MI BARRIO MISTI (Segunda parte)

mi barrio 2Al centro del barrio,  la vieja casona de Don Guillermo Arauco Bermúdez, rezago de tiempos mejores, confinada por tapiales carcomidos de años, ostentando su pasado señorío en el inmenso portalón de madera labrada, claveteado de poderosos remaches de bronce, y casi inválidos goznes que, al abrirse, gruñían su cansancio de años. Espaciosos corrales donde los viajeros encargaban sus acémilas y, en tiempos pasados, depósito de poderosas mulas para el trabajo minero. “El Misti” a comienzos del siglo pasado, fue una de las fundiciones más importantes de la ciudad, con numerosos obreros, vascos, italianos, arequipeños y chalacos, preferentemente. Su propietario, el vascuence Sebastián Arauco Bermúdez, la trabajó con mucho ahínco hasta 1907. El auge que alcanzó la Cerro de Pasco Mining Company con la instalación del cercano centro metalúrgico de Smelter, la avasalló, haciéndolo desaparecer.

Ya no te han de ver mis ojos,

ya no te han de ver jamás,

porque pienso retirarme,

porque pienso retirarme.

Mañana al abrir mi fosa,

muerto de velos tendido,

en mis huesos hallarás,

señas de haberte querido.

Guitarra arequipeña, encordada de penas, revestida de encantos, ¡Cuántas noches lograste enlazar el reencuentro con el lejano mundo de la infancia mistiana! ¡Cuántas noches dormiste acariciada y tierna por el dulce relente y amaneciste pura temblando de rocío en estas altas cumbres!

Muchas familias arequipeñas llegaron siguiendo la veleta de su aventura. Aquí encontraron fraternal asilo. Aquí se refugiaron characatos nobles como “Pancho” Valdivia, José Luis Morosini, el “Coro” Valencia, los hermanos Meneses, Ureta, Iribarren…

Pronto su predios vieron llegar no sólo a arequipeños de soleadas campiñas, sino también chalacos que del puerto subían empeñosos y ciertos que aquí encontrarían refugio cariñoso. ¡Chalacos hablantines! ¡Chalacos querendones! Hombres que nos dejaron hermosas remembranzas. Estos chalacos contaban cariacontecidos que supieron de nuestra tierra cuando vieron  a aquellos legionarios del deporte, artistas del balón de un deporte que todavía “gateaba”, el fútbol. Once gringos que bailaron a los mejor de la selección peruana durante diez años brillantes. Todos los veinte partidos los ganaron. Del 1904 a 1014. Recordaban que, dos veces por año, 18 de enero, aniversario de Lima y fiestas julias, veían la maravilla de estos ilustres jugadores de fútbol. Muchos de ellos trabajaban en la Railway Company que administraba el ferrocarril que partiendo del Cerro de Pasco llegaba al Callao transportando metales que sustentaban la economía del Perú. Un día llegó a mi barrio el arquetipo del fútbol naciente del Perú: el gran Telmo Carbajo; pequeño pero ilustre; sencillo, pero noble. Su estada en nuestra tierra sembró semillas dulces de fútbol de leyenda cuando con la azulada enseña ferroviaria, bordó mil arabescos en los campos de juego. También aquí vivió otro gran chalaco a cuya iniciativa nace el “Unión Railway”, don Humberto Galantini. ¡Quién podrá olvidar a otro gran porteño, atleta y futbolista, bateador y pesista, que con su gran ternura, izó la azul divisa a nubes de la historia: Álvaro Linderman. Cómo olvidar tampoco al italiano amable, al buen napolitano que, vendiendo spaghetti, fetuchini y ravioles, tenía encantado la barrio, el buen Nícolo Rossi.

Fue en este mi barrio que, una tarde de junio, todo el oro del mundo se fundió en las camisetas, brillantes y amarillas del gran SPORT IDEAL, estrella fulgente del Olimpo del fútbol de mi tierra. Donde brillaron  con luz propia César Pérez Arias –mi padre- el único que pese a su extrema juventud alternaba en el primer equipo de los consagrados; su habilidad ya era reconocida pero siempre del lado de los jóvenes que aspiraban jugar por primera. Padro Capcha, el mayor de todos, con notables dotes de dirigente. Humberto “El Pico” Romero Pizarro, buen jugador que también comenzaba a incursionar en el campo de la música. Lorenzo Ramos Valdizán, atleta, gimnasta y notable futbolista que, en el patio de los Arauco, había instalado un completo juego de argollas, trapecios, barras horizontales, barras paralelas y pesas para que los jóvenes equipistas completaran su preparación física. Lucho Lizárraga, un verdadero líder entre toda esta empeñosa juventud. Santiago Gamarra, diligente enfermero y brillante futbolista. Alejandro Pérez Arias, el popular “Allico”, con su Borsalino a lo Gardel, chalina blanca al cuello y su impecable “Oxford” de pantalones con amplios pliegues y enorme botapiés que cubrían totalmente sus calzados “Águila Americana”; era el “dandy” del equipo y, por sus potentes y certeros remates llegaron a apodarlo “El cañonero”. El pequeño y pícaro Panchito Venegas, hablantín y muy hábil con la pelota, al que por ser carrilano de la Railway, apodaban “Maquinita. Víctor González, sobresaliente futbolista que irrumpía con éxito en el canto popular; se le conocía con el mote de “Perico”. Su periplo futbolístico abarcó gran parte del Perú cuando alineó con el inolvidable equipo del “Unión Minas” de Colquijira. Pablo Tinoco, extraordinario jugador que con su hermano Abraham “Chula” Tinoco, conformaron con éxito todos los seleccionados de su tiempo. Estaban también, Aquilino Arzapalo, Santiago Gamarra, Daniel Meza, Fermín González y el primigenio arquero del equipo, el popular “Log –log”, Nicolás Mauricio. Completaban el equipo de fundadores: Alberto Arauco Valdizán, Fortunato Castro, “El negro” Carlos Pérez, insigne puntero izquierdo que en las selecciones de nuestro fútbol, alcanzó merecida nombradía; Pablo Dorregaray, Alejandro Cuevas, Artemio Goyena, Santiago Vega Gamarra, Gerardo Rivera, Víctor Urbano y Cipriano Espinoza.

Las glorias de este quipo y los nombres de sus héroes han sido sepultados por la indolencia y el olvido. ¡Qué lástima!!!

Los años fueron transcurriendo inexorablemente. Nuestra niñez trocóse en juventud. En el ínterin llegaron más familias a aposentarse en el Misti: Espíritu, Arzapalo, Dávila, Ramos, Vera, Porras, Vargas, Pérez, Romero, Gudiño; Acero, López, Meza, Rivera …

Hubo un tiempo feliz que yo te amaba

con la loca ilusión de mis quince años

y en silencio feliz yo alimentaba

vago temor de amargos desengaños.

En mi mente, acariciaba un sueño de ángel

¡Oh, suerte fatal, ¡Oh! Cruel destino!.

En vez de la sonrisa de un arcángel

sólo encontré el puñal de un asesino.

Si quieres olvidar, olvida;

que el olvido es un bien pal alma ingrata

cuando se encuentra la conciencia herida

por un recuerdo que devora y mata.

Adiós, adiós, ya todo se ha acabado

sepulta el amor que hemos tenido

en la lóbrega tumba del pasado

cubierta con la loza del olvido

¡¡Cuánta Vida!! …¡¡Cuánta gente!! ¡¡Cómo han ido transcurriendo los años!

A veces creo que en la noches de luna, cuando croan los sapos en el viejo “oconal”, se escucharán estremecidos yaravíes que han quedado prendidos en nuestra memorias, como en los viejos tiempos; o fantasmagóricos gritos de chiquillería ida, conmoverá el recuerdo de épocas pasadas; y en un rincón cualquiera, un hombre acongojado que lleva en sus cabellos el polvo de la vida, enjugará muy triste, dos gruesos lagrimones.

(Continúa ….)

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