Mi OPINIÓN

peruNo obstante la distancia en la que vivimos, nunca nos hemos alejado de nuestra tierra. No importa la separación de nuestros cuerpos; nuestras almas siempre están presentes en el Cerro de Pasco. Por eso es que hemos vivido exultantes la apoteósica celebración de nuestro 70º aniversario. Hemos sentido la satisfacción que lo hayan realizado en una nueva avenida que, con acierto han llamado LOS INSURGENTES. Mis felicitaciones. En ese sentido, respetuosamente, amparado por sesenta años continuos de estudiar y hacer conocer nuestra historia, me permito aplaudir el acierto de esa nominación. Ningún pueblo como el nuestro, puede ostentar con propiedad una avenida con ese nombre.

Los más grandes insurgentes de nuestra patria, fueron los nuestros. Todos, mancomunadamente, supimos luchar por conseguir nuestra libertad en la aciaga época de la colonia. En ningún momento importó que nuestras casas y propiedades fueras saqueadas  y calcinadas. Siempre estuvimos en la lucha, levantándonos de nuestras cenizas.

Recordemos a aquella egregia mujer a la que hemos olvidado no obstante su inmarcesible grandeza, doña María Valdizán. Su vida la dedicó a servir a nuestra patria solventando todos los gastos de los montoneros pasqueños. Los malditos realistas, en un acto de execrable salvajismo la decapitaron. Lean su vida en las páginas de este blog. La lista de estos ilustres forjadores de la libertad, es enorme comenzando   por sus jefes: Camilo Mier, Pascual Salguero, Manuel Vallejo y Custodio Álvarez, en el Cerro de Pasco; Cesáreo Sánchez, Hipólito Salcedo y Cipriano Delgado en Huariaca; José María Guzmán en la Villa de Pasco; Antonio Velásquez, en Pallanchacra; Pablo  Álvarez, en Huachón; Ramón García Puga, en Yanahuanca junto con José María Fresco y Joaquín Debausa; Cipriano Fano, jefe del regimiento de Chaupihuaranga con sus partidas de Tápuc y Michivilca.

Estos insurgentes que conformaban los “montoneros” avanzaban profiriendo alaridos espantosos; galopando en un confuso montón pardo que daba pavor, dejando polvaredas espectaculares que, como un grito, estremecía al enemigo. Unos calzaban botas granaderas, otros iban descalzos; unos llevaban gorros de piel, otros cascos; unos morriones y, otros amplios sombreros de lana de vicuña con barbijo. Algunos lucían pellizas granaderas encarnadas, arrancadas a los oficiales godos. Todos absolutamente todos, llevaban sus ponchos al hombro o atados a la cintura cual banderas revolucionarias. Los heridos de algún combate reciente mostraban desnudas sus heridas o mal cubiertas con sucios trapos sanguinolentos. Por armas llevaban terceroles, trabucos naranjeros, carabinas de chispas, machetes, enormes cuchillos, rejones, macanas, o garrotes de chonta o cuerno de ciervo; algunos agitaban en el aire, por encima de la cabeza, sus hachas de largo mango; otros sostenían sus sables con una mueca bestial entre los dientes, mientras con ambas manos, asían las riendas para avanzar más rápidamente entre el informe grupo.

Los montoneros marchaban tras sus comandantes por terrenos fragosos, accidentados, cortados por quebradas inaccesibles, cruce de senderos casi impracticables de cordilleras y altas regiones nevadas. Con igual pericia bajaban a los llanos atravesando caudalosos ríos, desfiladeros, abismos y laderas. En sus avances, acampaban al raso manteniéndose con mínimos raciones de “Charquicán”. Practicaban una frugalidad ascética. Eso sí, lo que no debía faltarles nunca, era la coca, “sin la cual no puede subsistir”. No portaban medicinas necesarias para el combate, sólo algunas hierbas o raíces para emplastos. No menos dramática era su vestimenta y sus armas. Vestían ponchos y pantalones de cordellate o jerga  para soportar el frío inclemente de estas estepas; sus armas eran tan escasas como sus bastimentos que se agenciaban como mejor podían. Al comienzo de la lucha libertaria, se fijó al Cerro de Pasco, como zona de concentración de fuerzas patrióticas.

Y aquella legendaria masa móvil de insurgentes que a la distancia parecía bandada misteriosa de fantasmas, llegó a obtener merecido renombre en toda América. Criollos enfurecidos, mestizos invencibles, negros aguerridos, indios salvajes, montoneros experimentados. Infundían pánico en las filas realistas y no hubo ejército español que osare desafiar la rapidez, el aguante y el salvajismo de aquellos hombres. Aparecían y desaparecían con la velocidad del rayo. Expertos jinetes cual centauros legendarios, se confundían en uno sólo, hombre y animal.

Durante los años de 1821, 1822 y 1823, la acción sanguinaria de los realistas se hace sentir en el Cerro de Pasco. Paralizan  los trabajos mineros, se apoderan a sangre y fuego las joyas y demás propiedades de iglesias y particulares; asesinan y torturan despiadadamente; queman pueblos enteros como Huayllay, Pasco, Reyes, Carhuamayo, Ninacaca y el Cerro de Pasco. Apresaron al gobernador Antonio Tames al que torturaron, le cortaron la lengua y fusilaron sin juicio alguno. Fusilaron al patriota Lorenzo Sánchez por repartir proclamas a pesar de que el pueblo ofreció generosos rescate por su vida. Pasaron por las armas al párroco Antonio de la Serna. Los motivos de la revuelta eran numerosos. Así, atacando aquí y allá, en montón; cayendo como ráfaga de hambrientos gavilanes sobre los realistas, les infligían serias pérdidas de hombres, animales y pertrechos. Disipándose como nubes de agosto, en todas las direcciones para reunirse de nuevo.  Durante todos estos años, este abigarrado enjambre de caballerías recortaba el horizonte de Pasco. Pequeños, incansables, frugales, veloces, los caballos nativos, tordos, ruanos, bayos, gateados, alazanes, overos, zainos, moros, blancos, caretas, en variopinta diversidad, llevaron sobre sus lomos a los insurgentes del pueblo, a los hombres que lucharon por la libertad y la dignidad de América. Fue heroica su acción tan conmovedoramente maravillosa, tan abnegada y decisiva con que lograron el éxito de nuestra campaña libertadora.

Estas historias levantan el velo tras del cual la historia conserva el legendario sacrificio de esos totalmente desconocidos, pero abnegados campeones de la independencia patria a quienes la gratitud nacional debe glorificar. Ésta es la oportunidad. Si la avenida toda lleva el nombre de LOS INSURGENTES, cada calle de esta avenida, debe llevar el nombre de cada uno de los héroes que he mencionado. La justicia de la historia lo exige y yo, con humildad, suplico.

Sueño con que la plaza principal se llame MARÍA VALDIZÁN, y sus calles adyacentes: CAMILO MIER, PASCUAL SALGUERO, MANUEL VALLEJO, CUSTODIO ÁLVAREZ, CESÁREO SÁNCHEZ, HIPÓLITO SALCEDO, CIPRIANO DELGADO, JOSÉ MARÍA GUZMÁN,  ANTONIO VELÁSQUEZ, PABLO  ÁLVAREZ, RAMÓN GARCÍA PUGA, JOSÉ MARÍA FRESCO, JOAQUÍN DEBAUSA Y CIPRIANO FANO.

De cumplirse esta insinuación, mucho estaríamos haciendo por rendir homenaje a nuestros gloriosos antepasados, llenado la mente de luminosidad de nuestros hijos. Los niños deben llenar sus corazones con el conocimiento de las hazañas de sus mayores. Esta es la oportunidad, señores autoridades.

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