La hoguera de Pilatos (1639)

Edificio donde actualmente funciona el Tribunal Constitucional del Perú después de haber sido cede de la Casa de la Cultura, ubicada en el jirón Ancash, frente a la histórica iglesia de San Francisco, en Lima. Fue, en tiempos de la colonia, propiedad de Manuel Bautista Pérez, rico minero judío portugués que amasara su fortuna debido a la explotación de sus minas en el Cerro de Pasco.
Edificio donde actualmente funciona el Tribunal Constitucional del Perú después de haber sido cede de la Casa de la Cultura, ubicada en el jirón Ancash, frente a la histórica iglesia de San Francisco, en Lima. Fue, en tiempos de la colonia, propiedad de Manuel Bautista Pérez, rico minero judío portugués que amasara su fortuna debido a la explotación de sus minas en el Cerro de Pasco.

Dos grandes sucesos acapararon la atención del mundo aquel exitoso año de 1639. En primer lugar, el encumbramiento económico de nuestra  ciudad que había eclipsado a Potosí debido al inconmensurable valor de sus minas de plata. Potosí que hasta entonces había concitado la expectativa del mundo por sus fabulosos veneros, atravesaba una época de terribles desgracias. Su filones se habían “ahogado” por el aluvión provocado por las aguas de la laguna de “Cari – Cari”, siete años antes. El virrey Toledo, desesperado, se sintió abatido por la desgracia. Supuso que la bancarrota con toda su secuela de atraso había llegado a España. Sus contadores oficiales lo rescataron de la desesperación. Le hicieron saber que allá, cerca del cielo, las novísimas minas de San Esteban de Yauricocha, estaban produciendo tanta o más plata que Potosí. Los detallados informes e ilustrativos números, no mentían. Estaban salvados.

La buena nueva se la hizo conocer a su primo, el rey de España. Emocionado y enternecido con la noticia, el monarca decidió conceder una designación nobiliaria al emergente poblado salvador. Le otorgó el enaltecedor título de: “Ciudad Real de Minas”. El correspondiente escudo nobiliario, pomposo y encumbrado, otorgándole  también importantes prerrogativas que los mineros españoles aprovecharon en exceso. Las fabulosas minas del Cerro de Pasco, a partir de entonces, solventarían con prodigalidad los gastos de la real corona española.

El otro suceso que puso de vuelta y media a los cotarros locales fue el “Auto de Fe” ordenado por la Santa Inquisición de Lima a un minero local. Tras un proceso que duró algo más de tres años, debería morir en la hoguera el judío portugués Manuel Bautista Pérez –rico minero que tenía exitosa minas trabajadas en nuestra ciudad- conjuntamente con diez de sus cómplices.  Este abusivo de 54 años de edad, radicaba en el Cerro de Pasco desde hacía un buen tiempo. Nacido en Ancar, obispado de Cohimbra, (Portugal), se desempeñaba como cabeza de judíos en el Perú, siendo gran rabino de la Sinagoga. Por su ejecutoria audaz y sangrienta, era llamado por sus secuaces: “El Capitán Grande”. No era para menos. Era el sanguinario y aprovechado abusador de gentes del pueblo a las que trataba con desprecio. Cuando le hicieron conocer la definitiva decisión de la Santa Inquisición en los calabozos de su encierro, no se inmutó. Pensó que el peso de sus copiosos dineros le lo sacaría con bien de aquella emergencia. De nada le valieron los enjuagues, coimas y prebendas que desplegó por torcer las varas de la ley. Ésta se mantuvo incólume para la alegría de sus víctimas.

¿Cómo fue aquello? Las amarillentas páginas del correspondiente proceso nos revelan lo siguiente.

Finalizaba el año de 1635 cuando, por delación de un creyente, la Suprema Autoridad de la fe  tomó conocimiento que en una amplia casona, frente a la capilla de la Virgen del Milagro, en Lima, se realizaban inconfesables actos de escarnio contra el cuerpo del hijo de Dios. Esta histórica residencia, ocupada actualmente por el Tribunal Constitucional del Perú, fue inicialmente propiedad de un conquistador español, compañero de Pizarro, que la vendió al minero judío portugués, Manuel Bautista Pérez, notable minero del Cerro de Pasco. Una noche, en completo secreto, alguaciles, fiscales, escribientes y testigos, se hicieron presentes en completo silencio y a escondidos entre las sombras, para presenciar lo que allí acontecía. Lo que vieron no solo les puso los pelos de punta, sino que los colmó de santa indignación.

Después de dirigirles una larga y encendida perorata en contra el hijo de Dios, el “El Capitán Grande”, arrellanado en un trono aparatosamente negro, se puso de pie y con ademanes enérgicos puso un largo zurriago en manos de cada uno de sus cómplices.  Su amenazante y alargado rostro de pronunciada calva frontal con abundantes greñas –duras crines- se amontonaban en desorden en la parte posterior de su cráneo; un tajo longitudinal le había clausurado el ojo derecho dejándolo tuerto con pronunciada cicatriz. Sus largos mostachos y sus orejas enormes le daban una horripilante figura

Cada uno de sus cómplices, rabioso y con ira digna de mejor causa -por riguroso turno- estrellaba el látigo en el cuerpo de Cristo, una doliente escultura de tamaño natural, profiriendo insospechados insultos y blasfemias. El judío portugués cumplía el mismo papel que Pilatos en la Pasión. Por eso el pueblo bautizó con ese nombre a Manuel Bautista Pérez. Indignados al máximo, no demoraron en proceder al inmediato apresamiento de los herejes. Los aherrojaron con cadenas y toscos grilletes en medio de  insultos y golpes, faltándoles poco para ultimarlos ahí mismo. Aquello fue espectacular. El Perú se vio de vuelta y media. Todos condenaron acremente el acto de irreverente ofensa a Dios. A partir de ese momento, poniendo en movimiento sus numerosas influencias, el judío trató de obtener su absolución. No lo consiguió. Después de tres agotadores años fue condenado a morir en la hoguera conjuntamente con diez de sus cómplices. Todos sus bienes le fueron embargados pasando a manos de la iglesia, entre ellas, sus ricas minas cerreñas y la casona que en la actualidad alberga al Tribunal Constitucional del Perú.

Aquella mañana de abril de 1639, realizada la confiscación de todas sus propiedades, minas, ingenios y comercios en el Cerro de Pasco procedieron a la humillación pública. Primeramente se dio a conocer el nombre de los sentenciados en medio de incalificables insultos de la indignada gente: Manuel Bautista Pérez, Antonio Vega, Juan Rodríguez Silva, Diego López de Fonseca, Juan Acevedo, Luis de Lima, Rodrigo Páez Pereira, Sebastián Duarte, Tomé Cuaresma, Francisco Maldonado y Manuel Paz. Acto continuo, por ser herejes convictos y confesos, se les vistió con el humillante sambenito que les cubría desde los hombros a la cintura. En la cabeza lucían una mitra puntiaguda. En el resto del atuendo llevaban dibujos estampados de demonios y enguas de fuego encendidas con el fin de hacer más dramática el cúmulo de culpas que agobiaban a los reos. Iban ordenados en fila mediante una soga que les rodeaba el cuello y con las manos atadas por delante. La desagradable procesión estaba encabezada por sacerdotes que portaban sendas cruces verdes, símbolo de la Inquisición. Los ministros de Dios marchaban seguidos por aguaciles y gendarmes del Santo Oficio, ubicados delante de otros sospechosos arrestados, así como familiares de las víctimas, con el fin de persuadirlos a que se arrepientan de los cargos que los inquisidores les formulaban.

Esta la lenta marcha hacia el patíbulo, con el sonido tétrico de agudos redoblantes, iba precedido por un grupo de gendarmes seguidos de un sacerdote que llevaba la Custodia del Santísimo bajo palio en oro y escarlata, conducida por cuatro hombres. El torvo canónigo iba acompañado por numerosa grey de sacerdotes, sacristanes y acólitos. Todo aquel -hombre, mujer o niño- que estuviera presenciando la procesión a los lados de las calle, se arrodillaba con mucha reverencia al paso del Santísimo, porque de lo contrario, corría el riesgo de ser señalado como hereje por los informantes encubiertos apostados entre la multitud que colmaba las aceras de las calles.  Finalmente, detrás de toda aquella tumultuosa muchedumbre, aparecían las víctimas del Auto de Fe, flanqueados por sacerdotes dominicos de sotana blanca con negra capucha, pretendiendo salvar las almas de los condenados, conminándolos al arrepentimiento. La comparsa tétrica terminaba con los inquisidores, flanqueados con escudos y emblemas numerosos entre los que destacaban el escudo del papa y el de cada uno de los reyes católicos, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón. Tras de ellos, un contingente de gendarmes y multitud entrenada para rezar por el arrepentimiento de los condenados y, luego, para insultarlos. Toda la procesión era flanqueada por una enorme cantidad de soldados fuertemente armados. La infamante procesión recorrió las calles céntricas de la capital hasta llegar a la explanada de Acho, donde actualmente ocupa la plaza de toros. Allí se ejecutaría el Auto de Fe.

La ceremonia de ejecución fue prolongada por la obligación de los inquisidores de leer la lista de crímenes imputados a cada uno de los herejes. Las víctimas estaban sentadas en un altillo visible con bancos donde recibirían toda clase de insultos, escupitajos y hasta proyectiles de los asistentes que,  con eso, demostraban ser buenos católicos ante los ojos de la Inquisición. Luego, de la boca de un sacerdote, brotó un larguísimo sermón alusivo a la ocasión mientras, monjes vestidos de blanco urgían a las víctimas por un arrepentimiento de último momento. Rodeados de cruces verdes los inquisidores se sentaron en un escenario adyacente mientras el ambiente era perfumado con humos de incienso como precaución para evitar el hedor de los cuerpos al ser quemados. Después, se celebró una misa y, otro sacerdote pronunció un sermón final. Cuando terminó la misa, los inquisidores liderados por el Inquisidor Principal, se pusieron de pie y se dirigieron a la multitud que estaba de rodillas, presta para jurar defender al Santo Oficio de todos sus enemigos.

Siguiendo con lo establecido por la iglesia, se ofreció la conmutación de su muerte por su arrepentimiento a los condenados. Cuando se les acercó la cruz para que la besaran en acto de contrición, no sólo no la besaron sino que le arrojaron un escupitajo que originó una rechifla y apedreamiento del pueblo. Para evitar que las cosas provocaran mayores muestras de ira, procedieron a encender la hoguera. En el convencimiento de que no habría arrepentimiento de parte de estos salvajes y con el fin de que pagaran muy caro sus terribles irreverencias ante Dios, utilizaron leña verde que produce combustión lenta. Querían que los sacrílegos sufrieran más. Aún sin saberlo, intuían que si el fuego era grande como el presente caso en el que gran número de prisioneros serían ejecutados al mismo tiempo, la muerte les provenía rápidamente de la provocado por los humos o  el monóxido de carbono de las llamas. Por experiencia sabían que si el fuego era pequeño, los condenados se quemarían tras largo tiempo hasta que la muerte les llegara por el choque del excesivo calor, pérdida de sangre o, simplemente por la descomposición térmica en todo el cuerpo.

La sombra de la santa Inquisición siempre estuvo pendiente de las delaciones de los creyentes píos de la ciudad minera; tan así es que transcurrido el año de 1802, fue denunciado el ciudadano Domingo González de Castañeda “por burlarse de las censuras religiosas y las extremaunciones”; y, años anteriores, no faltaron denuncias a mujeres de “vida alegre”, brujas, chamiqueras y demás personas enemigas de la iglesia. Los cerreños fuimos proveedores de infieles al tribunal religioso.

 

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2 thoughts on “La hoguera de Pilatos (1639)

  1. Otra prueba más de lo terrible que debió ser la criminal organización llamada la Santa Inquisición. Era costumbre en esos tiempos financiar a la iglesia y a sus ‘empleados’ a base de hechos como este. Seguro que el dueño de la mina no sería una ‘hermanita de la caridad’ pero si igual que todo dueño de minas de esos tiempos, pero el era judío y como tal era carne de cañón.

    Las denuncias era siempre anónimas y como siempre falsas.

    Mataron a un judío sin acordarse que Jesús nació, vivió y murió como judío.

    Triste antisemitismo contra una raza que nos dio a Cristo.

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