LAS SERENATAS DE PRIMERO DE AÑO

serenata 1Recibir con gran alborozo el primer día del año era costumbre que se había establecido en nuestra ciudad. Las instituciones oficiales como la Prefectura, alcaldía, parroquia, clubes carnavalescos y casas particulares, realizaban  grandes festejos.

Al llegar las doce en punto de la noche se escuchaba el agudo vibrar de la sirena de los bomberos de la “Cosmopolita”, el  “pito” de la compañía minera Mining Company, el de la ferrocarrilera “Railway Company” y los ensordecedores cohetones de clubes e instituciones públicas. Simultáneamente, familiares y amigos, entrelazados en cálidos abrazos, se deseaban mutuamente muchos éxitos para el año que empezaba. En los clubes se hacía derroche de champaña que no necesitaba ser helada; el clima contribuía a ello. En los hogares se degustaba el sabroso ponche de cocos que todos repetían a discreción. Qué sabor especial en una secreta  combinación  en cada caso. Cuando evocamos aquellos momentos con la cálida presencia de nuestros viejos que ya nos dejaron, no podemos menos que estremecernos de nostalgia.

Para el primero de año los diarios efectuaban meticulosos balances de lo realizado en la vida comunal con logros y fracasos, pero en todo caso, expresaban su vivo deseo del inicio de una etapa de progreso y bienestar para sus lectores. “Los Andes”, de don Silverio y Andrés Urbina; “El Minero”, de don Gerardo Patiño López; “El Diario” de don Herminio Cisneros Zavaleta; “El Grito del Pueblo” de don Benjamín Hurtado; “Cresta, Pico y Estaca” de Juan de Dios Arturo Malpartida (Juan DAM); “Carcajadas” de Ambrosio Casquero; “El Trabajo” de Octavio Pequeño Urbina, “La Antorcha” de don Miguel de la Matta; “El Esfuerzo” de don Ramiro Ráez y don Herminio Cisneros (Su primo hermano); “Deportes” de don Adolfo Casquero; “El Hipo” de don Ramiro Ráez Cisneros, etc.etc.  En todos ellos se publicaban las colaboraciones de las más prestigiosas plumas del pueblo.

Por su parte, los clubes carnavalescos se aprestaban a estrenar las canciones creadas por sus vates y músicos notables. “El Vulcano”; “Apolo”, “Tahuantinsuyo”; “Lira Cerreña”; “Filarmónico Andino”, “Cayena”; “Mefistófeles”. Cada club imprimía estas canciones en sendas hojas de seda y las repartía la última noche del año en la retreta que se efectuaba en el “Kiosko Escardó” con beneplácito de los oyentes. No importaba la tormenta de nieve o lluvia que cayera esa noche. Para eso se salía muy bien abrigados con chompas, chalinas, casacas impermeables, guantes, sombreros y amplias paraguas. Los fenómenos atmosféricos eran parte de la celebración. Para combatirlos se servían hirvientes ponches de cocos con huevos. Los mayores le echaban su “alma” es decir un buen copón de cognac o ron de Jamaica. Los más expeditivos servían los calientes, bebidas preparadas con hirviente aguardiente de caña de Quicacán o Vichaycoto y concentradas hojas de eucalipto, wila wila, huamanripa y escorzonera, cortados con jugo de limón.

Grupo de alegres amigos acompañados de sus esposas recibiendo el año nuevo de 1940. Están, Andrés Russo Peraldo, Julián Campoa, Alberto Alcarraz, Gliserio Suárez, Félix Martinench y Anselmo Buendía. El escenario: Club de la unión.
Grupo de alegres amigos acompañados de sus esposas recibiendo el año nuevo de 1940. Están, Andrés Russo Peraldo, Julián Campoa, Alberto Alcarraz, Gliserio Suárez, Félix Martinench y Anselmo Buendía. El escenario: Club de la unión.

Grupo de alegres amigos acompañados de sus esposas recibiendo el año nuevo de 1940. Están, Andrés Russo Peraldo, Julián Campoa, Alberto Alcarraz, Gliserio Suárez, Félix Martinench y Anselmo Buendía. El escenario: Club de la unión.

Finalizada su presentación en la glorieta citadina, músicos, cantantes y allegados eran invitados a los hogares de conocidas familias de la ciudad, donde realizaban fastuosos bailes que se prolongaban hasta el día siguiente.

De todas las canciones que fueron muy bien recibidas para aquella fecha, hay una que ha permanecido por mucho tiempo en el recuerdo de nuestras familias. Es el huaino de Arturo Mac Donald que tiene por nombre “Lírico Consejo” pero que el pueblo –especialmente los viejos- la conocen como “Año Nuevo”.

Año Nuevo

Año Nuevo, nuevas flores

en el jardín del vivir.

Quisiera nuevos amores,

para dejar de sufrir

 

La piedra de la peñita

resbala por resbalar;

cuidado mi cerreñita

así te vaya a pasar.

 

En la roca resbaladiza

no te pongas a jugar,

porque la piedra dura y lisa

bien te puede traicionar

 

No te olvides cerreñita,

mi consejo y mi pasión,

que sería mi penita

más triste que tu traición.

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DON RAMIRO RÁEZ CISNEROS “El pescador de perlas” (Huancayo 1901 – Cerro de Pasco 1948)

Ramiro RaezDon Ramiro fue un genial compositor y brillante funcionario que dejó un halo de grandeza en la ciudad más alta del mundo. En él se dio una interesante dicotomía. Por un lado era el hombre jovial, alegre, dicharachero y conversador: bohemio de altos quilates; por el otro, el ciudadano serio, acicalado, cumplidor de sus deberes oficiales: circunspecto funcionario ejemplar. Todos lo admiraban francamente. Los testimonios personales de sus amigos, son terminantes. Don Pedro Santiváñez que con  él alternó en hermosos saraos y celebraciones de leyenda, afirmaba. “Ramiro era el alma de la fiesta. Tenía un gracejo especial con sus bromas y chistes a flor de labios; su facundia era proverbial. Impenitente bailarín de nuestra música ciudadana, se las arreglaba a como diera lugar por hacer de la jarana un éxito. Cuando se juntaba con el “Capachón” Minaya, era la de nunca acabar. En un franco ambiente de chistes y carcajadas se desplazaban las horas placenteramente”. Esta afirmación la respaldaban su amigos de bohemia: “Ñahuirón” Malpartida, “Caláver” Díaz, “Togro” Rojas, “Cura” Suárez, “León de la sierra”, “Boquerón” Rodríguez, Manuel “Chino” Shiraishi y otros bohemios

Por otro lado -en el serio- a poco de llegar de Lima donde había estudiado, se adueñó del aprecio y respeto de las personas más connotadas del pueblo; su simpatía, sus notabilísimas dotes intelectuales y su bonhomía contribuyeron a ello. En poco tiempo se convirtió en obligado contertulio de los más exigentes grupos cerreños. Su talento comenzó a hacerse conocido a través de sus artículos periodísticos publicados en los diarios de la ciudad. LA VOZ DEL CERRO DE PASCO, EL PUEBLO, EL ESFUERZO,  y en su inolvidable y jocoso periódico: HIPO.

Acababa de cumplir 21 años cuando fue invitado por don Herminio Cisneros Zavaleta -otro extraordinario intelectual de la época- Secretario General de la Municipalidad cerreña, para que fuera su auxiliar. En este cargo su actuación fue tan brillante que le ganó el aprecio del alcalde y de los concejales de entonces. Es tan valiosa la experiencia que alcanza que cuando don Herminio se retiró, es nombrado en el cargo titular de Secretario General de la comuna. Su prestigio creció enormemente. Su desempeño en el cargo es de tal magnitud que, quienes trabajaron con él, no tienen sino recuerdos gratos por su admirable desempeño.

Don Alberto Benavides de la Quintana que fue alcalde del Cerro de Pasco entre 1945 y 1950, después de leer la biografía que de él publicamos, me dijo: “Lo felicito, profesor. Ha hecho una cabal descripción del talento de Ramiro Ráez. Fue secretario cuando yo fui alcalde del Cerro de Pasco. Al salir de mi trabajo en la compañía, él me esperaba con todos los informes de lo acontecido y los documentos para ser revisados. Yo no hacía sino firmarlos. Fue tan eficiente que no obstante el dramático momento que vivíamos con el prefecto Tovar, mi gestión  en el municipio fue exitosa, gracias a él”.

Cuando en 1926 el Colegio Americano implanta la sección secundaria en sus aulas (Hasta ese momento no se había podido implementar un colegio secundario en nuestra ciudad) don Ramiro es ventajosamente contratado para desempeñar el cargo de Profesor de los cursos de Redacción Comercial, Matemática y Preceptiva Literaria. Sus conocimientos al respecto lo respaldaban ampliamente para ello. Simultáneamente ejerció la enseñanza de esgrima en sus modalidades de sable, espada y florete.

Lo conocí personalmente cuando fui presentado por mi abuelo. Su hijo, Luis Raéz Malpartida, fue mi compañero de estudios en la escuela de Patarcocha donde brilló por su inteligencia, junto con Ricardo Acuaronne Bazán, Agustín Bustamante Montoro, Juan Rodríguez Munguía, Fausto Vásquez, Gustavo Malpartida. Un día que llegué a su casa me entretuve con la magia de su piano sin reparar que don Ramiro había entrado. Cuando le ví, me puse nervioso, pero él, con una amabilidad muy hermosa me pidió que siguiera tocando el piano. Era un hombre maravilloso.

En muchos de mis libros he narrado sus deliciosas anécdotas que escuché a nuestros viejos en sus amicales tertulias. Aquí en mi blog encontrarán también muchas historias donde es el protagonista principal. La más dolorosa es por supuesto el de su muerte. Don Pedro Santiváñez, su amigo y compadre, me contó: “Su señora nos informó que desde muchos días antes venía sufriendo de fuertes dolores estomacales que calmaba con remedios caseros. Lo difícil que estaba la situación aquellos días lo tenía muy preocupado, hasta que el 29 de febrero de 1948, los dolores se hicieron tan insoportables que, a su pedido, la señora le aplicó unos platos calientes sobre el vientre en la creencia de que había sufrido un fuerte enfriamiento que le ocasionaba los cólicos. Cuando los dolores se hicieron insoportables lo transportaron al Hospital Carrión donde el médico diagnóstico una apendicitis aguda. Fue llevado al quirófano. Cuando abrieron el vientre, ya la infección  se había generalizado por que el apéndice había explotado. No había nada qué hacer. No obstante el lavado de la zona afectada murió ante el estupor de todos”.

Sus restos fueron velados en su domicilio y en la municipalidad con asistencia de todo el pueblo.

El dos de marzo a las cuatro de la tarde, todos los cerreños, unidos como un solo hombre, sin hacer caso de la vigilancia policial de la tiranía de entonces, acuden a poner sus hombros para conducirlo a su última morada. Los guardianes de la dictadura de turno, desde lejos, con los ceños fruncidos, torvos, fusil en ristre “vigilaban” el sepelio. Los soplones miraban boquieabiertos la impresionante manifestación de dolor del pueblo minero. Veían cómo, en respetuoso silencio, llevaban a su tumba a un hombre bueno; a un periodista extraordinario, a un poeta popular dulce y galano, a un hombre ejemplar, a un bohemio risueño y jovial que tanto había alegrado a nuestra tierra… ¡Qué recogimiento de la gente cerreña!….¡Qué veneración de un pueblo para un hombre admirable!…. Aquella tarde, acongojada y fría, la tierra minera que tanto había amado le abrió sus amorosos brazos y lo cobijó entre sus entrañas de plata, como a su veta más preciada.

El inolvidable periodista ambino Herminio Cisneros Zavaleta, con el que había compartido innumerables horas de trabajo, escribió en las páginas del EL DIARIO:

“El preclaro, “Pescador de Perlas”, el bohemio exquisito y sugestivo que tan brillantemente cultivara la prosa y el verso en las páginas de EL MINERO, primero y en el HIPO después –órganos periodísticos de perenne memoria en el Cerro de Pasco- ha muerto”.

“La ágil labor intelectual de Ráez Cisneros tuvo facetas múltiples y magníficas. La prestancia de su personalidad singular alcanzó justos relieves de superior jararquía cívica en las vastas regiones del Mantaro y el Huallaga, en los que gozaba de profundas y cordiales simpatías”.

“Conocí a Ramiro en una mañana clara de diciembre de 1922 en la Opulenta Ciudad del Cerro de Pasco. Dirigía yo entonces el diario LA VOZ DEL CERRO DE PASCO y llegó a mi mesa de trabajo con la franca sonrisa que le era habitual y sin preámbulos formamos amistad que, transcurrido el tiempo, llegó a constituirse en el culto de la sincera fraternidad. Durante quince años trabajamos hermanadamente. En la comuna cerreña, ya como empleados, ya como concejales. En el periodismo, en la función pública, en el deporte; en actividades sociales y culturales actuamos inseparablemente. En 1937 al retirarme del Cerro de Pasco por motivos de salud, Ramiro me sucedió en el importante cargo de Secretario General del Concejo Provincial, puesto que ha desempeñado hasta su fallecimiento, con el propio brillo de su talento fecundo”.

“La súbita noticia del deceso de Ramiro ha lacerado mi corazón muy hondamente. Dolor profundo, angustia suprema por el hermano ausente para siempre.

“Los restos mortales de Ramiro reposan en las tierras de la urbe cerreña a la que tanto amamos y a la que ofrecimos en todo momento, el fruto de nuestro intelecto, el cariño de nuestro corazón, el calor de nuestro entusiasmo y el fervor de nuestros idealismos”.

“Desde aquí o donde el destino quisiere llevarme, a su tumba haré llegar, Ramiro mientras viva, las flores del recuerdo imperecedero y de mi afecto infinitamente fraterno”.

                                               Ambo 2 de marzo de 1948. Herminio Cisneros.Z.

Otro de los hombres, amigo entrañable de Ramiro, el yanahuanquino Sebatián G. Benavides -talentoso y extraordinario-  en las páginas de EL MINERO, dijo lo siguiente:

SE NOS FUE RAMIRO

“Ramiro Ráez ha muerto. Tal la frase dolorida, la que los labios trémulos repiten sin poder escrutar los acervos infinitos.

Ha muerto sí, porque en sus labios se extinguió la palabra y en su cerebro la luz que iluminara la ruta de su existir, mas si la muerte es la negación de todo lo material, queda, supervive, la estela refulgente de sus obras.

Ramiro Ráez, sin almibaramientos, fue el valor intelectual que honra la bella y digna tierra huanca, lugar de su nacimiento.

Lo conocí hace más de 25 años y a través de la trayectoria de su vida, lo encontré siempre bueno, siempre íntegro y siempre atento; bohemio de finos kilates, porque es preciso distinguir del bohemio prosaico del bohemio intelectual que es el auténtico bohemio. Su vida fue una eterna quimera como fue quimérico, ese azuloso cielo, que al decir del poeta, no es cielo ni es azul.

Bohemios como Ramiro Ráez Cisneros fueron, Felipe Germán Amézaga y Ambrosio Casquero Dianderas que también pagaron tributos a la tierra después de haber saboreado en estas gélidas tierras andinas, como mágico contraste, el calor, la inquietud enseñoreada de una vida de ensueños e ilusiones que se agota ante la escalofriante realidad de vivir, para renacer luego en un rictus de abstracción del todo lo convencional y prosaico.

Hoy cumpliendo misteriosos designios, formarán una inseparable trilogía en el más allá, en donde acaso no existan tierra, egoísmos maldicientes, ni burdos convencionalismos.

Desde entonces han pasado muchos años y, agradecidos, repetiremos nosotros las palabras de don Gerardo Patiño López, quien con el corazón en los labios, al ver la gran cantidad de flores que cubrían su tumba, dijo: “Gracias, Ramiro; gracias por todo lo que nos has dado. Estas flores que cubren tu losa, así lo proclaman; porque al fin y al cabo, son las mismas flores que estuviste cultivando toda tu vida…”.

Para cerrar esta pequeña estampa recordatoria, sellémosla con un huaino nacido de la inspiración de un momento sublime. Iban exultantes de entusiasmo, “pasaditos de trago” sin  saber qué dirección tomar, los bohemios de aquellos años: Ramiro Ráez, “Ñahurón” Malpartida, “Capachón” Minaya, “Burro” Collao, “Caláver”  Díaz, Pedro Santiváñez, Juanito Arias Franco, Graciano Ricci, “Togro” Rojas, “Boquerón” Rodríguez. En ese momento, a voz en cuello, con un entusiasmo que pronto contagió a todos, don Ramiro cantó:

EL ACEITUNAL

(Huayno)

Borrachito, a dónde vas,                                      ¿Qué le darás si no tienes,

si no te puedes parar…?                                        en el bolsillo ni un real…?

-Voy a casa de mi chola,                                       ¡Deja, deja, le daré:

que me ha mandado llamar.                                Una de mi aceitunal….!

 

                                                                                              ESPUELA

Ella dice que me quiere,                                       ¿Dónde estará, ese licor,

aunque borrachito soy,                                         cholita para olvidarte

porque todo lo que pide,                                       falta valor,

con cariño se lo doy.                                           Para olvidarte.

……                                                                 Falta valor.

Letra y música de don Ramiro Ráez (1937)

Vino, mujeres y juego, sientan sus reales en la ciudad minera.

juego 1Las ciudades opulentas de la tierra como, Potosí, Guanajuato, San Francisco, -cada una en su tiempo- sufrieron la invasión de innumerables aventureros sedientos de oro: tahúres profesionales, veleidosas prostitutas, incorregibles pendencieros, hombres de “horca y cuchillo”, es decir, la hez de toda sociedad; el Cerro de Pasco no fue la excepción, Carlos Contreras, dice al respecto: Donde la riqueza parecía más cosa de magia que de métodos racionales, el dinero también se dilapidaba generosamente y se confiaba (“invirtiéndolo ” a veces) al azar. Cosa común en todos los asientos mineros fueron las casa de juego o “mesas de trucos”, para cuya instalación solía realizarse una puja pública. Y don Mariano de Rivero y Ustáriz, dice en su tiempo: La desmoralización que se observa en todo mineral del Perú es consiguiente a la mala educación que nos han dado nuestros antecesores, al desprecio con que miramos la plata y la facilidad con que se buscan las cosas necesarias para la vida; el juego, la embriaguez, los asesinatos y la mala fe: he ahí los vicios más comunes en los lugares de minas; ésta es la razón por la que se dilapidaban caudales ingentes de los habilitadores y de las boyas que obtienen de tiempo en tiempo, echando muchas veces la culpa a la mina que por lo, regular siempre produce, y no a su mal manejo, perdiendo de este modo el crédito y la confianza 

El juego que indisolublemente estuvo ligado a la vida cotidiana cerreña, contó casi juego 2siempre con la aprobación de autoridades venales que alentaron su proliferación; los periódicos cerreños han informado los acontecimientos policiales, fruto de este vicio incorregible. Creemos que hay suficiente material para escribir la historia del juego en el Cerro de Pasco. El ilustre Juan Jacobo Von Tschudi, al visitarnos, hace la siguiente observación:El juego contribuye a arruinar a los mineros, además de esta terquedad de continuar en el camino iniciado, la inclinación incontrolable por lo juegos de azar. En pocos lugares del mundo se juega tan alto como en el Cerro de Pasco. Desde las primeras horas de la mañana están en movimiento los dados y los naipes. El minero deja sus listas de pago, el comerciante su vara de medir, para reunirse a jugar un par de horas en el curso del día; de noche es casi la única diversión en las mejores casas de la ciudad. Los mayordomos de la mina, generalmente hombres jóvenes de buenas familias que han dirigido la punta durante el día, al caer la noche se sientan a la mesa verde y la abandonan solamente cuando oyen la campana de las seis de la mañana que avisa que les toca el turno de bajar nuevamente a la galería. Suelen perder en el juego su futura participación en una boya, mucho antes de que ésta se haya presentado. Las cantidades de dinero están en un constante ir y venir; finalmente, que quedan en manos de unos cuantos: los tahúres profesio­nales que nunca faltan”.Las ordenanzas emitidas por aquellos años, hacen conocer una serie de disposicio­nes para dar tranquilidad al vecindario que continuamente se quejaba de los escandalosos estrépitos de los burdeles y casas de cita que había en la ciudad, crímenes pasionales, asaltos, raptos y mil y una aventuras.

Por otro lado, a lo largo y ancho de la ciudad, numerosísimas cantinas, bares y chinganas ostentan en sus taquilleros, enorme variedad de bebidas. El pisco puro de Ica y el aguardiente de caña de Huánuco, fueron los licores que más se consumieron por aquellos tiempos. “Se gasta más dinero (en la bebida) que por todos los otros productos juntos. La cantidad de esta bebida que se lleva anualmente a la sierra es increíble” dice Juan Jacobo Von Tscudi y, en el Mercurio Peruano se lee: De acuerdo a la Aduana, anualmente se consumen 4,407.5 toneles de pisco en el Cerro de Pasco, enviados al tendero José Flo­res. (Mercurio Peruano).

juego 3Si los españoles, dueños de las minas, jamás sufrieron por la falta de sus famosos “chatos” de manzanilla, vinillos de toda variedad y el aromático Jerez; los húngaros, franceses, italianos, y otros extranjeros, tenían sus licores “nacionales” que les llegaban a los consulados correspondientes. Pero la verdad es que todos, mineros y japiris, eran adictos a echarse sus buenos tragos entre “pecho y espalda”. En las fiestas patronales, que eran numerosas, ni hablemos; como apunta el profesor Carlos Contreras: “Muchas de las numerosas festividades adquirían el carácter de celebraciones colectivas y se efectuaban en lugares públicos. El pueblo tomaba las calles y plazas, reventando cohetes, bailando y empapándose en alcohol. El resultado era que las fiestas se prolongaban por días, con el consiguiente atraso de las labores mineras. Este tipo de festividades solían terminar en encarnizados enfrentamientos a través de los cuales los operarios mineros zanjaban o reproducían antiguos conflictos, reales o imaginarios, entre sus pueblos de origen, comunidades o parcialidades. En otro informe de la época, se dice: “Ha llegado el mes de las fiestas de Yanamate, Quiulaco­cha y Santa Rosa, y con ellas vendrán el desorden y la borra­chera para la ple­be, la falta de gente para los traba­jos en general y el atraso en el giro mine­ro: habrá que tener paciencia como todos los años”. Nuevamente Von Tschudi afirma: “En el estado de ánimo exaltado que en ellos precede a la completa embriaguez, los indios se ponen, primero muy alegres y luego peligrosos porque buscan discusiones y camorras ya sea con los blancos o entre ellos mismos; pasan gritando por las calles y atacan a los trabajadores en otras minas. Casi no transcurre un domingo o feriado sin que se produzcan serias peleas con palos, cuchillos y hondas entre los diversos grupos de obreros de minas, cuyas consecuencias usuales son heridas graves y hasta muer­tos.

Aquí es necesario mencionar que, la proclividad al alcohol mostrada por los indígenas japiris, siempre fue alentada por los dueños de las minas a fin de engañarlos y tenerlos sojuzgados. Muchos son los informes al respecto. Esto ha sido siempre así, a través de toda nuestra historia. Como ejemplo de las consecuencias de la embriaguez colectiva, leamos lo que  se informaba por aquellos tiempos: (los) jornales se pagan semanalmente los domingos por la tarde cuando todos los operarios se van a beber y a flojear por dos días, de modo que poco o nada se hace desde la tarde del domingo hasta la mañana del miércoles.  Estos, con los numerosos días de fiesta, no mejoran mucho al indio que por naturaleza es adverso al trabajo. La altura se dice que influye mucho entre el monto del trabajo que se hace aquí y el que se hace a nivel del mar. No es de extrañar, por lo tanto, que el día de la inauguración del ferrocarril -28 de julio de 1904- Víctor Morris echara mano del pisco para reemplazar al whisky para agasajar a tantos in vitados que tuvo la Railway Company aquel día memorable en que nació el “Pisco Sour”.

Por otro lado, es inconmensurable la cantidad de burdeles y casas de cita que proliferaron en el Cerro de Pasco a través de toda su historia; mujeres para todos los estratos sociales; desde las pelanduscas más humildes, hasta las extranjeras sofisticadas y hermosas que se “sacrificaban” viniendo a nuestra tierra para retornar a sus pagos “cocidas de dinero” o, caso contrario, quedar convertidas en respetables señoras de algún manirroto que se animaba a “sacarlas” del lupanar.

¡Feliz Navidad!

Dibujo y diseño de Gabriela Pérez Tasayco
Dibujo y diseño de Gabriela Pérez Tasayco

“Desde ya me siento muy emocionado de poder hacerles llegar mis mejores deseos para cada uno de ustedes amables lectores en estas navidades. Deseo de todo corazón que el niño Jesús los colme de bendiciones hoy y siempre. Que pasen una feliz navidad amigos.”

Atentamente.

César Pérez Arauco

Autor del blog “Pueblo Mártir”

El terremoto de Oxapampa (24 de diciembre de 1937)

Hace exactamente 77 años del terremoto de Oxapampa, ocasión en que este hermoso paraje de nuestro departamento sufrió el más cruel movimiento telúrico que se recuerde. Hoy día, estremecidos, lo volvemos a recordar.

el terremoto de oxapampaEn la casa hacienda del fundo “El Oriental”, Iluminada por potentes lamparines, la señora Emilia Tábori y sus hijas, Yolanda de dieciocho años y Olga de ocho, comentaban animadamente con la abuela, doña Rebeca de Tábori, lo ocurrido el año que terminaba. Las niñas acababan de llegar Lima para pasar sus vacaciones en la casa paterna. Ansiosas aguardaban la llegada del jefe de la familia, don Guillermo Koch, alto empleado de las minas de Jumasha que había prometido estar con ellas la Noche Buena para recibir la Navidad.

—Ha sido un año tan largo en el que vuestro padre los ha extrañado mucho- dice doña Rebeca.—  ¡Y nosotros a él y a usted abuelita!- las niñas emocionadas respondieron.

— Sin embargo, todo será que las vea y, estoy segura que se va a emocionar. Durante todo el año no ha hablado de otra cosa. Además, tú, Yolanda, te has convertido en una bellísima y completa mujer; otro tanto digo de ti, Olguita; en Lima has pegado un estirón que casi alcanzas a tu madre.

— ¡Así es abuelita…!

— El que estén ustedes aquí será un hermoso regalo de Navidad para tu papá; estoy segura. Ya lo verán hijas mías.

Las risas y bromas menudearon en aquellos momentos de gran espera. Al llegar la medianoche, decidieron descansar. Al ir a asegurar doña Elisa quedó parada a la puerta con la lámpara en la mano y una interrogación en los ojos.

— ¡¿Qué es lo que ocurre con estos animales?!… Todos están inquietos. !Las gallinas no dejan de revolotear cuando debieran estar durmiendo y los caballos se encabritan como si quisieran escapar de una prisión… ¿Qué ocurrirá…?!

Nadie sospechaba la trágica respuesta que la naturaleza les daría aquella noche.

En el hermoso fundo “Punchau”, doña Ubaldina de Ames, había recibido aquella tarde la visita de Juan Ivancovich, hijo de un próspero comerciante del Cerro de Pasco y de Juan Loechle, comerciante lugareño que había recibido a Ivancovich para recibir la Navidad en su fundo de Oxapampa.

— Es muy grato para mí recibir la visita de los hijos mayores de mis mejores amigos. Sean bienvenidos en esta su casa –doña Ubaldina había sacado unas copas de ajenjo con las que brindaba por sus amigos ausentes.

— Gracias, doña Ubaldina. Mi padre me ha informado de la entrañable amistad que los une y me ha pedido que le haga presente sus recuerdos y sus saludos.

— Bien, joven amigo, ahora que han decidido a aposentarse en Oxapampa, nuestra amistad seguirá siendo indestructible. Han hecho bien en decidirse a dejar el Cerro de Pasco que, por su altitud, sufre un frío es muy intenso…

— Así es, señora.

— Ya felizmente están muy animados, señora Ubaldina. La primera semana de enero estarán definitivamente con nosotros. Juan está yendo a conocer las propiedades que les venderá mi padre- intervino Loechle.

— ¡Salud por esa gran noticia…!!!

Durante el resto de la noche conversaron animadamente sobre los negocios de sus familias y ya rendidos de cansancio se retiraron a descansar a sus habitaciones. Al día siguiente seguirían camino a Oxapampa.

Cuando todo se hallaba en aparente tranquilidad con tan sólo el lúgubre aullido de los perros y un sofocante calor que cada vez se acentuaba, un horroroso y estremecedor estrépito, como si la tierra comenzara a hundirse, despertó a los vecinos de los valles de Huancabamba y Oxapampa. Horrorizados abrieron los ojos y se incorporaron sobre sus cobijas. Inmediatamente otro remezón dantesco y trepidante hizo caer los muebles y cuadros de las casas. Al ensordecedor rugido de la tierra siguió su tétrico ronquido y el temblor inmisericorde en medio de gritos espeluznantes de hombres, mujeres y niños que se mezclaban con el sordo estrépito de las paredes cayendo y las maderas quebrándose. Era la una de la madrugada del 24 de diciembre de 1937.

En el fundo “La Oriental”, sacudidas por imparable bamboleo, las paredes de la casa hacienda se amontonaron como un castillo de naipes apagando los estremecedores gritos de sus ocupantes. Un polvo picante con una oscuridad estremecedora, hacían más terrible el sordo rugido de la tierra. En escasos segundos, entre un fragor espantoso, toda la familia Koch-Tábori quedaba completamente sepultada.

En el edénico fundo “Punchau”, en cuanto las vibraciones del terremoto se habían iniciado, los jóvenes Ivancovich y Loechle, salieron despavoridos a ganar la calle y cuando ya lo habían logrado, escucharon los estremecedores gritos de la señora Ubaldina, que aprisionada entre los maderos de la escalera les llamaba pidiendo auxilio sin poder moverse. Los jóvenes volvieron inmediatamente. A tientas, en una oscuridad cerrada y asfixiante comenzaron a remover pisos y terrales; fatalmente el movimiento sísmico era tan aterrador y continuo que, una pared que había quedado suelta sepultó a los jóvenes amigos en contados segundos. Doña Ubaldina trató de incorporarse, pero no pudo. Un enorme tijeral le había aprisionado la pierna derecha, cortando venas y rasgando una gran extensión de tejido cutáneo, originándole una hemorragia dolorosa.

La tierra seguía temblando con leves intermitencias echando por los suelos las construcciones de adobes y tapias de Palmazú, Chilache, Chaupimonte, Ancahuachanán, Punchau, Chorobamba, Pavopampa, Yanachaga, Grapanazú, Santa Rosa, la Oriental, San Carlos y muchísimos lugares más.

El pánico era aterrador. Los gritos de las víctimas se confundían con el pasmoso ruido subterráneo. En algunos lugares la tierra se había cuarteado visiblemente y de las rajaduras, abiertas y profundas, un acérrimo gas sulfuroso subía en irritantes emanaciones que inundaban el ambiente. En la hacienda Ancahuachanán, en medio de una tétrica oscuridad, don Aníbal Cárdenas, había realizado el salvamento de familiares y vecinos no obstante tener una pierna seriamente lastimada. Cuando, agobiado, terminaba de sacar al último herido en medio de espectacular polvareda, se hundió toda una fila de casas de la hacienda. El pavoroso desastre de aquella madrugada comenzaba en la avenida Progreso, a diez kilómetros de Oxapampa y, a treinta kilómetros más allá, en Huancabamba, las casas estaban completamente destrozadas.

En Oxapampa, a poca distancia el convento de Quillazú, regentado por la Misioneras Franciscanas de la Divina Pastora, tenían su residencia los socios Fermín Rodés y Antonio Guardiz, españoles que después de cimentar su fortuna en el Cerro de Pasco, se habían instalado en Oxapampa para dedicarse a la agricultura. La casona era amplia y sólida. Al iniciarse los remezones –que en esa parte de la ciudad fueron escalofriantes- se abrió un enorme cráter en el centro de la sala, como si se tratara de una mina profunda. Succionados por el vacío producido, fueron a caer al centro del hueco envueltos en un polvo fino y punzante donde encontraron horrible muerte tras larga y dolorosa agonía.

Cerca de allí, la señora Marcelina Miche de Miranda fue arrojada al piso con sus hijos, Saturno de doce, José de diez e Irene de seis años. Una pared había caído sobre las escaleras aprisionándoles medio cuerpo. Imposibilitados de moverse, sufrieron la trituración de los miembros inferiores por el continuo bamboleo de toneladas de tierra sobre ellos. Sus gritos escalofriantes se confundieron con el sordo estrépito de la tierra gimiente.

La noche del 29 de diciembre, en el tren de pasajeros llegaba al Cerro de Pasco, el postillón de correos del valle de Huancabamba. Visiblemente conmovido, con lágrimas rebasándole los ojos, Pablo Ayala, natural de Mallapampa, fue entrevistado por las autoridades y redactores del diario EL MINERO. Esto fue lo que declaró: “Señores, fue terriblemente espantoso lo que vimos el 24, a la una de la mañana. Aquella noche el calor se había sentido más fuerte que nunca. Como si el aire caliente viniera del infierno, y aunque ustedes no me crean, desde el mediodía los animales se encabritaban intranquilos como si supieran lo que iba a acontecer. Al producirse el terremoto todos despertamos alarmados. La tierra temblaba como si se tratara de una inmensa zaranda y de todas partes el polvo de las casas se elevaba por los aires (bebe agua y se limpia las lágrimas). Yo, pudiendo o no pudiendo, salvé a mi mujer y a mis hijos. Aquella noche, por todas partes se escuchaban los gritos de las mujeres y de los niños, y en ese momento también, un humo como de ají se sentía en todas partes (bebe agua). Todos amanecimos aterrorizados y sin saber lo que estaba ocurriendo alrededor de nosotros… El sábado 25, día de Pascua, decidí salir de Huancabamba a pedir auxilio y cuando estaba parado en el corredor de la hacienda, esperando las valijas para transportarlas a la ciudad, vi una gran cantidad de humo producido por un volcán en erupción, cerca del convento de Quillazú. Los movimientos de la tierra siguieron hasta el lunes en que estuve en Huachón (limpia sus lágrimas y bebe agua). Yo soy el único hombre que ha podido salir de la montaña. Todos tienen miedo de que en el camino sean muertos por el terremoto. (Bebe una copa de pisco que le han alcanzado). He traído varias cartas de las haciendas “Chaucha” y “Chorobamba”, para los señores Maúrtua, Cárdenas, Rubio y Capdevila que piden auxilio para sus familiares. (Bebe). El número de muertos es incalculable. La pestilencia de los cuerpos descompuestos ya es horrible. El aire es irrespirable. Nadie sabe de lo ocurrido en Oxapampa porque se hallan completamente aislados. El volcán está botando humo y cenizas como la nieve de aquí… El puente de Yanachaga está por caerse. El río Huancabamba está socavando los muros. ¡Este puente es el único que comunica Huancabamba con Oxapampa…! ¡Yo les pido por amor de Dios que vayan ayudar a los que han sufrido esta desgracia…!.. ¡ Por favor, señores!… ¡ Misericordia!.

El 30 de diciembre de 1937, con la premura que el caso requería, el Presidente de Rotary Club del Cerro de Pasco, doctor José G. Cobián convoca a una sesión de emergencia. Los socios reunen gran cantidad de medicinas y disponen que el médico Alberto Guess y el enfermero Pedro Santiváñez vayan en auxilio de las víctimas por la ruta de Tambo del Sol y Huachón. A las cinco de la madrugada del primero de enero salía de nuestra ciudad esta cruzada de auxilio. En Huachón les esperaban cinco hombres y 25 acémilas para el transporte del auxilio.

Entretanto en los valles de Huancabamba y Oxapampa, la tierra seguía temblando, estremeciendo a las aisladas víctimas del terremoto.

Cuando el médico y el enfermero llegaron al escenario del terremoto, tuvieron una horrorosa impresión del escenario dantesco. Tuvieron que realizar un trabajo agotador. Contando con algunos sobrevivientes que milagrosamente se encontraban indemnes y la ayuda de algunos sacerdotes franciscanos emprendieron la dura tarea de rescate y curaciones.

Hicieron todo lo posible para salvarle la vida a doña Ubaldina Ames que acababa de ser rescatada de los escombros de su casa. Tenía la pierna derecha prácticamente seccionada, con una hinchazón espectacular debido a la gangrena que ya se habían aposentado en sus carnes. La hemorragia tan profusa la había debilitado de tal manera que apenas pudo resistir la curación, y luego de narrar lo acontecido en su casa e implorando perdón a Dios por sus pecados ganó la absolución de los sacerdotes y cerró los ojos para siempre.

Aquella mañana con el rostro desencajado, los ojos abiertos en inmensa interrogante, las ropas destrozadas, como un espectro, llegaba al escenario de la tragedia don Guillermo Koch. Había caminado cinco días y cinco noches por abismos y cerros, por cañadas y llanos; había cruzado caudalosos y amenazantes ríos empujado por una angustia mortal y una encendida esperanza en un rincón del corazón. Todo fue en vano. Cuando vio el montículo de escombros donde antes se levantaba su casa, pálido en extremos de agonía, se arrodilló a llorar su impotencia y su desgracia. Con los ojos incrédulos vio lo que todos habían visto antes: era imposible que alguien hubiera escapado con vida  de aquel infierno. Entre paredes destrozadas, maderos quebrados y hierros retorcidos yacía sepultada toda su familia: Su esposa, sus hijas, su suegra. Todo lo que tenía en la vida. Fue verdaderamente dramático el rescate de las víctimas.

El mismo día, el comandante Jesús Villanueva de la Base Aérea de San Ramón, salió pilotando una máquina de reconocimiento para observar el estado en el que habían quedado los caseríos del valle de Huancabamba. Desgraciadamente la falta de campos de aterrizaje impidió la bajada del avión. Sólo cumplió con informar que nada quedaba en pie.

Cuando removieron las toneladas de tierra que cubría la casa, un espectáculo desgarrador se ofreció a los ojos de los rescatadores. Una madre de 35 años tenía cogidos de las manos a sus dos hijos de 6 y 10 años y prendido de sus faldas, su hijo mayor de doce años, y a pesar de que tenían los cuerpos destrozados, la muerte no los había separado; sólo una niña recién nacida, milagrosa e increíblemente, era la sobreviviente del cataclismo.

Alfredo Grey, vecino de Huancabamba, aseguraba que la hecatombe tenía origen volcánico, pues horas antes del terremoto se habían oído fuertes ruidos a manera de estampidos que los había alarmado. Inmediatamente después, comenzó a llover  lodo hirviente y trozos de piedra como si fuerzas desconocidas las arrojaran sobre la ciudad que acababa de ser arrasada. En la quebrada de Chontabamba aseguraban haber encontrado un cráter. Muy cerca del Convento de Quillazú, los hombres tuvieron que cavar mucho para rescatar los desgarrados despojos de Fermín Radés y Antonio Guardiz. Sus cuerpos habían sido succionados a una increíble profundidad en el centro de la casa que habitaban.

Juan Machiavelo, recaudador de Huancabamba, el más diligente de los auxiliares de los sanitarios aseguraba que después del terremoto, habían seguido 45 réplicas haciendo temblar la tierra. Las gentes tuvieron que dormir en carpas improvisadas temerosas de que el terremoto volviera a repetirse.

Durante cinco días, y casi sin dormir ni alimentarse debidamente, con el solo deseo de atenuar los dolores, el médico y el enfermero, trabajaron suturando heridas; entablillando y enyesando fracturas; haciendo transfusiones rápidas; vacunando contra tétanos y otras enfermedades que pudieran presentarse; inclusive, algunas operaciones quirúrgicas de emergencia, generalmente amputaciones. En esta ocasión dispusieron la inmediata sepultura de los cadáveres rescatados porque se encontraban en avanzado estado de descomposición. Al final, la lista de baja y heridos graves, fue la siguiente:

MUERTOS

  1. Emilia Tábori de Koch, de 40 años.
  2. Yolanda Koch Tábori, de 18 años
  3. Olga Koch Tábori, de 8 años
  4. Evarista Herrera, de 60 años.
  5. Domitila Casimiro, de 7 años.
  6. Marcelina Miche, de 35 años.
  7. Saturno Miranda, de 12 años.
  8. José Miranda de, 10 años
  9. Irene Miranda de, 6 años.
  10. Fermín Rodés , de 45 años
  11. Antonio Guardix, de 47 años
  12. Domitila Nano, de 16 años
  13. Julia Chávez , de 5 años
  14. Ubaldina Ames, de 45 años
  15. Juan Loechle, de 25 años
  16. Juan Ivancovich, de 24 años
  17. Luis Macury, de 9 años
  18. Victoria Villegas, de 36 años y en días de dar a luz

HERIDOS DE GRAVEDAD

  1. Nícida Rowe
  2. Lastenia Beltrán
  3. César Macury
  4. Hilda Macury
  5. Cristina Vda. de

CASA COMPLETAMENTE DESTROZADAS

En el Valle de Chontabamba, 34 casas

En el Progreso, 23 casas

En Huancabamba, 28 casas

En San Daniel, 10 casas

En Oxapampa, 10 casas

El implacable derrumbe de los cerros había cubierto numerosos tramos de la Vía Sotil; igualmente el camino que conduce al valle de Pusagno. En la ruta a Huancabamba, se notaban numerosas grietas y deslizamientos. El puente que unía a Oxapamapa con Chontabamba, había desaparecido. Dos puentes que ligaban a dos sectores importantes entre Oxapampa y el Valle de Progreso, también. Los puentes que unían a Chanchamayo y Carhuamayo, o sea Llamaquizú y Yanachaga, habían sufrido daños considerables en sus bases. En el fundo San Martín, se había volteado –como si alguien lo hubiera hecho con las manos- un depósito de aguardiente. En este mismo lugar, en el epicentro del terremoto, las papas que estaban florecidas dentro de la tierra, salieron despedidas hacia arriba como impulsadas por misteriosas y subterráneas catapultas. En el fundo victoria, en terreno llano, se abrió un enorme boquete del que manó un volumen considerable de agua que arrastró corpulentos árboles, aumentando terroríficamente el caudal del río Chorobamba. Los cerros boscosos de los ríos Chontabamba y Chorobamba, sufrieron enormes deslizamientos y derrumbes, que llegaron a abarcar una considerable extensión de más de diez leguas.

Desde el amanecer del 24 hasta el 5 de enero, se habían registrado en la zona, 600 réplicas de regular intensidad.

Cuando llegaron médicos, enfermeras, policías, periodistas, familiares de Tarma, La Merced, Chanchamayo, La Oroya, Lima y otros lugares, el doctor Alberto Gues y el Enfermero Pedro Santiváñez, decidieron regresar a Cerro de Pasco. Hambrientos y casi sin dormir, habían cumplido una hermosa y heroica misión. Cuando salieron de Huancabamba, traían en sus retinas y en el alma, dantescos cuadros de conmovedoras escenas que les había tocado vivir. Allá quedaba en la memoria y en el corazón, una herida que no han olvidado.

PROMOCIÓN 1950

PROMOCIÓN 1950Aquí estamos momentos después del último desfile de fiestas patrias de 1950. Vestimos, ufanos y orgullosos, nuestro proletario uniforme escolar. Mameluco azul con correaje blanco a la cintura; camisas blancas sport de cuello abierto; escarpines de tela sobre los calzados “Rompebuques” negros; cristinas azules con rombo celeste al costado derecho. La mayoría frisaba los once a doce años. (Claro que había algunos mayores como Lucas y Mendoza, ex sargentos licenciados del ejército). Al año siguiente ya no estaríamos en nuestro histórico plantel. El destino nos llevó por diferentes caminos y, ahora, transcurridos más de sesenta años, ante esta fotografía, con emoción verdaderamente grande, desandamos el camino del tiempo y ejercitando la memoria, recordamos a algunos hermanos:

Rodeando a nuestro maestro, Mamerto Galarza Mayor, estamos (entre otros): Miguel Laderas Rojas “Cupe”, extraordinario recitador: “Quiero morirme un día// a la vera de un camino//donde no hallen mis restos// ni me puedan rezar”. Versos premonitorios que declamaba para terminar llorando como si predijera su muerte. Falleció en la laguna de Yanamate. (Todo el pueblo lo buscó, hasta los buzos de la marina, pero sus restos jamás fueron encontrados). Goyo Rivera, más conocido por “Lerofú”, juguetón y fantasioso. El día que lo encontré después de muchos años, mirando sibilinamente para un lado y otro, me dijo que estaba de incógnito porque estaba en el servicio secreto y, sin más, se despidió. ¿Dónde estará ahora?. Agustín Bustamante Montoro, actualmente jubilado del magisterio. Es un gran maestro. Fue excelente basquetbolista. Alfonso Evangelista Rispa, más tarde, dinámico empresario y exitoso comerciante. Nuestro maestro Mamerto Galarza Mayor, “El gato”, asombroso maestro al que no olvidaremos jamás. César Pérez Arauco, profesor que escribe estas notas; Marino Soto Hinostroza, el “Uto”, excelente futbolista; Juan Rodríguez Munguía, notable alumno, últimamente profesor principal de la Universidad de Massachusets USA. Antes me escribía, parece que actualmente me ha olvidado. Fernando Livia Chávez, el mejor futbolista de mi época, es el engreído de sus hijos que lo llevan y lo traen a donde vaya. Lo queremos mucho. Luis Ráez Malpartida, notable e inquieto compañero. Lo último que supe de él es que, incorporado a la Martina mercante, viajaba por todo el mundo. Hasta ahora recordamos su gran inteligencia y su bondad de excelente amigo. El “cojito” Amaro, gran dibujante con  una caligrafía esplendorosa; nadie lo igualaba. Germán Goyena Robles, vivía en la Docena. Al año siguiente murió de un edema pulmonar agudo al retornar de un viaje a Lima. Fue una pérdida irreparable. José Pagán de la Cruz, “El Pato”, integrante de una numerosa familia de Quiulacocha; José Martínez, más tarde empleado del Banco Popular del Perú junto con “Cua –Cua” Acquaronne, el mejor alumno en matemáticas. José “Pepe” Guerra, arrogante hijo de un policía. Antes de su llegada, nuestros chistes más audaces eran de Bertoldo, Bertoldino y Cacaseno; éste nos trajo atrevidos cuentos de Quevedo de los que era especialista. Luis Gayoso, Alberto Dahga, Alberto Quintana, excelente clarinetista, inseparable amigo del gringo Hope que acababa de irse a su tierra en Canadá. Están, además, Mendoza, Ayala, Palomino, Bernuy. Detrás de todos nosotros se puede notar una enorme pared de tapial   donde jugábamos pelotaris, profesores y alumnos.

Desde nuestro querido maestro Galarza, muchos le han seguido en el viaje definitivo y ya no están con nosotros. A ellos nuestro más hermoso recuerdo.

Hace unos días volví a mis aulas. No pude entrar. Una nostalgia enorme cargada de tristeza me encogió el corazón. Nunca había sentido algo igual. Su patio, sus paredes de piedra, su campo deportivo fueron escenario donde transcurrió una juventud llena de alegrías que ya no volverán.

“El Congreso” de Comas

el congreso de comasCuando en 1987 llegué a Lima, visité este famoso local llevado por Pablito Dávila. Quedé gratamente impresionado. Era el “huarique” donde inolvidables personajes populares de la tierra cimera se daban cita. Allí estaban, Miguelito  Rosales Llanos, “Centromín”, líder patriarcal respetado y muy querido; Juan de la Cruz Benito, “Cabecita de Oro”, viejo futbolista, gloria del Unión Minas de Colquijirca; Abilio Cadema Solís, “Abicho”, dueño de una voz privilegiada, triunfador en las radios “Azul”, “Rancas”, “Corporación” y “Pasco”; que “desempolvaba” viejos boleros recordando a Fernando Albuerne, Juan Arvizu, Genaro Salinas, Gregorio Barrios, Leo Marini, Pedro Vargas, y otras estrellas. Cuando cantaba, un respetuoso silencio evocativo se apoderaba de los congresistas que rendidos de emoción aplaudían con sus insistentes: otro, otro, otro. Abilio nos complacía. Al comienzo cantaba con  solo mi acompañamiento de cajón –una parte del mostrador- después apareció Huapayita, extraordinario, guitarrista que “se hace la güita”  tocando para sus amigos. Augusto Caballero Fúnegra, “Acucho”, legendario basquetbolista, ídolo local, consciente del cariño que le prodigamos, nos hacía vibrar con evocativos tangos que otrora escuchamos en la lejana tierra amada. “Tiempos viejos”, “Volver”, “Caminito”, “Percal” y otras tantas joyas del cancionero del Plata. “Acucho” conjuntamente con el chino Baldoceda, “Colorao” Arroyo, Miguel Rosales, Máximo Lazo, “Avestruz” Martel y Emil Braniza, se habían consagrado como basquetbolistas estrellas en los Juegos Centro Peruanos de 1950, realizado en Huancayo. Terencio Marruffo, “Sindicalista”, hombre de mil y un recursos laborales, hablador como ninguno; Orlando Lazo Vargas, “Charles Bronson”;  Leoncio Fuster, “Fleming” y Hugo Rosales, “Pavo Zonzo”, destacados futbolistas de épocas recientes; Juan Ricra, “Barba Azul”, un campeón de “Cachito” célebre por haber tenido siete mujeres y ser un incorregible “motoso”; Máximo Lazo, “Machina”, inolvidable centro delantero de los equipos de fútbol de Pasco; Blas Espinoza, “Puchunco”, triunfador en las filas del Unión Minas de Colquijirca y el Sport Boys del Callao;  Cholo Vargas, recio delantero de la “Selección Mina”. A todos ellos se sumaban los que esporádicamente nos visitaban: Félix Baldoceda Yanútulo, “Chino”, inolvidable valor de nuestro básquetbol; Ricardo Cruz, “Rica”, imbatible basquetbolista; “Trompito” Cornejo, retirado árbitro de fútbol. Carlitos Amador, amigo ejemplar que, en sus tiempos, “De un solo cabezazo tiraba al suelo a los más valientes. Caían como álamos”.  Miguel Rosales Mayhua, guiador y excelente danzante de chunguinada.

No obstante ser un “Huarique” pequeño, el “Congreso” era muy cómodo y estratégicamente ubicado. Atendida por los esposos cusqueños, don Ricardo y doña Meche, recibimos las más encomiables atenciones y servicios; nunca tuvimos queja alguna porque ellos también eran parte del grupo. En todo el tiempo que estuvimos en aquel inolvidable distrito, recibimos la visita de una inacabable ringla de amigos que llevado por la fama del “Congreso”, venían a visitarnos.

El trago general y preferido por todos era “Ronaldo”, (Ron con coca cola). Para distinguirse de los demás “Cucho” pedía su cerveza helada y su vaso especial porque “tenía sida”. No quería que nadie tomara en ese vaso. Era muy remilgado y especial,  detalle no bien visto que después fue superado con un “aclare” directo.

Cuando llegamos, advertimos que tras los primeros tragos se encendían los ánimos de los “políticos” que se enredaban en controversias de nunca acabar. Conformaron  grupos que muchas veces estuvieron a punto de irse a las manos, haciendo peligrar la unidad. Desde entonces, la ponencia que encontró unánime aprobación, fue dejar de lado referencias políticas y religiosas. Santo remedio. Esta decisión se respetó a rajatabla y nunca más hubo discusiones desagradables. Todos éramos viejos hermanos.

Un día que un amigo me informó que “Chunchulín” Pérez vivía por ahí cerca, fui a buscarlo. Después de los saludos cariñosos supe que era pastor de la iglesia evangélica, muy reconocido en el lugar, por lo tanto, hacía mucho que había dejado el trago y todas sus desviaciones. Cuando se enteró que la mayoría de paisanos nos reuníamos los sábados en el Congreso, dijo que vendría un día para conversar.

El sábado siguiente, cuando estábamos en lo mejor de la conversa, me indicaron la puerta. Allí estaba Pedro, elegantemente vestido con terno azul, camisa blanca y corbata roja. Bien futre. Ni bien entró fue objeto de cariñosos saludos de la totalidad de congresistas. Él se puso exultante y locuaz. Cuando le llegó el trago dijo que “ya no era del vicio”, pero, “Cabecita de oro” querendón y muy cariñoso, le dijo “La puntita no más, la puntita” y le hizo beber un buen sorbo. En la siguiente ronda ya sin remilgos tomó su trago. Llegada las tres de la tarde, Miguelito –el patriarca- se despidió y todos nos dispusimos a seguirle, pero Chunchulín que ya estaba bien armado, olvidándose de su investidura, en voz alta nos increpó: “No me jodan pues, primero me “enchatan” y ahora me abandonan, no, carajo, eso no es legal. ¡Vamos a seguir chupando!”. Le explicamos que ese era el horario que teníamos que observar porque muchos vivían al otro lado del barrio y tenían que cruzar las “Doscientas millas”, es decir las dos pistas de la avenida Túpac Amaru que eran muy peligrosas. No hubo caso. Nos quedamos con  él. Sólo Miguelito se marchó. Entusiasmado como estaba, Pedro salió un momento y volvió con una guitarra. El resto de la tarde se la pasó cantando. Es decir volvió a ser el alegre amigo de mil y un encuentros. Cerrada la noche y para que no lo vieran en ese estado, tomamos un coche de alquiler y lo llevamos a su casa. Tocamos la puerta y nos fuimos.

Desde aquella tarde, iba una “delegación” a invitarle para que su familia viera que estaría muy bien acompañado. Lo primero que hacía era llevarnos a un recreo donde asistía gran cantidad de personas, pedía en voz alta un yogurt familiar que compartía con nosotros, después de esa mascarada, nos dirigíamos al “Congreso”.

Bueno, el caso es que Pedro Pérez fue un excelente imitador del exitoso cantante de pasados momentos: Luis Abanto Morales. Le había cogido su manera de desplazarse en el escenario, sus risitas cachacientas y su reluciente parafernalia de anillos de todas las variedades. Cuando Luis Abanto  arribaba a nuestra ciudad, no lo dejaba a sol ni sombra para coger sus características más espectaculares. Además en las presentaciones de artistas importantes que nos visitaban, él estaba presente. No perdía la oportunidad de posar al lado de los mejores. Actualmente, en la sala de su casa, puede vérsele al lado de Ángel Infante, Raúl Show Moreno, Los trovadores el Perú, Los Chamas, “Irma y Oswaldo”, el “Carreta Jorge Pérez”, etc.

Cuento esto con mucho pesar. Pedro Pérez Santiago, nuestro querido amigo acaba de dejarnos al emprender el viaje sin retorno. Que en paz descanse.