La ocupación chilena del Cerro de Pasco (Primera parte)

ocupación chilena 1Es miércoles 27 de abril de 1881. Un invernal cielo de plomo cubre la ciudad cerreña. Rezagos de nieve y barro enlodan los caminos. La mañana gris se abre por sobre las silenciosas casas conmovidas. De los zaguanes, de la iglesia, de las casas, de las ventanas entreabiertas, in­quisidoras miradas de mujeres y niños escrutan lo que ocurre en plazas y calles. Un odio mortal se fija en cada uno de aquellos rostros extraños de quienes han asesinado, allá en las fronteras, a los nobles y valerosos jóvenes de la Columna Pasco.

Sobre gigantesco zaino de gran alzada, torva mirada de vencedor, el comandante Ambrosio Letelier preside la marcha de los ocupantes. Pantalones rojos con vivos amarillos a los costados, embutidos en botas de cuero negro; guerrera azul con botones dorados y quepís francés, rojo, con cordoncillos dorados envolviéndole la copa, achatado sobre occipucio, y visera corta, de hule negro, cubriendo un trozo de su frente. Comanda a 1392 hombres a pie y a caballo que entran en la desgua­rnecida ciudad minera. 1392 hombres fieros, endemoniados, sedien­tos de oro y de sangre con 1392 armas de frío hierro en las manos. Un helado viento de muerte lleva a los rincones más apartados del pueblo el vocerío triunfal de la soldadesca y el di­­fi­­cultoso piafar de las caballerías. Voces rotundas, desafiantes, soberbias, retumban en las calles mineras.

Los chilenos han llegado.

Después de desfilar desafiantes por las calles, han desmontado a la puerta del hospital La Provi­dencia, y tras haber recorrido todas las estancias del nosocomio, el jefe ha dispuesto el alojamiento de los oficiales en las cómo­das clínicas;  clases y soldados, se acomodarán en los pabellones destinados a los enfermos; el rancho se preparará en la amplia cocina del fondo, y la caballada, en el enorme corralón interior donde se encuentra la morgue. Cuando ordena que su oficina se instalará en los pisos altos de la torre del hos­pital, de un grupo de ciudadanos que se encuentra en la entrada, surge una voz terminantemente enérgica:

– Allí no podrá ser, señor… -La voz de un hombre serio y barbado ha resonado en respuesta a las disposiciones del coman­dante en jefe. Los que rodean al civil, sombrero en mano, con una adusta seriedad, respaldan la expresión.

– ¡¿Qué autoridad tiene usted para impedírmelo, señor?!… ¿Cuál es su nombre?…

– Lloveras. Andrés Lloveras. Soy el Director de la Beneficencia Pública del Cerro de Pasco, entidad que administra y sos­tiene este hospital…

– Parece ignorar, usted señor, que todo lo que encontremos en este lugar será considerado botín de guerra… Tomaremos este hospital para convertirlo en nuestro cuartel general como indemnización de gastos de guerra que ustedes los vencidos nos deben. Así que ya lo sabe.

– El piso alto de esta torre no podrá ser, señor.

– ¿Por qué?

– Por que la Beneficencia Pública funciona bajo el auspicio del Consulado de España en ese segundo piso, y de acuerdo a los principios de Derecho Internacional, debe usted considerar esta torre como parte del territorio de España.

– ¡¿Quién lo dice?! -pregunto iracundo Letelier.

– Yo, señor.  Soy el Cónsul de España; aquí están mis creden­ciales; estos caballeros que me acompañan son miembros de la Beneficencia Pública… Para su conocimiento, esta es la nómina.

La respuesta rotunda dejó sin aliento al jefe invasor. En un papel sellado con los colores y escudo espa­ñoles leyó la credencial y luego la nómina de sus acompañantes. Como no le convenía entrar en controversias inamistosas con los gobiernos extranjeros y consciente del error que estaba come­tiendo, decidió rectificar su posición muy a su pesar.

– Señor Cónsul… ignoraba este detalle… Tenga usted la seguridad que para nada ocuparemos el segundo piso de esta torre.

– Espero que así sea, señor comandante; ya que de hacerlo, estaría usted atacando territorio español… Aquí en el hospital cuenta usted con las facilidades más que suficientes.

– Indudablemente que así será, señor Cónsul -se apresuró a contestar Letelier.

– Finalmente quiero pedirle a nombre de España, mi nación, que cuiden de las pertenencias e instalaciones hospitalarias.

– Así se hará, señor Cónsul.

La torre del Hospital, llamado  entonces La Providencia -ahora Carrión- es una joya arquitectónica de gran valor artístico e histórico. Está construida totalmente en piedra, compuesta de cinco tramos, a manera de pisos,  con puerta principal en el primer piso y ventanas ojivales en cada tramo. De la parte alta se contempla claramente el panorama de la inacabable meseta de Bombón. En el último piso hay un reloj público, construido y colocado allí por su inventor, Pedro Ruiz Gallo. Marca el sístole y diástole de la ciudad minera, haciendo escuchar su carillón cada cuarto de hora y, el estruendo de sus sonoras campanas cada sesenta minutos. Su valor histórico y sentimental es enorme. Ordenada su construcción por el Gremio de Mineros del Cerro de Pasco –españoles, alemanes, franceses, ingleses, italianos, yugoeslavos, servios, dálmatas, austriacos, húngaros-, fue donado a la Beneficencia Pública que ahora se halla bajo la protección del consulado español. Su construcción se  inició en 1858 e inaugurada en 1864. Es para los cerreños, lo que la Torre Eiffel para los parisinos, el Big-Ben para los londinenses, la Torre del Oro o la Giralda para los sevillanos. Es vigía y aguja de señal de la tierra minera.

En cuanto el español y su comitiva se hubo retirado, Letelier leyó la nómina: JUNTA DIRECTIVA DE LA BENEFICENCIA PUBLICA DEL CERRO DE PASCO. Director: Andrés Lloveras; Subdirector: José Gutiérrez; Tesorero: Miguel Gallo Díez; Primer Consiliario, Cesáreo Villarán; Segundo Consiliario, Elías Malpartida; Inspector del Hospital: Pablo Arias; Subins­pector del Hospital: George A. Ward; Inspector de Pleitos: Andrés Trujillo; Inspector de Panteón, Manuel Vicente Guzmán del Valle; Inspector de Fondos, Manuel de la Sierra; Inspector de Suertes, Gerardo Negrete; Subinspector de suertes, Nicolás Fuentes.

Cuando hubo terminado de leer, se dirigió a su ayudante el mayor Manuel R. Barahona, seriamente preocupado.

– ¡¿Cuáles son las últimas noticias mayor?!.

– Primeramente, en cumplimiento de sus órdenes, hemos dividido a nuestra gente en dos grupos; una mitad ha quedado aquí en el cuartel general y, la otra, se ha aposentado en la iglesia del Rosario de Yanacancha. Allí están los batallones Carabineros de Yungay; Santiago; Bulnes y Curicó. Aquí han quedado el Buin; el Esmeralda y toda la infantería…

– Bien, muy bien, mayor.

– Por otro lado, conforme nos informaron ayer en Villa de Pasco, el Pre­fecto Joaquín Adurive y sus hombres han huido hacia Huánuco a reunirse con las fuerzas de su colega el prefecto de Huánuco: Pereyra.

– Bien. Ahora mismo el coronel Basilio Romero Roa, con una división de 200 hombres, debe marchar en persecución de los fugi­tivos y tomar Huánuco para defender este flanco de nuestra línea. Aquí en el Cerro de Pasco debe quedar el mayor Saturnino Retamales, al mando de la otra división.

– Inmediatamente, mi comandante.

– Por otra parte, todos deben conocer que estamos bajo el imperio de la ley marcial.

– Bien, mi comandante, cumpliré sus órdenes al pie de la letra.

Amontonados  sobre su mesa de trabajo los diarios de la ciudad, Letelier se dispuso a pasar revista a sus páginas para conocer las perspectivas que se abrían a su desmedida ambición. LA PIRÁMIDE DE JUNÍN, LA GACETA DEL TRABAJO, LOS ANDES, LA ALFORJA, EL RESTAURADOR, EL PORVENIR, LA PRENSA DE JUNÍN, fueron revisados detenidamente, especialmente las que hacían anuncios de tiendas de comercio y empresas. De igual manera, con una energía digna de mejores causas, hizo sacar documentos especiales de la Cámara de Comercio, Asociación de Mineros, Azogueros, transportistas y aviadores, que despachaban en la ciudad. Sus ojos se abrieron desmesuradamente al ver en las páginas principales de todos los diarios el anuncio del BANCO DE PERÚ Y LONDRES, con capital y reservas de 294,000 Libras Peruanas, con oficina principal en el jirón Parra. Puso especial cuidado en anotar el nombre de sus funcionarios: Administrador, Juan B. Caballero y Thompson. Cajero: Ernesto Ramos y Jorqueda: Pagador: Nicanor Ponce Ames. Auxiliar: Andrés Allaín Durand. Estos caballeros fueron citados de inmediato a su Despacho. Lo mismo hizo con los funcionarios del Banco de Rescate que acababa de establecerse en la ciudad para atender las urgencias de monedas de poco valor en el uso de la minería; también citó a los italianos Marco Aurelio Denegri y Giovanni Costa, funcionarios de la Sociedad Genovesa FONDERIE E MINIERE DI ARGENTO DEL PERÚ, con un capital de 180,000 libras esterlinas de oro, adjunta al consulado italiano. Redactó una lista meticulosa con los funcionarios que debían visitar su despacho. Hizo, de inmediato, la lista de las tiendas comerciales que visitaría de inmediato como primera tarea.

Aquella misma tarde, dando  cumplimiento al Decreto para sentar precedente de su decisión terminante, se hizo acompañar por los mayores Saturnino Retamales y Manuel Barahona, el capitán Aguirre Peña y Lillo, los tenientes Santa María y Alberto del Solar y por diez soldados armados. Efectuarían un decomiso general de todo aquello que juzgaran de utilidad para sus intereses.

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