La ocupación chilena del Cerro de Pasco (Segunda parte)

ocupación chilena 2El primer almacén que visitaron fue el de “Las Culebras” de los españoles hermanos Ruiz. A la entrada del enorme establecimiento quedaron admirados de la variedad, abundancia y sobre todo calidad de los productos que allí se expedían. Surtidos y frescos fideos de Génova; salchichas de Bologna, sopas enlatadas de Francia; aceite de oliva y brillantes sardinas andaluzas; robustos y variados quesos de Holanda; jamones y embutidos alemanes; bacalao noruego; multicolores cortes de seda china; pimienta filipina; cerveza noruega y de Baviera; esencia de anís especial; enormes puros de la Habana; monillos y chupetines de París; zapatitos femeninos cordo­bán de la Plata; rapé y tabaco de mascar, de Turquía; fósforos suecos; Ipecacuana del Brasil; ron de Jamaica; auténtico moca árabe; gran variedad de vinos franceses; alambres y clavos de Birmingham; kerosene americano; dinamita inglesa; vistosos estuches de perfumes parisienses “Penaud”, “Atkinson” y “Rimmel”.

– ¡Carajo!… Estos cholos viven como reyes -comenta admirado Letelier ante la silenciosas y cariacontecida comitiva.

– Así es, mi comandante -respalda el mayor Retamales.

– Bueno, no es raro; con la plata que tienen, pueden hacer lo que quieren. Bien señores -ordena Letelier- de aquí lleven lo necesario para le mesa de los oficiales y añadan estos excelentes vinos france­ses, manzanilla y jerez españoles, lo mismo que estos cigarrillos cubanos… De los otros establecimientos lleven lo que sea necesario en bastimentos…

Continuando con sus recorrido, entraron en el almacén de los Hermanos Gallo, naturales de Santander y acopiaron, una serie de productos importados que quedaron anotados en sus cuadernos: Mantequilla, encurtidos, conservas de langostas y ostiones, mostaza inglesa, cognac Hennesy y Martel, cerveza Brass tapa verde, cerveza negra marca Chancho, cerveza noruega, cerveza de Bavaria, jerez fino y corriente, vinos de Madeira.

En el edificio más grande de la Plaza del Comercio que ocupaba toda una manzana, registrado con el Nombre de Azalia Hermanos, de pertenencia de los austriacos, hermanos Azalia, se apoderaron de significativas cantidades de cerveza de Viena, de Noruega, de Baviera, de Cruz Colorada, de Cincinatti, danesa, inglesa, negra de Guiness, marca Gato; en cajones, botellas y medias botellas. Vinos de Burdeos, St. Julián, St. Emilion, Château Kirwan, Grand vin Richelieu, Château Pontet,  Château du Cavalier, Leóville, Branc Mouton, vinos blancos Sauternes, Château Filhot, Latour Bianche. Vinos de Borgoña, Beaume, Pommard, Volnay, Hermitage, Nuits, Chambertin, Chablis. Champaña, Mumm extra dry, Mumm Carte Blanche, Roederer, Möet y Chandon, Cremant d´Ay Blanc & rosé, Móet & Chandon Sillery, Grand vin Cazanove, Gratien Carte Blanche. Oporto claro y oscuro, jerez. Licores, Anisette, Angostura, Alkermes, cacao, Curazao, cognac de Godard, marraschino, Noyaux, cordial Médoc, ginebra en botellas de barro. Se llevaron también, buena cantidad de conservas de las mejores fábricas de Alemania, Estados Unidos, Francia e Inglaterra. caviar de Rusia, jamones en latas, salchichones, sardinas, lenguas, pasteles trufados, legumbres, aves de diferentes clases, frutas en almíbar y en aguardiente, ciruelas, sopas, carne americana, jamones sin hueso, aceite, vinagre, mostaza inglesa y francesa, currie, pimienta, salmón, langostas, ostiones, encurtidos, pescados salados y ahumados  de varias clases, aceitunas de Sevilla. Todo quedó apuntado en la lista cuya copia lo recibió el jefe supremo del ejército de la ocupación chilena. El Imperio Austro húngaro, hacia escuchar su protesta diplomática.

Durante toda aquella tarde la soldadesca invasora trasladó enorme cantidad de comestibles y licores a su cuartel general.

Aquella noche, estableciendo una costumbre que se practicó en todo el tiempo que ocuparon la ciudad, efectuaron un banquete espectacular con todo lo saqueado, rematando con la degustación de las bebidas más exclusivas. Con los humos del licor en la cabeza, la oficialidad  “invitó” a las putas extranjeras residentes en la ciudad: francesas, cubanas, brasileñas y muchísimas peruanas con las que, alternando el baile con las bebidas, se entregaban a la lujuria desenfrenada. La soldadesca, en cambio, tras beber su agresiva “chupilca del diablo”, salía como posesa y, tras haber estudiado el plano de la ciudad, inició un saqueo inmisericorde a las casas particulares donde se apropiaron de las pertenencias valio­sas de los inermes ocupantes. Ciegos de lujuria y licor se posesionaron de las alcobas violando y matando a niñas y mujeres indefensas. Establecían una costumbre que, como un ritual, se cumpliría durante todo el tiempo de su permanencia.

Envalentonados por el respaldo de su jefe, la chusma invasora cometió los más inicuos abusos en contra del pue­blo cerreño. Llegada de la noche, encendían gigantescas fogatas en el centro de la plaza de Chaupimarca, alimentadas por maderas ropas y todo aquello que pudiera producir fuego. En el colmo de su salvaje estupidez, no perdonaron libros de la Muni­cipalidad, de la Parroquia, de las instituciones culturales, de las personas par­ticulares, de la Delegación de Minería. Sólo se respetó el local y las per­­­­tenencias de la Beneficencia Pública que se había puesto bajo la protección del consulado español así como las pertenencias de los otros consulados de la ciudad, francés, italiano, austriaco, inglés… La segunda noche de su estancia, comenzaron con el abominable rito de beber la inmundicia llamada, “Chupilca del Diablo”,  mezcla de aguardiente y pólvora. Previamente habían reunido muebles, libros, maderas, cartones y todo lo que pudiera arder. En derredor de las llamaradas crepitantes comenzaban con su aquelarre infamante. Uno de ellos cogió un enorme recipiente de aluminio parecido a un jarrón y, con gran parsimonia echó una cantidad de pólvora y, otro, con escandalosos ademanes, aguardiente de caña hasta el borde; un tercero, entre aplausos estridentes procedió a mezclar ambos ingredientes. Cuando juzgaron que estaba listo, con un cucharón especial servía a cada jarro personal. Todos con su parte levantaron en alto sus jarros e hincaron a cantar a voz en cuello:

– ¡Chupilca del diablo! Contra el frío infame!.

  ¡Chupilca del diablo! Pa´vencer el soroche!

  ¡Chupilca del diablo! Por el amor lejano.

  ¡Chupilca del diablo! Por nuestro futuro…!!!

¡Salud!- Y todos escanciaron sus jarros y, una vez vacíos, lo volteaban para probar que lo habían bebido todo.

¡Ahora! –Gritó, el cabecilla- Cada uno, a su turno, dirá sus versos y el que no lo haga, será castigado:

¿Te araña la carne el viento que hiela,

Entona tu boca concierto de dientes,

Sin mantas ni hogueras, maldices la guerra?

¡Chupilca del diablo y estarás caliente!

Todos eufóricos repetían el último verso. ¡Chupilca del diablo y estarás caliente! Y bebían con brío escandaloso. Otros atizaban el fuego con grandes espetones.

¿Tus pies desollados se niegan a andar,

Te cuelga la lengua, seca y tumefacta,

No tienes alientos ni para rezongar?

¡Chupilca del diablo y sigue la marcha!

¡Chupilca del diablo y sigue la marcha! ¡Chupilca del diablo, salud!

¿Te muerde la entraña el dolor tremendo

Como bayoneta clavada hasta el perno,

De la pena honda, de la novia lejos?…

¡Chupilca del diablo y nos vamos riendo!

¡Chupilca del diablo y nos vamos riendo! Chupilca del diablo, Salud!!!

¿Ante la trinchera del amor ardiente

Se quiebra tu arma, tímida, impotente?

¡Chupilca del diablo y serás un héroe,

Que irá a la carga lo menos diez veces!

¡Que irá a la carga lo menos diez veces!. ¡Chupilca del diablo, Salud!!!

En las lides fieras, en que el hombre siente

Que pende su sino de un pelo de suerte…

¡Chupilca del diablo, pólvora-aguardiente!

¡Y al diablo la vida, al diablo la muerte!.

¡Y al diablo la vida, al diablo la muerte! ¡Chupilca del diablo, salud!

Con este mejunje en el cuerpo, salvajes, incontenibles, saquearon minas y casas que incendiaron cuando no encontraban dinero; se apropiaron impunemente de todo lo que apete­cían; destruyeron las bombas de vapor de Santa Rosa, Cayac y Yanacancha deteniendo el trabajo minero; asesinaron a quienes se negaron prestarle acatamiento sumiso; se apoderaron del ganado de las estancias ganaderas. Abusaron de cuanta mujer llegaba a sus manos. De nada sirvió que los cónsules extranjeros se queja­ran por sendas comunicaciones con el comandante general del ejér­cito chileno en el Perú, contralmirante Patricio Lynch.

El jefe supremo de los araucanos, al ver la numerosa correspondencia quejosa, ordenó el inmediato retorno de Letelier a Lima, orden que el sátrapa no atendió. Es más. Intensificó su crueldad y salvajismo llegándose a valer de intrigas y felonías para conse­guir su objetivo: apropiarse de estos dineros que pudieran satis­facer sus desmedidas apetencias.

Por fin, el lunes 4 de julio de 1881, luego de tres meses de permanencia en medio de espantosa ola de exacciones, ultrajes, robos y atropellos, los invasores chilenos dejaban el Cerro de Pasco. Habían recibido una orden conminatoria del comando chileno de la ciudad de Lima. En numerosas mulas llevaban:

Recolectado en efectivo de los cupos de guerra S/. 554,000.oo

Barras de plata de 586 marcos.

Dos cajones de plata rosicler.

Un cajón de chafalonía de plata.

68 frascos con 100 libras de azogue cada uno.

Un cajón de plata pella.

200 quintales de mineral de plata de 40 a 50 marcos.

Una partida de 1,450 cabezas de ganado ovino.

Una partida de 480 cabezas de ganado vacuno.

Esta fue la más grande requisa que pueblo alguno del Perú le permitiera.

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