El inicio de las luchas gremiales

luchas gremialesDespués del asesinato de los dos héroes mineros en Unish, se suceden otros  acontecimientos netamente laborales. El primer período se inicia con la fundación del Sindicato Minero de Morocha a raíz de la huelga de octubre de 1929. Comienza la vida organizada del sector minero con la creación de numerosos sindicatos: Cerro de Pasco, la Oroya, Goyllarisquizga, Mal Paso y Casapalca. Llega a su punto culminante  con el Congreso Minero que se realiza en noviembre de 1930 en la Oroya donde asistieron 61 delegados en representación de los más de 20,000 obreros mineros. Por su parte, Sánchez Cerro, temeroso que el Congreso se convirtiera en arma de agitación política, decide impedirlo y apresa a los delegados mineros después del mitin de inauguración para luego enviarlos presos a Lima.

Las protestas no se hacen esperar. En la Oroya detienen a dos norteamericanos en calidad de rehenes para lograr la libertad de sus delegados detenidos. Triunfan. El gobierno libera a los presos pero por tratar de impedir el triunfal recibimiento, el 12 de noviembre de 1930, en una carnicería sin nombre mata a 23 obreros en el puente de Malpaso. En esa ocasión también mueren 2 extranjeros.

La Confederación de Trabajadores del Perú anuncia un Paro General en apoyo de los trabajadores mineros, textiles y otros gremios en conflicto. El gobierno prohíbe el paro, declara la disolución de esa central obrera el 12 de noviembre de 1930 y declara en Estado de Sitio los departamentos de Lima y Junín.

Los obreros, en respuesta al veto, venciendo todo tipo de dificultades,  realizan su Congreso. En él analizan el problema laboral y político y convencidos que eran los que más sufrían las consecuencias de la situación con masiva desocupación, determinan incorporar a su central a los centros petroleros, mineros de Quiruvilca, Shorey  y otros con el fin de conseguir una verdadera y sólida organización nacional.

A partir de entonces, tensa represión sufrió el movimiento obrero minero conjuntamente con el proletariado nacional de parte de los sucesivos regímenes. Esos años disolvieron la C.G.T.P, y el Partido Comunista. El APRA, pasa a la clandestinidad. La lucha es soterrada pero continua hasta que en 1939 resurge el movimiento sindical obrero con el gobierno de Manuel Prado y Ugarteche.

Haciendo uso de la libertad que gozaban, en 1944, los dos más poderosos partidos políticos del Perú deciden formar la CENTRAL DE TRABAJADORES DEL PERÚ (CTP). Al año siguiente, dicha central pasó a ser controlada por los apristas.

La llegada a la Presidencia de la República del Dr. Bustamante y Rivero con mayoría parlamentaria aprista, significó un adecuado marco político para la organización sindical minera en vista que el partido aprista había asumido en gran parte la dirección política de sus gremios.

Fue a partir de 1946 en que se dio repunte a la organización obrera  cuando se crearon los sindicatos mineros del Cerro de Pasco, Casapalca, Morococha, Yauli, Oroya, Mahr Túnel, Goyllarisquizga y, en 1947, los de Atacocha y Vanadium Corporation. Estos sindicatos fueron legalizados oficialmente a diferencia de los que habían sido fundados el treinta, disueltos o no reconocidos por la empresa.

En 1947 se organizó la Federación de Empleados de la Cerro de Pasco Corporation, la primera que aglutinó a los sindicatos de una empresa matriz. Esta Federación no participó activamente en la lucha minera en razón que recibía mejor trato de la empresa.

Por estos días se reactiva la Federación de Trabajadores Mineros del Centro que se afilió a la Central de Trabajadores del Perú.

MELCHOR GAMARRA Y SANTIAGO BUENDÍA Los primeros héroes del trabajo

primeros heroesTranscurría el cuarto año del siglo pasado. Los tentáculos de la Cerro de Pasco Mining Company, compañía norteamericana, comenzaban a dilatarse por toda la sierra central. El tendido del ferrocarril La Oroya-Cerro de Pasco, sinuosa columna vertebral de la Meseta de Bombón, llegaba a su fin. Se había establecido la Estación de Unish, correspondiente a la Villa de Pasco, a quince kilómetros de la ciudad minera. El valioso servicio que estaba llamado a cumplir consistía en el transporte masivo del mineral cerreño al embarcadero del Callao, y de vuelta,  la conducción de maquinarias y herramientas para el trabajo en los socavones. La expectativa que había despertado la obra era mayúscula.

Iniciado el tendido de rieles en el pasaje de “Shinca Machay” con ochenta obreros, requirió el concurso de miles después; la mayoría, campesinos de todo el centro serrano de nuestra patria. Estos hombres trazaban la ruta, apisonaban la tierra, reforzaban el tramo, enterraban los equidistantes durmientes de pino y tendían los paralelos raíles por donde, a manera de vasos comunicantes, discurrían las riquezas de las minas cerreñas.

Las luces aurorales de los páramos los sorprendía al inicio de las diarias jornadas; el frío inclemente que agarrotaba sus músculos era sucedido por repentinos chubascos que se convertían en violentas trombas de agua que los empapaban; en otros casos, cellisca y granizo, con tempestades eléctricas que desataban rayos y truenos espasmódicos, destellando el yermo con fogonazos de luz escalofriante. En estos casos la vida pendía de un milagro. En los meses invernales, la nieve  borraba los trazos cubriendo de blanco la ruta; y en días serenos lejanos al invierno, el tímido sol alumbraba el escenario en tanto un vientecillo silbante y fino, estremecía sus carnes tostándoles los rostros cobrizos, oscureciéndolos más; sus manos ateridas manipulaban fierros y palancas al compás de broncos gritos de concertación. Ya entrada la noche, cuando las sombras comenzaban a devorar las inmensidades, exhaustos, como autómatas, dejaban las herramientas. Habían trabajado doce inacabables horas. Nadie podía decir nada. Los obreros estaban prohibidos de asociarse, de reclamar, de hablar.

Este duro trajinar que debían sobrellevar con hombría y entereza, se agravaba con el abusivo trato que jefes norteamericanos en contubernio con sus incondicionales aliados, jefes y capataces peruanos, les dispensaban. Así, entre otros, el jefe del último ramal ferrocarrilero, Zachary Doolan, aprovechando de su condición de jerarca, respaldado por su talla descomunal, anchas espaldas y una cohorte de guardaespaldas, trataba con censurable desprecio a los obreros del tramo, muchas veces humillando sus espaldas con una fusta de cuero que siempre llevaba consigo. Es más. Efectuaba descuentos  antojadizos y abusivos sin respetar la puntualidad de los pagos, la mayoría de los cuales con vales sin valor real.

El incalificable atropello, sin embargo, había logrado generalizar la indignación que bullía en los corazones obreros. El abanderado de estos sentimientos era Melchor Gamarra: el coraje, convertido en líder. Encarnaba como nadie, el tipo de hombre de estas tierras. Lo admiraban por su jovialidad y sencillez, por su estruendosa risa chola restallando fácilmente, por su noble corazón, franco en el afecto y recio en la disciplina; sus palabras cálidas eran el evangelio para los peones de la ruta. Su nombre animaba a los operarios en el trabajo donde era el primero. Acompañado de su infaltable guitarra, improvisaba versos hermosos dedicados a su tierra amada: el Cerro de Pasco.  De duras facciones, alto, recio, de torso poderoso que su poncho de vicuña agrandaba, era el enérgico defensor de sus compañeros. Su voz bronca se había alzado en infinitas oportunidades para reclamar por los abusos de los jefes; por eso  había atraído sobre sí el oído de los prepotentes y abusivos, que esperanzados, abrigaban la oportunidad de deshacerse de él. Cuando los obreros se hallaban sumidos en este mundo de tensión y zozobra; de encontrados intereses y pasiones desbocadas, ocurre un doloroso accidente.

Era el domingo 12 de junio del año de 1904.

Aquella mañana llegaba a la estación de Unish, un tren de carga de La Oroya con destino al Cerro de Pasco. Sobre desprotegidas plataformas transportaba una cuadrilla de peones del campamento de Uco con sus mujeres e hijos. La locomotora,  conducida por el déspota Zachary Doolan, ora aceleraba rauda, ora frenaba bruscamente, haciendo caer a los pasajeros que no podían mantenerse en pie. Su temeridad llegó al extremo de acelerar imprudentemente al entrar en una zona de cambios sin que éstos hubieran sido efectuados. La desastrosa consecuencia fue el violento descarrilamiento de las tres plataformas que fueron a caer a la vía. Hombres, mujeres y niños, arrojados muy lejos del lugar, quedaron completamente mal heridos, muchos de ellos, inconscientes. El chirrido de las chispeantes ruedas y el estruendo de la caída de las plataformas, convocó con vertiginosa prontitud a los hombres que desde el andén habían visto la temeraria maniobra de Doolan.

Inmediatamente proceden a atender a las víctimas. Ninguna padece como Candelaria Apaza, compañera de Melchor Gamarra; con ella, sus tres hijas: Zenaida, Orfelinda y Margarita que, no obstante sus heridas, rodean solícitas a doña Josefina Peña, madre de Melchor. La pobre anciana, casi baldada por el reumatismo, tiene una seria herida en la frente y una fractura en el brazo.

Los lastimeros quejidos de los heridos se ha trastocado en rabiosa indignación. Temblorosos de ira contenida increpan a grandes voces la conducta del jefe norteamericano. La Melchor Gamarra, herido en lo más profundo de su alma, cruza, iracundo, varias sonoras bofetadas en el rostro del yanqui que queda estático sin saber qué hacer. Ha sido suficiente. Los otros obreros la emprenden a puntapiés y a puñetes contra el gringo que ha demudado de color.

A los desesperados gritos del norteamericano, ha acudido con presteza el vigilante de la Estación: Cecilio Salazar, que ciego de ira procede a castigar a los hombres con un zurriago que usa para azotar a los obreros. Los peones le arrebatan látigo y, bajándole los pantalones, flagelan sin misericordia sus carnes descubiertas. El norteamericano, preso del terror, ha huido y desde unos barracones a donde llega a refugiarse, envía a dos jinetes para que pidan auxilio a las autoridades cerreñas.

En el campamento, gritos unánimes estremecen el escenario. Los hombres de la ruta vivan emocionados a Melchor Gamarra. Las manos tiemblan coléricas de emoción, los ojos llamean desafiantes. Cada uno de aquellos hombres que hace un momento estaba compungido y azorado sólo anhelan seguir a su líder. Detienen a los capataces serviles de los gringos y proceden a destrozar las instalaciones del campamento en protesta por el abuso de que han sido víctimas.

Las horas han transcurrido raudas cuando en medio del griterío, una voz alarmada acalla a las demás:

— ¡¡La caballería!!… ¡¡la caballería!!

Delante de un grupo de hombres armados llegan, el subprefecto, Enrique Frías y el Inspector Policial de Unish, Agustín Bustamante, comandando el piquete de doce hombres de la Guardia Civil. Se han sumado al grupo, los ingenieros Donald Harrison, Wilhelm Hartmann, William Higgin y George Frott, seguidos de  diez hombres más. Todos están muy bien armados. Sofrenan sus cabalgaduras en medio de una nube de polvo y la voz retadora del subprefecto restalla en los fieros rostros de los obreros:

— ¡¡¡Qué pasa aquí, carajo!!! – las palabras estallan como bofetadas en el rostro de los peones. Estos, con la indignación en los ojos, se arremolinan en derredor de los recién llegados.

— ¡¡¡He preguntado que quién es el causante de todo esto!!!

— ¡Yo! – la voz decidida de Melchor Gamarra ha originado un silencio expectante.

— ¿Ha sido Ud. capaz de originar semejante motín?

— Sí.

— ¿Por qué, so indio atrevido?

— Porque estos gringos abusivos han herido gravemente a nuestras mujeres e hijos…

— No venga usted con cojudeces, carajo… ¡Ha sido un accidente!

— ¿Usted lo ha visto?

— No, pero…

— Entonces no puede opinar al respecto. Es necesario que alguna vez nos escuche a nosotros los peruanos. Necesitamos que alguien haga justicia en este lugar.

— No les haga caso, señor subprefecto. Estos hombres son unos levantiscos y atrevidos. Los jefes no son abusivos. Son buenos. Yo conozco a mister…-¡Fuera!, ¡Silencio!, ¡Vendido!… ¡¡Vende patria!!… las voces obreras cortan las frases del Inspector Policial de Unish que, acomodaticio y minúsculo, aboga por sus amos.

— Digan lo que digan, jamás permitiré una asonada – grita el subprefecto- ¡no voy a escuchar a unos vulgares indios atrevidos! ¡Todos irán a secarse a la cárcel!

Fue suficiente.

Los hombres indignados proceden a apedrear a las autoridades; en respuesta, de la boca de los máuseres una nutrida lluvia de plomo los hace huir en busca de parapetos y escondites de donde arrojan piedras, palos y toda clase proyectiles.

La lucha es desigual.

Iracundos y ágiles como jaguares, los peones, van rodeando a las autoridades, cerrando el cerco poco a poco.

Aprovechando la confusión en filas yankis, arrebatan sus armas a dos policías y a culatazos los dejan tirados, sin sentido. Comienzan a disparar sorprendiendo al enemigo que huye a campo traviesa hasta la Villa de Pasco. El norteamericano Peroy Boyd, armado de una carabina y atrincherado en un lugar estratégico, cubre la retirada de sus parciales.

Cuando ya parecía inminente el triunfo de las fuerzas rebeldes, un pelotón de veinte policías armados, enviados por el secretario de la subprefectura, irrumpe en el escenario. El jefe es el tránsfuga Zachary Doolan, que rehecho de su cobardía, va delante del grupo. Al entrar galopando en el centro del campamento, un acertado balazo hace caer al malvado con el hombro destrozado. La balacera es general entre las dos fuerzas. Sólo dos fusiles rebeldes, parcos pero diestros, mantienen en jaque a los extranjeros. En medio de la desigual trifulca, logran desarmar a dos guardias pero la superioridad numérica del armamento se hace sentir. En un instante, han caído seriamente heridos los peones Manuel Rojas, con un tiro de rifle en el hombro y Calixto Sánchez, con la pierna astillada de un balazo. Las descargas son continuas, y en muchos casos, acertadas. Santiago Buendía, lugarteniente de Gamarra, tiene partida la frente; se sostiene la cabeza con las manos; rostro y vestiduras, están ensangrentados. Parece una marioneta tambaleante; se ladea a la izquierda y derecha; se inclina fuertemente hacia delante y luego se sacude hacia atrás. En los umbrales de la inconsciencia, su indómito valor le exige a seguir luchando. Camina un largo trecho y, luego, rendido, cae débil y exangüe.

Durante todo ese tiempo, el tiroteo ha sido continuo, un tropel más de hombres venidos del Cerro de Pasco, como fantasmagóricas apariciones, arremeten contra los obreros que se defienden valientemente. En un instante de dramáticos contornos, los fusileros norteamericanos, pie en tierra, hacen una cerrada descarga que destroza al generoso corazón del caudillo cerreño. En ese momento, la lucha termina. Los bravos peones al ver la muerte de Melchor Gamarra, comienzan a huir para salvar sus vidas. Lo propio hacen las mujeres y los niños. Los pocos combatientes que quedan luchando o heridos, son hechos prisioneros.

A la llegada del Superintendente de la compañía norteamericana, Dennis Blackford, el Juez de Turno levantó un acta consignando la muerte de los obreros Melchor Gamarra y Santiago Buendía así como de todos los heridos. Por expresa aprobación del Juez, del Prefecto, del Subprefecto y demás autoridades del gobierno, aquella misma tarde los hombres maniatados y ensangrentados fueron despedidos del trabajo y recluidos en la cárcel del Cerro de Pasco.

Estuvieron encarcelados cuatro años. Al final, salieron con la frente alta. A la puerta de la cárcel, estaban esperándolos sus compañeros de lucha con banderas y pañuelos en alto. En todo ese tiempo no los habían olvidado. Era gente cerreña, gente brava e indomable que con Melchor Gamarra a la cabeza, había peleado franca y valientemente por vengar una infamia y un cruel abuso. Había peleado contra los gringos, contra el gobierno, sin importarles de la clase que fuera, porque a través de toda la historia, los gobiernos sólo se acordaron de los “cholos cerreños” para bajarlos a las minas como topos, para hacerlos morir en las en la incesante saca de riquezas que otros aprovecharon. Ya era hora de que pelearan por su libertad. Ese día lo hicieron. Aquellos héroes sembraron las semillas del sindicalismo en el Perú: Melchor Gamarra y Santiago Buendía, son los primeros mártires de la lucha laboral del Perú.

Don Cipriano Proaño Malpartida El patriarca (Segunda parte)

Edificio  de la Escuela de Patarcocha, edificado con el trabajo generoso y admirable de nuestro patriarca, don Cipriano Proaño Malpartida y la colaboración de generosos ciudadanos cerreños. Es el monumento a la reivindicación cultural de la ciudad más alta del mundo, por eso ostenta su egregio nombre
Edificio de la Escuela de Patarcocha, edificado con el trabajo generoso y admirable de nuestro patriarca, don Cipriano Proaño Malpartida y la colaboración de generosos ciudadanos cerreños. Es el monumento a la reivindicación cultural de la ciudad más alta del mundo, por eso ostenta su egregio nombre

Entre otras cosas, en el discurso correspondiente, “Don Shipico”, dijo: “ El 2 de febrero de 1934, yo y el distinguido núcleo de ciudadanos que fuimos honrados por el Poder Ejecutivo para formar el Concejo Provincial, asumimos el delicado cargo jurado por nuestra Patria y por nuestro honor, hacer todo lo que estuviera en nuestras manos en bien de la colectividad. Por eso nos percatamos de que una de las mayores necesidades de la población, era una casa – escuela propia para varones. El deber cívico nos llamaba a una acción inmediata. No teníamos dinero, pero teníamos fe en el propósito. Nuestra iniciativa fue prontamente conocida por el público y no se dejaron esperar las palabras de estímulo. El primer contingente lo recibimos de las señoras Rosa Coz de Lugo y Carmen Méndez de Proaño que pusieron a nuestra disposición la suma de S/. 1,173.66 que perteneció a la fenecida Asociación Caritativa del Perpetuo Socorro. Este fue el dinero base para la obra que emprendíamos. Por otra parte, el Director, cuerpo docente y alumnado de entonces, iniciaron el trabajo de traslado de piedras para las bases de la obra. Los distinguidos ingenieros Ernesto A. Bertl y Luis Cáceres Flores, han dirigido con entusiasmo cívico, voluntad patriótica y todo desinterés económico, desde el trazado de planos, construcción de los cimientos y culminación totalmente terminada”.

            “Las atinadas gestiones de nuestro representante, señor Domingo Sotil, consiguió subsidios de la Junta Pro Desocupados por S/. 46,000.oo, Ministerio de Educación Pública, por S/. 5,000.ooo y Ministerio de Hacienda, por intermedio de la Oficina Matriz de la Caja de Depósitos y Consignaciones, con el aporte de S/. 5,400.oo por concepto de salarios no cobrados por los obreros mineros; el Concejo Provincial de Pasco, cooperó con S/. 2,400.oo; el señor Eulogio Fernandini, con S/. 5,000.oo; el Comité Patriótico Provincial S/. 1,061.67. También colaboraron económicamente, en  materiales de construcción, los señores: Juan Ivancovich, Aquiles Venegas, Isidoro Borcich, Daniel Oliveros, Iran Proaño, Javier Calderón, Carlos Tirado, Compañía Des Mines Huarón, César A. Proaño, Inocencio Córdova, Mateo y Cristóbal Galjuf, Nicanor Huamán, Cecilio Espinoza, Cerro de Pasco Corporation, Railway Company, Peruvian Corporation, Clementina Hetzel viuda de López y hermana, Royden Philphot, superintendente de la Cerro de Pasco. Las colonias Yugoslava y española, obsequiaron las dos puertas de fierro, y el señor Simeón García Venegas, el famoso telón de boca del escenario del Salón de Actos”.

            “Hasta la fecha ha ingresado por subvenciones y donativos: S/. 76,188.42; se ha gastado S/. 73,136.87. El saldo de S/. 3,051.55, será para pagar planillas del mes y, el resto, lo destinaremos a la construcción del nuestro Estadio Municipal”.

            “Si grande es la satisfacción por nuestros alumnos de primaria, mucho mayor tendrá que ser para los que, terminando el Quinto Año, cuenten con la seguridad de ingresar a secundaria, bajo este mismo techo. Afirmamos por nuestra parte, que este pueblo en marcha hacia mejores destinos, cumple esforzadamente su programa de engrandecimiento local y provincial, manteniendo puros los prestigios que esta tierra ha sabido conquistar gloriosamente en noble y grandes lides”.

“En este memorable acto exteriorizo en nombre de la edilidad y pueblo cerreño, la más profunda gratitud a las personas, instituciones y entidades que han cooperado al éxito de la construcción de este local que evidencia nuestro cariño por la cultura popular y nuestro amor por el progreso de la tierra de Carrión”.

“Don Shipico” había nacido el 26 de setiembre de 1872 en el Cerro de Pasco, del matrimonio de don Ricardo Proaño con doña Blácida Malpartida. Emparentado con destacadas personalidades cerreñas como Don Elías Malpartida Franco, “Pico de Oro”, insigne político graduado en Ciencias Políticas en la Universidad de Bruselas y servidor de la Nación en muchos cargos de innegable responsabilidad. Varias veces Premier, Vicepresidente de la Nación, Senador, Diputado, Primer Presidente de la Asociación Nacional de Minería del Perú, Presidente de nuestra Beneficencia Pública. Deportado por oponerse a firmar el entreguista “Tratado de Ancón” que mutiló el territorio nacional….

Entregado de lleno a las actividades del comercio y la minería, logra dejar su sello de trabajo y progreso en ambas. Su éxito en la minería –por ejemplo- se inicia con la instalación de los primeros hornos de fundición, en terrenos donde actualmente se levanta la Concentradora de Paragsha. En su momento muy comentado. Inquieto como era en su juventud, es invitado por el revolucionario huanuqueño, Augusto Durand, a integrarse al Partido Liberal. En él -caudillo por naturaleza- consigue la tomas de varias ciudades peruanas. Cuando en 1895, triunfa el Partido Demócrata, movimiento de don Nicolás de Piérola, al que el Partido Liberal había apoyado significativamente, vuelve al ejercicio de sus labores en los campos del Comercio y la Minería, en su tierra natal.

Joven, muy joven, casó en primeras nupcias con la doña María Mier. De este matrimonio nació, Juan Antonio, su hijo, que asumió la responsabilidad de administrar sus minas. La señora Blácida –su madre- era hermana del ilustre médico y luchador por la difusión de le instrucción en Pasco, doctor Fabio Mier y Proaño; ambos descendientes directos del patricio don José Antonio Mier que, finalizada la época colonial, no obstante ser español, abrazó la hermosa causa de la independencia del Perú. Él era fiel servidor de su Rey en el cargo de Jefe de la Policía Real, hasta que las intrigas de los venidos de la península, tan sólo por ser españoles, le despojaron del cargo que con tanta eficacia había venido desempeñando. No sólo eso, también se adueñaron de sus minas como la culminación de una conjura asquerosa y cruel. El viejo Mier, no pudo oponerse a la decisión de su hijo Camilo –mozo de sangre en flor- que indignado por el atropello sin nombre, se levantó en abierta y desafiante protesta. Camilo, no paró hasta formar un sólido regimiento de montoneros que lo siguió a todas partes. Eran sus peones de las minas que lucharon a su lado en los más sangrientos encuentros contra los chapetones. Siempre triunfante se convirtió en Jefe Supremo de la Guerrillas del Cerro de Pasco que, conjuntamente con Miller, Otero, Fano, Salgado, Álvarez, y otros valientes, lucharon por nuestra libertad. Arenales lo premió como a soldado benemérito a la patria.

“Don Shipico”, casado en segundas nupcias con doña Carmen Méndez Mologni, tuvo a sus hijas, Alicia Proaño de Labarthe, Carmen Proaño de Olavide y, Carlos Proaño Méndez. Éste fue el encargado de la administración de los bienes paternos, en el ramo del comercio.

En tanto vivió, “Don Shipico”, fue además de todo lo señalado, destacado miembro del Club de la Unión y de Rotary Club; Director de la Beneficencia Pública; Presidente de la Cámara de Comercio; Presidente de la Junta Departamental Pro- Desocupados; Presidente del Club de Tiro, después de haber ganado la Medalla de Plata en un certamen nacional; Presidente Honorario de varias Instituciones sociales y Carnavalescas.

La última vez que lo vi, fue cuando, en compañía de mi compañero de equipo Fernando Livia Chávez, le dirigimos un oficio para que nos regalara con un juego de uniformes para el campeonato de fútbol de aquel año: 1945.

  • Hola, Arauco, me dijo – Su semblante ya estaba desmejorado- He recibido tu oficio. Llévate estas camisetas que son de las primeras que me llegaron para los equipos de fútbol. Espero que les traiga suerte.
  • Gracias “Dos Shipico”. Estoy seguro que nos va a traer mucha suerte en el campeonato. Muchas gracias.
  • No hay de qué. Estoy seguro de que campeonarán. ¡Vayan, vayan, chicos!…. Si puedo, me doy un “saltito” por el campo para verlos jugar.

Generosamente nos entregó un paquete conteniendo las camisetas de un color morado con rayas verticales negras, mangas largas, cuello alto con pasadores, que nos quedaba como sotanas. Cuando entramos a la cancha para sostener nuestro primer encuentro, los chicos nos recibieron en medio de carcajadas y burlas. De los cuatro costados de la cancha nos gritaban: “¡Curas! … ¡Curas!… ¡Curas!. Así y todo, con esas camisetas enormes quedamos en segundo lugar, tras los “macheteadores” del sexto.

Mucho sufrió “Don Shipico” cuando los médicos le conminaron a dejar su tierra; escenario de una vida lustral y ejemplar. Deshecho de pena tuvo que viajar a aposentarse en su casa de Miraflores donde falleció el 11 de octubre de 1955.

Conocedor de su deceso, todos los periódicos locales publicaron notas de destacados intelectuales y hombre notables de entonces, encomiando la figura egregia que nos dejaba. Don Martín Mendoza decía consternado.  “¡Cómo trabajó, “Don Shipico”, ¡¡¡cómo trabajó!!!. Si en todas las obras que hizo, puso su más grande empeño, fe en ésta, en la que volcó todo su amor. ¡Cómo amaba a los niños! Sin quererlo, al construir esta escuela, estaba construyendo su propio monumento”. Don Víctor Rodríguez Bao, dijo: “¡Cuánta falta nos va hacer su energía, su disciplina y su amor al trabajo. Era el ejemplo viviente de la traducción del amor en obras. Don Cipriano, amaba entrañablemente a su tierra. Lástima que ésta no pueda recibirla en sus entrañas; sin embargo, allá en Lima, estará recogiendo nuestro homenaje de recuerdo y gratitud!” La mañana que, convocada por el Concejo Provincial se celebraba una misa de Réquiem, de todos los lugares de nuestra ciudad llegaron hombres, mujeres y niños, a orar por el eterno descanso de su alma. Era, en todo caso, el grito de gratitud de un pueblo agradecido al patricio cerreño.

El Gobierno Peruano, con toda justicia, emitió a través del Ministerio de Educación Pública, un Oficio Circular de 29 de marzo de 1958, que dice:

En la fecha se ha expedido Of. Nº 522 – Cámara de Diputados (“C” 52 – 17) Resolución Ministerial Nº 3726, Lima, 29 de marzo de 1957. Vista la petición que formula por intermedio de su Cámara el Señor Diputado  por el Departamento de Pasco, don Justo Armando Cabello, para que se dé nombre de Cipriano Proaño, a la Escuela de Segundo Grado de Varones Nº 491 de la ciudad del Cerro de Pasco.

CONSIDERANDO:

Que don Cipriano Proaño Malpartida, ha dotado a la ciudad del Cerro de Pasco, de un magnífico local escolar con destino a la Escuela de Segundo Grado de Varones Nº 491; Que este hecho demuestra las altas virtudes que le caracterizan y su profunda emoción social; Que es deber del Estado perpetuar la memoria de quienes han contribuido a favor de la niñez con obras de importancia;

SE RESUELVE:

Designar con el nombre de CIPRIANO PROAÑO MALPARTIDA a la Escuela de Segundo Grado de Varones Nº 491 de la ciudad del Cerro de Pasco, capital del Departamento de Pasco.

Regístrese y Comuníquese (Fdo. Basadre) Ministro de Educación Pública. Que transmito a usted para su conocimiento y fines consiguientes.

 

Dios guarde a usted.

Leopoldo Astete Maraví

Director de Educación Primaria.

Aquel histórico plantel es, sin lugar a dudas, el más grande homenaje que se le puede rendir a un hombre que tanto hizo por la niñez de su tierra y, de sus aulas, han egresado los más brillantes hombres de nuestro pueblo.

Don Cipriano Proaño Malpartida El patriarca

Cipriano ProañoLo conocí la tarde que mi abuelo me llevó para medirse un traje en la sastrería del señor Quito. Ambos estaban enfrascados en ajustes y correcciones del caso, cuando apareció a la puerta. “¡Hola, muchachos!” saludó exultante, estrechando las manos del maestro alfayate y de mi abuelo. Al advertir mi presencia: “¿Quién es este jovencito”?- preguntó. Mi abuelo muy comedido le respondió: “Es mi nieto, hijo de mi hija Esther”. “¿De la negrita?” – “La misma. Tú la conoces”. No he podido olvidar el momento en que me extendió su mano abierta con una dulce mirada de amistad: “¡Cuánto gusto, hijito!”, me dijo y sacudió amistosamente nuestras manos entrelazadas. En ese momento experimenté una extraña sensación recorriéndome el cuerpo. Cuando los viejos comenzaron a conversar sus asuntos quedé contemplándole con un respeto enorme, impactado por el magnetismo de su personalidad. Solamente otra vez, muchos años después, volví a experimentar aquella extraña sensación, cuando estreché la mano del ilustre maestro peruano, doctor Honorio Delgado. (Había llegado a la Universidad Cayetano Heredia –coetánea con la nuestra- para invitar al doctor Leopoldo Chiappo a conversar acerca de la misión del estudiante universitario-). Una sensación de grandeza  emanaba de su persona. Sus acerados ojos, fijos en mí, me dejaron una inolvidable impresión comparada con la que viví al conocer a don Cipriano.

Don Cipriano Proaño Malpartida, llevaba aquella tarde, terciado sobre los hombros, un fino poncho de vicuña para protegerse del cierzo que comenzaba a enfriar el ambiente. Su cabello ya estaba blanco y sus pobladas cejas entrecanas enmarcaban sus ojos vivos, muy expresivos; su rostro enjuto, bigotes espesos y casi blancos. Su presencia emanaba un hálito de serenidad y grandeza que invadía el ambiente y encandilaba a los que estaban cerca de él.

El peso de los años no logró doblegar su magro continente. Llevaba con prestancia y gallardía su ancianidad diligente y venerable que lo convirtió en paradigma del “cerreñismo”. Su pueblo agradecido -testigo insobornable de sus duros avatares- llegó a reverenciarlo. Su nombre, respetado por todos, quedó convertido en “Don Shipico”, por el cariñoso hipocorístico que el pueblo acuñó. Así lo conoció su pueblo. Desde que fue elegido Alcalde en 1934, sucediendo a don Moisés Martínez, su mandato con expresa aprobación popular, se prolongó muchos años, hasta que fue reemplazado por el austriaco, Isidoro Borcic. Su gobierno dejó profunda huella en la ciudadanía que, a partir de entonces, lo consideró su “Alcalde Vitalicio”. No era para menos. Era el padre del pueblo. Nada podía hacerse sin su aprobación, su sabio consejo, ni su licencia. El magisterio de su vida ilustre siempre estuvo encaminado a servir a la ciudad donde había nacido.

Consciente de la necesidad de rendir homenaje a los defensores egregios de nuestra patria, recogiendo la brillante iniciativa de don Gerardo Patiño López, trabaja con entusiasmo en la erección del Monumento a la Columna Pasco que se inaugura el 28 de julio de 1929. En bronce y granito quedaba expresada el recuerdo y la gratitud a los 220 infantes de acero que partieron a defender nuestras fronteras. Ninguno volvió. Sus restos desperdigados en los arenales del sur quedaron como el sacrificio más grande por la dignidad de su patria. En la pilastra central del monumento hay una placa de bronce conmemorativa en la que se lee. “Se inauguró el 28 de julio de 1929. Apadrinado por el Presidente de la República, señor Augusto B. Leguía. Construido merced a los esfuerzos del pueblo cerreño y la cooperación del Gobierno, por el Comité Ejecutivo compuesto por el Prefecto del Departamento don Manuel Pablo Villanueva, don Benjamín Malpartida, don Cipriano Proaño, doctor Gerardo J. Lugo, don Manuel Arias Franco y don Amador Rocha”.

Cuando el Presidente “de facto”, comandante E. P. Luis Miguel Sánchez Cerro nos dio la puñalada política al trasladar la capital del departamento de Junín a la ciudad de Huancayo, el pueblo se sintió herido en lo más profundo de su orgullo. Los hombres notables del Cerro de Pasco meditaron muy conscientemente acerca de los errores cometidos hasta entonces. Decidieron enmendarlos y, todos a una, tomaron la decisión de luchar por recuperar la prestancia política de nuestra ciudad, devolviéndole su jerarquía de capital de departamento. Lo lograron en 1944. Contaron con el decidido apoyo del representante por Pasco, don Domingo Sotil en la Constituyente de 1934 y, la invalorable gestión del Diputado por Pasco, don Manuel B. Llosa gracias a quien se obtuvo la ley Nº 1030, de 27 de noviembre de 1944, creándose el Departamento de Pasco.

Cipriano Proaño 2
Don Cipriano Proaño – al centro de la fotografía- rodeado de miembros de la Beneficencia Pública el día que se celebró el primer centenario de la institución caritativa

Lo conocí la tarde que mi abuelo me llevó para medirse un traje en la sastrería del señor Quito. Ambos estaban enfrascados en ajustes y correcciones del caso, cuando apareció a la puerta. “¡Hola, muchachos!” saludó exultante, estrechando las manos del maestro alfayate y de mi abuelo. Al advertir mi presencia: “¿Quién es este jovencito”?- preguntó. Mi abuelo muy comedido le respondió: “Es mi nieto, hijo de mi hija Esther”. “¿De la negrita?” – “La misma. Tú la conoces”. No he podido olvidar el momento en que me extendió su mano abierta con una dulce mirada de amistad: “¡Cuánto gusto, hijito!”, me dijo y sacudió amistosamente nuestras manos entrelazadas. En ese momento experimenté una extraña sensación recorriéndome el cuerpo. Cuando los viejos comenzaron a conversar sus asuntos quedé contemplándole con un respeto enorme, impactado por el magnetismo de su personalidad. Solamente otra vez, muchos años después, volví a experimentar aquella extraña sensación, cuando estreché la mano del ilustre maestro peruano, doctor Honorio Delgado. (Había llegado a la Universidad Cayetano Heredia –coetánea con la nuestra- para invitar al doctor Leopoldo Chiappo a conversar acerca de la misión del estudiante universitario-). Una sensación de grandeza  emanaba de su persona. Sus acerados ojos, fijos en mí, me dejaron una inolvidable impresión comparada con la que viví al conocer a don Cipriano.

Don Cipriano Proaño Malpartida, llevaba aquella tarde, terciado sobre los hombros, un fino poncho de vicuña para protegerse del cierzo que comenzaba a enfriar el ambiente. Su cabello ya estaba blanco y sus pobladas cejas entrecanas enmarcaban sus ojos vivos, muy expresivos; su rostro enjuto, bigotes espesos y casi blancos. Su presencia emanaba un hálito de serenidad y grandeza que invadía el ambiente y encandilaba a los que estaban cerca de él.

El peso de los años no logró doblegar su magro continente. Llevaba con prestancia y gallardía su ancianidad diligente y venerable que lo convirtió en paradigma del “cerreñismo”. Su pueblo agradecido -testigo insobornable de sus duros avatares- llegó a reverenciarlo. Su nombre, respetado por todos, quedó convertido en “Don Shipico”, por el cariñoso hipocorístico que el pueblo acuñó. Así lo conoció su pueblo. Desde que fue elegido Alcalde en 1934, sucediendo a don Moisés Martínez, su mandato con expresa aprobación popular, se prolongó muchos años, hasta que fue reemplazado por el austriaco, Isidoro Borcic. Su gobierno dejó profunda huella en la ciudadanía que, a partir de entonces, lo consideró su “Alcalde Vitalicio”. No era para menos. Era el padre del pueblo. Nada podía hacerse sin su aprobación, su sabio consejo, ni su licencia. El magisterio de su vida ilustre siempre estuvo encaminado a servir a la ciudad donde había nacido.

Consciente de la necesidad de rendir homenaje a los defensores egregios de nuestra patria, recogiendo la brillante iniciativa de don Gerardo Patiño López, trabaja con entusiasmo en la erección del Monumento a la Columna Pasco que se inaugura el 28 de julio de 1929. En bronce y granito quedaba expresada el recuerdo y la gratitud a los 220 infantes de acero que partieron a defender nuestras fronteras. Ninguno volvió. Sus restos desperdigados en los arenales del sur quedaron como el sacrificio más grande por la dignidad de su patria. En la pilastra central del monumento hay una placa de bronce conmemorativa en la que se lee. “Se inauguró el 28 de julio de 1929. Apadrinado por el Presidente de la República, señor Augusto B. Leguía. Construido merced a los esfuerzos del pueblo cerreño y la cooperación del Gobierno, por el Comité Ejecutivo compuesto por el Prefecto del Departamento don Manuel Pablo Villanueva, don Benjamín Malpartida, don Cipriano Proaño, doctor Gerardo J. Lugo, don Manuel Arias Franco y don Amador Rocha”.

Cuando el Presidente “de facto”, comandante E. P. Luis Miguel Sánchez Cerro nos dio la puñalada política al trasladar la capital del departamento de Junín a la ciudad de Huancayo, el pueblo se sintió herido en lo más profundo de su orgullo. Los hombres notables del Cerro de Pasco meditaron muy conscientemente acerca de los errores cometidos hasta entonces. Decidieron enmendarlos y, todos a una, tomaron la decisión de luchar por recuperar la prestancia política de nuestra ciudad, devolviéndole su jerarquía de capital de departamento. Lo lograron en 1944. Contaron con el decidido apoyo del representante por Pasco, don Domingo Sotil en la Constituyente de 1934 y, la invalorable gestión del Diputado por Pasco, don Manuel B. Llosa gracias a quien se obtuvo la ley Nº 1030, de 27 de noviembre de 1944, creándose el Departamento de Pasco.

Otra de sus acertadas acciones, fue la de iniciar la construcción de la carretera Cerro de Pasco – Lima, por la ruta de Canta. Ya los inolvidables Pioneros: Manuel Oyarzabal, Teobaldo Salinas, Juan Manuel y Antonio Beloglio, Gamaniel Blanco, Asunción Cornejo e Isidoro Delgado; comandados por el inolvidable, Santos Cuadrado y Pérez, habían abierto la ruta inicial demostrando al Perú la factibilidad de su tendido. Tras aquella hazaña memorable del año 1925, se inicia la construcción de la carretera, el 8 de agosto de 1926, pagándose la cantidad de S/. 2,300.oo por kilómetro cuadrado. El Comité cerreño construye 37,  y se inaugura el 30 de octubre de 1932, bajo la presidencia de “Don Shipico”. En la ceremonia protocolar estuvo presente el entonces Ministro de Fomento, General Manuel E. Rodríguez. Una placa conmemorativa, decía: “Carretera Lima – Canta – Cerro de Pasco- Inaugurada el 20 de octubre de 1932, siendo Presidente Constitucional de la República don Luis M. Sánchez Cerro – Ministro de Fomento, el General Manuel E. Rodríguez – Iniciador de la carretera, don Santos Cuadrado y Pérez – Se terminó la obra en la sección Cerro –Cordillera de La Viuda, el año de 1932 por la Junta especial compuesta por don Cipriano Proaño, don Benjamín Malpartida, doctor Moisés Martínez, ingeniero Ernesto Bertl, don Gastón Espejo, doctor Fabio Mier y Proaño, ingeniero Aquiles Venegas y don Alejandro Ruiz Huidobro – Representante por Junín, don Domingo Sotil, coadyuvó eficientemente en la realización de la obra.”

“Don Shipico”, había cursado educación primaria en la Escuela Municipal de la ciudad, sin embargo, su inteligencia brillante y su constancia en el trabajo, le dio positivos frutos en los rubros de la Minería y el Comercio donde descolló con grandeza. Con el andar de los años, por propia experiencia, quedó plenamente convencido que la educación es la fuente del  bienestar ciudadano. Ya en el desempeño de la Alcaldía, decide construir un local apropiado en Patarcocha, con todas las ventajas de la pedagogía moderna, para la escuelita que lo había cobijado a él, a Daniel A. Carrión y a muchísimos destacados cerreños más. Era su manera de agradecer la grandeza de los bienes recibidos en sus aulas. En la placa que conmemora la colocación de la primera piedra, se lee: “Primera Piedra del local escolar de la Escuela de varones Nº 491. Padrino: Presidente de la República, General Oscar R. Benavides. Prefecto: Jorge Buckinnham. Madrina, señora Rosa C. De Lugo. Alcalde realizador de la obra, don Cipriano Proaño Malpartida. 20 – V – 1934.” Después de dos años de perseverante trabajo y a un costo de 74,000.ooo soles, el 26 de abril de 1936, se inaugura solemnemente el local de la Escuela 491, que, con toda justicia, impuesta por la gratitud de su pueblo y la aprobación del Ministerio de Educación, lleva su egregio nombre: “Cipriano Proaño Malpartida”. Los padrinos de la bendición fueron, el Presidente de la República General Oscar R. Benavides y señora Isolina Clotet de Fernandini, que estuvieron  representados por el Ministro de Educación Pública y Presidente del Consejo de Ministros, Coronel Ernesto Montagne y señora Julia de Bertl. Estuvieron presentes también las delegaciones de los municipios provinciales de Jauja y Tarma, delegaciones de docentes y escolares de todos los planteles de la provincia. Amenizó la fiesta la Banda Republicana del Perú, traída especialmente de Lima. Circularon medallas de plata conmemorativas, el Club de la Unión y el Concejo Provincial realizaron sendas fiestas de recepción en honor de padrinos e invitados. “El Diario” lanzó una edición extraordinaria.

 

EL ASESINATO DE LUIS AGUILAR CAJAHUAMÁN

Lucho Aguilar(8 de mayo de 1985)

A las ocho y media de la mañana del miércoles 8 de mayo de 1985, Luis Alberto Aguilar Cajahuamán llegó a la Facultad de Educación de la UNDAC, para registrar su asistencia diaria. En ese momento ingresaron tres extraños que preguntaron quién era Luis Aguilar Cajahuamán. Ni bien se identificó, los hombres que aparentemente formaban un “Comando” de Sendero Luminoso –o al menos eso es lo que trataban de aparentar- sin mediar explicación alguna le dispararon tres balazos a “boca de jarro”. Dos de ellos, de necesidad mortal, impactaron en su cuerpo. Una le perforó el cráneo después de atravesar su mano izquierda con la que trató de cubrirse y, la otra se incrustó en el hígado comprometiendo gran parte del pulmón, destrozándole arterias importantes. Una tercera fue a empotrarse en una de las paredes de la oficina. Los empleados de la Universidad -testigos  del homicidio- quedaron mudos y sin poder moverse, vivamente impresionados. Los homicidas, seguros de sí mismos, abandonaron la oficina con una espantosa parsimonia como si nada malo hubieran hecho y siguieron caminando, calmos, hacia la ciudad de San Juan. Nadie al verlos hubiera sospechado nada. Cuando los testigos del homicidio quisieron comunicarse con la comisaría, encontraron que las líneas habían sido cortadas. Estaban  completamente aislados.

El impacto que causó el homicidio fue enorme. Aguilar Cajahuamán se encontraba desempeñando en ese momento el cargo de Alcalde del distrito de Yanacancha. En las elecciones había sido elegido por abrumadora cantidad de votos. Simultáneamente se desempeñaba como profesor de letras en la Facultad de Educación del que había sido su Decano en mandato anterior. En las elecciones generales que acababa de realizarse en el territorio nacional, había sido electo diputado por Pasco. Había postulado con el número dos en la lista del Partido Aprista Peruano. El número uno lo ocupaba Fernando Ramos Carreño. Después del conteo correspondiente salió elegido Luis Aguilar mediante el voto preferencial, pero su muerte truncó el ejercicio del cargo. De esta manera fue proclamado diputado por Pasco, el médico Ramos Carreño de ingrata recordación en el seno de la Universidad local. El doctor Mack Chahua Aguilar, Presidente del Jurado Departamental de Elecciones de Pasco, lo proclamó para el ejercicio del cargo con una celeridad asombrosa.

Recogidos sus restos mortales, fueron velados en el local de la Municipalidad de Yanacancha, primero y luego en su partido político. Sus funerales fueron una muestra del profundo dolor que embargaba a su pueblo que masivamente concurrió al acto. La municipalidad provincial declaró duelo general laborable los días, 8, 9, 10 y 11 de mayo, suspendiéndose todas las actividades públicas festivas tradicionales y benéficas. En helicóptero arribaron el diputado Luis Alba Castro, que meses más tarde sería segundo vicepresidente de la república, el diputado Orison Pardo y el senador por Pasco, Genaro Ledesma Izquieta.

El Alcalde abatido por las balas asesinas, había sido un destacado alumno de la Universidad local, participando activamente en la Marcha de Sacrificio que en 1963 consiguiera  la creación de la UNDAC. Exitoso profesional y querido miembro del pueblo cerreño. Su asesinato originó grandes manifestaciones de indignación. Por ejemplo, Patricio Rickets Rey de Castro, decía en EL COMERCIO: “El profesor Luis Alberto Aguilar Cajahuamán, Alcalde de Yanacancha y Diputado electo del partido aprista por Pasco, acaba de sumarse a la lista de mártires de la democracia, brutal y cobardemente inmolados por el terrorismo. Era un educador respetado y querido por su pueblo; ha sido asesinado en el interior de la Universidad Daniel Alcides Carrión, con alevosía y ventaja, por maleantes emboscados que se dieron a la fuga. Condenamos este cruel asesinato y manifestamos nuestro abierto repudio”. La revista CARETAS en su edición de aquella semana (13 de mayo de 1985) describe así su trágico deceso: “…Aguilar, de 42 años, cinco hijos (entre 6 y 15 años) empezó temprano su jornada, el miércoles 8. A las 7:30 de la mañana salió de su casa hacia el local del Concejo Distrital de Yanacancha. El empleado Juno Agüero lo encontró ya trabajando a las 7:45. Pocos minutos después llegó una alumna suya de la universidad, quien también había sido su personera en las elecciones generales”. “Luego llegó el profesor Epifanio Rosas. A las 8:15 de la mañana, los tres salieron en el Volkswagen de Aguilar, hacia la ciudad universitaria en la zona de Pucayacu. Aguilar, quien era uno de los fundadores de la Universidad Nacional Daniel Alcides Carrión, dictaba, como catedrático principal, el curso Dirección del Aprendizaje. A las 8:25, Aguilar entró a la oficina del decano. Indagó sobre el estado de una gestión previa y luego se dirigió a la oficina de la Escuela de Educación, a escasos 20 metros, para firmar su asistencia…”. “Fueron cinco disparos a boca de jarro, tres de los cuales le impactaron. Aguilar cayó agónico sobre un sillón, mientras un empleado lograba fugar por otra puerta y alguno se zambullía debajo de un escritorio…”

“Nacido en el Cerro de Pasco, 2 de setiembre de 1942 provenía de una familia de militancia en el partido de Víctor Raúl Haya de la Torre. En su adolescencia fue elegido dirigente de la Universidad Daniel Alcides Carrión -en donde se formó en la Facultad de Educación- e integró la Federación de Estudiantes del Perú. En esos años conoció a quien sería su esposa, Ruth Gálvez Bravo, condiscípula (también de procedencia aprista) de esa casa de estudios”.

“Su biografía estuvo enaltecida por su dedicación a la docencia, a su tierra natal y a los nobles ideales de “pan con libertad”. Fue director del Colegio Nacional Daniel Alcides Carrión y profesor de la Facultad de Lengua y Literatura de la universidad que lo acogió en su juventud. Hizo de la enseñanza una ocupación profesional y, esencialmente, un ejemplo de vida que sus familiares, amigos, paisanos y compañeros evocan con consuelo y nostalgia”.

“En las elecciones municipales de 1983, en las que el partido de la estrella se convirtió en la primera fuerza política a nivel nacional, es elegido alcalde del distrito de Yanacancha (Pasco) con amplio respaldo electoral. Como burgomaestre se distinguió por su sencillez, su preocupación por los servicios públicos y la educación”.

“Tenía como hábito, algo inusual en estos tiempos de frivolización de la actividad pública, recibir a los pobladores en su despacho, almorzar en el mercado, saludar y conversar en las calles con sus conciudadanos. Su esposa Ruth lo tiene presente con estas palabras: “Era amiguero, fraterno, servicial y sin discriminación hacia nadie”.

“Escribir sobre este afable y austero dirigente del Partido Aprista Peruano es adentrarse en el conocimiento de la realidad andina. Un contexto en donde Luis Alberto expresa ese universo que defendió, con terquedad y convicción, José María Arguedas, incomprendido y considerado “pasadista” por algunos críticos literarios limeños. Aguilar admiraba su obra literaria, como también a César Vallejo y Ciro Alegría”.

“La trayectoria de Luis Aguilar Cajahuamán nos recuerda la anotación inmortal del poeta de Santiago de Chuco: “Todo acto o voz genial, viene del pueblo y va hacia él”. Una vida llena de buenos sentimientos, dedicada a la atención de las demandas sociales de los pobres y marcada por su firme lealtad a sus principios. Las banderas del aprismo se inclinan reverentes y respetuosas ante este mártir temprano de la consolidación democrática que será inspiración para hacer de la política un medio honesto de entrega al bien común”.

Por otra parte, más de un ciudadano manifestó la extraña coincidencia de este asesinato. Se realizaba después de haberse conocido su triunfo en las urnas. Una gran cantidad de personas se atrevieron a asegurar que no eran de Sendero Luminoso los asesinos. En ese ambiente de serias dudas entro a ejercer el cargo uno de los más ineficaces congresistas que ha tenido el pueblo de Pasco a lo largo de toda su historia.

Lucho Aguilar 2

UNA HAZAÑA INCONMENSURABLE (Sexta parte)

El histórico pueblo del Cerro de Pasco y el Perú todo, seguirá aclamando a través de los siglos aquella histórica hazaña de un puñado de hombres valientes y un visionario ejemplar. Que Dios los bendiga.
El histórico pueblo del Cerro de Pasco y el Perú todo, seguirá aclamando a través de los siglos aquella histórica hazaña de un puñado de hombres valientes y un visionario ejemplar. Que Dios los bendiga.

DÉCIMO PRIMER DÍA (5 de noviembre de 1925).

El entusiasmo que generaba la clara mañana, se acrecentó con las caricias del abrigado clima lugareño, el oxigenado ambiente del paisaje y el saber cercano al cálido pueblo canteño.

Después de las oraciones cotidianas y el parco desayuno, acometieron las tareas de avance con renovadas fuerzas. A poco de iniciar la marcha, tropezaron con unas rocas gigantescas que les impedía el paso. Tuvieron que ser voladas en medio de atronadoras explosiones. No pasó mucho tiempo cuando gran cantidad de gente canteña salió a darles alcance brindándoles oportuna ayuda. El trabajo era verdaderamente rudo, sin embargo, con la ayuda de los canteños, avanzaron lenta pero seguramente.

Llegada la hora oportuna, las autoridades brindaron un espléndido almuerzo a los raidistas. Aprovechando la luminosidad del día, todos los allí presentes, se sentaron a degustar un abundante y sustancioso locro de habas, en cuyo espeso y oscuro caldo, grandes trozos de carne sobresalían apetitosos. Para finalizar, sirvieron unos tiernos cabritos asados deliciosos. En esta mesa amical, no faltó el puro de Ica.

Ya se estaba viviendo un ambiente de fiesta.

Luego del almuerzo y, tras vencer muchas dificultades, asomaron detrás de una loma alta, de donde divisaron Obrajillo, Canta, Pariamarca y San Miguel. Esta extraordinaria visión les llenó de emoción, renovándoles las fuerzas. Descendieron y, a las cinco y treinta de la tarde entraban en el acogedor y simpático pueblo de Canta que, con sus locas campanas, aplausos y vítores, daban la bienvenida a los paladines de la aventura.

!!!Que viva el Cerro de Pasco!!…!!!Que vivan los cerreños!!!- gritaban sus gentes.

Las luminosas calles canteñas eran pletóricos ríos de vida, que discurrían animados de bulliciosos colores.

Acompañados de las autoridades del pueblo, entraron en el bullanguero Canta, cuyas gentes apasionadas, los aclamaban y aplaudían vivamente.

Llegados a la plaza principal, las autoridades y personas notables, comenzaron a desfilar una a una, abrazando y dando la bienvenida a los cerreños. Las guapas canteñas habían confeccionado una banda de seda de diversos colores que, una a una, fueron colocando a nuestros triunfadores. Chicas del María Parado de Bellido y Juana de Arco, vestidas con sus mejores galas y sus hermosos tocados, arrojaban flores a los raidistas que agradecían con las manos en alto. A pedido de las autoridades el heroico FORD dio varias vueltas por las calles de Canta.

Más tarde, en el salón de actos del Concejo Provincial, se realizó una emotiva ceremonia en la que el alcalde analizó la trascendencia de la cruzada cerreña y la heroicidad de la travesía. Por disposición de los jefes de expedición, Gamaniel Blanco Murillo, agradeció con frases muy hermosas y conceptuales al amable pueblo de Canta, alabando su ejemplar espíritu de colaboración y su remarcada hospitalidad.

En el banquete que se sirvió más tarde, hubo frases elogiosas para los riadistas. Después de la tertulia, y cercana la medianoche, los se retiraron en medio de cariñosos aplausos.

DUODÉCIMO DÍA (6 de noviembre de 1925).

Aquella mañana del seis de noviembre, cuando el canto del gallo y el trino de las aves anunciaban el nuevo día, un grupo de bondadosas matronas sorprendieron a nuestros aventureros con un ponche sustancioso y panecillos recién salidos del horno.

Agradecidos y restituidos del cansancio, nuestros hombres se despidieron de aquellas caritativas gentes y luego enrumbaron por el lado norte en compañía de algunos hombres del fundo Santa Rosa.

Al promediar el mediodía llegaron a Santa Rosa, donde el gentil dueño del fundo, don Primitivo Grados, les colmó de atenciones. Cuando quisieron seguir adelante después del almuerzo, una lluvia torrencial se desató sobre el lugar por lo que don Primitivo les impidió seguir adelante.

Como la lluvia continuaba y, cerraba la noche, decidieron pernoctar en el fundo.

DÉCIMO TERCER DÍA (7 de noviembre de 1925).

Desde las primeras horas de la mañana, después del consabido desayuno y la correspondiente despedida de su amable  anfitrión, don Primitivo Grados, animados y llenos de entusiasmo, emprendieron la jornada con mucha fe.

Tras descender un buen tramo desde Santa Rosa, y a la vera del río Chillón, encontraron una planicie algo accidentada, que les presentó dificultades que fueron vencidas con mucho esmero.

Luego del almuerzo prosiguieron con la tarea hasta finalizar el espacio más o menos plano que había superado, para llegar a una rampa fragosa cubierta de varios accidentes y rocas. No había nada que hacer. Era el único tramo para poder continuar adelante.

En todo el trayecto no habían hallado tan numerosas y variadas dificultades para el avance.

Al promediar las seis de la tarde y cuando la oscuridad invadía el valle, se vieron frente a un peligroso desfiladero que aunque corto, tenía una pendiente tan pronunciada que se vieron obligados a enfrentar, ya que de no hacerlo, se habrían quedado en una situación desairada y peligrosa. Acometieron la empresa y durante una hora estuvieron bregando con el arriesgado precipicio. Estaban ya por zafar del abismo cuando, por la presión del peso, reventaron las sogas y, el bulto conteniendo los alimentos, cayó desde esas alturas hasta las aguas del Chillón, perdiéndose todo su contenido. El momento no era para ponerse a rescatar nada, ni para intentarlo. Ninguno de los hombres podía soltar las amarras del carro que, de hacerlo, el vehículo se habría estrellado irremisiblemente contra las aguas.

Cuando vencieron el abismo, pudieron comprobar que sólo las herramientas y las medicinas se habían salvado. La guitarra, la imagen del Señor de los Milagros y los licores también estaban a salvo. Menos los alimentos.

Encendieron las cuatro lámparas para ayudar a los faros del carro y siguieron avanzando hasta llegar a una explanada donde estaban unas seis o siete casitas. Con menos esfuerzo siguieron bajando la pendiente hasta llegar al escaso poblado, que a manera de una aldehuela de pastores se levantaba en el lugar. Se llamaba Huagra.

En este lugar los habitantes –entre sorprendidos y asustados- apenas si asomaban sus caras torvas y mezquinas por las puertas entre abiertas. Sólo los perros en una inmisericorde sinfonía de ladridos rodeaban a los aventureros. Vanas fueron las gestiones para que les vendieran algo de comer. Los lugareños les contestaban que era de noche y que no era conveniente hacer venta a esa hora. Era de mal agüero. No se pudo vencer esta resistencia. Ni agua les dieron.

Acuciados por el hambre y el cansancio se durmieron a orillas del río, en medio del quieto perfume de la noche.

DÉCIMO CUARTO DÍA (8 de noviembre de 1925).

Aquel fue el más difícil y negro de todo el recorrido. Llegada la madrugada, los hombres se pusieron de pie y, hambrientos pidieron a los habitantes de Huagra que les vendieron algunos alimentos, lo único que les alcanzaron fue cancha y agua.

Como alejándose de una dolorosa pesadilla, los hombres se apresuraron a reemprender la marcha.

Pronto, como el día anterior, las dificultades se hicieron más visibles, la abrupta peñolería de cortes, abismos y roquedales, presentaba una perspectiva difícil y fragosa; sin embargo, así famélicos como estaban, arrastraron con valentía la empresa del avance.

Uno tras otro, los obstáculos quedaron atrás, gracias al empuje de aquellos invictos aventureros que, insuflados los pulmones del límpido oxígeno del Chillón, renovaban esfuerzos nutridos por el entusiasmo. Por fin al borde de las cinco de la tarde y sin probar alimentos llegaban al Pasaje del Diablo. Un pronunciado y abismal cañón que bien merecía ese nombre. Desde allí y ya con la noche encima avanzaron penosamente iluminados por sus faroles hasta el campamento de Pacrón, en donde fueron recibidos por un puñado de obreros. Estos, cariñosos y admirados, les brindaron una abundante cena que los raidistas consumieron como si fueran unos hambrientos escolares. Más tarde, verdaderamente rendidos, se acunaron en sus pellejos y cobijas y se durmieron como niños.

DÉCIMO QUINTO DÍA (9 de noviembre de 1925).

El descanso reparador y los alimentos ingeridos el día anterior habían tenido el sortilegio de renovar sus fuerzas y alimentar sus espíritus. No era para menos. Dieciséis días ausentes del hogar en los que la fatiga y el trabajo habían avivado el recuerdo y las nostalgias; tan sólo saber que la meta estaba cercana, les impulsaba a seguir adelante.

Desde el comienzo de la jornada advirtieron que se encontraban en la parte más escabrosa del recorrido. Es así que no obstante el gran esfuerzo desplegado avanzaron sólo novecientos metros. A las ocho de la noche llegaban al borde de un gran abismo. Estaban al borde del Gran Pacrón. Cuatrocientos metros más allá, superando el abismo, estaba el inicio de la carretera hacia Lima.

Alborozados, aunque cansados, se durmieron aquella noche.

DÉCIMO SEXTO DÍA (10 de noviembre de 1925).

En cuanto amaneció se levantaron plenos de frenesí soñando con la culminación de la empresa.

Luego de desayunar, salieron a contemplar el Gran Pacrón. Querían medir y observar al rival con el que debían enfrentarse. A llegar al borde, se estremecieron. Realmente era un abismo terrible. Las paredes del despeñadero estaban cortadas verticalmente y, por el borde monolítico, a manera de una repisa, un trecho muy delgado; por el lado norte apenas si habían conseguido abrir una trocha en la dura y gigantesca roca del cerro, por donde ajustadamente podía pasar un hombre. Imposible que pasara el carro por sus propios medios. Estaban en esta contemplación cuando recibieron la visita de Rosendo Icochea, ingeniero encargado de la construcción de la carretera Lima-Canta.

  • ¡Yo creo que hasta aquí llegó la osadía, señores!. Ningún vehículo puede pasar al otro lado, sólo lo pueden hacer los hombres y con gran dificultad. De esa manera es como trabajamos. Este abismo tiene cuatrocientos metros de luz y va a pasar mucho tiempo para que empalmemos ambos extremos, mediante un puente.

Cualquiera se habría desanimado ante aquella afirmación del técnico, pero sabedores de que éste era uno de los ingenieros que había afirmado que trazar una carretera por estos andurriales era una misión imposible, encrespó el orgullo cerreño.

–!Nosotros lo pasaremos! –dijo resueltamente don Teobaldo Salinas.

–!Así es! –reforzó don Manuel Oyarzábal- sólo préstenos las herramientas necesarias y los hombres indispensables para hacerlo. !Nosotros pasaremos el carro por el abismo!!.

—Lo que deseen está a sus órdenes –aceptó el ingeniero con un dejo de incredulidad.

Dos horas pasaron los aventureros en estudiar el terreno y las posibilidades. Terminadas éstas, acometieron la hazaña.

Sujetaron un cable y sogas al carro despojado previamente de su carga. Sólo Teobaldo Salinas y Juan Manuel Beloglio iban dentro para conducirlo. Sólo una rueda delantera y otra trasera tocarían tierra, las otras estarían en el vacío.

Audaz fue la empresa durante siete horas y media, los hombres emprendedores y empeñosos, rompiendo el silencio del lugar, con sus gritos acompasados y broncos, desafiaban las leyes de las posibilidades. Con el vehículo muchas veces colgado del precipicio, se cumplió con la hazaña increíble. A las siete y treinta de la noche habían logrado salvar aquel abismo. La oscuridad de la noche le impidió ver a Icochea las varoniles lágrimas de triunfo en los ojos de don Teobaldo Salinas y de Juan Manuel Beloglio que se abrazaron fuertemente con gesto de triunfadores, como padre e hijo. Inmediatamente todos los hombres de la empresa se sumaron victoriosos. Habían realizado una tarea que parecía imposible.

Aquella noche, la luna canteña se conmovió cuando don Manuel Oyarzábal, con la voz quebrada por la emoción y orgullo, cantaba la hermosa muliza de la Columna Pasco.

Iluminados de triunfo y encendidos de esperanza, se durmieron plácidamente.

DÉCIMO SÉPTIMO DÍA (11 de noviembre de 1925).

Al amanecer del 11 de noviembre –día histórico- con las primeras claridades del alba procedieron a lavar y aceitar el épico FORD, que estaba cubierto de polvo y con muchas magulladuras.

Después del parco desayuno, emprendieron la marcha. Faltaban 23 leguas y no era cosa de dejarse vencer.

Como la carretera era ya funcional, el carro rodaba cómodo y triunfante. La brisa tonificante de la zona, refrescaba el recio y curtido rostro de los cerreños.

A las dos de la tarde, entraron en Yangas en medio de los aplausos de sus gentes y estuvieron muy poco tiempo en este lugar. La ansiedad de llegar a la meta final los devoraba. Es así que luego de los abrazos cariñosos y amicales, se despidieron.

A las cinco de la tarde hacían su ingreso triunfal a Lima.

Se encontraban muy emocionados porque todos sus sueños se cumplían. Entraban por la Repartición y Malambo cuando alcanzaron a ver al final de la calle, gigantescos cartelones, banderas, banda de música, camarógrafos de cine, fotógrafos, periodistas y un grupo de autoridades presididas por el señor Jesús María Salazar, Ministro de Gobierno; General Augusto Bedoya, Senador por Junín; y doctores Patiño, Diputado por Canta y José Otero Diputado por Tarma.

Después de las palabras de bienvenida y las felicitaciones del caso, los reporteros de los diarios capitalinos comenzaron sus largos y animados reportajes. Los camarógrafos estampaban diversas placas en celuloide, registrando los pormenores del acontecimiento.

Transcurrida una hora en la ceremonia; escoltados por numerosos automóviles se dirigieron al Ministerio de Fomento a presentar su saludo al Ministro que les aguardaba. De allí salieron triunfalmente y entraron por el Paseo Colón y luego por el Jirón de la Unión hasta Palacio de Gobierno donde dieron cuenta al Presidente de la República de los pormenores de la hazaña, cuya culminación exitosa era la prueba más fehaciente de la posibilidad de construir la carretera. De Palacio de Gobierno, siempre seguidos de numerosos coches se dirigieron a la agencia Ford del Perú, donde el señor Shiway les brindó su cómoda cochera. Después de terminar la emotiva cena  ofrecida por el Centro Cerreño Unificado, los vencedores fueron conducidos hasta el Hotel Comercio.

Aquella noche durmieron grata y plácidamente.

DÉCIMO OCTAVO DÍA (12 de noviembre de 1925).

Esa mañana tuvieron que ser despertados por los miembros del Centro Cerreño Unificado, quienes presididos por don Santos Cuadrado y Pérez, portaban un oficio de invitación. Los raidistas se alarmaron al comprobar lo avanzado de la hora: Once de la mañana. El cansancio les había doblegado y, ellos cumplido el sueño de sus vidas, se habían abandonado al grato descanso.

Entre los comentarios y chascarros los gloriosos aventureros se alistaron para asistir al almuerzo que se sirvió en el Cordano donde hubo discursos, brindis y mucha confraternidad.

Culminado el almuerzo, la delegación cerreña en pleno, acudió al Touring Automóvil Club del Perú, donde su presidente, el señor Juan Tabusse, les tenía una sorpresa. En primer lugar, indagó el nombre del jefe de la expedición y al serle presentado don Teobaldo Salinas, le estrechó en un fuerte abrazo y le entregó siete medallas de plata para los esforzados pioneros, luego, al preguntar quién había sido el heroico chofer del vehículo, don Teobaldo Salinas, en un gesto que habla mucho de su grandeza de espíritu, dijo: Don Juan Manuel Beloglio, entonces el Presidente de la Institución entregó en medio de cariñosos aplausos de la concurrencia, treinta libras de oro al piloto. De inmediato, Juan Manuel, entre el marco redoblado de aplausos, entregó cuatro libras de oro a cada uno de sus compañeros. El gesto fue muy aplaudido porque era la muestra de sólida unidad de aquel compacto grupo humano. Luego se sirvió una cena y, después de ella, se inició una animada tertulia. A medianoche, se retiraron al hotel a descansar.

Carlos Bernardo GonzalesDÉCIMO NOVENO DÍA (13 de noviembre de 1,925).

Después de haber dispuesto el día en un paseo por los balnearios de Lima, los audaces aventureros, tuvieron una reunión de despedida en el rimense Centro Cerreño Unificado. En esta ocasión, los miembros del Comité Central del Camino Carretero, repartieron proporcionalmente, dieciséis libras de oro entre los raidistas y, don Santos Cuadrado y Pérez, hizo lo propio con la donación de las diez libras de oro prometidas. El Ministro de Gobierno regaló una bolsa de cinco libras de oro para el retorno de la comitiva. La velada fue emocionante y aquella noche, nuestros aventureros se despidieron de Lima.

VIGÉSIMO DÍA (14 de noviembre de 1925).

En la mañana después de oír misa en la Catedral de Lima, partieron con rumbo al Cerro de Pasco. Ellos estaban conscientes de que habían abierto una ruta homérica, demostrando al mundo que era posible la construcción de la carretera. Una hazaña que el pueblo nunca olvidará.

Bajo la patriarcal iniciativa y ayuda de don Santos Cuadrado y Pérez, los pioneros inolvidables y héroes invictos de la cruzada, fueron:

TEOBALDO SALINAS.

MANUEL OYARZÁBAL.

JUAN MANUEL BELOGLIO.

ANTONIO BELOGLIO.

ASUNCIÓN CORNEJO.

ISIDORO DELGADO, Y

GAMANIEL BLANCO MURILLO.

Ellos con su grandeza, nos trazaron un camino en el que nos demostraron que no hay imposibles cuando se empeña el corazón en una empresa.

Nelson Mandela

UNA HAZAÑA INCONMENSURABLE (Quinta parte)

En Canta, los expedicionarios acompañados de ciudadanos del lugar. Habían cubierto más de la mitad de la ruta. Cuando llegaron a Lima, recibieron el homenaje de las autoridades  y directivos del Touring Automóvil Club Peruano que les otorgó sendas medallas de oro y bolsas de monedas de oro. Otro tanto hizo nuestro pueblo. Pocos días después, nuestra ciudad se conmocionó con la muerte de don Santos Cuadrado y Pérez, el visionario que había trabajado incansablemente para lograr su suieño. En su homenaje continuaron con empeño y, el 20 de octubre de 1932, se inauguraba la carretera del Cerro de Pasco a Lima por la vía Canta. El sueño de un gran pionero se había cumplido ampliamente
En Canta, los expedicionarios acompañados de ciudadanos del lugar. Habían cubierto más de la mitad de la ruta. Cuando llegaron a Lima, recibieron el homenaje de las autoridades y directivos del Touring Automóvil Club Peruano que les otorgó sendas medallas de oro y bolsas de monedas de oro. Otro tanto hizo nuestro pueblo. Pocos días después, nuestra ciudad se conmocionó con la muerte de don Santos Cuadrado y Pérez, el visionario que había trabajado incansablemente para lograr su suieño. En su homenaje continuaron con empeño y, el 20 de octubre de 1932, se inauguraba la carretera del Cerro de Pasco a Lima por la vía Canta. El sueño de un gran pionero se había cumplido ampliamente

SEXTO DÍA (31 de octubre de 1925).

La serena mañana del último día del mes de octubre de 1925, presagiaba una jornada fructífera y atractiva. Los negros y amenazantes cielos de los días anteriores, habían cambiado por la suave transparencia de esa mañana.

Después del agradable desayuno de rigor, partieron con renovados bríos y escoltados por gran cantidad de lugareños, que se habían ofrecido galantemente a colaborar, agradecen con los gruesos sombreros en la mano.

El heroico  y resistente FORD largó de la bullente plaza principal por el lado norte de Yantac con dirección al Escalón, para lo cual hubo de requerir  los nutridos y generosos brazos de los hombres del lugar para ascender por una prolongada y abrupta cuesta que, solos, no habrían podido superar.

Después de subir penosamente, llegaron a un plano pero estrecho desfiladero que recorrieron a regular velocidad. Mientras el carro avanzaba de tumbo en tumbo, los hombres de la ayuda, corrían detrás con gran entusiasmo. Todo fue bien hasta que llegaron debajo de un arriesgado promontorio pedregoso donde decidieron descansar para tomar los alimentos.

Era ya el mediodía.

Todos, como hermanos, se sentaron en derredor de una  improvisada mesa constituida por un poncho; y en ella, grandes y generosas papas serranas; trozos de magra chalona, floridos granos de cancha, pedazos de mantecoso queso yantacino y ají, mucho ají. Al frío hay que vencerlo con este cálido y expeditivo alimento, entonando los pulsos y la sangre. !Qué hermoso fue aquel yantar!. La comunión del esfuerzo los ha hermanado y, en ese ambiente, nuestros hombres están gratos y contentos. Después de una hora de pascana en la que nada quedó sobre la mesa, se pusieron de pie a seguir la jornada.

Tras rápido y adecuado estudio de la zona, decidieron subir un gigantesco promontorio. Utilizando numerosas sogas, ataron el vehículo para protegerlo, ya que en determinados momentos estaba sobre el abismo peligroso. En este paraje estuvieron buen tiempo de la travesía, en el que se aplaudió la serenidad de don Teobaldo Salinas guiando y orientando al chofer Juan Manuel Beloglio. Coronada la escarpada zona con gran éxito, debían seguir por una pampa amplia y plana. Eran las 3:15 de la tarde. En este momento los hombres de Yantac se despidieron con fuertes abrazos de nuestros aventureros.

Nuevamente solos y con la bandera flameando invicta en la parte más visible del coche, comenzaron a avanzar jubilosos por aquellos campos.

Al promediar las cuatro de la tarde, vieron que por la senda que deberían seguir, venían numerosos hombres emponchados. Al llegar, afirmaron ser miembros de la comunidad de Culluhuay que venían a darles alcance para ayudarles. Eran 45 hombres fornidos y premunidos de sogas y reatas, y de varios “quipes” de comida, coca, cigarros, velas. Con el auxilio de estos solidarios hombres, afrontaron la tarea de subir el carro a la parte más alta. Por el lado menos peligrosa comenzaron a trepar. A cada paso tenían que colocar resistentes cuñas para evitar que el carro volviera hacia atrás. Los jefes de la maniobra eran don Teobaldo Salinas y don Manuel Oyarzábal y, en el timón, Juan Manuel Beloglio. Sogas, pértigas, tablones, eran utilizados en la tarea en que todos los hombres sudaban la gota gorda.

Ya la tenue timidez del sol se diluía detrás de los picachos occidentales cuando, jadeantes pero decididos llegaban a la parte más alta de su recorrido. Las vivas exclamaciones de alegría y de abrazos menudearon. !!Estaban en la parte más alta de la cordillera La Viuda!!!…La pequeña bandera de la patria que inquieta flameaba acariciada por el frío viento cordillerano, emocionó a los aventureros. En este sublime momento de triunfo, don Manuel Oyarzábal, con su voz tronante cargada de emoción comenzó a cantar el Himno Nacional en tanto sus ojos se humedecían. En respetuoso recogimiento, las voces asordinadas de los culluhayinos se unieron al emocionado coro. !!Qué inolvidable y maravilloso aquel momento!! !Estaban a cinco mil metros de altura sobre el nivel del mar!!. Les había costado tanto llegar!!.Ahora todo sería menos duro.

Después de escanciar entre todos una botella de pisco celebrando el acontecimiento, continuaron con la tarea. Hicieron correr el vehículo por aquellas alturas. El carro avanzaba rodeado de la comitiva de aquellos hombres generosos. Cada vez que encontraban alguna dificultad, se detenían y la afrontaban hasta vencerla. En esta tarea continuaron hasta las siete y media de la noche en que llegaron a una hondonada donde decidieron acampar.

Terminada la cena, se sentaron en derredor de una fogata. La luna hermosa y gigantesca alumbraba la escena. Los expedicionarios y sus amigos, conversaban y fumaban. Al poco rato don Manuel Oyarzábal estremecía la noche con hermosas mulizas cerreñas. Estrellas titilantes acompañaban la bronca emoción de los viajeros y, un cielo brillantemente azul adornado de estrellas, arrulló el descanso de estos hombres valientes.

SÉPTIMO DÍA (1 de noviembre de 1925).

Aquella mañana, un silencio religioso y casi sobrecogedor, se había apoderado de los aventureros. En la mente de cada uno de ellos bullía el recuerdo de los seres queridos que los habían dejado. Madres, abuelos, hermanos, amigos; imágenes y recuerdos de los que habían partido, nublaron los ojos de los osados aventureros. Don Teobaldo conocedor del alma de nuestra gente, se dirigió a los hombres que compungidos rodeaban la fogata que aviva el desayuno y les dijo:

–Yo sé que este momento han recordado a los seres más amados y sufren por no poder ir a dejar una oración y una flor en sus tumbas. La oración la diremos aquí y las flores con nuestras lágrimas y nuestro triunfo, se las llevaremos a nuestro retorno. Acompáñenme a rezar.

Reanimados con las oraciones vertidas, desayunaron ya con el acostumbrado brillo en sus ojos y a las ocho de la mañana comenzaron a avanzar. Superando un corto trecho de homogéneo piso, tropezaron con gigantescas rocas que constituían un verdadero escollo para la marcha. Tuvieron que utilizar la dinamita para volar estas vallas. Fueron varias explosiones que retumbaron en la silenciosa pampa. Vencida la dificultad, descendieron por un estrecho desfiladero en el que tuvieron que utilizar sogas y pértigas con las que controlaban el empinado descenso. Mucho se esforzaron para hacer llegar el carro a un rellano terroso. Aquí almorzaron. Era ya el mediodía y amenazantes cerrazones cubrían el cielo serrano.

Inmediatamente después de terminada la pascana, avanzaron por un terreno más plano y menos abrupto que los anteriores. A las tres de la tarde llegaron exhaustos a Tambo Navarro. En ese momento el cielo se desencapotó en una lluvia torrencial iluminado de rayos, truenos y relámpagos.

Descansaban rendidos en unos establos de “El Tambo”, cuando montado sobre una briosa mula y acompañado de un guía, llegaba -empapado y cansado- don Santos Cuadrado y Pérez. !!Qué alegría la de aquella gente!! Abrazos y risas, preguntas y comentarios, en tanto afuera, la furia de la tormenta trazaba garabatos de luz en el cielo rebelde.

La conversación es amena y cordial. Don Santos ha sacado de sus alforjas, dos botellas de cognac francés y brinda con todos. Después de media hora de diluvio, el cielo  se tranquiliza por lo que deciden seguir adelante.

Habían avanzado un largo trecho y ya siendo la siete de la noche –faltando un kilómetro para llegar a Culluhuay- se topan con numerosas rocas que les impide llegar al pueblo. Ante tamaña dificultad, dejaron aquí algunos hombres para que cuidaran el carro y a pie arribaron a Culluhuay donde la gente amable y buena les esperaba.

Aquella noche, después de una cena reparadora, se durmieron rendidos pero contentos.

OCTAVO DÍA (2 de noviembre de 1925).

Con el  entusiasmo al tope y renovadas energías, nuestros expedicionarios afrontaron la tarea desde las seis de la mañana. Los dos kilómetros que faltaban para llegar al pueblo eran sin lugar a dudas, los más difíciles del recorrido. Tuvieron que volar varias rocas y al promediarse el mediodía llegaron al río que cruzaron haciendo una verdadera proeza de equilibrio y valor.

Por fin, a los dos y quince de la tarde, el FORD T entraba triunfante en Culluhuay y en medio de las aclamaciones del pueblo y el repique de alegres y triunfantes campanas. Los niños que habían hecho calle con banderas y flores, fueron desfilando delante de los valientes expedicionarios cerreños colocando los ramos sobre la capota del coche. Al poco rato, el vehículo casi desaparecía sepultado por el peso de las flores y las cadenetas. !!Qué emoción!!, nuestros raidistas estaban triunfantes y sonrientes al lado del coche.

El corazón, galopante, les latía frenético y emocionado. En ese instante de alegría ocurre algo realmente conmovedor. Una anciana de blanquísimos cabellos y apergaminado rostro, se abre paso entre la muchedumbre y conducida por sus nietos, llega hasta don Manuel Oyárzabal y le hace entrega de un hermosísimo ramo de rosas rojas y, con su voz cansada pero tierna, dice:

–Ahora sí, puedo morirme. Ya conozco el automóvil y ustedes me lo han traído…!!Que Dios los bendiga!!…

La gente aplaudió enternecida cuando aquella viejecita de 110 años de edad –la más anciana del pueblo- besó las manos de los valientes peregrinos.

Después de este extraordinario acontecimiento que conmovió a todos, las autoridades invitaron a presenciar una ceremonia en el patio de la escuela. Hubo poemas, canciones, danzas, discursos y regalos. La sesión se cerró con un almuerzo opíparo, salpimentado de generoso pisco puro.

Esa tarde, soleada y abrigada como pocas, un grupo de núbiles y hermosas culluhayinas invitaron a pasear por sus huertos y jardines a los jóvenes de la aventura. Sólo don Manuel y don Teobaldo quedaron para platicar con el cura, con las autoridades y don Santos Cuadrado y Pérez, que ahora se encontraba más feliz que nunca.

Llegada la noche y después de una espléndida cena, bajo la patriarcal mirada de los viejos del poblado, los emocionados excursionistas bailaron lánguidos y románticos valses con las chicas más bellas del pueblo.

Cercana la medianoche, y muy agradecidos, se retiraron a descansar. Esa noche jamás la olvidarían.

NOVENO DÍA (3 de noviembre de 1925).

La mañana templada del 3 de noviembre –noveno día de excursión- todo el pueblo de Culluhuay asistió a la misa que el anciano y rubicundo sacerdote del lugar dijo por la salud de los expedicionarios y por el éxito de la empresa.

Terminados los servicios, se sirvió el chocolate con panecillos calientes, hechos por las “Hijas de María”. Todo transcurrió en un ambiente de franca cordialidad. A las ocho de la mañana, más contento que nunca don Santos Cuadrado y Pérez, continuó viaje para informar a la comisión de esta parte de la aventura. A esa misma hora, pero por rumbo distinto, la delegación siguió adelante, siempre escoltados por 45 culluhuayinos que ya se sentían miembros natos de la empresa. Esta vez el camino no era tan difícil como antes. El carro avanzaba lentamente y cuando encontraba alguna dificultad, inmediatamente era vencida por los hombres.

Después del almuerzo continuaron con la tarea de avanzar y, al promediar las seis de la tarde, llegaban a la comunidad de Huacos, donde, contrariamente a lo que había ocurrido antes, nadie salió a recibirlos. En este lugar los culluhuayinos se despidieron y retornaron a su pueblo.

Esa noche, los expedicionarios levantaron su carpa sobre el río Chillón y adormecidos por el suave discurrir de las aguas, se durmieron plácidamente.

DÉCIMO DÍA (4 de noviembre de 1925).

Este décimo día, después del reforzado desayuno, comenzaron a marchar por una pendiente muy pronunciada. Tuvieron que utilizar todas sus fuerzas e ingenio para avanzar. Esta vez, el problema no era empujar, sino sostener el carro para que no rodara pendiente abajo. El uso de piedras grandes como cuñas, facilitó la tarea.

En el transcurso de aquella mañana, se tuvo que realizar cinco explosiones para dejar expedito el camino. Al mediodía se había vencido la agreste peñolería y aprovechando de un pequeño rellano, se sentaron a almorzar; pero en el momento en que iban a abrir sus paquetes, un nutrido número de comuneros de Huacos les daba alcance, trayéndoles un reconfortante y nutritivo almuerzo.

Después de la reparadora pascana, nuevamente atacaron la empresa, esta vez ayudados por los huacosinos. La ayuda de estos hombres fue providencial porque sus acerados brazos sirvieron como frenos adicionales para el descenso del carro. Cuando ya se cerraba la noche llegaron hasta una pequeña explanada llamada Gusguchuyoc. Aquí los amables huacosinos decidieron retornar a su comunidad y, después de despedirse con efusivos abrazos, partieron.

A sólo 4 kilómetros de Canta ya podía sentirse el cálido ambiente de su clima y el fresco aroma de sus campos. Con el fin de recuperar fuerzas, hicieron hervir agua y prepararon una cena frugal, después de la cual se durmieron rendidos bajo los cerros.