“Las casas malas” (Cuarta parte)

casas malas 3La fauna mujeril del “Rancho Chico” era nutrida y cambiante. La mayoría llegaba por breve tiempo y después de reunir muchos soles, partía acoquinada por el frío. ¡Eso sí!. Cuando apetecida de monedas llegaba una hembra fuera de lo común, la voz chismosa y asordinada, como chispa de mina, circulaba por talleres, oficinas, escritorios, talleres y niveles mineros: ¡Ha llegado una nueva! Y todos, acicalados y con el sobre de pago invicto y engomado iban en pos de la novedad para poseerla, aunque el hacerlo les costaría buenos soles. El cerreño nunca es corto cuando de darle gusto al cuerpo se trata. Las fieles y más queridas, las más solicitadas, eran la “cerreñas” por adopción, Omara, Malena, Norma, la Limeña, Simoné y la negra María. Cada una con su vida, cada una con su historia, cada una con su canción.

Malena, por su parte, era una extraña belleza, como la de aquellos cromos franceses, de largos y encrespados bucles enmarcando el rostro finisecular, marmóreo, con labios satánicamente rojos, dibujados en forma de corazón;  ojos de un acerado gris, entrecerrados, dormilones, dando la impresión de poseer  insondables arcanos; grácil caminar de gacela y sobre todo, oscura indumentaria que resaltaba su palidez extrema; tenía un gran parecido con la Tita Merello que le clavó aquel mote que el gran Chichí destacó al cantar aquel viejo tango que versificara Homero Manzi con la música sensiblera y hermosa de Lucio Demare.

Se enamoró del Gran Chichí cuando le escuchó cantar. Adivinó un corazón gemelo al suyo y no se equivocó. Enterada del drama de la soledad, la tristeza del sufrimiento del cantor, aprendió a amarlo y a compartir con él todos los instantes de su vida y sus generosas utilidades burdeleras.  Total, no se estaba cumpliendo sino la tradición ancestral de fines del siglo pasado: El tango estaba íntimamente ligado desde su origen al burdel.

Otra era la limeña. La llamaban así porque además de su extrema palidez, denunciadora de su origen costeño, su habla precipitada, comiéndose el final de las palabras, y sus iniciales remilgos para llevar adelante su vida de puta, determinó el mote.

Sólo la enérgica actitud de la Mami pudo mantenerla en aquel lugar. Los primeros días se había sumido en un mar de llanto y prolongados silencios. Sus carnes fueron perdiendo consistencia y profundas ojeras oscurecían su rostro. Nunca antes había dejado la casa paterna. Tuvo que ocurrir una desgracia para que, obligada por las circunstancias, abandonara a los suyos. La mujer que había hecho desparecer el fruto de sus arrebatados amores juveniles, fue la misma que la contactó con la “Machete”. Hizo creer a los suyos que había conseguido un empleo de enfermera en la sierra y de inmediato se enroló en el serrallo. Después, todo fue ocurriendo inexorablemente. Los insultos le enseñaron a pintarrajearse el rostro de una manera escandalosa y el diario caminar por esa senda de voluptuosidad y provocativas posturas, a actuar y hablar como lo que había llegado a ser: una puta.

Sus estipendios los compartió con sus padres y hermanos a los que visitaba mensualmente. A ellos les mentía que era enfermera en el Hospital Americano. Todo le iba muy bien hasta que acaeció la desgracia. Una animada noche, el contratista Víctor Ormeño, su marido que la amaba con locura, al verla bailar apechugada con un marchante se “cruzó” en un ataque de celos y, loco como una fiera, le descerrajó un tiro entre los ojos. “El Minero”, informó: “Una mujer de vida alegre ha sido asesinada en los salones del lupanar llamado “El Rancho Chico”. La policía ha iniciado las investigaciones del caso. Ayer, en horas de la mañana, el cadáver de Ana Camino Rivas (a) “La Limeña”, ha sido enviado a la morgue del Hospital Carrión y su victimario, conducido a la cárcel pública de la Esperanza”.  El alboroto que formó la familia cuando se enteró que Ana no había sido enfermera, fue particularmente deprimente.

Proveniente de las cálidas tierras huanuqueñas, precoz en su hermosura y coquetería, apareció la Simona. Compañera de su madre en sus incursiones comerciales de la venta de  canastas de gallinas y sus semanales alojamientos en los “Tambos” cerreños, se fue haciendo de numerosos amigos y admiradores. Sus generosos acompañantes que siempre la invitaban a comer y beber algunos tragos, la iniciaron en ese mundo de voluptuosidad y libertad sexual; muy pronto la convencieron de que era más conveniente para ella mostrarse amorosa con los hombres que le pagarían muy bien en lugar de estar vendiendo gallinas. No lo pensó dos veces. Un día fue presentada en el “Rancho Chico”. Cuando la “Machete” la vio fachosa, blancona, de porte regio, le abrió los brazos y la tomó como pupila.

Eso sí, desechó los vestidos sencillos y la vistió con mejores prendas y zapatos de tacones altos, desató sus trenzas y la peinó con audacia; le puso afeites necesarios resaltando sus ojos claros, delineando sus labios, avivando rubores, acentuando  cejas; le enseñó a no hablar cantando como en su tierra y, como nadie, por más borracho que estuviera iba a acostarse con una Simona, la bautizó con un nombre afrancesado de combate burdelero: Simoné.

La belleza de Norma residía en sus rasgos agresivos, recios, terminantes. Era hermosa chola con todos los atributos que la escogencia del mestizaje había seleccionado. La opulencia de sus carnes bien proporcionadas y un cierto desparpajo al hablar, hacían pensar en una cholaza resabida, pero no. Era una mujer que, echándose el alma a las espaldas, alternaba con los marchantes del chongo. Su corazón a pesar de lo trajinado de su cuerpo, se encontraba virgen, extrañamente invicto; por eso cuando encontró al hombre que le habló diferente revelándole su cariño, ella –intuición de mujer- le correspondió. No le importó que se rieran de su pareja, un diminuto jugador de fútbol del Railway; valiente como pocos y con un corazón gigante identificado corporal y espiritualmente con ella. Cuando él la “sacó” del burdel y la llevó a vivir al campamento obrero, todo el mundo les volvió las espaldas; pero ellos, solos contra el mundo, afrontaron con valor los desaires y las ofensas. Él no dejó de trabajar en la compañía pero se aisló en el cariño de su mujer. Casi siempre quedaba con las huellas de sus discusiones. Ella, por su parte, sepultó su nombre de combate lupanario conjuntamente con su pasado; dejó de ser Norma y olvidó los afeites y los trajes atrevidos. Con estoicismo sobrellevó insultos e indirectas. Jamás bajó la cara. Eso sí, al igual que las otras mujeres del campamento, llevaba el almuerzo a la mina, cargaba el carbón y la leña que le correspondía a su esposo y hacía interminables colas para adquirir el pan y las subsistencias. Todo en silencio, sin un reproche, sin una condena.

Al morir su cuñada, una pobre viuda desamparada, ella ocupó el lugar de la madre. Llevó a los cinco niños a su casa y trabajó como nadie para sacarlos adelante. Con el menor a las espaldas llevaba a los mayores a la escuela y el almuerzo de su marido. Poco a poco, la gente que la ofendía, fue advirtiendo que, hacendosa y humilde, era todo una señora y comenzaron a saludarla y conversar con ella. Al final se convirtió en la más respetada de las mujeres del campamento La Esperanza.

La negra María, ojos juguetones, roja sonrisa, boca carnosa, para ser mordida; cabello sedoso y crespo; camina majestuosa y cimbreante como si estuviera danzando, los hombres la contemplan con hambre, con ojos torvos y concupiscentes, enloquecidos por sus contornos; sus caderas generosas gobiernan el desbocado latir de los corazones al ritmo de sus posaderas rebullentes, anunciándose ostentosamente bajo el ceñido traje que la esculpe toda.

Todos  la amaron con frenético ardor, pero su cariño fue exclusivamente para un torerillo que soñaba con Acho, esperando triunfar para sacarla del lenocinio y desposarla. Muy jóvenes creyeron posible la materialización de ese sueño. La realidad fue otra. Cada vez que “Gallito” volvía rendido de sus giras provincianas, lleno de cardenales, magulladuras y heridas, el entusiasmo iba muriéndose. El día que se enteró que la negra estaba preñada, cogió sus bártulos y diciendo que no pararía hasta España, partió a doctorarse de torero. No sólo no fue a España ni se doctoró en nada. Desapareció para siempre de la vida de la negra monumental. Entonces, a ella,  le invadió  una terrible amargura que  sólo el cariño de su hija la hizo soportar. A la criatura le entregó todo su amor. Juró que nunca más volvería a amar a nadie. No cumplió. No pudo cumplir su promesa.

En una de sus largas vigilias conoció a un hombre joven bien parecido y amable que logró despertar su aletargado sentimiento de mujer y, embebida de su despreocupada alegría y acaramelada parla, cayó en sus brazos. Nuevamente sus ojazos negros comenzaron a brillar. La compañía de su nuevo amor fue su salvación. Con él vivió los mejores momentos de su vida, pero un día recibió una carta apremiante. Su hija estaba muy enferma en Lima y su madre la urgía a viajar inmediatamente. No lo pensó dos veces. Lió petacas, se despidió de su “marido” y partió a la capital. Su ausencia tuvo que prolongarse. En ese lapso, un consejo de familia determinó la necesidad de cortar por lo sano la disipada vida del joven tarambana. Y lo que son las cosas. Aquellos días su “marido” conoció a una hermosa niña cerreña que llegaba de vacaciones a visitar a sus padres. Su presencia perturbó completamente al limeño. Todo fue muy rápido. La candorosidad de la niña terminó por doblegar al “Speaker”. Al mes se anunciaba el matrimonio y todo el mundo comentaba el acontecimiento.

La negra María no lo pudo creer cuando se lo contaron. Los irascibles consejos en el burdel oscilaron desde el “Córtalo para que no se olvide de ti en su perra vida” hasta el “Mátalo, porque eso no se hace”. Al final, todas las chuchumecas acordaron que irían a arruinar la boda. Ella –mujer al fin- no lo permitió. Lo había amado tanto que no fue capaz de esa infamia. El día de la boda lloró como nunca antes y bebió hasta quedar sin aliento. Desde entonces jamás volvió a amar a  otro hombre. Los que pasaron por su vida dejando generosas monedas en pago de sus favores, sólo se llevaron la emocionante experiencia de poseerla, porque ella, con el corazón marchito, ya no volvió a amar a nadie más.

FIN

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