LA TRAGEDIA DE “EL DORADO (20 de diciembre de 1964)

la tragedia del doradoAquella nublada mañana del domingo 20 de diciembre de 1964, al llegar al kiosko de Víctor Hugo Ramos, lo encontré cariacontecido. “Algo grave está ocurriendo don  Shisha -me dijo- El carro de los bomberos acaba de salir con varios hombres encima. Estaban desesperados y, recogiendo sus cascos y demás elementos de trabajo salieron embalados. Yo no he podido ir a averiguar porque no puedo dejar solo el kiosko. Debe ser algo grave porque el comandante y algunos policías más ha salido en ese carro”. Inmediatamente llegué a la puerta de la compañía donde ya se había reunido numerosa gente curiosa. ¡¡¡En Goyllar ha ocurrido una horrible tragedia!! El teniente de turno, pálido como un muerto, me informó que la mina de carbón se había hundido con los mineros dentro. Lutzgardo Yupari ha llamado y, está desesperado. No es para menos: ¡Nadie se ha salvado! Fue suficiente. Llegue a la comisaría donde varios policías se aprestaban a salir con rumbo a Goyllar. Hice las llamadas telefónicas necesarias a Lucho Aguilar y a RADIO PASCO y en mi condición de periodista, trepé al carro que estaba listo para partir. Estaba muy conmocionado. El año anterior, a estas alturas, los obreros nos habían alentado para conseguir nuestra universidad. Teníamos que estar con ellos. Le pedí a Lucho que redactara una cita urgente a todos los dirigentes universitarios para que viajaran al lugar de los acontecimientos a brindar su apoyo.

Llegue al lugar donde  todo el tiempo estuve con los dolientes familiares y fruto de esas indagaciones escribí la siguiente crónica.

Los obreros del nivel 12 de la mina “El Dorado” del asiento minero de Goyllarisquizga, bajaron a trabajar a las once de la noche del sábado 19 de diciembre de 1964. La jornada se iniciaba con las bromas y chistes de costumbre y nada hacía presagiar que aquélla noche sería completamente diferente a las anteriores. Aunque tal vez, esto no sea verdad del todo, porque cada minero, de cualquier turno de trabajo, lleva en el fondo de su alma, clara conciencia de la sangrienta y luctuosa historia de su oficio; una crónica de muertes espantosas, lesiones invalidantes y enfermedades que a la larga, terminan con sus vidas. La cifra de víctimas es tan elevada que apenas se puede calcular. Los acontecimientos trágicos eran muchos. El 23 de Enero de 1910 -por ejemplo- acaeció una horrorosa explosión en el “Pique Chico” que mató a 29 obreros y dejó inválidos a 56. El 10 de agosto de aquel mismo año, en el nivel “F”, otra  horrísona explosión, sepulto a 310 hombres. De ellos, se rescataron  72 cadáveres y se atendieron a 60 heridos. Del resto, nunca más volvió a saberse nada. La cadena sombría, siempre vigente, registra dos o tres muertes por año. Por esta dolorosa razón, cada minero vive con la dolorosa idea de que “algún día, tarde o temprano…aunque no sea hoy, ni ocurra aquí…”

Hacia las dos de la madrugada del domingo 20 de Diciembre de 1964, los trabajadores habían avanzado notablemente su labor. La mina, propiedad de la compañía norteamericana “Cerro de Pasco Corporation”, es como una urbe subterránea, con iluminadas calles entrecruzadas, con simétricas vías de acceso a las galerías hulleras. “El Dorado”, se preciaba de ser fuerte y segura, no en vano, en 60 años, no había acaecido ninguna tragedia de grandes proporciones. Jefes y obreros habían tomado amplia confianza en la seguridad de la mina. Sin embargo, a las tres de la madrugada de aquel día, ocurrió un incidente que provoco la hecatombe. Se sospecha que algunos mineros, en forma involuntaria, encenderían una peligrosa bolsa de grisú, cuya presencia no se sospechaba. El resplandor de una chispa y el inicio del pavor. Cualquiera que fuera la causa, algo provocó una explosión de abominables pesadilla. En la superficie se oyó el estallido como un sordo y dantesco rugido seguido de un remezón espeluznante. Como si la tierra se estuviera hundiendo. En el club Sport Goyllar, vieja y legendaria institución, donde los socios habían amanecido libando unas copas y entonando dulces canciones del lugar, se sintieron sacudidos en sus asientos, con su secuela de copas y botellas rodando por los suelos. Como saliendo de una horrorosa alucinación, se pusieron de pie, conmovidos, mirándose espantados. Comulgaron una sospecha con la esperanza de que no fuera cierta. Todas las ventanas se los campamentos se iluminaron instantáneamente. Rostros interrogantes y aterrorizados asomaron por puertas y ventanas. Los mineros que debían entrar en el turno de las siete de la mañana, comprendieron en toda su fatídica dimensión lo que significaba aquel estruendo repentino y la infernal sacudida posterior. Instantáneamente, premunidos de sus ropas de campaña y el doloroso presentimiento desgarrándoles el alma, corrieron desesperados a la bocamina. En ese momento, el nivel 12 de la mina “El Dorado”, estaba convertido en un aterrador infierno. El fuego voraz, alimentado por el gas metano y el polvo del carbón, se extendió violentamente por toda la galería. Daba la impresión de que el mundo se acababa irremediablemente. Presos de pánico indecible, los mineros todavía con vida, trataron de ganar la salida. No lo consiguieron. Las negras galerías, sacudidas por la colosal explosión, se habían cerrado, una a una, iluminadas por las detonaciones en cadena del grisú, convirtiéndolas en estremecedora sepultura. El piso de los frontones llegó a arquearse horriblemente, tocando en muchos tramos, el techo de la mina. El impacto originado por el estallido, retorció, como si fueran débiles alambres, infinidad de rieles; aplastó gran número de vagonetas y desmenuzó los cuadros que sostenían los techos de la mina. Tal parecía que todo hubiera estado hecho de cartón. En el instante en que se producía el cataclismo, un viejo minero que iba caminando a reparar un transportador de carbón, sintió repentinamente todo el satánico estupor de la explosión “Me pareció que el suelo reventaba y, todo lo que había en el frontón, volaba como si fuera de papel. El ruido fue espantoso, produciendo una poderosa corriente de aire, como si un huracán me estuviera llevando. A mí me arrojó muy lejos, como a un débil  muñeco de cartón”; cuando recobro el conocimiento, buscó a tientas su lámpara en medio del humo asfixiante de calor, y trato de ponerse de pie. No pudo. Tenía una pierna fracturada en tres partes. Se desplomó. Adormecido de dolor hizo girar su lámpara y no pudo creer lo que estaba viendo. Allí, como si fueran carneros degollados, vio a sus compañeros de trabajo, clavados en unos salientes de hierro. En ese momento, ya no pudo más, presa de pavor, lanzo un grito sobrehumano, desgarrador que le salió de las entrañas. Espantado, se desmayó. A quinces metros de allí, otro minero que picaba la veta, sintió de pronto un vació en las entrañas, como si todo el aire del mundo se hubiera tragado la tierra; simultáneamente, una estremecedora detonación retumbo en su cerebro, dejándolo sin resuello, con un zumbido horripilantemente agudo, que le destrozó los oídos. Su cuerpo se vio arrojado sobre las rocas,  como una pluma, envuelto en una picante nube de carbón pulverizado. Cuando volvió en si, un dolor irresistible le hincaba el hombro y todo el costado izquierdo; al sentir un gorgoteo tibio saliendo de sus oídos, se llevo la mano al lugar y advirtió que sangraba profusamente; tenia los tímpanos destrozados. Nunca más volvió a oír. Otro minero, al sentir el primer vació de la explosión se tiró bajo un carro metalero que estaba pegado a una viga y no obstante la protección, sufrió un desmayo. La deflagración había sido tal que como a un guiñapo lo sacudió espectacularmente, ocasionándole la pérdida de conocimiento. Cuando despertó, las náuseas le apremiaban y una hemorragia incontenible, le bañaba la cara; sentía una sed infernal y una debilidad horrible. Volvió a desmayarse. En el hospital, médicos y enfermeras le miraban perplejos.

  • ¿Cómo te llamas?.
  • Ceferino Huanca, -respondió con un hilo de voz.
  • ¡Huanca: Haz vuelto a nacer!. Todos los obreros que trabajaban en tu labor, han muerto. Sólo tú, por inexplicable milagro, sigues con vida.

Sepultado a kilómetro y medio de la salida, otro viejo minero se había recobrado para verse aturdido con la lámpara deshecha, arrancada del casco; minutos más tarde oía la voz de su joven ayudante que, aprisionado en un calabozo de piedras, gritaba desesperadamente:

-¡¡¡Auxilio…. por Dios no me abandonen!! No me dejen!!.. No me dejen!!.

Venciendo los dolores que lo agarrotaban, se arrastró hasta donde procedía la llamada y, con voz que pretendía ser clara y enérgica, trato de alentarlo dándole valor…

– ¡¡Chiuche!! ¡¡Chiuche!!, cállate hijo, yo estoy a tu lado, no te desesperes, ya vendrán a buscarnos.. ¡Sé fuerte chiuche,.. Sé fuerte, hijaco!.

– Gracias, maestro…gracias…

Más tarde, cuando providencialmente llegaron los miembros de la cuadrilla de salvataje, una sonrisa nublada por el llanto ilumino su cara; sin embargo, sus piernas habían comenzado a ennegrecerse por una hemorragia interna. Cuando las tomaron con las manos para levantarlo, sus huesos crujieron como vidrios rotos. Tuvieron que amputarle ambas piernas. Nunca más volvió a bailar la Chunguinada, como guiador. En breves instantes, los socavones habían quedado irremediablemente cerrados, como herméticas tumbas; dentro, cruelmente atrapados entre hierros retorcidos, maderas quebradas y bloques de antracita, la vida de 57 hijos del pueblo, condenados a una prolongada y dolorosa agonía, se iban apagando, una a una, inexorablemente. Sólo unos pocos, los que murieron instantáneamente, se salvaron de sus horrores; con ellos, la muerte había sido generosa y comprensiva.

A las 3.30 de la madrugada, el insistente repiqueteo del teléfono, despertaba al comandante de la guardia civil del Cerro de Pasco, Regino Cano Pérez, quien con la premura del caso ordenó que sesenta hombres se pusieran a su mando y partieron raudos a la zona del desastre. Yo, en mi calidad de Presidente de la Federación de Estudiantes de la Universidad, iba con ellos. Sabiendo que siempre estábamos colaborando con el pueblo, me informaron el acontecimiento.

El servicio de alarma de la mina, había comenzado a trepidar a las 3.20 de la madrugada, en un apremiante llamado de auxilio. A su convocatoria, y con rapidez extraordinaria, convergieron brigadas de salvamento del Cerro de Pasco, Casapalca, La Oroya y otros centros mineros. Tan pronto llegaron, se dedicaron a la encomiable tarea de rescatar muertos y heridos. En un conmovedor gesto de solidaridad humana, los integrantes de las cuadrillas de salvamento, llegaron a exponer su propia vida para salvar la ajena. Entre los que se esforzaban por encontrar a los mineros sepultados había quienes esperaban salvar a un hermano, un hijo o un amigo; y muchos de los que se encontraban en la mina en el momento de la explosión y habían resultado ilesos, imploraban en un gesto que no olvidaremos jamás, que les dejaran volver para participar en la búsqueda de sus compañeros. En el lapso de una hora sacaron 46 cadáveres, irreconocibles, mutilados, completamente deshechos; en la hora siguiente, rescataron 11 cuerpos más de los que habían quedado colgados de los postes, incrustados en los hierros salientes, sepultados entre bancos de antracita. Los heridos que se debatían entre la vida y la muerte, fueron 34. ¡Este es un doloroso cuadro que jamás olvidaremos los que estuvimos allí!. Congregados en la fatídica bocamina, todos los hombres, mujeres y niños goyllarinos, temblorosos de indignación y llanto, expresaban su dolor y su protesta a grandes voces. Los ecos de aquellos lamentos, todavía conmociona nuestra alma. Cuando entrada la mañana llego al escenario el Prefecto del Departamento, comandante Manuel Barcena, opto por detener al superintendente de la mina EL DORADO, Alex Russell, salvándolo de una muerte segura. Los deudos, llorosos e indignados, se habían sublevado contra él, incriminándolo de asesinato. Los dirigentes del Sindicato Minero, lo acusaban de negligente por no haber tomado las providencias del caso oportunamente. Se carecía de ventanas de aire y cañerías de agua para sacar los gases de la mina. Todos, unánimemente, habían querido lincharlo. Felizmente, la cordura se impuso.

El día del sepelio, en un cortejo verdaderamente patético e impresionante, todos los hombres y mujeres del pueblo estaban allí. Algunos  dirigentes de la Federación de Estudiantes de la UNDAC, estábamos también, solidarios, unidos con los obreros, como siempre. Antonio Torres Andrade, Luis Aguilar Cajahuamán, Antonio Arellano Martorell, Lolo Marcelo, César Pérez Arauco. Llevamos sobre nuestros  hombros, hacia el cementerio del barrio Chapur, algunos de los 57 cadáveres de aquellos inolvidables héroes de la Minería Pasqueña. El inmenso acompañamiento fúnebre, semejaba una gigante y negra cadena, deslizándose reptante, por entre los roquedales, rumbo al cementerio. Delante, iba un adusto sacerdote de capa negra, acompañado por dos monaguillos que portaban una cruz. La guardia Civil escoltaba el cortejo en tanto las campanas de la iglesia doblaban tétricos, inundando de pena los campos mineros. Las nobles mujeres de riguroso luto, en un mar de llanto incontenible, con sus niños a sus espaldas, iban detrás de los negros ataúdes. Sólo las letras iniciales diferenciaban unos de otros. Punzantes palabras de dolor y de condena se escuchaban por doquier; tiernas y dolidas canciones en quechua, como agudas saetas de dolor, brotaban de los acongojados labios femeninos. Lloraban a sus hijos; a sus maridos, a sus hermanos, a sus padres…. Llegados al cementerio, todos cerraron filas en torno a las negras cajas mortuorias y los oradores, acongojados de dolor, condenaron la cruenta explotación y sacrificio sin límite de los héroes mineros. Todos escuchaban dolidos, silenciosos, desconsolados. Cuando hablé en nombre de los estudiantes, un silencio absoluto se observó en el cementerio. Tuve que hacer un acopio de todas mis fuerzas para contener el llanto que pugnaba por desbordarme los ojos. Cada palabra, cada gesto, cada expresión, fueron dictados por el más sincero y profundo dolor. Al finalizar estas palabras desgarradas retumbaron en el camposanto: “y les juro hermanos”, -dije- “que en cuanto aliente un halito de vida, haré conocer a los hombres de nuestra patria y a los niños de nuestro pueblo, la historia del perenne sacrificio de vuestras vidas y el inmenso holocausto en que habéis muerto…” Dios es testigo de que estoy cumpliendo mi promesa.

la tragedia del dorado 2Lo que vimos después, no lo olvidaremos jamás. Las mujeres al borde de la locura, se aferraban a los féretros que guardaban a sus seres queridos, imploraban que las dejaran un momento más con ellos; muchas se desmayaron. Los cantos fúnebres en quechua, acentuaban el dolor de los presentes. Yo he visto a muchos hombres rudos y fuertes llorar como a niños desesperados; hombres legendarios que, a cada rato, y en cada recoveco de la mina, se jugaban enteros la vida. Cuando fue vencida la resistencia de las esposas y madres, una sola voz, quebrada por la emoción, comenzó a desgarrar, como nunca lo he vuelto a oír, las desconsoladas y quejumbrosas notas del “Cocha coyllor”.  En ese marco dolorosamente lúgubre, sus compañeros fueron bajando uno a uno a sus fosas a estos inolvidables héroes del trabajo. Después, en sus tumbas no hubo toque de silencio, ni ascensos póstumos, ni condecoraciones, ni fanfarrias, ni nada. Solo el amargo y desconsolado llanto de viudas y huérfanos como doloroso epilogo de la tragedia.

De esta tragedia hace cincuenta años. No lo olvidaremos jamás.

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