MELCHOR GAMARRA Y SANTIAGO BUENDÍA Los primeros héroes del trabajo

primeros heroesTranscurría el cuarto año del siglo pasado. Los tentáculos de la Cerro de Pasco Mining Company, compañía norteamericana, comenzaban a dilatarse por toda la sierra central. El tendido del ferrocarril La Oroya-Cerro de Pasco, sinuosa columna vertebral de la Meseta de Bombón, llegaba a su fin. Se había establecido la Estación de Unish, correspondiente a la Villa de Pasco, a quince kilómetros de la ciudad minera. El valioso servicio que estaba llamado a cumplir consistía en el transporte masivo del mineral cerreño al embarcadero del Callao, y de vuelta,  la conducción de maquinarias y herramientas para el trabajo en los socavones. La expectativa que había despertado la obra era mayúscula.

Iniciado el tendido de rieles en el pasaje de “Shinca Machay” con ochenta obreros, requirió el concurso de miles después; la mayoría, campesinos de todo el centro serrano de nuestra patria. Estos hombres trazaban la ruta, apisonaban la tierra, reforzaban el tramo, enterraban los equidistantes durmientes de pino y tendían los paralelos raíles por donde, a manera de vasos comunicantes, discurrían las riquezas de las minas cerreñas.

Las luces aurorales de los páramos los sorprendía al inicio de las diarias jornadas; el frío inclemente que agarrotaba sus músculos era sucedido por repentinos chubascos que se convertían en violentas trombas de agua que los empapaban; en otros casos, cellisca y granizo, con tempestades eléctricas que desataban rayos y truenos espasmódicos, destellando el yermo con fogonazos de luz escalofriante. En estos casos la vida pendía de un milagro. En los meses invernales, la nieve  borraba los trazos cubriendo de blanco la ruta; y en días serenos lejanos al invierno, el tímido sol alumbraba el escenario en tanto un vientecillo silbante y fino, estremecía sus carnes tostándoles los rostros cobrizos, oscureciéndolos más; sus manos ateridas manipulaban fierros y palancas al compás de broncos gritos de concertación. Ya entrada la noche, cuando las sombras comenzaban a devorar las inmensidades, exhaustos, como autómatas, dejaban las herramientas. Habían trabajado doce inacabables horas. Nadie podía decir nada. Los obreros estaban prohibidos de asociarse, de reclamar, de hablar.

Este duro trajinar que debían sobrellevar con hombría y entereza, se agravaba con el abusivo trato que jefes norteamericanos en contubernio con sus incondicionales aliados, jefes y capataces peruanos, les dispensaban. Así, entre otros, el jefe del último ramal ferrocarrilero, Zachary Doolan, aprovechando de su condición de jerarca, respaldado por su talla descomunal, anchas espaldas y una cohorte de guardaespaldas, trataba con censurable desprecio a los obreros del tramo, muchas veces humillando sus espaldas con una fusta de cuero que siempre llevaba consigo. Es más. Efectuaba descuentos  antojadizos y abusivos sin respetar la puntualidad de los pagos, la mayoría de los cuales con vales sin valor real.

El incalificable atropello, sin embargo, había logrado generalizar la indignación que bullía en los corazones obreros. El abanderado de estos sentimientos era Melchor Gamarra: el coraje, convertido en líder. Encarnaba como nadie, el tipo de hombre de estas tierras. Lo admiraban por su jovialidad y sencillez, por su estruendosa risa chola restallando fácilmente, por su noble corazón, franco en el afecto y recio en la disciplina; sus palabras cálidas eran el evangelio para los peones de la ruta. Su nombre animaba a los operarios en el trabajo donde era el primero. Acompañado de su infaltable guitarra, improvisaba versos hermosos dedicados a su tierra amada: el Cerro de Pasco.  De duras facciones, alto, recio, de torso poderoso que su poncho de vicuña agrandaba, era el enérgico defensor de sus compañeros. Su voz bronca se había alzado en infinitas oportunidades para reclamar por los abusos de los jefes; por eso  había atraído sobre sí el oído de los prepotentes y abusivos, que esperanzados, abrigaban la oportunidad de deshacerse de él. Cuando los obreros se hallaban sumidos en este mundo de tensión y zozobra; de encontrados intereses y pasiones desbocadas, ocurre un doloroso accidente.

Era el domingo 12 de junio del año de 1904.

Aquella mañana llegaba a la estación de Unish, un tren de carga de La Oroya con destino al Cerro de Pasco. Sobre desprotegidas plataformas transportaba una cuadrilla de peones del campamento de Uco con sus mujeres e hijos. La locomotora,  conducida por el déspota Zachary Doolan, ora aceleraba rauda, ora frenaba bruscamente, haciendo caer a los pasajeros que no podían mantenerse en pie. Su temeridad llegó al extremo de acelerar imprudentemente al entrar en una zona de cambios sin que éstos hubieran sido efectuados. La desastrosa consecuencia fue el violento descarrilamiento de las tres plataformas que fueron a caer a la vía. Hombres, mujeres y niños, arrojados muy lejos del lugar, quedaron completamente mal heridos, muchos de ellos, inconscientes. El chirrido de las chispeantes ruedas y el estruendo de la caída de las plataformas, convocó con vertiginosa prontitud a los hombres que desde el andén habían visto la temeraria maniobra de Doolan.

Inmediatamente proceden a atender a las víctimas. Ninguna padece como Candelaria Apaza, compañera de Melchor Gamarra; con ella, sus tres hijas: Zenaida, Orfelinda y Margarita que, no obstante sus heridas, rodean solícitas a doña Josefina Peña, madre de Melchor. La pobre anciana, casi baldada por el reumatismo, tiene una seria herida en la frente y una fractura en el brazo.

Los lastimeros quejidos de los heridos se ha trastocado en rabiosa indignación. Temblorosos de ira contenida increpan a grandes voces la conducta del jefe norteamericano. La Melchor Gamarra, herido en lo más profundo de su alma, cruza, iracundo, varias sonoras bofetadas en el rostro del yanqui que queda estático sin saber qué hacer. Ha sido suficiente. Los otros obreros la emprenden a puntapiés y a puñetes contra el gringo que ha demudado de color.

A los desesperados gritos del norteamericano, ha acudido con presteza el vigilante de la Estación: Cecilio Salazar, que ciego de ira procede a castigar a los hombres con un zurriago que usa para azotar a los obreros. Los peones le arrebatan látigo y, bajándole los pantalones, flagelan sin misericordia sus carnes descubiertas. El norteamericano, preso del terror, ha huido y desde unos barracones a donde llega a refugiarse, envía a dos jinetes para que pidan auxilio a las autoridades cerreñas.

En el campamento, gritos unánimes estremecen el escenario. Los hombres de la ruta vivan emocionados a Melchor Gamarra. Las manos tiemblan coléricas de emoción, los ojos llamean desafiantes. Cada uno de aquellos hombres que hace un momento estaba compungido y azorado sólo anhelan seguir a su líder. Detienen a los capataces serviles de los gringos y proceden a destrozar las instalaciones del campamento en protesta por el abuso de que han sido víctimas.

Las horas han transcurrido raudas cuando en medio del griterío, una voz alarmada acalla a las demás:

— ¡¡La caballería!!… ¡¡la caballería!!

Delante de un grupo de hombres armados llegan, el subprefecto, Enrique Frías y el Inspector Policial de Unish, Agustín Bustamante, comandando el piquete de doce hombres de la Guardia Civil. Se han sumado al grupo, los ingenieros Donald Harrison, Wilhelm Hartmann, William Higgin y George Frott, seguidos de  diez hombres más. Todos están muy bien armados. Sofrenan sus cabalgaduras en medio de una nube de polvo y la voz retadora del subprefecto restalla en los fieros rostros de los obreros:

— ¡¡¡Qué pasa aquí, carajo!!! – las palabras estallan como bofetadas en el rostro de los peones. Estos, con la indignación en los ojos, se arremolinan en derredor de los recién llegados.

— ¡¡¡He preguntado que quién es el causante de todo esto!!!

— ¡Yo! – la voz decidida de Melchor Gamarra ha originado un silencio expectante.

— ¿Ha sido Ud. capaz de originar semejante motín?

— Sí.

— ¿Por qué, so indio atrevido?

— Porque estos gringos abusivos han herido gravemente a nuestras mujeres e hijos…

— No venga usted con cojudeces, carajo… ¡Ha sido un accidente!

— ¿Usted lo ha visto?

— No, pero…

— Entonces no puede opinar al respecto. Es necesario que alguna vez nos escuche a nosotros los peruanos. Necesitamos que alguien haga justicia en este lugar.

— No les haga caso, señor subprefecto. Estos hombres son unos levantiscos y atrevidos. Los jefes no son abusivos. Son buenos. Yo conozco a mister…-¡Fuera!, ¡Silencio!, ¡Vendido!… ¡¡Vende patria!!… las voces obreras cortan las frases del Inspector Policial de Unish que, acomodaticio y minúsculo, aboga por sus amos.

— Digan lo que digan, jamás permitiré una asonada – grita el subprefecto- ¡no voy a escuchar a unos vulgares indios atrevidos! ¡Todos irán a secarse a la cárcel!

Fue suficiente.

Los hombres indignados proceden a apedrear a las autoridades; en respuesta, de la boca de los máuseres una nutrida lluvia de plomo los hace huir en busca de parapetos y escondites de donde arrojan piedras, palos y toda clase proyectiles.

La lucha es desigual.

Iracundos y ágiles como jaguares, los peones, van rodeando a las autoridades, cerrando el cerco poco a poco.

Aprovechando la confusión en filas yankis, arrebatan sus armas a dos policías y a culatazos los dejan tirados, sin sentido. Comienzan a disparar sorprendiendo al enemigo que huye a campo traviesa hasta la Villa de Pasco. El norteamericano Peroy Boyd, armado de una carabina y atrincherado en un lugar estratégico, cubre la retirada de sus parciales.

Cuando ya parecía inminente el triunfo de las fuerzas rebeldes, un pelotón de veinte policías armados, enviados por el secretario de la subprefectura, irrumpe en el escenario. El jefe es el tránsfuga Zachary Doolan, que rehecho de su cobardía, va delante del grupo. Al entrar galopando en el centro del campamento, un acertado balazo hace caer al malvado con el hombro destrozado. La balacera es general entre las dos fuerzas. Sólo dos fusiles rebeldes, parcos pero diestros, mantienen en jaque a los extranjeros. En medio de la desigual trifulca, logran desarmar a dos guardias pero la superioridad numérica del armamento se hace sentir. En un instante, han caído seriamente heridos los peones Manuel Rojas, con un tiro de rifle en el hombro y Calixto Sánchez, con la pierna astillada de un balazo. Las descargas son continuas, y en muchos casos, acertadas. Santiago Buendía, lugarteniente de Gamarra, tiene partida la frente; se sostiene la cabeza con las manos; rostro y vestiduras, están ensangrentados. Parece una marioneta tambaleante; se ladea a la izquierda y derecha; se inclina fuertemente hacia delante y luego se sacude hacia atrás. En los umbrales de la inconsciencia, su indómito valor le exige a seguir luchando. Camina un largo trecho y, luego, rendido, cae débil y exangüe.

Durante todo ese tiempo, el tiroteo ha sido continuo, un tropel más de hombres venidos del Cerro de Pasco, como fantasmagóricas apariciones, arremeten contra los obreros que se defienden valientemente. En un instante de dramáticos contornos, los fusileros norteamericanos, pie en tierra, hacen una cerrada descarga que destroza al generoso corazón del caudillo cerreño. En ese momento, la lucha termina. Los bravos peones al ver la muerte de Melchor Gamarra, comienzan a huir para salvar sus vidas. Lo propio hacen las mujeres y los niños. Los pocos combatientes que quedan luchando o heridos, son hechos prisioneros.

A la llegada del Superintendente de la compañía norteamericana, Dennis Blackford, el Juez de Turno levantó un acta consignando la muerte de los obreros Melchor Gamarra y Santiago Buendía así como de todos los heridos. Por expresa aprobación del Juez, del Prefecto, del Subprefecto y demás autoridades del gobierno, aquella misma tarde los hombres maniatados y ensangrentados fueron despedidos del trabajo y recluidos en la cárcel del Cerro de Pasco.

Estuvieron encarcelados cuatro años. Al final, salieron con la frente alta. A la puerta de la cárcel, estaban esperándolos sus compañeros de lucha con banderas y pañuelos en alto. En todo ese tiempo no los habían olvidado. Era gente cerreña, gente brava e indomable que con Melchor Gamarra a la cabeza, había peleado franca y valientemente por vengar una infamia y un cruel abuso. Había peleado contra los gringos, contra el gobierno, sin importarles de la clase que fuera, porque a través de toda la historia, los gobiernos sólo se acordaron de los “cholos cerreños” para bajarlos a las minas como topos, para hacerlos morir en las en la incesante saca de riquezas que otros aprovecharon. Ya era hora de que pelearan por su libertad. Ese día lo hicieron. Aquellos héroes sembraron las semillas del sindicalismo en el Perú: Melchor Gamarra y Santiago Buendía, son los primeros mártires de la lucha laboral del Perú.

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