Teófilo Rímac Capcha (Segunda parte)

Teolfilo Rimac 2La madrugada siguiente, brumosa todavía, oyó el clarín de diana del cuartel. Su cuerpo estaba deshecho, sus brazos, a partir de sus hombros, le dolían de una manera espantosa. El frío hacia tiritar su cuerpo completamente aterido y una sed horripilante le había secado por completo la boca hinchada. Movió su cuerpo para cambiar de posición y vio a sus compañeros tirados sobre el suelo en donde habían dormido como puedan.  También habían sido víctimas del mismo suplicio. Se movió un poco más y sintió que sus tripas sonaban aerofágicas y vacías. Desde el día que los trajeron no había probado alimento alguno. Una debilidad extrema se había adueñado de su cuerpo.

En eso vio entrar al irracional jefe de los salvajes, seguido de sus compinches. Cachaciento y altanero, gritó.

—- ¡!¿Hablan o no hablan, mal nacidos… ?! -Le contestó el silencio.- ¡Bien, entonces diviértanse ahora viendo un partido de fútbol entre mis hombres!.

Tras una señal, unos soldados trajeron un costal de yute y, sin dar explicación alguna, le amarraron la boca y en él metieron el descoyuntado cuerpo de Teófilo.

—– ¡Ahora, jueguen, muchachos!.

Como si se tratara de una pelota, los soldados pateaban con energía por todas partes sobre el cuerpo agazapado. En la estancia se escuchaban los golpes sordos, tremendos al unísono de los quejidos de la víctima.

—– ¡Sigan, carajo! …. ¡Necesito un gol!.

Los soldados esmerándose más, ya como autómatas, arreciaron la golpiza. Nadie pudo decir nada. Ninguno de los prisioneros consiguió moverse a pesar de la indignación que los exasperaba. El rastrillaje sonoro de los FAL con las fauces amenazantes ante ellos, los inmovilizó.

Después de una hora, larga y cruel, dejaron “la bola” tirada en el campo, y se fueron.

—— ¡Suéltenlo, si quieren! , dijo el maniático y se retiró.

Cuando los prisioneros –manos y brazos torpes- lograron sacarlo del costal, era una masa sangrante, inerme, sin sentido. El cuerpo contundido, desencajado, sangrante lo había dejado sin conocimiento. Con fricciones en las manos,  pies y cuerpo, abrigándolo con las ropas que todos acopiaron, logró volver en sí, pero su mirada extraviada, sin ver lo que miraba, quedó un largo rato perdida en un punto lejano, desconocido. Lo llevaron en un rincón como a un autómata y lo recostaron a la pared. Lo hicieron sentar porque tirado, no podía respirar. El ahogamiento de sus pulmones maltratados y las costillas rotas que se le prendían como agudos puñales le impedían tomar un poco de aire. ¡Cuánto hubiera dado por morirse en ese momento!

————-

Aquel día, tercero de reclusión, fue sacado de la celda general y, conducido a la sala de suplicios. Mientras avanzaba penosamente, por las piernas maltratadas en extremo, un soldado que lo ayudaba acercándosele, le musitó al oído: “Paisano, no seas cojudo; este oficial es una mierda y te puede matar. Ya ha matado a varios “terrucos” en anteriores oportunidades. No creo que ahora pare. No dejes que te siga jodiendo, paisano, ¡Habla! …. ¡Díles lo que quieren escuchar! … ¡Salva tu vida! … ¡Tu mujer y tus hijos te lo van agradecer! … ¡Más tarde, nadie va a reconocer tu heroísmo, no seas huevón, paisano, ¡Habla!…

Habían llegado.

El sanguinario paranoico que dirigía la operación, dijo:

—– ¡Mira, carajo! … ¡Ya no me queda más paciencia! … ¡Tienes que hablar, hijo de perra! … ¡Tienes que confesar la verdad! … ¡Tienes que cantar quiénes son tus cómplices! . ¡¿Quiénes los comandan?! .. ¡¿Qué planean hacer en el futuro?! … ¡Habla ya, carajo!! ¡No te hagas al muy hombre porque yo me cago en los valientes! … ¡Habla, porque si no, te entierro vivo, carajo!. … ¡Chamochumbi! … Llamó a un sargento. ¡Lleve a seis hombres y en el acto me abren una fosa para enterrar a este concha de su madre! … ¡Ya no aguanto más!. ¡O habla o lo entierro vivo!. … ¡¡¡Andando!!! . El sargento y seis soldados salieron, corriendo, a paso ligero, a cumplir la orden.

El despiadado enajenado mental (Un hombre sano jamás haría eso) seguía pegando al prisionero que estaba más muerto que vivo. De rato en rato, lo tomaba por los pelos y le preguntaba. ¡¿Hablas o no?! El reo con los ojos vidriados, ya casi sin voluntad –vivo por milagro- sólo alcanzaba a mirarlo por la rendija sanguinolenta que le permitían sus párpados tumefactos. Sus labios, por donde manaba una baba sanguinolenta, no se abrieron. Entonces, en el clímax de la maldad, iracundo, fuera de sí, hirviendo de furia porque no conseguía la confesión que quería, estrelló la culata de su FAL en la mandíbula del supliciado. Se oyó un ronco gemido, sobrehumano, desgarrador. Tenía fracturados los huesos de la boca sangrante. Quedó sin conocimiento, tirado como un guiñapo sangrante. La boca mostrando una intumescencia espantosa, sólo babeaba sangre. Como demoraba en reaccionar, le arrojaron agua fría, una y otra vez; cacheteándolo salvajemente. Cuando advirtió que volvía en sí, el sanguinario gritó: ¡Llévenlo afuera, carajo! ¡Yo mismo voy a sepultar a este hijo de puta!.

Los soldados arrastraron el cuerpo hasta el borde de la fosa que habían abierto. Allí, nuevamente preguntó el maldito: ¡¿Hablas o no, carajo?! ¡Yo mismo te voy a enterrar vivo, mal nacido! Como no hubo respuesta, lo empujaron al fondo de la fosa de casi dos metros. Cayó como un costal de papas e inmediatamente, con una crueldad malsana, el sanguinario comenzó a echar tierra sobre su víctima. El reo, atado de pies y manos, trataba de librarse de las ligaduras mientras su cuerpo se iba cubriendo de tierra. A poco de ser cubierta su cara, dejó de moverse. Se había resignado a morir enterrado antes que seguir sufriendo tamaño suplicio.

El verdugo infame, calculando que ya la resistencia del reo estaría llegando a su límite, gritó: ¡Saquen a la mierda! … ¡No puede morirse!. ¡No voy a dejar que se muera sin confesar su culpa, carajo. ¡Sáquenlo!  ¡Maldita sea!

Los saldados se apresuraron a sacarlo y, ya fuera, lo sentaron. Tardó mucho tiempo, pero recobró el conocimiento. Su rostro parecía una masa informe, desfigurado, grotesco; los ojos, casi cerrados, la boca cubierta de cuajarones sanguinolentos, con la mandíbula hinchada; era otra persona. Ni su madre lo habría reconocido.

¡Chamochumbi! –gritó la bestia apocalíptica- ¡Hágalo reaccionar como usted sabe!. ¡Andando! – Con la rapidez que su servidumbre le permitía, el sargento, grotesca combinación de negro, cholo, chino e indio, trajo una bolsa de plástico al que derramó Terocal y se la puso en las fosas nasales. Téofilo, sofocado, superando sus dolores, trataba de zafarse del tormento, hasta que perdió el conocimiento. ¡Déjelo, carajo! ¡Que despierte para que reciba su merecido. ¡Este huevón no me va a vencer!. – Cuando el enajenado martirizador se alejó, los soldados los sentaron y lo dejaron descansar.

La debilidad extrema había hecho mella de su cuerpo maltratado. Hasta ese momento no les habían alcanzado agua ni alimentos. El hambre y la sed eran otros de los tormentos que tenían que soportar. De todos, era Teófilo Rímac el más cruelmente maltratado.  En la estancia sólo se oían quejidos, un alumno joven lloraba, pero todos sufrían las marcas del suplicio. No podían verse entre ellos porque llevaban sendas vendas en los ojos. Era la manera de incomunicarlos.

¡No puede ser, carajo! ¡Nadie puede aguantar tanto como este enano de mierda! –Se lamentaba la bestia en las oficinas de la Jefatura. -¡Lo que ocurre es que quiere desafiarme, pero no podrá vencerme; voy a sacarle la confesión aunque tenga que comérmelo!ue te voy hacer?!. ¡Te voy a reventar el culo, cabrón! ¡Ya no vas a ser virgen!- ¡Chamochumbi, tráigame la escoba!. ¡Dos soldados aprisiónenlo de las manos y dos, de los pies, porque yo me lo voy a tirar!.

Cogió la escoba, y se la puso en el ano; tomó aliento como para realizar un gran esfuerzo y, con un empujón salvaje se lo introdujo en el recto como una estocada criminal. El grito que se escuchó hizo estremecer a los otros hombres presos; fue un grito sobre humano, increíble, salvaje, proferido con todo su ser, con toda su vida. Nuevamente quedó sin sentido cuando le extrajo el palo. La sangre corría por sus piernas hasta inundarle los zapatos. Era una hemorragia incontrolable, atroz,  por la ruptura de las arterias hemorroidales.

—– ¡Déjenlo, así, carajo, para que escarmiente!

Los soldados le subieron los pantalones y lo arrastraron hasta la sala general donde se encontraban los otros prisioneros, y lo recostaron sobre la pared. Éstos, atados de pies y manos, incapacitados de ver por las vendas que les cubrían los ojos, sólo aguzando el oído, alcanzaron a oír un quejido sordo, gutural, como estertor de agonía dolorosa.

Después de un gran rato, Juan Santiago, haciendo esfuerzos supremos y adivinándolo cerca de él, intentó llamarlo.

—— ¿Eres tú, Teófilo…? – la voz salida como un susurro, llegó hasta el agonizante que contestó….

—— Sí, sí….. ¿Quién me…. habla? – un hilo de voz apenas perceptible se escuchaba con gran dificultad. Para hacerse oír, se arrastró hasta llegar a la vera de Teófilo y, con mucho cuidado, evitando ocasionarle más dolores de los que estaba sufriendo, utilizando el tacto, alcanzó a acercar su oído a la boca balbuciente del atormentado y concentró toda su atención en escucharle…. Después de un buen rato en el que sólo se oía un ronco y dificultoso respirar, alcanzó a escuchar…

—— No creo  que pueda seguir soportando las torturas que me aplican. Siento que me estoy muriendo…- la voz le salía tan queda, tan dolorosamente arrastrada, por el esfuerzo sobrehumano que estaba realizando, muy superior a sus debilitadas fuerzas. Pronunciando cada palabra con un esfuerzo que el amor le dictaba, interrumpiéndose a cada rato por la tos que le desgarraba el costado por sus costillas partidas, entre gemidos lastimeros siguió encargando – Por favor, dile a mi esposa Doris que la quiero mucho y que, cuide de mis hijos con mucho amor. Que nunca decaiga. Que haga de Iván, un gran hombre, de Carla, la mujer que nuestra tierra necesita; lo mismo que de mi Tania, mi linda niña. Que sean valientes y sepan afrontar la situación. Que me perdonen porque no pude hacerles todos lo felices que hubiera deseado– Un mezcla de sollozo dramático con ahogos y tos que le hacía gemir terriblemente fue superada una vez más para concluir con un esfuerzo sobrehumano.— A mí me matan por algo que no he cometido y tal vez ustedes corran la misma suerte. Son unos asesinos…Por favor no olvides decirle a mi esposa y a mis hijos que los quiero — Un ahogo tremendo seguido de un suspiro estremecedor, lo sumió en el silencio definitivo. Acababa de morir. En vano llamó Juan Santiago, inútilmente lo sacudió, impotente, cuando sintió que en sus brazos no quedaba sino el cuerpo sin vida de su amigo, se echó a llorar.

En ese momento sintieron que arrojaban sobre el suelo a otro supliciado. Era un universitario que gemía de dolor con los brazos destrozados. Sus gritos eran tan intensos que, al momento se apersonó un enfermero para inyectarle un calmante. Tras la acción, reparó que Teófilo yacía inmóvil, le cogió las yugulares y no sintió el pulso. Acercó el oído al corazón y no oyó nada. Desesperado salió de la estancia y volvió con otros soldados que lo sacaron de la sala. Todos los prisioneros, en silencio, trataban de adivinar lo que estaba aconteciendo. Después escucharon carreras e insultos. Se podía adivinar que habían hecho todo lo posible por devolverle la vida a Teófilo Rímac Capcha y no lo consiguieron. Un rato después, el demente torturador que lideraba las acciones mortales, gritaba fuera de sí.

—— ¡!! Ha fugado el maldito!!….. ¡Se ha fugado, Maldita sea!.

Cuando sus gritos desaparecieron por las instalaciones interiores, entraron unos soldados y quitaron la venda de los ojos de los prisioneros y desataron sus piernas y manos entumidas y sangrantes. Éstos tuvieron la certeza de que Teófilo acababa de morir, víctima de sus verdugos. Un desaliento inundó la mazmorra inmunda y, más de una lágrima rodó por las mejillas maltratadas de los obreros. Sólo en ese momento les alcanzaron alimentos y agua.

Desde entonces están buscando su cadáver. En un doloroso peregrinaje que no tiene cuando acabar, su esposa y sus hijos, lo buscan clamando justicia. Participaron los miembros de su partido y de otros  partidos, indagando, reclamando, pero nada consiguieron. Su cuerpo se lo había tragado la tierra.

Teófilo Rímac Capcha era miembro del pueblo cerreño y murió martirizado. Él, como tantos otros hombre y mujeres del pueblo, han perecido bajo el oprobio de los malditos tiranos y sus sanguinarios secuaces; por eso y por otras razones que he venido denunciando en todos mis libros, sostengo categóricamente: El Cerro de Pasco, es el pueblo mártir del Perú.

(Continúa…)

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3 thoughts on “Teófilo Rímac Capcha (Segunda parte)

  1. Respetable Profesor Cèsar Pèrez Arauco, mis hijas e hijo le quedamos muy agradecidos por èsta noble tarea, de seguir buscando a mi amado esposo, sus escritos y publicaciones expresan una bùsqueda permanente y la necesidad de saber la verdad, han transcurrido 28 años desde aquella noche en que las manos asesinas nos la arrebataron y nosotros desde entonces vivimos una permanente incertidumbre.

    1. Señora Doris:
      El drama que sigue usted viviendo lo siento profundamente. Es en esa razón que solidarizándome con su dolor seguiré haciendo saber a mis menores la grandeza de su esposo, su sacrificio, su abnegación, su muerte. Seguiré haciéndolo hasta que un hálito de justicia alumbre a nuestro pueblo sufrido. Junto con mi afecto, a sus hijas e hijo reciba usted mi solidaridad. Un abrazo fraternal.

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