DONDE CAYÓ UNA ESTRELLA (Leyenda)

HOMENAJE

Hace cincuenta años que una terrible tragedia enlutó al heroico pueblo de Goyllarisquizga. Desde entonces, superando el dolor de sus heridas, hombres y mujeres rememoran aquel acontecimiento con valerosa unción patriótica y humana. A ellos les hacemos llegar nuestra fraternal condolencia con el mismo afecto de aquellos tiempos y publicamos algunas estampas que recuerdan otros hechos de enorme valor de la invencible estirpe goyllarina.

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El impetuoso reino de los Yarollacuaces –notables pastores de comienzos del siglo XVI -se extendía por las inconmensurables soledades de la provincia Daniel Alcides Carrión del departamento de Pasco. Por el norte, colindaban con Yachas y Chupachos; por el sur, con los Yauricochas; por el oeste, con los Huancho y, por el este, con la exuberante Rupa-Rupa, dominio de los Panataguas. En la inmensa estepa jalonada de jalcas y precipicios, pacían hatos de llamas, alpacas, huanacos y vicuñas que utilizaban para su alimento y el trueque. Tenaces trabajadores y valientes guerreros, tenían sus viviendas circulares hechas de piedras pircadas, formando barrios unidos y colindantes.

En estrelladas noches de luna, cansados por interminables caminatas diarias del pastoreo, se sentaban a sus puertas abrigados por el reconfortante calor de las fogatas familiares a degustar la cálida compañía de la coca, charlando acerca de lo ocurrido en el día. Se pasaban horas enteras contemplando el reverbero de los luceros, que en ningún lugar como en su cielo, se puede admirar en toda su majestad. Cuando el cansancio los doblegaba, se  sumían en el dulce sueño reparador del descanso.

Cuentan que una noche cerrada, en la que apenas podía distinguirse el brillo de las estrellas,  vieron una estrella cada vez más brillante acercándose velozmente a la tierra. Con rostros demudados y ojos desmedidamente abiertos, hombres, mujeres y niños, contemplaron que al aumentar sus dimensiones, emitía estremecedores reflejos. La pavorosa masa candente cortó el horizonte en brevísimos instantes para chocar con la tierra en apocalíptica explosión como de mil terremotos. En ese instante, una columna de humo de fantasmagóricas proporciones se elevó por los aires, pudiéndosele ver a centenares de leguas a la redonda. Simultáneamente, una serie de truenos espantosos rasgaron los aires irradiando una corriente calorífica en tres gigantescas ondas expansivas que arrojaron a los hombres, animales y piedras como si fueran minúsculos granos de polvo. Una condensación de aire,  tierra y escombros formaron nubes plateadas y espesas que hicieron llover una insólita lluvia misteriosamente negra. Casi enseguida, otras nubes colosales invadieron el cielo despidiendo una luz de belleza excepcional con notables efectos crepusculares. Irradiaciones carmín, verde amarillas y rosas iluminaron la noche como si fuera el más luminoso día de verano estepario. Los destellos del fuego generaron unos segundos de insoportable calor que  llegó a derretir la escarcha en considerable profundidad, chamuscando violentamente pastos y piedras. Era increíble lo que estaba ocurriendo. Estremecidos por la detonación y armándose de valor, los más curiosos se acercaron al lugar del estallido. Comprobaron que en muchas leguas a la redonda se encontraban diseminados los chamuscados cadáveres de hombres y animales. Cuando llegaron al centro de la zona calcinada, quedaron estupefactos. Un cráter espectral de vasta amplitud y considerable profundidad mostraba unas paredes cuyas piedras, al quemarse, se habían derretido hasta alcanzar un brillo de inusitada negrura. Al fondo, la enigmática masa negra, porosa y brillante, humeaba rendida.

Juzgando de mal agüero el boquete abierto, bautizaron a este lugar con el nombre de CCUYLLURISHQUISHGA, es decir: “Donde cayó una estrella”, y compungidos se alejaron. “Aquí reside la muerte”, dijeron. Más tarde, transcurrido muchos soles y muchas nieves, cuando del pasto chamuscado nació la hierba nueva, los resignados nietos se avecindaron en esta zona que tiene como linderos y señales a los cerros de Puyuaypunta; Gashapunta, Cachuchapunta, Sal y Rosas, Cruzpunta, Guillenpunta y finalmente Nazareto, en donde reverentes, ya en épocas recientes, colocaron una cruz de mayo con la divina imagen del Nazareno.

Poco a poco las generaciones fueron olvidando la hecatombe y cuando en enero de 1834, don Manuel Bermúdez comienza a explotar el carbón, las familias se agrupan en los diferentes barrios goyllarinos; la Gasha, Pampa Verde, Chapur, Chivato, Curohogo, Siete Estufas, La Estación y Goyllar Viejo.

Sin embargo, los más viejos no han olvidado que en las entrañas profundas de Goyllarisquizga, la muerte ha fijado su reino de sombras y solamente está dormida; por eso –dicen- cuando periódicamente despierta enojada, hace estremecer sus entrañas sepultando a los hombres que se atreven a explotar sus riquezas.

Sólo así queda tranquila.

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