“Las casas malas” (Segunda parte)

gringoOtro fue el chasco que se pegó un gringo de la “Mining”. Joven, alegre y vivaz,  apenas llegado trató de  entrar en el mundo vocinglero del baile y la alegría. En su castellano ripioso preguntó a los trabajadores, jóvenes como él, si en la ciudad había un lugar donde pudiera tomarse unos tragos y bailar con damas guapas y alegres. Se refería, claro está, a un  cabaret con anfitrionas, meseras, mozos, orquesta y lo demás; los lugareños, restringidos al estrecho escenario local pensaron de inmediato en el burdel. Le dijeron que sí. El gringo preguntó la dirección y se la dieron. Un sábado, al promediarse la medianoche, los burdeleros y alegres damiselas vieron entrar a un gringo joven, buen mozo, bien plantado. Lucía un impecable smoking negro con “michi” y todo. Parecía un figurín. Cuando se dio cuenta que se encontraba en un burdel como otro cualquiera del mundo, ya estaba rodeado de las chicas que le hicieron bailar y beber toda la noche. A partir de entonces,  se convirtió en infaltable asistente y claro, sin la ropa ostentosa y llamativa que había usado en su debut. En poco tiempo, por obra y gracia de los soplones que contaba la compañía, sus actividades festivas fueron conocidas por sus jefes. Le entregaron su “Time Cheek” y lo echaron de la compañía. Las putas, enteradas de la noticia, le organizaron una espectacular despedida que duró tres días con sus noches. El gringo por alegre, manirroto y muy democrático, había calado muy hondo en el alma de las féminas que inclusive lloraron cuando partió.

Otro infaltable asistente al lupanar era el “sopero” Ponce, diminuto vejete que con creces superaba los sesenta pero que ostentaba un asombroso vigor para su tiempo; la otra chapa por el que se le conocía era: “Eléctrico”. Ambos apodos eran engañosos. Los que no estaban en los secretos prostibularios, creían que le decían “sopero” por efectivo practicante del sexo oral que, a su edad, encontraban comprensible. Falso. “Sopero” porque efectivamente gustaba de la sopa aquella que en su casa preparaba él mismo con harina de habas, arvejas, chochoca, trigo y otras especies a las que, invariablemente, añadía una extraña sustancia salada que sólo él conocía. Bueno, no sólo él, también don Pedro Santiváñez –enfermero del Carrión- su involuntario proveedor. Este polvo misterioso y exclusivo era fruto de sus incansables lucubraciones. Lideraba un grupo de “malogrados” que continuamente estaban experimentando poses y actitudes –no importándoles cuan difíciles fueran- para alcanzar el máximo goce venéreo; entre ellos estaban el flaco “Tovacho”, el “aventajado” Agostini, y casi todos los bancarios de entonces. Tres pelanduscas los secundaban: “La Pantera”, “Regina” y “Simoné”. Los días de pago en la Compañía, colgaban a sus puertas sendos cartelitos que aseguraban: “Servicio Completo – Atención por los tres caminos”. Se llenaban de plata. Su afición no sólo abarcaba libros misteriosos de magia negra, hechicería y encantamientos; sino también sicalípticos de Vargas Vila y Alfredo de Musset, especialmente “Cien Noches de Placer”, y la Biblia del amor: Kamasutra, cuyas lecciones –especialmente las posiciones tan dificultosas como excéntricas- las practicaba con su mujer, la Regina, fiel acompañante y colaboradora en sus exóticas experimentaciones. Su insaciable avidez le hizo leer, los “Shungas” de Japón, escritos e ilustrados por monjes de misteriosos monasterios y “Los Libros chinos de almohada” con increíbles revelaciones chinas y, cómo no, “Las Mil y Una Noches” en su edición para adultos, prohibida para niños. Está demás decir que estos ejemplares le fueron proporcionados por chinos y japoneses residentes en la ciudad minera. Sus averiguaciones en este campo habían sido múltiples. Ávido lector del doctor Voronoff, estaba seguro que las glándulas reproductoras de los monos y otros animales alimentaba con creces la potencia sexual de los hombres, por eso los carniceros le guardaban criadillas de toros, machos cabríos y carneros que eran parte fundamental de su dieta. Descubrió y experimentó personalmente –sin que nadie más lo supiera- que la placenta de una recién parida estaba dotada de sorprendentes efectos afrodisíacos que actuaban sobre la libido de los hombres. En sus cuidadosos estudios llegó a establecer la manera más efectiva de ingerir este poderoso reconfortante sexual. Enterado que se había producido dos o más nacimientos, llegaba al nosocomio y, sibilinamente, guardaba en una bolsa el quid de su misterio. En casa, lo lavaba y sometía a un procedimiento de salado escrupuloso, no sólo con sal común, sino con otros elementos vegetales resecos y previamente molidos como maca seca, huanarpo macho, algarrobina, miel de abejas, con los que lo embadurnaba totalmente y exponía a los rayos del sol y, en la noche, a la intemperie para que el hielo hiciera lo suyo. Ya completamente seco y crocante como galleta tostada, lo molía y mezclaba con su sopa sustanciosa. Este extraño menjunje afrodisíaco, caro a sus apetencias, rica en hormonas, era efectivo para ponerlo en “Fa”. El sopero estaba convencido de los efectivos resultados de su preparado; su “currículum vitae”, lo demostraba. Era el asolapado marido de la Mami y, consolador amante de las otras damiselas que lo admiraban por su vigor inigualable, su resistencia, delicadeza y arte incomparable para hacer el amor; “eléctrico”, no solo por sus bríos sino también porque formaba parte de las huestes de Joaquín Alcántara que comandaba el taller encargado de las instalaciones eléctricas en la “Mining”. Era un excepcional sopero eléctrico. Un semental.

Había presenciado ocurrencias tragicómicas como la del “Chino” Campoa. Recién casado con una chica de buena familia, había dejado de asistir por quince días mientras duraba su “Luna de Miel”; después, volvió a las andadas. No pudo olvidar a su camote; una petisa de grandes atributos físicos que le había sorbido los sesos y era, “su mujer”. Diariamente, a las cuatro y media de la tarde ya estaba plantado en el lugar. A las once de la noche se marchaba a descansar. En su casa, la recién desposada, en la creencia que seguía trabajando, la esperaba amorosa. Un grupo de amigas, la sacó de su error. Una tarde fueron a visitarla. Lo que le contaron lo sumió en un mundo de desesperación y llanto. Le hicieron un pormenorizado relato de todo lo que sabían y habían visto, aderezándolo con atingencias vengativas, procurando que la damnificada reaccionara lavando su honor venido a menos. “Hemos venido a contártelo porque siendo tus amigas del alma no podíamos permitir que ignoraras la traición que te hace tu marido. Ese sinvergüenza, no obstante tener una hermosa mujer en su casa, se va a reunir concupiscentemente con una insignificante mujerzuela que lo único que tiene grandes son el culo y las tetas”. ¿Vas a permitir que te siga poniendo cuernos? ¿Ah? ¡Reacciona! No sea una “Wepla” (tonta) – le dijo la más venenosa de sus “amigas”-. Yo que tú, lo agarro a palos y le enseño a no sacar las patas del plato. ¡No hay que ser cojudas! Dejémonos ya de ser las opas que, silenciosas y serviciales, esperamos a estos chuchumecones de mierda, mientras ellos se encuentran revolcándose con las putas. Piensa que en una de esas te clava un “purgación” de la gran flauta y te quedas estéril. ¡Qué carajo! ¡Reacciona!”. La joven señora, no sabía qué camino tomar. No tenía experiencia en esos menesteres. Estaba obnubilada sin saber qué hacer. Tanto veneno destilaron en sus comentarios que al final, sin que ella pudiera oponerse, aceptó. Trazaron un plan “reivindicatorio” bien meditado donde ella sería la actriz principal. Iría el grupo de seis señoras acompañándola y, ocultas, esperarían que el “chino” entrara en el lenocinio y, calculado un tiempo prudencial, ella entraría en el salón y, sorprendiéndolo “in fraganti”, lo molería a palos para que nunca vuelva a traicionar su hogar. Eso sí, ellas quedarían fuera para que la cosa sea entre él y ella. Nadie más. Cuando la señora dio muestras de pusilanimidad y temor, sus “amigas” se encargaron de arengarla hablándole de la moral, las buenas costumbres y, sobre todo de su nombre que estaba por los suelos. Hasta que la convencieron. Así esperaron el día fijado.

Aquella tarde, como siempre, sin sospechar de la celada en la que iba a caer, el “Chino” llegó exultante y entró en el burdel donde su “chata” la estaba esperando. Pidió una cerveza cerreña “Herold” y se sentó en la banqueta del mostrador del brazo de su querida. La orquesta aceleraba el ritmo contagioso de “El Tumbaíto”, cuando de pronto calló de golpe produciéndose un silencio embarazoso. El “chino” sorprendido levantó la cabeza y, a través del enorme espejo que estaba frente a él, alcanzó a ver a  su mujer avanzando amenazante con un enorme garrote entre las manos. Como una ráfaga fugaz vio también la expectativa que se había formado en el salón. ¡No tenía escapatoria! En unos segundos, encontró la salida a su problema y poniéndose de pie eufórico comenzó a gritar:

— ¡Una nueva!  ¡Una nueva!, ¡Ha llegado una puta nueva! ¡Preséntenmela! . ¡Vamos a conocerla…! Lo que aconteció después fue increíble. La señora, “su señora”, centro de las miradas, comprendió la situación en la que se había metido. Coligió que, efectivamente, en un burdel no podía haber más que putas. Avergonzada, con el alma que se le chorreaba por las manos, dejó caer el palo y salió huyendo avergonzada sin hacer caso de nada, ni siquiera de las promotoras del escándalo que la estaban esperando. En su casa soltó toda la contenida emoción que la abochornaba por el papel que había protagonizado y lloró como nunca. A las once de la noche, cuando oyó el abrir de la puerta de su casa, temblando de temor y vergüenza se aprestó a ensayar una explicación y pedir perdón por el papelón que había hecho, pero no hubo necesidad. El “chino” entró, le dio su beso y le pidió que le sirviera su cena, como si nada hubiera ocurrido. Ni antes, ni después volvió a tocar el tema. Fue la  primera lección que tuvo que aprender la señora.

(Continúa…)

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