La llegada de Haya de la Torre

tema-victor-raul1El 9 de agosto de 1945, las calles del Cerro de Pasco eran  pujantes ríos de vida. Los compases estridentes de los cachimbos atronaban calles y plazas. Gentes venidas de todos los confines con carteles, pancartas, banderas, pitos, matracas y cohetes –muchos cohetes- se dieron cita en la vieja ciudad minera. El doctor José Luis Bustamante y Rivero, aliado del Partido Aprista, acababa de asumir la primera magistratura de la nación duplicando votos: trescientos mil contra ciento cincuenta mil del General Eloy G. Ureta, su contendor. Todavía estaba fresco en la mente del populacho lo ocurrido el 28 de julio en el Congreso. En primera fila los flamantes Ministros de frac y fajines bicolores. A las tres de la tarde, el doctor José Gálvez, con paso cansino, crecida barba cana y cansados ojos miopes protegidos por gafas de aro dorado, ocupaba el sillón central en el estrado en medio de ensordecedores aplausos. De inmediato se formaron las comisiones de anuncio y recibo del Presidente. Cuando se aprobó por unanimidad el proyecto de Ley de Amnistía General, la ovación de la multitud puesta de pie no se hizo esperar. La ley se firmó en ese momento. El Presidente Prado entró en el Congreso escoltado por la Comisión Parlamentaria,  leyó su mensaje y tras despojarse de la banda, se la puso al Presidente del Senado para bajar  convertido en ciudadano común y corriente. El flamante Mandatario  subió al estrado, y recibió la banda presidencial de parte del Presidente del Senado. La sala, se puso de pie para entonar el Himno Nacional. Fue un momento muy impresionante. Ha pasado poco tiempo de aquel acontecimiento. El día de la visita del jefe del partido aprista, el español Merino y Ruiz ha vendido centenares de pañuelos blancos; el pueblo cerreño está de fiesta. Cuando el compañero jefe apareció acompañado de su comitiva en coche descubierto, ya millares de hombres, mujeres y niños habían colmado las orillas de las calles con  banderas peruanas,  pañuelos blancos y  gritos de entusiasmo desbordante. Destacado trabajo de los disciplinarios. Cada grupo ocupaba su emplazamiento ordenadamente, estremeciendo las calles con arengas y maquinitas; a lo largo del recorrido se habían colocado estratégicamente a las bandas de música. De las ventanas, mujeres cerreñas, arrojaban pétalos de flores y, palmas apristas traqueteaban el ambiente fiestero. Una disciplinada doble columna de estudiantes y delegaciones pueblerinas aledañas, hacían multicolor calle de diez kilómetros, desde Yanamate hasta la ciudad minera por donde pasaba el compañero jefe. Los rudos mineros vitoreaban al visitante gritando sus esperanzas, “Carajo, machazo como es, va a cuadrar a los gringos y sus alcahuetes y nos va aumentar el salario”. Sus mujeres hacían lo propio: “Víctor Raúl va hacer aparecer azúcar y arroz en abundancia; el pan va a bajar de precio; papacito, compañerito, Víctor Raúl”. Cuando, venciendo el soroche, se aclaró la voz para hablar, un rugido ensordecedor invadió la plaza y el aplauso unánime conmovió las estructuras para luego sumirse en atento silencio receptor.

— ¡¡¡ Súper hombres….!!!- la plaza se agazapó en un contagioso silencio sorprendido. Pensaron… “Oh… ¿Qué pasó con el compañero jefe…?. Todos quedaron sumidos en un silencio de extrañeza.    ¿Súper hombres…?

— ¡¡¡Porque se necesita ser superhombres para vivir en estas alturas y extraer las riquezas que mantienen a nuestro Perú…!!! ¡¡ Ustedes, ustedes son súper hombres…!!! Ahhh los aplausos y vivas aclamaron al compañero jefe que, mago de la palabra, siguió perorando y, entre otras cosas dijo: “Lo que hemos hecho, es sólo la primera parte. Queda mucho por hacer. Hemos devuelto la libertad al pueblo peruano, la legalidad al Apra y abierto un diálogo que parecía imposible hace un año. La dictadura cayó naturalmente. Fue preciso dar un claro ejemplo de renunciación al poder, pero es necesario mencionar que sin el poder, no se puede adelantar un ápice en el camino de las reivindicaciones de un pueblo y menos realizar  un programa  tan profundamente renovador como el nuestro. Debemos ser firmes y cautos, compañeros, debemos desterrar la violencia. Tenemos mucho por estudiar, reflexionar, dialogar y decidir. A partir de ahora tendrá vigencia el perdón y olvido a lo pasado. Pero lo que nunca deben olvidar ustedes, es que somos un partido de pobres. “El poder sensualiza”. – Los aplausos, los huaynos mineros ejecutados por la banda de músicos que todo el mundo cantaba y las vivas, daban tregua al compañero jefe para que pudiera tomar aliento y continuar con su mensaje-. “El Frente Democrático no es uniforme. Nosotros representamos un movimiento auténticamente peruano y social. Nuestros aliados en su mayor parte difunden intereses personales. El Presidente Bustamante tendrá que adoptar cualquier día una decisión irremediablemente desagradable a buena parte del frente. ¿Por cuál decidirá?”… El pueblo estaba loco. Los gritos, las maquinitas, la fanfarria, daban vida a aquel encuentro entre un pueblo desarmado y lleno de esperanza que creía en el líder que los visitaba.

 

Más tarde, en el escenario del Estadio Municipal  convertido en un manicomio por el entusiasmo desbordante de las gentes, se oyó la voz clara y bien timbrada de una extraordinaria mujer cerreña, Clara Coz de Vizcarra, que entre aclamaciones explicó al visitante cuáles eran los problemas que agobiaban a la mujer cerreña, pidiéndole abogue por la solución de los mismos; pocas veces se escuchó una ovación como aquella que el pueblo brindó a la oradora,  invitada de inmediato a pasar al lado del líder nacional. Siempre en ese ambiente de fiesta democrática popular, Haya de la Torre soltó toda la confesión de sus sueños. Había un  marco de  sumisa aceptación de quienes esperaban mucho. Habló con inusitado brío para reivindicar la propiedad nacional de las riquezas del subsuelo a la vez de exigir la meticulosa revisión de las concesiones petroleras, condenando los enclaves capitalistas extranjeros en nuestras minas del Cerro de Pasco y en Talara. Puso énfasis en propiciar la incorporación del indio a la sociedad, la instauración de una adecuada reforma agraria. “Eso sí –afirmaba-, no queremos quitar la riqueza a quien la tiene, sino crearla para el que no la tiene”. Auspiciaba el reconocimiento de los derechos de la mujer peruana que todavía se hallaba marginada; consideraba de imperiosa necesidad la creación de dos Ministerios motores para la transformación del Perú: el de Educación y el de Trabajo; propiciaba una regionalización que liberara a los pueblos que se estaban asfixiando de centralismo, la igualdad de todos los hijos ante la ley, el seguro social, el salario mínimo vital, la protección de las madres obreras que trabajan, la profesionalización de la fuerza armada, el acatamiento de los militares al sistema democrático; invocaba finalmente la solidaridad de todos los pueblos del mundo, especialmente de Indoamérica. El desfile de los comités asistentes fue tan extenso y emotivo que sólo concluyó al cerrase la noche. Desde aquel momento aumentaron los apristas en la ciudad minera.

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