MI BARRIO MISTI (Primera parte

mi barrio 1Mi barrio estaba ubicado en un promontorio cenizo con encaladas casitas que formaban -a manera de plaza- un gran hemiciclo. Más allá, Bellavista, residencia de los gringos de la “Mining”. Por el este, se comunicaba con el resto del poblado mediante un puente de piedra donde discurrían aguas de  puquiales enclavados en las estribaciones de los cerros; por el oeste, con un camino que conducía a Quiulacocha; por el norte, con una pendiente que descendía hasta al borde del “Oconal”, rezago de la desecada laguna de “Lilicocha”. Por las persistentes lluvias de invierno, quedaba convertido en cenagoso pantanal donde croaban los sapos a toda hora del día; de mayo a setiembre, se secaba y, sobre sus verdes extensiones, la chiquillería  del Misti, Buenos Aires, la “Docena” y “Excelsior”, efectuábamos reñidos partidos de fútbol.

Partido de niños, competencia de barrio; alegría infinita en la infantil escuadra. Dos rivales frente a frente: el Misti versus Buenos Aires.

            El Misti, con “Fonseca” en el arco; “Sapo” Oscar; “Lerofú” Rivera, “Rapacho” Espíritu y “Alemán” Vera, en la defensa extrema. En la línea media, “Chancho” Julián y Raúl “Tractor” Dávila. Adelante, una escuadra imparable: “Champi” Arauco, en la punta derecha; “Juañico” Espíritu, de interior; “Cushuro” al centro; Miguel “Pecas” Dávila, de interior y, “Sapo Oscar”, de puntero izquierdo. Los argentinos con el “Cashu”  Espinoza, “Liclish” Suárez. “Mulish” Colqui, Felipe Medrano, Agatón Valladares, Patricio Atencio; “Metralla” Muñoz.  Chiquillería loca enmarcando el partido.

¡¡¡Vamos, “Cushuro” avanza!! …¡¡¡Dásela al Pecas!!!… ¡Así!…¡Dispara, “Pecas”, ¡dispara!!!… ¡¡¡Goooooooooooool…..!!!!.

Terminado el partido, nos sentábamos al borde del puente para comentar como cotorras de lo acontecido en el campo. Más tarde, ya silenciosos y extasiados, contemplábamos la magia del atardecer. Encanto único que nunca he podido olvidar. Veíamos cómo, el añil del cielo, al tornarse zarco con el avance del tiempo, hacia enmudecer a los gacharrancas, piwichos, jilgueros, ayagchiuchis, culipchulins, pitos, sumiendo al paisaje en sobrecogedor silencio helado; las nubes cerúleas arrebolándose por el reflejo de las nieves perpetuas, producían una gradación de tonos que iban sepultándose en el horizonte, a medida que el sol avanzaba.  Los gualdos se encendían alimonados y en juego misterioso de luces, pasaban del jalde al pajizo y, al oscurecerse, en áureos reverberos; los glaucos, en asombroso cambio de verdes se jaspeaban en tonos iridiscentes con lilas, naranjas, melados, habanos, granadas y escarlatas; el rojo en todas sus gradaciones iba cambiando desde el débil carmesí, vadeando por el múrice, hasta encenderse en un punzó agresivo que ensangrentaba el horizonte. En ese momento, el disco encarnado, como hostia de fuego, magnífico, enorme y rendido, recostaba su cansancio entre las nieves que lo engullían, cubriendo de sombras la soledad. Había llegado la noche.

Soy forastero y sin padres

 y huérfano sin familia,

no he conocido a mis padres,

¡Qué tal desgracia la mía!.

Si algún día yo llegara

a la puerta de mis padres,

yo me hincaría a mi madre

para que me perdonara.

Así lo encaro a ustedes:

no paguen mal a su madre;

después del Eterno Padre,

ella es el último abrigo.

La añoranza de carrilanos, brequeros, maquinistas, controladores de la Railway Company -todos arequipeños- grandes guitarristas, cantantes y serenateros, lo bautizó: “Misti”, en homenaje al legendario volcán sureño. Aquí residía también buena cuota de italianos: Agostini, Falconí, Demarini, Rossi, Morosini, Pedreschi, Galantini, Ferrari; también muchísimos chalacos: “Pancho” Valdivia; Narciso Valencia –en su momento destacado boxeador-; los hermanos Meneses; “El león de la sierra”, insigne “faite” de aquellos tramontos, y muchísimos chalacos más; en 1920 –por ejemplo- vivió aquí dos, años el capitán de las selecciones de fútbol del Perú, de aquellos tiempos: Telmo Carbajo, que, inscrito en el legendario “Sport Unión Railway”, dejó imborrables recuerdos.

Ya empieza el pecho a sufrir,

 ¡Ay! Dulce prenda querida,

ya se acerca la partida,

yo ya vengo a despedirme.

Ya que me voy y te dejo,                           Escucha pues mi quebranto,

sólo un cariño te pido:                              cara dueña de mi amor,

que jamás tomes el agua,                                     ya se va tu adorador

de la fuente del olvido.                              Ya e va quien te amó tanto

Si tu corazón sincero                                 Ya que la suerte ha querido

siente mi separación,                                que me separe de ti,

¿Cuál será pues mi aflicción                    dame tus brazos bien mío,

al dejar lo que más quiero?                                 toma los míos y adiós.

Desde la explanada del barrio se podía contemplar el pujante centro minero, “La Docena”, administrado en  tiempos mejores por el ingeniero Héctor Escardó que, entre la segunda y tercera décadas del siglo pasado, se convirtiera en brillante Alcalde primero, destacado parlamentario después, y notable Ministro de Fomento y Obras Públicas, finalmente. Un poco más allá, la mina  “Excelsior”, con su enorme castillo metálico y ascensor de hierro, que subía y bajaba diligente masa minera e inacabable ringla de coches repletos de metal. A un costado, la cárcel, toda de piedra, una de las más inhumanas mazmorras del mundo, cubierta por melladas calaminas que parecían coladeras; una nevera donde los presos tiritaban ateridos a toda hora, especialmente cuando llovía y las aguas discurrían por el piso inundándolo todo. En una de sus paredes de piedra, algún preso, filósofo y poeta, escribió con un agudo punzón:

Cárcel del Cerro de Pasco,

de piedras, de cal y canto,

donde se amansan los bravos

y lloran los afligidos.

Penal, calabozo y cárcel,

sepultura de hombres vivos,

donde se muestran ingratos,

los amigos más queridos

Enfrente, la cancha donde dimos nuestros primeros pasos futbolísticos.  A la izquierda, el camino carretero que bordeando el “oconal”, pasaba por el verde “Golf Club” de los gringos, dirigiéndose a Lima. Detrás de la prisión, la “Casa Redonda”, central ferrocarrilera de la Railway Company, donde efectuaban el mantenimiento de locomotoras, coches, cabusses, plataformas y furgones. Rodeándola, una intrincada red de complicadas vías por donde se desplazaban las locomotoras a toda hora. Las de “patio”, con su “cucaracha” –pequeña locomotora de fuerza colosal- colocando en la riel correspondiente a las inmensas plataformas metaleras para unirse al ferrocarril central que puntualmente largaba a las seis de la mañana con destino al Callao. La partida y llegada de los trenes, en medio de silbatos, campanas y chirridos de frenos, constituía un inolvidable espectáculo que, no obstante los años transcurridos, todavía recordamos con gran emoción. Aún podemos ver en la fantasía de las saudades, el tembloroso vuelo de los pañuelos -palomas ateridas- de amigos que no saben si volverán a reencontrarse en la vida. Ojos tristes detrás de las ventanas del coche con recuerdos que construyen un camino que llega hasta el corazón para que los amigos se sientan uno muy cerca del otro, siempre,  aunque en realidad estén muy lejos físicamente. A veces una lágrima de tristeza, porque sólo en la agonía de la despedida somos capaces de comprender la profundidad de un verdadero amor. ¡Ah, las despedidas!.

Ya me voy a una tierra lejana                 Estos ojos llorar no sabían

a un país donde nadie me espera,                       el llorar parecía locura,

donde nadie sepa que yo muera,                        hoy pues lloran su triste amargura

donde nadie por mi llorará.                                 de una sola y ardiente pasión.

¡Ay! Qué lejos me lleva el destino                      Bajaré silencioso a la tumba

como hoja que el viento arrebata                      a embargar mi perdido sosiego

¡Ay! De mí tú no sabes, ingrata,              de rodillas mi bien te lo ruego

lo que sufre este fiel corazón.                  que a lo menos te acuerdes de mí.

Recuerdo que cuando la noche, como manto tenebroso cubría el barrio y un frío cada vez más penetrante nos hacía tiritar, veíamos titilantes en el cielo con brillo espectacular de pedrería, millones de mágicos luceros. Sobre la negra pizarra de la noche destacaba la estremecedora constelación del zodiaco. La estrella del norte, Orión, las Tres Marías, la Osa Mayor, Sagitario, la Cruz del Sur, Tauro, Géminis. ¡Qué espectáculo sobrecogedor! De vez en cuando nos sorprendía el destello fugaz de una estrella que desprendiéndose de donde estaba iba a perderse en la inmensidad inconmensurable y misteriosa. Todo sucedía en un triz. En ese instante –nos recomendaban las viejecitas del barrio- había que cerrar los ojos y formular un deseo, en voz baja. Si lo hacías bien, se cumpliría. Aquel espectacular cielo azul, tachonado de estrellas, ¡Estoy seguro! no tiene igual en el mundo.

Cuando la luna magistral, enorme y redonda, aparecía pomposa sobre un claro cielo de plenilunio, nos cogíamos de las manos y en una ronda emotiva y bulliciosa cantábamos:

¡Mama luna, dame medio,

para comprarme un caramelo!.

Lo cantábamos tantas veces y cada vez con más fuerza, hasta cansarnos. Era el esperanzado cante de una chiquillería bullanguera que esperaba el milagro que pedía. Después, cansados de implorar, pasábamos a jugar ¡Marca, sello, brujo, ladrón!, ¡Que pase el tren! O La Tienda, en la que se vendía diversidad de  mercancía. El comprador era el Diablo.

Una que otra vez, cuando veíamos llegar al “Tío Santiago Valdizán”, lo rodeábamos y le pedíamos que nos narrara cuentos. Cuando aceptaba, conformábamos un corro tan unido no sólo por el frío, sino por el tétrico relato que nos tenía en vilo. Sentado enfrente de nosotros, con su bastón venido a menos y sus ojos claros, sanguinolentos y lacrimosos, iniciaba el relato de cuentos, leyendas, casos y, sobre todo, historias misteriosas de aparecidos y condenados; de muertos en vida que deambulaban en noches como ésa, arrastrando, penitentes, largas y pesadas cadenas. Nadie se movía. El terror nos tenía inmóviles. ¡Qué arte el del tío Santiago! Nunca he escuchado a quien lo supere en ese arte extraordinario y olvidado de la narración. Terminadas sus historias el viejito se retiraba, dejándonos ovillados, en silencio sobrecogedor del que nadie quería desprenderse. Teníamos que acompañar a las mujercitas a sus casas. Estaban muertas de miedo

Adiós volcán de Arequipa,

tronco de todas sus ramas,

ya se va tu hijo querido,

nacido de tus entrañas.

Por tus caminos tan lejos

sabe Dios dónde iré a dar,

pero voy con el deseo

de volver si no me muero.

Cuando nos fuimos al muelle,

en conversación los dos,

allí fueron los lamentos,

donde yo te dije adiós.

(Continúa….)

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