El trágico final de un sátrapa (Tercera parte)

final 3Escoltada por avezados disciplinarios la comisión avanza por entre el enfurecido gentío. Aplausos alientan la esperanza que va con ellos: “¡Boten a ese maldito, compañeros!”. ¡Que no vuelva nunca más, compañeros!” … “¡Fuerza, compañeros, estamos con ustedes!”. Llegados a la puerta de la Prefectura, broncos aldabonazos comunican la llegada. El armado contingente de la puerta deja pasar a la comisión y –barrera de máuseres- impide el ingreso de los oletones que quieren colarse. ¡¡¡Momento, señores; sólo los miembros de la comisión pueden entrar…!!!!.. ¡Orden!… ¡Orden! … ¡Orden!… Pasan al interior del zaguán y dan al patio interior. Se puede sentir la tensión anímica de los que están adentro. Suben las gradas de piedra y entran en el despacho prefectural. La indignación ha sepultado el temor. Ha desaparecido la proverbial humildad obrera que el Prefecto ha confundido con estupidez. Las facetas angulosas de los rostros mineros reflejan una indignación tremenda. Miradas cargadas de odio se entrecruzan en el inicio del diálogo y a medida que avanzan se irán cargando de furor.

— ¡¿Qué pasa – rescoldos de soberbia le hace levantar la voz al figurín, pero no puede mantener la mirada enérgica de Atilio León Silva, cuando le dice:

— ¡Lo que pasa, señor, es que hemos venido a nombre del pueblo a plantearle nuestro reclamo! – Quedan mirándose con odio por un rato.

— ¡¿Cuál es…?.!

— Está sintetizado en los tres puntos que son terminantes y no son negociables.

PRIMERO.- La venta libre de subsistencias sin colas ni tickets de ninguna clase.

SEGUNDO.- La inmediata libertad de los detenidos….

TERCERO.- La renuncia irrevocable  e inmediata del Prefecto y su marcha  de la ciudad en el momento….

En los labios del abusivo ha muerto la sonrisa cachacienta. Tembloroso y pálido como un papel lee el pliego presentado por la comisión y luego de consultarlo con su asesor dice:

— ¡Esta bien. … ¡Por esta vez autorizamos la venta libre de las subsistencias donde Vegas, Horna, Bao y Peña en la población; Julio Pardavé en Pargsha y Guillermo Aliaga en la Esperanza. En cuanto al segundo punto dejaremos libre al cabecilla Mercedes Agüero, las dos mujeres y sus compinches, así como a los atrevidos que esta mañana trataron de faltarme. Pero –su voz aflautada sube de intensidad- en lo que no les voy a dar gusto es en renunciar. ¡Ningún indio de mierda me va hacer renunciar, carajo!. Con una resaca de soberbia sigue manteniéndose en sus trece no obstante el esfuerzo del director del Colegio. Otro tanto ocurre con los obreros de la comisión. Apenas si pueden contenerse de agredir al energúmeno.

—¡¡Es su responsabilidad!!… ¡Su entera responsabilidad! Nosotros hablamos a nombre del pueblo y exigimos el inmediato cumplimiento de nuestros reclamos!! … ¡No nos responsabilizamos de lo que después puede ocurrir si usted permanece insensible -declara terminante Atilio León Silva.

— ¡Ya les he dicho, carajo, que ningún indio…

— ¡¡Por favor, señor Prefecto!!! -interviene con energía conciliadora el Director- No perdamos la serenidad. La mejor manera de entendernos es con calma y mutuo respeto. Creo que este asunto debemos tratarlo en privado, primeramente entre nosotros, si los señores lo permiten…

El Prefecto y su asesor, el Director del Colegio, han pasado a la salita donde funciona el radio. El Director le mira a los ojos con enojo y le explica que la situación es desesperante. La bulla de afuera hace casi inaudible el diálogo. Lo mejor es renunciar, carajo, porque estos cholos son capaces de cualquier cosa; son capaces de todo, ¿No ves. Paco, cómo están allá afuera, mismos chacales sanguinarios?, carajo; si tú sigues con tus huevadas de hombrón nos vamos a ir a la misma mierda, Paco, ¿qué te pasa?, carajo. ¿Has perdido la noción de lo que está ocurriendo?.. Vamos a salvar la vida, carajo; lo demás son huevadas. Estos chuchas han matado a lo mejorcito de Lima. Acuérdate de Graña, de los Miró Quesada, carajo. Hace años mataron al “Mocho” Sánchez Cerro. No seas huevón. Más vale que digan aquí corrió que aquí murió. Déjate de cojudeces. Después podemos sacarles la madre una vez que se normalice. ¡Los mandamos a la cárcel por desacato o por lo que sea, carajo!. Paco, déjate de huevadas y firma, carajo. No te cuesta nada y si firmas la maldita renuncia estaremos a salvo. Aprovechemos que los emisarios estén aquí  y salgamos con ellos. La chusma va a respetar a su gente; rodeados de ellos nada nos pasará. Es lo único que queda por hacer. La cuita se hace trizas cuando una descomunal oleada de voces hinchan el maremagnum con una noticia que estremece a los alzados. ..¡¡¡Ha muerto, Páucar!!!…  ¡¡¡Ha muerto, Páucar!!!  Hombres y mujeres se enardecen. … Todo es rápido, eléctrico, instantáneo… ¡Ha muerto Páucar y dos más!!!… La noticia crece y se sobredimensiona….¡¡¡Hay diez muertos en el Hospital, carajo!!!. Un solo grito, monstruoso, enorme, estremecedor, comienza a rebotar en las paredes..¡¡¡A – se – si – no!!! …..¡¡¡A – se – si -no!!! ….¡¡¡¡A – se – si – no!!!!- La gente está como loca, Las piedras llueven sobre el encalaminado de la Prefectura. ¡Hay muertos en el Hospital!!!. Las miradas hierven de ira. El raciocinio ha huido de las mentes. Una avalancha de fieros complotados sacude el portalón de la Prefectura que cruje como un jadeante monstruo…

— ¡¡¡Pradell!!! – grita el Prefecto. Ha perdido la serenidad- ¡Meta bala, carajo, meta bala! – Estático el jefe de la Republicana no atina a obedecer. Le parece desproporcionada la orden. Sabe que de hacerlo, no sólo matará mucha gente sino que también él morirá… ¡Son miles que reclaman, son miles que cansados de soportar se desahogan en maldiciones, son miles…No hay tantas balas….

Un dinamitazo ha estremecido estructuras destrozando vidrios y espejos, derribando armarios y archivos, llenando de acre humareda la estancia. El Prefecto toma la radio y urge la comunicación, cuando escucha. “Informe lo que deseee, lo escuchamos, cambio”, se deshace en una verborrágica acusación, “¡La chusma está atacando  la Prefectura con granadas, disparos y dinamitazos. Informe al general Odría que aquí hay una asonada aprista y mi vida y la de mis compañeros corre peligro, cambio”. Entre agudos silbidos y gangosos ronquidos, apenas si se puede escuchar la radio como si hablaran de un planeta lejano. La gritería de las maquinitas agresivas, los mueras, son el telón de fondo perturbador. “¡El general no está, pero el director de gobierno está tomando nota de lo que informa, cambio” . Como si el receptor estuviera a millones de kilómetros, el figurín, presa de desesperación grita fuera de sí. “¡¡¡ Informo que esta mañana he sido atacado por una turba de hombres y mujeres armados. Yo me he defendido y puesto a buen recaudo a los cabecillas, cambio!!!”, miente con cinismo el lechuguino. Ya no quedan vidrios enteros en las ventanas de la Prefectura. ”¡ En cuanto llegue el Ministro –dicen del otro lado- nos comunicaremos con usted. Nosotros le llamaremos, cambio y fuera!!!”. En ese instante todo ha quedado mudo y a oscuras; por la ventana ven descender raudo por el tubo de desagüe pluvial al “chunco” Moisés Barzola Espinoza, Alejandro Casquero Caso, Cecilio Córdova Dorregaray y Roberto Carhuancho Villegas con sendos alicates en la mano. ¡¡¡Aplausos!!!. Han cortado la luz, el teléfono y la radio. Ahora han quedado completamente aislados.

La barahúnda del estremecedor rugido popular, el chasquido de las piedras estrellándose contra las ventanas, el áspero tufo de la dinamita, el nerviosismo, el cuchicheo de los sitiados, le hacen  evocar que allí, en ese mismo lugar, días pasados, había un corro festejante de connotadas barraganas del “Rancho Grande”, de maestras en procura de traslados, de empleadas en busca de ascensos que entonces desempeñaron el papel de acompañantes. Sus amigos batiendo palmas y silbidos escandalosos en las bacanales que comenzaban con los opíparos almuerzos y las amarteladas danzas con las siestas en compañía. Con la poca serenidad que puede conservar el asesor, le convence para que salga a los balcones a decirle al gentío que el problema ya se ha solucionado porque sino Paco, nuestras vidas peligran. Convencido que es el único camino que queda, piensa “Tendré que suplicar a los indios de mierda, carajo….pero, ¿Qué más puedo hacer…?”.

Cuando le abren las mamparas y sale al balcón, una vaharada de indignación le da en la cara..

— ¡¡¡Ase – si – no!!! …¡¡¡¡Ase – si – no!!!! … ¡¡¡Ase – si – no!!!.

Rostros fieros, erizados, puños en alto saturados de imprecaciones, le quita el aliento. Siente como si el aire se hubiera envenenado. Rostros desencajados de ira, cianóticos de policitemia y atezados por soles esteparios, se fijan en su cara. Con un escalofrío remeciéndole las espaldas recuerda cómo, muchas veces, días pasados, cuando el alcohol había hecho presa de su pesada humanidad, asomaba a ese mismo balcón donde ahora está parado y a plena luz del día, sacudiéndose en procaces carcajadas orinaba hacia la calle regando sus fétidos mismas sobre madres, hermanas, esposas y niños obreros que desde la madrugada apenas si podía avanzar en las enormes y reptantes colas de varias cuadras.

— ¡¡¡Fuera maldito asesino…!!!

Mujeres sufrientes de agrios semblantes de frustración, cabelleras despeinadas y ojos como ascuas, gritan.

— ¡¡¡Fuera hambreador mal nacido…!!!

Mineros de cáusticos gestos aquilinos enseñan los puños y gritan:

— ¡¡¡ Asesino, concha de tu madre…!!!

El señorito, no puede hablar, cuando lo ha intentado, un opacado gemido salió de sus labios temblorosos y un perlado sudor le cubrió la frente. Sus labios se han resecado y siente que sus pantalones se han mojado sin que pueda hacer nada por evitarlo.

— ¡¡¡ Ase – si – no!!! … ¡¡¡Ase – si – no!!! …¡¡¡ Ase – si – no!!!!

Gritan labios amoratados, conminatorios. Entre el rugido de la multitud le parece escuchar los gritos condenatorios de Paulina Ventura, la mentada de madre de la Anquicha Panduro y, a punto de desmayarse ve los ojos llorosos y suplicantes de la viejita Llulli Sacristán; le parece ver el rostro de todas las mujeres que se ganan el sustento vendiendo comida en las aceras de la Prefectura. Se ve asimismo ejerciendo sus aficiones futbolísticas haciendo volar por los aires, una tras otra, las ollas de barro con la comida cuya venta constituye su único sustento…

— ¡¡¡ A – se – si – no!!! … ¡¡¡A – se – si – no!!! … ¡¡¡ A – se –si – no!!!

Aunque parezca irreverente, la patética escena hace evocar parecido espectáculo cuando hace 1915 años un hombre fue presentado a la turba asesina. Aquella vez era un hombre justo frente a una turba desquiciada. Esta vez es un culpable frente a sus víctimas que claman justicia. Dicen que los que están en trance de agonía recuerdan nítidamente pasajes de su vida pasada y parece cierto. El canalla, sin quererlo, revive las crueles tropelías que ahora le pesan una barbaridad.

Ve con la mirada inmensa de interrogación y la sangre saliéndole a borbotones por los labios abiertos y el tabique roto del chofer Isidro Martel. Había estacionado su camión frente a la Prefectura y eso terminó por incomodar al fantoche que estrelló la cacha de su pistola en el rostro de su víctima. Ve los ojitos llorosos de un canillita que en su carrera para vender sus diarios había rozado, sin querer, el traje impecable del abusivo; un bofetón criminal lo arrojó contra la pared. Ve a aquella mujercita de la “quebrada” que apresurada corría al hospital en busca de auxilio para su niña que, cianótica hasta el extremo, se ahogaba irremisiblemente; en su desesperación no había saludado al prepotente que la humilló con un puntapié arrojándola  al medio de la calle. Ve a Gardelito, retorciéndose en la acequia aledaña a la acera, ahogándose en sus babas y mocos espumosos, con su mirada afilada, inmensa, suplicante; temblando como un monigote de cuerda ante su risa cruel, inhumana, que ahora le duele en el alma. Gardelito era un débil mental que con la mirada perdida en el vacío deambulaba sin rumbo, llevado por la alucinante brújula de su idiotez. Aquel día sin saberlo, había tenido la “osadía” de venir por la misma vereda por la que la bestia iba. Un salvaje bofetón lo arrojó a la acequia en donde fue acometido por la dramática rila de su epilepsia.

Los sitiados en silencio casi agonizante ven con impotencia  que el Prefecto salido al balcón para hablar a la multitud ha quedado mudo, estático, fijo, como pegado al suelo. Cuando trató de articular las primeras palabras, el rugido popular, machacón y belicoso, terminó por acallarlo. Es demasiado para él. Después de un buen rato que le ha parecido una eternidad lo han regresado al interior, pero ya no es el mismo. Ha visto la muerte y ha sentido el infierno erizado de agudos aguijones de insultos, imprecaciones, maldiciones que han resultado más fuertes que su orgullo. Presiente que no tiene salvación. Las palabras de consuelo, de aliento que le dicen, resbalan como lluvia sobre los capotes mineros. Ya es otro. Todo el peso de su conciencia malsana lo agobia. Un pedrón que ha entrado por la ventana haciendo añicos  la araña de la sala, lo vuelve a la realidad y nuevamente advierte la presencia de la comisión que está a la espera de su respuesta. Con el corazón galopante advierte que las paredes de la Prefectura están erizadas de escaleras traídas de la Compañía de Bomberos. Los amotinados han tomado la resolución de realizar el asalto final al fortín. En ese momento la insistencia del Director triunfa. Con voz cascada, como ajena, alcanza a musitar: “He sido traicionado por el Gobierno; no me queda sino dimitir, pero necesito que garanticen la seguridad de mis amigos”.  No obstante la grita salvaje de la multitud que está afuera, la voz de Humberto Luis se hace escuchar: “Nosotros se la garantizamos. Un carro lo está esperando a pocos metros de aquí. Lo único que queremos es que renuncie y que deje la ciudad. Eso es todo“.  El momento es dramático. Las piedras arrojadas por los manifestantes rebotan en las paredes, destrozando cuadros, lámparas y adornos. “¡¡¡Apúrese…!!! – le conminan y él coge una pequeña maleta de mano en donde acomoda sus documentos, ropa y un libro “El Esperado de las Gentes”, un reloj y dinero. “Eliseo, tú y el Subprefecto se quedan aquí resguardando el Despacho; también queda el amigo Bao Peña; yo saldré con la comisión de obreros, Echegoyen, Soberón y Villar y algunos policías. Gracias por todo”.  Se retira. Comienza descender las gradas. ¡¡¡ Ya baja…!!! – la gente se agita. ¡Ya baja el maldito!!!- los gritos arrecian. Una comunicación eléctrica agita a la multitud que trata de aglutinarse a la puerta, pero es imposible; nadie puede moverse. La masa es compacta. El bronco rugido sube de intensidad cuando el vetusto portalón de la Prefectura se abre con chirriantes gemidos…

— ¡¡¡Asesino!!!… ¡¡¡Asesino!!! … ¡¡¡Asesino!!!. Son los gritos atosigantes que recibe en pleno rostro el mandamás derrotado. Hay dificultad para salir. Es necesario el grito conminatorio de Echegoyen para que las bayonetas abran un estrecho callejón por donde debe pasar la comitiva. Tan estrecha es esta senda que se siente el aliento  caliente de los sitiadores y apenas puede dejar libre el paso de una persona a la vez. Carlos Falla López, el subprefecto, aterrado por el cariz que han tomado los acontecimientos, aprovecha la estridente agitación de la turbamulta, abandona a su suerte el Prefecto y aborda un jeep que lo conduce raudo a la vecina localidad de Junín. ¡¡¡Concha tu madre, abusivo mal nacido…!!! gritan.¡¡¡Maldito asesino!!! Abriendo paso con mucho esfuerzo va Humberto Luis tratando de apaciguar los gritos de ira fermentada,  maldiciones filosas, hirientes, pero a poco de caminar se da cuenta que es imposible. Nadie lo escucha. Nadie quiere escucharle. Ojos fieros, rostros cianóticos, aquilinos, amenazantes, se dirigen al que los ofendió, los insultó, los maltrató. Del campanario de la iglesia –lugar privilegiado- Barzola fotografía los instantes dramáticos, compulsivos, agonizantes. ¡¡¡Maldito hijo de perra!!!. gritan. ¡¡¡Concha de tu madre, asesino!!! – gritan. El avance por entre el tumulto es arduo. El sátrapa nunca pensó que este pueblo tan callado, tan sumiso, podría reaccionar así. Está anonadado. Tardíamente convencido que no puede permanecer inmune después de tanta maldad. ¡¡¡Maldito!!! … ¡¡¡Maldito!!! … ¡¡¡Maldito!!!. En la sacristía, el párroco Anatolio Trujillo Zevallos, presintiendo que la muerte ronda afuera, cae de rodillas, rendido; está orando porque la calma se produzca. El cerco se va estrechando cada vez más. ¡¡Alcahuete de los gringos…!!!…¡¡¡Asesino, maldito!!!.¡¡Inmoral de mierda!!! gritan. Aspas de puños crispados rozan el rostro del autócrata que sabe que está en el centro mismo de la muerte. Pálido, intensamente pálido y tembloroso, el abusivo avanza pesadamente como caminando hacia el patíbulo. ¡¡Hijo de perra!!!… le gritan..¡¡¡Lárgate mierda!!! sentencian. Vaharadas de aliento odioso tocan su cara, insultándolo, maldiciéndolo. Los garantes de la integridad física del torturador han ido rezagándose; por más que pugnan por avanzar, la turbamulta rencorosa no los deja seguir. Poco a poco han ido quedándose atrás. El único que avanza es la víctima. Cuando llegan a la esquina de la iglesia ya están completamente separados, distantes; incapaces de hacer nada por evitar la desgracia que se ve venir. El déspota ha quedado solo en medio de ese remolino de aniquilamiento. Su corazón está desbocado, sus labios resecos, su frente sudorosa, sus pantalones mojados, su mirada de incredulidad ya sin rescoldo de soberbia.  En ese momento le asalta la creencia de que una acción enérgica, fuera de lo común, pueda contener a la multitud; extrae su pistola de cacha de nácar de su abrigo y levantándola para ejercer una advertencia, hace un disparo al aire, pero, como si el disparo lo hubiera activado, el golpe de un fiero garrotazo hace volar el arma por los aires en tanto otro garrotazo le hunde las costillas de ese lado. En ese trágico momento todo cambia. La gente en el convencimiento de que el Prefecto quería disparar sobre la multitud grita fuera de sí…

—¡¡¡Mátalo…!!! …. ¡¡¡Mátalo!!!.

Puñetes, puntapiés, garrotazos en las canillas, en las rodillas, en las corvas le hacen trastabillar y cuando se agacha rendido por el dolor, manos mujeriles lo cogen de los cabellos y lo inclinan hacia delante. ¡¡¡Muera!!!. Un golpe brutal le destroza la boca, astillando dientes, retaceando labios. ¡¡¡ Muera el tirano, maldito!!!. ¡¡Muera el abusivo!!!. ¡¡¡Muera el hambreador!!! gritan. Horrendos zumbidos se mezclan con los alaridos de odio brutal. Puños, estacas y piedras se abaten sobre él. Un cálido líquido salado le inunda la boca. Escupe sangre. Golpes venidos de todos los lados estallan en su rostro, abriendo heridas, entintando cardenales, astillando huesos. Todo el mundo pega. Hombres y mujeres iracundos como un solo monstruo de muchas manos, golpean sin compasión al que había ofendido y maltratado al pueblo.  ¡¡¡Muera! …¡¡¡Muera. El suplicio no tiene cuándo terminar. Es un tormento que se hace inacabable por el pago de sus culpas. Su cabeza de incipiente calvicie befada por sentencia popular se encarna de sangre y golpes. Todos quieren herir, golpear, lacerar. Los garrotazos tienen sonidos sordos, como si cayeran sobre carne muerta. Hombres y mujeres, juntos, cada uno a su tiempo pugnan por dejar la marca de su odio sobre el cuerpo del tirano. A cada impacto el déspota se estremece con la mirada desesperada, con los puños crispados y ya sin aire en los pulmones, no puede ver. La sangre invade sus ojos y corre por todas partes; por sobre el traje elegante convertido en harapos, por los dedos crispados, por su cuello, por todo su rostro hinchado, descomunal, monstruoso; los estertores de su cruenta agonía están marcados por los golpes que recibe, como si estuvieran en la cacería de una rata. El suplicio es doloroso e interminable. Sus pasos confusos, sin destino, camino de cualquier parte, no tienen objeto. ¡¿A dónde huye?!… ¡¿A dónde va?! ¿Por qué tiene que seguir caminando por esa senda de muerte? Contundido hasta el extremo nota que un raro cansancio, mezcla de dolor y abatimiento, va invadiendo su cuerpo, anudando sus pasos, debilitándolos, ahogándolo de sed espantosa; el sordo rugido de la multitud se ha convertido en una aterradora letanía que va fundiéndose con el apremiante desfallecimiento de su organismo. Una sed quemante lo agobia. Ya no siente dolor. ¡Cosa rara!. Una lasitud lo conmina a abandonarse. Todos los ruidos impresionantes, poco a poco van muriendo. Ya no siente los golpes, sólo alcanza  ver con ojos que se cierran, salpicaduras de sangre, retazos de cuero cabelludo que le cuelgan, líquido tibio que le ha cubierto la vista.   Alguien enarbola una pesada viga y, con la fuerza que impulsa su odio, su fanatismo, su ira, lo estrella sobre la cabeza sangrante. El infeliz da un salto epiléptico y completamente rendido cae experimentando un raro abatimiento que le entra por las uñas, por los poros, por toda su piel; después, poco a poco, el sueño acuciante, el silencio, la nada.

Ha muerto. Ha quedado tirado, exánime; sin su pistola, sin su clavel.

Al verlo caído, unos pocos huyen consternados por lo que han hecho; los que estuvieron distantes llegan para cobrar su cuota de punición contra el tirano; entre éstos, bandera de escándalo, las polleras revueltas, Paulina Ventura Cabello, negociante de comida, conocida como la “Opa” Paula -furia sangrienta en los ojos- se abre campo entre los remisos, se planta frente al cadáver desfigurado y amorfo de sangre y le dice: “¡¡¿ Y ahora qué dices, concha de tu madre…?!…¡¿Ahora qué dices…?!. – le clava un fiero puntapié en las costillas, le escupe y le vuelve a pegar, una y otra vez ¡¡Maldito abusivo!!!- Pisotea una y otra vez las manos inertes, sanguinolentas, hinchadas como si tratara de triturarlas. Algunos presentes reparando en la exageración tratan de contenerla, pero ella, loca arrebatada, incontenible, logra zafarse y nuevamente libre patea una y otra vez los genitales del muerto…¡¡¡¿Te acuerdas que nos orinabas, hijo de puta?!!!. ¡Con esto, con esto, con esto; golpea con el pie una y otra vez los genitales. Ya nadie quiere intervenir. Ha perdido el control…¡¿ Te acuerdas lo que nos hacías, maldito?!!!…¡¿Te acuerdas?!. Es una loca vociferante que no cesa de maldecir y pegar. Ha perdido la ecuanimidad. ¡¿Te creías Dios, maldito vichicuma?! … ¡¿Te creías, Dios?! … ¡¡¡¿Por qué nos pegabas, mal nacido?!!!.  En tanto grita desaforada, sus puños crispados una y otra vez sigue pegando hasta el cansancio. Sus tacos amasan los pies del muerto. Parece que  nunca va a cansarse.¡¡¡ Maldito hijo de perra!!!… ¿Qué mierda te hacíamos nosotros para que nos pegaras, maldito???!!! Está como borracha, ajena, furiosa… Coge los vuelos de sus polleras y hace como si bailara…

Ahora te has ido a la mierda,

                                                           concha de tu madre!!

                                                           ¡¡¡Perejil was…culantro was!!!

                                                           Nadie te ha salvado,

maldito tirano

¡¡¡Perejil was… culantro was!!!

Su parodia de danza -mezcla grotesca de imprecaciones y pasos indecisos- se detiene de pronto y, como si estallara el dique que lo hubiera contenido por mucho tiempo, un llanto arrebatado, irresistible, salvaje, sacude su cuerpo. No puede más -mujer al fin- cae de rodillas, abatida. Mar de llanto. La Anquicha se le acerca y trata de contener aquella emoción desbordante.¡¡Ya, Paula, ya!!! ¡Ya, Paula!. Se arrodilla al lado de la doliente y le coge el rostro. Los hombres que están contemplando la escena se emocionan y sacando sus cascos y sombreros entonan el Himno Nacional. Sienten que se han librado de una pesadilla espantosa. ¿A qué precio?. Ha sido el zafio triunfo pírrico de una masa enceguecida de odio contra un déspota que no hizo sino sembrar furia en el pueblo. ¡¡Viva el Perú, carajo!!!… ¡¡¡Que mueran los tiranos!!

Próspero Castillejos Hidalgo, de 25 años, natural de Llata –rescoldo de lealtad más no de simpatía- sin quererlo fue separado del Prefecto por el odio vitando del pueblo. Cuando el autócrata efectuó el disparo vio cómo las aspas de un molino de odio incontenible caían sobre el condenado. Ahogando un grito de terror quiso huir aprovechando el vaivén de la turbamulta y al llegar a la esquina de la iglesia pudo zafarse, pero es esos momentos una mujer gritó: ¡¡¡Ese es su compinche!!!  y el grupo cercano a él comenzó a agredirlo. Los golpes le caían de todas partes. Un garrotazo colosal le reventó la boca desgranándole los dientes y astillándole los huesos y al momento una hemorragia incontenible comenzó a ahogarlo. Haciendo esfuerzos supremos huyó a donde pudiera guiarle sus piernas ya rendidas y, al llegar a la esquina de la plaza, tienda comercial del austriaco Nicolás Lale, giró a la izquierda seguido por la implacable pedrea de mujeres rabiosas encontrando juntadas las puertas del Hotel Bolívar y cuando iba a entrar un garrotazo en la cabeza lo arrojó al interior cuando se oía el grito de: ¡¡¡Ha muerto!!! … ¡¡¡Ha muerto!!! Cayó debajo de una mesa y perdió el conocimiento.

Calmados los gritos en derredor del cadáver del Prefecto, un grupo de exaltados atan alambres de alumbrado eléctrico al cuello del muerto y lo arrastran hasta el poste que está ubicado frente al grifo Priano. Quieren colgarlo para que “ningún hijo de perra vuelva a intentar humillarlos, carajo, nunca más”. El cuerpo inerte está a punto de ser izado hasta el tope de un poste, cuando aparece el médico de la sanidad policial, doctor Aurelio Malpartida que iracundo grita: “¡¿Qué han hecho salvajes?. … ¡¡¡¿Qué han hecho?!!! Acaban de matar al representante del Presidente de la República… ¿Y todavía quieren colgarlo?!!!…¡¡No sean bestias, compañeros, ya basta, basta!!!…¡¡¡Váyanse a sus casas!!!… ¡¡¡Ya han hecho justicia!!! La turba cede. Uno a uno se retiran del espantoso escenario. El cadáver es enviado a la morgue.

Aquella noche el Cerro de Pasco no durmió. Después que en las casas, en los clubes, en los talleres, en las galerías, en los burdeles, profazadores relatos resumían lo acontecido, casi todos los protagonistas no se explicaban cómo habían podido actuar así, tan salvajemente. No lograban entender cómo y por qué se habían dejado arrastrar por aquella turbamulta asesina en contra aquel hombre inerme. Un enorme cargo de conciencia los ahogaba. Los que por uno u otro motivo no habían estado presentes en la asonada, se resistían a creer que se hubiera podido llegar al execrable asesinato del Prefecto. Meditaban que por más que hubiera actuado tan salvajemente como lo había hecho, no justificaba su muerte. En una edición especial  EL MINERO decía en su nota editorial: ” El día de hoy nuestra ciudad ha sido teatro de hechos delictuosos motivados por la protesta de la escasez de víveres que se ha sumado al poco interés de las autoridades que son llamadas a velar por la tranquilidad de esta pacífica población. Se nos informó que el resultado de la protesta del pueblo reunido para condenar los atropellos que había recibido una señora en el momento de formar cola en la compra de azúcar, ha sido respondido con balas que hirieron a varios ciudadanos que están alojados en el Hospital Carrión; en estado grave alguno de ellos. Ante tamaño atropello nuestro diario hace sentir su enérgica protesta por estos hechos incalificables y ofrecemos que en nuestra edición de mañana daremos amplia información sobre estos graves sucesos de sangre”.  Todos presentían que la desgracia no había terminado con la muerte del Prefecto. Recién comenzaba. Intuían que algo terrible estaba por ocurrir. Esa misma noche, sigilosos recaderos iban y venían por las silentes arterias mineras. Cerca de la medianoche, en la trastienda del “Rancho Chico”, la “Machete” seria como nunca, hablaba con sus amigos.

— Los he reunido porque presiento que algo muy grave va a ocurrir. No hay tiempo para comentarios. Sólo les diré que lo que han hecho esta tarde, es una cruel bestialidad. Nunca pensé que los cerreños eran unos asesinos de mierda. La cosa no va a quedar allí. No, señor. Omara – que está completamente deshecha- me asegura que el Prefecto tenía una larga lista de apristas que según él son los complotadores de la ciudad. Estos nombres ya están en el Ministerio de Gobierno. Después del crimen de esta tarde, tengan la seguridad de que éstos serán los primeros en caer. En cualquier momentos ya van a estar aquí –Ojos interrogantes se clavan en el rostro sin afeites de la Mami. ¡¿Quiénes son?!. La Machete responde, están todos los dirigentes del Partido Aprista y los del Sindicato de Obreros. Yo les recomiendo que desaparezcan porque si los agarran los van hacer ver al diablo calato. Ustedes no saben lo que son capaces de hacer estos grandísimos. Huyan, pónganse a salvo. Yo como amiga de ustedes he cumplido. Todo está en las manos de cada uno. No sean huevones, desaparezcan!!!.

(Fin ……)

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