El trágico final de un sátrapa (Segunda parte)

(Parte de un cuadro del famoso artista  Luis Palao Berastain, el mejor acuarelista de América)
(Parte de un cuadro del famoso artista Luis Palao Berastain, el mejor acuarelista de América)

Una mueca  de preocupación se dibujó en el abotagado rostro del figurín cuando leyó el oficio del Sindicato. Tiró el documento sobre el escritorio donde había otro que daba cuenta de una sangrienta asonada en Jumasha y lo tenía preocupado, muy preocupado.  El 6 y 7 de febrero, pese a toda oposición, los trabajadores del vecino asiento minero de Jumasha, perteneciente a la Volcan Mines, habían paralizado sus labores en protesta por la brutal agresión de la que habían sido objeto sus mujeres por la fuerza policial que comandaba el sargento Gonzalo Altamirano. El 25 de enero, habían salido a protestar por la demora de la compañía en la entrega de la cuota de carbón que les correspondía, pero sin mediar explicación alguna fueron atacadas por la policía. Como corolario resultaron heridas: Arsenia Vega, Teresa Callupe, Honorata Bermúdez y Claudia Janampa. Enviadas al Hospital Carrión del Cerro de Pasco estuvieron hospitalizadas por veinte días. Como consecuencia, todos los diarios y las radios cerreñas habían protestado enérgicamente.  Las arrugas de su rostro se acentuaron y sus manos anilladas de oro comenzaron a temblar visiblemente. Entre estos papeles estaba también un detallado informe del mayor G.C. Gregorio Quea Pérez sobre la abortada asonada popular para evitar el apresamiento del líder sindical aprista Luis Negreiros Vega, días pasados.  A esto se acababa de sumar la noticia que alcanzaban los obreros: A las cuatro de la tarde efectuarían un mitin de protesta en la Plaza Chaupimarca. “No estamos en condiciones de seguir soportando el abuso y la orquestada marginación de que somos objeto” decía en uno de los párrafos. Muy preocupado miró a través de la ventana de su despacho y le sorprendió no ver al gentío que diariamente pululaba a esa hora por esa arteria. Era pesado el silencio que reinaba en su entorno. Se sentía.

— ¡Secretario! – llamó, el señorito.

— ¡Sí, señor! – contestó Próspero Castillejos Hidalgo, el secretario

— ¡¿Qué sabe del Jefe del Área de Salud…?!

— ¡Ha informado que a la mujer que tuvo el atrevimiento de agredirle a usted se le han practicado las curaciones del caso y que ahora está hospitalizada…

— No, no, no, no es eso lo que interesa…¡Dígale que tiene que asegurar que no está embarazada!… ¡Sea cierto o mentira!.

— Ya lo han hecho, señor; el Comunicado lo están leyendo por las radios  Azul  y Rancas. En los periódicos saldrá publicado mañana.

— Bien. Dile que de inmediato envíen a la mujer a su casa…¡Ahora mismo!.

— Bien, señor; ¿Algo más?.

— ¡Convóqueme a las autoridades para que en el término de la distancia, se hagan presentes en la Prefectura…!!!

— ¡Bien, señor…!

— ¡A todos los quiero aquí, a todos! … ¡De inmediato!.

— Sí, señor.

A partir de ese momento el teléfono no dejó de funcionar convocando a la fauna directriz. Las telefonistas, diligentes y nerviosas, llamaban, puntualizaban, insistían, pero, ¡cosa rara!, en aquellos momentos apremiantes se había producido una misteriosa coincidencia. ¡A todos se los había tragado la tierra!. A partir de entonces la espera se hizo insufrible. Un ambiente cargado de agoreros presagios hacia irrespirable el ambiente cuando a grandes trancos subió las gradas del despacho el director del colegio. El único que estaba atendiendo al llamado del sátrapa.

— ¡ Paco!.- dijo el recién llegado.

— ¡Eliseo!… ¡Gracias a Dios que te presentas! En este momento en que más los necesito los traidores han desaparecido. Como puedes ver, sólo estamos con el Subprefecto, el secretario, el amigo Bao Peña y los jefes policiales…¡No puede ser!

— Primeramente, no hay que perder la serenidad, Paco. Hay que actuar con mucha cautela – El enjuto asesor invoca la calma porque también presiente que algo muy gordo está por ocurrir.

— ¡Sí, carajo!…¡¿Pero dónde está el resto…?! – alega enérgico el petimetre.

— ¡No vendrá!  –responde el asesor.

— ¡¿Qué?! – grita el rufián.

— Que no vendrá…

— ¡¿Por qué, carajo, por qué?! – los belfos resecos de la bestia mascullan palabras ásperas, cortantes, comenzando a temblar  por el mal presagio que esas ausencias significan…

— La situación es muy difícil, Paco, muy difícil. La gente está como loca. En estos últimos tiempos han ido incubando un odio terrible contra todo lo que signifique restricción, cola o lo que se le llame…

— ¡No es culpa mía!! –se justifica el sátrapa.

— La gente, mi querido Paco, no lo entiende así. Creen que es una cuestión personal de ti contra ellos. Los apristas se han encargado de que el pueblo crea que es así. Todas las autoridades lo saben, por eso es que no han venido, ni vendrán. No quieren exponerse a la vindicta pública….

— ¡Malditos!… ¡Cuando chupaban y jaraneaban gratis aquí conmigo, sí que no faltaban!…¿ Y ahora…?. – Lo único que le falta es llorar. El prefecto está a punto de perder la ecuanimidad.

— Olvidémonos de ellos. Ahora hay que hilar muy fino. Lo de esta mañana ha sido el detonante. Los apristas te han puesto la mecha y tú la has encendido.

— ¡¡¡¿ Yo..?!!!

— ¡Claro que sí…!

— Pero, Eliseo….¡Era una chola de mierda! … ¡Una chola que se puso delante como un gallito, carajo!… ¡Lo único que hice en ese momento fue reventarle el hocico por faltosa y cuando se me empaló, le metí un par de tecles… Eso fue todo…..!!!

— ¡Esa mujer está en cinta!. – puntualiza el director.

— ¡¿Y qué, carajo; porque está preñada no me iba a faltar…!!!

— ¡Todo el mundo lo vio…!!!

— ¿ Y… qué?…¿Me iba a esconder para ejercer mi autoridad?…¡Carajo!. Es como si su marido le hubiera dado una marza, pues… ¿Todos los días esas cholas no son zarandeadas por sus maridos ?… ¿Qué, Eliseo, qué? Además hemos mandado decir por las radios que la chola no está preñada..

— ¡Nadie lo creerá….!

— ¡ Eliseo, es una chola de mierda a la que sólo he llamado la atención…!!!

— Para ellos, estimado Paco, es más que demasiado y no te lo perdonarán. Ellos tienen en muy alta estima el honor de sus mujeres. ¡Jamás lo perdonarán, jamás!. – El asesor ha hablado con tanta decisión y mira a los ojos al crápula que, lívido, lo admite. Es cierto, la mujer está embarazada. Siente que su conciencia de señorito de la capital le escuece el alma y admite su culpabilidad. El también es víctima de la política de este momento; pero más que eso; es un imbécil que cree que una mujer del pueblo con polleras y pañolón no tiene ninguna significación. Cretino. Esas mujeres, también peruanas, han parido hombres esforzados, dignos, trabajadores, productivos. Se lamenta en lo más íntimo de su ser lo que está ocurriendo… ¡¿Por qué tenía que dejar su ambiente insulso, inane, improductivo. ¡¿Quién lo había llamado?! Sabe que está hundido hasta el cuello… Sólo su asesor podrá ayudarle a salir de este trance. ¡Carajo!… ¿Qué crees que debemos hacer, Eliseo…?.

— ¡Como están las cosas en este momento, sólo nos queda el convocar a una delegación de los conjurados para hablar con ellos…¡Hay que desinflar el globo antes que estalle!. … Sólo el diálogo puede conducirnos a una solución… Así que mándalos llamar….

— ¡¡¿Yo hablar con esos cholos de mierda…?!!!…¡Se van a reír de mí, carajo!.

— Es lo único que nos queda. Ya no queda tiempo para hacer otra cosa. Lo tomas o lo dejas….!

— ¡¡Carajo!! – El Prefecto, mezcla de temor y de rabia, camina a grandes trancos por la oficina. Comprende al final que es el único camino que le queda. Retazos de odio altanero cuelgan de su temblorosa cobardía – ¡Echegoyen..! – grita.

— ¡Señor! – responde el aludido.

— Ya lo escuchó. ¡Cumpla con su deber!.

— ¡Sí, señor!

— Dígale a la chusma que nombre una comisión. Yo la recibiré!.

— Bien, señor Prefecto – contesta el jefe militar premunido de caso y fornituras de combate.

— ¡Déles el alcance antes que entren en la plaza…!

— Bien, señor!.

— ¡Meta bala, si es necesario, carajo!… ¡Ya sabe…!

— Así se hará, señor.

El capitán de la Guardia Civil, Héctor Echegoyen Herrera, y el investigador Manuel Soberón salen a cortar el avance de la encolerizada multitud en la calle Huánuco; los acompañan doce policías armados y llegan cuando la turba está por entrar en la Plaza Centenario. Se ponen de rodillas dispuestos a abrir fuego. Nadie debe pasar, pero las órdenes apenas si son escuchadas; el fiero rugido de la gente domina todo el ámbito. Barzola no pierde detalle del avance.

— ¡Fuera el hambreador!.

— ¡Que se vaya el mal venido!.

— ¡Fuera!… ¡Fuera! … ¡Fuera! – la presencia de la policía a punto de disparar enerva a la multitud.

— ¡¡¡Queremos comer!!!!.

— ¡¡¡Pan para nuestros hijos!!!!.

— ¡ ¿Quién es el hambreador…?!

— ¡¡¡ El prefecto…!!!

— ¡¿Qué debe hacer el malvenido…?!

— ¡¡¡ Que se vaya…!!!!

Desde los ventanales de su casa en la esquina de Gaiteras con Centenario, la familia Llanos Alvarado contempla la tregua que trata de forzar el capitán Echegoyen. La arrebatada grita popular trepidando en los cristales hace santiguarse a la matrona y a los pequeños que presencian la escena, aterrorizados. ¡Cierren las ventanas!” es la orden patriarcal de don Ignacio Llanos y al momento se clausuran las miradas. “¡Refuercen las puertas!” ordena Justo Parra Wattone. Su reencauchadora de llantas de amplios portalones corre peligro y los hombres que lo ayudan, superando la humareda, gases y calor, cumplen con la orden. El bramido de la turbamulta reverbera en la amplitud de la llantería. Abundante sudoración cubre las manos temblorosas del capitán Echegoyen y dificulta su respiración oprimiéndole el pecho; sin embargo, apelando a sus fuerzas un tanto medradas desenfunda su revólver –señal convenida- y la homogénea detonación de doce fusiles estremecen la histórica plaza. La turba se detiene indecisa.

—¡¡Alto!!! ….¡¡¡Alto!!! . Tengo una orden del señor Prefecto…!

— ¡¡¡Fuera el hijo de perra!!!

— ¡¡¡Fuera el mal venido!!!

— ¡¡¡Que se vaya el hambreador…!!!

El gentío está virulento y, cuando los rezagados comienzan a empujar para forzar el avance, el capitán se juega sus últimas cartas.

— ¡Es preciso que nombren una comisión para que hable con el Prefecto!…¡El los espera!.- La rugiente multitud se dispone para el zarpazo final. ( Click – Barzola perenniza el momento)- ¡El Prefecto los espera para hablar!!! – el furibundo rugido in crescendo está a punto de desencadenar el avance cuando haciendo un disparo al aire el capitán concluye- ¡¡Nadie pasará de esta línea, salvo la comisión!!!…¡¡¡Tengo órdenes de usar las armas si fuera necesario!!! – Los dirigentes levantan los brazos tratando infructuosamente de calmar a la gente que ya se ha desbocado. Con la urgencia que el momento impone, los directivos nombran la comisión que parlamentará con el fantoche: Humberto Luis Solís, Luis Germán del Mazzo, Patricio Chahua Osorio, Atilio León Silva, Julio Vera Martínez y Ramiro Ráez Malpartida. Conformado el grupo parte para conferenciar con el Prefecto. Barzola que se ha encaramado sobre los hombros del soldado de la Columna Pasco, imprime placas que más tarde van a tener gravitante repercusión.  Entretanto, la masa desbocada, aprovecha de los callejones, atajos, pasaje y calles paralelas para correr desaforada rumbo a la Prefectura. Nadie puede detenerlos, están como locos. Las voces conminatorias  se funden con la crepitación de las balas que han comenzado a reventar a diestra y siniestra.

— ¡¡¡ A la Prefectura !!!.

— ¡¡¡ A la Prefectura!!!

— ¡¡¡ A la Prefectura!!!

Las calles se estremecen de gritos, disparos, insultos y el ruidoso tropel de  gente arrebatada. Las balas trizan la tarde y las maldiciones rotundas y las groserías tabernarias y las mentadas de madre y las referencias oprobiosas estremecen las calles mientras el turbión atosigante, como metido en un laberinto, apremia callejones y bocacalles para salir de aquel hervidero de balas que no se sabe de dónde parten.

La opa Paula con su mandil repleto de piedras corre desaforada comandando un grupo de iracundas mujeres por el callejón del “Team Cerro”  y superando la Plaza de Toros desembocan en la calle del Hospital, ¡Vamos botar al hijo de perra!. De allí a la Plaza del Estanco en donde se prodigan los tiros levantando chispas y diseminando esquirlas por todas las paredes del Hospital Carrión. Nada les contiene. Nadie puede detenerlos ya. Teodolito Fuster, un joven aprista con un grupo de obreros desemboca por Matahorno. Con ellos traen a los hombres de las minas de Giles, con todo y sus mujeres. ¡¡Nadie debe quedar fuera, carajo; la lucha es de todos!!!. ¡¡¡Vamos!!!, ¡¡¡Vamos!!!, ¡¡¡Vamos!!!. ¡Podía haber aumentado las raciones, pero no le dio la gana al desgraciado! ¡Tampoco quiso aumentar los estanquillos el vende patria! Todos los ferroviarios de la Railway acompañados de sus mujeres suben por Tambo Colorado y la Calle del Marqués. ¡Hay que arrojar al maldito! … ¡ A ver que nos pegue a nosotros, el maricón!…¡Hijo de perra! ¡Cobarde de mierda, ahora se las va a ver con nosotros! Ya están en Chaupimarca y la gente –llamaradas de odio- repletan la histórica plaza. Por el callejón del Liceo Santa Rosa surge la Anquicha Panduro con un descomunal garrote liderando a otro grupo de mujeres que han cerrado el mercado, las toneladas, restaurantes, chinganas, peluquerías, todo, todo…¡A la Prefectura!…¡A la Prefectura!…¡A la Prefectura!. La crepitante reventazón de  balas estalla en paredes, techos y ventanas avivando el grito despavorido, sañudo, iracundo de hombres y mujeres que ya han perdido la ecuanimidad. Un vociferante grupo de mineros sube por Callao azuzando al gentío, cuando una lluvia de balas hace caer a tres hombres: Fructuoso Herrera, con el brazo derecho destrozado por una bala; Genaro Arteaga, con la pierna izquierda fracturada y,  el que rueda como un pelele, Filomeno Páucar. Tiene tres heridas en el vientre. ¡Alto!..¡Alto!..¡Alto! –grita el Witrón Herrera – ¡Le han dado a tres!..¡Cachacos concha de sus madres!…¡Están sangrando!…¡Hay que salvarlos, carajo! grita. Al momento los hombres cargan a los heridos para llevarlos al Hospital. Filomeno Páucar tiene un enorme boquete en el vientre que se ha convertido en enorme surtidor de sangre. Se queja débilmente. Sus manos tratan de contener la sangre de su herida abierta que se le escapa por entre los dedos. ¡Páucar se nos muere, carajo!  -grita el Witrón-   ¡Hay que llevarlo al Hospital!!!- Gorilas concha de sus madres, asesinos, hijos de puta!!! Brazos obreros lo trasladan al Hospital. La sangre no se detiene, cubre capotes mineros, cascos, casacas. La carrera es apremiante. ¡Hay que salvar al compañero!. Corren con el herido llevándolo en vilo. No hay tiempo que perder. Al  entrar en el abarrotado Hospital ya ha perdido el conocimiento y entra en coma. Cuando lo ponen sobre la mesa de operaciones advierten que no es el único, hay muchísimos heridos sangrantes; unos en camillas otros sobre el piso de cemento.  Al momento entra un grupo de mujeres que conducen en hombros a Sabina Alvarado de 16 años que ha perdido el conocimiento. Una bala que milagrosamente no se ha incrustado en su cráneo pero le ha producido una enorme desgarradura del cuero cabelludo en el parietal izquierdo. El Hospital es un hervidero apremiante de gemidos y sollozos, de auxiliantes pasos apresurados, metálicos sonidos de material quirúrgico, de voces conminatorias, de súplicas.

Otro grupo de hombres trae al joven Alejandro Flores que ha sido alcanzado por unas balas en sendas nalgas y se desangra copiosamente. Médicos, enfermeras y auxiliares se multiplican en las salas asépticas. Pompeyo Ponce que corría liderando un grupo de obreros ha sufrido heridas de balas en ambas piernas y tiene los huesos destrozados. Se apresuran salvadoras transfusiones, manos enguantadas se prodigan suturando heridas, cauterizando desgarraduras, inyectando calmantes y desinfectantes. Celino Rodríguez con la rodilla derecha destrozada por el impacto de dos balazos gime de dolor. El doctor Hipólito Verástegui da las órdenes generales y  Pedrito Santivánez  que jefatura a los enfermeros, tiene el corazón en la boca. Tocas y mandiles se agitan en las salas colmadas. Dorita Aguilar lava heridas y corta cuajarones sanguinolentos. Vicenta Tacano y Juanita Accquaronne, disponen el acomodamiento de heridos en las salas del colmado hospital.  ¡¿En qué habrá de terminar todo esto…?!. Zózimo Angulo, desinfecta y tapona heridas;  Micaela Ramirez enhebra agujas; Pepe Bravo pone torniquetes y sutura desgarraduras. Juanita Galarza alcanza bisturíes. Muto López proporciona oxígeno. El olor medicamentoso es cada vez más penetrante. “Maldito pinga loca, carajo, -grita la borrachita Julia desde el piso-, concha su madre Perfecto, -grita ahogándose en sus mocos; tiene una herida sangrante en la cabeza”.

(Continúa)….

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2 thoughts on “El trágico final de un sátrapa (Segunda parte)

  1. Gracias Maestro, por pasarme este texto de tu investigación, CUANTOS COMO YO ESPERARAN CONOCER LA HISTORIA DE PASCO, muchos tienen conocimiento a manera de leyenda, nuestra juventud debe conocer estas historias algunas trágicas como del satrapa y otras muy gloriosas, pero es la historia de Pasco.

    1. Es estimulante conocer la versión de una seria investigación sobre los momentos heroicos vividos por los habitantes de este valeroso pueblo que la posteridad de este modo la rinde el homenaje que la historia los reinvindica.

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