UNA HAZAÑA INCONMENSURABLE (Quinta parte)

En Canta, los expedicionarios acompañados de ciudadanos del lugar. Habían cubierto más de la mitad de la ruta. Cuando llegaron a Lima, recibieron el homenaje de las autoridades  y directivos del Touring Automóvil Club Peruano que les otorgó sendas medallas de oro y bolsas de monedas de oro. Otro tanto hizo nuestro pueblo. Pocos días después, nuestra ciudad se conmocionó con la muerte de don Santos Cuadrado y Pérez, el visionario que había trabajado incansablemente para lograr su suieño. En su homenaje continuaron con empeño y, el 20 de octubre de 1932, se inauguraba la carretera del Cerro de Pasco a Lima por la vía Canta. El sueño de un gran pionero se había cumplido ampliamente
En Canta, los expedicionarios acompañados de ciudadanos del lugar. Habían cubierto más de la mitad de la ruta. Cuando llegaron a Lima, recibieron el homenaje de las autoridades y directivos del Touring Automóvil Club Peruano que les otorgó sendas medallas de oro y bolsas de monedas de oro. Otro tanto hizo nuestro pueblo. Pocos días después, nuestra ciudad se conmocionó con la muerte de don Santos Cuadrado y Pérez, el visionario que había trabajado incansablemente para lograr su suieño. En su homenaje continuaron con empeño y, el 20 de octubre de 1932, se inauguraba la carretera del Cerro de Pasco a Lima por la vía Canta. El sueño de un gran pionero se había cumplido ampliamente

SEXTO DÍA (31 de octubre de 1925).

La serena mañana del último día del mes de octubre de 1925, presagiaba una jornada fructífera y atractiva. Los negros y amenazantes cielos de los días anteriores, habían cambiado por la suave transparencia de esa mañana.

Después del agradable desayuno de rigor, partieron con renovados bríos y escoltados por gran cantidad de lugareños, que se habían ofrecido galantemente a colaborar, agradecen con los gruesos sombreros en la mano.

El heroico  y resistente FORD largó de la bullente plaza principal por el lado norte de Yantac con dirección al Escalón, para lo cual hubo de requerir  los nutridos y generosos brazos de los hombres del lugar para ascender por una prolongada y abrupta cuesta que, solos, no habrían podido superar.

Después de subir penosamente, llegaron a un plano pero estrecho desfiladero que recorrieron a regular velocidad. Mientras el carro avanzaba de tumbo en tumbo, los hombres de la ayuda, corrían detrás con gran entusiasmo. Todo fue bien hasta que llegaron debajo de un arriesgado promontorio pedregoso donde decidieron descansar para tomar los alimentos.

Era ya el mediodía.

Todos, como hermanos, se sentaron en derredor de una  improvisada mesa constituida por un poncho; y en ella, grandes y generosas papas serranas; trozos de magra chalona, floridos granos de cancha, pedazos de mantecoso queso yantacino y ají, mucho ají. Al frío hay que vencerlo con este cálido y expeditivo alimento, entonando los pulsos y la sangre. !Qué hermoso fue aquel yantar!. La comunión del esfuerzo los ha hermanado y, en ese ambiente, nuestros hombres están gratos y contentos. Después de una hora de pascana en la que nada quedó sobre la mesa, se pusieron de pie a seguir la jornada.

Tras rápido y adecuado estudio de la zona, decidieron subir un gigantesco promontorio. Utilizando numerosas sogas, ataron el vehículo para protegerlo, ya que en determinados momentos estaba sobre el abismo peligroso. En este paraje estuvieron buen tiempo de la travesía, en el que se aplaudió la serenidad de don Teobaldo Salinas guiando y orientando al chofer Juan Manuel Beloglio. Coronada la escarpada zona con gran éxito, debían seguir por una pampa amplia y plana. Eran las 3:15 de la tarde. En este momento los hombres de Yantac se despidieron con fuertes abrazos de nuestros aventureros.

Nuevamente solos y con la bandera flameando invicta en la parte más visible del coche, comenzaron a avanzar jubilosos por aquellos campos.

Al promediar las cuatro de la tarde, vieron que por la senda que deberían seguir, venían numerosos hombres emponchados. Al llegar, afirmaron ser miembros de la comunidad de Culluhuay que venían a darles alcance para ayudarles. Eran 45 hombres fornidos y premunidos de sogas y reatas, y de varios “quipes” de comida, coca, cigarros, velas. Con el auxilio de estos solidarios hombres, afrontaron la tarea de subir el carro a la parte más alta. Por el lado menos peligrosa comenzaron a trepar. A cada paso tenían que colocar resistentes cuñas para evitar que el carro volviera hacia atrás. Los jefes de la maniobra eran don Teobaldo Salinas y don Manuel Oyarzábal y, en el timón, Juan Manuel Beloglio. Sogas, pértigas, tablones, eran utilizados en la tarea en que todos los hombres sudaban la gota gorda.

Ya la tenue timidez del sol se diluía detrás de los picachos occidentales cuando, jadeantes pero decididos llegaban a la parte más alta de su recorrido. Las vivas exclamaciones de alegría y de abrazos menudearon. !!Estaban en la parte más alta de la cordillera La Viuda!!!…La pequeña bandera de la patria que inquieta flameaba acariciada por el frío viento cordillerano, emocionó a los aventureros. En este sublime momento de triunfo, don Manuel Oyarzábal, con su voz tronante cargada de emoción comenzó a cantar el Himno Nacional en tanto sus ojos se humedecían. En respetuoso recogimiento, las voces asordinadas de los culluhayinos se unieron al emocionado coro. !!Qué inolvidable y maravilloso aquel momento!! !Estaban a cinco mil metros de altura sobre el nivel del mar!!. Les había costado tanto llegar!!.Ahora todo sería menos duro.

Después de escanciar entre todos una botella de pisco celebrando el acontecimiento, continuaron con la tarea. Hicieron correr el vehículo por aquellas alturas. El carro avanzaba rodeado de la comitiva de aquellos hombres generosos. Cada vez que encontraban alguna dificultad, se detenían y la afrontaban hasta vencerla. En esta tarea continuaron hasta las siete y media de la noche en que llegaron a una hondonada donde decidieron acampar.

Terminada la cena, se sentaron en derredor de una fogata. La luna hermosa y gigantesca alumbraba la escena. Los expedicionarios y sus amigos, conversaban y fumaban. Al poco rato don Manuel Oyarzábal estremecía la noche con hermosas mulizas cerreñas. Estrellas titilantes acompañaban la bronca emoción de los viajeros y, un cielo brillantemente azul adornado de estrellas, arrulló el descanso de estos hombres valientes.

SÉPTIMO DÍA (1 de noviembre de 1925).

Aquella mañana, un silencio religioso y casi sobrecogedor, se había apoderado de los aventureros. En la mente de cada uno de ellos bullía el recuerdo de los seres queridos que los habían dejado. Madres, abuelos, hermanos, amigos; imágenes y recuerdos de los que habían partido, nublaron los ojos de los osados aventureros. Don Teobaldo conocedor del alma de nuestra gente, se dirigió a los hombres que compungidos rodeaban la fogata que aviva el desayuno y les dijo:

–Yo sé que este momento han recordado a los seres más amados y sufren por no poder ir a dejar una oración y una flor en sus tumbas. La oración la diremos aquí y las flores con nuestras lágrimas y nuestro triunfo, se las llevaremos a nuestro retorno. Acompáñenme a rezar.

Reanimados con las oraciones vertidas, desayunaron ya con el acostumbrado brillo en sus ojos y a las ocho de la mañana comenzaron a avanzar. Superando un corto trecho de homogéneo piso, tropezaron con gigantescas rocas que constituían un verdadero escollo para la marcha. Tuvieron que utilizar la dinamita para volar estas vallas. Fueron varias explosiones que retumbaron en la silenciosa pampa. Vencida la dificultad, descendieron por un estrecho desfiladero en el que tuvieron que utilizar sogas y pértigas con las que controlaban el empinado descenso. Mucho se esforzaron para hacer llegar el carro a un rellano terroso. Aquí almorzaron. Era ya el mediodía y amenazantes cerrazones cubrían el cielo serrano.

Inmediatamente después de terminada la pascana, avanzaron por un terreno más plano y menos abrupto que los anteriores. A las tres de la tarde llegaron exhaustos a Tambo Navarro. En ese momento el cielo se desencapotó en una lluvia torrencial iluminado de rayos, truenos y relámpagos.

Descansaban rendidos en unos establos de “El Tambo”, cuando montado sobre una briosa mula y acompañado de un guía, llegaba -empapado y cansado- don Santos Cuadrado y Pérez. !!Qué alegría la de aquella gente!! Abrazos y risas, preguntas y comentarios, en tanto afuera, la furia de la tormenta trazaba garabatos de luz en el cielo rebelde.

La conversación es amena y cordial. Don Santos ha sacado de sus alforjas, dos botellas de cognac francés y brinda con todos. Después de media hora de diluvio, el cielo  se tranquiliza por lo que deciden seguir adelante.

Habían avanzado un largo trecho y ya siendo la siete de la noche –faltando un kilómetro para llegar a Culluhuay- se topan con numerosas rocas que les impide llegar al pueblo. Ante tamaña dificultad, dejaron aquí algunos hombres para que cuidaran el carro y a pie arribaron a Culluhuay donde la gente amable y buena les esperaba.

Aquella noche, después de una cena reparadora, se durmieron rendidos pero contentos.

OCTAVO DÍA (2 de noviembre de 1925).

Con el  entusiasmo al tope y renovadas energías, nuestros expedicionarios afrontaron la tarea desde las seis de la mañana. Los dos kilómetros que faltaban para llegar al pueblo eran sin lugar a dudas, los más difíciles del recorrido. Tuvieron que volar varias rocas y al promediarse el mediodía llegaron al río que cruzaron haciendo una verdadera proeza de equilibrio y valor.

Por fin, a los dos y quince de la tarde, el FORD T entraba triunfante en Culluhuay y en medio de las aclamaciones del pueblo y el repique de alegres y triunfantes campanas. Los niños que habían hecho calle con banderas y flores, fueron desfilando delante de los valientes expedicionarios cerreños colocando los ramos sobre la capota del coche. Al poco rato, el vehículo casi desaparecía sepultado por el peso de las flores y las cadenetas. !!Qué emoción!!, nuestros raidistas estaban triunfantes y sonrientes al lado del coche.

El corazón, galopante, les latía frenético y emocionado. En ese instante de alegría ocurre algo realmente conmovedor. Una anciana de blanquísimos cabellos y apergaminado rostro, se abre paso entre la muchedumbre y conducida por sus nietos, llega hasta don Manuel Oyárzabal y le hace entrega de un hermosísimo ramo de rosas rojas y, con su voz cansada pero tierna, dice:

–Ahora sí, puedo morirme. Ya conozco el automóvil y ustedes me lo han traído…!!Que Dios los bendiga!!…

La gente aplaudió enternecida cuando aquella viejecita de 110 años de edad –la más anciana del pueblo- besó las manos de los valientes peregrinos.

Después de este extraordinario acontecimiento que conmovió a todos, las autoridades invitaron a presenciar una ceremonia en el patio de la escuela. Hubo poemas, canciones, danzas, discursos y regalos. La sesión se cerró con un almuerzo opíparo, salpimentado de generoso pisco puro.

Esa tarde, soleada y abrigada como pocas, un grupo de núbiles y hermosas culluhayinas invitaron a pasear por sus huertos y jardines a los jóvenes de la aventura. Sólo don Manuel y don Teobaldo quedaron para platicar con el cura, con las autoridades y don Santos Cuadrado y Pérez, que ahora se encontraba más feliz que nunca.

Llegada la noche y después de una espléndida cena, bajo la patriarcal mirada de los viejos del poblado, los emocionados excursionistas bailaron lánguidos y románticos valses con las chicas más bellas del pueblo.

Cercana la medianoche, y muy agradecidos, se retiraron a descansar. Esa noche jamás la olvidarían.

NOVENO DÍA (3 de noviembre de 1925).

La mañana templada del 3 de noviembre –noveno día de excursión- todo el pueblo de Culluhuay asistió a la misa que el anciano y rubicundo sacerdote del lugar dijo por la salud de los expedicionarios y por el éxito de la empresa.

Terminados los servicios, se sirvió el chocolate con panecillos calientes, hechos por las “Hijas de María”. Todo transcurrió en un ambiente de franca cordialidad. A las ocho de la mañana, más contento que nunca don Santos Cuadrado y Pérez, continuó viaje para informar a la comisión de esta parte de la aventura. A esa misma hora, pero por rumbo distinto, la delegación siguió adelante, siempre escoltados por 45 culluhuayinos que ya se sentían miembros natos de la empresa. Esta vez el camino no era tan difícil como antes. El carro avanzaba lentamente y cuando encontraba alguna dificultad, inmediatamente era vencida por los hombres.

Después del almuerzo continuaron con la tarea de avanzar y, al promediar las seis de la tarde, llegaban a la comunidad de Huacos, donde, contrariamente a lo que había ocurrido antes, nadie salió a recibirlos. En este lugar los culluhuayinos se despidieron y retornaron a su pueblo.

Esa noche, los expedicionarios levantaron su carpa sobre el río Chillón y adormecidos por el suave discurrir de las aguas, se durmieron plácidamente.

DÉCIMO DÍA (4 de noviembre de 1925).

Este décimo día, después del reforzado desayuno, comenzaron a marchar por una pendiente muy pronunciada. Tuvieron que utilizar todas sus fuerzas e ingenio para avanzar. Esta vez, el problema no era empujar, sino sostener el carro para que no rodara pendiente abajo. El uso de piedras grandes como cuñas, facilitó la tarea.

En el transcurso de aquella mañana, se tuvo que realizar cinco explosiones para dejar expedito el camino. Al mediodía se había vencido la agreste peñolería y aprovechando de un pequeño rellano, se sentaron a almorzar; pero en el momento en que iban a abrir sus paquetes, un nutrido número de comuneros de Huacos les daba alcance, trayéndoles un reconfortante y nutritivo almuerzo.

Después de la reparadora pascana, nuevamente atacaron la empresa, esta vez ayudados por los huacosinos. La ayuda de estos hombres fue providencial porque sus acerados brazos sirvieron como frenos adicionales para el descenso del carro. Cuando ya se cerraba la noche llegaron hasta una pequeña explanada llamada Gusguchuyoc. Aquí los amables huacosinos decidieron retornar a su comunidad y, después de despedirse con efusivos abrazos, partieron.

A sólo 4 kilómetros de Canta ya podía sentirse el cálido ambiente de su clima y el fresco aroma de sus campos. Con el fin de recuperar fuerzas, hicieron hervir agua y prepararon una cena frugal, después de la cual se durmieron rendidos bajo los cerros.

 

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