UNA HAZAÑA INCONMENSURABLE (Sexta parte)

El histórico pueblo del Cerro de Pasco y el Perú todo, seguirá aclamando a través de los siglos aquella histórica hazaña de un puñado de hombres valientes y un visionario ejemplar. Que Dios los bendiga.
El histórico pueblo del Cerro de Pasco y el Perú todo, seguirá aclamando a través de los siglos aquella histórica hazaña de un puñado de hombres valientes y un visionario ejemplar. Que Dios los bendiga.

DÉCIMO PRIMER DÍA (5 de noviembre de 1925).

El entusiasmo que generaba la clara mañana, se acrecentó con las caricias del abrigado clima lugareño, el oxigenado ambiente del paisaje y el saber cercano al cálido pueblo canteño.

Después de las oraciones cotidianas y el parco desayuno, acometieron las tareas de avance con renovadas fuerzas. A poco de iniciar la marcha, tropezaron con unas rocas gigantescas que les impedía el paso. Tuvieron que ser voladas en medio de atronadoras explosiones. No pasó mucho tiempo cuando gran cantidad de gente canteña salió a darles alcance brindándoles oportuna ayuda. El trabajo era verdaderamente rudo, sin embargo, con la ayuda de los canteños, avanzaron lenta pero seguramente.

Llegada la hora oportuna, las autoridades brindaron un espléndido almuerzo a los raidistas. Aprovechando la luminosidad del día, todos los allí presentes, se sentaron a degustar un abundante y sustancioso locro de habas, en cuyo espeso y oscuro caldo, grandes trozos de carne sobresalían apetitosos. Para finalizar, sirvieron unos tiernos cabritos asados deliciosos. En esta mesa amical, no faltó el puro de Ica.

Ya se estaba viviendo un ambiente de fiesta.

Luego del almuerzo y, tras vencer muchas dificultades, asomaron detrás de una loma alta, de donde divisaron Obrajillo, Canta, Pariamarca y San Miguel. Esta extraordinaria visión les llenó de emoción, renovándoles las fuerzas. Descendieron y, a las cinco y treinta de la tarde entraban en el acogedor y simpático pueblo de Canta que, con sus locas campanas, aplausos y vítores, daban la bienvenida a los paladines de la aventura.

!!!Que viva el Cerro de Pasco!!…!!!Que vivan los cerreños!!!- gritaban sus gentes.

Las luminosas calles canteñas eran pletóricos ríos de vida, que discurrían animados de bulliciosos colores.

Acompañados de las autoridades del pueblo, entraron en el bullanguero Canta, cuyas gentes apasionadas, los aclamaban y aplaudían vivamente.

Llegados a la plaza principal, las autoridades y personas notables, comenzaron a desfilar una a una, abrazando y dando la bienvenida a los cerreños. Las guapas canteñas habían confeccionado una banda de seda de diversos colores que, una a una, fueron colocando a nuestros triunfadores. Chicas del María Parado de Bellido y Juana de Arco, vestidas con sus mejores galas y sus hermosos tocados, arrojaban flores a los raidistas que agradecían con las manos en alto. A pedido de las autoridades el heroico FORD dio varias vueltas por las calles de Canta.

Más tarde, en el salón de actos del Concejo Provincial, se realizó una emotiva ceremonia en la que el alcalde analizó la trascendencia de la cruzada cerreña y la heroicidad de la travesía. Por disposición de los jefes de expedición, Gamaniel Blanco Murillo, agradeció con frases muy hermosas y conceptuales al amable pueblo de Canta, alabando su ejemplar espíritu de colaboración y su remarcada hospitalidad.

En el banquete que se sirvió más tarde, hubo frases elogiosas para los riadistas. Después de la tertulia, y cercana la medianoche, los se retiraron en medio de cariñosos aplausos.

DUODÉCIMO DÍA (6 de noviembre de 1925).

Aquella mañana del seis de noviembre, cuando el canto del gallo y el trino de las aves anunciaban el nuevo día, un grupo de bondadosas matronas sorprendieron a nuestros aventureros con un ponche sustancioso y panecillos recién salidos del horno.

Agradecidos y restituidos del cansancio, nuestros hombres se despidieron de aquellas caritativas gentes y luego enrumbaron por el lado norte en compañía de algunos hombres del fundo Santa Rosa.

Al promediar el mediodía llegaron a Santa Rosa, donde el gentil dueño del fundo, don Primitivo Grados, les colmó de atenciones. Cuando quisieron seguir adelante después del almuerzo, una lluvia torrencial se desató sobre el lugar por lo que don Primitivo les impidió seguir adelante.

Como la lluvia continuaba y, cerraba la noche, decidieron pernoctar en el fundo.

DÉCIMO TERCER DÍA (7 de noviembre de 1925).

Desde las primeras horas de la mañana, después del consabido desayuno y la correspondiente despedida de su amable  anfitrión, don Primitivo Grados, animados y llenos de entusiasmo, emprendieron la jornada con mucha fe.

Tras descender un buen tramo desde Santa Rosa, y a la vera del río Chillón, encontraron una planicie algo accidentada, que les presentó dificultades que fueron vencidas con mucho esmero.

Luego del almuerzo prosiguieron con la tarea hasta finalizar el espacio más o menos plano que había superado, para llegar a una rampa fragosa cubierta de varios accidentes y rocas. No había nada que hacer. Era el único tramo para poder continuar adelante.

En todo el trayecto no habían hallado tan numerosas y variadas dificultades para el avance.

Al promediar las seis de la tarde y cuando la oscuridad invadía el valle, se vieron frente a un peligroso desfiladero que aunque corto, tenía una pendiente tan pronunciada que se vieron obligados a enfrentar, ya que de no hacerlo, se habrían quedado en una situación desairada y peligrosa. Acometieron la empresa y durante una hora estuvieron bregando con el arriesgado precipicio. Estaban ya por zafar del abismo cuando, por la presión del peso, reventaron las sogas y, el bulto conteniendo los alimentos, cayó desde esas alturas hasta las aguas del Chillón, perdiéndose todo su contenido. El momento no era para ponerse a rescatar nada, ni para intentarlo. Ninguno de los hombres podía soltar las amarras del carro que, de hacerlo, el vehículo se habría estrellado irremisiblemente contra las aguas.

Cuando vencieron el abismo, pudieron comprobar que sólo las herramientas y las medicinas se habían salvado. La guitarra, la imagen del Señor de los Milagros y los licores también estaban a salvo. Menos los alimentos.

Encendieron las cuatro lámparas para ayudar a los faros del carro y siguieron avanzando hasta llegar a una explanada donde estaban unas seis o siete casitas. Con menos esfuerzo siguieron bajando la pendiente hasta llegar al escaso poblado, que a manera de una aldehuela de pastores se levantaba en el lugar. Se llamaba Huagra.

En este lugar los habitantes –entre sorprendidos y asustados- apenas si asomaban sus caras torvas y mezquinas por las puertas entre abiertas. Sólo los perros en una inmisericorde sinfonía de ladridos rodeaban a los aventureros. Vanas fueron las gestiones para que les vendieran algo de comer. Los lugareños les contestaban que era de noche y que no era conveniente hacer venta a esa hora. Era de mal agüero. No se pudo vencer esta resistencia. Ni agua les dieron.

Acuciados por el hambre y el cansancio se durmieron a orillas del río, en medio del quieto perfume de la noche.

DÉCIMO CUARTO DÍA (8 de noviembre de 1925).

Aquel fue el más difícil y negro de todo el recorrido. Llegada la madrugada, los hombres se pusieron de pie y, hambrientos pidieron a los habitantes de Huagra que les vendieron algunos alimentos, lo único que les alcanzaron fue cancha y agua.

Como alejándose de una dolorosa pesadilla, los hombres se apresuraron a reemprender la marcha.

Pronto, como el día anterior, las dificultades se hicieron más visibles, la abrupta peñolería de cortes, abismos y roquedales, presentaba una perspectiva difícil y fragosa; sin embargo, así famélicos como estaban, arrastraron con valentía la empresa del avance.

Uno tras otro, los obstáculos quedaron atrás, gracias al empuje de aquellos invictos aventureros que, insuflados los pulmones del límpido oxígeno del Chillón, renovaban esfuerzos nutridos por el entusiasmo. Por fin al borde de las cinco de la tarde y sin probar alimentos llegaban al Pasaje del Diablo. Un pronunciado y abismal cañón que bien merecía ese nombre. Desde allí y ya con la noche encima avanzaron penosamente iluminados por sus faroles hasta el campamento de Pacrón, en donde fueron recibidos por un puñado de obreros. Estos, cariñosos y admirados, les brindaron una abundante cena que los raidistas consumieron como si fueran unos hambrientos escolares. Más tarde, verdaderamente rendidos, se acunaron en sus pellejos y cobijas y se durmieron como niños.

DÉCIMO QUINTO DÍA (9 de noviembre de 1925).

El descanso reparador y los alimentos ingeridos el día anterior habían tenido el sortilegio de renovar sus fuerzas y alimentar sus espíritus. No era para menos. Dieciséis días ausentes del hogar en los que la fatiga y el trabajo habían avivado el recuerdo y las nostalgias; tan sólo saber que la meta estaba cercana, les impulsaba a seguir adelante.

Desde el comienzo de la jornada advirtieron que se encontraban en la parte más escabrosa del recorrido. Es así que no obstante el gran esfuerzo desplegado avanzaron sólo novecientos metros. A las ocho de la noche llegaban al borde de un gran abismo. Estaban al borde del Gran Pacrón. Cuatrocientos metros más allá, superando el abismo, estaba el inicio de la carretera hacia Lima.

Alborozados, aunque cansados, se durmieron aquella noche.

DÉCIMO SEXTO DÍA (10 de noviembre de 1925).

En cuanto amaneció se levantaron plenos de frenesí soñando con la culminación de la empresa.

Luego de desayunar, salieron a contemplar el Gran Pacrón. Querían medir y observar al rival con el que debían enfrentarse. A llegar al borde, se estremecieron. Realmente era un abismo terrible. Las paredes del despeñadero estaban cortadas verticalmente y, por el borde monolítico, a manera de una repisa, un trecho muy delgado; por el lado norte apenas si habían conseguido abrir una trocha en la dura y gigantesca roca del cerro, por donde ajustadamente podía pasar un hombre. Imposible que pasara el carro por sus propios medios. Estaban en esta contemplación cuando recibieron la visita de Rosendo Icochea, ingeniero encargado de la construcción de la carretera Lima-Canta.

  • ¡Yo creo que hasta aquí llegó la osadía, señores!. Ningún vehículo puede pasar al otro lado, sólo lo pueden hacer los hombres y con gran dificultad. De esa manera es como trabajamos. Este abismo tiene cuatrocientos metros de luz y va a pasar mucho tiempo para que empalmemos ambos extremos, mediante un puente.

Cualquiera se habría desanimado ante aquella afirmación del técnico, pero sabedores de que éste era uno de los ingenieros que había afirmado que trazar una carretera por estos andurriales era una misión imposible, encrespó el orgullo cerreño.

–!Nosotros lo pasaremos! –dijo resueltamente don Teobaldo Salinas.

–!Así es! –reforzó don Manuel Oyarzábal- sólo préstenos las herramientas necesarias y los hombres indispensables para hacerlo. !Nosotros pasaremos el carro por el abismo!!.

—Lo que deseen está a sus órdenes –aceptó el ingeniero con un dejo de incredulidad.

Dos horas pasaron los aventureros en estudiar el terreno y las posibilidades. Terminadas éstas, acometieron la hazaña.

Sujetaron un cable y sogas al carro despojado previamente de su carga. Sólo Teobaldo Salinas y Juan Manuel Beloglio iban dentro para conducirlo. Sólo una rueda delantera y otra trasera tocarían tierra, las otras estarían en el vacío.

Audaz fue la empresa durante siete horas y media, los hombres emprendedores y empeñosos, rompiendo el silencio del lugar, con sus gritos acompasados y broncos, desafiaban las leyes de las posibilidades. Con el vehículo muchas veces colgado del precipicio, se cumplió con la hazaña increíble. A las siete y treinta de la noche habían logrado salvar aquel abismo. La oscuridad de la noche le impidió ver a Icochea las varoniles lágrimas de triunfo en los ojos de don Teobaldo Salinas y de Juan Manuel Beloglio que se abrazaron fuertemente con gesto de triunfadores, como padre e hijo. Inmediatamente todos los hombres de la empresa se sumaron victoriosos. Habían realizado una tarea que parecía imposible.

Aquella noche, la luna canteña se conmovió cuando don Manuel Oyarzábal, con la voz quebrada por la emoción y orgullo, cantaba la hermosa muliza de la Columna Pasco.

Iluminados de triunfo y encendidos de esperanza, se durmieron plácidamente.

DÉCIMO SÉPTIMO DÍA (11 de noviembre de 1925).

Al amanecer del 11 de noviembre –día histórico- con las primeras claridades del alba procedieron a lavar y aceitar el épico FORD, que estaba cubierto de polvo y con muchas magulladuras.

Después del parco desayuno, emprendieron la marcha. Faltaban 23 leguas y no era cosa de dejarse vencer.

Como la carretera era ya funcional, el carro rodaba cómodo y triunfante. La brisa tonificante de la zona, refrescaba el recio y curtido rostro de los cerreños.

A las dos de la tarde, entraron en Yangas en medio de los aplausos de sus gentes y estuvieron muy poco tiempo en este lugar. La ansiedad de llegar a la meta final los devoraba. Es así que luego de los abrazos cariñosos y amicales, se despidieron.

A las cinco de la tarde hacían su ingreso triunfal a Lima.

Se encontraban muy emocionados porque todos sus sueños se cumplían. Entraban por la Repartición y Malambo cuando alcanzaron a ver al final de la calle, gigantescos cartelones, banderas, banda de música, camarógrafos de cine, fotógrafos, periodistas y un grupo de autoridades presididas por el señor Jesús María Salazar, Ministro de Gobierno; General Augusto Bedoya, Senador por Junín; y doctores Patiño, Diputado por Canta y José Otero Diputado por Tarma.

Después de las palabras de bienvenida y las felicitaciones del caso, los reporteros de los diarios capitalinos comenzaron sus largos y animados reportajes. Los camarógrafos estampaban diversas placas en celuloide, registrando los pormenores del acontecimiento.

Transcurrida una hora en la ceremonia; escoltados por numerosos automóviles se dirigieron al Ministerio de Fomento a presentar su saludo al Ministro que les aguardaba. De allí salieron triunfalmente y entraron por el Paseo Colón y luego por el Jirón de la Unión hasta Palacio de Gobierno donde dieron cuenta al Presidente de la República de los pormenores de la hazaña, cuya culminación exitosa era la prueba más fehaciente de la posibilidad de construir la carretera. De Palacio de Gobierno, siempre seguidos de numerosos coches se dirigieron a la agencia Ford del Perú, donde el señor Shiway les brindó su cómoda cochera. Después de terminar la emotiva cena  ofrecida por el Centro Cerreño Unificado, los vencedores fueron conducidos hasta el Hotel Comercio.

Aquella noche durmieron grata y plácidamente.

DÉCIMO OCTAVO DÍA (12 de noviembre de 1925).

Esa mañana tuvieron que ser despertados por los miembros del Centro Cerreño Unificado, quienes presididos por don Santos Cuadrado y Pérez, portaban un oficio de invitación. Los raidistas se alarmaron al comprobar lo avanzado de la hora: Once de la mañana. El cansancio les había doblegado y, ellos cumplido el sueño de sus vidas, se habían abandonado al grato descanso.

Entre los comentarios y chascarros los gloriosos aventureros se alistaron para asistir al almuerzo que se sirvió en el Cordano donde hubo discursos, brindis y mucha confraternidad.

Culminado el almuerzo, la delegación cerreña en pleno, acudió al Touring Automóvil Club del Perú, donde su presidente, el señor Juan Tabusse, les tenía una sorpresa. En primer lugar, indagó el nombre del jefe de la expedición y al serle presentado don Teobaldo Salinas, le estrechó en un fuerte abrazo y le entregó siete medallas de plata para los esforzados pioneros, luego, al preguntar quién había sido el heroico chofer del vehículo, don Teobaldo Salinas, en un gesto que habla mucho de su grandeza de espíritu, dijo: Don Juan Manuel Beloglio, entonces el Presidente de la Institución entregó en medio de cariñosos aplausos de la concurrencia, treinta libras de oro al piloto. De inmediato, Juan Manuel, entre el marco redoblado de aplausos, entregó cuatro libras de oro a cada uno de sus compañeros. El gesto fue muy aplaudido porque era la muestra de sólida unidad de aquel compacto grupo humano. Luego se sirvió una cena y, después de ella, se inició una animada tertulia. A medianoche, se retiraron al hotel a descansar.

Carlos Bernardo GonzalesDÉCIMO NOVENO DÍA (13 de noviembre de 1,925).

Después de haber dispuesto el día en un paseo por los balnearios de Lima, los audaces aventureros, tuvieron una reunión de despedida en el rimense Centro Cerreño Unificado. En esta ocasión, los miembros del Comité Central del Camino Carretero, repartieron proporcionalmente, dieciséis libras de oro entre los raidistas y, don Santos Cuadrado y Pérez, hizo lo propio con la donación de las diez libras de oro prometidas. El Ministro de Gobierno regaló una bolsa de cinco libras de oro para el retorno de la comitiva. La velada fue emocionante y aquella noche, nuestros aventureros se despidieron de Lima.

VIGÉSIMO DÍA (14 de noviembre de 1925).

En la mañana después de oír misa en la Catedral de Lima, partieron con rumbo al Cerro de Pasco. Ellos estaban conscientes de que habían abierto una ruta homérica, demostrando al mundo que era posible la construcción de la carretera. Una hazaña que el pueblo nunca olvidará.

Bajo la patriarcal iniciativa y ayuda de don Santos Cuadrado y Pérez, los pioneros inolvidables y héroes invictos de la cruzada, fueron:

TEOBALDO SALINAS.

MANUEL OYARZÁBAL.

JUAN MANUEL BELOGLIO.

ANTONIO BELOGLIO.

ASUNCIÓN CORNEJO.

ISIDORO DELGADO, Y

GAMANIEL BLANCO MURILLO.

Ellos con su grandeza, nos trazaron un camino en el que nos demostraron que no hay imposibles cuando se empeña el corazón en una empresa.

Nelson Mandela

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