El trágico final de un sátrapa (Cuarta parte)

la muerte de un satrapa 4Aquel martes 17 de febrero de 1948, cuando las madrugadoras colas reptaban ateridas para lograr su diaria ración de pan, en un temporal de truenos inclementes que rasgaban los cielos arribó una caravana de jeeps y camiones repleta de soldados. Tras varias vueltas por céntricas calles con fin intimidatorio fue a instalarse en la Plaza Mayor. En ese momento, un presagio de muerte se apoderó de cariacontecidos hombres y mujeres. Las viejas se santiguaron, agoreras. Tenían razón. A partir de entonces el terror se acantonaba en casas, talleres y oficinas de la ciudad minera.

Los corros lenguaraces, afligidos y gesticulantes, reconstruían la tragedia del día anterior. El pueblo en una negra asonada había dado muerte a la odiada autoridad que con altanería insufrible y maltrato cruel había alimentado un odio cada vez más creciente. Los  chismosos señalaban al detalle actitudes y nombres de protagonistas que los soplones apuntaban para la correspondiente delación.

En “Radio Azul”, Humberto Maldonado Balvín leía el Decreto Supremo firmado por el Presidente Bustamante y su Ministro de Gobierno y Policía,  Manuel Odría, suspendiendo las garantías en la Provincia de Pasco y nombrando como Jefe Político – Militar al coronel Emilio Pereyra, “con facultades que para el caso otorga el Código de Justicia Militar y el Reglamento de Guarnición”.

A la puerta del Hospital Carrión, un gentío acuciante se extendía por toda la calle del Estanco indagando por familiares y amigos internados. En el pizarrín, escueta y terminante, se publicaba la lista.

Muertos.- Señor, Francisco Tovar Belmont, Prefecto del Departamento de Pasco (50) natural de Lima. Fracturas múltiples, heridas y escoriaciones en todo el cuerpo, principalmente en la cabeza.

Filomeno Paucar Aire.- Obrero de 23 años, natural de Yurajhuanca, muerto por tres balazos que le destrozaron los intestinos.

Heridos.- Genaro Arteaga, de 16 años,  natural de Yarushacán; herida de bala en el brazo derecho; Fructuoso Herrera Aliaga, (21), Cerro de Pasco, fractura en la pierna izquierda por impacto de bala; Máximo Clemente, (20) Margos, escoriaciones en el brazo derecho; Sabina Alvarado (16), Cerro de Pasco, herida de 4. ctms. en el parietal derecho; Celino Rodríguez (45) Huallanca, herida de bala en la rodilla izquierda; Raúl Celli (22) Piura, herida profunda en la ceja derecha; Sergio Villanueva (21) Huancayo, herida abierta en parietal derecho;  Roberto Sánchez, (21) Cerro de Pasco, herido de bala en brazos y piernas; Alejandro Flores, (23) Cerro de Pasco, herido de bala en ambas nalgas; Fabián Obregón (23) herido de bala en el omóplato derecho; Ronaldo Limpián, guardia republicano, (27) Lima, contusiones diversas; Pompeyo Ponce (16) Cerro de Pasco, bala en ambas piernas, hospitalizado en el Hospital Americano. La atención en el Hospital Carrión está a cargo de los doctores Hipólito Verástegui Cornejo y Aurelio Malpartida.

A medio día irrumpieron en la Plaza Chaupimarca, camiones repletos de soldados armados al mando del Jefe de la tercera Región de Policía, comandante José Monzón Linares. El noticiero de “Radio Azul”, por parlantes ubicados en la glorieta Escardó, balcones y ventanas, en cadena con “Radio Rancas” es escuchado con pavor por las colas que festonan la plaza principal y otras de la ciudad. Informaban que también han arribado tropas del 39º de Infantería del Ejército al mando del teniente Mariano Olivera Puga y un Batallón de la Guardia Republicana que fueron alojadas en la Beneficencia Española y en el local de la Prefectura, respectivamente. De Huancayo y Oroya estaba por llegar otro contingente de soldados. Nunca se había escuchado con tanta atención la serie de revelaciones que alarmaba a toda la ciudad minera. El locutor de “Radio Azul” puntualizaba también: “Los heridos fructuoso Herrera y Genaro Arteaga que se medicinan en el Hospital Carrión, continúan en período de franca mejoría. Los heridos Pompeyo Ponce y Ernesto Porras que han sido asistidos en el Hospital Americano de la Esperanza, fueron dados de alta por encontrarse bastante aliviados. El resto de heridos continúan recibiendo adecuada atención en los nosocomios donde se atienden. A las ocho de la noche del día de ayer, en carro expreso, fueron trasladados a Lima el capitán Echegoyen y el Secretario de la Prefectura, señor Próspero Castillejos para ser internados en una clínica particular de Lima”.

Se informaba que luego de la necropsia del cadáver del Prefecto a cargo de los doctores Hipólito Verástegui Cornejo, Aurelio Malpartida y el capitán de Sanidad Policial, Armando Gutiérrez, con la asistencia del Juez Instructor, Amadeo Vidal Tello y del Agente Fiscal Oscar Lavado, determinaron que las heridas en la cabeza y diversas partes del cuerpo, eran de necesidad mortal. Luego embalsamaron el cuerpo para ser  trasladado en tren expreso a Lima. Terminó el acto a las doce de la noche. Para la autopsia de Filomeno Páucar, realizado a la una de la tarde del día siguiente, intervinieron también, el señor Ramiro Ráez Cisneros y el perito en balística, teniente del Ejército, Narciso Velásquez. Finalizado el acto fue transportado por cuatro soldados armados  al cementerio general. El único acompañamiento que tuvo esta humilde víctima de la balacera,  fue el de su acongojada madre, la anciana Nemesia Aire.

El miércoles 18 de febrero, Carlos Falla López el subprefecto que había abandonado a su superior en el momento más dramático de la asonada, retornaba a la ciudad en calidad de Prefecto para ejercer los actos más reprobables de venganza. Entretanto habían llegado a la ciudad, invitados por la Dirección de Publicidad del Ministerio de Gobierno y Policía, los periodistas siguientes: Eduardo Jibaja, de la “Tribuna”; Carlos Stagnaro, de “El Comercio”; Carlos Rojas, de “La Prensa”; Román Hernández, de  “La Crónica”; Genaro Carnero Checa, de “1948” ; Manuel Alarcón, de “Jornada”; Federico More de “Cascabel”.

Enterados qu dos periodistas de LA TRIBUNA  de Lima se encontraban cubriendo la información del funeral de Filomeno Páucar, tras arrebatarles dos rollos de película, fueron recluidos en prisión inmunda y fría, sin ningún tipo de abrigo o comodidad. Allí, sin ningún abrigo, alimento, ni bebidas calientes,  tuvo confinados a Eduardo Jibaja, redactor, Guillermo Gutiérrez, fotógrafo y Juan Durand, corresponsal y representante cerreño del diario. Cercana la medianoche, debido al frío reinante, Jibaja sufrió un brusco descenso de  presión sanguínea con una marcada hipotermia que hacía peligrar su vida.  Sólo el auxilio de un guardia caritativo que le alcanzó un termo con agua caliente, hizo superar el trance fatídico. A las cinco y media de la mañana, tras haber soportado por largas horas el incómodo encierro, los enviaron a la estación del ferrocarril escoltado por ocho policías. Ahí fueron embarcados rumbo a Lima. Juan Durand, el corresponsal, siguió prisionero. Carlos Falla López, para aparentar normalidad ante propios y extraños, dispuso que se venda ½ kilo de azúcar por persona y no los 100 gramos que había limitado hasta antes de la tragedia. Para desprestigiar cívicamente al pueblo cerreño urdió una farsa en la que participaron muchos traidores y fue publicada como verdad en todos los diarios de la capital, especialmente en EL COMERCIO, con fotografías y todo. El escudo nacional que estaba colocado, intacto y sin mácula alguna en el frontis de la Prefectura hasta el día 17, apareció magullado y completamente maltratado arguyendo que había sido arrastrado y pisoteado por la muchedumbre. “La incontenible chusma india que merece el más severo de los castigos, pisoteó el escudo nacional de la Prefectura y arrastró por plazas y calles junto con el cadáver del ejemplar servidor de la patria” mentía EL COMERCIO. Los periódicos gobiernistas decían que éramos apátridas porque no  habíamos respetado el símbolo patrio ni teníamos dignidad. “Un pueblo de esa calaña, donde la canalla, ciega e irrespetuosa, desconoce la majestad de los símbolos patrios y el valor de la vida humana, debe ser castigado con todo el peso que la ley de los hombres civilizados ha implantado. !Los criminales no tienen perdón!”

Después de malintencionada campaña difamatoria que duró tres meses, en marco de fanfarrias e himnos, se colocó otro escudo en el frontis de la Prefectura, “reemplazando al vejado por la chusma ignorante”.

El coronel Pereyra comenzaba la investigación y garantizaba el normal desarrollo de las actividades laborales y comerciales en la localidad.  Eso sí –advertía- será duro e inflexible en las pesquisas para dar con los asesinos. Que actuaría sin miramientos; caiga quien caiga. Al promediarse la tarde, hizo publicar en EL MINERO y las radios, el Bando que decretaba el Estado de sitio en la ciudad. Nadie podía asomar a la calle a partir de las ocho de la noche.

Después de instalarse el Comando, comienza a ejercer cruel venganza contra el pueblo. Como primera medida, ordenó que los “Informantes” –abyectos soplones que siempre hay en buen número en la ciudad minera- delataran nombres, direcciones y demás señales de los que habían estado en la asonada. De inmediato se efectuó una redada. El primero en caer fue Jorge Barzola. En su poder tenía las fotografías impresas por su cámara el día anterior. Ampliadas a tamaños gigantescos con una celeridad extraordinaria, pusieron en evidencia a hombres y mujeres cuyos nombres fueron revelados por los soplones.

A partir de entonces la caza se hizo espectacularmente salvaje.

A las once de la noche, detuvieron a Pablo Estares, Secretario de Actas y Archivos del Sindicato de Trabajadores Mineros. El reporte informaba que había estado trabajando durante la asonada, pero no les importó a sus persecutores. Querían tener en sus manos el Libro de Actas y demás documentos, enviados o recibidos por aquellos días. Estaban seguros que descubrirían la estudiada planificación del movimiento del lunes. Lo engrillaron y a culatazos lo arrastraron hasta la comisaría de la calle Parra que, poco a poco, se fue llenando de sospechosos.

Mucho cuidado pusieron para apresar a Genaro Echevarría. Según la culpabilidad urdida por su contingente de delatores, éste era el hombre que había colocado un cable eléctrico en el cuello del cadáver del Prefecto para izarlo a un poste. No pudieron echarse atrás cuando lo encontraron tirado sobre un jergón. Era un anciano semi paralítico que con gran trabajo lograba moverse.

Por otra parte, grupos de guardias armados hasta los dientes, guiados por los delatores, se dedicaron a capturar a hombres y mujeres. La amenaza zafia rompió la quietud de aquella primera noche de terror seguida de ladridos hasta alcanzar una inacabable broncofonía. Rostros sorprendidos, asombrados, terriblemente indignados, enmarcaban las ventanas vecinas tras los vidrios estremecidos. Cumplido el plazo, un coro de sincopadas voces aguardentosas gritaba: ¡A la una! … ¡A las dos y !a las tres!. Y el estallido de la puerta haciéndose trizas, cedía a la acometida del ariete brutal de la represión sanguinaria. Un ramalazo de aire helado entraba antecediendo  la figura del jefe esbirro que, sin ninguna contemplación a los gritos de terror de los niños y las protestas de la madre, ordenaba la requisa de todos los elementos que pudieran incriminar a la víctima. Libros, fotografías, periódicos, cajas, revistas. Pero más que eso, los canallas se apoderaban de relojes, dinero, adornos que jamás volverían a ver sus dueños. “Sembraban” en cambio comprometedores panfletos apristas escogidos ex profeso, cartuchos de dinamita, mechas, guías, fulminantes…

— Como el asesino no está, su mujer nos acompañará hasta que aparezca el matón aprista. Llévensela.- Y la señora de Humberto Luis, salió arropando a su niña, muy pequeña todavía.

Así detuvieron también a la esposa de Patricio Chahua Osorio. Tras romper la puerta, se la llevaron sin contemplaciones.

La misma noche, en otro barrio, otro piquete de matones armados levantaba el clamoreo incansable de los perros del pueblo.

— ¡Que salga ahora mismo ese Francisco Alvarado Quispe, alias “El Panchito”!… ¡Tiene un minuto para hacerlo!.- Gritó el jefe de los canallas.

Dentro de la casa, cubriéndose con sus cobijas, la solitaria anciana, Elisa Quispe de Alvarado, madre del requerido, no sabe qué decir. Su hijo no está. Esquivando la cruenta persecución se ha hecho humo. Cuando la puerta estalló con la reventazón de fragmentos, los soldados se vieron frente a una aterrada anciana que no alcanzaba a articular palabra. Fueron a un estante y buscaron afanosamente. Un grito de triunfo salió de la boca del jefe de la requisa. En su mano tenía una fotografía en el que se veía al perseguido rodeado de los dos más altos jerarcas del APRA, Víctor Raúl Haya de la Torre y el “Cachorro” Manuel Seoane.

— ¡Ah! –exclamó- ¡Se trata de un pájaro de alto vuelo!. ¡Tenemos que agarrarlo!. ¡Apresen a la vieja y llévensela… ya el tal “Panchito” aparecerá para quedarse en su lugar…!Vámonos!.

Entre los más “sanguinarios criminales” –como aseguraban los acusadores- estaba Luis Llanos de la Matta, alumno del Colegio Carrión. Según los inventores de cargos, éste había sido el que propinara el golpe final con un garrote que todos le habían visto tener en la calle Huánuco. Todos los falsos testigos, presionados por el chantaje y la amenaza, repetían haberlo visto cubierto con un capote verde de minero y golpear al Prefecto con un garrote. Su inquietud de joven bullicioso y activo sirvió para que el cargo le inventaran  con el fin de perjudicarle, no sólo a él, sino también al profesor Julio Mendoza Bravo.

Con cuidado extraordinario, han adecuado un cubil de 3×3 metros a donde han llevado, poleas, varas de goma, sogas y alicates. Es la mazmorra de torturas con el que ejercerán venganza. Allí llevaron a sus primeras víctimas. Por turno fueron torturados, Luis Llanos de la Matta, Humberto Luis, Patricio Chahua y Bernabé Miraval. El equipo de torturadores lo conformaban Falla López, el investigador Soverón, el policía David Machuca y un equipo de fornidos guardias civiles. Sólo a las seis de la mañana, completamente agotados y cubiertos de sangre de sus víctimas, terminaron la terrible faena. En ese momento, había 35 prisioneros –hombres y mujeres- en una habitación de 4×7 metros

01.- Humberto Luis Solís.                                    19.- Vicente Villarán Quinto.

02.- Patricio Chahua Osorio.                   20.- Bernabé Miraval Quintana.

03.- Luis Llanos de la Matta.                   21.- Lorenzo Ramos Valdizán

05.- Celestino Travezaño.                         22.- Encarnación Rodríguez.

06.- Mercedes Agüero Rojas.                   23.- Daniel Luna.

07.- Atilio León Silva.                               24.- Pablo Nestares.

08.- Julio Vera Martínez.                         25.- Cecilio Córdova.

09.- Edilberto Portillo Cáceres.               26.- José Barreto.

10.- Víctor Sánchez Ramos.                                 27.- Hilario Quinto.

11.- Pedro Arce Fernández.                                  28.- María Arce Fernández.

12.- Rigoberto Tufino Cárdenas.             29.- Rebeca Benavides Tacuchi.

13.- Genaro Echevarría Lovatón.                        30.- Eugenia Fernández de Arce.

14.- Luis Germán del Mazo Dávila.        31.-Luzmila Cajahuanca de Quinto.

15.- Manuel Rodríguez Portillo.              32.- Moisés Barzola Espinoza.

16.- Juan M. Durand.                                33.- Alejandro Casquero Caso.

17.- Emilio Sarmiento Llanos.                 34.- Roberto Carhuancho Villegas.

18.- Paulina Venturo Cabello                  35.- Elisa Quispe de Alvarado.

Transcurridos sesenta días, hacinados en una cárcel inhumana, viendo pasar las horas y los días sin ser juzgados por tribunal alguno, presentaron ante el tribunal Correccional de Huánuco y Pasco un recurso de Hábeas Corpus con el objeto de definir su situación jurídica.

Atendiendo el pedido, el 7 de abril,  se nombra Juez Ad hoc al doctor Juvenal Benites que se aboca al conocimiento de la causa seguida a los presuntos autores que en número de 41 han sido puestos a  disposición del Juzgado Especial para el que ha sido nombrado por la Corte Superior de Huánuco y Pasco. Para su defensa fueron nombrados los abogados Vicente Arteta, Edmundo Cárdenas, Arturo Roseca y Manuel Shiraishi, los que se distribuyeron en cuatro grupos de once cada uno para la instructiva correspondiente. El día 18 de abril se dio principio a la instructiva con las declaraciones del encausado Patricio Chagua, en presencia del Agente Fiscal de la Provincia Dr. Oscar Lavado y asistido por su defensor Vicente Arteta. Actuaba el escribano Navarro, designado para el caso y para todo lo relacionado con este juicio.

Perseguidos por delación, muchos hombres y mujeres decidieron dejar la ciudad,  huyendo de los esbirros.

En sesión del lunes 28 de junio de 1948, el Comité de Defensa Pro Detenidos, Presidido por Ceferino G. Hernández, y la secretaría de Teófilo Vivar Valle, acuerda dirigirse a los ciudadanos, invocando sus sentimientos humanitarios y generosos, solicitando un óbolo para incrementar los fondos de defensa jurídica de los detenidos. Las erogaciones se recibieron  en la calle Lima 400, casa de la Tesorera doña Teresa de la Mata de Agüero.

La instrucción fue elevada al Tribunal Correccional de Huánuco en donde  no pudo efectuar la audiencia por estrechez del local, el crecido número de acusados que superaban el medio ciento y la falta suficiente de letrados para el acto oral. En vista de estas insalvables dificultades, la Corte Suprema  transfirió la jurisdicción a Lima, para verse el caso en el Primer Tribunal Correccional.

Todavía el martes 14 de octubre de 1950, después de nueve meses de acaecida la asonada, por orden del Ministro de Justicia Alberto Freundt Rossell, se apersonan en la Cárcel Pública del Cerro de Pasco, el Prefecto de Departamento, Joaquín Lanfranco, el capitán comisario, José Bandini y el alférez Osorio Dávila, llegado de Lima para comunicar a los 29 detenidos que viajarían a Lima bajo sus órdenes y les concedía tres días para preparar ropas, prendas necesarias y despedirse de familiares y amigos.

Cumplido el plazo, se los embarcó en las bodegas, resguardados por ametralladoras. Temerosos de que en las estaciones que tocaran el pueblo pudiera realizar alguna acción a favor de los presos, se les ordenó permanecer en completo silencio. Cuando se rastrillaban las ametralladoras, los presos sabían que estaban entrando en una estación de la ruta.

En aquel tiempo, el esbirro mayor del régimen, era Alejandro Esparza Zañartu, un desalmado sanguinario del que alguien que lo conoció, dijo: “Era el hombre más odiado del régimen, el hombre que era el centro de la fuerza, porque él consiguió establecer un sistema de delaciones e informantes que permitió a la dictadura durar ocho años. Sin él, probablemente no hubiera durado tanto. A mí me impresionó mucho cuando lo vi. (…) él no era un político, era un hombre que estaba dedicado más bien a negocios, y que la casualidad lo llevó a ocupar ese cargo. Y allí encontró una especie de genialidad, descubrió una vocación y un talento profundos. Se encontró con su destino, como diría Borges; es una situación que a Borges lo apasiona mucho siempre en sus cuentos. Pues también este personaje, el día que se encontró con ese cargo, convirtió el puesto, que hasta entonces era muy anodino, muy pequeño, en la columna vertebral de la dictadura. Los cerreños no olvidaremos nunca el odio que nos tuvo, Aconsejado por este despreciable personaje, por expresa orden del tirano Odría, clausuraron las radios “Rancas” y “Azul”; puentes expeditivos y rápidos que servían para mantener comunicada a la ciudad minera con el resto del Perú. Ambas habían cumplido –especialmente la segunda- un dinámico y valioso papel de información con motivo del luctuoso terremoto de  diciembre de 1947. Cerraron definitivamente EL  MINERO, diario decano del centro del Perú que, desde diciembre de 1896, informaba cotidianamente de los acontecimientos citadinos.

Conocidas familias cerreñas, atosigadas por la maldad y el abuso imperantes, abandonaron la ciudad para no volver más. Por la agresiva estupidez de un tirano –que de muerto seguía imperando- el Cerro de Pasco quedó en tinieblas por muchos años. Hasta ahora.

(Fin…….)

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