UNA HAZAÑA INCONMENSURABLE (Cuarta parte)

Los héroes encaramados sobre el coche invencible. En primera fila, don Santos Cuadrado y Pérez, el hombre de la brillante iniciativa al lado del conductor oficial, Juan Manuel Beloglio. En segunda fila, don Teobaldo Salinas, don Manuel Oyarzábal y el cronista de la odisea, nuestro mártir Gamaniel Blanco Murillo. En tercera fila, Asunción Cornejo, Isidoro Delgado y Antonio Beloglio, aguerridos héroes que jamás olvidaremos.
Los héroes encaramados sobre el coche invencible. En primera fila, don Santos Cuadrado y Pérez, el hombre de la brillante iniciativa al lado del conductor oficial, Juan Manuel Beloglio. En segunda fila, don Teobaldo Salinas, don Manuel Oyarzábal y el cronista de la odisea, nuestro mártir Gamaniel Blanco Murillo. En tercera fila, Asunción Cornejo, Isidoro Delgado y Antonio Beloglio, aguerridos héroes que jamás olvidaremos.

EL TERCER DÍA (28 de octubre de 1925).

La mañana del 28 de octubre, cuando sobresaltados abrieron sus ojos, comprobaron que habían sido ganados por un reconfortante sueño reparador en la intimidad del carro. Don Manuel consultó su reloj. Marcaba las seis en punto de la mañana. Había que continuar. Cuando quisieron abrir la abertura que señalaron como puerta, la encontraron trabada. El peso de la nieve que la cubría, impedía la apertura. Quisieron mirar por las rendijas, pero éstas estaban cubiertas de nieve. Tuvieron que empujar con todas sus fuerzas para vencer el obstáculo. Por el intersticio logrado se deslizó Asunción Cornejo, el más enjuto de todos y salió a explorar. Después de un buen rato retornó y trajo malas noticias; la nieve continuaba cayendo aunque en menor intensidad y suponía que en una media hora dejaría de caer. Se equivocó. Todavía a las ocho de la mañana cesó el pertinaz diluvio blanco. Después de desayunar frugalmente, Cornejo volvió a salir premunido de una pala y emprendió el retiro de la nieve con lo que levantaron la lona y, todos salieron.

Un paisaje lunar los sorprendió por completo. La uniforme blancura de la nieve había hecho desaparecer completamente los roquedales del día anterior. El chasís del coche había desaparecido; la fría capa blanca había esfumado los parachoques y guardabarros; los ejes y ruedas completamente sepultos. En estas condiciones nadie habría podido remolcar el vehículo. Los promontorios se habían unido y no se podía distinguir un terreno apto para el avance del carro. Se corría el riesgo de encajonarse en un abismo disfrazado y encubierto por la nieve. Menos mal que el cielo, ayer encapotado, comenzaba a azularse y no tardaría en salir el sol.  Había que aguardar. Los rayos del sol derretirían la nieve y viéndose la superficie del terreno se podría avanzar. La determinación de los jefes de la expedición Salinas y Oyarzábal, fue esperar.

Con el fin de desentumecer los músculos y activar la circulación, los hombres comenzaron a hacer rodar medianas bolas de nieve hasta convertirlas en gigantescas moles, las que -llenos de humor- fueron convirtiendo en enormes muñecos a los que entre risas, le pusieron los nombres de los personajes más visibles del Cerro de Pasco.

Después del almuerzo consistente en abundante charqui, ají, mantequilla y café, siguieron haciendo rodar las bolas de nieve por la ruta occidental, limpiándola para que fuera más fácil el descongelamiento. La tarde avanzaba y no obstante el arduo trabajo efectuado, no se podía distinguir claramente la superficie del piso. Cansados, los jefes determinaron que había que seguir esperando hasta que derritiera la nieve.

El resto de la tarde la pasaron en una amena conversación. Don Manuel Oyarzábal, parsimonioso y con una gracia narrativa cargada de dolorosas evocaciones, relató a sus embelesados oyentes su participación en la guerra con Chile, conformando con su hermano Toribio –entre otros- la segunda famosa Columna Pasco, cuando apenas eran un par de niños. Ellos habían sido integrantes de un segundo grupo que armó el italiano Enmanuele Chiesa con el  mismo nombre en homenaje a los que habían muerto en Arica. Habían salido del Cerro de Pasco para impedir que los chilenos tomaran Lima y combatieron en San Juan y Miraflores. Los pasajes del relato llegaban nítidos a la mente de don Manuel, que emocionado cerró su narración ya con la voz quebrada:

— Aquellos últimos días del año de 1880, fueron terriblemente tormentoso para todos nosotros en el Cerro de Pasco. Toda nuestra atención estaba cifrada en las noticias que llegaban a los periódicos, transmitidas por el telégrafo.

Cuando nos enteramos que los chilenos habían desembarcado fuerte contingente de soldados  armados hasta los dientes en las playas de Pisco el 8 de noviembre y el 1 de diciembre. Ya no pudimos más. Todos los viejos cerreños conjuntamente con nosotros los “chiuchis”, nos reunimos en Gayachacuna y, todos a una, acordamos conformar una nueva Columna Pasco y marchar en defensa de nuestra capital. No era el caso de dejarlos entrar a la ciudad. Nuestro problema era que ya no había el apoyo inicial que los héroes a del primera Columna habían tenido..

— ¿….Y?

— En eso emergió la figura de un italiano extraordinario que tenía su negocio en la Plaza del Comercio; él se llamaba Emmanuele Chiessa, pero diciéndose cerreño, castellanizó su nombre y apellido por Manuel Iglesias, que es lo mismo. Bueno, el caso es que este buen bachiche, puso los primero cuatrocientos soles para la compra de armamento. A eso se sumó la colecta que nuevamente hicieron las mujeres y algunos regalos más que obtuvieron. Cuando estuvimos listos, lo hicimos padrino de nuestra bandera al italiano y partimos…

—¿Igual que la primera Columna…?

— No. Ya nosotros no podíamos exigir más. Algunos extranjeros nos dieron fusiles y uno que otro apoyo. Así, arrebatados, a la loca, partimos del Cerro de Pasco. Nuestra única consigna era defender a como dé lugar nuestra capital. Si los expulsábamos, los chilenos ya no llegarían a nuestra ciudad.

— ¿Tenían uniformes…?

—  Nada. Esperábamos que en Lima nos dieran lo necesario, pero no fue así. Cuando llegamos nos dimos cuenta de una enorme improvisación campeaba. No había siquiera un plan de combate. No se sabía lo que tenía que hacerse frente al enemigo. En cambio los chilenos  estaban muy bien pertrechados de cañones, ametralladoras,  fusiles, municiones, hombres y animales. Nosotros no. Es más. Al ejército chileno se había unido un contingente de chinos que explotados cruelmente por los hacendados peruanos, fueron aliados, guías y confidentes de los rotos. Con la llegada de los sureños encontraron oportunidad para vengarse de los explotadores. Bueno, así las cosas, el 12 de enero de 1881, atacaron San Juan y no obstante la defensa, lo dejaron convertido en una hoguera gigantesca. Fue terrible. Yo, con mi hermano, nos vimos las caras con los chilenos en los arenales de Miraflores. Ahí sí que peleamos como fieras. A mí, los  cojudos, creyéndome muerto, ni caso me hicieron porque mi cuerpo estaba completamente lleno de arena y sangre; sangre de un miserable jefe chileno al que le molí la cara a cabezazos –porque los dos estábamos desarmados- aunque yo también sufrí una incontenible hemorragia. Luego se produjo una gran explosión; volé por los aires y perdí el sentido. No sé cuánto tiempo estuve así. El caso es que en el “repase” no me tocaron…en cuanto a mi hermano Toribio, lo habían enviado a un hospital cuando  fue herido de gravedad por un obús que le voló los dedos de la mano. Luego vino lo que ustedes saben; el triunfo de los chilenos. Desde entonces pasó mucho tiempo que soportamos sufriendo nuestro dolor y nuestra tristeza hasta que acabó la guerra. Un día llegados al cuartel general para reponernos de nuestras heridas, nos encontramos después de muchos meses, con mi hermano Toribio y nos abrazamos, llorando como hombres y, en ese momento, emocionados, los dos cantamos a voz en cuello una hermosa muliza que mucho le gustaba a mi santa madre. Cuando terminamos, la tropa del cuartel, también estaba llorando. Eran lágrimas de hombres que humedecieron nuestras polacas destrozadas. Eran lágrimas de hombres que habían luchado como fieras y que por milagro de Dios estaban vivos…!Y aquí estoy, carajo, todavía vivo y fuerte y esta nevadita no nos va a matar…!… ¡¡¡Tenemos que vencer!…

El silencio llegó a la estancia, los jóvenes empaparon sus ojos en aquella legendaria figura de nuestro pueblo y encandilados por una reverente admiración, se durmieron.

CUARTO DÍA (29 de octubre de 1925).

Eran las cinco de la mañana del 29 de octubre, pero el brillo de la nieve reflejaba la mañana como si fuera más tarde. Llenos de entusiasmo los hombres se incorporan, sólo Asunción Cornejo tiene problemas. Abundante legaña apelmazada le impide abrir los párpados. Don Teobaldo coge un trozo de algodón y limpia. El paciente apenas si puede abrir los ojos; cuando lo hace, muestra sanguinolento el globo ocular semejante a un tomate. Es el fatídico “surrumpe”. La cura no se hace esperar. Acuesta al lesionado y cogiendo dos bolas de nieve, se los aplica encima de los ojos para refrescarlos.

–Esto te curará. Ahora reposa un poco. Más tarde estarás mejor- dice don Teobaldo y ordena que cada uno de los hombres se coloque dos hojas de coca en los párpados inferiores para evitar la irritación de los ojos.

Como lo han previsto, así ha ocurrido. La nieve ha derretido y, convertida en agua desciende de las alturas arrastrando los vestigios de copos deshelados. Tras superar la primera dificultad, avanzan por un paraje más o menos plano, venciendo las dificultades con entereza. Al promediarse la mañana, llegan a la estancia de Palcamayo, desde donde se columbra una quebrada atravesada por el río Rodeo. Vencidos los obstáculos, toman la estrechez de una cañada y descienden lentamente hasta llegar a la orilla de un río. Después de buscar un vado, utilizando sogas y cables, logran vencer la correntada y se instalan en la otra orilla. Almuerzan en la estancia Palcamayo e inmediatamente después reinician la marcha. Tienen que recuperar el tiempo perdido. Han llegado a una rampa abrupta y se hace imprescindible vencerla. Con mil esfuerzos superan la dificultad y llegan a un promontorio desde donde puede verse una planicie húmeda y cenagosa. Fuertemente amarradas las escaleras, tablones, pértigas y herramientas, inician el descenso y, luego de una hora, llegan a la planicie de Rupacancha. Esta explanada extensa es cubierta en otra hora. Al final de esa pampa se encuentran con enormes rocas que dificultan el paso. En este lugar no tienen más remedio que utilizar los explosivos. Expertos como buenos mineros, al instante hacen volar por los aires una enorme roca. Vencido el inconveniente, avanzan triunfantes. Faltando casi una legua para llegar a la estancia de Casacancha, le da el alcance el gobernador del pueblo de Culluhuay –ya en territorio canteño- informándoles que por orden del subprefecto de la provincia, señor Hildebrando Escudero, trae la misión de ayudarles. Llegados a la estancia, acampan, toman sus alimentos y como ya es cerrada la noche, se van a dormir.

 

QUINTO DÍA (30 de octubre de 1925).

Cuando los hombres despertaron en la mañana del 30 de octubre, comprobaron que la tormenta de rayos y truenos que no les había dejado dormir, había tenido una secuela de inmisericorde granizada. Sólo al amanecer había amainado su furia. El piso estaba empapado pero felizmente podía distinguirse con claridad la superficie. Luego de colocar la bandera en un improvisado mástil del carro, con especial veneración y respeto, se santiguaron e iniciaron la jornada.

A poco de iniciar la marcha, distinguieron claramente el camino de herradura. Contentos por el hallazgo siguieron la senda cerril por un desfiladero que a ratos se estrechaba peligrosamente; sin embargo, no habiendo otra alternativa, tuvieron que seguirlo. Aquí se pudo apreciar la pericia y precisión de don Teobaldo en la conducción del vehículo. Continuando con menos tumbos que antes, fueron a llegar a una vaquería que llamaban El Escalón. Al llegar a este lugar, grande fue la sorpresa que se llevaron al encontrar una numerosa comisión de hombres presidido por el gobernador de Marcapomacocha y una veintena de hombres del caserío de Yantac que aguardaban muy entusiasmados.

Después de los saludos pertinentes, se pusieron a órdenes de los excursionistas, invitándoles a llegar a Yantac donde el pueblo estaba esperándoles.

Verdaderamente extraordinario fue su ingreso a este pueblo. Todos los vecinos portando antorchas y banderas hacían calle para el paso del automóvil. Gritos, pitos y salvas aclaman estentóreamente a los visitantes. Llegados a la plaza principal, recibieron el saludo del telegrafista Lorenzo Leiva, de la autoridad del lugar, don Manuel Bao y otros representantes de los pueblos vecinos. Estos explicaron que gracias a la comunicación telegráfica de don Santos Cuadrado y Pérez desde el Cerro de Pasco a toda la zona del recorrido, se habían enterado de la travesía.

Después de la clamorosa recepción fueron invitados a pasar al salón principal del pueblo, donde se sirvió un espléndido banquete enmarcado por cándidos lamparines a querosene.

Eran las nueve de la noche.

Concluida la cena, transcurrida en un ambiente de franca cordialidad, los cansados viajeros se retiraron a descansar.

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2 thoughts on “UNA HAZAÑA INCONMENSURABLE (Cuarta parte)

  1. Quien conozca estos parajes inconmensurables de las altiplanicies de los Andes, quien haya vivido a mas de 4000 msm, quien haya pasado estas borrascas de nieve, viento y una helada soledad………solo ellos pueden “sentir” la proeza inigualable en su época y lugar. Héroes olvidados como ellos los hay, pero creo estos deberían tener un lugar especial en los anales de la historia…………sobre todo en la Historia de un PUEBLO MÁRTIR como el Cerro de Pasco

  2. Los que conozcan estos parajes inhóspitos de los Andes, los que hayan vivido a mas de 4000 msm, los que hayan soportado las ventiscas, nevadas y el silencio helado de la puna…….solo ellos podrían saber el sacrificio de este grupo que representan al PUEBLO MÁRTIR del Cerro de Pasco.

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