El trágico final de un sátrapa (Primera parte)

Ilustración del genial pintor peruano, Teodoro Núñez Ureta
Ilustración del genial pintor peruano, Teodoro Núñez Ureta

Es lunes 16 de febrero de 1948. El agudo silbido del “pito” de las cuatro en punto de la tarde –hora de salida- convoca a los laboreros de todos los talleres, oficinas y mina a la gigantesca puerta de hierro guardada por un torvo equipo de wachimanes. De los talleres –overoles y sombreros grasientos, manos callosas y rostros de cansancio- salen rudos herreros, caldereros, trazadores, electricistas, embobinadores, mecánicos, fundidores, soldadores, ebanistas, carpinteros,  torneros, fogoneros, fresadores, bomberos, aguzadores, estroberos. De las oficinas –fatiga disimulada- planilleros, cajeros, pagadores, proyectistas, analistas, pagadores. Hombres de laboratorio, químicos, ensayistas, metalurgistas; de Geología, dibujantes, muestreros, controladores; de Oficina de Minas, proyectistas, planificadores, dibujantes, agrimensores. Obreros de los socavones –cascos ambarinos, capotes sulfatados, vacías portaviandas de magro yantar- perforistas, lamperos, enmaderadores, tuberos, motoristas, bodegueros, barreneros, troleros, cargadores. Más de cinco mil hombres que laboraron ocho horas justas, vigiladas, inclaudicables, encuentran una enervante novedad a la entrada. Centenares de mujeres, agresivamente vociferantes, les reclaman la enérgica represalia a la gravísima ofensa recibida en la cola de la mañana. Jóvenes y viejas de todos los barrios cerreños–muchas con el hijo a las espaldas- están ahí como un solo puño, haciendo espíritu de cuerpo, cansadas de ser ofendidas por el mequetrefe que gobierna la ciudad. Manos ajadas, callosas, heroicas, acostumbradas al incansable trabajo diario, han acopiado abundantes garrotes y piedras que llevan en sus mandiles y mantas para estrellarlas contra el fortín del maldito tirano. Han dejado momentáneamente la cocina, el lavado y el zurcido, para protestar. Indignadísimas, han dispuesto que algunos grupos se sitúen en las salidas de emergencia de la compañía. En Carpintería de la que sacan aserrín y maderas inservibles; a la salida del patio por donde discurren las locomotoras arrastrando coches repletos de mineral y, Cayac,  parte posterior de Lourdes, por donde egresan los obreros que viven en el centro de la ciudad. Con el fin de que nadie se escape –solteros, cobardes, indecisos, soplones,  y alcahuetes de los gringos- grupos de  decididas mujeres, se ubican a la subida de Santa Rosa, en el camino de Uliachín, la subida de Huancapucro, estribaciones de Paragsha y meandros de Matadería. Han copado todos los posibles escapes y salidas a fin de que nadie falte en la protesta. Están hirviendo de furia. Como nunca. Provocadores gritos convocan para “arrojar de la ciudad al hijo de perra!”. Es una cruzada general por la dignidad de la que nadie debe evadirse. Como en el diario vivir en el que se comparten alegrías y dolores, hombres y mujeres, deben estar juntos. Es un imperativo de dignidad.

Laboreros  de rostros encendidos de rabia, coraje, interrogación y vehemencia,  han formado el impresionante torrente humano rodeando al grupo de irascibles mujeres que han estado esperando  por ellos. La expectación es tremenda. Un clima de odio contenido los uniforma. De en medio de este corro alborotado,  reverberándole la ira en los ojos, una de ellas, sin poder contener más su emoción grita.

— ¡Hemos venido para que  nos hagan respetar!…¡Ustedes son los hombres y deben defender nuestro honor!.

—¡¡¡ Sííííí…!!! -un retumbante coro de excitación mujeril respalda las primeras palabras de la denuncia- ¡Mucho tiempo hemos esperado humilladas y ofendidas, pero ustedes no han dicho nada!… ¡¿Son unas gallinas cobardes, o qué?!… ¡¿ Qué clase de cerreños son ustedes, ¿ahhhh?… ¡Ya no podemos soportar más!…¡¿Qué les pasa?!…¡Ahora es cuando!…¡¿ Son hombres, o qué…?!..¡Hablen!…Digan algo!.

— ¡¡¡Sííííí…!!!, el rugido como cortante antífona de odio repercute en el coro; el oleaje mujeril se estremece, se agita, se agiganta. Gritos ofensivos se estrellan en los rostros sudorosos y tiznados de los obreros –

— ¡Si no pueden, díganlo nomás!… ¡Ustedes nos entregarán sus pantalones y nosotros les daremos nuestras polleras!…¡Verán lo que se hace con ellos!…¡¿ O no lo saben?!.. ¡¿O no lo saben, carajo, o no lo saben?!…¡¿Ahhhhhh?!. El trepidante coro de voces femeninas respalda la expresión del reto planteado. Es más, un grito desaforado al unísono emplaza a los hombres…¡¡¡Hablen…!!!- Nunca se las había visto así, llameantes de furor, congestionadas de ira, cabellos en desorden, ojos encendidos de odio acérrimo clavados en los rostros sudorosos de los hombres que, sorprendidos, no atinan a responder.

— ¡Calma!… ¡calma!…-por fin interviene el dirigente Luis Gabriel del Mazo-  Nosotros estamos tan indignados como ustedes, por eso que hemos convocado a un mitin de protesta contra el Prefecto que ya tiene el oficio haciéndole conocer  la determinación. Todos estamos aquí porque vamos a protestar. ¡Es lo que vamos hacer, pero necesitamos calma, serenidad – Una explosión de rechazo inmediato agita  a la multitud femenina.

— ¡¿Serenidad?!…¡¿Calma?!…¡¡¡ Carajo !!!…¡Mitin, palabreo cojudo que nada conseguirá en tanto el hijo de mala madre se está cagando de risa. ¡Cojudos!, ¿Después de lo que ha hecho el hijo de perra del Prefecto?!!! -Una oleada monstruosa de voces se encrespa. Indignada, temblándole los labios de ira, una mujer clava su mirada flamígera en los dirigentes y  en medio del silencio que se ha producido, dice:

— ¡¿Saben lo que ha hecho ese maldito hijo de mala madre…?!…¡¿No lo saben?! –La voz rebosante de furia, en momentos quebrada de emoción, respaldada por el rugido mujeril, relata lo acontecido- ¡Esta mañana, como nunca, la cola no avanzaba. Por más que gritábamos y empujábamos, ¡ni un paso adelante!…¡Era increíble!. Los despachadores parecían estar durmiendo mientras nosotras perdíamos la paciencia. Los empujones arreciaron y ya nos estábamos peleando entre nosotras, cansadas y coléricas como estábamos. ¡No avanzaba la cola! ¡Nada! –Virulentas las voces de las otras mujeres avalan con sus gritos cada gesto, cada palabra de la informante- ¡En eso dio las diez de la mañana en el reloj de la torre!…¡Diez de la mañana!…¡Imagínense! Desde la cinco de la madrugada no habíamos avanzado casi nada como tampoco habíamos podido hacer nada en nuestras casas…entonces, comenzamos a protestar. Los cachacos que vigilaban la cola hacían como que no nos veían, como si no  escucharan nuestros gritos, como si no oyeran nuestras protestas!. ¡Ya era casi las once y teníamos que llevar el almuerzo a nuestros maridos que estaban trabajando…¡Dios mío!…¡Todas las mujeres estábamos como locas y el tiempo, como si se conchabara con los malditos, no dejaba de llover empapándonos de pies a cabeza. Todo estaba en contra nuestra… ¡¿Hasta cuándo vamos a soportar tanta maldad?!…¡¿Hasta cuándo, Señor?!- el rugido que acompaña a informante, unísono y sincronizado, es un coro bronco y vibrante de madres, esposas e hijas de mineros que como nadie sufren la terrible restricción y ahora se aleona cuando culmina su relato- ¡En ese momento, como mandado por el demonio, aparece el maldito Prefecto; enorme, monstruoso, envuelto en su gabardina y su clavel en la solapa. Aprovechando su paso por la cola, la Luzmila Cajahuanca, salió de la fila y fue al encuentro del mal nacido. “Por favor, señor Prefecto -le dijo- haga algo por favor. Ya van a dar las once y no hemos avanzado nada en esta cola”. ¡¿Qué dices, india de mierda?! – le gritó el manganzón- ¡¿Qué dices, carajo…?!- remató lejos de atender el pedido; entonces enojada la Luzmila también gritó: “Ordene que nos vendan rápido”. Eso fue suficiente para que el mal nacido comenzara a pegarle a la Luzmila como si fuera su padre, como si fuera su marido… ¡Imagínense, pues, imagínense! – la multitud hierve de indignación, de rabia; la mujer ha transformado su iracundia en un sollozo de impotencia y exasperación que contagia a todos los presentes. Temblándole la rasgada voz, grita- ¡¿Cuándo se ha visto algo parecido?!…¡¿Ah?… ¡¿Cuándo?!…¡¿Dónde se ha visto algo igual?! –se suena la nariz con el vuelo del mandil- ¡Cuando le dio un puñete en la boca, saltaron los hombres que estaban en la cola con Mercedes Agüero a la cabeza, las hermanas Arce Fernández y Rebeca Benavides, pero nada pudieron hacer porque los policías alcahuetes, los tumbaron a culatazos, señor a culatazos y de inmediato los llevaron presos a la comisaría!!! – Como si fuera poco, el maldito yanagringo la derribó al suelo y allí la siguió pateando, pateando…¡Maldito hijo de perra! –solloza- ¡¡ Lo peor es que la Lushmi está embarazada, embarazada!!!- Los hombres entonces no se contienen, gritan su indignación y ya muchas mujeres lloran desesperadas. -¡¿Acaso no tiene madre ese maldito?!…¡¿De dónde ha salido ese engendro,…de una burra… de una chancha?!…¡¿Qué clase de bestia es ese canalla?!… ¡En este momento la Luzmila está en el Hospital y ojalá no pierda a su hijo…!… ¿Y ustedes, qué?…¿Qué…? …¡¿Se van a quedar callados?!…¡¿Se van a meter la lengua al culo?!…¡Carajo!… ¡¿Les falta huevos o qué?! – un sollozo convulso, dramático que acompañan las otras mujeres ha roto el dique de ira general.

La masa obrera no quiere seguir escuchando más. La irritación es general y en cada momento va en aumento. Es el germen de viejos rencores enquistado en el alma, fermentado en los tuétanos, circulado en la sangre, que ahora estalla con fragor en las conciencias humilladas y ofendidas. Un borbollante griterío impulsa la represalia. Ya no se puede seguir tolerando más. Las abuelas y las madres soportaron por siglos el atropello de los poderosos. Ya no, ya no, ya no.

Puños en alto, dirigentes sindicales a la cabeza, la masa obrera como un monstruo gigantesco e imparable inicia el avance masivo hacia el centro de la ciudad.

— ¡¡¡ Fuera el hambreador…!!!

— ¡¡¡ Fuera el malvenido…!!!

— ¡¡¡ Fuera el maldito…!!!

Agripino Castro de carpintería ha repartido garrotes a los compañeros que cubiertos con sus capotes llevan para blandirlos en la asonada.

— ¡¡¡Fuera el maldito…!!!

Ya es imposible detenerlos, la muchedumbre formando una masa monstruosa avanza incontenible como una avalancha de nieve, rugiendo y creciendo cada vez más. Trabajadores del Taller Eléctrico llevan alicates, cizallas, alambres, desarmadores… ocultos entre sus ropas.

— ¡¡¡Fuera!!!  … ¡¡¡Fuera!!! … ¡¡¡Fuera!!!.

El estribillo del rugido de combate popular repetido unánime y sincronizado, es una reventazón de odio que fluye como un sordo bramido que retumba en las paredes de las calles por donde están pasando.

— ¡¡¡Abajo el mal venido!!! –Grita un cabecilla -¡¡¡Abajo!!!- responde la multitud. – El  chiste Arroyo, jefe de la barra minera, ha traído una bocina enorme con la que sobredimensiona sus gritos. Creador de maquinitas, barras y silbidos, se pone a la cabeza y su grito estentóreo envuelve a la gente que lo secunda.

— ¡¿ Quién es el hambreador del pueblo…?! – pregunta el chiste.

— ¡¡¡ El Prefecto !!! – grita la multitud.

— ¡¡¡ Quién es el abusivo…?!

— ¡¡¡ El Prefecto…!!!

— ¡¿Qué queremos del maldito…?!

— ¡¡¡ Que se vaya !!! … ¡¡¡Que se vaya!!!… ¡¡¡ Que se vaya !!!.

Es la rebelión de los desposeídos, de las víctimas sempiternas, de los que sacan con sus manos las riquezas que llenan arcas explotadoras.

— ¡¡¡ Fuera el hijo de perra!!! – ¡¡¡ Fuera el abusivo cobarde!!!…¡¡¡Fuera!!!…

—¡¡¡Honor!!!… ¡Honor!!!… Honor!!!

— ¡¡¡ Que se vaya el hambreador…!!!

La asonada no es solamente contra Paco, el Prefecto; Paco, el elegante; Paco, el soberbio; Paco, el tanguero; Paco, el mandón; Paco, el bacán…Es también contra todos los Pacos del Perú. Aquellos “engreídos hijitos de papá” que tratan despectivamente a los mineros, a los verdaderos hacedores de fortunas que ellos dilapidan a raudales. ¡Imbéciles!. Maricones, herederos de sus mayores, viejos rateros que esquilmaron las arcas nacionales en épocas mejores y usufructuaron robos y exacciones que la complicidad y la cobardía posterior cubrió con el polvo del olvido.

—¡¿Quién es el maldito hambreador…?!

— ¡¡¡ El Prefecto….!!!

— ¡¿Qué queremos del maldito…?!

— ¡¡¡ Que se largue !!!

Las campanas eclesiales a rebato alarman y convocan; los sacristanes no quieren estar fuera de la contienda. ¡Ya no, carajo, ya no!… ¡Ha sonado la hora!…¡Hay que destronar a estos reyezuelos de pacotilla, zares de la estupidez y la soberbia; fantoches presuntuosos fabricados en alambicadas reuniones de poderosos. Engendros del tarjetazo y la recomendación.

—¡ Fuera!… ¡Fuera!… ¡Fuera!.

Es la insurrección de los de abajo. De los que saben que sus abuelos trabajaron de sol a sol para atiborrar las arcas de los indolentes abusivos. De los que nunca recibieron nada a cambio. De los topos sojuzgados, de los braceros ofendidos, de los despreciados, de los olvidados.

— ¡¡¡Que se vaya!!!   ¡¡¡ Que se vaya !!!… ¡¡¡Que se vaya!!! … ¡¡¡ Queremos que se vaya !!!.

Jorge Barzola, fotógrafo de los grandes acontecimientos, corriendo de un lado a otro, capta con su lente las ásperas escenas de lo que presiente va a ser un episodio histórico. Su insobornable cámara es el arca donde guarda  testimonios de los grandes hechos mineros.

—¡Honor!… ¡Honor! …. ¡Honor!

—¡¡¡ Que se vaya el hambreador…!!!

Tenderos, costureras, vivanderas, placeras, carameleros, fruteras, canillitas, todos salen a engrosar la masa única.

— ¡¡¡Queremos comida para nuestros hijos…!!!

Se han cerrado fondas, bares, tambos, peluquerías, bares y burdeles; todo el mundo refuerza la masa que ruge agresiva.

— ¡Fuera! … ¡Fuera! ….¡Fuera! Es la protesta de los postergados que por generaciones fueron sumidos en la ignorancia por los testaferros del demonio. Los centenares años de oprobio deben terminar…¡Que se vaya el abusivo!.

Desde la altitud de su otero –una ventana de la torre del hospital Carrión- puede verse  todo. Diminutos puntos móviles que viniendo de todas partes convergen en la vieja plaza Chaupimarca. ¡Extraordinario prodigio de esta tarde! Todas las puertas clausuradas por candados, armellas y seguros han sido abandonadas. Los únicos seres vivientes que no se han movido de sus claustros son los presos de la cárcel, los enfermos de los hospitales y los muertos. Todas las gentes se están congregando en la plaza principal. Todos comulgan en una sola idea; ¡¡¡Expulsar al indeseable!!!”. Enormes nubes negras, como amenazante presagio, pincelan una interminable gama de grises en el cielo cada vez más oscuro, cada vez más amenazante.

De la eminencia de Gayachacuna desciende un compacto grupo de hombres fieros, sudorosos, untados de metal, como amenazantes heraldos de la muerte: son los mineros salidos de las galerías de la mina San Expedito. Avanzan como fieras desbocadas, guiados  por Placentino Urdanibia, para entrar en combate.

— ¡Fuera el hambreador!  ¡Fuera el mal venido! ¡Fuera el tirano!.

Comandando a la gente del nivel 1,200 va el “Rogromanca” –el único que le para el macho a los gringos- con toda su gente, arrebatado, demudado: ¡Te voy agarrar concha tu madre!… ¡No te va a quedar un solo hueso sano, huevón!. Siguiendo su ejemplo, su gente conchamadrea al elegantón. Han esperado años, pisoteados, maltratados, soportando el exceso de los abusadores, de las autoridades como ésta, y no pudieron decir nada.

— ¡Basta! … ¡Basta! … ¡Basta!…. ¡Ahora es cuando!.

Siempre arriba estuvo un maldito como el Prefecto, aprovechándose del cargo, acicateando  sus heridas, hurgando en sus llagas… ¡Ya no más!… ¡Ya no más!… A este representante de los abusivos hay que arrojarlo como a un perro. ¡Fuera!. Clero Huayanay y Esculapio Huacso, con los incansables del 800, “chicullos” en ristre, gritan sin sosiego. Los capotes mineros –banderas de indignación- los uniforma. La gotera del sulfato perforante de ropas de lana, respalda estos capotes en cuyas espaldas reza: “Cerro de Pasco Copper Corp”.

— ¡Fuera el matón! … ¡Fuera el hijo de perra! – Los gritos se sincronizan con el paso ligero de la marcha. ¡Fuera!… !Fuera! … ¡Fuera!. Hasta el viejo Isaías Garzón, el “Diablo Macho”, indolente ante lo que significa reclamo laboral, mimado de los gringos, se ha unido a los sublevados y está ahí gritando.. ¡Fuera!… ¡Fuera! … ¡Fuera!. Algunos alumnos del Colegio Carrión se han integrado a la turbamulta. Animando con su ejemplo y sus rugidos están las cerreñas; mujeres del pueblo, heroicas y dignas, mal vistas y peor tratadas por los abusivos. Vientres desbocados que parieron centenares de inocentes víctimas que fueron a poblar las negras galerías de la mina; madres que amamantaron a sus hijos transmitiéndoles con su leche la angustia cotidiana; madres que desde muy niñas lloraron la muerte de  abuelos, padres, hermanos, maridos, hijos, en las minas; cadenas de dolor, siempre dolor.

— ¡Fuera! …¡Fuera! … ¡Fuera!.- De Rumiallana , el loco Nestares y sus huestes han llegado como trombas imparables. Sus bramidos estentóreos avivan el odio de los indecisos. ¡Fuera mal nacido! –gritan… !Fuera abusivo! gritan. De balcones y ventanas, de mirillas y zaguanes, Barzola capta primeros planos y escenas panorámicas de la asonada. “Caballo Blanco” pálido de ira, al lado de sus hombres del 400, levantan por los aires sus garrotes de eucalipto. — ¡Que se vaya!… ¡Que se vaya!… ¡Que se vaya el mal nacido!… En Atojhuarco, otra oleada de amotinados de Yanacancha se une a la turbamulta minera. La grita es cada vez más aterradora y un presagio de muerte se siente en el aire cuando la masa cada vez más iracunda comienza a subir por la calle Huánuco. ¡Fuera el hambreador! … ¡Fuera el mal venido!. Los perforistas Chamorro, Malpartida, Martínez, amos y señores de las galerías, con su presencia alientan a los amotinados.  Sólidos como robles, resistentes como eucaliptos, van orquestando los gritos, maldiciones y anatemas. Todos, todos están presentes, los contratistas no son la excepción: Allaín, Melgarejo, Picho, “Uman Caldo” del Valle, Travezaño, Calderón, Mauricio… La ofensa ha sido inferida a todos y todos tienen que lavar su honor. Han llegado a la calle Huánuco. Desde el balcón de la casa de Guillermo Palomino trata de hablar el dirigente Patricio Chahua:

— ¡Compañeros!- El rugido de la masa de más de cinco mil  almas es imponente, monstruoso y no lo deja hablar. “!Ya estamos hartos de discursos, carajo…!!!!”. Las ofensas han ido acumulando este furioso cargamontón que hace inaudible el discurso. Las palabras ya no importan, lo único que interesa ahora es deshacerse del tirano. Todos están convencidos –falsamente convencidos- que la partida del déspota habrá de solucionar la angustiosa situación. Los dirigentes saben que esto no será así; saben también que todo el odio vengativo que ha ido acumulado en las mentes mineras ha estallado y que, en adelante, será difícil de contener. Es un hervidero de ferocidad. Ya nadie quiere seguir escuchando una perorata más. ¡Quieren acción! ¡Hay que avanzar!…¡Nunca nos habían ofendido tanto, carajo!…. ¡ El maldito se regodeaba jodiendo a las mujeres porque disfrutaba viéndolas  sufrir!  ¡Mal venido concha de su madre!.

(Continúa…)

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One thought on “El trágico final de un sátrapa (Primera parte)

  1. Mi madre me narraba pasajes de esta historia y al igual que mi tío (su hermano), vivieron estos momentos siendo ellos muy jóvenes y conocí a una de las heroínas que contaba que había participado y luego encarcelada por haber “bailado” encima del cadáver del “mal nacido”, abusivo y prepotente Prefecto………………….cuando las masas trabajadoras se organizaban de esta manera, no hay fuerza que los detenga; hay muchas historias reales a lo largo y ancho de nuestro territorio nacional que cansadas de muchos abusos, HICIERON JUSTICIA CON SUS PROPIAS MANOS. Un fuerte abrazo mi estimado Profesor Cesar.

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