EL TÚNEL DE LA LIBERACIÓN (Segunda parte)

f0022393_2027575Por su parte, las esposas de los obreros, atormentadas por la ausencia prolongada de sus maridos comenzaron a inquirir de las autoridades y, cuando nada consiguieron, reunieron un dinero y cuatro de ellas viajaron a Puno. No encontraron nada. Esto los alarmó grandemente. Los mismos periódicos hicieron eco de los reclamos. La República decía: “Las esposas de la mayoría de los 24 mineros que abrieron los túneles que permitieron el asalto militar a la casa del embajador japonés en Lima, y la Federación de Trabajadores de la empresa Centromín Perú, denunciaron que no ven a los obreros desde hace cuatro meses.

 

María Luz Huamán, cuyo marido trabajó en los túneles y al que no veía desde la primera semana de enero, reclamó al gobierno que permita a los mineros volver a sus casas, pero el congresista Carlos Blanco Oropeza, uno de los ex cautivos, dejó entrever que el gobierno estaba “protegiendo” sus vidas. El gobierno no se pronunció hasta hoy sobre el paradero de los mineros, cuyas edades oscilan entre 30 y 35 años.

 

La señora Huamán relató que los mineros dejaron sus casas la primera semana de enero para realizar una “acción cívica de apoyo a mineros sepultados por un derrumbe en el Departamento de Puno, en el sudeste andino de Perú, fronterizo con Bolivia”.

 

A diferencia de Huamán, Victoria Uzuriaga, esposa de otro de los mineros, dijo que ella y otras tres mujeres fueron trasladadas por militares a “un lugar desconocido” para encontrarse con sus esposos, y afirmó no saber si alguno de los mineros murió en los trabajos. Los mineros trabajaron diariamente en grupos de ocho personas y en tres turnos para abrir las galerías bajo la residencia y habilitarlas de luz eléctrica y ventilación”.

Las autoridades de Lima, para atenuar la angustia de las compañeras de los obreros, les permitieron que escribieran sendas cartas pero con la prohibición total de no revelar el lugar de su estadía y menos aún la misión que estaban cumpliendo. Es más, fletaron un Antonov y condujeron a las mujeres a Pisco donde se encontraron con sus maridos. Esto atenuó la angustia de las mujeres. En cuanto a los mineros, no obstante estar acostumbrados a las altas y bajas temperaturas que se experimentan dentro de la mina, los agobió la humedad limeña que los dejaba exhaustos. Así comenzaron a avanzar en la construcción del túnel. El más extenso y principal de los cuatro que se hizo, tenía una extensión de 128 metros de largo y cuatro bocas de salida para el asalto final. Comenzaba en la calle Marconi 255 y conducía a la terraza por donde salieron los rehenes confinados en el dormitorio del embajador. Las tres restantes iban al jardín derecho y por ahí entraron los comandos. Dos metros antes de la boca de salida, se abría un ramal de 60 metros que pasaba por debajo del salón principal, el comedor de gala y la cocina. Los otros dos túneles eran de menor extensión. Veinte metros cada uno. Por ahí ingresaron los comandos a la parte posterior de la mansión desde donde evacuaron al resto de rehenes del segundo piso.

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Cada uno de los túneles tenía una profundidad de cuatro metros, una altura de un metro sesenta y un anchura similar. Para no errar en la dirección, cada cierto tramo, desde el socavón sacaban una varilla de metal y, desde una de las casas, el ingeniero responsable con unos binoculares verificaba el rumbo preciso. Una vez sintieron que, desde fuera, la varilla era movida de un lado a otro. Creyeron haber sido descubiertos pero felizmente era un gato juguetón que al ver la varilla se había puesto a jugar.

Diariamente de esa sauna asfixiante sacaban la tierra en unos carritos que corrían por un  riel hasta el comienzo del túnel. Allí sus compañeros procedían a su embolsado y lo sacaban al jardín. En la madrugada los cargaban en furgones de la policía para dejarlos en un descampado. Partían desde Marconi a Javier Prado, la vía expresa, a la avenida Bolognesi de Barranco. Eso diariamente. La madera para el encofrado del techo y las paredes del túnel, llegaban ya cortados con dimensiones dados por el jefe de la obra.

El ingreso al túnel principal era de un metro, resguardado con madera y cemento suficiente para el ingreso de un hombre armado. Una escalera de madera permitía el descenso a cuatro metros de profundidad. Abajo, la altura era de un metro sesenta. Se podía avanzar inclinado. A siete metros de la entrada se hizo una oficina con mesa de trabajo, seis sillas, tres pizarras, fluorescentes y ventiladores para atenuar el calor.

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