LA BATALLA EN EL TECHO DEL MUNDO (Segunda parte)

Escena en la que se ve al general Álvarez de Arenales, alentando a los inmortales soldados de la independencia. La nieve caída el día anterior, alfombró de albura el escenario grandioso más alto de nuestra patria. El día 7 de diciembre se juró la independencia en la plaza mayor, después de la más importante batalla que abrió el camino de nuestra libertad del Perú
Escena en la que se ve al general Álvarez de Arenales, alentando a los inmortales soldados de la independencia. La nieve caída el día anterior, alfombró de albura el escenario grandioso más alto de nuestra patria. El día 7 de diciembre se juró la independencia en la plaza mayor, después de la más importante batalla que abrió el camino de nuestra libertad del Perú

La marcha se hacía lentamente debido a la dificultad de la nieve acumulada. Se trataba de evitar cualquier emboscada que pudiera producirse aprovechando fragosidad del terreno.

El General Álvarez de Arenales, en mérito al reconocimiento practicado, calculaba que el enemigo se aprovecharía la alta cuesta por su posición dominante y, abrazando con sus fuegos desde la altura a sus soldados, conseguirían quizá un triunfo. Podían aniquilarlos a mansalva parapetados en los crestones y en los peñascos de los que esta erizada la montaña. Suponía, en fin, que entre tantas ventajas que le ofrecía aquel paisaje, aprovecharía para dejar fuera de combate a la caballería patriota que había sido el terror de los españoles con su movilidad e intrepidez. Felizmente, no fue así. Contra todos los cálculos de Arenales, contra las reglas de la estrategia, O´Reilly había desechado tan positivas ventajas, mostrando solamente que estaba resuelto a jugar el éxito de la campaña en un combate. Esto justificaba su presencia en el Cerro de Pasco.

Al no presentarse el enemigo por ninguna parte, Arenales se alarmó. Si O´Reilly no había utilizado las ventajas que le ofrecía aquel terreno, seguramente –pensaba- tendría otras de mejor disposición. El avance de las fuerzas patriotas se hacía por aquel páramo blanco, en forma cautelosa. Entretanto, no se descubría ni un solo realista en los alrededores.

Por fin, a las nueve de la mañana coronaron los cerros de Uliachín por la parte posterior. Abajo, delante de ellos, todo cubierto de blanco: el Cerro de Pasco. Lo primero que les impresionó fue que estuviera edificado como al desgaire, sin orden ni cuadraturas; con una calle larguísima que comenzaba a las faldas de aquellos cerros, y luego de cruzar la ciudad, terminaba al otro extremo. Más callejas caprichosas y accidentadas cruzando toda la población cerreña que estaba plagada de bocaminas. Dos lagunas colmadas de un color verde azulado a la derecha: Patarcocha que en aquel tiempo era una sola; y  en una hondonada de la izquierda con sus bordes pantanosos: La Esperanza. Las tres lagunas unidas entre sí por un amplio riachuelo comunicante. Para unir las partes de la población,  un puente, de piedras en arco. En realidad –pensaba Arenales- no era una ciudad digna que tanto aportaba al sostenimiento del Perú.

Pero… ¿Y las tropas enemigas?… ¿Dónde estaban?… ¡¡Esto es el colmo!!… Los realistas sabían de la llegada del ejercito patriota… ¡¡¡¿Cómo es que no lo esperaban?!!!.

Seguramente O´Reilly pensaba causar fuerte impresión en el ánimo de los soldados patriotas con aquel desplante. Encolerizado por la arrogancia, Arenales ordenó disparar un cañonazo sobre la ciudad, como una imprecación y un desafió… ¿Qué se habían creído?!!!.

Sólo así, después del estruendoso estrépito, viendo los perfiles de los soldados patriotas recortarse en el horizonte, O´Reilly hizo salir a sus batallones a tambor batiente, con parsimonia y lentitud exasperantes, como si fueran los perdonavidas que por compromiso se iban a enfrentar a un ejército inferior. Entonces los patriotas, indignados ante tamaño desaire, comenzaron a insultarles a grito pelado desde las cumbres, recordándoles que ellos le habían dado la libertad a Chile y que en esa oportunidad también los vencerían. Ardían en deseos de darles su merecido a tan arrogantes “chapetones”.

Después de tanta ostentosa parsimonia, el jefe de las fuerzas realistas, ordenó su cuadro de combate, disponiendo definitivamente la ubicación de sus soldados y armamentos.

Colocó en el ala derecha a su ponderado Batallón Victoria de Talavera, dividido en tres líneas,  integrado por mil hombres para sostener el paso de la calle Chancayana (actualmente Lima). Estos hombres se parapetaron a lo largo del riachuelo que comunicaba la laguna de Patarcocha con la de la Esperanza. De esta manera trataban de hacer inexpugnable la ciudad. Sobre el promontorio central colocaron dos piezas de artillería para contener todo intento de penetrar en la ciudad. En el ala izquierda, bordeando la laguna de Patarcocha, situó al Batallón Concordia que estaría respaldado por la artillería  del morro e impediría por todos los medios, la entrada de los patriotas en el pueblo. O´Reilly completó su formación colocando en el extremo derecho a su caballería de 200 jinetes con el fin de arrasar con el enemigo una vez que hubiera sido ablandado por la infantería y artillería realistas. En realidad, con esta formación creía asegurar la inviolabilidad del objetivo: El Cerro de Pasco.

Viendo Arenales que la posición enemiga era esencialmente defensiva, de acuerdo con los jefes de su Estado Mayor, dispuso su plan de ataque.

Se acordó que bajando las columnas hasta el inicio de la explanada de la ciudad, la Nº 11 atacase el riachuelo de la calle principal (Lima), desprendiendo una compañía que, por una maniobra rápida, cortase la línea enemiga por el centro, aprovechándose para ello, de la ribera de la laguna; que mientras esta compañía llamara la atención por el centro, el resto del batallón emprendiese una carga sobre los Talaveras, pasando por el foso a toda costa. Lo que convenía era un ataque impetuoso. Que el batallón No 2 siguiera su obra sin flanquear la izquierda enemiga, pero con toda celeridad imaginable, consultando la simultaneidad del ataque. Que la reserva prestase más atención a la carga que se encomendaba al ala izquierda, por cuanto ella venía a ser punto cardinal. Que el batallón de granaderos a caballo, estando a la expectativa del momento propicio, cayese sobre la caballería enemiga e hiciese cuanto fuera posible por vencerla, en una acción que, sin duda, iba ser la decisiva de la campaña. Esto quedó resuelto en la Junta de Guerra.

En ese momento había dejado de nevar y como un milagro maravilloso, comenzó a asomar tímidamente el sol.

Cuando los patriotas se aprestaban a iniciar el movimiento, advirtieron conmovidos, que gran cantidad de hombres y mujeres coronaba las cimas de los cerros aledaños al escenario de combate. Eran los habitantes que con el fin de evitar ser pasto de la guerra, habían huido hacia las cumbres. Todas estas personas, con sus gritos estentóreos alentaban a las fuerzas patriotas. Los jinetes montoneros, conformando la reserva, estaban a la expectativa para entrar en combate.

Era impresionante el aspecto que ofrecía el escenario en el que debían enfrentarse dos fuerzas guerreras experimentadas. Una blancura total contrastaba con el azul del cielo cerreño donde el sol asomaba para presenciar la magnitud de aquella epopeya. En rápido transcurso de unos segundos Arenales pensó que si por acuerdo de las fuerzas americanas, la única bandera que debía flamear sería la chilena que había propiciado el viaje y la peruana por ser dueña del escenario, también estaría presente la gloriosa bandera argentina representada por el majestuoso azul celeste de su cielo brillante, las nieves perpetuas que habían caído toda la noche anterior y, ese sol rutilante que alegraba el cielo. Cuando las fuerzas estuvieron preparadas, la voz enérgica y brillante del General Juan Antonio Álvarez de Arenales, estremeció los siglos:

¡¡¡Adelante!!!.

Como impelidos por una fuerza suprema salieron los patriotas del 11 sobre el portachuelo de la Chancayana. Advertido el enemigo de las intenciones de los atacantes, efectúan una cerrada descarga sobre los invasores. En ese momento se escucha la vigorosa voz de mando del mayor Deheza:

– ¡¡¡Capitán, Medina… Sobre el centro del portachuelo!!!.

Decidido el capitán dispone en guerrilla a sus hombres que aprovechando las casas,  cortaduras de la calle Lima y, orillas de Patarcocha, avanzan sobre el reducto enemigo. En  un incesante silbido de balas enemigas, dificultad de nieve y barro,  progresan decididos, pero al llegar al borde del riachuelo, vacilan un tanto. Al advertirlo, el mayor Deheza, con perspicacia de guerrero experimentado, pica espuelas y con el brioso caballo chileno que monta los conmina a que avancen. Al verlo –valiente y decidido- la espada al aire, exponiéndose a los proyectiles enemigos, los soldados lo imitan e inician un ataque enérgico. Al ver el ataque, los realistas efectúan cerradas descargas de fusilería sobre el abigarrado grupo de valientes.

Delante de este ágil grupo de patriotas, va un hombre extremadamente joven que al coronar un pequeño promontorio, recibe una cerrada descarga sobre el pecho que le hace trizas el corazón. Impulsado por la sacudida brutal del impacto, arroja muy lejos de sí  el fusil de correaje blanco y cae de espaldas para encajonarse en una pequeña depresión que, a manera de ataúd forrado con nieve espesa y blanquísima, cobija el cuerpo del joven infante. Los ojos fríos, fijos en el cielo azulenco, queda eternamente inmóvil. Ha muerto heroicamente el Teniente de granaderos: Juan Moreno. Tenía veinte prometedores años juveniles.

Enardecidos, los colosos de la libertad siguen atacando el fortín siguiendo la afilada punta de sus bayonetas. Atacan la ciudadela que parece inexpugnable. Aprovechando la ventaja de sus parapetos, los españoles realizan nueva descarga con la que rueda un grupo de patriotas más, y cuando se aprestan a recargar sus fusiles, los libertadores les caen como tromba con las bayonetas caladas, destrozándoles salvajemente.

Entretanto, el capitán Medina con veinte cazadores, ha logrado introducirse en uno de los flancos de los Talaveras que, sorprendidos por la velocidad de la maniobra, se agrupan de a cuatro, para seguir combatiendo. Nerviosos hacen escuchar sus bravatas que nada conseguirían frente a ellos que son vencedores de Napoleón el Grande. De nada les sirvieron estas fanfarronadas. Rápidos y brillantes los patriotas deshicieron las filas realistas que ya sin concierto ni comando, sólo atinaron a esconderse en los corrales y casas de la población.

Mientras tanto, sable en mano, infatigable, fiero, sobre su moro chileno, cuya estampa guerrera contrasta con la nieve blanquísima, el general Juan Antonio Álvarez de Arenales, anima a sus tropas con gritos determinantes. Va de un lado a otro sin importarle las balas silbantes.

Se está efectuando ya una de las postreras cargas patriotas, cuando el pequeño corneta del regimiento, el entrerriano Juan Pinto, se traba en fiero combate con un oficial abanderado de los Talaveras. La lucha es breve y salvaje pero al final el realista cae sin vida. La bandera ha sido arrebatada por el corneta en una triunfal acción que le mereció el ascenso.

El Batallón Nº 11 triunfa en su misión de atravesar el portachuelo de la avenida principal. El Batallón No 2, rodeando la laguna de Patarcocha por la derecha, al trote, consigue ponerse frente al Batallón realista Concordia al que abruma con sus fuegos, y en medio del humo reinante, va a la carga. Como los realistas no esperaban esta embestida tan impetuosa, se desorganizaron inmediatamente y no les queda otra salida que la fuga en busca del amparo de las casas de la ciudad minera.

En todo este tiempo, los hombres -palidez mortal y ardor insoportable que les desgarra el pecho- tratan de tomar algo del oxígeno que se ha diluido en las inmensidades de la alta  planicie; las sienes martillantes y el corazón desbocado de angustia, cubiertos de sudoraciones frías y agobiantes, muchos vomitaron perdiendo todo el impulso para seguir en batalla. Otros cayeron sin conocimiento. Otro tanto ocurrió con las bestias en combate. Con los belfos sangrantes y los ojos saltándoles de las cuencas, se tiraban en estertores lastimosos y crueles, víctimas de la “beta”. Claro, se estaban peleando en la cima del mundo, a 4,500 metros sobre el nivel del mar. En la ciudad más alta del mundo.

En aciago momento, al tratar de superar un promontorio, el caballo del general Arenales resbaló al pisar una piedra aguda que lo encabritó. Por más que puso toda su sapiencia, no logró sofrenar al animal que en sus descontrolados movimientos fue a chocar la pierna del general sobre una roca filuda que lo lastimó severamente. Sin embargo, luego de tranquilizar a su equino, Arenales siguió tan campante. Sólo al terminar el combate y desmontar, repararon que la herida con golpe, era terrible.

Desde entonces, todo fue persecución implacable, toma de prisioneros y acopio de toda clase de trofeos de las filas enemigas. Las hurras y los cantos de triunfo de los cientos de hombres y mujeres cerreños, encendían el ánimo de los gloriosos combatientes patriotas.

El mayor Lavalle, que desde su puesto de reserva había observado que el enemigo se retiraba del campo de batalla con su formación intacta, sin entrar en combate, decidió atacarlo para tomar la parte que le correspondía del triunfo. Ardía en deseos de hacerlo, pero las infanterías trabadas en feroz combate se lo impedían. Tuvo que esperar a que las fuerzas patriotas desalojaran al enemigo para tomar parte en la batalla. Había recibido una orden terminante de perseguir al enemigo que se retiraba. En el acto pico espuelas cumpliendo la orden pero observó que los realistas se habían enfangado hasta las monturas al salir de la senda por donde trataban de escapar. Cuando lograron vencer aquel fangal, sólo pudieron avanzar dos cuadras porque encontraron una dificultad mucho más grave e incomparablemente mayor que cualquier otra: el “soroche” para los hombres y la “beta” para los caballos. Cuanto más aceleraban el paso, más se le fatigaban; los soldados, pálidos y jadeantes, iban quedando uno aquí, el otro allá. Así las cosas no le quedó otra alternativa que escoger a los diez hombres mejor montados y despacharlos bajo el comando del Teniente paraguayo, Vicente Suárez, a cortar la retirada del escuadrón realista, el que sin duda estaría sufriendo el mismo inconveniente.

En cumplimiento a las órdenes, el teniente Suárez y diez jinetes salieron en persecución de los prófugos a los que dio alcance a cinco leguas del camino que une el Cerro de Pasco con Yanahuanca. Tanto los fugitivos cuanto los cazadores llevaban una marcha lenta. Cuando los realistas estuvieron a dos cuadras de distancia de sus perseguidores, hicieron alto, volvieron la cara el enemigo y se desplegaron para batalla, en cuatro grupos de dieciséis hombres cada uno, perfectamente uniformados, armados de tercerola y sable. Al ver esta actitud amenazante, Suárez consultó el ánimo de sus granaderos preguntándoles por la decisión a adoptar. Los granaderos enardecidos de coraje respondieron: “Al ataque mi teniente”. Pero en ese momento observa que el comandante realista Andrés Santa Cruz, enfundando su sable y avanzando unos pasos hacia él, dice en voz alta:

– ¡Señor, oficial!.. ¿Quiere usted guardar su espada y que hablemos cuatro palabras?.

– ¡No tengo inconveniente, señor!. Respondió Suárez haciendo lo que Santa Cruz le pedía y batiendo las palmas de sus manos para darle pruebas de no tener armas en ellas, marchó al encuentro del jefe realista

– ¡A la orden, señor!

– ¡Dígame, oficial: ¿Quién es el jefe de la caballería patriota?. –preguntó Santa Cruz.

– ¡El mayor Juan Lavalle, mi comandante!.

– ¿Dónde está él, ahora?.

– ¡Viene detrás de nosotros, Señor!.

– ¡Bien está!. Haga usted el favor de enviar un mensajero a darle alcance, informándole que deseo hablar urgentemente con él.

– ¡Así lo haré, mi comandante!.

– ¡Muy bien! Entonces, nosotros esperaremos aquí.

El mayor Juan Lavalle, que realmente continuaba la marcha en protección de Suárez, luego que recibió el mensaje, dispuso que la escuadra siguiera su marcha hasta reunirse a la vanguardia, y acompañado de su ayudante y dos ordenanzas, marcho al trote al lugar de la cita. Llegado al sitio, luego de los saludos de cortesía, los dos jefes se apartaron a un lado para hablar solos. La conferencia dura más de una hora, al final de la cual, el escuadrón realista “Dragones de Carabaillo”, se entrego prisionero desde sus jefes hasta el último clarín, con todas sus armas, estandartes, municiones y cuanto tenían.

Gran conmoción experimentó el pueblo cerreño al ver a 130 hombres con sus oficiales, llegando a la ciudad prisioneros de sólo once jinetes, en medio de los vítores de los soldados triunfadores. Arenales recibió con mucha consideración a los españoles que se habían rendido. Aclamaciones, vivas, fanfarrias en el campamento patriota. Había hecho una gran adquisición.

Con la viva y profunda emoción que estos hechos le causaron, el general Arenales cursó una nota al General San Martín solicitando la premiación de los vencedores del Cerro de Pasco.

“Por orden general del Ejército Libertador que en copia incluyo a V.S. se servirá ver el premio que el Excelentísimo Señor Capitán General y en Jefe de dicho Ejército ha dispuesto a favor de los defensores de la patria que asistieron y pelearon contra el enemigo en la gloriosa acción de 6 del corriente mes en el Cerro de Yauricocha, debiendo ser comprendidos también en esta gracia, los individuos milicianos (guerrilleros) que acompañaron a las tropas a mi mando. Lo comunico a V.S. para que se sirva hacérselo saber y que disfruten del honor de dicho premio, debiendo arreglarse a la razón o lista que con la debida escrupulosidad deben dar los oficiales de dichos milicianos”. Dios Guarde a V.S. muchos años. (Firmado) Juan Antonio Álvarez de Arenales.

Momentos más tarde, jefes, oficiales y soldados, se reunieron para recibir el masivo homenaje de los cerreños, los que informaron al general Arenales que el ultimo de los realistas en retirarse había sido el brigadier O´Reilly acompañado de una reducida escolta y que por lo tanto no debía estar muy lejos.

– Muy bien, -dijo Arenales- Tenemos que apresar al general prófugo. Usted, teniente Suárez, que hoy ha tenido un gran desempeño al apresar a todo el regimiento realista y es el mejor jinete con que contamos, mañana muy temprano partirá en busca del general O´Reilly al que deberá traerlo vivo; para ello, lleve un piquete de granaderos y los voluntarios que quieran ayudarnos en esta misión.

– ¡Bien, mi general –respondió el aludido- ¡Así lo haré!.

– ¡Usted!, Mayor Juan Lavalle, convóqueme al pueblo para un Cabildo Abierto para esta tarde… ¡Disponga también del entierro de los caídos en combate!.

  • Bien, mi general.

Tal como lo ordenó, se hizo.

COBRIZO MINERO: ESTAMOS CONTIGO

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