Historias de japoneses

Fotografía de una familia japonesa en el Cerro de Pasco. Están Morita, Takishan, Shimazu y Yokota con la familia de este último. (Foto Ordoñez)
Fotografía de una familia japonesa en el Cerro de Pasco. Están Morita, Takishan, Shimazu y Yokota con la familia de este último. (Foto Ordoñez)

Alternando con los chinos, convivían los japoneses a lo largo y ancho de la calle del marqués. Ellos se encargaron de poblar la calle de bazares, lencerías y sobre todo, peluquerías con enormes espejos,  sillas giratorias y limpieza extraordinaria. La arteria se convirtió en la calle de las peluquerías. Estos asiáticos vinieron en compañía de sus esposas, no como esclavos, sino como seres libres. En 1931, el Ministro japonés Saburo Kurusu obtuvo en Tokio una partida de cien mil dólares para establecer una Asociación de Inmigrantes japoneses con el nombre de “Perú Takushoku Kumial”. Esta asociación facilitó el asentamiento de los ciudadanos japoneses con sus mujeres en las principales ciudades del Perú. Un grupo numeroso llegó al Cerro de Pasco. En el boletín de la Cámara de Comercio figuran los nombres de jefes de familias japonesas: Luis TACANO, Andrés YAMADA, Dionisio SHIRAISHI, Mario KASAY, Jorge YOKOTA, Víctor NAGATA, Tereno HINO, Pablo MORITA, José NAKAMURA, Antonio OSADA, Julio SHIMAZU, Miguel SHIGUETA, Francisco OGAWA, Odón SHIMADU, Antonio KITSUTANI, Emilio NODA, Francisco SAITO, Alejandro MAKINO, Norberto MATAMURA,  Mario OIZUMI, Roberto YOKOY,  Ino TAKISHAN.

Los primeros japoneses que llegaron al Perú, arribaron en la nave SAKURA MARU, que había transportado a 790. Así se cumplía el tratado de 20 de marzo de 1895, suscrito entre los representantes del Perú y Japón, José María Irigoyen y Sinichiro Kurino, respectivamente, confirmando un acuerdo preliminar de 1873.

En 1899 –diez años antes del acontecimiento- el potentado nipón, Korekyo Takahashi, alentado por el representante consular en el Japón, Sr. Heeren, conocedor de la abundancia de minerales de alta ley decide realizar una fuerte inversión en minas de plata en el Cerro de Pasco, la primera que realizaba el Japón en Latinoamérica y la primera a nivel mundial. La inversión nipona no tuvo todo el éxito que Takahashi hubiera deseado. Graves inundaciones “ahogaron” la mina. Desde su arribo a la ciudad, por otra parte, había encontrado serias dificultades con el idioma. No hubo traductores que pudieran obviar el necesario entendimiento. La vida de los inmigrantes japoneses fue muy dura. En  SETOGIWA (Tiempos difíciles), que ha escrito el político peruano Carlos A. Irigoyen y los informes de Luis J. Macchiavello, se puede conocer de la heroicidad de estos hombres que se aferraron a las condiciones de vida que les ofrecía la generosa tierra adoptante. Aquí se aposentaron con sus esposas y formaron   prósperos hogares.  Hay muchísimas anécdotas que revelan, cómo,  estos inmigrantes, se confundieron con los cerreños. Una de ellas dice:

Entre los japoneses llegados a nuestra tierra, había uno que se distinguía por su personalidad muy refinada que demostraba a las claras su  origen noble. Su menuda esposa de una apostura solemne, llevaba con dignidad y nobleza su cargo de consorte del nipón que llamado Tereno, se cambió por el de Julio cuando lo bautizaron en Chaupimarca: Julio Shimazu.

Como el de los demás japoneses, nadie conocía su origen ni a qué se había dedicado en su tierra natal. Su idioma extraño que nadie comprendía, hizo más difícil la tarea; pero Julio con su castellano ripioso de sólo palabras necesarias se hacía entender plenamente.  Su bazar de lencería y venta de ropa fina, así como su contigua peluquería, eran un dechado de limpieza y orden donde, entre reverencias y sonrisas, atendía a su numerosa clientela. En resumen, Julio y señora, eran muy queridos por los cerreños que, sin excepciones mostraban su abierta simpatía por el niño del matrimonio nacido en nuestra tierra. Era una japonesito cerreño, sonriente y bello, como hecho en losa fina. El caso es que, católica como era la familia, decidió bautizar al niño en la pila de Chaupimarca. Para el caso hicieron circular hermosas esquelas, trabajadas en finísimo papel de lujo y, marido y mujer, con un comedimiento extraordinario, fueron de casa en casa, para entregar personalmente las esquelas del convite. Los invitados, naturalmente lo constituían lo más selecto del Cerro. Ningún personaje notable había sido excluido. Todos ellos, en el momento de ser invitados para la fiesta, escucharon la repetida intención del nipón de puntualizar que la hora del ágape sería las ocho en punto de la noche.

Así, llegamos al día del acontecimiento. Efectuada la ceremonia religiosa que contó con el apadrinamiento del Prefecto y esposa, pasaron a la casa del oferente.

Todos quedaron deslumbrados al llegar.

La casa estaba iluminada desde los portales, profusa y artísticamente, con farolas orientales de notable factura. Todo relumbraba. El piso alfombrado, los muebles, cuadros y macetas de flores primorosamente colocados, trabajados por la delicada mano de la señora de la casa. Sobre la mesa central, vistosa y apetitosa muestra de la dulcería japonesa. La vajilla de extraña y atrayente porcelana concitó la admiración general. Desde la entrada se vio el señorío de los anfitriones. En un marco de reverentes inclinaciones y sonrisas se dio inicio al ágape correspondiente. Era las ocho en punto de la noche. La señora se lució de lo lindo en aquella oportunidad, no sólo en la pródiga atención de sus invitados sino cuando, a insinuación de su esposo, sacó un  instrumento de cuerdas de angosto cuello y cuerdas cantarinas, de  sonido sordo pero hermoso al que la señora con sumo deleite comenzó a arrancarle hermosos compases. Era el tradicional Samisén, instrumento japonés que sólo las mujeres tañen en el Imperio nipón. Provista de una lengüeta de carey en la mano derecha, regaló no sólo con dulces melodías niponas, sino que en determinado momento emocionó a sus invitados con mulizas conocidas y hermosas. Los aplausos premiaban el regalo artístico en el momento en que varios aldabonazos sonaron a la puerta. Cuando la ventanilla fue abierta por el anfitrión, apareció la figura del ilustre Presidente de la Corte Superior de Justicia que trataba de justificar su tardanza, cuando con una pasmosa tranquilidad se oyó decir al nipón

— ¡Perdóneme doctor, pero ra invitación fue hecha para ras ocho!. Gracias –y cerró la mirilla y la puerta siguió cerrada. Clara muestra del orden y la disciplina japonesas que todo el pueblo comentó. Pero la cosa no quedó ahí, porque después de la comida, estaba lista la orquesta con los mejores músicos cerreños para animar la alegría general; la misma anfitriona pasó de invitado en invitado una copilla muy hermosa de porcelana japonesa, conteniendo un licor amarillento espumoso de fuerte bouquet.

— ¿Qué es esto, Julio? – preguntó el “Capachón” que también había sido invitado por ser vecino del barrio de la calle del Marqués.

— Esto ser ra cerveza japonesa, Arberto. Espero que te guste… ¡Sírvete….!

—  !Esta bien, Julito, está bien –contestó el “Capachón” que se notaba a las claras que desde muy antes había empinado el codo- Pero si es cerveza no debes servir en estas copillas tan pequeñas. Para eso hay vasos…- En realidad la desafortunada intervención del “Capachón” había despertado un automático rechazo en los presentes que de una u otra manera trataban de contemporizar la desatinada participación.

— Este trago llamarse Sake, y es de arroz, preparado por mi señora. Hay que tomaro de a poquitos porque es muy embriagante…

— ¡A mí no hay trago que me tumbe!. Tú lo sabes Julio- dijo el “Capachón” y en una actitud censurable tomó el recipiente principal desde donde se derivaba en las copitas, y sirviéndose en un vaso, apuró el sake de un solo tiro. Fue suficiente. A muy poco tiempo, roncaba como un descosido en un rincón de la sala y no gozó de aquella inolvidable fiesta peruano – japonesa.

Bueno, tras el alevoso ataque a Pearl Harbour (7 de diciembre de 1941), por el dramático cariz político que sufrieron las relaciones de América con el Japón, comenzó la persecución de los japoneses que, antes de ser enviados prisioneros, con la pérdida de todas sus pertenencias a Cristal City en Estados Unidos, decidieron trasladarse a otros pueblos del interior, Huánuco, Jauja, Tarma, Huancayo…  En aquel momento, la Cerro de Pasco Copper Corporation, era el más importante enclave del capitalismo norteamericano en el Perú y, como es lógico, no podía convivir en un mismo espacio con los hijos del sol naciente que acababan de atacarlos. Muy pocos japoneses, amigos del pueblo, venciendo mil y una dificultades -especialmente represiones alentadas por los yankis-, quedaron dentro de nuestras fronteras sólo los Shiraishi, Yokota, Noda, Morita y Takishan.

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