“Las casas malas” (Tercera parte)

casas malas 2La escasez venía golpeando duramente desde tres años atrás. Nadie se salvaba. Excluyendo a los privilegiados por la compadrería oficial, todos sufrían la dramática restricción. Los burdeles, naturalmente, no eran la excepción. En el “Rancho Chico”, la meteórica popularidad alcanzada por “Chacalhua” Ramírez entre el mujerío, era un completo misterio. Nadie entendía por qué el joven empleado de Vicente Vegas se había convertido en el engreído del chongo. La misma Mami, tan renuente a las atenciones especiales, había dispuesto que Omara, la más hermosa hembra del lugar, entregara sus favores y sus más delicadas atenciones a aquel joven cerreño. El enorme mujerón –sueño de todos los gamberros allí presentes-  cumpliendo la orden se sobajeaba en el pecho de  “Chacalhua” que no sabía qué hacer. Un rubor adolescente entintaba su rostro cuando las cálidas piernas de la turbadora pelandusca se metía entre sus partes viriles y juntando su rostro perfumado musitaba, ronca, el bolero que “Cara e’ mango” y el negro Godoy, cantantes oficiales, elevaban a regiones de ensueño con el acompañamiento del tintineante piano del “Trapito” Rodríguez y la batería del “Tuerto” Rojas.

Finalmente se descubrió el misterio. El despachador, luego de acopiar numerosas boletas de racionamiento, las cambiaba por un abundoso alijo de arroz, azúcar, harina, fideos, manteca, que al ponerlo delante de la Mami, provocaba la admirada aclamación de las “niñas” y el homenaje de aquella imponente mujer a la que todavía recuerdan con mucha nostalgia encanecidos lupanarios de entonces.

Omara era una rara preciosidad. La exótica hermosura de su madurez restallaba en su sedosa piel agarena, en sus ojos fastuosos pero inexplicablemente tristes, en sus labios carnosos siempre sonrientes, en su cuerpo alto y fuerte de senos turgentes y mayúsculos, en sus piernas torneadas y duras, en su grupa poderosa y colosal hecha para el amor. Todo su ser exhalaba sexo. Era generosa y deslumbrante con su melena negra y su sonrisa provocativa y engreída. Una atrevida blusa floreada  le permitía el lucimiento de esas tetas de reina que gritaban: “Agárrame y ámame” y entre esas dos prominencias de ensueño, una cadenita que terminaba en una cruz diminuta, brillante, pulida, de oro. Todos los parroquianos que llegaban al “Rancho Chico” tenían que hacer con ella. Breve y sonoro, de exóticas reminiscencias moras, su nombre había trascendido con creces los linderos del serrallo: Omara.

Sus “amores”, es decir, sus clientes, eran numerosos y ella recordaba el nombre y apellido de cada uno de ellos con asombrosa precisión. Esto halagaba sobremanera a los sementales. Encelada y coqueta era una artista en atenderlos como si  cada uno fuera el único. Para cada marchante era la enamorada “chiquilla” que los derretía con sus besos. Todo el rito propiciatorio para el amor era meticulosamente cumplido por ella; desde el lavado con agua tibia  y los excitantes masajes  previos, hasta el momento de la verdad. Entonces se entregaba como una enamorada primeriza, completamente desnuda. Su estrecha habitación abrigada por dos estufas eléctricas fabricadas por sus adoradores (electricistas de la empresa), le permitían estas hazañas amatorias cuando afuera la temperatura se estremecía a diez grados bajo cero.

Amaba quejándose como una niña, gimiendo como una desflorada debutante, excitando con sus besos, resuellos, gemidos y palabras estimulantes, el ímpetu del garañón. El clímax –sentido o teatralmente fingido- le hacía proferir un quejido agudo de gatita herida que llenaba de orgullo al amante.

Al terminar la faena amatoria, envolvía su cuerpo en una abrigadora bata para atender el aseo de su amante. Con el beso de despedida recibía una generosa retribución a sus atenciones. Con todos era así; por eso es que cada tarde, a su puerta, una enorme fila de obreros y empleados aguardaba sus caricias. Al despedirse, con voz engolada y dulzona, los invitaba a que vuelvan a amarla.

Lo que nadie sabía era que detrás de esa aparente felicidad, un drama muy hondo ensombrecía su vida. Entre sus compañeras, no obstante ser obsequiosa, amable y comprensiva,  jamás fue tocado el tema de su pasado. Su vida era suya y nada más que suya. Las ocasiones en que las nieves las sitiaba y casi nadie asistía al serrallo, pasaban horas enteras rodeando la estufa del salón, en enjundiosas pláticas donde ella llevaba la voz cantante. Pasajes de la Biblia, hechos históricos, anécdotas amenísimas y mil y un aspectos de la cotidiana existencia expuestos en forma sencilla pero amena que aumentaba la curiosidad de sus compañeras. Todos compartían por igual aquellos estimulantes momentos de amistad. Al final, sin mencionarlo, todas quedaban convencidas de que estaban ante un ser superior. Muchas cosas parecían inexplicables y misteriosas para sus compañeras que no sólo la admiraban, sino que la respetaban ostensiblemente. Alguna madrugada, cuando ya el salón quedaba vacío, estimulada por los tragos, tocaba al piano –sólo para sus compañeras- una sonata bella, muy bella, pero muy triste. Ella les decía que su autor era el músico más grande del mundo y que se titulaba, “Claro de Luna”, pero nunca la terminaba, sus manos se entorpecían cuando un llanto incontenible inundaba su rostro, entonces, la rodeaban cariñosas y como cándidas y sensibles adolescentes, todas lloraban.

(Continúa…)

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