EL ESPANTOSO ASESINATO DE LOS ESPOSOS IBARRA (Primera parte)

El mediodía del domingo 12 de marzo de 1916, llevado por una dolorosa premonición,

Eloisa Pérez de Ibarra, asesinada en aquella noche del sábado
Eloisa Pérez de Ibarra, asesinada en aquella noche del sábado

don Abelardo Ibarra llegaba a la calle de la Condesa, a espaldas del la estación de Los Desamparados donde vivía su hermano Néstor. Iba acompañado de su mayordomo Jacinto Minaya. Su preocupación era mayúscula. Durante toda la mañana había tratado de comunicarse inútilmente con su hermano. Al llegar a la casa tocó el timbre insistentemente pero nadie abrió. Su alarma creció. Angustiadísimo le ordenó a su mayordomo que entrara por la ventana del techo pidiendo permiso a los vecinos. Realizada la tarea en cortísimo tiempo, el hombre abrió la puerta y apareció tembloroso, pálido, como un muerto, sin poder hablar. Cuando le preguntaron el motivo de su alarma, no pudo articular respuesta. Alarmadísimo entró don Abelardo y se dio con un espantoso cuadro que por mucho tiempo ocupó las primeras páginas de los diarios limeños y cerreños. Su hermano Néstor Ibarra yacía tirado en medio de un enorme charco de sangre ya casi reseca. Se podía ver entre los coágulos, retazos de labios, ojos, nariz y dientes. Había sido desfigurado completamente, masacrado salvajemente.

El juez instructor, venciendo el temblor de sus manos, anotó: “Tirado boca arriba junto a la vitrola de manija R. C. A. Víctor, el occiso  tiene una mano en el pecho como cansado de defenderse y cubrirse la cara. Hay claras señales de que su cuerpo siguió  recibiendo golpes contundentes en el rostro aún después de muerto. El ensañamiento que se nota es increíble. El rostro de la víctima ha sido salvajemente contundido hasta la total desfiguración. Posiblemente el asesino sea un maniático sin sentido de humanidad”.

La preocupación inmediata del familiar y de los primeros testigos fue encontrar a la señora Eloísa Pérez de Ibarra, la esposa. La búsqueda no fue muy larga. “Arriba, en el baño de la casa –decía el acta- está tirado su cuerpo sobre el piso, con el seno izquierdo atravesado por un espadín que le ha partido el corazón. La muerte, seguramente ha sido instantánea. Tiene puesto el camisón de dormir y junto a ella permanece el lavatorio lleno de agua limpia. La conclusión es obvia. La señora, lista para lavarse, al oír un ruido detrás y voltear, ha tenido seguramente el tiempo justo de ver el rostro decidido y fulgurante de su asesino”. En otra parte se decía: “Sobre el piso de la sala se han encontrado varias armas blancas tiradas sobre el suelo, indudablemente dejado por los asesinos para despistar las pesquisas. Junto al cuerpo del occiso se ha encontrado una nota en la que se lee: “No se culpe a nadie de lo sucedido, pues éste ha  sido un acto de estricta justicia”.  En los torpísimos caracteres con los que estaba escrita la nota, el señor Abelardo Ibarra reconoció la letra de Alejandrino, el sirviente de su hermano que no aparecía por ninguna parte. En ese momento se supo que él era el asesino. Había que ubicarlo inmediatamente.

Como es natural, el hecho criminal difundido por todos los periódicos se convirtió en la comidilla del día. La Lima de entonces, tan remilgada y pacata no estaba acostumbrada todavía a este tipo de excesos humanos,  menos aún a los hechos de sangre que todos condenaban a viva voz. En EL MINERO y LOS ANDES, diarios populares del Cerro de Pasco, se publicaban terminantes condenas del Prefecto Francisco Costa y Laurent; del subprefecto Artemio Sánchez Rodríguez; del Alcalde Enrique Portal, del Director de la Beneficencia, Jesús Vial y Cisneros y notas de condolencia los familiares de las víctimas de parte de las organizaciones sociales.

El diario EL COMERCIO condenaba:  “Este horroroso delito ha sido hecho con  cálculo atrevido, pendiente del menor detalle, propio de los delincuentes que con incomprensible sangre fría han dejado huella para despistar a la policía. No cabe duda. Es más, el asesino es un sanguinario enfermo que ha dejado fluir sus más bestiales instintos criminales. Se hace imperativo que la policía actúe con rigor y cautela para apresar a tan monstruoso asesino”.  Informaba también que, algunos vecinos la noche del crimen, habían oído ruidos y quejidos provenientes de la casa de los Ibarra, pero no les habían dado importancia. Uno de ellos recordaba haber oído incluso las voces de una mujer pidiendo perdón.

Días después, el semanario VARIEDADES mostraba las últimas fotos de los esposos Ibarra. La señora Eloísa, con un broche de tres perlas cerrando la blusa negra, el pelo negro discretamente acolchado sobre los costados y los ojos respetuosos y discretos de una hermosa dama, mirando al lente. Junto a ella, el señor Ibarra, sentado en silla de mimbre con las dos manos asidas firmemente de los costados; el rostro grande, poblado de bigotes que compensaba una ancha calvicie. En la foto que había sido tomada por Mariño -conocido fotógrafo cerreño- el señor Ibarra sonreía abiertamente. Todo era prosperidad en su sonrisa. No era el retozo de un momento de alegría, sino de toda una vida de éxito. Era la cara de un hombre seguro y satisfecho de sí mismo, un exitoso hombre de negocios y minería que había llegado a una edad madura sin mayores problemas. Era la imagen de un hombre que muchos hubieran querido ser, respetable, rico, fuerte, un hombre en apariencia feliz.

Efectivamente, el occiso había sido –como se supo después- un triunfante hombre de negocios, minero, hacendado y comerciante que, cumplidos los cincuenta, había recibido una alerta de su médico. “Lo único que le queda, don Néstor, es dejar esta tierra porque su presión está muy elevada y los problemas que le aquejan de insomnio, indigestión y dolor de cabeza, es producto de la altitud. Huariaca no ha de ser suficiente, tiene que irse a Lima”.

II

Iniciadas las investigaciones se descubrió de inmediato que los dos sirvientes de la

Manuel German Ibarra, el otro asesinado.
Manuel German Ibarra, el otro asesinado.

familia habían desaparecido. De inmediato se enfrascaron en su búsqueda. El varón era un hombrecito de diecisiete años llamado Alejandrino Montes, sirviente y, ahora,  asesino de los esposos Ibarra. Él y su hermana Fabiana, eran naturales de Huariaca donde el señor Ibarra tenía su hacienda. Alejandrino era de contextura débil que jamás haría pensar en un asesino. Menudo, flaco, de ojos grandes.

Sus facciones apenas mostraban las huellas de lo que había protagonizado la noche anterior: el asesinato de sus patrones con un sadismo salvaje que no tenía precedentes por el ensañamiento con que lo había ejecutado.

Después de consumado el homicidio, el homicida huyó con su hermana para alojarse en un hotel de la calle Trujillo, en el Rímac.

Aquella noche no durmió. Recordaba que durante su estancia en la casa dormía en un cuartito de la azotea y su hermana, en la despensa. Esa noche, mientras vivía sus últimas horas de libertad, no pensaba en los esposos Ibarra sino en su hermana Fabiana, a la que había dejado -para protegerla-  en la casa de unos señores que la acogieron aquella misma mañana. En su ingenuidad no sabía que toda la policía ya estaba tras él buscándoles en toda la zona. En esa búsqueda, había llegado a la policía un dato más que los incriminaría. El dueño del Hotel España, en la curva de Polvos Azules, contó a la policía que la noche del crimen, una pareja de muchachos “serranitos” había llegado pidiendo alojamiento, pero al no poder pagar los dos soles de cuota, se habían marchado.

El martes, día del entierro, EL COMERCIO apareció con varios testimonios que apuntaban directamente a la culpabilidad de Alejandrino. Julia Soria, la cocinera de la casa, aseveraba que los sirvientes eran “buenos aunque perezosos y que cuando la señora les daba coscorrones o tirones de orejas, eran justificados”. Otro testimonio anónimo decía que Alejandrino Montes cultivaba “intensas pasiones alimentadas en silencio”, lo cual, añadía “era normal en los indígenas“.

 

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One thought on “EL ESPANTOSO ASESINATO DE LOS ESPOSOS IBARRA (Primera parte)

  1. Muchas gracias por esta publicación. Espero saber un poco mas de mi familia en esta grandiosa y rica tierra cerreña que lamentablemente no conozco. Estoy realmente muy agradecido y esperando ansiosamente el siguiente capítulo. Muchas gracias señor cesar.

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