EL BALCÓN DE JUDAS

Balcon de judasLos que antiguamente realizaban sus romerías a nuestro cementerio general, podían ver que a doscientos metros de la imponente cancela de su puerta, aparecían las fauces abiertas de unas misteriosas galerías subterráneas. Estas bocaminas que por su conformación parecían unos balcones pétreos, fueron bautizados por el pueblo con el nombre de: “El Balcón de Judas”. No era para menos. En los interiores de sus intrincados laberintos se sucedieron una interminable serie de aventuras galantes de manirrotos mineros de entonces. Don Pablito Arias Franco, viejo minero, curtido en hazañas y aventuras, nos contó la siguiente historia de este antro singular.

A fines del siglo XIX, los mineros que conducían sus recuas de mulas con mineral para su tratamiento en los ingenios de Pucayacu, la Quinua y San Miguel, descubrieron en Pariajirca Alta, esta serie de cavernas que otrora se habían horadado en los primeros laboreos de minas de plata. Al verlas así, casi ocultas y a considerable distancia de la ciudad, pensaron con mucho acierto que podrían servir para la realización de sus planes galantes y nocturnos de mujeres, vino y canto.

Los más emprendedores, reunieron a sus amigos más íntimos: Los Alcántara, los Arias, los Woolcott, los Languasco, los Malpartida, eligiendo como organizadores y anfitriones a, “Capachón” Minaya y “Liclish” Ráez, una dupla extraordinaria. Éstos, cuajados en este tipo de lides, sabrían organizarla debidamente. De la pléyade de músicos bohemios, reclutaron a “Ucush” Benavides, un artista sin igual con la guitarra; su “par” el singular “Saco Largo” Palomino;  Graciano Ricci y Julio Patiño, en clarinetes; Pedro Díaz y Manuel Gutiérrez, como vocalistas principales. Acopiaron con mucho esmero los muebles adecuados: sillas, sillones, canapés, colchones -¡Muchos colchones!- tocadores, lavatorios, escupideras, ceniceros, bacinicas, palanganas  y una muy variada serie de artículos de tocador. Una enorme cocina de hierro con todos sus aditamentos; ollas, sartenes, cazos, cucharones, espumaderas. Una completa vajilla de cubiertos finos, vasos, copas, poncheras etc. Para el yantar, lo más necesario y espectacular: sopas enlatadas de Francia, sardinas en aceite de oliva, enormes jamones, bacalao y otras exquisiteces de allende los mares. Buena provisión de carne fresca, verduras, frutas y abundante ají. En cuanto al lubricante de la fiesta, una espectacular variedad de licores de moda: vinos franceses y españoles, cognac y champagne francés, cerveza alemana, mistral, ajenjo, manzanilla, ron de Jamaica y delicadas mixtelas para las damas. Nada dejaron al azar. Con sibilina meticulosidad, durante más de quince días, estuvieron transportando la espectacular parafernalia confundida con los sacos de metal. Finalmente, delegaron a “Liclish” Ráez para que enrolara a las más guapas cerreñas en la galante empresa. Desecharon a las extranjeras porque sabían que todas eran “lenguaraces” y podían revelar tan caro secreto. “Liclish”, cumplió. Reunió –como decía “Athos” Malpartida- al Estado Mayor del placer y la alegría. La “Zamba de Oro”, graciosa como ella sola. Chola bien plantada, trigueña, de atractivos cabellos encrespados y sonrisa juguetona, tetas duras, altas y firmes, a punto de reventar el corpiño; una artista haciendo el amor. La bellísima, “Cien soles”; alta y recia, hermosa como pocas, cuya alta tarifa cobrada en monedas de nueve décimos justificaba su chapa. Era la más cara, pero bien lo valía. Una artista en la cama y fuera de ella. Quien no la hubiera conocido, la tomaría como a una guapa mujer de su casa. Las dos hermanas “Llampito”: Zoila y Herminia, tan dulces y suaves como los montones de rosicler que recibían ese nombre: “Llampitos”. A ellas acudían los templados y los desengañados en busca de consuelo. Ellas se lo proporcionaban con creces. Podían pasarse horas enteras escuchando amorosamente las cuitas de los desesperados que, al final, recibían un quitapesares amoroso muy bien dispuesto por lo que, en recompensa, las atiborraban de dinero. “La Preciosa”, rubicunda hembra que, aseguraban las “malas lenguas”, era la hija oculta del gringo Stone, cónsul de su majestad británica. La opulencia de sus carnes, la belleza de su rostro y el encanto de sus ojos azules, tenían apresado el corazón de muchos cerreños. Nadie la igualó a bailar el huaino cerreño. Su alegría era proverbial y su resistencia para el zapateo, inigualable. Era un goce verla bailar. La “Blanco Encalada”, real hembra que le tenía sorbido los sesos al compositor y periodista, “Liclish” Ráez, cuya correspondencia era muy festejada por todos. …. Con toda esta garantía del placer y del goce, fueron a encerrarse en el balcón olvidándose del mundo.

Como los cerreños no tienen que pedir permiso a sus mujeres, cumplían con decirles que el trabajo en el ingenio los detendría una semana o más y, salían como si tal cosa.

A los fundadores de esta orgía, pronto se les unieron los que por su investidura, cargo o posición social, no podían echar una cana al aire en la ciudad. Fueron muchos. Difundida discretamente entre ellos, día y hora de la cita, exultantes se reunían en el famoso balcón a olvidarse del mundo.

En la sala –el ambiente más grande- iluminado al “giorno” con potentes lámparas mineras, las amarteladas parejas de tarambanas y mujeres guapas contaban con el escenario adecuado para sus danzas de variedad muy activa, preponderando piezas lugareñas, donde cada uno era muy ducho. Huainos, chimaychas y cachuas de rompe y raja; relojeras cajamarquinas, coronguinas y fundamentalmente, la “Pirhua la Pirhua” huamanguina, con la que las parejas se divertían óptimamente en medio de un coro de risas y chanzas, a cual más atrevida. Por eso, como bastonero, es decir “maestro de ceremonias”, se alternaban, “Capachón” y “Liclish” Ráez. Cada uno en su  turno, desviviéndose por hacer que la fiesta tuviera un desarrollo feliz y alegre. Por los demás, se comía y se bebía abundantemente. Cuando la reunión se ambientaba plenamente, las parejas se retiraban discretamente a sus “aposentos” interiores, que no eran sino las caprichosas cavernas del enorme antro. Allí hacían el amor, plácida y libremente, como Dios manda. La fiesta no decaía nunca, ya que por convenida sucesión, las parejas estaban turnándose entre la “sala” y las “alcobas”. No vaya a creerse que los músicos se dedicaban sólo a mirar, como convidados de piedra, no; también entraban a tallar mientras que cualquiera de los señoritos los reemplazaba por amistoso turno. No se permitía exclusivismos.

La alegría y derroche de las mozas, el enervante y rico licor, y las reconfortantes comidas, permitían que estos bárbaros pasaran encerrados en la cueva, seis, siete u ocho días, sin importarles el transcurso de las horas. ¡Que tales jaranas! Bueno, pero éstas no duraron mucho.

La existencia de este antro era, por aquellos tiempos, un secreto a voces. Todo el mundo llegó a conocerla, originando un escándalo que acrecentó un accidente impensado. ¡Había desaparecido un hombre! Nadie podía explicarlo, pero había desaparecido. La consiguiente alarma del pueblo que puso el grito al cielo, fue espectacular. Con la desaparición del jaranista, los comentarios a cual más antojadizos, crecieron bárbaramente. Los cerreños que son muy acertados para urdir historias, hicieron rodar muchísimas por aquellas calles del rumor general, empedradas de lenguas viperinas y mal intencionadas. Felizmente –para los perjudicados moralmente- todo quedó aclarado cuando al perdido lo encontraron exangüe, a la puerta de una bocamina de Pariajirca Alta. Allí contó que, cuando se encontraba rendido, dejando a su pareja en la sala, había ido a dormitar un poco en su “alcoba”, pero como estaba muy embriagado, se metió por un pasaje que no correspondía a su destino y siguió avanzando hasta que, rendido por el cansancio, se quedó dormido. Al despertar en plena oscuridad, no supo cómo orientarse y siguió avanzando en busca de la salida sin darse cuenta que iba metiéndose más y más. Después de cinco días, cuando todos los daban por desaparecido, pudo ver la luz de salida de una estrecha bocamina de “Algo huanusha” y, haciendo esfuerzos supremos, salió para quedar fuera sin conocimiento. Aseguró –santiguándose como buen cristiano- que un paquete de velas de sebo que tenía en uno de los bolsillos, le había servido como único alimento.

Esta desaparición y el miedo que despertó en las “chicas” el establecimiento del Cementerio General y posterior saqueo por los huaqueros en su deseo de hallar tesoros escondidos, sellaron para siempre la historia galante del “Balcón de Judas” que después fue refugio de ladrones, luego una letrina inmunda y, actualmente, base de una serie de casas que han construido encima haciéndolo desaparecer.

Esta es una de las tantas cosas que la minería ha hecho desaparecer.

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One thought on “EL BALCÓN DE JUDAS

  1. Lamentablemente lo grandioso de nuestra historia cerreña se van perdiendo “engullidos” por la minería y sofocados por el avance de las construcciones que se aferran a las entrañas de su suelo, suelo que mantuvo las huellas de un pasado lleno de gloria y heroísmo…………….es decir un PUEBLO MÁRTIR.

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