MI BARRIO MISTI (Segunda parte)

mi barrio 2Al centro del barrio,  la vieja casona de Don Guillermo Arauco Bermúdez, rezago de tiempos mejores, confinada por tapiales carcomidos de años, ostentando su pasado señorío en el inmenso portalón de madera labrada, claveteado de poderosos remaches de bronce, y casi inválidos goznes que, al abrirse, gruñían su cansancio de años. Espaciosos corrales donde los viajeros encargaban sus acémilas y, en tiempos pasados, depósito de poderosas mulas para el trabajo minero. “El Misti” a comienzos del siglo pasado, fue una de las fundiciones más importantes de la ciudad, con numerosos obreros, vascos, italianos, arequipeños y chalacos, preferentemente. Su propietario, el vascuence Sebastián Arauco Bermúdez, la trabajó con mucho ahínco hasta 1907. El auge que alcanzó la Cerro de Pasco Mining Company con la instalación del cercano centro metalúrgico de Smelter, la avasalló, haciéndolo desaparecer.

Ya no te han de ver mis ojos,

ya no te han de ver jamás,

porque pienso retirarme,

porque pienso retirarme.

Mañana al abrir mi fosa,

muerto de velos tendido,

en mis huesos hallarás,

señas de haberte querido.

Guitarra arequipeña, encordada de penas, revestida de encantos, ¡Cuántas noches lograste enlazar el reencuentro con el lejano mundo de la infancia mistiana! ¡Cuántas noches dormiste acariciada y tierna por el dulce relente y amaneciste pura temblando de rocío en estas altas cumbres!

Muchas familias arequipeñas llegaron siguiendo la veleta de su aventura. Aquí encontraron fraternal asilo. Aquí se refugiaron characatos nobles como “Pancho” Valdivia, José Luis Morosini, el “Coro” Valencia, los hermanos Meneses, Ureta, Iribarren…

Pronto su predios vieron llegar no sólo a arequipeños de soleadas campiñas, sino también chalacos que del puerto subían empeñosos y ciertos que aquí encontrarían refugio cariñoso. ¡Chalacos hablantines! ¡Chalacos querendones! Hombres que nos dejaron hermosas remembranzas. Estos chalacos contaban cariacontecidos que supieron de nuestra tierra cuando vieron  a aquellos legionarios del deporte, artistas del balón de un deporte que todavía “gateaba”, el fútbol. Once gringos que bailaron a los mejor de la selección peruana durante diez años brillantes. Todos los veinte partidos los ganaron. Del 1904 a 1014. Recordaban que, dos veces por año, 18 de enero, aniversario de Lima y fiestas julias, veían la maravilla de estos ilustres jugadores de fútbol. Muchos de ellos trabajaban en la Railway Company que administraba el ferrocarril que partiendo del Cerro de Pasco llegaba al Callao transportando metales que sustentaban la economía del Perú. Un día llegó a mi barrio el arquetipo del fútbol naciente del Perú: el gran Telmo Carbajo; pequeño pero ilustre; sencillo, pero noble. Su estada en nuestra tierra sembró semillas dulces de fútbol de leyenda cuando con la azulada enseña ferroviaria, bordó mil arabescos en los campos de juego. También aquí vivió otro gran chalaco a cuya iniciativa nace el “Unión Railway”, don Humberto Galantini. ¡Quién podrá olvidar a otro gran porteño, atleta y futbolista, bateador y pesista, que con su gran ternura, izó la azul divisa a nubes de la historia: Álvaro Linderman. Cómo olvidar tampoco al italiano amable, al buen napolitano que, vendiendo spaghetti, fetuchini y ravioles, tenía encantado la barrio, el buen Nícolo Rossi.

Fue en este mi barrio que, una tarde de junio, todo el oro del mundo se fundió en las camisetas, brillantes y amarillas del gran SPORT IDEAL, estrella fulgente del Olimpo del fútbol de mi tierra. Donde brillaron  con luz propia César Pérez Arias –mi padre- el único que pese a su extrema juventud alternaba en el primer equipo de los consagrados; su habilidad ya era reconocida pero siempre del lado de los jóvenes que aspiraban jugar por primera. Padro Capcha, el mayor de todos, con notables dotes de dirigente. Humberto “El Pico” Romero Pizarro, buen jugador que también comenzaba a incursionar en el campo de la música. Lorenzo Ramos Valdizán, atleta, gimnasta y notable futbolista que, en el patio de los Arauco, había instalado un completo juego de argollas, trapecios, barras horizontales, barras paralelas y pesas para que los jóvenes equipistas completaran su preparación física. Lucho Lizárraga, un verdadero líder entre toda esta empeñosa juventud. Santiago Gamarra, diligente enfermero y brillante futbolista. Alejandro Pérez Arias, el popular “Allico”, con su Borsalino a lo Gardel, chalina blanca al cuello y su impecable “Oxford” de pantalones con amplios pliegues y enorme botapiés que cubrían totalmente sus calzados “Águila Americana”; era el “dandy” del equipo y, por sus potentes y certeros remates llegaron a apodarlo “El cañonero”. El pequeño y pícaro Panchito Venegas, hablantín y muy hábil con la pelota, al que por ser carrilano de la Railway, apodaban “Maquinita. Víctor González, sobresaliente futbolista que irrumpía con éxito en el canto popular; se le conocía con el mote de “Perico”. Su periplo futbolístico abarcó gran parte del Perú cuando alineó con el inolvidable equipo del “Unión Minas” de Colquijira. Pablo Tinoco, extraordinario jugador que con su hermano Abraham “Chula” Tinoco, conformaron con éxito todos los seleccionados de su tiempo. Estaban también, Aquilino Arzapalo, Santiago Gamarra, Daniel Meza, Fermín González y el primigenio arquero del equipo, el popular “Log –log”, Nicolás Mauricio. Completaban el equipo de fundadores: Alberto Arauco Valdizán, Fortunato Castro, “El negro” Carlos Pérez, insigne puntero izquierdo que en las selecciones de nuestro fútbol, alcanzó merecida nombradía; Pablo Dorregaray, Alejandro Cuevas, Artemio Goyena, Santiago Vega Gamarra, Gerardo Rivera, Víctor Urbano y Cipriano Espinoza.

Las glorias de este quipo y los nombres de sus héroes han sido sepultados por la indolencia y el olvido. ¡Qué lástima!!!

Los años fueron transcurriendo inexorablemente. Nuestra niñez trocóse en juventud. En el ínterin llegaron más familias a aposentarse en el Misti: Espíritu, Arzapalo, Dávila, Ramos, Vera, Porras, Vargas, Pérez, Romero, Gudiño; Acero, López, Meza, Rivera …

Hubo un tiempo feliz que yo te amaba

con la loca ilusión de mis quince años

y en silencio feliz yo alimentaba

vago temor de amargos desengaños.

En mi mente, acariciaba un sueño de ángel

¡Oh, suerte fatal, ¡Oh! Cruel destino!.

En vez de la sonrisa de un arcángel

sólo encontré el puñal de un asesino.

Si quieres olvidar, olvida;

que el olvido es un bien pal alma ingrata

cuando se encuentra la conciencia herida

por un recuerdo que devora y mata.

Adiós, adiós, ya todo se ha acabado

sepulta el amor que hemos tenido

en la lóbrega tumba del pasado

cubierta con la loza del olvido

¡¡Cuánta Vida!! …¡¡Cuánta gente!! ¡¡Cómo han ido transcurriendo los años!

A veces creo que en la noches de luna, cuando croan los sapos en el viejo “oconal”, se escucharán estremecidos yaravíes que han quedado prendidos en nuestra memorias, como en los viejos tiempos; o fantasmagóricos gritos de chiquillería ida, conmoverá el recuerdo de épocas pasadas; y en un rincón cualquiera, un hombre acongojado que lleva en sus cabellos el polvo de la vida, enjugará muy triste, dos gruesos lagrimones.

(Continúa ….)

MI BARRIO MISTI (Primera parte

mi barrio 1Mi barrio estaba ubicado en un promontorio cenizo con encaladas casitas que formaban -a manera de plaza- un gran hemiciclo. Más allá, Bellavista, residencia de los gringos de la “Mining”. Por el este, se comunicaba con el resto del poblado mediante un puente de piedra donde discurrían aguas de  puquiales enclavados en las estribaciones de los cerros; por el oeste, con un camino que conducía a Quiulacocha; por el norte, con una pendiente que descendía hasta al borde del “Oconal”, rezago de la desecada laguna de “Lilicocha”. Por las persistentes lluvias de invierno, quedaba convertido en cenagoso pantanal donde croaban los sapos a toda hora del día; de mayo a setiembre, se secaba y, sobre sus verdes extensiones, la chiquillería  del Misti, Buenos Aires, la “Docena” y “Excelsior”, efectuábamos reñidos partidos de fútbol.

Partido de niños, competencia de barrio; alegría infinita en la infantil escuadra. Dos rivales frente a frente: el Misti versus Buenos Aires.

            El Misti, con “Fonseca” en el arco; “Sapo” Oscar; “Lerofú” Rivera, “Rapacho” Espíritu y “Alemán” Vera, en la defensa extrema. En la línea media, “Chancho” Julián y Raúl “Tractor” Dávila. Adelante, una escuadra imparable: “Champi” Arauco, en la punta derecha; “Juañico” Espíritu, de interior; “Cushuro” al centro; Miguel “Pecas” Dávila, de interior y, “Sapo Oscar”, de puntero izquierdo. Los argentinos con el “Cashu”  Espinoza, “Liclish” Suárez. “Mulish” Colqui, Felipe Medrano, Agatón Valladares, Patricio Atencio; “Metralla” Muñoz.  Chiquillería loca enmarcando el partido.

¡¡¡Vamos, “Cushuro” avanza!! …¡¡¡Dásela al Pecas!!!… ¡Así!…¡Dispara, “Pecas”, ¡dispara!!!… ¡¡¡Goooooooooooool…..!!!!.

Terminado el partido, nos sentábamos al borde del puente para comentar como cotorras de lo acontecido en el campo. Más tarde, ya silenciosos y extasiados, contemplábamos la magia del atardecer. Encanto único que nunca he podido olvidar. Veíamos cómo, el añil del cielo, al tornarse zarco con el avance del tiempo, hacia enmudecer a los gacharrancas, piwichos, jilgueros, ayagchiuchis, culipchulins, pitos, sumiendo al paisaje en sobrecogedor silencio helado; las nubes cerúleas arrebolándose por el reflejo de las nieves perpetuas, producían una gradación de tonos que iban sepultándose en el horizonte, a medida que el sol avanzaba.  Los gualdos se encendían alimonados y en juego misterioso de luces, pasaban del jalde al pajizo y, al oscurecerse, en áureos reverberos; los glaucos, en asombroso cambio de verdes se jaspeaban en tonos iridiscentes con lilas, naranjas, melados, habanos, granadas y escarlatas; el rojo en todas sus gradaciones iba cambiando desde el débil carmesí, vadeando por el múrice, hasta encenderse en un punzó agresivo que ensangrentaba el horizonte. En ese momento, el disco encarnado, como hostia de fuego, magnífico, enorme y rendido, recostaba su cansancio entre las nieves que lo engullían, cubriendo de sombras la soledad. Había llegado la noche.

Soy forastero y sin padres

 y huérfano sin familia,

no he conocido a mis padres,

¡Qué tal desgracia la mía!.

Si algún día yo llegara

a la puerta de mis padres,

yo me hincaría a mi madre

para que me perdonara.

Así lo encaro a ustedes:

no paguen mal a su madre;

después del Eterno Padre,

ella es el último abrigo.

La añoranza de carrilanos, brequeros, maquinistas, controladores de la Railway Company -todos arequipeños- grandes guitarristas, cantantes y serenateros, lo bautizó: “Misti”, en homenaje al legendario volcán sureño. Aquí residía también buena cuota de italianos: Agostini, Falconí, Demarini, Rossi, Morosini, Pedreschi, Galantini, Ferrari; también muchísimos chalacos: “Pancho” Valdivia; Narciso Valencia –en su momento destacado boxeador-; los hermanos Meneses; “El león de la sierra”, insigne “faite” de aquellos tramontos, y muchísimos chalacos más; en 1920 –por ejemplo- vivió aquí dos, años el capitán de las selecciones de fútbol del Perú, de aquellos tiempos: Telmo Carbajo, que, inscrito en el legendario “Sport Unión Railway”, dejó imborrables recuerdos.

Ya empieza el pecho a sufrir,

 ¡Ay! Dulce prenda querida,

ya se acerca la partida,

yo ya vengo a despedirme.

Ya que me voy y te dejo,                           Escucha pues mi quebranto,

sólo un cariño te pido:                              cara dueña de mi amor,

que jamás tomes el agua,                                     ya se va tu adorador

de la fuente del olvido.                              Ya e va quien te amó tanto

Si tu corazón sincero                                 Ya que la suerte ha querido

siente mi separación,                                que me separe de ti,

¿Cuál será pues mi aflicción                    dame tus brazos bien mío,

al dejar lo que más quiero?                                 toma los míos y adiós.

Desde la explanada del barrio se podía contemplar el pujante centro minero, “La Docena”, administrado en  tiempos mejores por el ingeniero Héctor Escardó que, entre la segunda y tercera décadas del siglo pasado, se convirtiera en brillante Alcalde primero, destacado parlamentario después, y notable Ministro de Fomento y Obras Públicas, finalmente. Un poco más allá, la mina  “Excelsior”, con su enorme castillo metálico y ascensor de hierro, que subía y bajaba diligente masa minera e inacabable ringla de coches repletos de metal. A un costado, la cárcel, toda de piedra, una de las más inhumanas mazmorras del mundo, cubierta por melladas calaminas que parecían coladeras; una nevera donde los presos tiritaban ateridos a toda hora, especialmente cuando llovía y las aguas discurrían por el piso inundándolo todo. En una de sus paredes de piedra, algún preso, filósofo y poeta, escribió con un agudo punzón:

Cárcel del Cerro de Pasco,

de piedras, de cal y canto,

donde se amansan los bravos

y lloran los afligidos.

Penal, calabozo y cárcel,

sepultura de hombres vivos,

donde se muestran ingratos,

los amigos más queridos

Enfrente, la cancha donde dimos nuestros primeros pasos futbolísticos.  A la izquierda, el camino carretero que bordeando el “oconal”, pasaba por el verde “Golf Club” de los gringos, dirigiéndose a Lima. Detrás de la prisión, la “Casa Redonda”, central ferrocarrilera de la Railway Company, donde efectuaban el mantenimiento de locomotoras, coches, cabusses, plataformas y furgones. Rodeándola, una intrincada red de complicadas vías por donde se desplazaban las locomotoras a toda hora. Las de “patio”, con su “cucaracha” –pequeña locomotora de fuerza colosal- colocando en la riel correspondiente a las inmensas plataformas metaleras para unirse al ferrocarril central que puntualmente largaba a las seis de la mañana con destino al Callao. La partida y llegada de los trenes, en medio de silbatos, campanas y chirridos de frenos, constituía un inolvidable espectáculo que, no obstante los años transcurridos, todavía recordamos con gran emoción. Aún podemos ver en la fantasía de las saudades, el tembloroso vuelo de los pañuelos -palomas ateridas- de amigos que no saben si volverán a reencontrarse en la vida. Ojos tristes detrás de las ventanas del coche con recuerdos que construyen un camino que llega hasta el corazón para que los amigos se sientan uno muy cerca del otro, siempre,  aunque en realidad estén muy lejos físicamente. A veces una lágrima de tristeza, porque sólo en la agonía de la despedida somos capaces de comprender la profundidad de un verdadero amor. ¡Ah, las despedidas!.

Ya me voy a una tierra lejana                 Estos ojos llorar no sabían

a un país donde nadie me espera,                       el llorar parecía locura,

donde nadie sepa que yo muera,                        hoy pues lloran su triste amargura

donde nadie por mi llorará.                                 de una sola y ardiente pasión.

¡Ay! Qué lejos me lleva el destino                      Bajaré silencioso a la tumba

como hoja que el viento arrebata                      a embargar mi perdido sosiego

¡Ay! De mí tú no sabes, ingrata,              de rodillas mi bien te lo ruego

lo que sufre este fiel corazón.                  que a lo menos te acuerdes de mí.

Recuerdo que cuando la noche, como manto tenebroso cubría el barrio y un frío cada vez más penetrante nos hacía tiritar, veíamos titilantes en el cielo con brillo espectacular de pedrería, millones de mágicos luceros. Sobre la negra pizarra de la noche destacaba la estremecedora constelación del zodiaco. La estrella del norte, Orión, las Tres Marías, la Osa Mayor, Sagitario, la Cruz del Sur, Tauro, Géminis. ¡Qué espectáculo sobrecogedor! De vez en cuando nos sorprendía el destello fugaz de una estrella que desprendiéndose de donde estaba iba a perderse en la inmensidad inconmensurable y misteriosa. Todo sucedía en un triz. En ese instante –nos recomendaban las viejecitas del barrio- había que cerrar los ojos y formular un deseo, en voz baja. Si lo hacías bien, se cumpliría. Aquel espectacular cielo azul, tachonado de estrellas, ¡Estoy seguro! no tiene igual en el mundo.

Cuando la luna magistral, enorme y redonda, aparecía pomposa sobre un claro cielo de plenilunio, nos cogíamos de las manos y en una ronda emotiva y bulliciosa cantábamos:

¡Mama luna, dame medio,

para comprarme un caramelo!.

Lo cantábamos tantas veces y cada vez con más fuerza, hasta cansarnos. Era el esperanzado cante de una chiquillería bullanguera que esperaba el milagro que pedía. Después, cansados de implorar, pasábamos a jugar ¡Marca, sello, brujo, ladrón!, ¡Que pase el tren! O La Tienda, en la que se vendía diversidad de  mercancía. El comprador era el Diablo.

Una que otra vez, cuando veíamos llegar al “Tío Santiago Valdizán”, lo rodeábamos y le pedíamos que nos narrara cuentos. Cuando aceptaba, conformábamos un corro tan unido no sólo por el frío, sino por el tétrico relato que nos tenía en vilo. Sentado enfrente de nosotros, con su bastón venido a menos y sus ojos claros, sanguinolentos y lacrimosos, iniciaba el relato de cuentos, leyendas, casos y, sobre todo, historias misteriosas de aparecidos y condenados; de muertos en vida que deambulaban en noches como ésa, arrastrando, penitentes, largas y pesadas cadenas. Nadie se movía. El terror nos tenía inmóviles. ¡Qué arte el del tío Santiago! Nunca he escuchado a quien lo supere en ese arte extraordinario y olvidado de la narración. Terminadas sus historias el viejito se retiraba, dejándonos ovillados, en silencio sobrecogedor del que nadie quería desprenderse. Teníamos que acompañar a las mujercitas a sus casas. Estaban muertas de miedo

Adiós volcán de Arequipa,

tronco de todas sus ramas,

ya se va tu hijo querido,

nacido de tus entrañas.

Por tus caminos tan lejos

sabe Dios dónde iré a dar,

pero voy con el deseo

de volver si no me muero.

Cuando nos fuimos al muelle,

en conversación los dos,

allí fueron los lamentos,

donde yo te dije adiós.

(Continúa….)

CRONOLOGÍA DEL CERRO DE PASCO PUEBLO MÁRTIR DEL PERÚ

01.- Hace 65 millones de años, un meteoro de hierro e iridio, de 16 kilómetros de  diámetro,  desplazándose a 96 mil kilómetros por hora cayó en el golfo de Yucatán, originando un fuego mortal que acabó con los dinosaurios. Los lechos de los mares emergieron hasta formar alturas inverosímiles como el Cerro de Pasco que es la ciudad más alta del mundo. En aquellos momentos, una variedad de metales que metalífera de nuestra zona en tal cantidad que por  más de quinientos años, explotándose las 24 horas del día, todavía tiene para rato. Actuales fotografías satelitales así lo confirman.

02.- Así fueron transcurriendo los siglos mientras la tierra iba conformando su naturaleza definitiva. Hace 20 mil años, junto con los primeros hombres, vivían en nuestra zona, gigantescos mastodontes, megaterios, gliptodontes, paleolamas, sachacaballos, ciervos gigantescos y tigres dientes de sable.

03.- Hace 12 mil años con espantosos deshielos, se producen unas riadas (waicos gigantescos) que terminaron por arrastrar a estos gigantes. El hombre -precario cazador- se salva guareciéndose en las cavernas.

04.- A los 10 mil años la tierra ya es completamente habitable con pródigos pastizales que permiten la abundancia de camélidos sudamericanos como la  llama, alpaca, guanaco, vicuña; venados, wachwas, parihuanas, yanavicos, liclish, variedad enorme de patos, corcovados, ranas gigantes, uchuc callhuas. El hombre se convierte en experto cazador y deja en las cavernas dibujos de sus proezas cinegéticas: Puntac marca, Cóndor Marca, Auquillo Tacta, Picush, Laurichuco, etc. etc.

05.- Hace 5 mil años, el hombre domestica el cuy, la llama, la wachwa. Cultivan el fruto por excelencia: La maca. (Ver leyenda); también “papa shilinco”, mauna, shire, ticlash, con los que fabrican chuños y morayes. Se inicia la incipiente arquitectura, ganadería, textilería, cerámica. Nuestros antepasados –yauricochas- son ya expertos mineros que trabajan el oro, plata, cobre, platino. Son los más grandes orfebres de América.

06.- Sabedores de esta notable capacidad, los incas tratan de apoderarse de nuestro territorio con sus ejércitos en el apogeo de Pachacutec (1460). Nuestros hombres los vencieron tantas veces que el inca decidió humillar sus armas y utilizar la astucia. Con dádivas y regalos de hermosas mujeres, anexan a los yauricochas. En ese momento comenzaron a llevarse el oro y plata al Cusco junto con nuestros mejores orfebres. Garcilaso afirma: “Las minas de oro y plata concedía el inca a los curacas no para tesoros (antes los menospreciaban) sino para adornar vestidos y arreos del inca y la nobleza. Todo el oro y la plata se enviaba al Cusco y no quedaba nada so pena de severos castigos”. Los cusqueños fueron nuestros primeros explotadores.

07.-  Antes de la invasión española, en el amplio territorio de la meseta de Bombón, convivían varias tribus que conformaban el grupo de los yaros: pumpush, yanamates, tinyahuarcos y yauricochas. Nuestro territorio se llamaba YAURICOCHA: “La laguna de los metales”, por razones obvias. Sus habitantes, los yauricochas -los más extraordinarios orfebres de América- tenían como centro de su terruño a Chaupimarca. A la llegada de los españoles quedó dividida en cinco lagunas. La que estaba al centro del poblado -Patarco­cha- era una sola. Todavía a inicios del siglo XIX, se dividió en dos (tomar y lavar). Ella recibía tributo subterráneo de Yanamate, y compartía con Chaquicocha para desaguar en otra de nivel más bajo llamada Esperanza a donde caía el agua por “La Paccha”; de aquí bajaba a Lilicocha (donde actualmente se asienta el Hospital del Seguro) para desaguar finalmente en la laguna de Quiulacocha.

SIGLO XVI

08.- Ya con los españoles en el Perú, por soberbia y descuido, el 16 de noviembre de 1532, Atahualpa cae en manos de 168 astrosos españoles que en Cajamarca vencían a un ejército que se había adueñado de América del Sur. Ofrece llenar un cuarto de oro y dos de plata por su rescate. Agustín de Zárate – Pedro Sancho de la Hoz – Francisco de Jerez Cronistas españoles, relatan al detalle aquellos momentos. El inca ordena acopio del oro y plata del Tahuantinsuyo. Se  llevó de Yauricocha todos los trabajos de oro y la plata en grandes cantidades. Yauricocha (actualmente el Cerro de Pasco) fue el principal aportador de la zona. Pero como en esa época Yauricocha era parte de Jauja, todos decían que los tesoros venían de allá.

09.- Ambicioso Pizarro, en la suposición que Jauja era el emporio de las riquezas minerales, envía a su hermano para conocer el lugar. El cronista Miguel de Estete, cuenta: “El domingo 5 de enero de 1533, sale Hernando Pizarro de Cajamarca con catorce jinetes, tres nobles incas y, nueve peones”.  Cuando el 12 de marzo de 1533 –pasan por Carhuamayo rumbo a Jauja- encuentran cargadores que llevaban 150 arrobas de oro y 300 de plata. Afirman que estas riquezas las traían de las “Altas tierras de las nieves”. Los españoles descubren que no era Jauja el manantial de minerales sino la tierra misteriosa ubicada más allá del “Río Dorado”. Cuando llegaron a la región una ventisca los encerró en una caverna por tres días y tres noches. Entre tanto Francisco Pizarro había  fundado Santa de Fe de Xatún Xausa 25 de abril de 1534. Allí descube que Jauja no era el emporio de riquezas minerales que había visto en Cajamarca. Todas aquellas esculturas de oro de hombres y animales del tamaño natural eran traídas de una tierra incógnita ubicada en las alturas.

10.- Cuando en 1548, el cronista español Pedro Cieza de León visita Yauricocha, escribe: “Hay tanto oro y plata para sacar por siempre jamás, porque en las partes de busquen y caven, hallarán abundante oro y plata”. Estaba impresionado del trabajo de nuestros orfebres que escribe: “Son grandes orfebres y lo que más se nota es que tienen pocas herramientas y aparejos para hacer lo que hacen y con mucha facilidad lo dan hecho con gran primor. En tiempo que se ganó este reino por los españoles se vieron piezas hechas de oro y plata, soldado lo uno con lo otro de tal manera que parecía haber nacido así. Viéronse cosas más extrañas de argentería, de figuras y otras cosas mayores que no cuento porque son numerosas; baste que afirmo haber visto con dos pedazos de oro y otras dos o tres piedras hacer vajillas, y tan bien labradas, y llenos de bernegales, fuentes y candelabros de follaje y labores que tuvieron bien que hacer otros oficiales hacerlo tal y tan bueno con todos los aderezos y herramientas que tienen; y cuando labran no hacen más que un hornillo de barro donde ponen el carbón, y con unos cañutos soplan en lugar de fuelles. Sin las cosas de plata, muchos hacen estampas, cordones y otras cosas de oro; y muchachos que quien lo ve juzgarán que aún no saben hablar, entienden en hacer estas cosas. Poco es ahora lo que ahora labran en comparación con las grandes y ricas piezas que hacían en tiempo de los incas; pues la chaquira tan menuda y pareja la hacen, por lo cual digo que hay grandes plateros en este reino, y hay muchos de los que estaban puestos por los reyes incas en las partes más principales de él”.

11.- En 1562, el visitante real, Íñigo Ortiz de Zúñiga, llega a Yauricocha, de la que dice:  “Sacan de la dicha laguna de Yauricocha abundante oro y plata que no se sabe cuánto hay; también de Huaraucaca y Vinchos sacan harta plata” (…) “Sacan desde Yauricocha el oro y la plata para tributar al inga sin que les quedase nada de ello. Todo lo que sacan se lo llevan al mismo Cusco, convertidos en notables piezas de ídolos, animales y seres humanos, sin osar quedarse con nada, so grave penas”.  Nuestros orfebres, como antes pintaban sus antepasados en las cavernas, hacen hombres y animales del tamaño natural, de oro. Cuando estas esculturas fueron vistas en Cajamarca, los españoles quedaron deslumbrados.

12.- Miguel de Estete, cronista que acompañaba a Hernando Pizarro a Jauja, relata un hecho que denuncia  la habilidad de los yauricochas con los metales: “Por el largo caminar por estas escabrosidades, en faltándoles herrajes a los caballos de Hernando Pizarro y Hernando de Soto y a los demás que eran treinta y uno de a caballo, los plateros nativos, con tan sólo ver una sola vez los herrajes, utilizando misteriosas aleaciones que sólo ellos conocen, se las hicieron de plata con sus  clavos correspondientes para sus cabalgaduras con los cuales se mantuvieron durante mucho tiempo”. Así de hábiles eran nuestros hombres con los metales.

13.- Estas y otras noticias exacerbaron la ambición de los españoles. Querían ser dueños de la zona donde abundaban los metales preciosos. El primero de setiembre de 1548, Pedro de la Gasca extendía la Provisión Real en favor de Joan Tello de Sotomayor, esposo Catalina Riquelme, hija del tesorero Juan Riquelme, cediéndole los repartimientos correspondientes a Tarama y Chinchaycocha. Sabían que allí cerca dormía el fabuloso depósito de tesoros inimaginables.

14.- Juan Tello de Sotomayor envía a sus hombres a tomar posesión de sus tierras. Éstos llegan a Puntac Marca y, por versión del apucuraca conocen Colquijirca y para explotarlo se avecinan en la Villa de Pasco. En 1562 realizan la primera fundación de la Villa de Pasco a donde llegan muchos españoles.

15.- Sorprendidos de la abundancia de plata, los españoles publican la noticia de que “Si no se denunciaban las minas ante las autoridades, éstas pasarían a ser propiedad de los españoles”.  Así las cosas, el 9 de octubre de 1567, se presentan en Lima, dos indios de Yauricocha que llevaban dos bolas de plata pura “del tamaño de bolas de cañón”, extraídas de minas que desde sus abuelos trabajaban.  Los españoles procedieron a redactar los documentos del registro correspondiente pero demorándolos con fines perversos porque Diego Cantos de Andrada –el primer ladrón de nuestra historia- se presenta en Xauxa y hace el mismo denuncio ante el Alcalde de Minas. (No menciona el denuncio de Lima). El correspondiente registro dice: “Yo, don Diego Cantos de Andrada, capitán de S . M . I. Señor don Felipe Segundo, Rey de España, Castilla, Aragón, Cataluña, Navarra y Valencia, el Rosellón, el Franco-Condado, los Países Bajos, Sicilia, Cerdeña, Milán, Nápoles, Orán, Túnez, Portugal, Filipinas y de estos reinos del Perú, en nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, y a nombre del muy Augusto Emperador de España y de estos Reinos del Perú, Señor Don Felipe Segundo y, en compañía y presencia de los señores, Don Rodrigo Cantos de Andrada, Corregidor del Tambo de Xauxa, Gómez de Caravantes, Alcalde del Tambo de Xauxa, Bartolomé Díaz (el mozo), Juan Mazuelas, Luis Díaz, Miguel Romero, Bartolomé Díaz (el viejo), Cipio Ferrara Pérez, Juan Vergara, Juan Díaz (Platero), Carlos de Oliva, Juan de Padilla, Juan de Tardajos, Alonso Montalván y, de los caciques indios, don Apo Manco Surichaqui, de Hatun Xauxa; Apo Manco Guacrapaucar, de Lurinhuancas; Apo Macho Alaya, de los Hananhuancas; Alonso Xaxa, de los Yauricochas, y de otros españoles y naturales que aquí en número de sesenta y cinco habemos, tanto señores de vasallos como vasallos de señores, posesiónome y estaco el cerro, nombrado por los naturales, Cerro de Yauricocha, sus lagunas, sus contornos y todas sus riquezas, haciendo la primera mina, por mí nombrada, “Descubridora” y haciendo las primeras casas, para  habitar en servicio de Dios Nuestro Señor, y en provecho de su Augusta Majestad Imperial, señor Don Felipe Segundo, a los nueve días del mes de octubre del año del Señor, de mil quinientos sesenta y siete.-Rodrigo Cantos de Andrada, Gómez de Caravantes, Bartolomé Díaz, Juan Mazuelas, Luis Díaz, Miguel Romero, Bartolomé Díaz, Cipio Ferrara Pérez, Juan Vergara, Juan Díaz, Juan de Padilla, Alonso Montalván. No firman los demás por no saberlo hacer, pero lo registran con el signo de la Cruz.- Juan de García, escribano”.  Los indios, en la muestra de más pura  candidez y buena fe, reclamaron a los tribunales. No es necesario decirlo. El juicio entre naturales y españoles, lo ganaron éstos. La propiedad quedó registrada a nombre del impostor. El infame que practicó este latrocinio, fue Gómez de Caravantes de Mazuela y el documento que sanciona el sumario y perverso litigio, dice: “En la causa que entre partes mantuvieron, de la una, los caciques de indios, Manuel Chumbe y Pedro Chipán; y de la otra Diego Cantos de Andrada, fallamos: Que debemos amparar y amparamos al dicho Diego Cantos y sus consortes en la posesión de la mina que descubriera. Sobre este pleito y después, se den a dichos indios, dos minas, las que ellos escogieran y por esta misma sentencia, así lo pronunciamos y mandamos sin costas”. Esta es la primera lista de ladrones y estafadores que con el andar del tiempo se fue engrosando y no tiene cuándo acabar. Con un robo escandaloso comienza la vida de nuestra ciudad.

16.- Nuestra ciudad recibió varios nombres a través de toda su historia. Antes de la llegada de los españoles se la conocía como: “Cerro mineral de Bombón”. Los incas la conocieron como Yauricocha”. Con los españoles recibió el nombre de “San Esteban de Yauricocha” (1567). Cuando se ahogaron las minas de Potosí y las reemplazamos, se la denominó “Nuevo Potosí”  (1626). Debido a su fabulosa producción de plata que supera todo lo imaginado, el rey de España le da el título de “Ciudad Real de Minas” en 1639. En ese instante había superado con creces a Potosí, Guanajuato, Real del Monte, Querétaro. Era la reina de las ciudades mineras de América. En 1771, el virrey Manuel Amat y Junient la funda oficialmente con el nombre de “Distinguida Villas del Cerro de Pasco” y le otorga un escudo nobiliario.

17.-  En enero de 1571 se implanta el sistema de “amalgamación por circos” para el tratamiento de la plata. Este procedimiento inventado en México por Corso de Leca, Corrosegar y Barba, permitió el avance prodigioso de la minería.

18.- En marzo de 1601, por disposición del virrey Luis Velasco se otorga a Fernando Tello Contreras, gran parte del territorio de Pasco con las estancias de Pucunán, Alcacocha, Pacoyán, Rancas, Pariajirca, Yanacancha, Chacayán, Tushi y Yanamate.

19.- En enero de 1610 se desata una tormenta de nieve que duró once días seguidos, sepultando totalmente a la joven ciudad minera. El pueblo no tuvo qué comer, se alimentó de sus animales y de su maca almacenada, gracias al celo del franciscano  Fray Buenaventura de Salinas y Córdova. Gracias a este franciscano pudo soportar el fenómeno. En mayo, en muestra de gratitud, construyeron la iglesia de Santa Rosa.

20.-  En enero de 1620, se establecen la CAJAS REALES DE PASCO, encargada de acopiar fondos para la corona española. Estuvo integrada por tres oficiales: Contador, Tesorero y Factor. Poco después se suman las que funcionaban en Jauja. Hay que estudiar sus informes para poder deducir las enormes cantidades que el Cerro de Pasco aportó a la corona española por sobre otros centros mineros como Potosí y Guanajuato. Las Cajas  Reales de Pasco funcionaron eficientemente hasta 1820 en que se jura la independencia del Cerro de Pasco.

21.- El domingo 15 de marzo de 1626, reventó la laguna de Caricari en Potosí, destruyendo la ciudad y sepultando a más de cuatro mil personas. Desaparecidas sus minas van a ser reemplazadas por las de San Esteban de Yauricocha que llegó a superar la producción potosina. La admiración bautiza a nuestra ciudad con el nombre de “Nuevo Potosí”.

22.- Con el avance de los trabajos mineros los españoles maltratan salvajemente a los naturales que trabajaban en sus minas. El abuso es tan extremado que, fray Buenaventura de Salinas y Córdova redacta un Memorial denunciando ante el rey todos los atropellos. Los dueños de minas comienzan entonces a atacarlo. La iglesia, incómoda por los denuncios de éstos, lo envía como Comisario General de la orden franciscana a Nueva España (México). El fin era deshacerse de su presencia en las minas. En México se encuentra con el fraile jaujino, Jerónimo Lorenzo Limaylla, con el que entrega el MEMORIAL, INFORME, MANIFIESTO E HISTORIAS DEL NUEVO MUNDO – PERÚ, abogando clemencia para los naturales. Este es un valioso documento de protesta que mucho le costó redactar al fraile que injustamente ha sido olvidado. Fray Buenaventura de Salinas y Córdova, que tanto había luchado para conseguir piedad para los naturales que morían en los socavones, fallece en el convento de Cuernavaca el 09 de diciembre de 1653.

23.- Por las incalculables cantidades de dinero que se enviaba a España, en 1639, el rey le concede el título de CIUDAD REAL DE MINAS. Es decir la reina de ciudades con más importancia que Potosí, Guanajuato, Real del Monte, Oruro etc.

24.- En 1648, por un derrumbe, desaparecen las vetas de mercurio de Huancavelica, las que no se volverán a encontrar en todo el resto del siglo XVII. Para el trabajo de las minas cerreñas se trae mercurio de Almadén (España), e Idria (Yugoeslavia). Junto con el mercurio llegan los primeros aventureros europeos.

25.- En 1669, se realiza el bombeo de mano de las minas inundadas de Yanacancha y Chaupimarca que continuamente causaban estragos. Sin ser revolucionario el sistema es utilizado por los bomberos. Sólo en 1816 las máquinas a vapor traídas de Inglaterra, reemplazarán a estas rudimentarias técnicas de desagüe.

SIGLO XVIII

26.- En 1740 llegan los oficiales de la marina española Jorge Juan y Antonio Ulloa por encargo de rey de España y redactan un informe muy especial a favor de los habitantes de nuestro territorio con el nombre de NOTICIAS SECRETAS DE AMÉRICA. Fueron impresas en Londres recién en 1826

27.- En 1740, don José Miguel Maíz y Arcas, marqués de la Real Confianza, compra una mina del heredero de Martín Retuerto en el que empezó un socavón importante que terminó de construir en 1760.

28.- El Virrey Amat y Junient, por primera vez utiliza el nombre de Cerro de Pasco al reconocer oficialmente a nuestra ciudad con el nombre de “Distinguida Villa Minera del Cerro de Pasco”

29.- El 2 de mayo de 1742 surge la figura de Juan Santos Atahualpa, el  líder que originó un movimiento mesiánico en nuestra selva, arrojando de nuestro territorio a españoles explotadores y sus cómplices, los negros. Triunfante, vivió su movimiento durante catorce años sin conocer la derrota y humillando a los españoles que nunca pudieron vencerle.

30.- En el lapso que transcurren entre la rebelión de Juan Santos Atahualpa en 1742, y la Insurgencia de Pasco en 1780, -año del asesinato de Tupac Amaru- sangrientos disturbios sacudieron al país. El virrey Amat informaba de los desórdenes campesinos que culminaron con el asesinato del corregidor de Sicasica, entre 1770 y 1771; el ajusticiamiento  sumario del corregidor de Pacajes, en 1771; los cruentos amotinamientos de Huamachuco,  entre 1773 y 1774. El virrey Manuel de Guirior denunciaba brotes de insurrección en Chumbibilcas y Urubamba, en 1776, y en Huamalíes y Llata en 1777.

31.- En pleno siglo XVIII, se incrementa el comercio de mulas en la ciudad, llegándose a vender “un promedio de cinco mil mulas diarias” -asegura Tadeo Haenke, sabio alemán que nos visitaba-  para el transporte y el pisado del mineral en los ingenios. Las mulas se compraban en Tucumán y trasladadas por jinetes cerreños que crean LA MULIZA, hermosa  creación que alcanzó difusión en todo el Perú, especialmente en el centro.

32.-  Con el dinero de las minas cerreñas, compraron y mantuvieron la vigencia de sus títulos, cuatro marqueses y dos condes: La Marquesa de Villa Rica de Salcedo, viuda en posesión de cuatro plantas de beneficio en el Cerro de Pasco a cuyo suegro se le había concedido el título en 1703 a pesar de ser hijo natural a cambio de donaciones a la corona. El segundo fue José Martín de Muñoz y la Serna, Primer Marqués de Santa María de Pacoyán, título que le confirmo el Rey Felipe V el primero de noviembre de 1716. El tercero fue Don Manuel Maíz y Arcas, español residente en la ciudad minera que recibió del rey Carlos III, el título de MARQUES DE LA REAL CONFIANZA, el 26 de diciembre de 1771, pero falleció antes de tomar posesión del mismo. Con este motivo se suscitó un pleito entre su hijo José Maíz y Malpartida (hijo de doña Carlota Malpartida casada con el marqués en 1758) contra doña Carmen Morales, en nombre de su hijo José Maíz y Morales, por la legítima herencia del título. La Real Audiencia de Lima dictaminó el 4 de setiembre de 1778, que el título de Marqués de la Real Confianza, le correspondía a José Maíz y Malpartida, nacido en el Cerro de Pasco. Más tarde casó con la dama tarmeña doña Ángela de la Canal. Los dos condes, propietarios de enormes territorios en nuestra geografía, especialmente Paucartambo, fueron los hermanos Pedro y Pablo Vásquez Velasco y Quirós: Condes de las Lagunas. Sus minas, ganado y obrajes los mantuvieron en la cúspide del poderío. Eran descendientes de Joan Tello de Sotomayor, el primer encomendero de estos pagos. Otros nobles que mantenían sus títulos con los dineros de nuestras minas fueron: Manuel Gallegos Dávalos: “Conde de la Casa Dávalos” (1744), comerciante con gran influencia desde Quito a Cochabamba como tratante de esclavos negros; Jerónimo de Angulo, Conde de San Isidro (1750); Don Bernardo Valdizán: “Conde de San Javier y Casa Laredo” (1763), comerciante en mulas con los mineros cerreños;  Conde de Premio Real (1782). Activo y rico comerciante.

32.- El 28 de octubre de 1746 se produjo un dantesco terremoto que originó muchas muertes y la caída de la iglesia de Santa Rosa. Lo más dramático fue que la “Mina del Rey” se hundió con trescientos hombres dentro sepultándolos completamente, a parir de entonces recibió el nombre de “Matagente”. Nunca más pudieron rescatarlos.

33.- Aplastada la rebelión de Túpac Amaru y eliminados los Corregimientos, el 1º de julio de 1784, se implantan LAS INTENDENCIAS. Las ocho de nuestro país, son: Lima, Trujillo, Tarma, Cusco, Huancavelica, Huamanga, Arequipa y Puno. La Intendencia de Tarma comprendía los actuales departamentos de Huánuco, Pasco y gran parte del actual Junín. Nuestra ciudad se convirtió en sostén de las actividades económicas de la Intendencia de Tarma.

34.- El 13 de febrero de 1780, en protesta por los abusivos impuestos fijados por Areche, se levantan los campesinos, criollos y mestizos de Pasco e incendian las Cajas Reales convirtiendo en cenizas todos los documentos contables y cuando estaban a punto de ultimar al Receptor de Alcabalas que había llegado de Lima con un ejército, las autoridades lo sacaron disfrazado de indio.

35.- El 5 de marzo de 1780, llega  Miguel de Enderica con un regimiento armado para apresar a los culpables de la asonada del mes anterior. No pudieron hacer nada. El pueblo los desnudó y sobre un jumento lo arrojó desnudo de la ciudad.

36.- Se comienza el trabajo del socavón de Avellafuerte en la pampa de San Andrés.

37.- En 1791 arranca el socavón de Yauricocha por un grupo de mineros encabezados por el Marqués de la Real Confianza conjuntamente con don Francisco Calderón y Antonio Álvarez.

38.- Antonio Zacarías Helms, minero suizo, es nombrado primer superintendente extranjero en el Cerro de Pasco.

39.- En diciembre de 1800 se concluye el socavón de San Judas del Cerro de Pasco e inmediatamente se comienza a trabajar sus correspondientes ramales.

SIGLO XIX

40.- En 1806 se empieza el trabajo en el socavón  de Quiulacocha que termina en 1856 con el avance de 3,340 metros; a 32 varas por debajo del socavón de San Judas.

41.- El suizo Francisco Ubillé, conocedor de los problemas visita Inglaterra y compra una máquina a vapor de Richard Trevithick para instalarla en una mina cerreña. Se asocia con Pedro Abadía y José Arismendi y en connivencia con los propietarios de minas y vuelve a Inglaterra a comprar más máquinas.

42.- En 1814, el equipo comprado por Ubillé es embarcado con destino al Cerro de Pasco y, dos años después, comienzan a funcionar en Santa Rosa, Cayac y Yanacancha.

43.- En 1816, con la dirección del mismo Richard Trevithick, comienzan a funcionar las primeras máquinas a vapor de Sudamérica.

44.- El 26  de febrero de 1812, bajo la presidencia de José María de Ulloa, subdelegado de Pasco, se juzga a los plateros revolucionarios Mariano Cárdenas Valdivieso, Manuel Rivera Ortega, y a fray Mariano Aspiazu por haber irradiado ideas subversivas en todo el centro del Perú desde el Cerro de Pasco. Sus proclamas y pasquines van a alimentar el movimiento que más tarde explota en Huánuco.

45.- El 17 y 18 de marzo de 1812, el intendente de Tarma, Joseph González de Prada, vence a 1500 indios rebeldes en el puente de Ayancocha. Los revolucionarios son de Pillao, Santa María del Valle, Panao, Acomayo, Huamalíes, Conchucos. Los cabecillas son ajusticiados y los sobrevivientes condenados a trabajar en las minas del rey en el Cerro de Pasco.

46.- A lo largo de 1816 se instala en las minas cerreñas las primeras bombas a vapor traídas por Richard Trivithick por gestión de  Manuel Uville y Arismendi. Esta innovación acarrea enorme progreso para nuestra minería.

47.- El 19 de agosto de 1820 parte la expedición libertadora de Valparaíso el Perú y al amanecer el 8 de setiembre desembarca en la bahía de Pisco. De aquí sale Juan Antonio Álvarez de Arenales con el fin de conseguir la libertad del Perú. Así lo hace en los pueblos siguientes. La ciudad de Ica, el 21 de octubre de 1820; Huamanga en noviembre ; Huancayo el 20 de noviembre; Jauja el 22 de noviembre; Villa de Huaura 27 de noviembre; Tarma el 29 de noviembre de 1820. En todos esos pueblos no han encontrado resistencia alguna de los españoles.

48.- La mañana del 6 de diciembre de 1820, se efectúa la primera importante batalla por la independencia del Perú en el Cerro de Pasco. Triunfan las fuerzas patriotas. En la tarde se efectúa un Cabildo Abierto donde eligen a las autoridades del Perú independiente.

49.- La mañana del 7 de diciembre de 1820, El patriota cerreño don Manuel de Arias, jura la independencia del Cerro de Pasco. En un error sin precedentes, San Martín ordena que las fuerzas patriotas marchen a Huaura, lo que va a originar la venganza realista que terminó por matar a los cerreños e incendiar la ciudad minera.

50.- El sanguinario Carratalá, dueño del Cerro de Pasco, asesina a doña María Valdizán, preclara luchadora por la libertad y quema sus propiedades después de adueñarse de todo lo que encuentra. Las mujeres cerreñas dan sepultura a esta insigne luchadora. Mientras los realistas destruyen totalmente las maquinarias de desagüe de las minas.

51.– Proclamada la independencia del Perú, el Congreso Nacional de 1823, por ley de 4 de noviembre cambia el nombre de Intendencia de Tarma por el de Prefectura de Huánuco en armonía con la nueva forma de gobierno. Lo conformaban las siguientes provincias: El Cerro de Pasco, Huancayo, Junín, Tarma y Yauli.

52.- Un año después, el 6 de agosto de 1824 en las pampas de Chacamarca, comprensión de Junín (antes los Reyes), el ejército patriota obtiene una gloriosa victoria para nuestra armas en cuyo homenaje la Prefectura de Huánuco cambia de nombre por el de Departamento de Junín, siendo su capital la ciudad de Huánuco. Al Cerro de Pasco se la denomina entonces: DISTINGUIDA VILLA  DE PASCO.

53.- El 10 de octubre de 1836, el general Santa Cruz divide en dos partes el departamento de Junín: Junín y Huaylas. Junín comprendía las provincias de Jauja, Pasco, Tarma, Huánuco, Cajatambo y Huamalíes. Como capital se nombra a la ciudad de Tarma.

54.- El 27 de noviembre de 1839, el Congreso Constituyente de Huancayo determina que a la Distinguida Vila de Pasco, se le denomina OPULENTA CIUDAD DEL CERRO DE PASCO. Rubrica esta ley el Presidente Provincia de la república, el general Agustín Gamarra, el 10 de enero de 1840.

55.- El 30 de octubre de funda el Banco de Rescate y la Casa de la Moneda que la ubican en La Quinua.

56.- El 31 de diciembre de 1851, el Congreso de la República Peruana “considerando su posición, importancia comercial y otras circunstancias favorables”, designa a la ciudad del Cerro de Pasco capital del Departamento de Junín, con las siguientes provincias: Huánuco, Huamalíes, Pasco, Tarma y Jauja.

57.- El 7 de febrero de 1846 se funda la Sociedad de Beneficencia Pública con su primer presidente el sabio arequipeño, Mariano Eduardo de Rivero y Urtáriz,a la sazón prefecto del departamento de Junín.

58.- Por Decreto de 23 de julio de 1852 y con reafirmación del Jefe Supremo de la República, el general José M. Raygada, el 16 de diciembre de 1857, se divide la ciudad del Cerro de Pasco en dos distritos urbanos: Chaupimarca  y Yanacancha.

59.- El 13 de agosto de 1857 nace en la calle Cruz Verde, nuestro mártir Daniel Alcides Carrión García.

60.- Después de ochenta años de haber desempeñado la función de capital del Departamento de Junín con altura y sacrificio, por incalificable y torpe determinación del tirano Luis Miguel Sánchez Cerro, la capital del departamento es trasladado a Huancayo mediante el Decreto Ley Nº 7001 de 15 de enero de 1931.

61.- Después de 29 años de haber sido reducido a simple provincia, se crea el Departamento de Pasco por Ley Nº 10030 de 27 de noviembre de 1944, gracias al empeño y pujanza de sus hijos. El nuevo departamento tiene tres provincias: Pasco, Daniel Carrión y Oxapampa. Su capital, la ciudad del Cerro de Pasco.

62.- El 5 de abril de 1879 Chile nos declara la guerra y nuestra juventud conforma la gloriosa Columna Pasco que sale a luchar a las fronteras el sur. Todos murieron. Cuando los invasores estuvieron a punto de ingresar a Lima, ancianos y niños que quedaban en la ciudad, conforman una nueva “Columna Pasco” que viaja a defender Lima. Fatalmente la desorganización cunde y muchos mueren, otros son prisioneros y muy pocos vuelven.

63.-  El año de 1884, el cónsul de Estados Unidos en el Callao H. M. Brent dirige sendas cartas a los capitalistas de su país a fin de que inviertan en las minas del Cerro de Pasco. Muchos se aprestan a estudiar las posibilidades existentes.

64.- En julio de 1884, la “Compañía del Ferrocarril de la Oroya al Cerro de Pasco, transfiere sus derechos a Miguel Grace el mismo que obtuvo del gobierno de Miguel Iglesias una renovación del contrato firmado el 27 de enero de 1885.

65.- Debido a la publicidad desplegada, llegan los ingenieros norteamericanos Hodges y E.E. Olcott que, por cuenta del sindicato Mac Kay, realizan sondajes diamantinos en varios lugares de la ciudad cerreña y localizan extraordinarios yacimientos de cobre de alta calidad. Comenzaba el año de 1877.

66.- En 1890 alcanza notable crecimiento la fundición de HUAMANRAUCA en el  Cerro de Pasco a cargo de la empresa Gordillo.

67.- El ferrocarril central llega a la Oroya y recibe autorización para su funcionamiento diario.

68.- En 1895 el Congreso da una ley que ordena recoger todo lo referente al socavón de Rumiallana declarándose que es propiedad del Gremio de Mineros del Cerro de Pasco.

69.- En 1897 se instala el Directorio Nacional de Minería presidida por don Elías Malpartida, minero cerreño en integrada por Jacobo Backus, José M. Cantuarias, Hermann Dens, Alejandro Garland, Federico Gildemeister, Eduardo de Habich y Esteban Montero. Ese mismo año George Steel está trabajando las fundiciones de Pucayacu en el Cerro de Pasco.

70.- En 1899, por Resolución Suprema se otorga la concesión para construir el ferrocarril de la Oroya al Cerro de Pasco a don Ernesto Thorndike, con privilegio exclusivo por 25 años.

71.- A comienzos del año 1900, la producción de cobre  de alta calidad en el Cerro de Pasco es notable.  Se exportan doce mil toneladas en barras

NUESTRO 70º ANIVERSARIO

nuestro 70 aniversarioHoy 27 de noviembre de 2014, recordamos los setenta años de la fundación del Departamento de Pasco. En 1931, el despreciable tirano Luis Miguel Sánchez Cerro cambió la capital del departamento de Junín que por más ochenta años lo desempeñamos con altura.

Este acontecimiento nos mueve a reflexionar sobre todo lo que nos ha acontecido.

Comencemos por el principio. Nuestro pueblo nace cuando se efectúa el primer denuncio de sus minas. Hasta ese momento -octubre de 1567- los yauricochas, nuestros antepasados, habían vivido tranquilamente alternando la caza con el trabajo minero. Sí, tres cientos años antes –esto lo afirman reputados historiadores- ya trabajaban el oro y la plata con una pericia extraordinaria. Esta no es una invención antojadiza. Los cronistas españoles: Pedro Cieza de León, Íñigo Ortiz de Zúñiga, Garcilaso de la Vega,  Agustín de Zárate, Francisco de Jerez y Pedro Sancho de la Hoz, se encargaron de dejar el testimonio que aquellas obras de arte que nuestros antepasados enviaron a Cajamarca para el rescate del inca Atahualpa, fueron fabulosas. Todas estas esculturas concitaron la admiración de los extranjeros. Los especialistas afirman: “Los yauricochas fueron los más brillantes orfebres de América”.

Cuando en el Cusco se enteraron, nuestro suelo se convirtió en  codiciado botín. Con engaños y prebendas nos anexaron en tiempos de Pachacutec (1460). A partir de entonces, todo el oro y la plata de nuestro territorio, se fue para el Cusco sin que nada quedara aquí. Había pena de muerte para los que osaran apropiarse de ellos. Los cusqueños fueron nuestros primeros explotadores.

Posteriormente los españoles, convirtieron a nuestra tierra en fuente de interminables caudales al precio de un dantesco genocidio nunca jamás igualado en la tierra. Las minas cerreñas se convirtieron –a través de toda su historia- en tumbas malditas con miles de vidas truncadas en sus galerías siniestras como aquellos 300 hombres que murieron en 1756 en la mina de Matagente, o aquel de 29  hombres que en enero de 1910 fallecieron  mutilados por una explosión de gas grisú de “Pique Chico” en Goyllarisquizga y que, en el mismo lugar, desaparecieras 300 hombres más en agosto de aquel año.  O aquel grupo de 57 hombres que en igual forma murió en “El Dorado”. No olvidemos tampoco la matanza de diciembre de 1908 ni tantos otras hecatombes en los que desaparecieron nuestros hombres en su inacabable trabajo por extraer los sangrientos minerales.

Pero es necesario remarcar que no sólo dimos riquezas minerales. También le brindamos el generoso aporte humano de nuestras gentes. Cuando cansados de los atropellos deciden alzarse en protesta, forman las gloriosas montoneras que se levantan en contra de los abusivos. Triunfaron. Sus nombres han sido eclipsados por los indolentes y los canallas. Comenzando por nuestra preclara heroína María Valdizán que no sólo con sus peculios aprovisionó a sus compatriotas sino también con su vida. Mantenía informado de los movimientos de los realistas a los luchadores del pueblo: Camilo Mier, comandante en jefe de las guerrillas cerreñas; Mariano Fano, en Cahupihuaranga; Pablo Álvarez, en Huachón; Ramón García Puga, en Yanahuanca; Antonio Velásquez, en Pallanchacra; Cipriano Delgado, en Tapuc Michivilca; Custodio Álvarez, en Huayllay. Antes, mucho antes, contumaces luchadores de nuestro pueblo fueron juzgados en febrero de 1812: Fray Mariano Aspiazu; Mariano Cárdenas Valdivieso y Manuel Rivera Ortega. Cuando por orden de San Martín, Álvarez de Arenales llega a nuestro territorio, se sorprende de la manera cómo habían luchado nuestros hombres para allanar el camino de nuestra libertad.

Jurada nuestra independencia, los frutos fueron cosechados por los poderosos. Nuestro pueblo fue vilmente postergado, como siempre. Desde entonces nada ha cambiado. Cuando a mediados del siglo XIX se abren las puertas de nuestra patria a los extranjeros, éstos toman como lugar de residencia a nuestro suelo. Claro. ¡Explotaron  sin descanso sus proverbiales riquezas mineras!! De todos los rincones del mundo vinieron a afincarse en nuestra tierra. Españoles, ingleses, franceses, croatas, húngaros, italianos, dálmatas, montenegrinos, checos, bosnios, chinos, japoneses, griegos, norteamericanos, jamaiquinos, judíos… Se establecieron doce consulados. Nuestra tierra se hizo conocida en todo el mundo. En cincuenta años amasaron incalculables fortunas con las que edificaron grandes casonas en diversas partes de nuestro territorio. Mientras estuvieron en nuestra ciudad vivieron plácidamente en sus palacetes particulares con acomodo y holgura, recordando, sus costumbres, sus danzas y sus canciones. Nuestro pueblo que tenía acceso a sus celebraciones las asimiló a su modo. Así nació, la muliza, la chunguinada, y muchas canciones con retazos de influencia extranjera. En lo material, a parte de la torre del Hospital, el cementerio y el propio hospital, nada más dejaron para la tierra bendita que los había hecho ricos. Todos estos forasteros pensaban, como nosotros seguimos haciéndolo, que en corto tiempo nuestras minas se agotarían. No ha sido así. Los huesos de los agoreros se han blanqueado en los camposantos mientras nuestra tierra sigue impertérrita hacia delante, inagotable, desde hace quinientos años. Con todo lo que acumularon bien pudieron edificar una catedral, teatros, universidades, bibliotecas, museos, colegios, como sucedió en Guanajuato, Potosí, Oruro, Sombrerete, Real del Monte, etc., ciudades mineras como la nuestra. No tuvimos esa suerte. Todos sus caudales se los llevaron a otros lugares y nuestra ciudad quedaba ruinosa y destartalada como bombardeada por salvajes enemigos. ¡Mírenla ahora! No es sino un cráter siniestro con sus gentes que, para no morir, se han aferrado a los cerros.

Los primeros años del siglo XX aparecen los norteamericanos que ya conocían de los inmensos caudales que reposaban en nuestra tierra. De inmediato compran las minas de propietarios nacionales y extranjeros. Con bolsas de relucientes libras peruanas de oro sacadas del Banco de Perú y Londres. El negocio se realizaba en forma pública ante el asombro de los cerreños. Simultáneamente denuncian nuevas minas en todo nuestro territorio.  Los ocho diarios de nuestra ciudad son expresivos testimonios. En un santiamén los norteamericanos se convirtieron en dueños de la ciudad. Claro, la Ley de Minería promulgada en esos días y con el fin de contentar a los explotadores establecía que por cada denuncio se debía pagar sólo –léanlo bien- quince soles. ¡No importaba la extensión! Así nuestra tierra fue vendida a los gringos. Éstos a diferencia de los europeos, se fueron a vivir en Bellavista y como hicieron con los “pieles rojas”, sólo entraban las personas que servían sus mezquinos intereses. Nunca alternaron con el pueblo cerreño. Fueron muy herméticos y egoístas. Los únicos que eran bien vistos por estos desgarbados y orondos extranjeros eran las autoridades que se aprestaban a servirlos incondicionalmente y los “Chupamedias”, sirvientes incondicionales de los gringos comenzaron a tener gran vigencia en este siglo. Hasta inglés aprendieron a hablar los “felipillos” para servir mejor a sus amos. Cuando nuestras autoridades quisieron realizar obras para el mejoramiento de la ciudad, los gringos se opusieron. Dijeron que nada podían hacer sin su consentimiento porque la ciudad les pertenecía. ¡Imagínense! Entonces nuestra municipalidad buscó un deslinde judicial que nos diera la razón a nosotros. Fue una lucha titánica de más de cuarenta años. Por fin, cuando nuestros viejos consiguieron que se haga el deslinde en 1942, después de tanto tire y afloje, nos arrojaron trescientos mil soles sobre la mesa -una limosna-  arguyendo que ése era el pago compensatorio por tanto abuso en contra de la ciudad del Cerro de Pasco. ¡Tres cientos mil soles!, cuando en ese mismo tiempo, ellos habían sacado miles de millones de dólares de las entrañas de nuestra tierra. Esta ha sido otra de las más grandes ignominias que se cometió contra nuestro pueblo. ¿Dónde estaban las autoridades del Perú? Callaron vergonzosamente,  cómplices del atropello. No querían enojar a los explotadores.

Alguna vez lo dijimos y ahora lo repetimos, si a alguien se le ocurriera escribir la historia de la infamia, tendría que comenzar en el Cerro de Pasco. Es cierto. Los diferentes regímenes que gobernaron el Perú nos marginaron tendenciosamente. Comenzaron con la educación. Sólo los poderosos tenían oportunidad de educarse debidamente. Ellos hicieron escuelas religiosas y, en todo caso, trajeron maestros e institutrices particulares para que enseñaran a sus hijos. Para los niños del pueblo estaban abiertas las dos únicas escuelitas municipales en donde muy pocos niños se refugiaban. La mayoría comenzó a trabajar desde pequeños. Diez y once años, para comenzar en la escogencia de minerales. Con el tiempo, los más humildes irían a engrosar las hordas de mineros que bajaban a los antros de horror y, los perspicaces, serían portapliegos y ayudantes de talleres donde fijarían su destino. La educación secundaria no existía. No teníamos colegios. Otros pueblos del entorno contaban con estos centros desde pocos años después de jurada la independencia: Huánuco, Tarma, Huancayo, Huancavelica, Jauja, Ayacucho. Claro, los explotadores contaban con la implícita complicidad de los padres indolentes. Ellos veían que nuestros niños al comenzar a trabajar desde temprano les estaban liberando de la enorme responsabilidad de mantenerlos. ¡Qué maldita irresponsabilidad! Estos indolentes se dedicaron a las celebraciones frívolas de los carnavales donde se mostraban pródigos en el derroche. Hubo numerosos clubes carnavalescos en los que anualmente se había un gran gasto en presentaciones espectaculares a un elevado costo económico. Las fiestas patronales eran espectaculares. Creíamos estar viviendo en la Gran Mundo de Opulencia que nunca acabaría. Qué error. Fue en 1931 cuando el malandrín de turno, el “Mocho” Sánchez Cerro nos arrebató la capital del departamento de Junín cuando nos dimos cuenta. Habíamos perdido muchísimos años sin preparar a nuestra juventud. Recién en ese momento se trató de enmendar nuestra terrible postergación. Recién a partir de la cuarta década del siglo pasado se instauraron colegios secundarios en nuestra ciudad. Por fin llegaba a su término aquella época de oscurantismo, estupidez e indolencia que no había obnubilado. Por eso cuando trataron de volver a sumirnos en la ignorancia cerrando la Universidad Comunal, marchamos en rebeldía y conseguimos la creación de nuestra Universidad autónoma. Eso lo hicimos los estudiantes con la ayuda de nuestro pueblo. Nadie nos regaló nada. Ahora está en nuestras manos superarnos. No nos quedemos inactivos. Nuestros hijos merecen lo mejor. Tienen derecho. La educación es el principal soporte del progreso de los pueblos. Cuánta razón tenía Gary Becker, premio nobel de economía cuando decía: “La riqueza de los pueblos no está en sus pozos petroleros, ni en sus minas, ni en sus campos agrícolas. La riqueza de los pueblos está en la inteligencia de sus niños”. ¡¡¡Qué gran verdad!!! . Sin embargo, en estos momentos, a nuestros niños que son nuestra verdadera riqueza, la minería los está envenenando cruelmente. Casi todos tienen plomo y otros metales pesados en la sangre, como hace muchos años, nuestros antepasados tenían mercurio y sílice en los pulmones.

Bueno, pero no sólo en las minas se inmolaron nuestros hombres. Recordemos. Cuando la patria estuvo en peligro, salieron en defensa de nuestras fronteras, aquellos 220 hombres  de la heroica Columnas Pasco –flor y nata de nuestra juventud-. Uniformados, armados y preparados con el peculio de nuestro pueblo sin que le costase un solo centavo a nuestro país. Partieron el 7 de mayo de 1879 y después de cruzar inmensos arenales combatieron en San Francisco, Tarapacá, Tacna y cayeron al lado de nuestro glorioso coronel Francisco Bolognesi aquel 7 de junio de 1880 en Arica. Todos murieron heroicamente. Cuando los chilenos, estaban para tomar Lima, un segundo grupo de voluntarios aglutinados en la segunda Columna Pasco, conformado por niños y ancianos fue a defender Lima. Fatalmente vencidas nuestras tropas, los chilenos deciden tomar el Cerro de Pasco y partieron a avasallarnos. Luchamos como fieras para no dejarnos humillar. No sólo nosotros, también los otros pueblos de Pasco como Cajamarquilla y Huariaca, primeramente, después Vilcabamba que  al repeler a los invasores sufriera sangrientas represalias como la del 7 de junio de 1882 en que quedó reducida a cenizas sobre los heroicos despojos de Paula Fiada, Máximo Guillermo, Epitación Ramos, José Vásquez, Micaela Villegas, Salomena Javier, Martina Víncula, Ezequiel Eslado, Martín Aguilar y Rufino Rupay. Otro soldado heroico fue el comandante Gustavo Jiménez, apodado “El Zorro”, presidente de la república en la Junta Transitoria de 1931. Al levantarse a favor de la ley contra el “Mocho” Sánchez Cerro, es apresado en Paiján y asesinado el 14 de mayo de 1933 con la modalidad de “la ley de fuga”. Nuestra historia también registra a dos soldados cerreños que se inmolaron en la guerra  contra el Ecuador. El sargento Teófilo Morales Janampa, natural de Huaraucaca, muerto en Aguas Verdes el 22 de julio de 1942 y al alférez Lorenzo Rocovich Minaya, el mismo año, en Porotillo. Otro heroico soldado cerreño fue don Teodomiro Gutiérrez Cuevas que, en 1915, liderando a diez mil indios de Azángaro se levantó contra los terratenientes que los martirizaban. Pago con su vida este intento.

Nuestra ofrenda a la historia del Perú, como vemos, no se ha limitado a nuestros valiosos aportes económicos a la grandeza de nuestra patria. No. Los filones humanos de nuestro pueblo son inagotables: Daniel Carrión García, mártir de la medicina; Evaristo San Cristóval y León, el más grandes maestro dibujante de fines del siglo pasado; Luis Favio Xammar, maestro y escritor notable, muerto trágicamente en Colombia, Poetas como Ambrosio Casquero Dianderas, Lorenzo Landauro, Arturo Mac Donald, Graciela Tremolada, Isabel Unzátegui, Juvenal Augusto Rojas, Esther Moreno, Luis Pajuelo Frías, Luis Ferrari. Pintores como Leoncio Lugo, Teresa Lactayo, Miguel Ampuero, Clotilde Jurado, Carlos Palma Tapia; compositores como Andrés Urbina, Ramiro Ráez, Pablo Morales; músicos como Graciano Ricci, Jesús Enciso, Ángel Portillo, Julio Patiño, Armando Paredes, hermanos Yacolca, Fidel Roque, Francisco Azcárate, Aurelio y Humberto Romero, César Bustamante, Nico Papish, Pablo Palacios, los hermanos Apestegui

Es en el Cerro de Pasco donde se han iniciado las luchas gremiales. Recordamos a Washington Oviedo, el primero en luchar por las ocho horas; Gamaniel Blanco Murillo, fundador de los sindicatos mineros de La Oroya, Morococha, Mahr Tunel, organizador del primer congreso minero de 1930, maestro deportista, compositor y periodista, después de heroica lucha es asesinado en el frontón por orden del “Mocho” Sánchez Cerro, el 17 de abril de 1931. A Blanco se suman, Pablo Inza Basilio, Gudelio Espinoza Córdova, Melchor Gamarra, Teófilo Rímac Capcha y tantos otros. En este blog estamos haciendo conocer sus historias antes que el olvido y la ingratitud las sepulten.

Hay tanto por recordar. Este día debemos sentir orgullo de haber contribuido a la grandeza de nuestra patria. Felicidades hermanos en este 70º aniversario.

TESTIMONIO DE DORIS CAQUI VIUDA DE RÍMAC CAPCHA 22 de mayo del 2002 COMISIÓN DE LA VERDAD Segunda sesión (de 15:00 a 18:30 horas) Tema: “Dirigentes y autoridades asesinados” Caso Nº 7

Teolfilo Rimac 3Iniciamos la sesión invitando a la señora Doris Caqui de Capcha a que exponga su testimonio.

– Por favor, nos ponemos de pie.

– Señora Doris Caqui de Capcha, ¿Formula usted promesa solemne de que su declaración la formulará con honestidad y buena fe y, por tanto, expresará sólo la verdad en relación a los hechos relatados?

– Sí, señores.

– Muchas gracias, puede tomar asiento.

– Señora Doris Caqui de Capcha, apreciamos su decisión de llegar a la Comisión, libre y voluntariamente; esto es, sin ningún tipo de presión o coacción. Viene a dar su testimonio  que va a ser de fundamental importancia para la investigación que viene haciendo la Comisión. Le vamos agradecer inicie su exposición.

– Muchas gracias. Agradezco a cada uno de los presentes y a los miembros de la Comisión de la Verdad. Mi nombre es Doris Caqui Calixto. Soy madre de cuatro hijos jóvenes. Soy la esposa de Teófilo Rímac Capcha. Quiero contarles cómo era mi esposo. Teófilo como padre era muy cariñoso, muy amable para sus hijos; como esposo era un buen compañero. Aparte de ser esposo era más amigo, más compañero. Buscaba en todo momento la superación de la familia, no solamente pensaba en avanzar él, como era un gran líder sindical, como era un gran dirigente, quería también que como esposa yo llegara a ocupar espacios para poder a los sectores más necesitados. En ese sentido, Teófilo era también muy amigo de toda la gente. Era un compañero de los mineros. Teófilo era el dirigente campesino que los hermanos campesinos buscaban y necesitaban. Era -como los campesinos solían decir- el compañero Rímac. El compañero Rímac que estaba presente en los momentos que requerían de su presencia. Teófilo Rímac era maestro de profesión. Fundó la Federación Minera del Perú. Fue el primer Secretario General de Mineros y Metalúrgicos de la empresa minera Milpo. Luego, estudió en la Universidad Nacional Daniel Alcides Carrión convirtiéndose, en maestro de Filosofía y Ciencias Sociales.

Ya maestro, ejerciendo su carrera, va a lograr fundar la Federación Departamental de Comunidades Campesinas de Pasco. Así mismo, fue Secretario General del Frente Obrero Campesino Estudiantil y Popular, FOCEP. Como dirigente campesino, dirigió la recuperación de tierras de las comunidades que estaban en manos de muchos latifundistas, de muchos patrones y entregó a cada campesino, tierra para cultivar, lugar donde forjar a sus hijos y vivir, sobretodo, con dignidad; el sector más empobrecido, la clase más marginada, que son los hermanos campesinos.

Y un 23 de junio de 1986, ingresaron los militares fuertemente armados a mi domicilio. A las doce y media de la noche –aproximadamente- cogen a mi esposo sin pregunta alguna, porque Teófilo Rímac era muy conocido, muy conocido y muy…muy querido en el departamento de Pasco; así también, conocido a nivel nacional. Y entonces no fue necesario formular una sola pregunta para decir si era o no era Teófilo. Lo sacaron de mi dormitorio, nos separaron. A Teófilo se la llevaron a mi sala, a mí me tiraron boca abajo en el piso de mi dormitorio y mis hijos miraban, sorprendidos, sin palabra alguna, sin lágrima alguna, esta situación. Y luego, Teófilo fue conducido a la base militar de Carmen Chico. Nunca más volví a verlo. Aquella noche yo acababa de perder a mi esposo y mis hijos acababan de perder al padre que soñaba por el futuro de ellos, acababan de perder al padre que anhelaba convertirlos en grandes profesionales, en mujeres con capacidad para servir al pueblo.

Y a partir de aquel entonces sólo esperé la amanecida del 23. Inmediatamente, empecé a caminar pidiendo ayuda y me dirigí a la Fiscalía Provincial de Pasco sin resultado alguno. Me dirigí a CODE de Pasco para que ayudara a garantizar la  integridad física de mi esposo así como su vida misma. Yo temía por su vida porque Teófilo ya había sido amenazado muchas veces desde cuando dirigió la recuperación de tierras de las comunidades campesinas de Pasco. Peligraba su vida. Como esposa le dije muchas veces: “Abandonemos Cerro de Pasco, no importa, no trabajemos en el Magisterio. Deja tu trabajo de maestro, le decía. Yo abandono la mía, le decía. Teófilo, vámonos”. Y él decía: “Yo no hago nada malo, no hago nada que pueda infringir las leyes. Lo único que hago es reclamar justicia para la gente que necesita y eso tiene que ser nuestro compromiso”, me decía. Pero yo le contestaba: Hay tantos atentados, Teófilo, hay continuamente batidas, allanamientos de domicilio. Veíamos las desapariciones forzadas en Ayacucho y le pedía realmente retirarnos de Pasco, pero Teófilo no quería. Él decía: “Si me detienen, me detienen, pero luego me van a dar mi libertad, sólo que no voy a poder soportar de repente los golpes, las torturas. Pero no pueden matarme porque yo soy un personaje muy conocido acá y soy muy querido”. Él prácticamente se aferraba a las gestiones legales que realizaba en su condición de dirigente, porque nada oscuro tenía Teófilo.

Sin embargo, después de haber caminado, haber hecho llamadas a la ciudad de Lima confiando en la capacidad de los congresistas, en aquel entonces de los diputados, yo creía rescatar a mi esposo. Se hizo presente el diputado por Pasco, con él empezamos a caminar. El fiscal provincial poco o nada podía hacer porque en aquel entonces el comandante político militar de Cerro de Pasco era quien tenía todo el poder y las autoridades poco o nada valían.

No nos permitieron jamás siquiera acercarnos a la base militar de Carmen Chico. Caminamos cuántas veces con el diputado sin resultado alguno. Seguía exigiendo la venida de un senador que yo creía que podía garantizar la integridad física de mi esposo, que podía garantizar la vida de mi esposo. Pero igual, no se hizo presente el senador Ledesma Izquieta en quien tanto confiaba. Nos abandonó en el momento más difícil y el 27 de junio yo ya tenía noticias que Teófilo había sido asesinado en la base militar de Carmen Chico. ¿Por qué? Porque la noche que llevaron a mi esposo a la base militar habían sido detenidos muchos dirigentes: dirigentes mineros, dirigentes estudiantiles, dirigentes campesinos y todos ellos reconocieron a mi esposo, se encontraron con mi esposo, compartieron la celda con él y todos decían que había sido el más golpeado. Que a él lo habían torturado con toda la rabia que tenían. El Secretario General del Sindicato de obreros de Centromin me manda llamar a su casa, me dice: Señora Doris, yo le he mandado llamar porque quería contarle lo que ha ocurrido con el compañero Teófilo Rímac. A su esposo lo han matado, señora -me dice- y debe buscar justicia. A él lo han torturado duramente, lo han llenado de un costal, han jugado fútbol con él. Él tenía toda la mandíbula destrozada, tenía las costillas rotas, tenía fractura por todos lados. Le han introducido el FAL por la boca hasta donde han podido. Le han introducido el mango de la escoba por el recto y Teófilo no ha podido soportar todo eso. Sin embargo -me dice- antes de fallecer me ha dejado un encargo para usted. Teófilo ha dicho: Dígale a Doris, mi esposa, que cuide a mis hijos, que nunca los abandone. Que haga de Iván un gran hombre, que haga de Carla una gran mujer, de Tania, una linda niña, que sea valiente y que sepan afrontar la situación. A mí me matan, dice Teófilo, sin culpa alguna y todos ustedes quizás van a morir. Dijo esto y expiró Teófilo. Y el Secretario General de Centromin, a medida que iba contándome lloraba, creo, mucho más que yo. Estaba aterrorizado de todo lo que había pasado con mi esposo.

Seguí para adelante en las gestiones, seguí caminando y en una oportunidad logré entrevistarme con el responsable político militar de la ciudad de Cerro de Pasco, a quien le responsabilicé de la muerte de mi esposo. Entonces me dijo: No, señora Doris, su esposo no ha muerto, su esposo está vivo. Nosotros lo estamos teniendo controlado. A más tardar dentro de quince días su  esposo va a llegar a su casa. Espere ahí con sus hijitos, señora. No se preocupe. Pero yo ya no podía creerle tal cosa. Ya había recibido muchos otros testimonios más. Un primo de Teófilo que estuvo detenido con él, lo había visto morir. De ahí que yo ya andaba buscando por lo menos rescatar su cadáver, recuperar, rescatar el cuerpo de mi esposo. No lo encontramos jamás.

Logré sacar una comisión investigadora de la Cámara de Diputados para que investiguen la muerte de mi esposo sin resultado alguno porque estaba conformada por apristas. Ellos dijeron: No, Teófilo Rímac se ha fugado. En segundo lugar, logré sacar una comisión investigadora de la Cámara de Senadores. Nuevamente, la mayoría de los que integran esta comisión investigadora eran apristas. Y los apristas igual dijeron que Teófilo se había fugado. Dentro de ello estaba Javier Diez Canseco que sí hizo un trabajo de investigación, recogió muchos testimonios. Con él cavamos muchos lugares donde creíamos encontrar el cuerpo de mi esposo sin resultado alguno.

Pero más adelante se hizo el informe respectivo donde se decía que mi esposo había  fallecido en la base militar de Carmen Chico, como producto de las torturas. Más tarde cuando salieron otros jóvenes en libertad, detallaron el asesinato y desaparición de mi esposo. Los documentos han llegado hasta las organizaciones internacionales.

Después de todo esto, para nosotros no termina la situación allí. Las cosas que hemos pasado, los momentos que hemos vivido, han sido sumamente difíciles. El 86 ante la desaparición de Teófilo -casi por dos años- yo dormía sentada en la cama con mis hijos. A  veces ellos me preguntaban: Mamá, ¿por qué no nos acostamos a la cama como normalmente lo hacíamos? ¿Por qué dormimos con los zapatos puestos? ¿Por qué dormimos vestidos, mamá? Yo no podía explicarles. Pero, ¿Yo por qué dormía así, señores, con mis hijos? Porque yo era amenazada constantemente. Desde las tanquetas de sus carros me decían los militares: “Maldita, me decían, cómo no cierres la boca definitivamente, te vamos a joder. Si a tu marido lo hicimos volar en mil pedazos, a ti te vamos a descuartizar. Y en las calles principales de Cerro de Pasco se van a ir a exhibir cada uno de tus miembros, me decían. Y eso lo gritaban delante de mis hijos, sin compasión alguna para ellos. Eso es lo que más me hacía sufrir. Yo podía soportar como ser humano, como persona adulta, pero los niños no. Ellos tenían terror a los militares, a los policías. Hasta ahora, mi hijo que tiene veinte años,  cuando ve que hay batidas, cuando  ve que hay movimiento de policías, tiene terror.

Fui detenida hasta por tres oportunidades y en todas ellas me golpearon, me amenazaron, diciéndome que de una vez por todas callara la situación de mi esposo. Que no siguiera denunciando. Pero yo tenía que buscar a mi esposo. Si él no cometió ningún delito, si él no fue terrorista, por qué tenía que olvidarlo. Si yo tenía a mis hijos que día a día me exigían a su padre, ¿Cómo no iba a buscarlo?.

En 1991 otra vez allanaron mi domicilio los militares, buscándome a mí. Si estoy viva quizás es porque aquella vez tuve una reunión con mis alumnos y con los padres de familia que se habían encariñado conmigo. Yo era asesora de tres promociones. Y nos demoramos porque cada uno presentó su balance económico. Gracias a ellos estoy viva, de verdad. A las once y media de la noche terminó la reunión. Cuando llegaba, un par de vecinos y me dijeron: Vecina, no vaya a su casa. Está llena de militares otra vez. La buscan a usted. – ¡¡¡¿Y mis hijos?, decía, ¿no?, porque a mis niños los había dejado en la casa!!. Eran muy pequeños. El mayor creo que tenía ocho años y todos habían sido apuntados con el FAL, con la metralleta, como narran mis hijos. Y le exigían que dijera dónde estaba su madre. Los chicos no decían nada, sólo lloraban. Y producto de ello Tania quedó afectada.

Yo fugué de Cerro de Pasco, huí disfrazada de campesina. Me apoyaron los de Derechos Humanos de Pasco y APRODE. Me enyesaron la cabeza, me enyesaron las piernas unos amigos médicos. Así pasé las bases militares, los controles de Junín, de Carhuamayo y ya me encontraba en Lima. Pero había huido sola, no estaban mis hijos. Había dejado a ellos en Pasco. Era muy doloroso para mí. Después de quince días logro reunirme con ellos.

Luego, en Lima, no teníamos casa, no teníamos familia alguna. Los pocos familiares que teníamos, huían de nosotros como si tuviéramos algún un mal, como si tuviéramos una enfermedad contagiosa. Decían que a mi esposo lo habían asesinado por terrorista y que podía complicarles la vida a ellos.

Yo ya no tenía mi trabajo. Yo soy maestra, pero no podía trabajar porque no había sacado mis documentos. No había logrado mi reasignación a Lima. Deambulamos con mis hijos en la calle. A veces comido, a veces sin comer, muchas veces desalojado de la casa.

Nuevamente, después de año y medio, creo, volví a reincorporarme a mi trabajo gracias a la gestión de muchos compañeros de trabajo, muchos amigos del SUTEP. Y hoy, Tania arrastra las secuelas. Es una jovencita de diecisiete años. Cuando tenía quince años, aproximadamente, supo la verdad de su padre. Ellos sabían que a su papá se lo habían llevado los militares, que lo mataron, pero nunca habían leído los testimonios. Yo los tenía en un fólder, los había recogido de APRODE. Me descuidé porque yo más me dedicaba las veinticuatro horas a trabajar. Trabajaba en un colegio, en otro colegio. Yo creía que lo más importante era cubrir la parte económica para mis hijos. Quería que mis hijos salieran adelante, que siguieran estudiando, que no se perjudicaran en sus estudios. Pero descuidé atender a mis hijos. No me di cuenta que Tania ya arrastraba todo el mal. Y hoy, recibe tratamiento psiquiátrico. Perdió el conocimiento al descubrir el testimonio de su padre. Cuando estaba leyendo el testimonio donde dicen que a su padre lo patearon, lo llenaron en costal, etcétera, etcétera, Tania estaba sola en casa. Perdió el conocimiento. Salió gritando, pidiendo auxilio a la vecindad. Corrió por las calles. Yo estaba en mi trabajo, sus hermanos en sus colegios y no hubo quien auxiliara. Y hace dos años vengo sufriendo con Tania. A la fecha, ha habido cierto avance pero nada nos garantiza que Tania puede en cualquier momento nuevamente perder el control. Como ya ha tenido varias recaídas, cortarse, utilizar hasta el cuchillo porque ella cuando pierde el control no reconoce a nadie. No sabe quién es ella. Son las secuelas que arrastramos.

Y por el lado económico, yo quedé nuevamente en cero, económicamente. Pedí adelanto de mi sueldo, pedí préstamos por un lugar, por otro lugar. Me llené de cuentas. Mi pequeño sueldo de Magisterio las empeñé completamente para buscar el tratamiento de mi hija porque ninguno de nosotros queríamos aceptar la situación de Tania. Y creo que Tania nos arrastraba con su mal a todos porque yo ya veía caído a mi hijo mayor, a Carla, que es la más valiente de la familia, yo la veía completamente destruida, destrozada, sin ganas de vivir.

Hubo momentos inclusive en que dijimos: Ya no podemos más. No hay pasajes para ir a trabajar, no hay pasajes para ir a estudiar. No tenemos una vivienda decorosa donde podemos darle la oportunidad a Tania de que se recupere integralmente. No hay condiciones óptimas para la recuperación de Tania. Entonces dijimos: ¿Qué hacemos? Si perdimos a tu papá, ¿por qué no morimos todos?, dije. Y se lo dije también al señor Ministro de Justicia en una reunión que tuve. Le dije: Señores, si quieren ayudarnos dennos la mano ahora porque nuestros hijos deben de seguir el camino, para ellos no debe cerrarse, la oportunidad para ellos no debe terminarse. Debe haber por lo menos oportunidad de estudiar en las universidades. No queremos a nuestros hijos convertido en renegados sociales, o de repente, convertidos en pandilleros. Queremos que nos apoyen. Pero hasta la fecha no hemos logrado nada.

Y aquí, a los miembros de la Comisión de la Verdad, les pido una investigación exhaustiva para ubicar el cadáver de mi esposo y así darle cristiana sepultura. Para que Tania deje de sufrir, porque esa niña sufre mucho por su padre. Ella dice: Mamá, falta año y medio para que culmine el trabajo de la Comisión de la Verdad. Dígale que ubiquen el cuerpo de mi padre para ir a llorarle, para ir a contarle, para ir a cantarle una canción para decirle que la quiero, que no le hemos olvidado. Y quizás eso pueda ayudarle a Tania a recuperarse integralmente. Queremos que Tania sea rescatada, sea recuperada. No queremos perderla. Todos mis niños han nacido sanos y yo quiero verlos sanos. Quiero verlos convertidos en grandes ciudadanos. Y también exijo sanción a los responsables de la muerte de mi esposo. Muchas gracias.

– Profesora Doris, hemos escuchado con mucho detenimiento su relato. Un relato que está cargado de recuerdos hermosos y trágicos en relación al doloroso problema de su señor esposo Teófilo. Lo menos que podemos hacer los miembros de la Comisión de la Verdad es solidarizarnos con su pesar y asumir en este momento el compromiso de profundizar la investigación para que ese su anhelo de llegar a conocer la verdad se haga una realidad.

Nosotros hemos tomado debida nota de su testimonio, por eso le expresamos en principio nuestra admiración por el coraje que ha tenido para hacer memoria de esos momentos trágicos pero al mismo tiempo también tomamos nota de su demanda de justicia y esa justicia será posible alcanzar sólo cuando usted y la Comisión de la Verdad tenga la mayor cantidad de evidencias que nos permitan llegar a los responsables. En ese sentido, a nombre de la Comisión, le expresamos nuestra profunda solidaridad y muchas gracias por haber venido.

–         Gracias a ustedes.

Teófilo Rímac Capcha (Segunda parte)

Teolfilo Rimac 2La madrugada siguiente, brumosa todavía, oyó el clarín de diana del cuartel. Su cuerpo estaba deshecho, sus brazos, a partir de sus hombros, le dolían de una manera espantosa. El frío hacia tiritar su cuerpo completamente aterido y una sed horripilante le había secado por completo la boca hinchada. Movió su cuerpo para cambiar de posición y vio a sus compañeros tirados sobre el suelo en donde habían dormido como puedan.  También habían sido víctimas del mismo suplicio. Se movió un poco más y sintió que sus tripas sonaban aerofágicas y vacías. Desde el día que los trajeron no había probado alimento alguno. Una debilidad extrema se había adueñado de su cuerpo.

En eso vio entrar al irracional jefe de los salvajes, seguido de sus compinches. Cachaciento y altanero, gritó.

—- ¡!¿Hablan o no hablan, mal nacidos… ?! -Le contestó el silencio.- ¡Bien, entonces diviértanse ahora viendo un partido de fútbol entre mis hombres!.

Tras una señal, unos soldados trajeron un costal de yute y, sin dar explicación alguna, le amarraron la boca y en él metieron el descoyuntado cuerpo de Teófilo.

—– ¡Ahora, jueguen, muchachos!.

Como si se tratara de una pelota, los soldados pateaban con energía por todas partes sobre el cuerpo agazapado. En la estancia se escuchaban los golpes sordos, tremendos al unísono de los quejidos de la víctima.

—– ¡Sigan, carajo! …. ¡Necesito un gol!.

Los soldados esmerándose más, ya como autómatas, arreciaron la golpiza. Nadie pudo decir nada. Ninguno de los prisioneros consiguió moverse a pesar de la indignación que los exasperaba. El rastrillaje sonoro de los FAL con las fauces amenazantes ante ellos, los inmovilizó.

Después de una hora, larga y cruel, dejaron “la bola” tirada en el campo, y se fueron.

—— ¡Suéltenlo, si quieren! , dijo el maniático y se retiró.

Cuando los prisioneros –manos y brazos torpes- lograron sacarlo del costal, era una masa sangrante, inerme, sin sentido. El cuerpo contundido, desencajado, sangrante lo había dejado sin conocimiento. Con fricciones en las manos,  pies y cuerpo, abrigándolo con las ropas que todos acopiaron, logró volver en sí, pero su mirada extraviada, sin ver lo que miraba, quedó un largo rato perdida en un punto lejano, desconocido. Lo llevaron en un rincón como a un autómata y lo recostaron a la pared. Lo hicieron sentar porque tirado, no podía respirar. El ahogamiento de sus pulmones maltratados y las costillas rotas que se le prendían como agudos puñales le impedían tomar un poco de aire. ¡Cuánto hubiera dado por morirse en ese momento!

————-

Aquel día, tercero de reclusión, fue sacado de la celda general y, conducido a la sala de suplicios. Mientras avanzaba penosamente, por las piernas maltratadas en extremo, un soldado que lo ayudaba acercándosele, le musitó al oído: “Paisano, no seas cojudo; este oficial es una mierda y te puede matar. Ya ha matado a varios “terrucos” en anteriores oportunidades. No creo que ahora pare. No dejes que te siga jodiendo, paisano, ¡Habla! …. ¡Díles lo que quieren escuchar! … ¡Salva tu vida! … ¡Tu mujer y tus hijos te lo van agradecer! … ¡Más tarde, nadie va a reconocer tu heroísmo, no seas huevón, paisano, ¡Habla!…

Habían llegado.

El sanguinario paranoico que dirigía la operación, dijo:

—– ¡Mira, carajo! … ¡Ya no me queda más paciencia! … ¡Tienes que hablar, hijo de perra! … ¡Tienes que confesar la verdad! … ¡Tienes que cantar quiénes son tus cómplices! . ¡¿Quiénes los comandan?! .. ¡¿Qué planean hacer en el futuro?! … ¡Habla ya, carajo!! ¡No te hagas al muy hombre porque yo me cago en los valientes! … ¡Habla, porque si no, te entierro vivo, carajo!. … ¡Chamochumbi! … Llamó a un sargento. ¡Lleve a seis hombres y en el acto me abren una fosa para enterrar a este concha de su madre! … ¡Ya no aguanto más!. ¡O habla o lo entierro vivo!. … ¡¡¡Andando!!! . El sargento y seis soldados salieron, corriendo, a paso ligero, a cumplir la orden.

El despiadado enajenado mental (Un hombre sano jamás haría eso) seguía pegando al prisionero que estaba más muerto que vivo. De rato en rato, lo tomaba por los pelos y le preguntaba. ¡¿Hablas o no?! El reo con los ojos vidriados, ya casi sin voluntad –vivo por milagro- sólo alcanzaba a mirarlo por la rendija sanguinolenta que le permitían sus párpados tumefactos. Sus labios, por donde manaba una baba sanguinolenta, no se abrieron. Entonces, en el clímax de la maldad, iracundo, fuera de sí, hirviendo de furia porque no conseguía la confesión que quería, estrelló la culata de su FAL en la mandíbula del supliciado. Se oyó un ronco gemido, sobrehumano, desgarrador. Tenía fracturados los huesos de la boca sangrante. Quedó sin conocimiento, tirado como un guiñapo sangrante. La boca mostrando una intumescencia espantosa, sólo babeaba sangre. Como demoraba en reaccionar, le arrojaron agua fría, una y otra vez; cacheteándolo salvajemente. Cuando advirtió que volvía en sí, el sanguinario gritó: ¡Llévenlo afuera, carajo! ¡Yo mismo voy a sepultar a este hijo de puta!.

Los soldados arrastraron el cuerpo hasta el borde de la fosa que habían abierto. Allí, nuevamente preguntó el maldito: ¡¿Hablas o no, carajo?! ¡Yo mismo te voy a enterrar vivo, mal nacido! Como no hubo respuesta, lo empujaron al fondo de la fosa de casi dos metros. Cayó como un costal de papas e inmediatamente, con una crueldad malsana, el sanguinario comenzó a echar tierra sobre su víctima. El reo, atado de pies y manos, trataba de librarse de las ligaduras mientras su cuerpo se iba cubriendo de tierra. A poco de ser cubierta su cara, dejó de moverse. Se había resignado a morir enterrado antes que seguir sufriendo tamaño suplicio.

El verdugo infame, calculando que ya la resistencia del reo estaría llegando a su límite, gritó: ¡Saquen a la mierda! … ¡No puede morirse!. ¡No voy a dejar que se muera sin confesar su culpa, carajo. ¡Sáquenlo!  ¡Maldita sea!

Los saldados se apresuraron a sacarlo y, ya fuera, lo sentaron. Tardó mucho tiempo, pero recobró el conocimiento. Su rostro parecía una masa informe, desfigurado, grotesco; los ojos, casi cerrados, la boca cubierta de cuajarones sanguinolentos, con la mandíbula hinchada; era otra persona. Ni su madre lo habría reconocido.

¡Chamochumbi! –gritó la bestia apocalíptica- ¡Hágalo reaccionar como usted sabe!. ¡Andando! – Con la rapidez que su servidumbre le permitía, el sargento, grotesca combinación de negro, cholo, chino e indio, trajo una bolsa de plástico al que derramó Terocal y se la puso en las fosas nasales. Téofilo, sofocado, superando sus dolores, trataba de zafarse del tormento, hasta que perdió el conocimiento. ¡Déjelo, carajo! ¡Que despierte para que reciba su merecido. ¡Este huevón no me va a vencer!. – Cuando el enajenado martirizador se alejó, los soldados los sentaron y lo dejaron descansar.

La debilidad extrema había hecho mella de su cuerpo maltratado. Hasta ese momento no les habían alcanzado agua ni alimentos. El hambre y la sed eran otros de los tormentos que tenían que soportar. De todos, era Teófilo Rímac el más cruelmente maltratado.  En la estancia sólo se oían quejidos, un alumno joven lloraba, pero todos sufrían las marcas del suplicio. No podían verse entre ellos porque llevaban sendas vendas en los ojos. Era la manera de incomunicarlos.

¡No puede ser, carajo! ¡Nadie puede aguantar tanto como este enano de mierda! –Se lamentaba la bestia en las oficinas de la Jefatura. -¡Lo que ocurre es que quiere desafiarme, pero no podrá vencerme; voy a sacarle la confesión aunque tenga que comérmelo!ue te voy hacer?!. ¡Te voy a reventar el culo, cabrón! ¡Ya no vas a ser virgen!- ¡Chamochumbi, tráigame la escoba!. ¡Dos soldados aprisiónenlo de las manos y dos, de los pies, porque yo me lo voy a tirar!.

Cogió la escoba, y se la puso en el ano; tomó aliento como para realizar un gran esfuerzo y, con un empujón salvaje se lo introdujo en el recto como una estocada criminal. El grito que se escuchó hizo estremecer a los otros hombres presos; fue un grito sobre humano, increíble, salvaje, proferido con todo su ser, con toda su vida. Nuevamente quedó sin sentido cuando le extrajo el palo. La sangre corría por sus piernas hasta inundarle los zapatos. Era una hemorragia incontrolable, atroz,  por la ruptura de las arterias hemorroidales.

—– ¡Déjenlo, así, carajo, para que escarmiente!

Los soldados le subieron los pantalones y lo arrastraron hasta la sala general donde se encontraban los otros prisioneros, y lo recostaron sobre la pared. Éstos, atados de pies y manos, incapacitados de ver por las vendas que les cubrían los ojos, sólo aguzando el oído, alcanzaron a oír un quejido sordo, gutural, como estertor de agonía dolorosa.

Después de un gran rato, Juan Santiago, haciendo esfuerzos supremos y adivinándolo cerca de él, intentó llamarlo.

—— ¿Eres tú, Teófilo…? – la voz salida como un susurro, llegó hasta el agonizante que contestó….

—— Sí, sí….. ¿Quién me…. habla? – un hilo de voz apenas perceptible se escuchaba con gran dificultad. Para hacerse oír, se arrastró hasta llegar a la vera de Teófilo y, con mucho cuidado, evitando ocasionarle más dolores de los que estaba sufriendo, utilizando el tacto, alcanzó a acercar su oído a la boca balbuciente del atormentado y concentró toda su atención en escucharle…. Después de un buen rato en el que sólo se oía un ronco y dificultoso respirar, alcanzó a escuchar…

—— No creo  que pueda seguir soportando las torturas que me aplican. Siento que me estoy muriendo…- la voz le salía tan queda, tan dolorosamente arrastrada, por el esfuerzo sobrehumano que estaba realizando, muy superior a sus debilitadas fuerzas. Pronunciando cada palabra con un esfuerzo que el amor le dictaba, interrumpiéndose a cada rato por la tos que le desgarraba el costado por sus costillas partidas, entre gemidos lastimeros siguió encargando – Por favor, dile a mi esposa Doris que la quiero mucho y que, cuide de mis hijos con mucho amor. Que nunca decaiga. Que haga de Iván, un gran hombre, de Carla, la mujer que nuestra tierra necesita; lo mismo que de mi Tania, mi linda niña. Que sean valientes y sepan afrontar la situación. Que me perdonen porque no pude hacerles todos lo felices que hubiera deseado– Un mezcla de sollozo dramático con ahogos y tos que le hacía gemir terriblemente fue superada una vez más para concluir con un esfuerzo sobrehumano.— A mí me matan por algo que no he cometido y tal vez ustedes corran la misma suerte. Son unos asesinos…Por favor no olvides decirle a mi esposa y a mis hijos que los quiero — Un ahogo tremendo seguido de un suspiro estremecedor, lo sumió en el silencio definitivo. Acababa de morir. En vano llamó Juan Santiago, inútilmente lo sacudió, impotente, cuando sintió que en sus brazos no quedaba sino el cuerpo sin vida de su amigo, se echó a llorar.

En ese momento sintieron que arrojaban sobre el suelo a otro supliciado. Era un universitario que gemía de dolor con los brazos destrozados. Sus gritos eran tan intensos que, al momento se apersonó un enfermero para inyectarle un calmante. Tras la acción, reparó que Teófilo yacía inmóvil, le cogió las yugulares y no sintió el pulso. Acercó el oído al corazón y no oyó nada. Desesperado salió de la estancia y volvió con otros soldados que lo sacaron de la sala. Todos los prisioneros, en silencio, trataban de adivinar lo que estaba aconteciendo. Después escucharon carreras e insultos. Se podía adivinar que habían hecho todo lo posible por devolverle la vida a Teófilo Rímac Capcha y no lo consiguieron. Un rato después, el demente torturador que lideraba las acciones mortales, gritaba fuera de sí.

—— ¡!! Ha fugado el maldito!!….. ¡Se ha fugado, Maldita sea!.

Cuando sus gritos desaparecieron por las instalaciones interiores, entraron unos soldados y quitaron la venda de los ojos de los prisioneros y desataron sus piernas y manos entumidas y sangrantes. Éstos tuvieron la certeza de que Teófilo acababa de morir, víctima de sus verdugos. Un desaliento inundó la mazmorra inmunda y, más de una lágrima rodó por las mejillas maltratadas de los obreros. Sólo en ese momento les alcanzaron alimentos y agua.

Desde entonces están buscando su cadáver. En un doloroso peregrinaje que no tiene cuando acabar, su esposa y sus hijos, lo buscan clamando justicia. Participaron los miembros de su partido y de otros  partidos, indagando, reclamando, pero nada consiguieron. Su cuerpo se lo había tragado la tierra.

Teófilo Rímac Capcha era miembro del pueblo cerreño y murió martirizado. Él, como tantos otros hombre y mujeres del pueblo, han perecido bajo el oprobio de los malditos tiranos y sus sanguinarios secuaces; por eso y por otras razones que he venido denunciando en todos mis libros, sostengo categóricamente: El Cerro de Pasco, es el pueblo mártir del Perú.

(Continúa…)

Teófilo Rímac Capcha (Su martirio y desaparición) (Primera parte)

Teofilo RimacEn la década de los ochenta, el país estaba convulsionado. La corrupción e intranquilidad social reinaban; la economía estaba  diezmada por la más grave inflación de nuestra historia y, la moral ciudadana, por los suelos. Se daban todas las condiciones para el estallido de una sangrienta guerra civil. En ese caótico momento surge el movimiento guerrillero maoísta, Sendero Luminoso. Un movimiento reformista radical que pretendía crear un nuevo orden social a través de la lucha armada en contra del Estado. Su avance fue de tal magnitud que para el fin de la década ya era considerado el movimiento insurgente más poderoso de Sudamérica. Poseía una fuerza estimada en diez mil integrantes que controlaban grandes zonas del campo y conjuntamente con sus células urbanas, actuaban con extrema violencia. En ese lapso sangriento, más de treinta mil peruanos murieron en el conflicto. La célula de aniquilamiento del Cerro de Pasco había cometido muchos asesinatos como el del Alcalde del Cerro de Pasco, Víctor Arias Vicuña y del Alcalde de Yanacancha, Luis Aguilar Cajahuamán, entre otros. Esto indicaba la virulencia de sus acciones. Por esta razón el Gobierno volvió los ojos a la ciudad minera y comenzó a evaluar a los sospechosos.

El servicio de inteligencia del ejército en connivencia con la soplonería local, siempre aviesa y activa, catalogaban a Teófilo Rímac Capcha, como un sujeto de extrema peligrosidad.  Sospechaban que era miembro activo de Sendero Luminoso. Nacido el 15 de setiembre de 1945, estaba casada con la profesora Doris Caqui Calixto con la que tenía a sus hijos Iván, Carla y Tania, a la espera de un cuarto. Trabajando en la Compañía Minera Milpo, había llegado a ser el primer Secretario General del Sindicato de Trabajadores Mineros y Metalúrgicos; en ese cargo fue Fundador de la Federación Minera del Perú. Posteriormente, como  alumno de la Universidad Daniel Alcides Carrión, recibió su título profesional con el que ejerció la docencia de Filosofía y Ciencias Sociales. Por su dinamismo fue nombrado Secretario General del Comité Departamental del Frente Obrero, Campesino, Estudiantil y Popular (FOCEP). Hombre de gran carisma y rectitud, respetado por los campesinos pasqueños, funda la Federación Departamental de Comunidades Campesinas de Pasco –poderoso organismo comunal del Perú- con la que dirigió la recuperación de tierras comunales que se hallaban en manos de algunos latifundistas. Todos estos actos –lo decían las encuestas- le habían granjeado el respeto de obreros y campesinos pasqueños. Era muy querido por todos. Estos trabajos los había realizado en su condición de  integrante de Izquierda Unida,  engendrando la ira de los represores.

Por aquellos días, una ola de movilizaciones populares, reclamos y protestas, se había desencadenado en todo el territorio pasqueño. Uno tras otro los atentados se sucedían contra  diversas instituciones estatales y privadas  que hicieron sospechar de su intervención habida cuenta de su liderazgo indiscutible, dinámico y valiente.

Así estaban las cosas, cuando a las once y treinta de la noche del 16 de junio de 1986, una emboscada a un convoy militar que se dirigía al cuartel militar de Carmen Chico, hizo volar el camión en el que murieron instantáneamente tres miembros del ejército y un civil. Tres militares más quedaron gravemente heridos. El atentado había sido muy bien planificado y acertadamente ejecutado.

Aquella noche el ejército realizó una redada general en la ciudad y lugares aledaños a Pucayacu, cayendo muchos “sospechosos”, especialmente dirigentes sindicales, universitarios y políticos de izquierda. Después de la respectiva calificación, con el auxilio de especialistas llegados de la capital, trazaron un plan de rastrillaje y detención de otros “sospechosos”.

A la una de la mañana del 23 de junio de 1986, se desplazaron varias tanquetas por la zona de San Juan Pampa. Una de ellas llegó hasta la avenida Bolívar 69 –A-, domicilio de Teófilo Rímac Capcha. Descendió un contingente de soldados cubiertos con pasamontañas y  armados con metralletas. Otras tanquetas cercaron ésta y otras calles aledañas.  Un ambiente de tragedia reinaba en el ambiente estremecido de frío.

Cuando la puerta convertida en astillas voló por los aires, se originó una loca sinfonía de ladridos y ojos expectantes asomaron por las ventanas vecinas. Los soldados con prontitud asombrosa ya estaban dentro de la casa. El obrero sorprendido no supo qué hacer cuando dos fornidos invasores lo levantaron de los pelos y lo arrastraron hasta el centro de la sala donde lo arrojaron; cuando su esposa comenzó a protestar presagiando lo peor, un terrible bofetón le partió la boca, convirtiéndola en un surtidor de sangre. Pegados a la pared, mudos de asombro y casi desnudos, se mantuvieron en silencio sus tres hijos.

—- ¡Habla, concha de tu madre!… ¡¿Quiénes más lo hicieron?! – gritó el jefe de los esbirros, aplicándole un puntapié en las corvas que lo hizo caer nuevamente. ¡Habla, enano de mierda, habla!- y siguió descargando fuertes golpes en la cabeza con su FAL.

—- No sé nada de lo que me hablan – alcanzó a decir Teófilo.

—- ¡¿No sabes nada, no huevón?! … ¡Asesino de mierda! … ¡Ahora te has jodido conmigo!. Siguió pegando puñetes y patadas. El obrero haciendo acopio de todas sus fuerzas fue a un estante y sacó unos papeles que entregó al matón.

—- ¡¿Qué mierda es esto?!.

—- Son las garantías que me diera el Ministerio del Interior por las sucesivas amenazas que me hacían llegar…..

—- ¡…¿…Y?! …. ¿Qué quieres que haga con estas cojudeces?…

—- ¡Léalos, señor….!

—- ¡Me limpio el culo con éste y todos los putos papeles que tengas, carajo! … ¡Canta no más tranquilo, carajo!.

—- No sé de qué me hablan, señor….

—- ¡¿No sabes nada, concha tu madre?! … ¡¿No sabes nada de la explosión que mató a varios soldados, ah, ah?!… ¡Huevón! Una serie de golpes en las costillas y las canillas le hicieron caer nuevamente -¡Yo te voy a refrescar la memoria, maldito, asesino!- Y siguió pegando con la culata en la cabeza del obrero. Una fuente de sangre incontenible comenzó a inundar su cara en tanto los golpes en las piernas no cesaban. Ya no era uno sino varios los que pegaban.

Al ver la carnicería, la señora Caqui, acopiando fuerzas quiso defender a su marido, fue entonces que el esbirro advirtió que estaba embarazada y, cogiéndola de los pelos, la tiró sobre el piso.

—– ¡Tú, cállate  india de mierda….! ¡Tú eres su cómplice! ¡Si no te saco la mierda, es porque estás preñada!  A los niños que saltaron en defensa de su madre también le pegaron y lo tiraron sobre el suelo para inmovilizarlos.

Uno de los sayones cambió palabras con otro de sus compañeros y al momento sacaron a patadas a Teófilo para subirlo a la tanqueta con destino a Carmen Chico.

A esa misma hora, en otras casas cerreñas, siguiendo el mismo procedimiento también habían detenido a Juan Santiago Atencio, Secretario General del Sindicato de Obreros de Centromín Perú; Edgardo Alarcón León, dirigente del Frente Único de Comensales de la Universidad Nacional Daniel A. Carrión y a Marcial Torres, Vice – Presidente del mismo organismo; Saturnino Rojas Rímac y otros dirigentes sindicales y estudiantiles. A todos los llevaron al cuartel de Carmen Chico.

A lo largo de la década del 70, Sendero Luminoso había sufrido una serie de derrotas políticas que lo llevó a un creciente endurecimiento ideológico porque su apoyo de la masa iba erosionándose ineluctablemente. Lo primero que sus líderes habían notado era la pérdida de consenso y capacidad de movilización del Frente de Defensa del Pueblo, que Sendero Luminoso controlaba; sólo mantenía cierta presencia en algunos barrios. Su derrota en el movimiento campesino se produjo cuando fracasó el Congreso que convocara en 1975. Había perdido la totalidad de su trabajo campesino que se quedó con Saturnino Paredes. Cuando estaba perdiendo el control sobre la Universidad San Cristóbal de Huamanga, decide sacar a sus cuadros de la Universidad para enviarlos al campo, a realizar los preparativos para la lucha popular. Es en ese momento que, como objetivo explícito, decide organizarse como un partido de cuadros y así desarrollar acciones terroristas en el territorio nacional. Por esta razón, los represores estaban seguros que Sendero había llevado a Teófilo a sus filas y que el hilo para desmadejar el ovillo era él.

Cuando lo arrojaron sangrante sobre un piso de cemento del cuartel, vio a otros prisioneros traídos antes que él. Al tratar de incorporarse, sus piernas ya no le obedecieron; estaban agarrotadas. Los golpes propinados al tomarlo prisionero y la posición incómoda en la tanqueta, habían entumecido sus músculos. Lo arrastraron a un rincón y lo tiraron de espaldas contra la pared; recién entonces pudo estirar sus piernas amoratadas. Pidió un poco de agua por la sed que lo abrasaba; le informaron que no la tenían fresca; la única que existía era la depositada en unos toneles a los que podían llegarse estirando las manos. Si lo conseguían, el líquido tenía un extraño sabor metálico picante; por más sed que tuvieran, no podían hacer pasar ese mejunje ácido.

Una modorra acuciante se había apoderado de él y, recostado a la pared, se abandonó a un sueño intranquilo, cargado de pesadillas.

Un patadón salvaje lo despertó y vio frente a él al lunático justiciador, impávido, fiero, con los ojos como ascuas. Se había despojado de la cotona quedando en camiseta negra con letras verdes. La brevedad de la ropa dejaba ver una musculatura muy desarrollada en su torso poderoso. En uno de los brazos se veía un tatuaje borroso. En las manos llevaba una enorme vara de goma negra que, manteniéndola en la derecha, golpeaba la izquierda con golpes isócronos.

—- ¡Todos ustedes, bastardos de mierda, están aquí por terroristas! Evítennos perder el tiempo y canten la verdad. Digan que son los autores de la emboscada de Pucayacu y sin que les toquemos un sólo pelo pasarán al juez donde serán juzgados con benevolencia. Si no firman el documento aceptando su culpa, yo mismo les sacaré la verdad aunque tenga que despellejarlos. Así que ustedes deciden. ¡¿Qué dicen?! … ¡¿Firman, o no?!

Rostros hinchados, con sangre apelmazada en los cabellos, ojos casi cerrados por los golpes, se miraron unos a otros sin decir nada. El silencio cargado de expectación duró cinco minutos, al final de los cuales, volvió a presionar el sicópata.

—- ¡Bueno, mal nacidos, ustedes lo han querido! Capitán, ¡Proceda a sacarles la mierda a estos hijos de puta!. … ¡Comenzaremos con el “Chato” que es el más mentado de todos!. – Separaron del grupo a Teófilo. Él sería el primero.

Entraron varios soldados llevando sogas con la que ataron fuertemente las manos del reo por detrás y, tras pasar el extremo por una rondana especialmente colocada en una columna alta, comenzaron a tirar con todas sus fuerzas. La tensión de la soga le produjo la impresión de que le estaban arrancando los brazos desde los hombros y un quejido sobre humano se escuchó en la estancia. El jefe de los verdugos, sin hacer caso de los gritos, alentaba a los hombres para que siguieran tirando hasta que lo pusieran en vilo, colgando de la soga. El dolor fue sobrehumano y no pudo soportar. Quedó colgado, sin conocimiento, con los huesos descoyuntados. Entonces, para revivirlo, le aplicaron fuertes golpes a las espaldas con la vara de goma a la vez que le arrojaban cargados baldes de agua.

—– ¡Que quede ahí el hijo de puta para que él y sus cómplices mediten!- dijo el demente jefe de los masacradores y lo dejó colgado como una res, presa de un dolor indescriptible.

Pasaron cuatro horas inacabables, punzantes tremendas, para que el maldito volviera.

—— ¡Basura, te animas a hablar o no? … ¡!!¿Ahhhh…..?!. No contestó nada. Sólo el silencio. Teófilo estaba más muerto que vivo. ¡Suéltenlo!.

Los soldados desataron de golpe la soga y, como un fardo, sordo y pesado, cayó el cuerpo. Era presa de un dolor indescriptible. Le desataron las manos entumecidas y se fueron. No podía sentir la vida de sus miembros. Estaban contraídos, insensibles, muertos. Quedó con la cara sangrante sobre el cemento, incapaz de realizar movimiento alguno. Poco a poco, tras largo tiempo que no habría sabido precisar, fue recobrando el movimiento y recién entonces, puso arrastrarse hasta la pared. Sus compañeros. Igualmente maltratados dormían. Ya la oscuridad era manifiesta.

Al comienzo el dolor intenso no lo dejaba dormir, después, poco a poco, fue conciliando el sueño en el que pronto se vio en una estepa fría de un helor espantoso. Él estaba desnudo y sus carnes tiritaban. Una cárcel, como de vidrio, lo separaba de su esposa e hijos que quedaban fuera. A Doris, su mujer, que estaba anegada en llanto, no la podía escuchar. Veía los esfuerzos que hacía, pero no podía entenderla. Sus brazos extendidos chocaban contra el muro vidrioso que se comía todos los sonidos. Infructuosamente él trataba de consolar a Tania, Carla e Iván, pero, por más que gritaba su voz no les llegaba a ellos. A medida que se esforzaba por encontrar un entendimiento con los seres que más amaba en el mundo, sus empeños resultaban vanos. Veía, impotente, que poco a poco iban alejándose, y un frío penetrante le calaba los huesos. No supo cuánto tiempo había estado en ese infructuoso empeño. Cuando despertó, su cuerpo entumido de frío, siguió doliéndole terriblemente. Agarrotado sintió que las horas se habían detenido. Le parecía una eternidad de dolor y cansancio. Después de varias horas, como un milagro escuchó el trino de los pajarillos. Quedó sin sentido, desmayado.

(Continúa…)

El trágico final de un sátrapa (Cuarta parte)

la muerte de un satrapa 4Aquel martes 17 de febrero de 1948, cuando las madrugadoras colas reptaban ateridas para lograr su diaria ración de pan, en un temporal de truenos inclementes que rasgaban los cielos arribó una caravana de jeeps y camiones repleta de soldados. Tras varias vueltas por céntricas calles con fin intimidatorio fue a instalarse en la Plaza Mayor. En ese momento, un presagio de muerte se apoderó de cariacontecidos hombres y mujeres. Las viejas se santiguaron, agoreras. Tenían razón. A partir de entonces el terror se acantonaba en casas, talleres y oficinas de la ciudad minera.

Los corros lenguaraces, afligidos y gesticulantes, reconstruían la tragedia del día anterior. El pueblo en una negra asonada había dado muerte a la odiada autoridad que con altanería insufrible y maltrato cruel había alimentado un odio cada vez más creciente. Los  chismosos señalaban al detalle actitudes y nombres de protagonistas que los soplones apuntaban para la correspondiente delación.

En “Radio Azul”, Humberto Maldonado Balvín leía el Decreto Supremo firmado por el Presidente Bustamante y su Ministro de Gobierno y Policía,  Manuel Odría, suspendiendo las garantías en la Provincia de Pasco y nombrando como Jefe Político – Militar al coronel Emilio Pereyra, “con facultades que para el caso otorga el Código de Justicia Militar y el Reglamento de Guarnición”.

A la puerta del Hospital Carrión, un gentío acuciante se extendía por toda la calle del Estanco indagando por familiares y amigos internados. En el pizarrín, escueta y terminante, se publicaba la lista.

Muertos.- Señor, Francisco Tovar Belmont, Prefecto del Departamento de Pasco (50) natural de Lima. Fracturas múltiples, heridas y escoriaciones en todo el cuerpo, principalmente en la cabeza.

Filomeno Paucar Aire.- Obrero de 23 años, natural de Yurajhuanca, muerto por tres balazos que le destrozaron los intestinos.

Heridos.- Genaro Arteaga, de 16 años,  natural de Yarushacán; herida de bala en el brazo derecho; Fructuoso Herrera Aliaga, (21), Cerro de Pasco, fractura en la pierna izquierda por impacto de bala; Máximo Clemente, (20) Margos, escoriaciones en el brazo derecho; Sabina Alvarado (16), Cerro de Pasco, herida de 4. ctms. en el parietal derecho; Celino Rodríguez (45) Huallanca, herida de bala en la rodilla izquierda; Raúl Celli (22) Piura, herida profunda en la ceja derecha; Sergio Villanueva (21) Huancayo, herida abierta en parietal derecho;  Roberto Sánchez, (21) Cerro de Pasco, herido de bala en brazos y piernas; Alejandro Flores, (23) Cerro de Pasco, herido de bala en ambas nalgas; Fabián Obregón (23) herido de bala en el omóplato derecho; Ronaldo Limpián, guardia republicano, (27) Lima, contusiones diversas; Pompeyo Ponce (16) Cerro de Pasco, bala en ambas piernas, hospitalizado en el Hospital Americano. La atención en el Hospital Carrión está a cargo de los doctores Hipólito Verástegui Cornejo y Aurelio Malpartida.

A medio día irrumpieron en la Plaza Chaupimarca, camiones repletos de soldados armados al mando del Jefe de la tercera Región de Policía, comandante José Monzón Linares. El noticiero de “Radio Azul”, por parlantes ubicados en la glorieta Escardó, balcones y ventanas, en cadena con “Radio Rancas” es escuchado con pavor por las colas que festonan la plaza principal y otras de la ciudad. Informaban que también han arribado tropas del 39º de Infantería del Ejército al mando del teniente Mariano Olivera Puga y un Batallón de la Guardia Republicana que fueron alojadas en la Beneficencia Española y en el local de la Prefectura, respectivamente. De Huancayo y Oroya estaba por llegar otro contingente de soldados. Nunca se había escuchado con tanta atención la serie de revelaciones que alarmaba a toda la ciudad minera. El locutor de “Radio Azul” puntualizaba también: “Los heridos fructuoso Herrera y Genaro Arteaga que se medicinan en el Hospital Carrión, continúan en período de franca mejoría. Los heridos Pompeyo Ponce y Ernesto Porras que han sido asistidos en el Hospital Americano de la Esperanza, fueron dados de alta por encontrarse bastante aliviados. El resto de heridos continúan recibiendo adecuada atención en los nosocomios donde se atienden. A las ocho de la noche del día de ayer, en carro expreso, fueron trasladados a Lima el capitán Echegoyen y el Secretario de la Prefectura, señor Próspero Castillejos para ser internados en una clínica particular de Lima”.

Se informaba que luego de la necropsia del cadáver del Prefecto a cargo de los doctores Hipólito Verástegui Cornejo, Aurelio Malpartida y el capitán de Sanidad Policial, Armando Gutiérrez, con la asistencia del Juez Instructor, Amadeo Vidal Tello y del Agente Fiscal Oscar Lavado, determinaron que las heridas en la cabeza y diversas partes del cuerpo, eran de necesidad mortal. Luego embalsamaron el cuerpo para ser  trasladado en tren expreso a Lima. Terminó el acto a las doce de la noche. Para la autopsia de Filomeno Páucar, realizado a la una de la tarde del día siguiente, intervinieron también, el señor Ramiro Ráez Cisneros y el perito en balística, teniente del Ejército, Narciso Velásquez. Finalizado el acto fue transportado por cuatro soldados armados  al cementerio general. El único acompañamiento que tuvo esta humilde víctima de la balacera,  fue el de su acongojada madre, la anciana Nemesia Aire.

El miércoles 18 de febrero, Carlos Falla López el subprefecto que había abandonado a su superior en el momento más dramático de la asonada, retornaba a la ciudad en calidad de Prefecto para ejercer los actos más reprobables de venganza. Entretanto habían llegado a la ciudad, invitados por la Dirección de Publicidad del Ministerio de Gobierno y Policía, los periodistas siguientes: Eduardo Jibaja, de la “Tribuna”; Carlos Stagnaro, de “El Comercio”; Carlos Rojas, de “La Prensa”; Román Hernández, de  “La Crónica”; Genaro Carnero Checa, de “1948” ; Manuel Alarcón, de “Jornada”; Federico More de “Cascabel”.

Enterados qu dos periodistas de LA TRIBUNA  de Lima se encontraban cubriendo la información del funeral de Filomeno Páucar, tras arrebatarles dos rollos de película, fueron recluidos en prisión inmunda y fría, sin ningún tipo de abrigo o comodidad. Allí, sin ningún abrigo, alimento, ni bebidas calientes,  tuvo confinados a Eduardo Jibaja, redactor, Guillermo Gutiérrez, fotógrafo y Juan Durand, corresponsal y representante cerreño del diario. Cercana la medianoche, debido al frío reinante, Jibaja sufrió un brusco descenso de  presión sanguínea con una marcada hipotermia que hacía peligrar su vida.  Sólo el auxilio de un guardia caritativo que le alcanzó un termo con agua caliente, hizo superar el trance fatídico. A las cinco y media de la mañana, tras haber soportado por largas horas el incómodo encierro, los enviaron a la estación del ferrocarril escoltado por ocho policías. Ahí fueron embarcados rumbo a Lima. Juan Durand, el corresponsal, siguió prisionero. Carlos Falla López, para aparentar normalidad ante propios y extraños, dispuso que se venda ½ kilo de azúcar por persona y no los 100 gramos que había limitado hasta antes de la tragedia. Para desprestigiar cívicamente al pueblo cerreño urdió una farsa en la que participaron muchos traidores y fue publicada como verdad en todos los diarios de la capital, especialmente en EL COMERCIO, con fotografías y todo. El escudo nacional que estaba colocado, intacto y sin mácula alguna en el frontis de la Prefectura hasta el día 17, apareció magullado y completamente maltratado arguyendo que había sido arrastrado y pisoteado por la muchedumbre. “La incontenible chusma india que merece el más severo de los castigos, pisoteó el escudo nacional de la Prefectura y arrastró por plazas y calles junto con el cadáver del ejemplar servidor de la patria” mentía EL COMERCIO. Los periódicos gobiernistas decían que éramos apátridas porque no  habíamos respetado el símbolo patrio ni teníamos dignidad. “Un pueblo de esa calaña, donde la canalla, ciega e irrespetuosa, desconoce la majestad de los símbolos patrios y el valor de la vida humana, debe ser castigado con todo el peso que la ley de los hombres civilizados ha implantado. !Los criminales no tienen perdón!”

Después de malintencionada campaña difamatoria que duró tres meses, en marco de fanfarrias e himnos, se colocó otro escudo en el frontis de la Prefectura, “reemplazando al vejado por la chusma ignorante”.

El coronel Pereyra comenzaba la investigación y garantizaba el normal desarrollo de las actividades laborales y comerciales en la localidad.  Eso sí –advertía- será duro e inflexible en las pesquisas para dar con los asesinos. Que actuaría sin miramientos; caiga quien caiga. Al promediarse la tarde, hizo publicar en EL MINERO y las radios, el Bando que decretaba el Estado de sitio en la ciudad. Nadie podía asomar a la calle a partir de las ocho de la noche.

Después de instalarse el Comando, comienza a ejercer cruel venganza contra el pueblo. Como primera medida, ordenó que los “Informantes” –abyectos soplones que siempre hay en buen número en la ciudad minera- delataran nombres, direcciones y demás señales de los que habían estado en la asonada. De inmediato se efectuó una redada. El primero en caer fue Jorge Barzola. En su poder tenía las fotografías impresas por su cámara el día anterior. Ampliadas a tamaños gigantescos con una celeridad extraordinaria, pusieron en evidencia a hombres y mujeres cuyos nombres fueron revelados por los soplones.

A partir de entonces la caza se hizo espectacularmente salvaje.

A las once de la noche, detuvieron a Pablo Estares, Secretario de Actas y Archivos del Sindicato de Trabajadores Mineros. El reporte informaba que había estado trabajando durante la asonada, pero no les importó a sus persecutores. Querían tener en sus manos el Libro de Actas y demás documentos, enviados o recibidos por aquellos días. Estaban seguros que descubrirían la estudiada planificación del movimiento del lunes. Lo engrillaron y a culatazos lo arrastraron hasta la comisaría de la calle Parra que, poco a poco, se fue llenando de sospechosos.

Mucho cuidado pusieron para apresar a Genaro Echevarría. Según la culpabilidad urdida por su contingente de delatores, éste era el hombre que había colocado un cable eléctrico en el cuello del cadáver del Prefecto para izarlo a un poste. No pudieron echarse atrás cuando lo encontraron tirado sobre un jergón. Era un anciano semi paralítico que con gran trabajo lograba moverse.

Por otra parte, grupos de guardias armados hasta los dientes, guiados por los delatores, se dedicaron a capturar a hombres y mujeres. La amenaza zafia rompió la quietud de aquella primera noche de terror seguida de ladridos hasta alcanzar una inacabable broncofonía. Rostros sorprendidos, asombrados, terriblemente indignados, enmarcaban las ventanas vecinas tras los vidrios estremecidos. Cumplido el plazo, un coro de sincopadas voces aguardentosas gritaba: ¡A la una! … ¡A las dos y !a las tres!. Y el estallido de la puerta haciéndose trizas, cedía a la acometida del ariete brutal de la represión sanguinaria. Un ramalazo de aire helado entraba antecediendo  la figura del jefe esbirro que, sin ninguna contemplación a los gritos de terror de los niños y las protestas de la madre, ordenaba la requisa de todos los elementos que pudieran incriminar a la víctima. Libros, fotografías, periódicos, cajas, revistas. Pero más que eso, los canallas se apoderaban de relojes, dinero, adornos que jamás volverían a ver sus dueños. “Sembraban” en cambio comprometedores panfletos apristas escogidos ex profeso, cartuchos de dinamita, mechas, guías, fulminantes…

— Como el asesino no está, su mujer nos acompañará hasta que aparezca el matón aprista. Llévensela.- Y la señora de Humberto Luis, salió arropando a su niña, muy pequeña todavía.

Así detuvieron también a la esposa de Patricio Chahua Osorio. Tras romper la puerta, se la llevaron sin contemplaciones.

La misma noche, en otro barrio, otro piquete de matones armados levantaba el clamoreo incansable de los perros del pueblo.

— ¡Que salga ahora mismo ese Francisco Alvarado Quispe, alias “El Panchito”!… ¡Tiene un minuto para hacerlo!.- Gritó el jefe de los canallas.

Dentro de la casa, cubriéndose con sus cobijas, la solitaria anciana, Elisa Quispe de Alvarado, madre del requerido, no sabe qué decir. Su hijo no está. Esquivando la cruenta persecución se ha hecho humo. Cuando la puerta estalló con la reventazón de fragmentos, los soldados se vieron frente a una aterrada anciana que no alcanzaba a articular palabra. Fueron a un estante y buscaron afanosamente. Un grito de triunfo salió de la boca del jefe de la requisa. En su mano tenía una fotografía en el que se veía al perseguido rodeado de los dos más altos jerarcas del APRA, Víctor Raúl Haya de la Torre y el “Cachorro” Manuel Seoane.

— ¡Ah! –exclamó- ¡Se trata de un pájaro de alto vuelo!. ¡Tenemos que agarrarlo!. ¡Apresen a la vieja y llévensela… ya el tal “Panchito” aparecerá para quedarse en su lugar…!Vámonos!.

Entre los más “sanguinarios criminales” –como aseguraban los acusadores- estaba Luis Llanos de la Matta, alumno del Colegio Carrión. Según los inventores de cargos, éste había sido el que propinara el golpe final con un garrote que todos le habían visto tener en la calle Huánuco. Todos los falsos testigos, presionados por el chantaje y la amenaza, repetían haberlo visto cubierto con un capote verde de minero y golpear al Prefecto con un garrote. Su inquietud de joven bullicioso y activo sirvió para que el cargo le inventaran  con el fin de perjudicarle, no sólo a él, sino también al profesor Julio Mendoza Bravo.

Con cuidado extraordinario, han adecuado un cubil de 3×3 metros a donde han llevado, poleas, varas de goma, sogas y alicates. Es la mazmorra de torturas con el que ejercerán venganza. Allí llevaron a sus primeras víctimas. Por turno fueron torturados, Luis Llanos de la Matta, Humberto Luis, Patricio Chahua y Bernabé Miraval. El equipo de torturadores lo conformaban Falla López, el investigador Soverón, el policía David Machuca y un equipo de fornidos guardias civiles. Sólo a las seis de la mañana, completamente agotados y cubiertos de sangre de sus víctimas, terminaron la terrible faena. En ese momento, había 35 prisioneros –hombres y mujeres- en una habitación de 4×7 metros

01.- Humberto Luis Solís.                                    19.- Vicente Villarán Quinto.

02.- Patricio Chahua Osorio.                   20.- Bernabé Miraval Quintana.

03.- Luis Llanos de la Matta.                   21.- Lorenzo Ramos Valdizán

05.- Celestino Travezaño.                         22.- Encarnación Rodríguez.

06.- Mercedes Agüero Rojas.                   23.- Daniel Luna.

07.- Atilio León Silva.                               24.- Pablo Nestares.

08.- Julio Vera Martínez.                         25.- Cecilio Córdova.

09.- Edilberto Portillo Cáceres.               26.- José Barreto.

10.- Víctor Sánchez Ramos.                                 27.- Hilario Quinto.

11.- Pedro Arce Fernández.                                  28.- María Arce Fernández.

12.- Rigoberto Tufino Cárdenas.             29.- Rebeca Benavides Tacuchi.

13.- Genaro Echevarría Lovatón.                        30.- Eugenia Fernández de Arce.

14.- Luis Germán del Mazo Dávila.        31.-Luzmila Cajahuanca de Quinto.

15.- Manuel Rodríguez Portillo.              32.- Moisés Barzola Espinoza.

16.- Juan M. Durand.                                33.- Alejandro Casquero Caso.

17.- Emilio Sarmiento Llanos.                 34.- Roberto Carhuancho Villegas.

18.- Paulina Venturo Cabello                  35.- Elisa Quispe de Alvarado.

Transcurridos sesenta días, hacinados en una cárcel inhumana, viendo pasar las horas y los días sin ser juzgados por tribunal alguno, presentaron ante el tribunal Correccional de Huánuco y Pasco un recurso de Hábeas Corpus con el objeto de definir su situación jurídica.

Atendiendo el pedido, el 7 de abril,  se nombra Juez Ad hoc al doctor Juvenal Benites que se aboca al conocimiento de la causa seguida a los presuntos autores que en número de 41 han sido puestos a  disposición del Juzgado Especial para el que ha sido nombrado por la Corte Superior de Huánuco y Pasco. Para su defensa fueron nombrados los abogados Vicente Arteta, Edmundo Cárdenas, Arturo Roseca y Manuel Shiraishi, los que se distribuyeron en cuatro grupos de once cada uno para la instructiva correspondiente. El día 18 de abril se dio principio a la instructiva con las declaraciones del encausado Patricio Chagua, en presencia del Agente Fiscal de la Provincia Dr. Oscar Lavado y asistido por su defensor Vicente Arteta. Actuaba el escribano Navarro, designado para el caso y para todo lo relacionado con este juicio.

Perseguidos por delación, muchos hombres y mujeres decidieron dejar la ciudad,  huyendo de los esbirros.

En sesión del lunes 28 de junio de 1948, el Comité de Defensa Pro Detenidos, Presidido por Ceferino G. Hernández, y la secretaría de Teófilo Vivar Valle, acuerda dirigirse a los ciudadanos, invocando sus sentimientos humanitarios y generosos, solicitando un óbolo para incrementar los fondos de defensa jurídica de los detenidos. Las erogaciones se recibieron  en la calle Lima 400, casa de la Tesorera doña Teresa de la Mata de Agüero.

La instrucción fue elevada al Tribunal Correccional de Huánuco en donde  no pudo efectuar la audiencia por estrechez del local, el crecido número de acusados que superaban el medio ciento y la falta suficiente de letrados para el acto oral. En vista de estas insalvables dificultades, la Corte Suprema  transfirió la jurisdicción a Lima, para verse el caso en el Primer Tribunal Correccional.

Todavía el martes 14 de octubre de 1950, después de nueve meses de acaecida la asonada, por orden del Ministro de Justicia Alberto Freundt Rossell, se apersonan en la Cárcel Pública del Cerro de Pasco, el Prefecto de Departamento, Joaquín Lanfranco, el capitán comisario, José Bandini y el alférez Osorio Dávila, llegado de Lima para comunicar a los 29 detenidos que viajarían a Lima bajo sus órdenes y les concedía tres días para preparar ropas, prendas necesarias y despedirse de familiares y amigos.

Cumplido el plazo, se los embarcó en las bodegas, resguardados por ametralladoras. Temerosos de que en las estaciones que tocaran el pueblo pudiera realizar alguna acción a favor de los presos, se les ordenó permanecer en completo silencio. Cuando se rastrillaban las ametralladoras, los presos sabían que estaban entrando en una estación de la ruta.

En aquel tiempo, el esbirro mayor del régimen, era Alejandro Esparza Zañartu, un desalmado sanguinario del que alguien que lo conoció, dijo: “Era el hombre más odiado del régimen, el hombre que era el centro de la fuerza, porque él consiguió establecer un sistema de delaciones e informantes que permitió a la dictadura durar ocho años. Sin él, probablemente no hubiera durado tanto. A mí me impresionó mucho cuando lo vi. (…) él no era un político, era un hombre que estaba dedicado más bien a negocios, y que la casualidad lo llevó a ocupar ese cargo. Y allí encontró una especie de genialidad, descubrió una vocación y un talento profundos. Se encontró con su destino, como diría Borges; es una situación que a Borges lo apasiona mucho siempre en sus cuentos. Pues también este personaje, el día que se encontró con ese cargo, convirtió el puesto, que hasta entonces era muy anodino, muy pequeño, en la columna vertebral de la dictadura. Los cerreños no olvidaremos nunca el odio que nos tuvo, Aconsejado por este despreciable personaje, por expresa orden del tirano Odría, clausuraron las radios “Rancas” y “Azul”; puentes expeditivos y rápidos que servían para mantener comunicada a la ciudad minera con el resto del Perú. Ambas habían cumplido –especialmente la segunda- un dinámico y valioso papel de información con motivo del luctuoso terremoto de  diciembre de 1947. Cerraron definitivamente EL  MINERO, diario decano del centro del Perú que, desde diciembre de 1896, informaba cotidianamente de los acontecimientos citadinos.

Conocidas familias cerreñas, atosigadas por la maldad y el abuso imperantes, abandonaron la ciudad para no volver más. Por la agresiva estupidez de un tirano –que de muerto seguía imperando- el Cerro de Pasco quedó en tinieblas por muchos años. Hasta ahora.

(Fin…….)

El trágico final de un sátrapa (Tercera parte)

final 3Escoltada por avezados disciplinarios la comisión avanza por entre el enfurecido gentío. Aplausos alientan la esperanza que va con ellos: “¡Boten a ese maldito, compañeros!”. ¡Que no vuelva nunca más, compañeros!” … “¡Fuerza, compañeros, estamos con ustedes!”. Llegados a la puerta de la Prefectura, broncos aldabonazos comunican la llegada. El armado contingente de la puerta deja pasar a la comisión y –barrera de máuseres- impide el ingreso de los oletones que quieren colarse. ¡¡¡Momento, señores; sólo los miembros de la comisión pueden entrar…!!!!.. ¡Orden!… ¡Orden! … ¡Orden!… Pasan al interior del zaguán y dan al patio interior. Se puede sentir la tensión anímica de los que están adentro. Suben las gradas de piedra y entran en el despacho prefectural. La indignación ha sepultado el temor. Ha desaparecido la proverbial humildad obrera que el Prefecto ha confundido con estupidez. Las facetas angulosas de los rostros mineros reflejan una indignación tremenda. Miradas cargadas de odio se entrecruzan en el inicio del diálogo y a medida que avanzan se irán cargando de furor.

— ¡¿Qué pasa – rescoldos de soberbia le hace levantar la voz al figurín, pero no puede mantener la mirada enérgica de Atilio León Silva, cuando le dice:

— ¡Lo que pasa, señor, es que hemos venido a nombre del pueblo a plantearle nuestro reclamo! – Quedan mirándose con odio por un rato.

— ¡¿Cuál es…?.!

— Está sintetizado en los tres puntos que son terminantes y no son negociables.

PRIMERO.- La venta libre de subsistencias sin colas ni tickets de ninguna clase.

SEGUNDO.- La inmediata libertad de los detenidos….

TERCERO.- La renuncia irrevocable  e inmediata del Prefecto y su marcha  de la ciudad en el momento….

En los labios del abusivo ha muerto la sonrisa cachacienta. Tembloroso y pálido como un papel lee el pliego presentado por la comisión y luego de consultarlo con su asesor dice:

— ¡Esta bien. … ¡Por esta vez autorizamos la venta libre de las subsistencias donde Vegas, Horna, Bao y Peña en la población; Julio Pardavé en Pargsha y Guillermo Aliaga en la Esperanza. En cuanto al segundo punto dejaremos libre al cabecilla Mercedes Agüero, las dos mujeres y sus compinches, así como a los atrevidos que esta mañana trataron de faltarme. Pero –su voz aflautada sube de intensidad- en lo que no les voy a dar gusto es en renunciar. ¡Ningún indio de mierda me va hacer renunciar, carajo!. Con una resaca de soberbia sigue manteniéndose en sus trece no obstante el esfuerzo del director del Colegio. Otro tanto ocurre con los obreros de la comisión. Apenas si pueden contenerse de agredir al energúmeno.

—¡¡Es su responsabilidad!!… ¡Su entera responsabilidad! Nosotros hablamos a nombre del pueblo y exigimos el inmediato cumplimiento de nuestros reclamos!! … ¡No nos responsabilizamos de lo que después puede ocurrir si usted permanece insensible -declara terminante Atilio León Silva.

— ¡Ya les he dicho, carajo, que ningún indio…

— ¡¡Por favor, señor Prefecto!!! -interviene con energía conciliadora el Director- No perdamos la serenidad. La mejor manera de entendernos es con calma y mutuo respeto. Creo que este asunto debemos tratarlo en privado, primeramente entre nosotros, si los señores lo permiten…

El Prefecto y su asesor, el Director del Colegio, han pasado a la salita donde funciona el radio. El Director le mira a los ojos con enojo y le explica que la situación es desesperante. La bulla de afuera hace casi inaudible el diálogo. Lo mejor es renunciar, carajo, porque estos cholos son capaces de cualquier cosa; son capaces de todo, ¿No ves. Paco, cómo están allá afuera, mismos chacales sanguinarios?, carajo; si tú sigues con tus huevadas de hombrón nos vamos a ir a la misma mierda, Paco, ¿qué te pasa?, carajo. ¿Has perdido la noción de lo que está ocurriendo?.. Vamos a salvar la vida, carajo; lo demás son huevadas. Estos chuchas han matado a lo mejorcito de Lima. Acuérdate de Graña, de los Miró Quesada, carajo. Hace años mataron al “Mocho” Sánchez Cerro. No seas huevón. Más vale que digan aquí corrió que aquí murió. Déjate de cojudeces. Después podemos sacarles la madre una vez que se normalice. ¡Los mandamos a la cárcel por desacato o por lo que sea, carajo!. Paco, déjate de huevadas y firma, carajo. No te cuesta nada y si firmas la maldita renuncia estaremos a salvo. Aprovechemos que los emisarios estén aquí  y salgamos con ellos. La chusma va a respetar a su gente; rodeados de ellos nada nos pasará. Es lo único que queda por hacer. La cuita se hace trizas cuando una descomunal oleada de voces hinchan el maremagnum con una noticia que estremece a los alzados. ..¡¡¡Ha muerto, Páucar!!!…  ¡¡¡Ha muerto, Páucar!!!  Hombres y mujeres se enardecen. … Todo es rápido, eléctrico, instantáneo… ¡Ha muerto Páucar y dos más!!!… La noticia crece y se sobredimensiona….¡¡¡Hay diez muertos en el Hospital, carajo!!!. Un solo grito, monstruoso, enorme, estremecedor, comienza a rebotar en las paredes..¡¡¡A – se – si – no!!! …..¡¡¡A – se – si -no!!! ….¡¡¡¡A – se – si – no!!!!- La gente está como loca, Las piedras llueven sobre el encalaminado de la Prefectura. ¡Hay muertos en el Hospital!!!. Las miradas hierven de ira. El raciocinio ha huido de las mentes. Una avalancha de fieros complotados sacude el portalón de la Prefectura que cruje como un jadeante monstruo…

— ¡¡¡Pradell!!! – grita el Prefecto. Ha perdido la serenidad- ¡Meta bala, carajo, meta bala! – Estático el jefe de la Republicana no atina a obedecer. Le parece desproporcionada la orden. Sabe que de hacerlo, no sólo matará mucha gente sino que también él morirá… ¡Son miles que reclaman, son miles que cansados de soportar se desahogan en maldiciones, son miles…No hay tantas balas….

Un dinamitazo ha estremecido estructuras destrozando vidrios y espejos, derribando armarios y archivos, llenando de acre humareda la estancia. El Prefecto toma la radio y urge la comunicación, cuando escucha. “Informe lo que deseee, lo escuchamos, cambio”, se deshace en una verborrágica acusación, “¡La chusma está atacando  la Prefectura con granadas, disparos y dinamitazos. Informe al general Odría que aquí hay una asonada aprista y mi vida y la de mis compañeros corre peligro, cambio”. Entre agudos silbidos y gangosos ronquidos, apenas si se puede escuchar la radio como si hablaran de un planeta lejano. La gritería de las maquinitas agresivas, los mueras, son el telón de fondo perturbador. “¡El general no está, pero el director de gobierno está tomando nota de lo que informa, cambio” . Como si el receptor estuviera a millones de kilómetros, el figurín, presa de desesperación grita fuera de sí. “¡¡¡ Informo que esta mañana he sido atacado por una turba de hombres y mujeres armados. Yo me he defendido y puesto a buen recaudo a los cabecillas, cambio!!!”, miente con cinismo el lechuguino. Ya no quedan vidrios enteros en las ventanas de la Prefectura. ”¡ En cuanto llegue el Ministro –dicen del otro lado- nos comunicaremos con usted. Nosotros le llamaremos, cambio y fuera!!!”. En ese instante todo ha quedado mudo y a oscuras; por la ventana ven descender raudo por el tubo de desagüe pluvial al “chunco” Moisés Barzola Espinoza, Alejandro Casquero Caso, Cecilio Córdova Dorregaray y Roberto Carhuancho Villegas con sendos alicates en la mano. ¡¡¡Aplausos!!!. Han cortado la luz, el teléfono y la radio. Ahora han quedado completamente aislados.

La barahúnda del estremecedor rugido popular, el chasquido de las piedras estrellándose contra las ventanas, el áspero tufo de la dinamita, el nerviosismo, el cuchicheo de los sitiados, le hacen  evocar que allí, en ese mismo lugar, días pasados, había un corro festejante de connotadas barraganas del “Rancho Grande”, de maestras en procura de traslados, de empleadas en busca de ascensos que entonces desempeñaron el papel de acompañantes. Sus amigos batiendo palmas y silbidos escandalosos en las bacanales que comenzaban con los opíparos almuerzos y las amarteladas danzas con las siestas en compañía. Con la poca serenidad que puede conservar el asesor, le convence para que salga a los balcones a decirle al gentío que el problema ya se ha solucionado porque sino Paco, nuestras vidas peligran. Convencido que es el único camino que queda, piensa “Tendré que suplicar a los indios de mierda, carajo….pero, ¿Qué más puedo hacer…?”.

Cuando le abren las mamparas y sale al balcón, una vaharada de indignación le da en la cara..

— ¡¡¡Ase – si – no!!! …¡¡¡¡Ase – si – no!!!! … ¡¡¡Ase – si – no!!!.

Rostros fieros, erizados, puños en alto saturados de imprecaciones, le quita el aliento. Siente como si el aire se hubiera envenenado. Rostros desencajados de ira, cianóticos de policitemia y atezados por soles esteparios, se fijan en su cara. Con un escalofrío remeciéndole las espaldas recuerda cómo, muchas veces, días pasados, cuando el alcohol había hecho presa de su pesada humanidad, asomaba a ese mismo balcón donde ahora está parado y a plena luz del día, sacudiéndose en procaces carcajadas orinaba hacia la calle regando sus fétidos mismas sobre madres, hermanas, esposas y niños obreros que desde la madrugada apenas si podía avanzar en las enormes y reptantes colas de varias cuadras.

— ¡¡¡Fuera maldito asesino…!!!

Mujeres sufrientes de agrios semblantes de frustración, cabelleras despeinadas y ojos como ascuas, gritan.

— ¡¡¡Fuera hambreador mal nacido…!!!

Mineros de cáusticos gestos aquilinos enseñan los puños y gritan:

— ¡¡¡ Asesino, concha de tu madre…!!!

El señorito, no puede hablar, cuando lo ha intentado, un opacado gemido salió de sus labios temblorosos y un perlado sudor le cubrió la frente. Sus labios se han resecado y siente que sus pantalones se han mojado sin que pueda hacer nada por evitarlo.

— ¡¡¡ Ase – si – no!!! … ¡¡¡Ase – si – no!!! …¡¡¡ Ase – si – no!!!!

Gritan labios amoratados, conminatorios. Entre el rugido de la multitud le parece escuchar los gritos condenatorios de Paulina Ventura, la mentada de madre de la Anquicha Panduro y, a punto de desmayarse ve los ojos llorosos y suplicantes de la viejita Llulli Sacristán; le parece ver el rostro de todas las mujeres que se ganan el sustento vendiendo comida en las aceras de la Prefectura. Se ve asimismo ejerciendo sus aficiones futbolísticas haciendo volar por los aires, una tras otra, las ollas de barro con la comida cuya venta constituye su único sustento…

— ¡¡¡ A – se – si – no!!! … ¡¡¡A – se – si – no!!! … ¡¡¡ A – se –si – no!!!

Aunque parezca irreverente, la patética escena hace evocar parecido espectáculo cuando hace 1915 años un hombre fue presentado a la turba asesina. Aquella vez era un hombre justo frente a una turba desquiciada. Esta vez es un culpable frente a sus víctimas que claman justicia. Dicen que los que están en trance de agonía recuerdan nítidamente pasajes de su vida pasada y parece cierto. El canalla, sin quererlo, revive las crueles tropelías que ahora le pesan una barbaridad.

Ve con la mirada inmensa de interrogación y la sangre saliéndole a borbotones por los labios abiertos y el tabique roto del chofer Isidro Martel. Había estacionado su camión frente a la Prefectura y eso terminó por incomodar al fantoche que estrelló la cacha de su pistola en el rostro de su víctima. Ve los ojitos llorosos de un canillita que en su carrera para vender sus diarios había rozado, sin querer, el traje impecable del abusivo; un bofetón criminal lo arrojó contra la pared. Ve a aquella mujercita de la “quebrada” que apresurada corría al hospital en busca de auxilio para su niña que, cianótica hasta el extremo, se ahogaba irremisiblemente; en su desesperación no había saludado al prepotente que la humilló con un puntapié arrojándola  al medio de la calle. Ve a Gardelito, retorciéndose en la acequia aledaña a la acera, ahogándose en sus babas y mocos espumosos, con su mirada afilada, inmensa, suplicante; temblando como un monigote de cuerda ante su risa cruel, inhumana, que ahora le duele en el alma. Gardelito era un débil mental que con la mirada perdida en el vacío deambulaba sin rumbo, llevado por la alucinante brújula de su idiotez. Aquel día sin saberlo, había tenido la “osadía” de venir por la misma vereda por la que la bestia iba. Un salvaje bofetón lo arrojó a la acequia en donde fue acometido por la dramática rila de su epilepsia.

Los sitiados en silencio casi agonizante ven con impotencia  que el Prefecto salido al balcón para hablar a la multitud ha quedado mudo, estático, fijo, como pegado al suelo. Cuando trató de articular las primeras palabras, el rugido popular, machacón y belicoso, terminó por acallarlo. Es demasiado para él. Después de un buen rato que le ha parecido una eternidad lo han regresado al interior, pero ya no es el mismo. Ha visto la muerte y ha sentido el infierno erizado de agudos aguijones de insultos, imprecaciones, maldiciones que han resultado más fuertes que su orgullo. Presiente que no tiene salvación. Las palabras de consuelo, de aliento que le dicen, resbalan como lluvia sobre los capotes mineros. Ya es otro. Todo el peso de su conciencia malsana lo agobia. Un pedrón que ha entrado por la ventana haciendo añicos  la araña de la sala, lo vuelve a la realidad y nuevamente advierte la presencia de la comisión que está a la espera de su respuesta. Con el corazón galopante advierte que las paredes de la Prefectura están erizadas de escaleras traídas de la Compañía de Bomberos. Los amotinados han tomado la resolución de realizar el asalto final al fortín. En ese momento la insistencia del Director triunfa. Con voz cascada, como ajena, alcanza a musitar: “He sido traicionado por el Gobierno; no me queda sino dimitir, pero necesito que garanticen la seguridad de mis amigos”.  No obstante la grita salvaje de la multitud que está afuera, la voz de Humberto Luis se hace escuchar: “Nosotros se la garantizamos. Un carro lo está esperando a pocos metros de aquí. Lo único que queremos es que renuncie y que deje la ciudad. Eso es todo“.  El momento es dramático. Las piedras arrojadas por los manifestantes rebotan en las paredes, destrozando cuadros, lámparas y adornos. “¡¡¡Apúrese…!!! – le conminan y él coge una pequeña maleta de mano en donde acomoda sus documentos, ropa y un libro “El Esperado de las Gentes”, un reloj y dinero. “Eliseo, tú y el Subprefecto se quedan aquí resguardando el Despacho; también queda el amigo Bao Peña; yo saldré con la comisión de obreros, Echegoyen, Soberón y Villar y algunos policías. Gracias por todo”.  Se retira. Comienza descender las gradas. ¡¡¡ Ya baja…!!! – la gente se agita. ¡Ya baja el maldito!!!- los gritos arrecian. Una comunicación eléctrica agita a la multitud que trata de aglutinarse a la puerta, pero es imposible; nadie puede moverse. La masa es compacta. El bronco rugido sube de intensidad cuando el vetusto portalón de la Prefectura se abre con chirriantes gemidos…

— ¡¡¡Asesino!!!… ¡¡¡Asesino!!! … ¡¡¡Asesino!!!. Son los gritos atosigantes que recibe en pleno rostro el mandamás derrotado. Hay dificultad para salir. Es necesario el grito conminatorio de Echegoyen para que las bayonetas abran un estrecho callejón por donde debe pasar la comitiva. Tan estrecha es esta senda que se siente el aliento  caliente de los sitiadores y apenas puede dejar libre el paso de una persona a la vez. Carlos Falla López, el subprefecto, aterrado por el cariz que han tomado los acontecimientos, aprovecha la estridente agitación de la turbamulta, abandona a su suerte el Prefecto y aborda un jeep que lo conduce raudo a la vecina localidad de Junín. ¡¡¡Concha tu madre, abusivo mal nacido…!!! gritan.¡¡¡Maldito asesino!!! Abriendo paso con mucho esfuerzo va Humberto Luis tratando de apaciguar los gritos de ira fermentada,  maldiciones filosas, hirientes, pero a poco de caminar se da cuenta que es imposible. Nadie lo escucha. Nadie quiere escucharle. Ojos fieros, rostros cianóticos, aquilinos, amenazantes, se dirigen al que los ofendió, los insultó, los maltrató. Del campanario de la iglesia –lugar privilegiado- Barzola fotografía los instantes dramáticos, compulsivos, agonizantes. ¡¡¡Maldito hijo de perra!!!. gritan. ¡¡¡Concha de tu madre, asesino!!! – gritan. El avance por entre el tumulto es arduo. El sátrapa nunca pensó que este pueblo tan callado, tan sumiso, podría reaccionar así. Está anonadado. Tardíamente convencido que no puede permanecer inmune después de tanta maldad. ¡¡¡Maldito!!! … ¡¡¡Maldito!!! … ¡¡¡Maldito!!!. En la sacristía, el párroco Anatolio Trujillo Zevallos, presintiendo que la muerte ronda afuera, cae de rodillas, rendido; está orando porque la calma se produzca. El cerco se va estrechando cada vez más. ¡¡Alcahuete de los gringos…!!!…¡¡¡Asesino, maldito!!!.¡¡Inmoral de mierda!!! gritan. Aspas de puños crispados rozan el rostro del autócrata que sabe que está en el centro mismo de la muerte. Pálido, intensamente pálido y tembloroso, el abusivo avanza pesadamente como caminando hacia el patíbulo. ¡¡Hijo de perra!!!… le gritan..¡¡¡Lárgate mierda!!! sentencian. Vaharadas de aliento odioso tocan su cara, insultándolo, maldiciéndolo. Los garantes de la integridad física del torturador han ido rezagándose; por más que pugnan por avanzar, la turbamulta rencorosa no los deja seguir. Poco a poco han ido quedándose atrás. El único que avanza es la víctima. Cuando llegan a la esquina de la iglesia ya están completamente separados, distantes; incapaces de hacer nada por evitar la desgracia que se ve venir. El déspota ha quedado solo en medio de ese remolino de aniquilamiento. Su corazón está desbocado, sus labios resecos, su frente sudorosa, sus pantalones mojados, su mirada de incredulidad ya sin rescoldo de soberbia.  En ese momento le asalta la creencia de que una acción enérgica, fuera de lo común, pueda contener a la multitud; extrae su pistola de cacha de nácar de su abrigo y levantándola para ejercer una advertencia, hace un disparo al aire, pero, como si el disparo lo hubiera activado, el golpe de un fiero garrotazo hace volar el arma por los aires en tanto otro garrotazo le hunde las costillas de ese lado. En ese trágico momento todo cambia. La gente en el convencimiento de que el Prefecto quería disparar sobre la multitud grita fuera de sí…

—¡¡¡Mátalo…!!! …. ¡¡¡Mátalo!!!.

Puñetes, puntapiés, garrotazos en las canillas, en las rodillas, en las corvas le hacen trastabillar y cuando se agacha rendido por el dolor, manos mujeriles lo cogen de los cabellos y lo inclinan hacia delante. ¡¡¡Muera!!!. Un golpe brutal le destroza la boca, astillando dientes, retaceando labios. ¡¡¡ Muera el tirano, maldito!!!. ¡¡Muera el abusivo!!!. ¡¡¡Muera el hambreador!!! gritan. Horrendos zumbidos se mezclan con los alaridos de odio brutal. Puños, estacas y piedras se abaten sobre él. Un cálido líquido salado le inunda la boca. Escupe sangre. Golpes venidos de todos los lados estallan en su rostro, abriendo heridas, entintando cardenales, astillando huesos. Todo el mundo pega. Hombres y mujeres iracundos como un solo monstruo de muchas manos, golpean sin compasión al que había ofendido y maltratado al pueblo.  ¡¡¡Muera! …¡¡¡Muera. El suplicio no tiene cuándo terminar. Es un tormento que se hace inacabable por el pago de sus culpas. Su cabeza de incipiente calvicie befada por sentencia popular se encarna de sangre y golpes. Todos quieren herir, golpear, lacerar. Los garrotazos tienen sonidos sordos, como si cayeran sobre carne muerta. Hombres y mujeres, juntos, cada uno a su tiempo pugnan por dejar la marca de su odio sobre el cuerpo del tirano. A cada impacto el déspota se estremece con la mirada desesperada, con los puños crispados y ya sin aire en los pulmones, no puede ver. La sangre invade sus ojos y corre por todas partes; por sobre el traje elegante convertido en harapos, por los dedos crispados, por su cuello, por todo su rostro hinchado, descomunal, monstruoso; los estertores de su cruenta agonía están marcados por los golpes que recibe, como si estuvieran en la cacería de una rata. El suplicio es doloroso e interminable. Sus pasos confusos, sin destino, camino de cualquier parte, no tienen objeto. ¡¿A dónde huye?!… ¡¿A dónde va?! ¿Por qué tiene que seguir caminando por esa senda de muerte? Contundido hasta el extremo nota que un raro cansancio, mezcla de dolor y abatimiento, va invadiendo su cuerpo, anudando sus pasos, debilitándolos, ahogándolo de sed espantosa; el sordo rugido de la multitud se ha convertido en una aterradora letanía que va fundiéndose con el apremiante desfallecimiento de su organismo. Una sed quemante lo agobia. Ya no siente dolor. ¡Cosa rara!. Una lasitud lo conmina a abandonarse. Todos los ruidos impresionantes, poco a poco van muriendo. Ya no siente los golpes, sólo alcanza  ver con ojos que se cierran, salpicaduras de sangre, retazos de cuero cabelludo que le cuelgan, líquido tibio que le ha cubierto la vista.   Alguien enarbola una pesada viga y, con la fuerza que impulsa su odio, su fanatismo, su ira, lo estrella sobre la cabeza sangrante. El infeliz da un salto epiléptico y completamente rendido cae experimentando un raro abatimiento que le entra por las uñas, por los poros, por toda su piel; después, poco a poco, el sueño acuciante, el silencio, la nada.

Ha muerto. Ha quedado tirado, exánime; sin su pistola, sin su clavel.

Al verlo caído, unos pocos huyen consternados por lo que han hecho; los que estuvieron distantes llegan para cobrar su cuota de punición contra el tirano; entre éstos, bandera de escándalo, las polleras revueltas, Paulina Ventura Cabello, negociante de comida, conocida como la “Opa” Paula -furia sangrienta en los ojos- se abre campo entre los remisos, se planta frente al cadáver desfigurado y amorfo de sangre y le dice: “¡¡¿ Y ahora qué dices, concha de tu madre…?!…¡¿Ahora qué dices…?!. – le clava un fiero puntapié en las costillas, le escupe y le vuelve a pegar, una y otra vez ¡¡Maldito abusivo!!!- Pisotea una y otra vez las manos inertes, sanguinolentas, hinchadas como si tratara de triturarlas. Algunos presentes reparando en la exageración tratan de contenerla, pero ella, loca arrebatada, incontenible, logra zafarse y nuevamente libre patea una y otra vez los genitales del muerto…¡¡¡¿Te acuerdas que nos orinabas, hijo de puta?!!!. ¡Con esto, con esto, con esto; golpea con el pie una y otra vez los genitales. Ya nadie quiere intervenir. Ha perdido el control…¡¿ Te acuerdas lo que nos hacías, maldito?!!!…¡¿Te acuerdas?!. Es una loca vociferante que no cesa de maldecir y pegar. Ha perdido la ecuanimidad. ¡¿Te creías Dios, maldito vichicuma?! … ¡¿Te creías, Dios?! … ¡¡¡¿Por qué nos pegabas, mal nacido?!!!.  En tanto grita desaforada, sus puños crispados una y otra vez sigue pegando hasta el cansancio. Sus tacos amasan los pies del muerto. Parece que  nunca va a cansarse.¡¡¡ Maldito hijo de perra!!!… ¿Qué mierda te hacíamos nosotros para que nos pegaras, maldito???!!! Está como borracha, ajena, furiosa… Coge los vuelos de sus polleras y hace como si bailara…

Ahora te has ido a la mierda,

                                                           concha de tu madre!!

                                                           ¡¡¡Perejil was…culantro was!!!

                                                           Nadie te ha salvado,

maldito tirano

¡¡¡Perejil was… culantro was!!!

Su parodia de danza -mezcla grotesca de imprecaciones y pasos indecisos- se detiene de pronto y, como si estallara el dique que lo hubiera contenido por mucho tiempo, un llanto arrebatado, irresistible, salvaje, sacude su cuerpo. No puede más -mujer al fin- cae de rodillas, abatida. Mar de llanto. La Anquicha se le acerca y trata de contener aquella emoción desbordante.¡¡Ya, Paula, ya!!! ¡Ya, Paula!. Se arrodilla al lado de la doliente y le coge el rostro. Los hombres que están contemplando la escena se emocionan y sacando sus cascos y sombreros entonan el Himno Nacional. Sienten que se han librado de una pesadilla espantosa. ¿A qué precio?. Ha sido el zafio triunfo pírrico de una masa enceguecida de odio contra un déspota que no hizo sino sembrar furia en el pueblo. ¡¡Viva el Perú, carajo!!!… ¡¡¡Que mueran los tiranos!!

Próspero Castillejos Hidalgo, de 25 años, natural de Llata –rescoldo de lealtad más no de simpatía- sin quererlo fue separado del Prefecto por el odio vitando del pueblo. Cuando el autócrata efectuó el disparo vio cómo las aspas de un molino de odio incontenible caían sobre el condenado. Ahogando un grito de terror quiso huir aprovechando el vaivén de la turbamulta y al llegar a la esquina de la iglesia pudo zafarse, pero es esos momentos una mujer gritó: ¡¡¡Ese es su compinche!!!  y el grupo cercano a él comenzó a agredirlo. Los golpes le caían de todas partes. Un garrotazo colosal le reventó la boca desgranándole los dientes y astillándole los huesos y al momento una hemorragia incontenible comenzó a ahogarlo. Haciendo esfuerzos supremos huyó a donde pudiera guiarle sus piernas ya rendidas y, al llegar a la esquina de la plaza, tienda comercial del austriaco Nicolás Lale, giró a la izquierda seguido por la implacable pedrea de mujeres rabiosas encontrando juntadas las puertas del Hotel Bolívar y cuando iba a entrar un garrotazo en la cabeza lo arrojó al interior cuando se oía el grito de: ¡¡¡Ha muerto!!! … ¡¡¡Ha muerto!!! Cayó debajo de una mesa y perdió el conocimiento.

Calmados los gritos en derredor del cadáver del Prefecto, un grupo de exaltados atan alambres de alumbrado eléctrico al cuello del muerto y lo arrastran hasta el poste que está ubicado frente al grifo Priano. Quieren colgarlo para que “ningún hijo de perra vuelva a intentar humillarlos, carajo, nunca más”. El cuerpo inerte está a punto de ser izado hasta el tope de un poste, cuando aparece el médico de la sanidad policial, doctor Aurelio Malpartida que iracundo grita: “¡¿Qué han hecho salvajes?. … ¡¡¡¿Qué han hecho?!!! Acaban de matar al representante del Presidente de la República… ¿Y todavía quieren colgarlo?!!!…¡¡No sean bestias, compañeros, ya basta, basta!!!…¡¡¡Váyanse a sus casas!!!… ¡¡¡Ya han hecho justicia!!! La turba cede. Uno a uno se retiran del espantoso escenario. El cadáver es enviado a la morgue.

Aquella noche el Cerro de Pasco no durmió. Después que en las casas, en los clubes, en los talleres, en las galerías, en los burdeles, profazadores relatos resumían lo acontecido, casi todos los protagonistas no se explicaban cómo habían podido actuar así, tan salvajemente. No lograban entender cómo y por qué se habían dejado arrastrar por aquella turbamulta asesina en contra aquel hombre inerme. Un enorme cargo de conciencia los ahogaba. Los que por uno u otro motivo no habían estado presentes en la asonada, se resistían a creer que se hubiera podido llegar al execrable asesinato del Prefecto. Meditaban que por más que hubiera actuado tan salvajemente como lo había hecho, no justificaba su muerte. En una edición especial  EL MINERO decía en su nota editorial: ” El día de hoy nuestra ciudad ha sido teatro de hechos delictuosos motivados por la protesta de la escasez de víveres que se ha sumado al poco interés de las autoridades que son llamadas a velar por la tranquilidad de esta pacífica población. Se nos informó que el resultado de la protesta del pueblo reunido para condenar los atropellos que había recibido una señora en el momento de formar cola en la compra de azúcar, ha sido respondido con balas que hirieron a varios ciudadanos que están alojados en el Hospital Carrión; en estado grave alguno de ellos. Ante tamaño atropello nuestro diario hace sentir su enérgica protesta por estos hechos incalificables y ofrecemos que en nuestra edición de mañana daremos amplia información sobre estos graves sucesos de sangre”.  Todos presentían que la desgracia no había terminado con la muerte del Prefecto. Recién comenzaba. Intuían que algo terrible estaba por ocurrir. Esa misma noche, sigilosos recaderos iban y venían por las silentes arterias mineras. Cerca de la medianoche, en la trastienda del “Rancho Chico”, la “Machete” seria como nunca, hablaba con sus amigos.

— Los he reunido porque presiento que algo muy grave va a ocurrir. No hay tiempo para comentarios. Sólo les diré que lo que han hecho esta tarde, es una cruel bestialidad. Nunca pensé que los cerreños eran unos asesinos de mierda. La cosa no va a quedar allí. No, señor. Omara – que está completamente deshecha- me asegura que el Prefecto tenía una larga lista de apristas que según él son los complotadores de la ciudad. Estos nombres ya están en el Ministerio de Gobierno. Después del crimen de esta tarde, tengan la seguridad de que éstos serán los primeros en caer. En cualquier momentos ya van a estar aquí –Ojos interrogantes se clavan en el rostro sin afeites de la Mami. ¡¿Quiénes son?!. La Machete responde, están todos los dirigentes del Partido Aprista y los del Sindicato de Obreros. Yo les recomiendo que desaparezcan porque si los agarran los van hacer ver al diablo calato. Ustedes no saben lo que son capaces de hacer estos grandísimos. Huyan, pónganse a salvo. Yo como amiga de ustedes he cumplido. Todo está en las manos de cada uno. No sean huevones, desaparezcan!!!.

(Fin ……)

El trágico final de un sátrapa (Segunda parte)

(Parte de un cuadro del famoso artista  Luis Palao Berastain, el mejor acuarelista de América)
(Parte de un cuadro del famoso artista Luis Palao Berastain, el mejor acuarelista de América)

Una mueca  de preocupación se dibujó en el abotagado rostro del figurín cuando leyó el oficio del Sindicato. Tiró el documento sobre el escritorio donde había otro que daba cuenta de una sangrienta asonada en Jumasha y lo tenía preocupado, muy preocupado.  El 6 y 7 de febrero, pese a toda oposición, los trabajadores del vecino asiento minero de Jumasha, perteneciente a la Volcan Mines, habían paralizado sus labores en protesta por la brutal agresión de la que habían sido objeto sus mujeres por la fuerza policial que comandaba el sargento Gonzalo Altamirano. El 25 de enero, habían salido a protestar por la demora de la compañía en la entrega de la cuota de carbón que les correspondía, pero sin mediar explicación alguna fueron atacadas por la policía. Como corolario resultaron heridas: Arsenia Vega, Teresa Callupe, Honorata Bermúdez y Claudia Janampa. Enviadas al Hospital Carrión del Cerro de Pasco estuvieron hospitalizadas por veinte días. Como consecuencia, todos los diarios y las radios cerreñas habían protestado enérgicamente.  Las arrugas de su rostro se acentuaron y sus manos anilladas de oro comenzaron a temblar visiblemente. Entre estos papeles estaba también un detallado informe del mayor G.C. Gregorio Quea Pérez sobre la abortada asonada popular para evitar el apresamiento del líder sindical aprista Luis Negreiros Vega, días pasados.  A esto se acababa de sumar la noticia que alcanzaban los obreros: A las cuatro de la tarde efectuarían un mitin de protesta en la Plaza Chaupimarca. “No estamos en condiciones de seguir soportando el abuso y la orquestada marginación de que somos objeto” decía en uno de los párrafos. Muy preocupado miró a través de la ventana de su despacho y le sorprendió no ver al gentío que diariamente pululaba a esa hora por esa arteria. Era pesado el silencio que reinaba en su entorno. Se sentía.

— ¡Secretario! – llamó, el señorito.

— ¡Sí, señor! – contestó Próspero Castillejos Hidalgo, el secretario

— ¡¿Qué sabe del Jefe del Área de Salud…?!

— ¡Ha informado que a la mujer que tuvo el atrevimiento de agredirle a usted se le han practicado las curaciones del caso y que ahora está hospitalizada…

— No, no, no, no es eso lo que interesa…¡Dígale que tiene que asegurar que no está embarazada!… ¡Sea cierto o mentira!.

— Ya lo han hecho, señor; el Comunicado lo están leyendo por las radios  Azul  y Rancas. En los periódicos saldrá publicado mañana.

— Bien. Dile que de inmediato envíen a la mujer a su casa…¡Ahora mismo!.

— Bien, señor; ¿Algo más?.

— ¡Convóqueme a las autoridades para que en el término de la distancia, se hagan presentes en la Prefectura…!!!

— ¡Bien, señor…!

— ¡A todos los quiero aquí, a todos! … ¡De inmediato!.

— Sí, señor.

A partir de ese momento el teléfono no dejó de funcionar convocando a la fauna directriz. Las telefonistas, diligentes y nerviosas, llamaban, puntualizaban, insistían, pero, ¡cosa rara!, en aquellos momentos apremiantes se había producido una misteriosa coincidencia. ¡A todos se los había tragado la tierra!. A partir de entonces la espera se hizo insufrible. Un ambiente cargado de agoreros presagios hacia irrespirable el ambiente cuando a grandes trancos subió las gradas del despacho el director del colegio. El único que estaba atendiendo al llamado del sátrapa.

— ¡ Paco!.- dijo el recién llegado.

— ¡Eliseo!… ¡Gracias a Dios que te presentas! En este momento en que más los necesito los traidores han desaparecido. Como puedes ver, sólo estamos con el Subprefecto, el secretario, el amigo Bao Peña y los jefes policiales…¡No puede ser!

— Primeramente, no hay que perder la serenidad, Paco. Hay que actuar con mucha cautela – El enjuto asesor invoca la calma porque también presiente que algo muy gordo está por ocurrir.

— ¡Sí, carajo!…¡¿Pero dónde está el resto…?! – alega enérgico el petimetre.

— ¡No vendrá!  –responde el asesor.

— ¡¿Qué?! – grita el rufián.

— Que no vendrá…

— ¡¿Por qué, carajo, por qué?! – los belfos resecos de la bestia mascullan palabras ásperas, cortantes, comenzando a temblar  por el mal presagio que esas ausencias significan…

— La situación es muy difícil, Paco, muy difícil. La gente está como loca. En estos últimos tiempos han ido incubando un odio terrible contra todo lo que signifique restricción, cola o lo que se le llame…

— ¡No es culpa mía!! –se justifica el sátrapa.

— La gente, mi querido Paco, no lo entiende así. Creen que es una cuestión personal de ti contra ellos. Los apristas se han encargado de que el pueblo crea que es así. Todas las autoridades lo saben, por eso es que no han venido, ni vendrán. No quieren exponerse a la vindicta pública….

— ¡Malditos!… ¡Cuando chupaban y jaraneaban gratis aquí conmigo, sí que no faltaban!…¿ Y ahora…?. – Lo único que le falta es llorar. El prefecto está a punto de perder la ecuanimidad.

— Olvidémonos de ellos. Ahora hay que hilar muy fino. Lo de esta mañana ha sido el detonante. Los apristas te han puesto la mecha y tú la has encendido.

— ¡¡¡¿ Yo..?!!!

— ¡Claro que sí…!

— Pero, Eliseo….¡Era una chola de mierda! … ¡Una chola que se puso delante como un gallito, carajo!… ¡Lo único que hice en ese momento fue reventarle el hocico por faltosa y cuando se me empaló, le metí un par de tecles… Eso fue todo…..!!!

— ¡Esa mujer está en cinta!. – puntualiza el director.

— ¡¿Y qué, carajo; porque está preñada no me iba a faltar…!!!

— ¡Todo el mundo lo vio…!!!

— ¿ Y… qué?…¿Me iba a esconder para ejercer mi autoridad?…¡Carajo!. Es como si su marido le hubiera dado una marza, pues… ¿Todos los días esas cholas no son zarandeadas por sus maridos ?… ¿Qué, Eliseo, qué? Además hemos mandado decir por las radios que la chola no está preñada..

— ¡Nadie lo creerá….!

— ¡ Eliseo, es una chola de mierda a la que sólo he llamado la atención…!!!

— Para ellos, estimado Paco, es más que demasiado y no te lo perdonarán. Ellos tienen en muy alta estima el honor de sus mujeres. ¡Jamás lo perdonarán, jamás!. – El asesor ha hablado con tanta decisión y mira a los ojos al crápula que, lívido, lo admite. Es cierto, la mujer está embarazada. Siente que su conciencia de señorito de la capital le escuece el alma y admite su culpabilidad. El también es víctima de la política de este momento; pero más que eso; es un imbécil que cree que una mujer del pueblo con polleras y pañolón no tiene ninguna significación. Cretino. Esas mujeres, también peruanas, han parido hombres esforzados, dignos, trabajadores, productivos. Se lamenta en lo más íntimo de su ser lo que está ocurriendo… ¡¿Por qué tenía que dejar su ambiente insulso, inane, improductivo. ¡¿Quién lo había llamado?! Sabe que está hundido hasta el cuello… Sólo su asesor podrá ayudarle a salir de este trance. ¡Carajo!… ¿Qué crees que debemos hacer, Eliseo…?.

— ¡Como están las cosas en este momento, sólo nos queda el convocar a una delegación de los conjurados para hablar con ellos…¡Hay que desinflar el globo antes que estalle!. … Sólo el diálogo puede conducirnos a una solución… Así que mándalos llamar….

— ¡¡¿Yo hablar con esos cholos de mierda…?!!!…¡Se van a reír de mí, carajo!.

— Es lo único que nos queda. Ya no queda tiempo para hacer otra cosa. Lo tomas o lo dejas….!

— ¡¡Carajo!! – El Prefecto, mezcla de temor y de rabia, camina a grandes trancos por la oficina. Comprende al final que es el único camino que le queda. Retazos de odio altanero cuelgan de su temblorosa cobardía – ¡Echegoyen..! – grita.

— ¡Señor! – responde el aludido.

— Ya lo escuchó. ¡Cumpla con su deber!.

— ¡Sí, señor!

— Dígale a la chusma que nombre una comisión. Yo la recibiré!.

— Bien, señor Prefecto – contesta el jefe militar premunido de caso y fornituras de combate.

— ¡Déles el alcance antes que entren en la plaza…!

— Bien, señor!.

— ¡Meta bala, si es necesario, carajo!… ¡Ya sabe…!

— Así se hará, señor.

El capitán de la Guardia Civil, Héctor Echegoyen Herrera, y el investigador Manuel Soberón salen a cortar el avance de la encolerizada multitud en la calle Huánuco; los acompañan doce policías armados y llegan cuando la turba está por entrar en la Plaza Centenario. Se ponen de rodillas dispuestos a abrir fuego. Nadie debe pasar, pero las órdenes apenas si son escuchadas; el fiero rugido de la gente domina todo el ámbito. Barzola no pierde detalle del avance.

— ¡Fuera el hambreador!.

— ¡Que se vaya el mal venido!.

— ¡Fuera!… ¡Fuera! … ¡Fuera! – la presencia de la policía a punto de disparar enerva a la multitud.

— ¡¡¡Queremos comer!!!!.

— ¡¡¡Pan para nuestros hijos!!!!.

— ¡ ¿Quién es el hambreador…?!

— ¡¡¡ El prefecto…!!!

— ¡¿Qué debe hacer el malvenido…?!

— ¡¡¡ Que se vaya…!!!!

Desde los ventanales de su casa en la esquina de Gaiteras con Centenario, la familia Llanos Alvarado contempla la tregua que trata de forzar el capitán Echegoyen. La arrebatada grita popular trepidando en los cristales hace santiguarse a la matrona y a los pequeños que presencian la escena, aterrorizados. ¡Cierren las ventanas!” es la orden patriarcal de don Ignacio Llanos y al momento se clausuran las miradas. “¡Refuercen las puertas!” ordena Justo Parra Wattone. Su reencauchadora de llantas de amplios portalones corre peligro y los hombres que lo ayudan, superando la humareda, gases y calor, cumplen con la orden. El bramido de la turbamulta reverbera en la amplitud de la llantería. Abundante sudoración cubre las manos temblorosas del capitán Echegoyen y dificulta su respiración oprimiéndole el pecho; sin embargo, apelando a sus fuerzas un tanto medradas desenfunda su revólver –señal convenida- y la homogénea detonación de doce fusiles estremecen la histórica plaza. La turba se detiene indecisa.

—¡¡Alto!!! ….¡¡¡Alto!!! . Tengo una orden del señor Prefecto…!

— ¡¡¡Fuera el hijo de perra!!!

— ¡¡¡Fuera el mal venido!!!

— ¡¡¡Que se vaya el hambreador…!!!

El gentío está virulento y, cuando los rezagados comienzan a empujar para forzar el avance, el capitán se juega sus últimas cartas.

— ¡Es preciso que nombren una comisión para que hable con el Prefecto!…¡El los espera!.- La rugiente multitud se dispone para el zarpazo final. ( Click – Barzola perenniza el momento)- ¡El Prefecto los espera para hablar!!! – el furibundo rugido in crescendo está a punto de desencadenar el avance cuando haciendo un disparo al aire el capitán concluye- ¡¡Nadie pasará de esta línea, salvo la comisión!!!…¡¡¡Tengo órdenes de usar las armas si fuera necesario!!! – Los dirigentes levantan los brazos tratando infructuosamente de calmar a la gente que ya se ha desbocado. Con la urgencia que el momento impone, los directivos nombran la comisión que parlamentará con el fantoche: Humberto Luis Solís, Luis Germán del Mazzo, Patricio Chahua Osorio, Atilio León Silva, Julio Vera Martínez y Ramiro Ráez Malpartida. Conformado el grupo parte para conferenciar con el Prefecto. Barzola que se ha encaramado sobre los hombros del soldado de la Columna Pasco, imprime placas que más tarde van a tener gravitante repercusión.  Entretanto, la masa desbocada, aprovecha de los callejones, atajos, pasaje y calles paralelas para correr desaforada rumbo a la Prefectura. Nadie puede detenerlos, están como locos. Las voces conminatorias  se funden con la crepitación de las balas que han comenzado a reventar a diestra y siniestra.

— ¡¡¡ A la Prefectura !!!.

— ¡¡¡ A la Prefectura!!!

— ¡¡¡ A la Prefectura!!!

Las calles se estremecen de gritos, disparos, insultos y el ruidoso tropel de  gente arrebatada. Las balas trizan la tarde y las maldiciones rotundas y las groserías tabernarias y las mentadas de madre y las referencias oprobiosas estremecen las calles mientras el turbión atosigante, como metido en un laberinto, apremia callejones y bocacalles para salir de aquel hervidero de balas que no se sabe de dónde parten.

La opa Paula con su mandil repleto de piedras corre desaforada comandando un grupo de iracundas mujeres por el callejón del “Team Cerro”  y superando la Plaza de Toros desembocan en la calle del Hospital, ¡Vamos botar al hijo de perra!. De allí a la Plaza del Estanco en donde se prodigan los tiros levantando chispas y diseminando esquirlas por todas las paredes del Hospital Carrión. Nada les contiene. Nadie puede detenerlos ya. Teodolito Fuster, un joven aprista con un grupo de obreros desemboca por Matahorno. Con ellos traen a los hombres de las minas de Giles, con todo y sus mujeres. ¡¡Nadie debe quedar fuera, carajo; la lucha es de todos!!!. ¡¡¡Vamos!!!, ¡¡¡Vamos!!!, ¡¡¡Vamos!!!. ¡Podía haber aumentado las raciones, pero no le dio la gana al desgraciado! ¡Tampoco quiso aumentar los estanquillos el vende patria! Todos los ferroviarios de la Railway acompañados de sus mujeres suben por Tambo Colorado y la Calle del Marqués. ¡Hay que arrojar al maldito! … ¡ A ver que nos pegue a nosotros, el maricón!…¡Hijo de perra! ¡Cobarde de mierda, ahora se las va a ver con nosotros! Ya están en Chaupimarca y la gente –llamaradas de odio- repletan la histórica plaza. Por el callejón del Liceo Santa Rosa surge la Anquicha Panduro con un descomunal garrote liderando a otro grupo de mujeres que han cerrado el mercado, las toneladas, restaurantes, chinganas, peluquerías, todo, todo…¡A la Prefectura!…¡A la Prefectura!…¡A la Prefectura!. La crepitante reventazón de  balas estalla en paredes, techos y ventanas avivando el grito despavorido, sañudo, iracundo de hombres y mujeres que ya han perdido la ecuanimidad. Un vociferante grupo de mineros sube por Callao azuzando al gentío, cuando una lluvia de balas hace caer a tres hombres: Fructuoso Herrera, con el brazo derecho destrozado por una bala; Genaro Arteaga, con la pierna izquierda fracturada y,  el que rueda como un pelele, Filomeno Páucar. Tiene tres heridas en el vientre. ¡Alto!..¡Alto!..¡Alto! –grita el Witrón Herrera – ¡Le han dado a tres!..¡Cachacos concha de sus madres!…¡Están sangrando!…¡Hay que salvarlos, carajo! grita. Al momento los hombres cargan a los heridos para llevarlos al Hospital. Filomeno Páucar tiene un enorme boquete en el vientre que se ha convertido en enorme surtidor de sangre. Se queja débilmente. Sus manos tratan de contener la sangre de su herida abierta que se le escapa por entre los dedos. ¡Páucar se nos muere, carajo!  -grita el Witrón-   ¡Hay que llevarlo al Hospital!!!- Gorilas concha de sus madres, asesinos, hijos de puta!!! Brazos obreros lo trasladan al Hospital. La sangre no se detiene, cubre capotes mineros, cascos, casacas. La carrera es apremiante. ¡Hay que salvar al compañero!. Corren con el herido llevándolo en vilo. No hay tiempo que perder. Al  entrar en el abarrotado Hospital ya ha perdido el conocimiento y entra en coma. Cuando lo ponen sobre la mesa de operaciones advierten que no es el único, hay muchísimos heridos sangrantes; unos en camillas otros sobre el piso de cemento.  Al momento entra un grupo de mujeres que conducen en hombros a Sabina Alvarado de 16 años que ha perdido el conocimiento. Una bala que milagrosamente no se ha incrustado en su cráneo pero le ha producido una enorme desgarradura del cuero cabelludo en el parietal izquierdo. El Hospital es un hervidero apremiante de gemidos y sollozos, de auxiliantes pasos apresurados, metálicos sonidos de material quirúrgico, de voces conminatorias, de súplicas.

Otro grupo de hombres trae al joven Alejandro Flores que ha sido alcanzado por unas balas en sendas nalgas y se desangra copiosamente. Médicos, enfermeras y auxiliares se multiplican en las salas asépticas. Pompeyo Ponce que corría liderando un grupo de obreros ha sufrido heridas de balas en ambas piernas y tiene los huesos destrozados. Se apresuran salvadoras transfusiones, manos enguantadas se prodigan suturando heridas, cauterizando desgarraduras, inyectando calmantes y desinfectantes. Celino Rodríguez con la rodilla derecha destrozada por el impacto de dos balazos gime de dolor. El doctor Hipólito Verástegui da las órdenes generales y  Pedrito Santivánez  que jefatura a los enfermeros, tiene el corazón en la boca. Tocas y mandiles se agitan en las salas colmadas. Dorita Aguilar lava heridas y corta cuajarones sanguinolentos. Vicenta Tacano y Juanita Accquaronne, disponen el acomodamiento de heridos en las salas del colmado hospital.  ¡¿En qué habrá de terminar todo esto…?!. Zózimo Angulo, desinfecta y tapona heridas;  Micaela Ramirez enhebra agujas; Pepe Bravo pone torniquetes y sutura desgarraduras. Juanita Galarza alcanza bisturíes. Muto López proporciona oxígeno. El olor medicamentoso es cada vez más penetrante. “Maldito pinga loca, carajo, -grita la borrachita Julia desde el piso-, concha su madre Perfecto, -grita ahogándose en sus mocos; tiene una herida sangrante en la cabeza”.

(Continúa)….