Historia de un huaino “Carestías”

Ilustración del extraordinario maestro arequipeño, Teodoro Núñez Ureta
Ilustración del extraordinario maestro arequipeño, Teodoro Núñez Ureta

Nada como el huayno cerreño para reflejar las vivencias obreras en toda su intensidad. Cercanos los carnavales –feria de canciones populares- dos creadores de estirpe, “Machín” Porras Mandujano, el poeta y, Pancho Azcárate, el músico, urdieron con gran acierto las testimoniales notas del huaino “Carestías” que se cantó en los carnavales de 1947.

Desde meses anteriores, los cerreños creímos que la racha de escasez pasaría pronto; el andar de los días nos convenció que no sería así. La penuria se hizo más grave. No se encontraba arroz, azúcar, manteca, harina, fideos… Creímos que el azúcar podía reemplazarse con otros edulcorantes pero estos desaparecieron. Los caramelos de tiendas y chinganas; hasta las chancacas, aquellos bollos prietos que traían de Quicacán y Vichaycoto que no sólo no endulzaban sino que cambiaban el sabor de las bebidas, también habían desaparecido. A punto de cumplirse el segundo año de la restricción el drama se había agravado. Las gentes hoscas y aviesas ni siquiera conversaban en las colas como al principio; un odio creciente y acérrimo contra las autoridades les iba corroyendo el alma, tornándolas silenciosas y desconfiadas.

Tan amarga es esta vida,

¡Ay! cerreñita,

cola más cola, en cada esquina,

ya no hay azúcar, arroz ni harina.

Las últimas disposiciones legales estipulaban que la venta de los artículos de primera necesidad fuera centralizada y manejada por la Prefectura, dejando de lado a la Municipalidad que se hallaba atada de manos. Sólo Cipriano Proaño, el italiano Alessio Sibille, el español Vicente Vegas y el austriaco Nicolás Lale, eran los únicos autorizados a expenderlos. Cien gramos de azúcar y doscientos cincuenta gramos de arroz diarios por cada familia; una libra de manteca por semana. El pan se vendía en tres panaderías del centro y en la Mercantil de la compañía. Era impresionante el ver enormes colas a lo largo del día. Hombres, mujeres y niños se apiñaban en medio de un tiempo dramáticamente cruel. Los únicos que gozaban de cómplice excepción eran algunas familias “decentes” que contaban con el sistemático aprovisionamiento gubernamental. La “compadrería” oficial funcionaba expeditivamente. Sólo el pueblo minero sufría.

¡Carestías! … ¡Picardías!

¡Ay! cerreñita,

ya resbalarán con sus engaños

porque no hay mal que dure cien años.

Ya el tiempo no les alcanzaba a las pobres mujeres. Teniendo que madrugar para racionar a la familia, casi no dormían. Cansadas y desfallecientes sobrellevaban heroicamente la responsabilidad de mantener su hogar. Lavado, cocina, aseo, cola en la tarde para el azúcar y arroz; cola en la madrugada para el pan, no les alcanzaba horas para el sueño. Con rostros atormentados, ojerosos y macilentos, sólo el cariño de la familia les mantenía en pie. La abnegada mujer cerreña nunca fue más hermosa como entonces.

Quiero tenerte en mis brazos

¡Ay! cerreñita;

y despreciando todos los males,

quiero tus besos que me regales.

¿Cuándo había ocurrido algo parecido? Nunca. La abundancia proverbial siempre había estado vigente. De cercanos y lejanos lugares venían enormes caravanas para mercar y retornaban con las manos llenas de monedas. Nada faltaba. Se pagaba buen precio y sin regateos. Todos los sabían en leguas a la redonda. Ahora, a medida que sus calles se arruinaban, sus paredes se agrietaban y los barrios desaparecían bajo la picota minera, un halo fatal estaba matando al noble emporio.

Nuestras calles se arruinan

¡Ay! cerreñita..

entre las ruinas y la pobreza

pasa a la historia su real grandeza.

El odio nacido entre las gentes fue haciéndose más agresivo hasta convertirse en irrefrenable deseo de venganza. Esta llegó el lunes 16 de febrero de 1948. Lo que entonces ocurrió nos estremece y el paso de los siglos nos condenará por ello. En descargo alegaremos que un pueblo, por más tranquilo que sea, jamás puede ser humillado como se intentó avasallarnos aquella vez.

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