“Las casas malas” (Primera parte)

casas malas 1El burdel es visto con ojos de condena por las viejas pacatas que la llaman, “Casa Mala”. La existencia de los torvos prostíbulos  mineros como los del resto del mundo está dedicada a la alegre  actividad premonitora de la cópula tarifada: el baile. Práctica viva, desopilante, que empleados y obreros de la “Compañía”, circunspectos, serios, laboriosos y cumplidores en la labor diaria realizan como un rito liberador de tantas tensiones faeneras. Comienzan tímidamente, pero  a medida que los tragos los desinhiben, se van soltando hasta llegar al desafuero espectacular y sicalíptico que marca el paso de la pelandusca de turno. Las cucufatas ignoran que el mismo Rey Salomón al que veneran a pie juntillas, contaba con numerosos serrallos. Las Escrituras lo puntualizan. Dice que el monarca sabio tenía 700 mujeres y 300 concubinas basado en su capacidad fálica digna de ser recordada por todos los tiempos. El mismo Rey que al referirse a una mujer diría, ” Las curvas de tus caderas son  joyas magistrales, tu ombligo es una copa redondeada llena de vino perfumado, tu vientre es un monte de trigo cercado de lirios,  tus dos senos como dos hijos gemelos de una gacela”.

Los burdeles no estaban establecidos sólo para satisfacer las ansias reproductoras de los monarcas. Las mujeres debían ofrecer espectáculos de variedades, cantando, ejecutando arpas, timbales, panderetas, castañuelas y, sobre todo bailando. En casi todos los reinos se aceptó la prostitución sagrada.  La necesidad social, o animal, que viene a ser lo mismo, ha sido contemplada con honda preocupación por los grandes pensadores y estadistas de todas las épocas. ¡Dejarse de melindres! En Siria y Babilonia, por ejemplo, los sacerdotes desfloraban a las jóvenes núbiles ofreciéndolas a la diosa del amor. Lo mismo pasaba en la India. En el siglo XV, en tiempos del rey Jaime de Aragón, en territorios de España, con las proporciones de una ciudad amurallada, existía un famoso burdel para los nobles. Cuando Rasputín armó su prostíbulo particular en la Rusia de los Zares, seguía la costumbre del rey Childerico que obtenía –por derecho- la primicia sexual de todas sus súbditas jóvenes hasta donde le diera el cuerpo. No hay que olvidar las trapisondas de Enrique IV y de los Luises de la Francia final. Como no podía ser de otra manera, el Cerro de Pasco, residencia de ricos mineros, comerciantes, hacendados, aviadores y arrieros -fornicadores de leyenda- siempre tuvo numerosos burdeles; para todos los gustos y posibilidades económicas. Largos años ha, en ciudades más importantes de Europa se habían fundado los primeros establecimientos comerciales conocidos como “Borthellos” que pasan al inglés como “Brothels” de donde deriva al castellano en “Burdeles”.

El lenocinio, burdel o, “Casa Mala” como le decían las viejas cerreñas, recibió desde antiguo una serie de remoquetes que sólo los iniciados entendían: BULIN, un argentinismo traído por el cinematógrafo del tiempo de Tito Lusiardo, Floren Del Bene, Pedro López Lagar, Francisco Petrone, Guillermo Bataglia y otros, que referían a la casa de cita como tal, como bulín. También de aquel hermano país, muy ligado al nuestro por la turbulenta historia de nuestros arrieros, recibió el apodo que hasta ahora está vigente: Quilombo. Después, TEPA: sacado de aquel corrido que Jorge Negrete cantaba con delectación: “La feria de las flores”, en uno de cuyos pasajes decía: “Vamos a “Tepa”, tierra soñada// donde la vida es un primor// Allí me espera, mi chaparrita// la única dueña de mi amor….También se le llamó,  BUQUE, tal vez porque, a manera de un trasatlántico, permitía la convivencia de gente de diversa pelambre. Otro nombre que llevó fue el de CHONGO, y más cariñosamente “Chongoyape”.  Sus aposentos variaron en nuestro pueblo por categorías. Desde el exclusivo “Rancho Grande” donde atendían sofisticadas extranjeras, francesas, cubanas, chilenas, mexicanas, etc. enorme variedad que los manirrotos mineros, comerciantes y hacendados cerreños podían permitirse; hasta el vernacular “Tambo Colorado”, donde hacia su agosto el ciego “Aramburucha” con su “Sirena” –hermosa mandolina- que acompañada de arpas, guitarras y violines, alegraba a los servidores de los socavones; pasando, claro está, por las misteriosas casas de citas. Bueno, el caso es que este socorrido lugar de apareamiento carnal, fue a lo largo de la historia minera, escenario de mil y un combates.

En la casa mala se han tejido mil y una historias. Muchas giraban en derredor de la Mami, administradora del lugar. Era la madre de todas las pupilas. Las veces que alguna de ellas quiso casarse, exigió que le presentara al “novio” para conversar con él; tras la plática, decidiría si le convenía o no. La pupila acataba la decisión. Era una verdadera madre para todas aquellas desventuradas que pintarrajeadas y forzadas sonrisas en los labios, buscaban alegrar a los burdeleros. Así, durante su estada, vio marcharse a seis mujeres con sendos maridos que les dieron hogar. Eso sí, salida de la casa, ya no tendría oportunidad de retornar, cualquiera hubiera sido su suerte. De aquellas, Morayma, accedió al pedido de un hombre solitario, otoñal como ella, que había visto pasar su vida sin haber encontrado a la compañera de sus sueños. Las diarias pláticas revelaron una maravillosa conjunción de pareceres, coincidencias en gustos y preferencias, hasta que comprendieron que estaban hechos el uno para la otra. Tras darle muchas vueltas al asunto, decidieron unir sus destinos por el resto de vida que les quedaba. Jamás imaginaron lo que tendrían que afrontar después. “Gelacho” Malpica, pertenecía a un grupo social de elite en la que estaba la gente  encumbrada y la más chismosa de la ciudad: “Los Decentes”. Cuando se enteraron de la verdad,  ni sus familiares le perdonaron el traspié. Le cerraron las puertas de sus casas y cortaron todo vínculo de parentesco. Cargando unos cuantos cachivaches, se fueron a vivir a extramuros de la ciudad. Los clubes “Centro Social”, “Team Cerro”, “Copper” y “C.J.C”, le retiraron su membrecía y lo trataron como a un apestado, aunque claro está, todos los socios eran irrenunciables burdeleros. Felizmente, pasados los años se decantaron las pasiones y perdonaron el desliz sin restituirle antiguos privilegios. Lorenzo “Luly” Dorregaray, tuvo suerte diferente. Sin hacer caso de insultos y desplantes se plantó a vivir en su casa, en compañía de la “Pantera”, una negra magistral de hermosura soberana que, convertida en atracción de los lupanarios, fue “sacada” para casarse. Fueron felices porque la negra valiente defendió su hogar con uñas y dientes. Nadie se metió con ellos. Por su parte, “Machi” Romero –arquero del deportivo Municipal- “sacó” a Vilma y se llenó de hijos con ella. Tuvieron mala suerte. Una tarde que estaba atendiendo su Restaurante, se inflamó la cocina originando un mayúsculo incendio. Murieron tres de sus hijos. Ella, por salvar al menor, sufrió serias quemaduras que la desfiguraron completamente, al igual que a su niño. Nunca pudieron reponerse de tremenda desgracia. Como ésta, muchas historias anduvieron de boca en boca por el pueblo. Todas fueron conocidas por la Mami que, siempre oportuna, hizo llegar su apoyo a los damnificados.

En el tiempo que llevaba regentando el burdel, había presenciado muchísimos acontecimientos. Desde las grescas descomunales con muchos heridos, hasta las redadas de la policía en busca de  rateros o apristas conflictivos. Esa era una constante. También fue testigo de muchas escenas de amor, sacrificio y entrega que, en éste como todos los lugares, se dan. Recordaba por ejemplo, cómo un enamorado asistente al lupanar –el “Chiquito” Quintana- preñó a una pupila no obstante los cuidados desplegados para evitarlo. Tras el alboroto levantado por el acontecimiento, él, con un enternecido  comedimiento, esperó los nueve meses hasta el nacimiento. La llegada de la niña fue muy festejada pero terminó con la vida de la madre que murió entre estremecedoras convulsiones. Aquella noche desapareció con la recién nacida. Jamás permitiría –como lo declaró años después- que su hija de puta, creciera en un burdel. Se desvivió por ella y la convirtió en una hermosa señorita que después la casó con un próspero industrial.

(Continúa …)

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