Los riesgos de vivir en las astrales alturas del Cerro de Pasco (Segunda parte)

Partida de la “Marathón más alta del mundo” que se corre entre el bosque de rocas de huayllay hasta el Cerro de Pasco -4368 m.s.n.m.
Partida de la “Marathón más alta del mundo” que se corre entre el bosque de rocas de huayllay hasta el Cerro de Pasco -4368 m.s.n.m.

A propósito, referente a este caso, el pueblo guarda una anécdota muy ilustrativa, y dice: “Los años cuarenta del siglo pasado estaban en todo su apogeo el número de hijos por pareja. La compañía norteamericana “Copper Corporation” se permitía una planilla de quince mil hombres en minas, talleres, oficinas, ferrocarriles y demás ambientes de su propiedad. La ciudad minera, lucía el esplendor de su comercio y  vida social. Todo estaba avante. Exitoso. Cumpliendo con los lineamientos del Gobierno, la COPPER publicitaba, entre otras cosas, “premios en efectivo a los padres más prolíficos”. Prado había establecido que era imperativo recompensar a los padres que trajeran hombres fuertes y productivos para el país. Como es lógico, las parejas cerreñas deseosas de ganarse el galardón, no dejaron en paz los tálamos laboreros y apuraron afanosamente, con mucho placer por supuesto, la producción de críos en serie. Se sabía, por un expeditivo medio de publicidad, que cada mes, se llevarían a casa un atractivo  premio por sus hazañas amatorias. En realidad -digámoslo sin tapujos- aquellos fondos compensatorios iban a parar a manos de cantineros que atendían inacabables brindis de los más efectivos garañones cerreños. Los chiuches florecían y alborotaban en el Hospital de la COPPER y en el Carrión, porque, inclusive, quienes no estaban comprendidos en el concurso, se contagiaron de la moda y le dieron gusto al cuerpo hasta límites insospechados. En las calles cerreñas abundaban mujeres jóvenes con tremendos vientres que proclamaban su fecundidad. Otras llevaban de la mano a interminable ringla de niños chaposos con un recién nacido a las espaldas. Era lo más común y cotidiano. Esta moda publicitada con bombos y platillos, no hacía más que exacerbar el machismo minero, siempre pujante, donde el promedio de bullangueros niños por hogar era de diez como mínimo. Aquí se menospreciaba a quienes  no llegan a esa marca promedio.

Al finalizar el año cuarenta, subieron la recompensa para el mejor fecundador obrero. ¡Claro!. Los gringos estaban de plácemes. Cuanto más niños, más laboreros en las bocaminas y talleres, especialmente en la “Picking Plant” donde se iniciaban en el trabajo a los diez y once años de edad. Sólo era cosa de propagar el concurso. Por eso es que para la Navidad de aquel año, el Superintendente Philpott, quedó estupefacto. El premio le correspondía a un tal Fructuoso Goyena, padre que había logrado acumular diecinueve niños –hombres y mujeres- en veinte años de matrimonio. ¡Un hijo por año! Sin salir de su asombro, encargó a su secretario que llevara a la oficina a tremendo plus marquista minero. Quería felicitarlo personalmente y conocer de cerca cómo podía ser un mortal de semejantes cualidades genésicas y tremendo prontuario fecundador. Así se hizo.

Una mañana, el secretario anunció al superintendente que, a la espera de ser recibido, se encontraba Goyena. Todo fue escucharlo y el corazón le dio un vuelco al gringo. Por fin conocería a un hombre que había podido superarlo diecinueve veces; él no tenía sino un sólo esmirriado engendro rubio, pálido como un pabilo.

Se trazó en la mente la figura del semental y lo imaginó enorme, poderoso, bien parecido. No podía ser de otra manera. Un hombre débil, enclenque y sin atractivos físicos, de ninguna manera podía haber alcanzado esa proeza tremenda de hacer parir anualmente a su compañera. Para salir de aquella interrogante, ordenó que lo hagan entrar en su oficina.

Lo que apareció ante sus ojos fue todo lo contrario de lo que había imaginado. Un hombre flaco, macilento, con el mameluco enorme cubriéndole la carcasa mezquina. No lo pudo creer. Tuvo que preguntar…

— ¡¿Usted ser Fructuoso Goyena…?.

— ¡Sí, míster. Para servirle.

— ¡¿Usted tiene diecinueve…niños…?!.

— Efectivamente, míster. Tengo diecinueve hijos. Todos vivos.

El gringo no sabía qué decir. No lo podía creer. Es más. No podía entender cómo, este hombre tan simple y aparentemente débil, pudiera tener tantos hijos. No terminaba de convencerse, por eso siguió preguntando.

— ¿Usted, ha tenido un hijo cada año de su matrimonio…?.

— Sí, míster.

—Yo no logro entender eso –Estaba perplejo. No lograba armonizar su pretendido reproductor con éste que tenía delante de él. Decidió jugarse su última carta- ¿A qué atribuye usted el que tenga tantos hijos, Goyena. Puede explicármelo?

— Todo es muy sencillo, míster.

— Bueno, entonces, explíquemelo, por favor.

— Bien, yo, míster Philpott, vivo a sólo dos metros de la línea férrea en el barrio de la Docena….

— Bueno, pero eso qué tiene que ver con su caso….

— Es que diariamente, de lunes a sábado, a las cinco de la mañana, la locomotora del ferrocarril pasa por mi puerta haciendo un estrépito infernal. Está calentando motores para arrastrar coches y bodegas hasta las seis que es cuando sale de la estación con rumbo a la Oroya…

— ¿…Y?

— A partir de ese momento ya es imposible dormir. El sacudimiento es insoportable y el ruido ensordecedor.

— ¿…Y?

— Bueno, levantarse a esa hora con tanto frío para ir a trabajar, es demasiado temprano….

— ¿…y?.

— Para seguir durmiendo, ya es demasiado tarde.

— ¿…Y?

— ¡Cómo que… ¿Y?! Entre tanto hay que hacer algo, … ¿No? ¿Sí o no, míster? Ahí mismo, mi mañanero… ¿Comprende…?

El gringo lo comprendió todo en un instante y con la risa abierta en los labios le alcanzó el apetecido premio al obrero fecundador”.

 

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