reilly al que deberá traerlo vivo; para ello, lleve un piquete de granaderos y los voluntarios que quieran ayudarnos en esta misión.

– ¡Bien, mi general –respondió el aludido- ¡Así lo haré!.

– ¡Usted!, Mayor Juan Lavalle, convóqueme al pueblo para un Cabildo Abierto para esta tarde… ¡Disponga también del entierro de los caídos en combate!.

–          Bien, mi general.

Tal como lo ordenó, se hizo.

Los trofeos que las armas de la patria recogieron ese día memorable, fueron: tres banderas, dos estandartes, la espada del general O´Reilly, el armamento de dos batallones de infantería, el de un escuadrón de carabineros, dos piezas de artillería, la caja militar y el parque de repuesto. La pérdida de fuerzas que ambas partes sufrieron, fue la siguiente:

Jefes Oficiales Tropa

Patriotas

MuertosHeridos —- 0105 1413

 

Total 06 37

Realistas

MuertosHeridos

Prisioneros

—-

04

0403

36

5818

386

  Total 04 43 462

 

         El siete de diciembre, escoltado por un piquete de granaderos a caballo y un grupo de montoneros conocedores de la ruta, partió el teniente Suárez a cumplir su misión.

EL ITINERARIO DE NUESTRA LIBERTAD (04)

Batalla de Pasco 2

Por fin, a las nueve de la mañana, coronaron los cerros de Uliachín por la parte posterior. Abajo, delante de ellos, todo cubierto de blanco: el Cerro de Pasco. Lo primero que les impresionó fue que estuviera edificado como al desgaire, sin orden ni cuadraturas; con una calle larguísima que comenzaba a las faldas de aquellos cerros y luego de cruzar la ciudad, terminaba al otro extremo. Más callejas caprichosas y accidentadas cruzando toda la población cerreña que estaba plagada de bocaminas. Dos lagunas colmadas de un color verde azulado a la derecha: Patarcocha que en aquel tiempo era una sola; y  en una hondonada de la izquierda con sus bordes pantanosos: La Esperanza. Las tres lagunas unidas entre sí por un amplio riachuelo comunicante. Para unir las partes de la población,  un puente, de piedras en arco. En realidad –pensaba Arenales- no era una ciudad digna que tanto aportaba al sostenimiento del Perú.

Pero… ¿Y las tropas enemigas?… ¿Dónde estaban?… ¡¡Esto es el colmo!!… Los realistas sabían de la llegada del ejercito patriota… ¡¡¡¿Cómo es que no lo esperaban?!!!.

Seguramente O´Reilly pensaba causar fuerte impresión en el ánimo de los soldados patriotas con aquel desplante. Encolerizado por la arrogancia, Arenales ordenó disparar un cañonazo sobre la ciudad, como una imprecación y un desafió… ¿Qué se habían creído?!!!.

Sólo así, después del estruendoso estrépito, viendo los perfiles de los soldados patriotas recortarse en el horizonte, O´Reilly hizo salir a sus batallones a tambor batiente, con parsimonia y lentitud exasperantes, como si fueran los perdonavidas que por compromiso se iban a enfrentar a un ejército inferior. Entonces los patriotas, indignados ante tamaño desaire, comenzaron a insultarles a grito pelado desde las cumbres, recordándoles que ellos le habían dado la libertad a Chile y que en esa oportunidad también los vencerían. Ardían en deseos de darles su merecido a tan arrogantes “chapetones”.

Después de tanta ostentosa parsimonia, el jefe de las fuerzas realistas, ordenó su cuadro de combate, disponiendo definitivamente la ubicación de sus soldados y armamentos.

Colocó en el ala derecha a su ponderado Batallón Victoria de Talavera, dividido en tres líneas e integrado por mil hombres para sostener el paso de la calle Chancayana (actualmente Lima). Estos hombres se parapetaron a lo largo del riachuelo que comunicaba la laguna de Patarcocha con la de la Esperanza. De esta manera trataban de hacer inexpugnable la ciudad. Sobre el promontorio central colocaron dos piezas de artillería para contener todo intento de penetrar en la ciudad. En el ala izquierda, bordeando la laguna de Patarcocha, situó al Batallón Concordia que estaría respaldado por la artillería  del morro e impediría por todos los medios, la entrada de los patriotas en el pueblo. O´Reilly completó su formación colocando en el extremo derecho a su caballería de 200 jinetes con el fin de arrasar con el enemigo una vez que hubiera sido ablandado por la infantería y artillería realistas. En realidad, con esta formación creía asegurar la inviolabilidad del objetivo: El Cerro de Pasco.

Viendo Arenales que la posición enemiga era esencialmente defensiva, de acuerdo con los jefes de su Estado Mayor, dispuso su plan de ataque.

Se acordó que bajando las columnas hasta el inicio de la explanada de la ciudad, la Nº 11 atacase el riachuelo de la calle principal (Lima), desprendiendo una compañía que por una maniobra rápida cortase la línea enemiga por el centro, aprovechándose para ello de la ribera de la laguna; que mientras esta compañía llamara la atención por el centro, el resto del batallón emprendiese una carga sobre los Talaveras pasando por el foso a toda costa. Lo que convenía era un ataque impetuoso. Que el batallón No 2 siguiera su obra sin flanquear la izquierda enemiga pero con toda celeridad imaginable consultando la simultaneidad del ataque. Que la reserva prestase más atención a la carga que se encomendaba al ala izquierda por cuanto ella venia a ser punto cardinal. Que el batallón de granaderos a caballo, estando a la expectativa del momento propicio, cayese sobre la caballería enemiga e hiciese cuanto fuera posible por vencerla en una acción que iba ser la decisiva de la campaña. Esto quedó resuelto en la Junta de Guerra.

En ese momento había dejado de nevar y como un milagro maravilloso, comenzó a asomar tímidamente el sol.

Cuando los patriotas se aprestaban a iniciar el movimiento, advirtieron conmovidos, que gran cantidad de hombres y mujeres coronaba las cimas de los cerros aledaños al escenario de combate. Eran los habitantes que con el fin de evitar ser pasto de la guerra, habían huido hacia las cumbres. Todas estas personas, con sus gritos estentóreos alentaban a las fuerzas patriotas. Los jinetes montoneros, conformando la reserva, estaban a la expectativa para entrar en combate.

Era impresionante el aspecto que ofrecía escenario en el que debían enfrentarse dos fuerzas guerreras experimentadas. Una blancura total contrastaba con el azul del cielo cerreño donde el sol asomaba para presenciar la magnitud de aquella epopeya. En el rápido transcurso de unos segundos Arenales pensó que si por acuerdo de las fuerzas americanas, la única bandera que debía flamear sería la chilena que había propiciado el viaje y la peruana por ser dueña del escenario. La gloriosa bandera argentina estaría representada por el majestuoso azul celeste de su cielo brillante, las nieves perpetuas que habían caído toda la noche anterior y, ese sol rutilante que alegraba el cielo. Cuando las fuerzas estuvieron preparadas, la voz enérgica y brillante del General Juan Antonio Álvarez de Arenales, estremeció los siglos:

¡¡¡Adelante!!!.

Como impelidos por una fuerza suprema salieron los patriotas del 11 sobre el portachuelo de la Chancayana. Advertido el enemigo de las intenciones de los atacantes efectúa una cerrada descarga. En ese momento se escucha la vigorosa voz de mando del mayor Deheza:

– ¡¡¡Capitán, Medina… Sobre el centro del portachuelo!!!.

Decidido el capitán dispone en guerrilla a sus hombres que aprovechan las casas,  cortaduras de la calle Lima y, orillas de Patarcocha, para avanzar en reducto enemigo. En  un incesante silbido de balas enemigas, dificultad de nieve y barro,  progresan decididos, pero al llegar al borde del riachuelo, vacilan un tanto. Al advertirlo, el mayor Deheza, con perspicacia de guerrero experimentado, pica espuelas y con el brioso caballo chileno que monta, sin hacer caso de las balas, los conmina a que avancen. Al verlo –valiente y decidido- la espada al aire, exponiéndose a los proyectiles enemigos, los soldados lo imitan e inician un ataque enérgico, rápido y determinante. Al ver el ataque los realistas efectúan cerradas descargas de fusilería sobre el abigarrado grupo de valientes.

Delante de este ágil grupo de patriotas, va un hombre extremadamente joven que al coronar un pequeño promontorio recibe una cerrada descarga en el pecho que le hace trizas el corazón. Impulsado por la sacudida brutal del impacto arroja muy lejos de sí  el fusil de correaje blanco y cae de espaldas para encajonarse en una pequeña depresión que, a manera de ataúd forrado con nieve espesa y blanquísima, cobija el cuerpo del joven infante. Los ojos fríos, fijos en el cielo azulenco, queda eternamente inmóvil. Ha muerto heroicamente el Teniente de granaderos: Juan Moreno. Tenía veinte prometedores años juveniles.

Enardecidos, los colosos de la libertad siguen atacando el fortín. Con gritos fieros y estentóreos, denuestos y maldiciones, siguen la afilada punta de sus bayonetas. Atacan la ciudadela que parece inexpugnable. Aprovechando la ventaja de sus parapetos, los españoles realizan nueva descarga con la que rueda un grupo de patriotas más, y cuando se aprestan a recargar sus fusiles, los libertadores les caen como tromba con las bayonetas caladas, destrozándoles salvajemente.

El capitán Medina con veinte cazadores ha logrado introducirse en uno de los flancos de los Talaveras que sorprendidos por la velocidad de la maniobra patriota, se agrupan de a cuatro, para seguir combatiendo. Nerviosos hacen escuchar sus bravatas que nada conseguirían frente a ellos que son vencedores de Napoleón el Grande… De nada les sirvieron estas fanfarronadas. Rápidos y brillantes los patriotas deshicieron las filas realistas que ya sin concierto ni comando, sólo atinaron a esconderse en los corrales y casas de la población.

Mientras tanto, sable en mano, infatigable, fiero, sobre su moro chileno, cuya estampa guerrera contrasta con la nieve blanquísima, el general Juan Antonio Álvarez de Arenales, anima a sus tropas con gritos determinantes y enérgicos. Va de un lado a otro sin importarle las balas silbantes.

Se está efectuando ya una de las postreras cargas patriotas cuando el pequeño corneta del regimiento, el entrerriano Juan Pinto, se traba en fiero combate con un oficial abanderado de los Talaveras. La lucha es breve y salvaje pero al final el realista cae sin vida. La bandera ha sido arrebatada por el corneta en una triunfal acción que le mereció el ascenso.

El Batallón Nº 11 triunfa en su misión de atravesar el portachuelo de la avenida principal bajo el fuego implacable de la artillería española. El Batallón No 2 rodeando la laguna de Patarcocha por la derecha, consigue ponerse frente al Batallón realista Concordia al que abruma con sus fuegos y en medio del humo reinante, se le va a la carga. Como los realistas no esperaban esta embestida tan impetuosa se desorganizaron inmediatamente y no les quedó otra salida que la fuga en busca del amparo de las casas de la ciudad minera.

En todo este tiempo, los hombres -palidez mortal y ardor insoportable que les desgarra el pecho- tratan de tomar algo del oxígeno que se ha diluido en las inmensidades de la alta  planicie; las sienes martillantes y el corazón desbocado de angustia, cubiertos de sudoraciones frías y agobiantes, vomitan perdiendo todo el impulso para seguir en batalla. Otros cayeron sin conocimiento. Otro tanto ocurrió con las bestias en combate. Con los belfos sangrantes y los ojos saltándoles de las cuencas, se tiraban en estertores lastimosos y crueles, víctimas de la “beta”. Claro, se estaban peleando en la cima del mundo, a 4,500 metros sobre el nivel del mar. En la ciudad más alta del mundo.

En un aciago momento, al tratar de superar un promontorio, el caballo del general Arenales resbaló al pisar una piedra aguda que lo encabritó. Por más que puso toda su sapiencia no logró sofrenar al animal que en sus descontrolados movimientos fue a chocar la pierna del general sobre una roca filuda que lo lastimó severamente. Sin embargo, luego de tranquilizar a su equino, Arenales siguió tan campante. Sólo al terminar el combate y desmontar, repararon que la herida con golpe, era terrible.

Desde entonces todo fue persecución implacable, toma de prisioneros y acopio de trofeos de las filas enemigas. Las hurras y los cantos de triunfo de los cientos de hombres y mujeres cerreños, encendían el ánimo de los gloriosos combatientes patriotas.

El mayor Lavalle, que desde su puesto de reserva había observado que el enemigo se retiraba del campo de batalla con su formación intacta, sin entrar en combate, decidió atacarlo para tomar la parte que le correspondía del triunfo. Ardía en deseos de hacerlo, pero las infanterías trabadas en feroz combate se lo impedían. Tuvo que esperar a que las fuerzas patriotas desalojaran al enemigo para tomar parte en la batalla. Había recibido una orden terminante de perseguir al enemigo que se retiraba. En el acto pico espuelas cumpliendo la orden pero observó que los realistas se habían enfangado hasta las monturas al salir de la senda por donde trataban de escapar. Cuando lograron vencer aquel fangal, sólo pudieron avanzar dos cuadras porque encontraron una dificultad mucho más grave e incomparablemente mayor que cualquier otra: el “soroche” para los hombres y la “beta” para los caballos. Cuanto más aceleraban el paso, más se le fatigaban; los soldados, pálidos y jadeantes, iban quedando uno aquí, el otro allá. Así las cosas no le quedó otra alternativa que escoger a los diez hombres mejor montados y despacharlos bajo el comando del Teniente paraguayo Vicente Suárez para cortar la retirada del escuadrón realista que estaba sufriendo el mismo inconveniente.

EL ITINERARIO DE NUESTRA LIBERTAD (03)

BATALLA DEL CERRO DE PASCO(02)

A las seis de la mañana del 6 de diciembre de 1820, cuando el claro reverbero de la nieve hacia hermoso el día naciente, una argentina trompeta hizo sonar la estridencia de diana en todos los confines de la Villa. En su aposento particular, el General Álvarez de Arenales procedía alistarse para el gran día. Sus grandes ojos negros llameaban en las órbitas con un extraño brillo de decisión y odio contenido. El ceño continuamente fruncido señalaba el timbre de su adustez, agravado por una profunda cicatriz obtenida en Chacabuco. En las comisuras de los labios, sendas y profundas arrugas. La barbilla fuerte y poderosa, digno reflejo de su carácter. Su rostro enérgico tallado toscamente por el sello de la sequedad castrense que muchos achacaban de soberbia, estaba sereno. Todos sus pensamientos se concentraban en la batalla que libraría en unas horas contra los realistas. Prácticamente, en sus manos residía la responsabilidad del futuro de la empresa libertaria. Él muy bien lo sabía.

Comenzó a vestirse con movimientos rápidos y enérgicos. Después del ceñido pantalón de paño blanco y medias de lana gruesa, se calzó las botas granaderas a las que añadió sendas espuelas de plata. Luego de la blanca camisa y el correaje de cuero negro, la encarnada pelliza granadera con vivos azules y abundante pasamanería dorada. Ató a su cintura el sable curvo que el Ejercito Argentino había puesto en sus manos y de cuya cazoleta colgaba la correa para poder ligarla en la mano durante la lid. En el Perú, este sable no había sido usado en Ica, Huancavelica, Huamanga,  Huancayo, Jauja ni Tarma. Sólo pequeñas escaramuzas sin importancia se habían producido en esos lugares. Ahora sí estaba seguro que lo utilizaría.

Cuando hubo terminado de vestirse, se acercó al espejo y peinó sus cabellos entrecanos hacia delante, tratando de cubrir la zona frontal de su incipiente calvicie. Se puso una bufanda de vicuña y luego un capote de amplio vuelo. Entregó a su ordenanza el sombrero de general y se puso un chambergo de amplias alas para protegerse de la nieve. Cuando salió de su aposento, una enérgica voz de atención, puso en alerta a toda la tropa.

La nieve seguía cayendo implacable desde el día anterior.

En el patio, en enormes peroles hervía el vivificante puchero matinal de carne seca y chuño negro. Las buenas mujeres pasqueñas habían horneado sabrosísimos bollos de trigo para servirlos con chocolate. Jefes, oficiales y soldados, vestidos con capas y ponchos pluviales fueron a degustar el alimento preparado con dedicación y cariño.

Después del desayuno, el Estado Mayor se reunió en la habitación particular del General Arenales para recibir las órdenes finales.

– Señores –habló enérgico- Hasta ahora nuestras armas no han encontrado digno rivales para batirse. La refriega de Chancaillo en Ica, no tiene importancia. En Huancavelica, no encontramos a ningún realista. Lo de Huamanga y Huanta lo mismo que en Huancayo, Jauja y Tarma, ha sido fácil, demasiado fácil diría yo. ¡Ahora las cosa han cambiado!… ¡Tenemos que apoderarnos de la ciudad minera del Cerro de Pasco, a cualquier precio!. Para ello tenemos que librar una batalla con los realistas que se han apoderado de ella ¡Hay que recuperarla!!… ¡¡Su ubicación estratégica y su importancia económica lo exigen!!

– ¡¿Cuáles son las previsiones que debemos adoptar, mi General?. –pregunto el jefe del Estado Mayor.

– ¡Tenemos que actuar con mucho cuidado!. Ellos deben conocer el terreno como la palma de su mano y pueden sorprendernos con una celada en cualquier momento. ¡Mucha atención a lo que se hace!. –Hubo una pausa en la que se extendió sobre la mesa, un mapa trazado por el capitán Althaus, luego continuó- ¡¡Comandante Santiago Aldunate!!.

– ¡A la orden mi General!.

– ¡Usted conformará el ala derecha con 340 hombres del Batallón Nº 2. Su misión es flanquear la izquierda enemiga aprovechando las alturas. Su acción debe ser rápida y enérgica porque la línea trazada diagonalmente del sudoeste a noroeste deja un gran espacio en la retaguardia realista.

– ¡Así es mi General!.

– Si logramos introducirnos en ese espacio con la rapidez requerida les originaremos una confusión notable que más tarde podemos utilizar con mucho acierto.

– ¡Así lo haremos, mi General!.

– Bien, muy bien. ¡Sargento Mayor, Ramón Antonio Deheza!!.

– ¡A la orden, mi General!..

– ¡Usted, con 340 hombres del Batallón No 11 y dos piezas de artillería, conformara nuestra ala izquierda. Su misión principal es marchar de frente por el camino que cruza la ciudad de un extremo a otro. Creo que se llama la Chancayana…

–  ¡Así es, mi General!.

– ¡Cuando haya avanzado lo suficiente, deriva velozmente y ataca a la derecha enemiga que se halla en las orillas de la laguna de la Esperanza…

– ¡Bien, mi General!.

– Conocemos de su pericia y valor, mayor Deheza. Esperamos que vuelva a realizar la proeza de la toma de la plaza de Talcahuano…

– ¡¡Así lo haré, mi General!.

– Muy bien, mayor –quedo mirándolo con paternal admiración y luego dirigiéndose a su segundo en el mando, le dijo -¡Usted Teniente Coronel Manuel Rojas, en su condición de Jefe de Estado Mayor, irá al centro, entre las alas derecha e izquierda!.

– ¡¿Con qué personal contaré, mi General?!.

– Con el resto de personal de los Batallones 2 y 11

– ¿Nuestra misión General?

– Ustedes marcharan siempre al centro de las dos alas, como a unas dos cuadras de la retaguardia, observando todos los movimientos de sus compañeros y prestos a brindar protección a cualquiera de ellos en caso necesario…

– ¡Así se hará, mi General!.

– Bien… !Capitán Juan Lavalle!.

– ¡A la orden, mi General!. -El capitán con grado de sargento mayor, don Juan Lavalle, se cuadró militarmente.

– Usted se hará cargo del comando de nuestro escuadrón de caballería!

– Bien, mi General.

– Deberá actuar rápida y frontalmente en el momento necesario; es decir, cuando la infantería y la artillería hayan ablandado al enemigo…

– Así lo haré, mi General.

– Eso es todo. – Bien sabían estos ilustres jefes y oficiales el peso y el significado de las palabras del caudillo Arenales.

A las siete de la mañana sonó el clarín de avance. El cura venido de Ninagaga, oraba emocionado rodeado de las mujeres del pueblo. Todavía nevaba copiosamente cuando los centauros de la libertad partieron en pos de la gloria.

La marcha se hacía lentamente debido a la dificultad de la nieve acumulada. Se trataba de evitar cualquier emboscada que pudiera producirse aprovechando de la nieve y la fragosidad del terreno.

El General Álvarez de Arenales, en mérito al reconocimiento que había practicado la tarde anterior, calculaba que el enemigo se aprovecharía de la posición que ofrece la alta cuesta por su posición dominante y, abrazando con sus fuegos desde la altura, conseguirían quizá un triunfo. Podían aniquilarlos a mansalva parapetados en los crestones y en los peñascos de los que esta erizada la montaña. Suponía, en fin, que entre tantas ventajas que le ofrecía aquel paisaje, aprovecharía para dejar fuera de combate a la caballería patriota que había sido el terror de los españoles con su movilidad e intrepidez. Felizmente, no fue así. Contra todos los cálculos de Arenales, contra las reglas de la estrategia, O´Reilly había desechado tan positivas ventajas, mostrando solamente que estaba resuelto a jugar el éxito de la campaña en un combate. Esto justificaba su presencia en el Cerro de Pasco.

Al no presentarse el enemigo por ninguna parte, Arenales se alarmó. Si O´Reilly no había utilizado las ventajas que le ofrecía aquel terreno, seguramente –pensaba- tendría otras de mejor disposición. El avance de las fuerzas patriotas se hacía por aquel páramo blanco, en forma cautelosa. Entretanto, no se descubría ni un solo realista en los alrededores.

EL ITINERARIO DE NUESTRA LIBERTAD (02)

La llegada de la expedición libertadora a la Villa de Pasco, su plan de campaña y  el informe del benemérito guerrillero cerreño, Camilo Mier.

Era cercano al mediodía del 5 de diciembre de 1820, cuando las campanas de la Iglesia de la Villa de Pasco, repicaban a rebato. Las gentes del pueblo, sin amilanarse por la espesa nieve que cae, se han arremolinado en el ámbito de la plaza principal; abrigados con gruesos ponchos y sombreros de lana, contemplan emocionados, la llegada de los legendarios guerreros de la libertad. Los únicos que no están presentes son los miembros de las Cajas Reales y otros funcionarios españoles; tampoco don Bernardo Valdizán, proveedor de mulas a los mineros españoles. Su hija, María Valdizán –preclara heroína de nuestra libertad- ataviada con gruesa ropa de abrigo, sí está presente: quiere dar la bienvenida a los luchadores por la libertad. La nivosa mañana ha sido cortada por el piafar de las caballerías, las sonoras y enérgicas voces de mando, el sonido vivamente perceptible de las espuelas, el choque de las lanzas, de los sables, de los metálicos arneses.

-¡¡Bienvenido a la Villa de Pasco, señor!!–el Alcalde Mayor, el benemérito don Pedro José Castillo, seguido de los notables del pueblo, y un jefe guerrillero se han acercado ante el jefe del Ejercito Patriota, que acaba de desmontar. –Nos honramos con recibir a  usted y a los hombres que lo acompañan, mi general!!.

         – ¡Gracias, señor Alcalderesponde enérgico y firme el general Álvarez de Arenales quitándose la encarnada capa pluvial empapada de nieve para entregársela a su ordenanza- ¿Está todo previsto como lo pedimos con nuestro mensajero?…

– ¡Así es excelencia!… ¡Ya hemos dispuesto todo lo pertinente al alojamiento y  alimentación!.

– ¡Gracias señor Alcalde! Como comprenderá, el viaje ha sido penoso y largo. Venimos desde el Valle del Mantaro y necesito alimentación y adecuado alojamiento para mis hombres.

– ¡Ya mis alguaciles están mostrando a sus oficiales las cuadras donde debe alojarse la tropa, y para usted, hemos designado una casa particular que será su aposento especial!.

– ¡Gracias, muchas gracias, señor Alcalde!.

– Con todo nuestro respeto invito a su Excelencia nos honre asistiendo al almuerzo de bienvenida que le hemos preparado…

– ¡Estaré honrado!.

– Aguardaremos a usted y oficialidad a la una de la tarde en que se servirá  en la sala del Cabildo. La tropa recibirá su alimento en el amplio patio interior.

–          ¡Allí estaremos, gracias!.

Reunidos fraternalmente en la sala consistorial de la Villa de Pasco, los notables del pueblo y los oficiales, degustaron de un sustanciosos caldo de cabeza de carnero, robustas papas y abundante ají; luego, un apetitoso picante de cuyes que todos apuraron con excelente apetito. A la vista de unas gigantescas ranas con papas, el jefe de Estado mayor, Teniente Coronel Manuel Rojas, comentó a los oídos del General Álvarez de Arenales.

– Pero… ¿Pueden comer estos sapos horribles?

– Está escrito en la Biblia, que todo lo que vive y se mueve nos sirva de alimento…¿Por qué no estas deliciosas ranas?.

         – ¡Pero su aspecto es horrible!!.

         – ¡Así es!… pero nos las comeremos… ¡Usted primero!…

Después del reconfortante almuerzo que finalizó con un delicioso dulce de caya, el General Arenales con su Estado Mayor y el montonero cerreño, Camilo Mier, pasaron a la habitación del jefe para cambiar impresiones.

– ¡A las órdenes, mi General!. –el montonero cerreño, con abrigadas ropas de lana, botas ganaderas y sable toledano en la mano, se cuadró militarmente frente al Jefe Superior –Soy Camilo Mier, jefe de las guerrillas del Cerro de Pasco  y representante de todos los patriotas que luchan en esta zona. -Allí estaba el primero de los patriotas cerreños que conjuntamente con otros, conformaba la Partida de Guerrilleros de Pasco; nieto de notables mineros españoles e hijo del Alférez, José Antonio Mier, de la Compañía del Ejército del Rey, “Dragones de la Frontera”. Iniciada la lucha libertaria, el ejército español, sin miramientos de ninguna clase, se había apoderado de las minas de sus abuelos y de todas sus pertenencias, dejándolos en la inopia. Este fue el poderoso motivo por el que decidiera formar la inicial “Partida de Guerrillas” que luchó contra los realistas desde mucho antes de la llegada de Arenales.

– ¿Cuáles son los informes que tiene que alcanzarme?.

– En primer lugar, mi General, le damos la más efusiva bienvenida a nombre de todos los patriotas que luchamos en esta región…

– ¡Gracias, Comandante!…

– Nuestros cuadros están resguardando los pueblos de la zona y sus pertenencias. Cuando los realistas salen a efectuar sus malones para recolectar alimentos, principalmente ganado, que en la zona abunda, aprovechamos para sorprenderlos y causarles bajas. Custodiamos todos los caminos y cuando entran en nuestro territorio, programamos rápidos ataques a sus fuerzas. De esta manera los tenemos en jaque, impidiendo que efectúen  sus abusos y depredaciones.

– Bien, muy bien, Comandante… ¿Cómo están constituidos los cuadros guerrilleros en la región?.

– En Yanahuanca, hay un fuerte cuadro bajo el mando del coronel Mariano Fano; en Paucartambo hay otro, bajo el mando del comandante José Maria Fresco; aquí en Pasco, el mayor Balaguer y yo… también tenemos nuestros grupos en varios lugares de la zona en condición de patrullas volantes…

– Bien está… ¿Se han cumplido con mis otras disposiciones?.

– Sí, mi general. Al pie de la letra. Los pasquines revolucionarios se han repartido en toda la sierra como se viene haciendo desde finales del siglo pasado. Todos los pueblos sintieron un alivio y una alegría indescriptible al enterarse de que el Ejército Libertador, llegaba. Todos están deseosos de ver derrotados a los realistas.

– ¡Buen trabajo, comandante!… ¿Y qué me dice del jefe Irlandés que manda las fuerzas españolas?

– El general O´Reilly con su división de tropas no se han movido del Cerro de Pasco, no obstante que nosotros hemos hecho llegar a sus oídos, que usted llegaba con el ejército patriota.

– ¡Aja! –pronuncio Álvarez de Arenales pensativo.

– Todos los “chapetones” del Cerro están ayudando a los realistas; los están alimentando y los han alojado en la enorme casona del viejo Olaechea. No hay duda. Están decididos a quedarse.

– Así es. Ahora lo veo muy claramente, O´Reilly está cumpliendo a plenitud las órdenes que le ha dado el Virrey. Quiere mantenerse en propiedad de la ciudad minera impidiendo el paso para unirnos con el General San Martín que, de acuerdo con el plan de operaciones, ya debe hallarse en la costa norte de Lima.

– En estas circunstancias… ¿Qué determinación habrá de adoptar, mi general?. –interrogo ansioso Camilo Mier.

– ¡¡ No nos queda otro camino que el combatir!! –resolvió rápidamente Arenales.

– ¡¡ ¿Aquí, mi General?.

– No, iremos al Cerro de Pasco y, combatiremos en ese lugar. En cuanto a ustedes, comandante, me es satisfactorio decirles que han cumplido con la misión que se les ha encomendado; por esta razón déjennos el campo libre para que sean nuestras armas las que se enfrenten a los realistas… Ustedes deberán estar a la expectativa para caer sobre los grupos enemigos que crean conveniente y en el momento preciso, tratando eso sí, de no duplicar funciones de guerra con el ejército regular.

– ¡Bien, mi General!. ¡Si ése es su deseo; así se obrará!.

– El tiempo está amenazante. Tendremos una fuerte desventaja –intervino el jefe del Estado Mayor.

– ¡Ellos también tendrán la misma dificultad. Claro que están más acostumbrados que nosotros, pero igual, tenemos que enfrentarles.

– Entonces, es imperativo el detallado estudio del terreno que seguramente ellos conocen como la palma de su mano –dijo categórico el ingeniero, capitán Althaus.

– ¡Eso, sí!… ¡eso sí!… pero tenemos que efectuarlo inmediatamente. Para realizar la exploración me acompañarán el teniente coronel Manuel Rojas, el mayor Juan Lavalle; el capitán Althaus, en su calidad de ingeniero; el comandante Camilo Mier, como guía, ya que siendo oriundo del lugar lo conoce a la perfección; y un escuadroncillo de granaderos.

– ¡A las ordenes mi general! –respondieron al unísono los aludidos.

– ¡¡Arrópense adecuadamente!!… ¡¡la lluvia está a llegar!!.

A las tres de la tarde, cuando los relámpagos fulguraban el ambiente de incontenible lluvia, partieron a estudiar el terreno. Nada les arredró. Comandados por el general Arenales, recorrieron palmo a palmo todo el tramo que media entre la Villa de Pasco y la ciudad minera del Cerro de Pasco. Nada se dejó al azar. Tomaron nota de toda la planicie,  depresiones, farallones, elevaciones, cortaduras; roquedales que pudieran servir para tender una celada; de todo aquello que pudiera ser utilizado en el combate. Ya cerrada la noche, retornaron empapados, pero imbuidos de seguridad y confianza para el combate del día siguiente.

Aquella noche, cuando los truenos y relámpagos dejaron de estremecer los cielos, la lluvia dio paso a una silenciosa nieve que toda la noche estuvo cayendo. El níveo silencio de su blancura, acunó el sueño de los libertadores.

EL ITINERARIO DE NUESTRA LIBERTAD (01)

SOLDADOS DE LA LIBERTAD

Jurada la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata el 9 de julio de 1816, quedaba sellada la libertad de la República Argentina. En el resto de América los realistas habían logrado sofocar la insurrección. Si bien la revolución Argentina no tenía enemigos dentro de sus fronteras, dos poderosos ejércitos realistas la amenazaban: uno de Chile y otro desde el Alto Perú. San Martín había percibido claramente esta amenaza y sostenía que el poder realista terminaría una vez que todos los españoles hubieran sido arrojados del territorio americano. No antes. Por eso cruzando los Andes llegaría a Chile, y después de libertarlo, pasaría al Perú por vía marítima para hacer lo mismo.

Así lo hizo.

Antonio

Después de cruzar los Andes en odisea inigualable, invade la Capitanía General de Chile y, el 12 de febrero de 1817, derrota a las fuerzas realistas en la célebre batalla de Chacabuco. Al cumplirse el primer aniversario de aquella batalla -12 de febrero de 1818- jura solemnemente la independencia de Chile. El resto del ejercito realista, decide enfrentarse a las fuerzas patriotas en la Batalla de Maipú, el cinco de abril de 1818. En la contienda triunfa el Ejercito de los Andes y, arroja definitivamente a los españoles del territorio Chileno.

El 19 de agosto de 1820, zarpa del puerto de Valparaíso hacia el Perú y al amanecer del 8 de septiembre desembarca en la bahía de Pisco. Desde aquí, San Martín decide destacar una columna volante al interior del país para que en marcha de circunvalación despertase el espíritu revolucionario en las provincias, reconociera la ciudad y se diese cuenta de sus recursos y ventajas militares; que efectuase una atinada división para que las fuerzas situadas a la distancia concurriesen a engrosar al ejercito de Lima; desconcertara de este modo los planes del enemigo ocultando los propios; y por último, buscase la integración con el grueso del ejercito por el norte tras destruir las tropas que encontrara a su paso. El jefe indiscutible de esta empresa no podía ser otro que el General Juan Antonio Álvarez de Arenales. Sus notables cualidades de mando, su experiencia en la guerra de montaña y la popularidad de su nombre en el Alto Perú, lo señalaban de antemano.

San Martín le ordena atacar sin pérdida de tiempo a la división enemiga que el Virrey había destacado sobre Pisco para replegarse a Ica y luego penetrar en la sierra para posesionarse de Huancavelica y Huamanga dirigirse a Jauja y establecer allí el cuartel general de la división. Debería fomentar la independencia en todas estas provincias y cubriendo todas las avenidas de la sierra hacia Lima, avanzar un destacamento hasta Tarma. Se le recomendaba mucha humanidad para con los enemigos de la independencia y para con los españoles europeos.

La división expedicionaria se componía de los Batallones Números 11 de “Los Andes” y el 2 de Chile al mando del Mayor argentino Ramón Antonio Deheza y del Teniente chileno Santiago Aldunate; dos piquetes de granaderos y, cazadores a caballo, formando un escuadrón bajo las ordenes del mayor argentino Juan Lavalle y el teniente paraguayo Vicente Suárez; dos piezas de cañones y 25 artilleros al mando del capitán Hilario Cabrera. Fue nombrado jefe del Estado Mayor, el teniente coronel argentino Manuel Rojas que había hecho sus primeras armas contra las invasiones inglesas al Río de la Plata, militando con distinción en las campañas del Alto Perú.

El 4 de octubre, sale Arenales de Caucato y atravesando sus arenales hace su ingreso en Ica el 6 de octubre. El pueblo presidido por su Cabildo, sus autoridades civiles y eclesiásticas, se vuelcan a las calles a vitorear al Ejercito Patriota. Pocas horas antes, el jefe colonial Quimper, había abandonado la ciudad perseguido por las fuerzas patriotas que lo derrotaron en la refriega de Chancaillo, el 15 de octubre. El 21 del mismo mes, contando con el apoyo del pueblo y por disposición de Arenales, el Alcalde de la ciudad, Juan José Salas, jura la independencia de Ica. Aquel mismo día, continuó su viaje a la sierra dejando al cuidado de la ciudad al Mayor Félix Aldao. En la ruta a Huancavelica, los campesinos del lugar saludan al ejército patriota con aclamaciones, tamboriles y quenas.

El 31 de octubre de 1820, llegan a Huamanga, siendo objeto de un  recibimiento mucho más apoteósico que el de Ica y Huancavelica. La jura de la independencia de Huamanga se realiza días más tarde, con Te Deum, parada militar, repique de campanas, bailes populares y demás manifestaciones de contento ciudadano. De Huamanga, partió a Huanta el 6 de noviembre y de allí, cruzó el puente Mayoc evitando el de Izcuchaca donde los realistas lo esperaban. Siguió por Tayacaja a Huancayo. Desde allí ordenó la persecución del intendente de Huancavelica que huía por Jauja, lugar en el que Lavalle dispersó a los coloniales el 20 de noviembre. De Jauja manda al comandante Rojas en el Batallón No 2 para que ocupe Tarma. Se apoderan de aquella ciudad el 23 de noviembre, con el apoyo de Francisco de Paula Otero, tomando un buen parque de armas que pasa a manos de los montoneros. El 28 de noviembre, en marco de solemne celebración, se jura de independencia de Tarma

Una referencia puntual a las fechas de juramentación que antecedieron a la ciudad minera es la siguiente:

En las Villas de Supe, Huarmey  y Casma, en 1919.

En la ciudad de Ica, el 21 de octubre de 1820.

En la ciudad de Huamanga, noviembre de 1820.

En la ciudad de Huancayo, el 20 de noviembre de 1820, en ceremonia que se llevó a cabo en un tabladillo erigido en la Calle Real, a la altura de la Plaza Huamanmarca. Álvarez de Arenales que ese día había hecho su entrada triunfal presidió el acto. Los primeros que juraron fueron el coronel de milicias Marcelo Granados (ese día asumió el cargo de Gobernador), el Cura Coadjutor don Estanislao Márquez y el Escribano Juan de Dios Marticorena.

En la ciudad de Jauja, el 22 de noviembre de 1820.

            En la Villa de Huaura, el 27 de noviembre de 1820.

            En la ciudad de Tarma, el 29 de noviembre de 1820.

De Huancayo, Arenales, que había recibido vivas muestra de aprecio y adhesión de los pobladores,  partió al Cerro de Pasco, escenario definitivo de la gloria.

Enrique Bustamante y Ballivián.

Este notable peruano que residiera en nuestra ciudad en calidad de Prefecto del Departamento de Junín, murió en la ciudad de Lima ante la consternación del mundo intelectual.

Había nacido en Lima el  20 de noviembre de 1883. Hijo del poeta Enrique Bustamante Salazar y de doña María Josefa Ballivián y Jaimes. Inició sus estudios en el colegio jesuita de la Inmaculada de donde fue al José Granda para luego pasar a la Escuela de Ingenieros en 1902, de donde tuvo que retirarse por la rigidez de las formulas matemáticas, consagrándose entonces al periodismo. Colaboró en, “La Prensa”, “Opinión Nacional”, y “La Nación”. En compañía del compositor Daniel Alomía Robles realizó giras por Sudamérica. En Cuba alcanzó tres premios poéticos que lo encumbraron como poeta. Llegó a ser Prefecto del departamento de Junín en el año de 1923. Su estadía en nuestra ciudad sirvió para aumentar la creación poética de nuestros artistas del verso, pero, fatalmente al años siguiente partió a Arequipa para ocupar su Prefectura. A partir de 1935 se desempeña como encargado de negocios en el gobierno de Brasil, luego a Uruguay y finalmente plenipotenciario en Bolivia. Caído Leguía se dedicó a labores editoriales. Falleció el 1º de febrero de 1937 en la ciudad de Lima.

Otra nota cronológica da cuenta de la muerte del que fuera Prefecto del departamento de Junín, coronel Octavio Negrete, también del que ocupara el mismo cargo en otra oportunidad,  Manuel P. Villanueva.