LA BATALLA EN EL TECHO DEL MUNDO (6 de diciembre de 1820) (Primera parte)

Hermoso monumento erigido en homenaje a la gloriosa batalla del Cerro de Pasco, el 6 de diciembre de 1820. El día siguiente, 07 de diciembre de1820, se juró la independencia de nuestra tierra. Se ve al general Juan Antonio Álvarez de Arenales con la espada desenvainada en actitud de triunfo y, en los frisos laterales, escenas de aquella gloriosa odisea. El monumento adorna la Plaza Mayor del distrito de Yanacancha en el Cerro de Pasco. Ojalá que las autoridades lleven a los niños a rendirle homenaje al patricio.
Hermoso monumento erigido en homenaje a la gloriosa batalla del Cerro de Pasco, el 6 de diciembre de 1820. El día siguiente, 07 de diciembre de1820, se juró la independencia de nuestra tierra. Se ve al general Juan Antonio Álvarez de Arenales con la espada desenvainada en actitud de triunfo y, en los frisos laterales, escenas de aquella gloriosa odisea. El monumento adorna la Plaza Mayor del distrito de Yanacancha en el Cerro de Pasco. Ojalá que las autoridades lleven a los niños a rendirle homenaje al patricio.

Jurada la Independencia de las Provincias Unidas del Río de la Plata el 9 de julio de 1816, quedaba sellada definitivamente la libertad de la República Argentina, único lugar donde había conseguido triunfar la lucha independentista; en todo el resto de la América Española, los realistas habían logrado sofocar la insurrección. Pero si bien la revolución Argentina no tenía enemigos dentro de sus fronteras, dos poderosos ejércitos realistas la amenazaban: uno de Chile y otro desde el Alto Perú. San Martín había percibido claramente esta amenaza para su patria, y sostenía, que el poder realista terminaría una vez que todos los españoles hubieran sido arrojados del territorio americano. No antes. Por otro lado, persuadido que no podría llegar al Perú coronando la meseta del Titicaca como todos esperaban, cruzaría los Andes, llegaría a Chile, y después de libertarlo, pasaría al Perú por vía marítima para hacer lo mismo.

Así lo hizo.

Después de cruzar los Andes, invade la Capitanía General de Chile, y el 12 de febrero de 1817, derrota a las fuerzas realistas en la batalla de Chacabuco. Al año siguiente -12 de febrero de 1818- jura solemnemente la independencia de Chile. El resto del Ejercito realista que quedaba en este territorio, decide enfrentarse a las fuerzas patriotas en la Batalla de Maipú -cinco de abril de 1818. Triunfa el Ejercito de los Andes y arroja a los españoles del territorio Chileno.

El 19 de agosto de 1820, zarpa de Valparaíso hacia el Perú, desembarcando el 8 de septiembre en Pisco. Aquí decide destacar una columna volante al interior del país para que, despertase el espíritu revolucionario en las provincias. El jefe de esta empresa no podía ser otro que el General Juan Antonio Álvarez de Arenales. Sus cualidades de mando, experiencia en guerra de montaña y la popularidad de su nombre en el Alto Perú, lo señalaban de antemano.

San Martín le ordena atacar a la división enemiga que el Virrey había destacado sobre Pisco para replegarse luego a Ica. Inmediatamente penetrar en la sierra y posesionarse de Huancavelica y Huamanga para dirigirse a Jauja y establecer allí el cuartel general. Fomentar la independencia en las provincias inmediatas y avanzar un destacamento a Tarma. Se le recomendaba mucha humanidad para con los enemigos y con los españoles europeos.

La división expedicionaria se componía de los Batallones Números 11 de “Los Andes” y el 2 de Chile, al mando del Mayor argentino Ramón Antonio Deheza y el Teniente chileno Santiago Aldunate, respectivamente; dos piquetes de granaderos a caballo y, cazadores a caballo, formando un escuadrón bajo las ordenes del Mayor argentino Juan Lavalle y el Teniente paraguayo Vicente Suárez y, dos piezas de cañones y 25, artilleros al mando del Capitán Hilario Cabrera. Fue nombrado jefe del Estado Mayor, el teniente coronel argentino, Manuel Rojas, que había hecho sus primeras armas contra las invasiones inglesas al Río de la Plata, militando con distinción en las campañas del Alto Perú.

El 4 de octubre, sale Arenales de Caucato y hace su ingreso triunfal en Ica el 6 de octubre. El pueblo presidido por su Cabildo, sus autoridades civiles y eclesiásticas, se vuelcan a las calles a vitorear al Ejercito Patriota. El 21 del mismo mes, por disposición de Arenales, el Alcalde de la ciudad, Juan José Salas, jura la independencia de Ica. Aquel mismo día, continuó su viaje a la sierra, dejando al cuidado de la ciudad al Mayor Félix Aldao. En la ruta a Huancavelica, los campesinos del lugar saludan al ejército patriota con gritos, tamboriles y quenas.

El 31 de octubre de 1820, llegan a Huamanga. La jura de la independencia de Huamanga se realiza días más tarde, con Te Deum, parada militar, repique de campanas, bailes populares y demás manifestaciones de contento ciudadano. De Huamanga, partió a Huanta el 6 de noviembre siguió por Tayacaja a Huancayo. Desde allí ordenó la persecución del intendente de Huancavelica que huía por Jauja, lugar en el que Lavalle dispersó a los coloniales el 20 de noviembre. De Jauja manda al comandante Rojas en el Batallón No 2 para que ocupe Tarma  el 23 de noviembre, con el apoyo de Francisco de Paula Otero. El 28 de noviembre, en marco de solemne celebración, se jura de independencia de Tarma

Hasta aquí no se había realizado una sola batalla importante, tan sólo ligeras escaramuzas. Una referencia puntual a las fechas de juramentación que antecedieron a nuestra ciudad minera es la siguiente:

            En las Villas de Supe, Huarmey  y Casma, en 1919.

            En la ciudad de Ica, el 21 de octubre de 1820.

            En la ciudad de Huamanga, noviembre de 1820.

            En la ciudad de Huancayo, el 20 de noviembre de 1820, en un tabladillo erigido en la Calle Real, a la altura de la Plaza Huamanmarca. Álvarez de Arenales que ese día había hecho su entrada triunfal presidió el acto. Los primeros que juraron fueron el coronel de milicias Marcelo Granados (ese día asumió el cargo de Gobernador), el Cura Coadjutor don Estanislao Márquez y el Escribano Juan de Dios Marticorena.

En la ciudad de Jauja, el 22 de noviembre de 1820.

            En la Villa de Huaura, el 27 de noviembre de 1820.

            En la ciudad de Tarma, el 29 de noviembre de 1820.

            De Huancayo, Arenales, que había recibido vivas muestra de aprecio y adhesión de los pobladores,  partió al Cerro de Pasco, escenario definitivo de la gloria.

 

Era cercano al mediodía del 5 de diciembre de 1820, cuando las gentes del pueblo ven la llegada de los legendarios guerreros de la libertad. Los únicos que no están presentes, son los miembros de las Cajas Reales y otros funcionarios españoles; tampoco don Bernardo Valdizán, proveedor de mulas a los mineros españoles. Su hija, María Valdizán, ataviada con gruesa ropa de abrigo, sí está presente: quiere dar la bienvenida a los libertadores. Inmediatamente el General Arenales con su Estado Mayor y el montonero cerreño, Camilo Mier, pasaron a la habitación del jefe para cambiar impresiones.

– ¡A las órdenes, mi General! –el montonero cerreño, con abrigadas ropas de lana, botas ganaderas y sable toledano en la mano, se cuadró militarmente frente al Jefe Superior –Soy Camilo Mier, jefe de las guerrillas del Cerro de Pasco  y representante de todos los patriotas que luchan en esta zona. -Allí estaba el primero de los patriotas cerreños que conjuntamente con otros, conformaba la Partida de Guerrilleros de Pasco; nieto de notables mineros españoles e hijo del Alférez, José Antonio Mier, de la Compañía del Ejército del Rey, “Dragones de la Frontera”. Iniciada la lucha libertaria, el ejército español, sin miramientos de ninguna clase, se había apoderado de las minas de sus padres y de todas sus pertenencias, dejándolos en la inopia. Este fue el poderoso motivo por el que decidiera formar la inicial “Partida de Guerrillas” que luchó contra los realistas, desde mucho antes de la llegada de Arenales.

– ¿Cuáles son los informes que tiene que alcanzarme?.

– Nuestros cuadros están resguardando los pueblos de la zona. Cuando los realistas salen a efectuar sus malones para recolectar alimentos, principalmente ganado, aprovechamos para sorprenderlos y causarles bajas. Custodiamos todos los caminos y cuando entran en nuestro territorio, realizamos rápidos ataques a sus fuerzas. De esta manera los tenemos en jaque.

– Bien, muy bien, Comandante… ¿Cómo están constituidos los cuadros guerrilleros en la región?

– En Yanahuanca, hay un fuerte cuadro bajo el mando del coronel Mariano Fano; en Paucartambo hay otro, bajo el mando del comandante José Maria Fresco; aquí en Pasco, el mayor Balaguer y yo… también tenemos nuestros grupos en varios lugares de la zona en condición de patrullas volantes…

– Bien está… ¿Se han cumplido con mis otras disposiciones?.

– Sí, mi general. Al pie de la letra. Los pasquines revolucionarios se han repartido en toda la sierra como se viene haciendo desde finales del siglo pasado. Todos los pueblos sintieron un alivio y una alegría indescriptible al enterarse de que el Ejército Libertador, llegaba. Todos están deseosos de ver derrotados a los realistas.

– ¡Buen trabajo, comandante!… ¿Y qué me dice del jefe Irlandés que manda las fuerzas españolas?

– El general O´Reilly con su división de tropas no se han movido del Cerro de Pasco, no obstante que nosotros hemos hecho llegar a sus oídos, que usted llegaba con el ejército patriota.

– ¡Aja! –pronuncio Álvarez de Arenales pensativo.

– Todos los “chapetones” del Cerro están ayudando a los realistas; los están alimentando y los han alojado en la enorme casona del viejo Olaechea. No hay duda. Están decididos a quedarse.

– Así es. Ahora lo veo muy claramente, O´Reilly está cumpliendo a plenitud las órdenes del Virrey. Mantenerse en propiedad de la ciudad minera impidiendo el paso para unirnos con el General San Martín, que de acuerdo con el plan de operaciones, ya debe hallarse en la costa norte de Lima.

– En estas circunstancias… ¿Qué determinación habrá de adoptar, mi general?. –interrogo ansioso Camilo Mier.

– ¡¡ No nos queda otro camino que el combatir!! –resolvió rápidamente Arenales.

– ¡¡ ¿Aquí, mi General?.

– No. Iremos al Cerro de Pasco y combatiremos en ese lugar. En cuanto a ustedes, comandante, me es satisfactorio decirles que han cumplido con la misión que se les ha encomendado; por esta razón déjennos el campo libre para que sean nuestras armas las que se enfrenten a los realistas… Ustedes deberán estar a la expectativa para caer sobre los grupos enemigos que crean conveniente y en el momento preciso, tratando eso sí, de no duplicar funciones de guerra con el ejército regular.

– ¡Bien, mi General!. ¡Si ése es su deseo; así se obrará!.

– El tiempo está amenazante. Tendremos una fuerte desventaja –intervino el jefe del Estado Mayor.

– ¡Ellos también tendrán la misma dificultad. Claro que están más acostumbrados que nosotros, pero igual, tenemos que enfrentarles.

– Entonces, es imperativo el detallado estudio del terreno que seguramente ellos conocen como la palma de su mano –dijo categórico el ingeniero, capitán Althaus.

– ¡Eso, sí!… ¡eso sí!… Pero tenemos que efectuarlo inmediatamente. Para realizar la exploración me acompañarán, el Teniente coronel Manuel Rojas, el Mayor Juan Lavalle; el capitán Althaus, en su calidad de ingeniero; el comandante Camilo Mier, como guía, ya que siendo oriundo del lugar lo conoce a la perfección; y un escuadroncillo de granaderos.

– ¡A las ordenes mi general! –respondieron al unísono los aludidos.

– ¡¡Arrópense adecuadamente!!… ¡¡la lluvia está a llegar!!.

A las tres de la tarde, cuando los relámpagos fulguraban el ambiente de incontenible lluvia, partieron a estudiar el terreno. Nada les arredró. Comandados por el General Arenales, recorrieron palmo a palmo todo el tramo que media entre la Villa de Pasco y la ciudad minera del Cerro de Pasco. Nada se dejó al azar. Tomaron nota de toda la planicie,  depresiones, farallones, elevaciones, cortaduras; roquedales que pudieran servir para tender una celada; de todo aquello que pudiera ser utilizado en el combate. Ya cerrada la noche, retornaron empapados, pero imbuidos de seguridad y confianza para el combate del día siguiente.

Aquella noche, cuando los truenos y relámpagos dejaron de estremecer los cielos, la lluvia dio paso a una espesa y silenciosa nieve que toda la noche estuvo cayendo. El níveo silencio de su blancura, acunó el sueño de los libertadores.

A las seis de la mañana del 6 de diciembre de 1820, cuando el reverbero de la nieve hacia destellar el día naciente, una argentina trompeta hizo sonar la estridencia de diana en todos los confines de la Villa. En su aposento particular, el General Álvarez de Arenales procedía alistarse para el gran día. Sus grandes ojos negros llameaban en las órbitas con un extraño brillo de decisión y odio contenido. El ceño continuamente fruncido, señalaba el timbre de su adustez, agravado por una profunda cicatriz obtenida en Chacabuco. En las comisuras de los labios, sendas y profundas arrugas. La barbilla fuerte y poderosa, digno reflejo de su carácter. Su rostro enérgico tallado toscamente por el sello de la sequedad castrense que muchos achacaban de soberbia, estaba sereno. Todos sus pensamientos se concentraban en la batalla que libraría en unas horas contra los realistas. Prácticamente, en sus manos residía la responsabilidad del futuro de la empresa libertaria. Él muy bien lo sabía.

Comenzó a vestirse con movimientos rápidos y enérgicos.

Después del ceñido pantalón de paño blanco y medias de lana gruesa, se calzó las botas granaderas a las que añadió sendas espuelas de plata. Luego de la blanca camisa y el correaje de cuero negro, la encarnada pelliza granadera con vivos azules y abundante pasamanería dorada. Ató a su cintura el sable curvo que el Ejercito Argentino había puesto en sus manos y de cuya cazoleta colgaba la correa para poder ligarla en la mano durante la lid. En el Perú, este sable no había sido usado en Ica, Huancavelica, Huamanga,  Huancayo, Jauja ni Tarma. Sólo pequeñas escaramuzas sin importancia se habían producido en esos lugares. Ahora sí estaba seguro que lo utilizaría.

Cuando hubo terminado de vestirse, se acercó al espejo y peinó sus cabellos entrecanos hacia delante, tratando de cubrir la zona frontal de su incipiente calvicie. Se puso una bufanda de vicuña y luego un capote de amplio vuelo. Entregó a su ordenanza el sombrero de general y se puso un chambergo de amplias alas para protegerse de la nieve. Cuando salió de su aposento, una enérgica voz de atención, puso en alerta a toda la tropa.

La nieve seguía cayendo implacable desde el día anterior.

El Estado Mayor se reunió en la habitación particular del General Arenales para recibir las órdenes finales.

– Señores –habló enérgico- Hasta ahora nuestras armas no han encontrado digno rivales para batirse. La refriega de Chancaillo en Ica, no tiene importancia. En Huancavelica, no encontramos a ningún realista. Lo de Huamanga y Huanta; lo mismo que de Huancayo, Jauja y Tarma, ha sido fácil, demasiado fácil diría yo. ¡Ahora las cosa han cambiado!… ¡Tenemos que apoderarnos de la ciudad minera del Cerro de Pasco, a cualquier precio!. Para ello tenemos que librar una batalla con los realistas que se han apoderado de ella ¡Hay que recuperarla!!… ¡¡Su ubicación estratégica y su importancia económica lo exigen!!

– ¡¿Cuáles son las previsiones que debemos adoptar, mi General?. –pregunto el jefe del Estado Mayor.

– ¡Tenemos que actuar con mucho cuidado!. Ellos deben conocer el terreno como la palma de su mano y pueden sorprendernos con una celada en cualquier momento. ¡Mucha atención a lo que se hace!. –Hubo una pausa en la que se extendió sobre la mesa, un mapa trazado por el capitán Althaus, luego continuó- ¡¡Comandante Santiago Aldunate!!.

– ¡A la orden mi General!.

– ¡Usted conformará el ala derecha con 340 hombres del Batallón Nº 2. Su misión es flanquear la izquierda enemiga aprovechando las alturas. Su acción debe ser rápida y enérgica porque la línea trazada diagonalmente del sudoeste a noroeste deja un gran espacio en la retaguardia realista.

– ¡Así es mi General!.

– Si logramos introducirnos en ese espacio con la rapidez requerida, le originaremos una confusión notable que más tarde podemos utilizar con mucho acierto.

– ¡Así lo haremos, mi General!.

– Bien, muy bien. ¡Sargento Mayor, Ramón Antonio Deheza!!.

– ¡A la orden, mi General!..

– ¡Usted, con 340 hombres del Batallón No 11 y dos piezas de artillería, conformara nuestra ala izquierda. Su misión principal es marchar de frente por el camino que cruza la ciudad de un extremo a otro. Creo que se llama la Chancayana…

–  ¡Así es, mi General!.

– ¡Cuando haya avanzado lo suficiente, deriva velozmente y ataca a la derecha enemiga que se halla en las orillas de la laguna de la Esperanza…

– ¡Bien, mi General!.

– Conocemos de su pericia y valor, mayor Deheza. Esperamos que vuelva a realizar la proeza de la toma de la plaza de Talcahuano…

– ¡¡Así lo haré, mi General!.

– Muy bien, mayor –quedo mirándolo con paternal admiración y luego dirigiéndose a su segundo en el mando, le dijo -¡Usted Teniente Coronel Manuel Rojas, en su condición de Jefe de Estado Mayor, irá al centro, entre las alas derecha e izquierda!.

– ¡¿Con qué personal contaré, mi General?!.

– Con el resto de personal de los Batallones 2 y 11

– ¿Nuestra misión General?

– Ustedes marcharan siempre al centro de las dos alas, como a unas dos cuadras de la retaguardia, observando todos los movimientos de sus compañeros y prestos a brindar protección a cualquiera de ellos en caso necesario…

– ¡Así se hará, mi General!.

– Bien…!Capitán Juan Lavalle!.

– ¡A la orden, mi General!. -El capitán con grado de Sargento Mayor, don Juan Lavalle, se cuadró militarmente.

– Usted se hará cargo del comando de nuestro Escuadrón de Caballería!

– Bien, mi General.

– Deberá actuar rápida y frontalmente en el momento necesario; es decir, cuando la infantería y la artillería hayan ablandado al enemigo…

– Así lo haré, mi General.

– Eso es todo. – Bien sabían estos ilustres jefes y oficiales el peso y el significado de las palabras del caudillo Arenales.

A las siete de la mañana sonó el clarín de avance. El cura venido de Ninacaca, oraba emocionado rodeado de las mujeres del pueblo. Todavía nevaba copiosamente cuando los centauros de la libertad partieron en pos de la gloria.

Hermanos cerreños: Ayuden a nuestra “Asociación Cultural Cobrizo Minero”. Cierren filas en torno a la labor que está realizando su presidente, nuestro amigo, Luis Tolentino Sovero. La tarea que están cumpliendo es muy valiosa para perderlo. Pedimos a la compañía CERRO SAC. Tenga a bien colaborar con la cultura de nuestro pueblo. Pensemos en nuestros niños. Ellos merecen heredar lo mejor de nuestra historia.

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