EL ESPANTOSO ASESINATO DE LOS ESPOSOS IBARRA (Segunda parte)

En su edición de la tarde del mismo martes -tres días después del homicidio- EL COMERCIO, traía junto con la nota del sepelio, una gran novedad: Alejandrino había sido capturado finalmente. Esa misma mañana, en el Callao, el inspector José Cáceres había visto a un chico vestido con camisa rosada de rayas blancas. Al acercársele se desarrolló el diálogo siguiente.ASESINATO 3

  • ¿Qué haces aquí? – preguntó el policía.
  • Nada…, paseando, señor.
  • ¿No tienes ocupación?… ¿Ahhhh? ¡ Eres un vago!.
  • No, señor. Estoy trabajando…
  • ¿Dónde?.
  • En la casa del señor Ugarteche…
  • ¿Qué Ugarteche…?
  • El señor Ugarteche que vive en la calle…
  • ¿Qué calle …?
  • Calle Puno…

El inspector cogió al muchacho del brazo y se lo llevó a la comisaría. Apenas llegó a ella, no pudo más y confirmó su identidad: era Alejandrino, el buscado sirviente de la casa Ibarra.  Contó que con permiso de sus padres habían sido traídos de Huariaca conjuntamente con su hermana para trabajar de sirvientes. Confesó que había matado a los Ibarra porque los hostilizaban constantemente. Con nada estaban contentos; tanto la señora como el señor. Eran renegones y mal intencionados. Que el suplicio de sus recriminaciones y descontentos llevaba ya mucho tiempo hasta que llegó a cansarlos. Cuando Alejandrino seguía en su confesión apareció don Abelardo Ibarra. Por primera vez el homicida se mostró  alterado y se puso de pie muy nervioso. En entonces que el hermano de la víctima, ciego de ira, se abalanzó sobre el asesino profiriendo insultos.

  • ¡Asesino desgraciado!- Gritó y se arrojó sobre él. Los policías lo contuvieron.

Al día siguiente cuando Alejandrino estaba aún en la prisión del Callao sorprendió a policías y periodistas, su humildad, su tranquilidad y su cortesía. Nada lo alteraba y se encontraba muy tranquilo, como si no hubiera cometido nada. Un periodista de EL COMERCIO, sostuvo un breve diálogo con él.

— ¿Por qué los mataste… ?

— Por venganza.

— ¿Por qué te maltrataban?

— Ellos tenían una sobrina que me gustaba. Yo no podía ni mirarla, me pegaban y se burlaban de mí.

  • ¿Ese era el motivo?
  • Sí. La noche antes de que los mate, el viejo Ibarra me encontró escribiendo una carta para la chica que mencioné y sin medir motivo, me comenzó a pegar mientras que me decía que mirara bien a dónde estaba levantando los ojos. Que ellos eran sus patrones y nunca permitirían ni siquiera que la mirara. Fue muy cruel echándome en cara mi pobreza y humildad.
  • ¿Qué pasó entonces….?.
  • Indignado y resentido yo dije “Eso le dirá a sus carneros, pero a mí no”. El viejo reaccionó y me gritó: “Qué dices, so animal…” y de inmediato empezó a patearme. Allí, en el suelo, mientras recibía los golpes, tomé la decisión de acabar con la vida de los Ibarra. Nunca pensé que esto también iba a cambiar la mía para siempre.

Aunque su testimonio posterior no iba a coincidir con la evidencia, su culpabilidad era obvia y, el inspector de Callao, Lino Velarde, llamó al Presidente Pardo para notificarle la captura del criminal. Ese mismo día el preso fue trasladado a Lima en el tren de las cinco. Cuando Alejandrino Montes salió de la comisaría para dirigirse a la estación del ferrocarril, había una enorme cantidad de curiosos por todo el camino. Pero los grupos de gentes del Callao no podían compararse con el gentío, que encendido de indignación y de curiosidad, lo esperaba en la estación de Desamparados. Las fotografías que se publicaron eran muy expresivas.

III

La mañana del miércoles 15 aparece en EL COMERCIO  una entrevista que Alejandrino Montes concedió al periodista en el trayecto del Callao a Lima. Según él, después de la paliza, le dijo a su hermana Fabiana que se acostara y cogió el espadín. El señor Ibarra había salido a visitar a su hermana en ese momento y en la casa sólo se sentían los pasos de la señora entrando al baño. Alejandrino entró detrás de ella y cuando le iba a atravesar la espalda, ella volteó. Entonces él se abalanzó y la hirió dos o tres veces, en medio de sus gritos. Ella se desplomó y todo quedó en silencio. Su muerte había sido instantánea.

Alejandrino cogió una comba y unas piedras y salió a la sala a esperar al señor Ibarra. Quería culminar con su acto de venganza. Se sentía algo incómodo porque su ropa estaba empapada con la sangre de la señora. Tenía mojados hasta los calzoncillos. Esperó hora y media. Cuando sintió el ruido que hacía el señor Ibarra al llegar, se preparó sigilosamente y después de verlo colgar su sombrero y bastón, le arrojó una pedrada que fue a estrellarse contra su cara. Caído al suelo como resultado del impacto, esgrimió la comba con la que siguió  martillando sobre el rostro y la cabeza de su víctima que trataba infructuosamente de protegerse el rostro. Cuando cansado de tanto golpear miró a su víctima, se dio cuenta que ya no respiraba ni se movía. Estaba muerto. Como vio que todas las paredes y el piso estaban salpicados de sangre, cogió una panoplia que estaba de adorno y arrojó por los suelos las espadas, floretes y espadines. Tenía la intención de desorientar a los policías.

Según las autopsias, la muerte de la señora Eloísa había antecedido a la de su esposo en una hora y media. En el tiempo que transcurrió desde las once de la noche, hora del segundo crimen, hasta las cinco, hora en que ambos sirviente abandonaron la casa, Alejandrino se lavó, se cambió, ordenó la casa y se llevó unos cuantos objetos de poco valor.

Según el informe periodístico, Alejandrino Montes el homicida, era  bajo, delgado y parecía hecho para todo, menos para el crimen. Durante los días siguientes, se apoderaron de él, no los jueces ni los policías, sino los médicos psiquiatras que trataban de encontrar los rasgos psicológicos y las protuberancias en la cabeza que, según Lombroso, delataba a los asesinos natos. Sin embargo las conclusiones finales fueron inesperadas. Montes era joven con un “aire de indígena pacífico” que tenía un desempeño normal. Los médicos estaban desconcertados, especialmente el eminente psiquiatra huanuqueño  Hermilio Valdizán. No encontraron en el homicida nada que indicara “precocidad criminal”.

Por ser menor de edad, el homicida fue recluido en el reformatorio nacional donde cumplió condena de veinticinco años. Su hermana fue recogida por una hermandad religiosa y pasado un tiempo se perdieron sus huellas.

El día de los funerales, delegaciones del Cerro de Pasco y Huariaca se hicieron presentes en los actos fúnebres. A partir de entonces, los periódicos tanto de Lima como del Cerro de Pasco estuvieron por mucho tiempo comentando el suceso. En Lima, por otra parte, nació una corriente de simpatía hacia el asesino llegándose hasta componer un vals criollo alabando su sentido de justicia y valentía. Poco a poco, con los años, se fue difuminando el hecho hasta morir en el olvido.

 

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One thought on “EL ESPANTOSO ASESINATO DE LOS ESPOSOS IBARRA (Segunda parte)

  1. Muchas gracias señor cesar perez arauco.muy interesante este relato. Le agradezco de antemano. Ayer estuve viendo imagenes de huariaca , era la primera vez que escuchaba de este pueblo. Y me quede realmente impresionado por su belleza. Me he prometido cuando vuelva al pais. Conocerlo pues realmente merece la pena. Espero ansioso el próximo capitulo gracias.

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