RETRATO de un tirano

El rostro de un tiranoEn su infancia tuvo de todo; no tenía sino que pedir para que cualquier cosa le fuera alcanzada. Su puericia melosa de inconstancia,  terminaba arrojando sobre la cabeza de las muchachas, las sopas, las compotas o consomés que no le agradaban: “Son los caprichos de Paquito”, decían en su casa; cuando enojado estallaba una bofetada en el rostro de las pobres muchachas, éstas, tragándose la sangre que manaba de sus labios abiertos,  a penas si podían decir: “¡Oh, niño, Paquito!…¡Qué malo es usted!.”, las tías sonreían condescendientes con la necedad del pequeño bribón; cuando estrellaba sonoros puntapiés en las canillas de las “cholas”, lo celebraban como un triunfo. Engreído por toda su parentela, con los años se tornó egoísta y caprichoso. Así creció. En medio de la abundancia. Emparentado con los poderosos, con los acomodaticios y holgazanes trepadores, con los que todo tienen sin trabajar; en su ralea figuraban políticos, generales, obispos, empresarios, mafiosos, aventureros. Siempre estuvo arriba. Andando el tiempo, gobernaría en cualquier paraje de nuestro inmenso territorio, como diputado, gobernador o subprefecto. Así era en aquellos tiempos. Estos imbéciles ya crecían con su destino de gobernantes prefijado por la alcahuetería. Sus tías, viejas menopáusicas, habladoras, elegantes y coquetas, no se cansaban de ponderar las “locuras de Paquito” a quien -colmo de la huachafería más estúpida- llamaban “Darling”. Siempre lo tuvieron en el candelero. Jamás se le ninguneó. Como desde niño tuvo una enfermiza aversión por los cholos, la humilde servidumbre de su casona era vejada y maltratada por el señorito. Después de su desvirgamiento por una robusta lavandera negra, todas sus fantasías sexuales las realizó con las muchachas provincianas que llegaron a servir a su casa. Ninguna se le escapó. Para poseerlas, remilgado y amelcochado, olvidaba que eran cholas; su animalidad no sabía de discriminaciones. Baboso y lascivo las correteaba ante la complacencia de sus tías que se hacían de la vista gorda. “Paquito está creciendo”, decían y sonreían, alcahuetas.

Cuando por un inexplicable milagro hubo terminado la secundaria, no quiso matricularse en San Marcos, “¡Hay mucho cholo!” –dijo- “Si no es en Estados Unidos, nada que ver”. Evitaba referirse a la Católica porque su marginante incompetencia lo segregaba automáticamente. Su predicamento extranjerizante tenía como objetivo el ocultar a propios y extraños lo que todo el mundo sabía: el tal Paquito era una reverenda bestia. Finalmente no llegó a estudiar en Lima, ni en Massachusets, ni en Pimpincos, ni en Londres, ni en Tabalosos. Se convirtió en uno de esos señoritos remilgados y aventureros, amantes de la “dolce far niente”, que se pasan la vida vagando. Ahora es Prefecto.

Infaltable asistente al Grill Bolívar y al “Embassy”, recalaba también en el “Gato Negro”, “El Pingüino”, “El Tabaris”,  el “Cyro’s”. Era la época brillante de estas boites que presentaban a Eda Lorna, la exótica Naja Karamarú, con su infaltable boa que le rodeaba el cuerpo lascivo y atrayente; Manón Dancan y Mariel.

Los ritmos calientes que Armando Oréfiche y Noro Morales sublimaban, eran bailados con un saoco especial por el calavera: “Mismo Carlitos Pous”, aplaudían sus adúes que también lo comparaban con Kiko Mendive o con Milos Velarde que imitaba a Cantinflas.  Y cuando a la húmeda Lima arribaba Agustín Irusta, Charlo o Marianito Mores, era el Rey del tango. ¡Había que verlo bailar! Por lo demás, su morboso itinerario oletón recalaba en la primera fila de los cines  Monumental, Beverly, Metropolitan o Perricholi, para extasiarse con las piernas magistrales de  Mara la salvaje, las alzadas y agresivas grupas carnosas de Anakaona, la belleza desbordante de la gata Betty Di Roma, el fresco racimo de carnes ampulosas de Lolula; toda la variedad carnal de las “Bim-Bam-Bum”, la “Parampampan” y las “Bikini Girls”. Noches enteras, de claro en claro, cuando las extranjeras calatas se presentaban en nuestros escenarios, María Antonieta Pons, Tongolele, Meche Barba, Amalia Aguilar, Rosa Carmina, Ninón Sevilla. Después ponía proa hacia la Nené en el Trocadero o recalaba en  Huatica  y otros burdeles. Por años contó ufano y alharaquiento que en su ralea juerguera el playboy que despertaba admiración extraordinaria cuando, atlético y bronceado en demasía, rompía olas en Waikiki con su pulida tabla hawaiana de siete metros de largo y noventa kilos de peso: Carlos Dogni Larco. Aseguraba también que otros de sus íntimos eran “Frejol” Diez Canseco y Foncho Miró Quesada, inolvidables latin lovers de aquella época. Guardaba como una de sus más preciosas pertenencias, unos recortes de las notas denominadas “Antipasto Gagá”  escritas por el aprovechador zar del espectáculo de aquellos días, el huachafo  Guido Monteverde, en “Última Hora”. En una de las notas decía: “Vimos al marlombrandeado Paco Tovar Belmont, acompañada de la rubia al pomo y despampanante Cucuchi Sierralta, que todavía está sacudiéndose arenas acapulqueñas, habla que te habla en la piscina de “Los Cóndores”. Tutilimundi lo está comentando”. ¡Gran cosa! Aspavientos de la estupidez más vacía cuando unas cuadras más allá interminables colas de un pueblo hambriento sitiaba los comercios.  En la otra nota, decía: “Sabemos que el marlombrandeado Paquito ha de viajar a las europas a visitar a su nikísima Cucuchi. Sin duda ha de traer modas inquietantes del teclo mundo”. ¡Vago de porquería! Aseguraba, suelto de huesos, que en noches románticas en el Country Club, había alternado con Marita y Cucuchi Prado, Nonoy Miró Quesada, la “Mono” Vegas y aquel portento de belleza que se llamaba Ana María Álvarez Calderón Fernandini. En todo ese tiempo lupanario y juguetón, el vacío de su vida se tornó cada vez más agobiante. Su familia desesperada por sus andanzas buscó afanosamente una colocación para el tarambana. Las disforzadas tías consiguieron que un familiar, muy íntimo del mandamás de entonces, le consiguiera el puesto de Subprefecto de Ayacucho. Aquí comenzó a ejercer sus tropelías de tiranuelo bribón. Borracho como una cuba invadió el hogar de un ciudadano ejemplar y muy querido en Huamanga, el doctor Leonidas Palomino Salcedo. En medio de un escándalo espantoso originado por la rotura de muebles, vidrios y lo que encontrara a su paso, agredió físicamente al dueño de casa. Enterado de esta aberración, el Prefecto Costa y Laurent ordenó su confinamiento en la cárcel; como no podía ser de otra manera, el despreciable “niño bien” atacó a la policía que finalmente logró meterlo en chirona. El Tribunal Correccional de aquella circunscripción, ofendido, lo sancionó con  carcelería que no llegó a cumplir por el ejercicio de las “varas” que consiguieron sus tías; sin embargo, el pueblo ayacuchano se dio el lujo de expulsar ejemplarmente al rufián. Después de un breve interregno, -hasta que se olvidara el incidente-, se le nombró de subprefecto en Ayabaca de donde también lo arrojaron como a un perro sarnoso. Conminado a que se portara mejor, se le dio la última oportunidad y lo enviaron a Huancayo. Un día, los señorones de arriba, barajando nombres, posibilidades y recompensas, encontraron que el novísimo departamento de Pasco no tenía Prefecto y decidieron nombrarlo. Se lo dijeron con mucho tacto, no fuera a enojarse por asignársele un departamento de cholos. Comenzaría su itinerario político de Prefecto en el “Cerro ‘e Paco” -como dicen algunos limeños- pero después  se le ascendería, (¡¿Más que a los cinco mil metros de altura?!). A regañadientes aceptó. Con tal de joder cholos, todo estaba bien. Más tarde ya se vería. Ahora está ahí, en el bamboleante carromato con rumbo al “Cerro e Paco”. Los vellos rubios resaltan la extrema palidez de sus manos marmóreas; manos que nunca han trabajado. Niño bien al borde del abismo, se ha cogido de la última tabla que le han alcanzado.

No puede seguir pensando. La altura le asfixia y el blandengue corazón se desboca hasta dejarlo sin resuello. Por más que abre la boca amoratada, el aire de las astrales alturas se le hace dramáticamente escurridizo; sólo un vientecillo cortante con acérrimo olor metálico penetra por las hendijas de la puerta. Los gorgorismos flatulentos de su vientre abotagado hace más angustiosa su respiración clavándole martillantes cilicios en las sienes y sudoraciones frías en la frente. ¿Cuánto tiempo ha estado así? No lo habría sabido decir. La altura lo había acojudado haciéndole perder la noción del tiempo y el espacio. El temido soroche comenzaba a hacer estragos en su cuerpo de niño bien.

La inmovilidad de sus piernas agarrotadas por el frío, el bamboleo de una carretera infame comienza a agredir su cuerpo y le hacen pensar en el desatino de haber desechado el coche especial que la Compañía había puesto a su disposición.  Lujosísimo, de uso exclusivo del Superintendente y algunos privilegiados del Gobierno, en el que sólo hay seis butacones mullidos forrados en cuero negro, una mesa amplia para el trabajo de oficina y un amplio diván para el descanso del jefe; el piso alfombrado, la iluminación de vistosas arañas, ventanas, correderas para que no haga ruido rodeado de un cortinaje de peluche encarnado con borlas y caireles dorados y, al rincón, baño completo a todo lujo. Un coche comodísimo al final del ferrocarril con perfecta estabilidad, ausencia total de ruido y blandura excepcional. Médico con balones de oxígeno y auxilios pertinentes, cocinero y mayordomo para atender sus requerimientos. De haber sabido el suplicio que causa el viaje, habría insistido ante el general Odria, pero éste, obcecado en sorprender a los cerreños, insistió en que el viaje fuera por carretera.

Por fin, al superar el abra de Uliachín, distingue numerosas torres lumbreras erizando el paisaje. Cada una de estas moles metálicas, sujetan chirriantes jaulas con poleas de acero que suben y bajan, máquinas y metales, en una inacabable sinfonía de chirridos.

Cuando ya está oscureciendo, el Cerro de Pasco ve llegar al fatigado carro oficial con dirección a la Prefectura.    Quedó sorprendido por la cantidad de gente que lo aguardaba. Cuando le abrieron la puerta del carro levantó la cara, altanero, como debe ser una autoridad, para que los serranos lo respeten. Fue fatal. En el primer paso del descenso, sintió como si toda la sangre de su cuerpo se le fuera a los pies. ¡Arza! Sus ojos desfallecientes empezaron a ver extrañas mariposas de colores flotando delante de él. Los rostros de los notables, del cura, de los ayudantes militares… de todos, se difuminaban. Pensó: A dónde mierda se ha ido el aire… ¿Qué pasa, carajo? No vio más. Una arcada conminatoria lo sacudió; después una oleada desagradable de agua salada le invadió los belfos  jadeantes y,  olvidándose de las poses protocolares que había ensayado, salvó las empedradas escaleras a grandes zancadas, abrió las puertas del baño y entrando como un poseso, dejó escapar toda la nauseabunda carga de sus tripas revueltas. “El doctorcito Prefecto no me hizo caso, señores, –trata de justificarse el chofer-. En la Oroya ya se sentía con malestar, pero así y todo se arrimó un ponche de maca con cañazo, un platón de patasca con harto ají y papas, terminando con dos truchas fritas y, como si fuera poco, en Carhuamayo se tomó dos copones de Pisco para el frío”. El doctor Verástegui llamó al Hospital Carrión apremiando las órdenes de auxilio. “No, no, no” – Intervino rápidamente el doctor Norman Kelly, encargado de la dirección del Hospital Esperanza- “Tengo el encargo del Superintendente de la Compañía para trasladar al señor Prefecto al Hospital Esperanza para su atención correspondiente. Allá tenemos todo lo necesario para atenderlo como se merece; es más, en el Hotel Americano, una suite completa estará a su disposición. Hágaselo saber, le dijo el ayudante y la respuesta no se hizo esperar. Al instante la ambulancia principal de la poderosa Cerro de Pasco Copper Corporation transportaba al personaje a su alojamiento de la Esperanza.

Todavía bullía en su cerebro las palabras del general: “A partir de ahora, el Ejecutivo va a gobernar con Decretos Leyes sin necesitar del Congreso con tantos estúpidos de mierda que se han enclaustrado allí. ¡Ya no puedo soportar tantas majaderías!… ¡Puñeteras!… ¡¿Dónde estamos?! Yo como Ministro de Gobierno me encargaré personalmente de que estos criminales no sigan jodiendo un día más; por eso lo he convocado a usted. Aquí entra usted a tallar como buen peruano. ¿Me entiende?.- Había quedado mirándolo fijamente en un reto terminante mientras el engreído, colorado como un tomate, trataba de disimular el temblor de sus manos y la sequedad de sus labios. Yo sé que es usted un hombre de agallas, Francisco, de huevos; por eso he decidido nombrarlo Prefecto del novísimo Departamento de Pasco. Viaje usted urgentemente. Sabemos que allá, de cada tres cholos, cinco son apristas. ¡Jódalos!… ¡Jódalos, carajo!. ¡Quiero que sorprenda a todos los galifardos que fungen de autoridades para que los cuelgue de los huevos y los cambie con los nuestros!. Allá hay mucho pendejo. Quiero que viaje de incógnito por vía terrestre. No quiero que sepan de su llegada. Sorpréndalos con las manos en la masa. La compañía quiere ponernos un tren a disposición, pero no es conveniente. Inmediatamente se enterarían de su viaje. Su llegada tiene que ser una completa sorpresa. Vaya al Cerro de Pasco y ponga en vereda a todo aprista mal nacido. ¡Cholo que jode, cholo que paga!… ¡No quiero mandones!… ¡Hay que actuar con energía!… ¡Tiene usted mi más incondicional apoyo para cuadrar a esa gentuza!… ¡¿Lo ha oído?!…-. Sabemos que últimamente ha estado Negreiros por allá, enervando a la cholería, pero no hemos podido echarle el guante porque hay mucha alcahuetería. Si usted lo tuviera a tiro, guárdelo, y como a él, a cualquiera de esos malditos cabecillas. No lo olvide, Francisco; los cholos cerreños, lo único que tienen que hacer es bajar a las minas a sacar la plata. Nada más. Ese es su papel. Nada más, carajo,…¿Qué se han creído, cholos de mierda? Nada de tutías. Ni sindicalismos ni cojudeces. Ya sabe. ¡Manos de fierro con esos bastardos!… ¡Jódalos, carajo, jódalos!. ¡Ya le he dicho a usted que cuenta con mi más decidido apoyo y autorización!… ¡¿De acuerdo?!…

Salió del Ministerio convencido que estaba frente a un reto y brillante oportunidad que no debía perder. Ahora está listo para cumplir lo que se le ha encargado.

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