Teófilo Rímac Capcha (Su martirio y desaparición) (Primera parte)

Teofilo RimacEn la década de los ochenta, el país estaba convulsionado. La corrupción e intranquilidad social reinaban; la economía estaba  diezmada por la más grave inflación de nuestra historia y, la moral ciudadana, por los suelos. Se daban todas las condiciones para el estallido de una sangrienta guerra civil. En ese caótico momento surge el movimiento guerrillero maoísta, Sendero Luminoso. Un movimiento reformista radical que pretendía crear un nuevo orden social a través de la lucha armada en contra del Estado. Su avance fue de tal magnitud que para el fin de la década ya era considerado el movimiento insurgente más poderoso de Sudamérica. Poseía una fuerza estimada en diez mil integrantes que controlaban grandes zonas del campo y conjuntamente con sus células urbanas, actuaban con extrema violencia. En ese lapso sangriento, más de treinta mil peruanos murieron en el conflicto. La célula de aniquilamiento del Cerro de Pasco había cometido muchos asesinatos como el del Alcalde del Cerro de Pasco, Víctor Arias Vicuña y del Alcalde de Yanacancha, Luis Aguilar Cajahuamán, entre otros. Esto indicaba la virulencia de sus acciones. Por esta razón el Gobierno volvió los ojos a la ciudad minera y comenzó a evaluar a los sospechosos.

El servicio de inteligencia del ejército en connivencia con la soplonería local, siempre aviesa y activa, catalogaban a Teófilo Rímac Capcha, como un sujeto de extrema peligrosidad.  Sospechaban que era miembro activo de Sendero Luminoso. Nacido el 15 de setiembre de 1945, estaba casada con la profesora Doris Caqui Calixto con la que tenía a sus hijos Iván, Carla y Tania, a la espera de un cuarto. Trabajando en la Compañía Minera Milpo, había llegado a ser el primer Secretario General del Sindicato de Trabajadores Mineros y Metalúrgicos; en ese cargo fue Fundador de la Federación Minera del Perú. Posteriormente, como  alumno de la Universidad Daniel Alcides Carrión, recibió su título profesional con el que ejerció la docencia de Filosofía y Ciencias Sociales. Por su dinamismo fue nombrado Secretario General del Comité Departamental del Frente Obrero, Campesino, Estudiantil y Popular (FOCEP). Hombre de gran carisma y rectitud, respetado por los campesinos pasqueños, funda la Federación Departamental de Comunidades Campesinas de Pasco –poderoso organismo comunal del Perú- con la que dirigió la recuperación de tierras comunales que se hallaban en manos de algunos latifundistas. Todos estos actos –lo decían las encuestas- le habían granjeado el respeto de obreros y campesinos pasqueños. Era muy querido por todos. Estos trabajos los había realizado en su condición de  integrante de Izquierda Unida,  engendrando la ira de los represores.

Por aquellos días, una ola de movilizaciones populares, reclamos y protestas, se había desencadenado en todo el territorio pasqueño. Uno tras otro los atentados se sucedían contra  diversas instituciones estatales y privadas  que hicieron sospechar de su intervención habida cuenta de su liderazgo indiscutible, dinámico y valiente.

Así estaban las cosas, cuando a las once y treinta de la noche del 16 de junio de 1986, una emboscada a un convoy militar que se dirigía al cuartel militar de Carmen Chico, hizo volar el camión en el que murieron instantáneamente tres miembros del ejército y un civil. Tres militares más quedaron gravemente heridos. El atentado había sido muy bien planificado y acertadamente ejecutado.

Aquella noche el ejército realizó una redada general en la ciudad y lugares aledaños a Pucayacu, cayendo muchos “sospechosos”, especialmente dirigentes sindicales, universitarios y políticos de izquierda. Después de la respectiva calificación, con el auxilio de especialistas llegados de la capital, trazaron un plan de rastrillaje y detención de otros “sospechosos”.

A la una de la mañana del 23 de junio de 1986, se desplazaron varias tanquetas por la zona de San Juan Pampa. Una de ellas llegó hasta la avenida Bolívar 69 –A-, domicilio de Teófilo Rímac Capcha. Descendió un contingente de soldados cubiertos con pasamontañas y  armados con metralletas. Otras tanquetas cercaron ésta y otras calles aledañas.  Un ambiente de tragedia reinaba en el ambiente estremecido de frío.

Cuando la puerta convertida en astillas voló por los aires, se originó una loca sinfonía de ladridos y ojos expectantes asomaron por las ventanas vecinas. Los soldados con prontitud asombrosa ya estaban dentro de la casa. El obrero sorprendido no supo qué hacer cuando dos fornidos invasores lo levantaron de los pelos y lo arrastraron hasta el centro de la sala donde lo arrojaron; cuando su esposa comenzó a protestar presagiando lo peor, un terrible bofetón le partió la boca, convirtiéndola en un surtidor de sangre. Pegados a la pared, mudos de asombro y casi desnudos, se mantuvieron en silencio sus tres hijos.

—- ¡Habla, concha de tu madre!… ¡¿Quiénes más lo hicieron?! – gritó el jefe de los esbirros, aplicándole un puntapié en las corvas que lo hizo caer nuevamente. ¡Habla, enano de mierda, habla!- y siguió descargando fuertes golpes en la cabeza con su FAL.

—- No sé nada de lo que me hablan – alcanzó a decir Teófilo.

—- ¡¿No sabes nada, no huevón?! … ¡Asesino de mierda! … ¡Ahora te has jodido conmigo!. Siguió pegando puñetes y patadas. El obrero haciendo acopio de todas sus fuerzas fue a un estante y sacó unos papeles que entregó al matón.

—- ¡¿Qué mierda es esto?!.

—- Son las garantías que me diera el Ministerio del Interior por las sucesivas amenazas que me hacían llegar…..

—- ¡…¿…Y?! …. ¿Qué quieres que haga con estas cojudeces?…

—- ¡Léalos, señor….!

—- ¡Me limpio el culo con éste y todos los putos papeles que tengas, carajo! … ¡Canta no más tranquilo, carajo!.

—- No sé de qué me hablan, señor….

—- ¡¿No sabes nada, concha tu madre?! … ¡¿No sabes nada de la explosión que mató a varios soldados, ah, ah?!… ¡Huevón! Una serie de golpes en las costillas y las canillas le hicieron caer nuevamente -¡Yo te voy a refrescar la memoria, maldito, asesino!- Y siguió pegando con la culata en la cabeza del obrero. Una fuente de sangre incontenible comenzó a inundar su cara en tanto los golpes en las piernas no cesaban. Ya no era uno sino varios los que pegaban.

Al ver la carnicería, la señora Caqui, acopiando fuerzas quiso defender a su marido, fue entonces que el esbirro advirtió que estaba embarazada y, cogiéndola de los pelos, la tiró sobre el piso.

—– ¡Tú, cállate  india de mierda….! ¡Tú eres su cómplice! ¡Si no te saco la mierda, es porque estás preñada!  A los niños que saltaron en defensa de su madre también le pegaron y lo tiraron sobre el suelo para inmovilizarlos.

Uno de los sayones cambió palabras con otro de sus compañeros y al momento sacaron a patadas a Teófilo para subirlo a la tanqueta con destino a Carmen Chico.

A esa misma hora, en otras casas cerreñas, siguiendo el mismo procedimiento también habían detenido a Juan Santiago Atencio, Secretario General del Sindicato de Obreros de Centromín Perú; Edgardo Alarcón León, dirigente del Frente Único de Comensales de la Universidad Nacional Daniel A. Carrión y a Marcial Torres, Vice – Presidente del mismo organismo; Saturnino Rojas Rímac y otros dirigentes sindicales y estudiantiles. A todos los llevaron al cuartel de Carmen Chico.

A lo largo de la década del 70, Sendero Luminoso había sufrido una serie de derrotas políticas que lo llevó a un creciente endurecimiento ideológico porque su apoyo de la masa iba erosionándose ineluctablemente. Lo primero que sus líderes habían notado era la pérdida de consenso y capacidad de movilización del Frente de Defensa del Pueblo, que Sendero Luminoso controlaba; sólo mantenía cierta presencia en algunos barrios. Su derrota en el movimiento campesino se produjo cuando fracasó el Congreso que convocara en 1975. Había perdido la totalidad de su trabajo campesino que se quedó con Saturnino Paredes. Cuando estaba perdiendo el control sobre la Universidad San Cristóbal de Huamanga, decide sacar a sus cuadros de la Universidad para enviarlos al campo, a realizar los preparativos para la lucha popular. Es en ese momento que, como objetivo explícito, decide organizarse como un partido de cuadros y así desarrollar acciones terroristas en el territorio nacional. Por esta razón, los represores estaban seguros que Sendero había llevado a Teófilo a sus filas y que el hilo para desmadejar el ovillo era él.

Cuando lo arrojaron sangrante sobre un piso de cemento del cuartel, vio a otros prisioneros traídos antes que él. Al tratar de incorporarse, sus piernas ya no le obedecieron; estaban agarrotadas. Los golpes propinados al tomarlo prisionero y la posición incómoda en la tanqueta, habían entumecido sus músculos. Lo arrastraron a un rincón y lo tiraron de espaldas contra la pared; recién entonces pudo estirar sus piernas amoratadas. Pidió un poco de agua por la sed que lo abrasaba; le informaron que no la tenían fresca; la única que existía era la depositada en unos toneles a los que podían llegarse estirando las manos. Si lo conseguían, el líquido tenía un extraño sabor metálico picante; por más sed que tuvieran, no podían hacer pasar ese mejunje ácido.

Una modorra acuciante se había apoderado de él y, recostado a la pared, se abandonó a un sueño intranquilo, cargado de pesadillas.

Un patadón salvaje lo despertó y vio frente a él al lunático justiciador, impávido, fiero, con los ojos como ascuas. Se había despojado de la cotona quedando en camiseta negra con letras verdes. La brevedad de la ropa dejaba ver una musculatura muy desarrollada en su torso poderoso. En uno de los brazos se veía un tatuaje borroso. En las manos llevaba una enorme vara de goma negra que, manteniéndola en la derecha, golpeaba la izquierda con golpes isócronos.

—- ¡Todos ustedes, bastardos de mierda, están aquí por terroristas! Evítennos perder el tiempo y canten la verdad. Digan que son los autores de la emboscada de Pucayacu y sin que les toquemos un sólo pelo pasarán al juez donde serán juzgados con benevolencia. Si no firman el documento aceptando su culpa, yo mismo les sacaré la verdad aunque tenga que despellejarlos. Así que ustedes deciden. ¡¿Qué dicen?! … ¡¿Firman, o no?!

Rostros hinchados, con sangre apelmazada en los cabellos, ojos casi cerrados por los golpes, se miraron unos a otros sin decir nada. El silencio cargado de expectación duró cinco minutos, al final de los cuales, volvió a presionar el sicópata.

—- ¡Bueno, mal nacidos, ustedes lo han querido! Capitán, ¡Proceda a sacarles la mierda a estos hijos de puta!. … ¡Comenzaremos con el “Chato” que es el más mentado de todos!. – Separaron del grupo a Teófilo. Él sería el primero.

Entraron varios soldados llevando sogas con la que ataron fuertemente las manos del reo por detrás y, tras pasar el extremo por una rondana especialmente colocada en una columna alta, comenzaron a tirar con todas sus fuerzas. La tensión de la soga le produjo la impresión de que le estaban arrancando los brazos desde los hombros y un quejido sobre humano se escuchó en la estancia. El jefe de los verdugos, sin hacer caso de los gritos, alentaba a los hombres para que siguieran tirando hasta que lo pusieran en vilo, colgando de la soga. El dolor fue sobrehumano y no pudo soportar. Quedó colgado, sin conocimiento, con los huesos descoyuntados. Entonces, para revivirlo, le aplicaron fuertes golpes a las espaldas con la vara de goma a la vez que le arrojaban cargados baldes de agua.

—– ¡Que quede ahí el hijo de puta para que él y sus cómplices mediten!- dijo el demente jefe de los masacradores y lo dejó colgado como una res, presa de un dolor indescriptible.

Pasaron cuatro horas inacabables, punzantes tremendas, para que el maldito volviera.

—— ¡Basura, te animas a hablar o no? … ¡!!¿Ahhhh…..?!. No contestó nada. Sólo el silencio. Teófilo estaba más muerto que vivo. ¡Suéltenlo!.

Los soldados desataron de golpe la soga y, como un fardo, sordo y pesado, cayó el cuerpo. Era presa de un dolor indescriptible. Le desataron las manos entumecidas y se fueron. No podía sentir la vida de sus miembros. Estaban contraídos, insensibles, muertos. Quedó con la cara sangrante sobre el cemento, incapaz de realizar movimiento alguno. Poco a poco, tras largo tiempo que no habría sabido precisar, fue recobrando el movimiento y recién entonces, puso arrastrarse hasta la pared. Sus compañeros. Igualmente maltratados dormían. Ya la oscuridad era manifiesta.

Al comienzo el dolor intenso no lo dejaba dormir, después, poco a poco, fue conciliando el sueño en el que pronto se vio en una estepa fría de un helor espantoso. Él estaba desnudo y sus carnes tiritaban. Una cárcel, como de vidrio, lo separaba de su esposa e hijos que quedaban fuera. A Doris, su mujer, que estaba anegada en llanto, no la podía escuchar. Veía los esfuerzos que hacía, pero no podía entenderla. Sus brazos extendidos chocaban contra el muro vidrioso que se comía todos los sonidos. Infructuosamente él trataba de consolar a Tania, Carla e Iván, pero, por más que gritaba su voz no les llegaba a ellos. A medida que se esforzaba por encontrar un entendimiento con los seres que más amaba en el mundo, sus empeños resultaban vanos. Veía, impotente, que poco a poco iban alejándose, y un frío penetrante le calaba los huesos. No supo cuánto tiempo había estado en ese infructuoso empeño. Cuando despertó, su cuerpo entumido de frío, siguió doliéndole terriblemente. Agarrotado sintió que las horas se habían detenido. Le parecía una eternidad de dolor y cansancio. Después de varias horas, como un milagro escuchó el trino de los pajarillos. Quedó sin sentido, desmayado.

(Continúa…)

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